Ocho siglos en Cuenca

La huella dejada en las tierras de Cuenca por su segundo obispo Don Julián (1198-1208), ha venido a hacerse presencia tangible en ellas con el paso del tiempo gracias a la predicación y el culto con que se le honra desde hace más de cinco siglos.

Nacido probablemente al finalizar la primera mitad del siglo XII en el seno de la comunidad de cristianos de rancia estirpe, por “arabizados” en lengua y estilo externo de vida, llamados mozárabes, su cultura familiar, añadida a la condición de eclesiástico bien instruido, le permitió actuar de puente excepcional en el definitivo proyecto de europeizar a la iglesia hispana que habían diseñado los monarcas castellanos a partir de la conquista de Toledo en 1085. Miembro del cabildo toledano, fue sin duda personaje de excepción en sus días terrenos. Como arcediano del entonces remoto territorio de Calatrava, forjaría allí su neto perfil de “clérigo de frontera” bregando para sostener el débil esquema eclesial recién implantado en la Mancha meridional por los conquistadores cristianos.

Fue nombrado obispo de la recién creada diócesis conquense en la primavera de 1198. Cuando todavía resonaban los ecos de la derrota cristiana a manos de los almohades en Alarcos tres años antes y las consiguientes incursiones musulmanas hacían tambalear la frágil organización territorial establecida por Alfonso VIII en la nueva Castilla otorgando libertades forales a sus diversos pobladores venidos de fuera. Desolación y ruina cundirían pues entre los cristianos recién instalados al llegar Don Julián a hacerse cargo de su prelatura por especial encargo del monarca castellano. La impronta de un gobierno eclesiástico eficaz y prudente hecho de gestos numerosos de generosidad y concordia se enlazará luego en la memoria de la comunidad creyente con la veneración de unas singulares virtudes cuya cifra y resumen será la caridad, laboriosa por singular excepción.

Ejemplo de obispo desprendido y en sintonía con sus fieles, de buena y sólida memoria frente a otros, ausentes del recuerdo habitual de la comunidad, al mediar el siglo XV fue reconocido bienaventurado atribuyéndosele una ejecutoria de santidad que no requería entonces demasiada explicitud en cuanto a los datos biográficos. Para el hagiógrafo medieval y moderno, mucho más preocupado por hacer reparar en la analogía de la santidad del personaje elegido con el triple modelo de referencia establecido, crístico, apostólico y martirial que la tradición transmitía, lo que importaba era precisamente subrayar lo paradigmático de su comportamiento, la similitud reconocible entre su vida y las del puñado de santos ya señalados como inequívocos modelos de perfección a imitar, por haber ellos ahormado primero sus vidas con arreglo al ejemplar primordial prestado por el propio Cristo y sus más egregios seguidores. La hagiografía como contrapunto de la biografía es, pues, ejemplar en un doble sentido: en aquel que persigue proponer modelos de comportamiento y también en el de ofrecer la mayor identidad posible entre el historiado y el prototipo que es siempre Cristo. La incorrupción de los restos mortales terminará de aseverar la santidad del personaje así identificado y por ello el hallazgo del “cuerpo santo de señor San Julián” en 1518 certificó la condición de bienaventurado que el culto ya le reconocía y corroboraron los milagros obrados entonces a la vera del renovado sepulcro. 

Al reconocerlo como celestial patrono en sucesivos momentos de singular dificultad, los cristianos conquenses se han ido mirando en el espejo ideal de aquel solícito pastor temprano, desprendido en lo material y harto celoso de su complejo cometido pastoral. Tan solícita como eficaz la intercesión en favor suyo experimentada, liturgia y piedad han venido así sustentado la relación filial mostrada por clero y fieles hacia San Julián, proclamando su carisma de obispo ejemplar, celoso y limosnero.

             Trabando historia y hagiografía, intenta esta exposición mostrar visualmente algo de todo esto, subrayando en especial la dimensión de fe que ha venido sirviendo de marco a la secuencia de circunstancias evocadas.

 

 La primera siembra.

             Tardía, aunque intensa al fin, la romanización de las ahora tierras conquenses no fue tampoco muy temprana la difusión en ellas del cristianismo. Quizá africanos los primeros propagadores, el hecho indiscutible y comprobado es que, ya desde fines del siglo IV, la nueva fe halló eco entre la población de las tres principales urbes de este extremo de la Celtiberia.

