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ISLAM,
CORAN Y APOSTATAS “El
pensamiento árabe está casi muerto. En
cualquier caso ya no crea más. ¿Por qué? Cada
vez que un creador intenta innovar, una fatwa
obstaculiza su trabajo”. Amir Salem, jurista egipcio.
Está muy extendida la creencia de que el islam condena a muerte a
quienes son acusados de apostasía (ridda); esta creencia se fundamenta,
en parte, en la existencia de legislaciones anti-apostasía en más de un país
confesionalmente musulmán.
Según los expertos el término ridda, es un derivado del verbo irtadda,
que significa literalmente “dar marcha atrás” y por extensión, traicionar,
“cambiar de chaqueta”. ¡Pero resulta que este término (ridda) no
aparece en todo el Corán! Sin embargo, en siete versículos aparecen los verbos
radda (“hacer que vuelva”. Corán 2, 109.217; 3, 100.149)
e irtadda (“volver atrás en sus compromisos”. Corán 2, 217;
5, 54;
37, 25)
para designar a quienes han abandonado el islam tras su conversión y vuelven a
su religión primera, al statu quo ante. Estos versículos, en su
conjunto, son una serie de exhortaciones para que los musulmanes no se dejen
seducir ni convencer por quienes desean “hacerles volver de su (actual)
religión” (yaruddukum) (Corán 2, 217)
ya sea mediante argucias o mediante la presión. Sin duda este tipo de
situaciones debió ser frecuente en los primeros años de la predicación de
Mahoma (Muhammad) cuando no estaba claro cual sería su futuro como líder de la
península arábiga.
En el Texto sagrado de los musulmanes se mencionan penas “post
mortem” para los apóstatas, es decir, el infierno. Pero no aparece ningún
castigo corporal para aquellos que caen bajo la acusación probada de ridda
(apostasía).
La comunidad musulmana, cuando se organiza y crece alrededor de la
predicación de Mahoma no sólo tiene que hacer frente a una teología politeísta,
debe organizar radical y totalmente una sociedad basandose en novedosos
principios. La legislación comercial, familiar, religiosa, diplomática y bélica
se basan en la unidad y salvaguarda de unos valores que pretenden ser recibidos
de Dios. En esas condiciones el abandono de la, entonces pequeña y naciente,
comunidad musulmana suponía un atentado contra la seguridad del grupo, al
disminuir sus efectivos después de haber sido co-participe de todos sus bienes
y enseñanzas.
La primera ridda de la historia acontece poco después de la
muerte de Mahoma: su sucesor, Abu Bakr, se ve confrontado con el abandono la de
la mayoría de las tribus árabes convertidas en vida del Profeta. Estas tribus,
al volver a su anterior religión, reclamaban la independencia política. No era
pues una cuestión teológico-espirutual, sino el deseo de recuperar una
organización politico-social que no les hiciese depender de los califas
musulmanes de Medina. El nombre de esta guerra, harb al-ridda
(guerra de secesión), provocó la confusión hasta el día de hoy.
La ley sobre la apostasía obligaría a ejecutar a aquel que abandone la
religión musulmana. Mohammed Talbi, teólogo e historiador tunecino, asegura
que no hay fundamento para esta pena capital en ningún texto del Corán. Para
él la religión tiene un carácter propio que sólo se concibe con la libertad:
la fe es por esencia una opción libre y personal y no una herencia familiar. El
musulmán se sitúa siempre ante su conciencia, no hay intercesor ni mediador
entre Dios y él.
Según Talbi, los juristas musulmanes del siglo II de la era musulmana (año
800 d.C.) introdujeron la pena de muerte para los apostatas por influencia e
imitación de la legislación judaica que la prevé para los blasfemos y
apostatas. Y es que entre los primeros exegetas del Corán la influencia judía
fue muy fuerte, especialmente a través de las isrâîliyât, es decir
parábolas y relatos rabínicos empleados para la transmisión de ideas.
Si no existe ningún texto coránico que apoye la muerte de quienes dejan
el islam ¿en qué se sostiene esta práctica?. Además de en el Corán, la
legislación musulmana se apoya en los Hadit (dichos, palabras) del
profeta Mahoma corroborados por testigos fidedignos. Existen multitud de ellos,
unos con el apoyo de las mejores y más antiguas fuentes y otros aceptados
solamente por algunas corrientes musulmanas. Entre estos últimos figura el
siguiente: “A quien quiera que cambie de religión, matadle”. Si se aplicara
literalmente, habría que ejecutar... ¡a los que se hiciesen musulmanes
abandonando su anterior religión!
Si bien la legislación punitiva sobre la apostasía ha conseguido que la
comunidad musulmana sea poco permeable a otras corrientes misioneras, esta misma
legislación y la amenaza de la muerte han sido nefastas para el mundo
intelectual musulmán: “El pensamiento árabe está casi muerto. En
cualquier caso ya no crea más. ¿Por qué? Cada vez que un creador intenta
innovar, una fatwa obstaculiza su trabajo” (Amir Salem, jurista egipcio).
La acusación de blasfemo y apostata puede producirse en cualquier momento, por
lo que es mejor limitarse a repetir y repetir, corrigiendo muy levemente, lo que
“gente segura” dijo hace uno, dos, seis, diez o catorce siglos. Esto explica en parte la
decadencia creativa e intelectual del mundo árabo-musulman que tras llegar a
las más altas cimas de la especulación no hace más que caer en picado.
Para renovarse el pensamiento musulmán solo puede hacerlo en un clima de
libertad. Con motivo del caso Salman Rushdie, que saltó a los titulares en
febrero de 1989, el siquiatra musulmán M. Benslama afirma que “no se trata
de una confrontación entre el islam y occidente, sino más bien de una
confrontación en el seno del islam donde aún hay muchas corrientes de
pensamiento que funcionan como en el pasado”. José Mª Cantal Rivas
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