Colegio Marista Champagnat de Salamanca |
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6.-RELATOS DE LA VIDA DE MARCELINO
1. CORTÓ LA ROCA
Marcelino era un gran trabajador. En los últimos años de su vida decía que se podía dar un baño con todos los sudores que le había costado el subir y bajar montes para visitar enfermos y escuelas.
Gracias a ese tesón se construyó el Hermitage.
Los mejores obreros que trabajaban con él se confesaban incapaces de retarle a trabajar, pues les ganaba a todos.
Trabajaba un día con obreros excavadores, y el jefe, que era robusto y duro, y tenía fama de no retroceder ante ninguna dificultad, se le acercó y le dijo: Padre, hemos renunciado a partir esa roca, porque es tan dura que se pierde el tiempo en golpearla.
Marcelino quería que a toda costa desapareciese aquella roca, pues rezumaba agua contra el edificio y llenaba de humedad los locales próximos, y le contestó sonriendo: Pero, ¿se desanima usted por tan poca cosa? No hay que extrañarse de que no puedan con ella, pues dan unos golpes tan flojos que no romperían la suela de mi zapato.
Y usted -le dijo a otro-tiene menos energía que una gallina que haya pasado toda la noche dentro del agua.
Estas bromas y el ejemplo que dio empuñando el pico y dando tales golpes que la roca saltaba en pedazos, produjeron el efecto deseado. Volvieron a emprender el trabajo con tal empuje que a la mañana siguiente la roca había desaparecido.
2. SABER TOMAR LAS BROMAS CON ALEGRÍA
Después de la oración de la noche los hermanos se dirigían de la sala de oración al dormitorio a través de una escalera de unos cuarenta peldaños.
Ya había oscurecido.
El H. Silvestre, que era algo atolondrado, aunque sencillo y bondadoso, tuvo la ocurrencia de saltar sobre el primero que venía y cargarse a sus espaldas, para que así le subiera las escaleras.
Una vez arriba el asombro del hermano Silvestre fue máximo cuando se dio cuenta deque se había subido a espaldas del mismo padre Champagnat.
En su interior se esperaba una severa riña y un castigo. Pero no fue así.
Cuando el H. Silvestre fue el sábado a hablar con Marcelino, éste le bromeó con el asunto y le aconsejó ser un poco más serio y formal, olvidándose de la tontería de la escalera y de otras varias que se le escapaban al buen hermano.
3. SE CONFORMABA CON POCO
Llegó Marcelino a una comunidad en el momento de la comida. El director se apuró porque no tenían nada que ofrecerle. Pero el padre le dijo con bondad:
- No se preocupe, hermano, comeré con ustedes de lo que tengan.
- Pero, padre ¡si no tenemos más que ensalada y queso!
- Pues pelaremos unas patatas y nos las guisaremos para todos.
Y así se hizo. Marcelino se puso a pelarlas con ellos y hasta enseñó al cocinero a hacerlo rápido.
4. PARA SER MARISTA HAY QUE AMAR A MARIA
Una vez llegó un joven al noviciado con el deseo de que se le recibiese para marista .Marcelino no quería recibirlo porque no le conocía nadie ni traía ninguna referencia del párroco de su pueblo, ni de otras personas.
Esta negativa hizo que el chico se pusiera a llorar, porque su mayor deseo en el mundo era ser marista.
Entonces, Marcelino le preguntó:
- Pues si nadie da referencias tuyas, ni te conocemos, al menos tendrás algo de dinero para pagarte los estudios, ¿no?
-No padre, no tengo ni cien pesetas.
-Entonces, ¿amas a la Virgen?
Al oír esta pregunta, el joven se puso a llorar con más fuerza y dijo:
- Sí, padre, es lo que más quiero, y por eso he venido aquí, porque quiero amar mucho más a la Virgen.
- Está bien, amigo -dijo Marcelino-, dame esos veinte duros y quedas admitido. Pero no olvides nunca que has venido aquí y has sido admitido en esta casa para amar y querer mucho a María.