            La fijación en Valeria, Segóbriga y Ercávica de otras tantas sedes episcopales a mediados del siglo VI, además de afianzar el cristianismo entre la sociedad urbana, pudo avivar la evangelización de sus respectivas áreas de influencia, prestando apoyo además a la posterior administración territorial visigoda. De hecho, las actas de los concilios toledanos

-del III (589) al XVI (696)- documentan la continua asistencia a ellos de los obispos de estas tres diócesis. En Ercávica la vida religiosa diocesana parece haberse prolongado hasta el último cuarto del siglo IX (877).

 

Los adoradores del Dios uno.

            Desde mediados del siglo XII el continuo avance militar castellano fue haciendo retroceder la presencia musulmana en la antigua Marca Media, modificándose por tanto de modo sustancial e irreversible la circunstancia religiosa y cultural allí vigente. Después de la conquista de sus principales plazas fuertes –Cuenca, Huete, Alarcón Cañete y Moya-, realizada a fines del siglo, no quedaron en el espacio del obispado de Cuenca, como tampoco en el resto de Castilla, comunidades mudéjares de importancia. 

La ofensiva bélica que proseguía en la frontera propiciaba la existencia de cautivos en sus dos márgenes. Sin embargo, circunstancias bélicas aparte, la minoría musulmana que permaneció afincada en los núcleos de población instaurados en la cada vez más lejana retaguardia pudo convivir aún tres siglos con los cristianos dentro de unos márgenes de relativa armonía. Las garantías jurídicas forales ampararon la identidad social y cultural del grupo en sus relaciones internas y sometieron a la norma común cuanto atañese a sus relaciones con los cristianos.Las comunidades hebraicas existieron en territorio musulmán muchos años antes de la ocupación cristiana de éste. Adaptados al régimen económico de cada lugar, en los importantes fueron el comercio y las finanzas la principal actividad de los judíos. Sin nadie que les sustituyera, al instaurarse el régimen cristiano, siguieron desempeñando ambas imprescindibles tareas.

            A semejanza de la comunidad musulmana, la aljama hebrea disponía en la ciudad de un espacio privativo, aislado de los barrios en torno, -la judería- y de unos jueces exclusivos también que resolvían sus particulares litigios. Autónomos en lo concerniente al funcionamiento interno de su comunidad, fueron las relaciones financieras con los cristianos el más destacado objeto de regulación normativa. 

            Hubo quiebras cada vez más hondas en la convivencia así planteada al comienzo. Los conflictos más graves tuvieron lugar en 1391, cuando la de Cuenca, al igual que otras muchas juderías castellanas, fue asaltada y sus moradores instados a convertirse por fuerza a la fe de Cristo.           

Para los judíos el proceso de obligada asimilación religiosa culminaría en 1492 con su expulsión de Castilla y Aragón. En 1510 llegaría la forzada conversión a los mudéjares.  

 

 Nuevos tiempos, orden nuevo.

 En la frontera: Corona, Obispo, Concejos.

 

            La conquista de la fortaleza conquense el año 1177 y de todas las demás cercanas a ella puso en manos del monarca castellano un territorio próximo por igual a las zonas de influencia aragonesa y musulmana. Para afianzarlo sin discusión en el reino castellano trasladó Alfonso VIII (1158-1214) hasta aquellas tierras algunos de los recursos institucionales que habían sostenido al poder monárquico al norte del Sistema Central.  

            Era aquel un régimen cuya particularidad venía dada por la necesidad de atender a una doble frontera. Piezas clave del mismo eran, junto a los concejos forales, los máximos jerarcas diocesanos. Significaba esto que las estratégicas donaciones de fincas, rentas fiscales o castillos, hechas entonces al obispo y cabildo conquenses han de ser entendidas en el plano de la reciprocidad feudal, manifiesta sobre todo en lo tocante a la explotación salinera y al control de las rutas de trashumancia ganadera. 

            Intencionadamente ausentes todavía por mucho tiempo los magnates del ejercicio de la autoridad, fueron los grandes concejos de "villa y tierra" con Cuenca a la cabeza -aplicando la propia norma extremadurana recogida en el Fuero-, tanto como los sucesivos obispos, cada uno en su respectivo ámbito social y espacial, quienes, sin discusión ni traba, sustentaron en tierras del obispado conquense la trama del poder regio hasta comienzos del siglo XIV.

             Considerado lo anterior se comprenderá mejor que el emblema de Castilla, otorgado por el rey conquistador, haya servido de divisa propia al cabildo y concejo conquenses en estos primeros tiempos

 La diócesis restaurada.

             La bula Sicut per excellentie otorgada por el papa Lucio III en Velletri en junio de 1183, a instancias del rey Alfonso VIII, convertía a la nueva sede, siguiendo el uso legitimador de la época, en heredera directa de las antiguas diócesis visigodas de Valeria y Ercávica, con las que se aspiraba a establecer una continuidad canónica e histórica, mientras iba generalizándo­se la ideología "restaura­dora" que pretendía hacer revivir cuanto se suponía había sido destruido por la invasión musulmana.

             No faltaba sentido político a la decisión de establecer a partir de entonces sobre aquellas tierras, todavía objeto de disputa con los musulmanes, una jerarquía eclesiás­tica tan firme y eficaz como la existente en otras regiones de mayor solera cristiana de la península. Los obispos pondrían en marcha junto con los miembros del cabildo de la catedral un proyecto de organización canónica del nuevo te­rritorio con arreglo a un preciso esquema gubernativo

 Don Julián ben Tauro.

             Resulta harto difícil aproximarse a la personalidad de un hombre del siglo XII que tan solo ha dejado de su paso por este mundo un puñado de huellas documentales de carácter exclusivamente administrativo. Sabemos hoy que Don Julián fue un mozárabe toledano, esto es, un cristiano cuyos antepasados habían ido conservando a lo largo de cinco siglos su fe y cultura propias en tierras islamizadas, adoptando, además de la lengua árabe, saberes, indumentaria y ciertos matices culturales musulmanes. En virtud de ello, San Julián tendría una especial capacidad de comprensión hacia la diversidad religiosa, cultural o social, si evocamos el abigarrado conjunto de personajes, europeos e hispanos, que convivirían en la ciudad de su infancia y juventud. Toledo era entonces un importante centro receptor y difusor del saber antiguo y en él coexistían, sin especiales problemas de momento, gentes que adoraban al Dios único con arreglo a la fe y tradiciones judaica, cristiana y musulmana. Su talante personal contrastaría en definitiva con la visión radicalmente negativa del adversario musulmán que parece haber sido importada de allende los Pirineos por el clero francés instalado en obispados y abadías peninsulares desde el siglo XI.

 Obispo de Cuenca.

             Mozárabe toledano, canónigo de la catedral primada y arcediano de Calatrava, en 1198 sería elegido Don Julián ben Tauro por su cabildo obispo de Cuenca a instancia del rey Alfonso VIII de Castilla. Prelado "de frontera", además de proseguir la implantación eclesiástica diocesana, iniciada por su predecesor el "protoelecto" Don Juan Yáñez a partir del preexistente arcedianato de Huete, y regular diferentes aspectos del régimen administrativo capitular, hubo de secundar como él algunos objetivos de la política regia.

             Hombre de gobierno especialmente estimado del monarca, constructor de templos donde sustentar la vida religiosa parroquial, diestro promotor de la concordia en aquella violenta sociedad fronteriza, parecen ser éstos los principales rasgos de la vida pública de Don Julián que de los escuetos documentos suyos llegados a nosotros puede desprenderse. Junto a él, más íntima, cabe destacar la generosa piedad funeraria practicada, tan de su tiempo. Fuera de ésto, sólo parece posible intuir que, en momentos de especial aprieto, pudo haber sido en extremo generoso con sus diocesanos y que de ello guardara luego buena memoria la tradición eclesiástica local. Harto verosímil es también que diera su aserto a las innovadoras trazas del templo catedral, junto a cuyas primeras hiladas de piedra sería enterrado a principios de 1208.

 Santo Patrono.

             Las referencias documentales señalan que luego de un fugaz intento realizado en 1447, San Julián recibe culto ininterrumpido en la catedral de Cuenca desde 1471. Se produjo seguramente entonces la elevatio/canonización de Don Julián y la consecuente forja para él de una particular identidad hagiográfica.

             Caritativo en grado heroico, nada le restaría en sus días de las rentas episcopales después de repartirlas de sumo grado entre los menesterosos. Como Pablo, habría trabajado para ganarse el austero sustento sin ser gravoso a los fieles. Lo haría incluso a la exacta imagen de los monjes antiguos a quienes se recomendaba tejer cestos como recurso ascético del que además mantenerse y hacer limosna.