5. CONFIAR EN DIOS SIEMPRE
La pobreza fue una de las constantes de la vida de Marcelino. Y, sin embargo, emprendió grandes obras, acogió a los pobres, se dedicó a hacer una familia numerosa de hermanos y niños.
Uno de los amigos de Marcelino le decía:
- No comprendo lo que quiere hacer al llenar la casa de niños pobres y al recibir a tantos chicos para maristas cuando no traen dinero para pagarse sus estudios. A menos que tengas permiso especial del ministro de Hacienda para sacar dinero de los fondos del Estado, tienes que estar en la más absoluta miseria.
Marcelino se rió de esta idea y le dijo:
- Amigo mío, tengo mucho más que eso que tú dices. Es el tesoro del Padre Dios el que me cuida, y ése no se acaba nunca.
Esta idea también se la dijo a otro que le comentaba que buena cartera debía de tener para tantos gastos, a lo que Marcelino le dijo que tenía una cartera, un bolso sin fondo, que cuanto más sacas de él más tiene, y que no es otra cartera que la del cuidado y la del amor del Padre Dios.
6. EN EL HERMITAGE NO HABÍA UN MARQUÉS
Las revueltas políticas se dejaban sentir por todas partes. La gente tenía miedo y los curas no se atrevían a abrir su casa a desconocidos. Un día el fiscal de la audiencia, escoltado por un pelotón de guardias, se acercó al Hermitage y sin más contemplaciones le dijo al hermano que salió a recibirle en la portería:
- ¿Tienen ustedes aquí un marqués?
- Yo no sé lo que es un marqués -le dijo el portero-; pero el padre superior le dirá si hay alguno. Esperen un momento que voy a llamarlo.
- Sí, sí, -replicó el fiscal-, tienen un marqués al que ocultan.
Y, en vez de esperar en portería, siguió al hermano, que halló a Marcelino en la huerta y le dijo:
- Vea, padre, este señor pide un marqués.
El fiscal no le dio tiempo a contestar y aclaró: - Señor cura, soy el enviado del rey para una investigación en su casa.
- Nos sentimos muy honrados con su visita, contestó Marcelino.
Y al ver que los guardias rodeaban la casa, le dijo:
- Ya veo, señor, que usted viene a hacer un registro para enterarse de si tenemos nobles, personas sospechosas o armas. Quizá le hayan dicho que los tenemos en los sótanos, así que vamos a empezar por ellos.
Y Marcelino les llevó por toda la casa.
Había una habitación cerrada y no se podía encontrar la llave. Aunque el fiscal le dijo que no lo hiciera, Marcelino rompió la cerradura con un hacha. Y se fueron sin encontrar al marqués, pero admirados de unas personas tan sencillas y cordiales que hasta les invitaron a una pequeña merienda.
7. HERMANO, SE APAGA LA LÁMPARA
En la madrugada del 6 de junio de 1840, Marcelino, que se halla muy enfermo, dice al hermano que le cuida:
- Hermano, se apaga la lámpara.
- Dispense, padre, la lámpara alumbra bien.
- Sin embargo, yo no la veo. Acérquemela.
Y le acercaron la lámpara, pero el padre no pudo verla.
- ¡ Ah! -dijo entonces con voz desfallecida-, ya comprendo, la que se apaga es mi vista. Me ha llegado la hora; bendito sea Dios.
En esos momentos resonaban en el ambiente frases de su Testamento espiritual: "Os ruego, queridos hermanos, con el afecto de mi alma y por el cariño que vosotros me tenéis a mí, que practiquéis siempre la santa caridad entre vosotros. Amaos mutuamente como Jesucristo os ha amado. No haya entre vosotros más que un solo corazón y un mismo espíritu. Ojalá se pueda decir de los hermanos maristas como de los primeros cristianos: mirad cómo se aman. Tal es el más vivo deseo de mi corazón en este último momento de mi vida."