             Vinieron después los milagros obrados por su cuerpo incorrupto, cuando en 1518 fue éste trasladado de su anterior emplazamiento cercano al altar de Santa Águeda en la catedral a la que hoy conocemos como "capilla Vieja de San Julián" o "de la reliquia". Daría pie todo ello a los primeros intentos de canonización y a que la difusión de su devoción fuera ganando terreno entre los fieles de Cuenca, con el decidido apoyo de la autoridades laicas, hasta culminar en el aserto a la canonización anterior prestado por Roma en 1595.

 Este año, con la aprobación por Roma del rezo propio de San Julián para la diócesis conquense, una vez derogados los textos anteriores, culminaría el proceso de afianzamiento del culto y se iniciaba una luenga andadura piadosa que iría haciendo familiar a los fieles de Cuenca la figura de su santo patrono para invocarle como a particular intercesor.

 Emblemas de una geografía sagrada.

             Puesta primero en el Redentor crucificado la fe común, progresaba en las postrimerías del siglo XII la piedad mariana en demanda del amable amparo de la Madre de Dios.

 Hieráticas todavía, solemnes tronos de un Dios niño, las imágenes de la Virgen han constituido ayer y hoy para la mayoría de las comunidades parroquiales el principal rasgo de su identidad religiosa. Generación tras generación, confiados en su inagotable amor hacia ellos, han dirigido a la madre universal sus ruegos los fieles.

Al final del camino de la vida, la cruz de nuevo. Insignia bautismal originaria, alentaría aún la esperanza en la benevolencia del Justo Juez conocedor de los suyos.

            Biografía y piedad

 No le han faltado biógrafos/hagiógrafos a San Julián desde que en 1518, con el hallazgo de su cuerpo incorrupto, cundió por buena parte de los reinos hispanos la fama de su santidad taumatúrgica. Perdidas o desconocidas hasta la fecha las coplas populares que daban cuenta entonces de sus virtudes y milagros, la primera Vida que del santo patrono de Cuenca conservamos en el Archivo de la Catedral es una previa versión manuscrita de la publicada en 1589 por el jesuita Francisco Escudero. Siguieron otras durante el Seiscientos debidas a la pluma de Bartolomé de Segura, 1599 Juan Bautista Valenzuela y Velázquez, 1611, Juan Bautista Poza (inédita aún), 1646, Juan Antonio de Santa María, 1686, concluyendo la serie la monumental escrita por Bartolomé Alcázar en 1692. La predicación barroca divulgó los principales trazos biográficos establecidos y la piedad hizo hincapié en la veneración de las virtudes destacadas, en especial de la caridad limosnera, siendo diversas las instituciones y cofradías acogidas a la tutela del santo obispo.         

Trabajo y caridad.

             La celebración ritual proclamará ante el pueblo con todo género de recursos plásticos y retóricos la figura de santo plasmada al cabo. A San Julián, elegido por Dios desde la cuna para proclamar sus grandezas, se le reconoce como obispo laborioso que gana el sustento con el trabajo de sus manos y entrega en limosna rentas episcopales y ganancias propias. La caridad le impulsará luego a favorecer con milagros a sus ovejas, remediándoles el hambre y devolviéndoles la salud.

 Inequívoco dechado de prelados al estilo de Trento por su celo pastoral, llevado de él predica de continuo y visita su diócesis reformando riguroso las costumbres de clero y pueblo. Gracia y virtud se funden en él para ejemplo de los fieles de cualquier época 

Colofón insigne, ha querido la leyenda hagiográfica barroca que fuera la Virgen misma quien, al final de sus días y en prueba del triunfo celeste alcanzado, le entregara una palma, idéntica a la que exhiben los mártires.

Taumaturgo poderoso, según muestra la virtud terapéutica que primero emanara de sus restos incorruptos, la proyección de su culto se extenderá por el obispado de Cuenca, donde prodigará primero sus favores. Después, para orgullo de cuantos allí le veneren, teniéndolo por celestial patrono, otros espacios más lejanos experimentarán la eficacia de su intercesión curativa sobre quienes le invoquen, aquejados de peste, en los recios tiempos de fines del Quinientos y en la centuria siguiente.

 La piedad hecha perenne monumento.

             El hallazgo en 1518 de los restos incorruptos de San Julián motivó la traza y construcción entonces de una suntuosa capilla donde venerarlos. Andando el tiempo vino ésta a parecer mezquina e impropia de tan glorioso santo al cabildo y a algunos obispos. En consecuencia, al concluir el siglo XVII, uno de ellos, Alonso Antonio de San Martín (1682-1705), entusiasta devoto de su santo predecesor, dejó un importante legado destinado a financiar la erección de un monumento más insigne.

 Al mediar el Setecientos, por encargo del cabildo, dio trazas el arquitecto Ventura Rodríguez (1717-1785) para ejecutar un virtuoso altar “Transparente” que uniera visualmente el culto al santo patrono con el celebrado cotidianamente en el Altar mayor del templo catedral. Sin escatimar medios económicos, los mejores marmolistas y los más afamados broncistas de la corte se aplicaron a interpretar las minuciosas indicaciones escritas por el artista para llevar a cabo la obra con la belleza y fasto deseados utilizando exquisitos materiales procedentes de las más diversas canteras de Cuenca y otros lugares de España.

Francisco de Vergara (1713-1761), escultor valenciano residente en Roma, realizó en mármol de Carrara las primorosas esculturas de las tres Virtudes teologales y las escenas de la vida del Santo: Bautismo a la derecha, episodio de las acémilas milagrosamente cargadas de grano para socorro de los hambrientos conquenses a la izquierda y entrega de la palma por la Virgen en el momento de la muerte del santo obispo.

Aunque las obras transcurrieron durante el pontificado de José Flórez Osorio (1737-1759), la inauguración fue presidida con enorme solemnidad festiva por su sucesor Isidro de Carvajal y Lancaster (1760-1771) el 8 de septiembre de 1760.

 
 

I V L I A N V S

1208-2008

VIII centenario de la muerte de San Julián

 

CATEDRAL DE CUENCA

Del 22 de agosto de 2008 al 28 de enero de 2009

 

ORGANIZA

Diócesis de Cuenca

Con la colaboración de

Excmo. Ayuntamiento de Cuenca, Ilmo. Cabildo Catedral de Cuenca, Caja de Ahorros de Castilla La Mancha, Excma. Diputación Provincial de Cuenca, Escuela Taller “Clemente de Aróstegui”, Universidad de Castilla La Mancha.

 

Han cedido piezas para esta Exposición

Archivo Capitular de Cuenca, Archivo Capitular de Toledo, Archivo Diocesano de Cuenca, Archivo Municipal de Cuenca, Ayuntamiento de Abia de la Obispalía (Cuenca), Biblioteca Pública Municipal de Cuenca, Catedrales de Burgos y Málaga, Carmelitas Descalzas de Cuenca, Concepcionistas Franciscanas de Murcia (Algezares), Rosa Díaz San Miguel, Excelentísima Diputación Provincial de Cuenca, Ermita de Nuestra Señora de Gracia de Belmonte, Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid, Familia de Don Juan José Martínez Rubio (+), Museo Capitular de Cuenca, Museo de Cuenca, Museo Diocesano de Cuenca, Palacio Episcopal de Cuenca, Parroquias de Cuenca: El Salvador de la capital, Alconchel de la Estrella, Algarra, Arcas, Barchín del Hoyo, Belmonte, Castillejo del Romeral,  Cuevas de Velasco, Mariana, Pinarejo, Puebla de Almenara, Quintanar del Rey, San Clemente, Valdecolmenas de Abajo, Valeria, Vellisca, La Ventosa, Villaescusa de Haro, Villamayor de Santiago, Villanueva de Guadamejud, Villanueva de la Jara, Villar del Horno, Villar del Maestre, Villaverde y Pasaconsol, Parroquia de San Nicolás de Requena (Valencia), Parroquia del Salvador, La Roda (Albacete), Parroquia patriarcal de Santiago y San Juan (Madrid), Luis Poveda Contreras, Hipólito Ruiz, Seminario Conciliar de San Julián de Cuenca, Siervas de Jesús de Cuenca, José Valencia, Miguel Ángel Valero,


 

COMISARIOS

Eusebio Miguel García Langa

Miguel Jiménez Monteserín

Vicente Malabia Martínez

 

RESTAURACIÓN

Coordinación y dirección

Luis Priego Priego

 

Equipo  de restauración

 

Silvia Álvarez López-Dóriga,  Marta Azagra Marco, María del Mar Brox Osma,  Gema González Fernández, Marcela Inés Hernández Vigliano, Francisco del Hoyo Santamaría, Ana López Fernández, Caridad Nieto Díaz, María Plaza Alonso, Carlos Romero Barruete, Mari Luz  Vaíllo García, María Begoña Yáñez Martínez

 

FICHAS TÉCNICAS

Miguel Jiménez Monteserín

 

FOTOGRAFÍA

Santiago Torralba

 

DISEÑO del CARTEL

Artetinta