"Nuestra vida debe ser, toda ella, un tejido de fe y generosidad", repetía con frecuencia Santa Rafaela María. Sin desear más que, "sólo, sólo y siempre la voluntad de Dios". La sinceridad de este deseo de dar a Dios toda su libertad, su ser... su poseer", y de hacer de Cristo el absoluto de su vida, lleva como sello de autenticidad la realidad concreta, dolorosa y humillante que le tocó vivir. Pero acogida siempre como don de Dios y participación en la cruz de Cristo.

 

Guardó siempre como un tesoro inapreciable, el espíritu de San Ignacio de Loyola. Por él luchó desde los primeros días de su vida religiosa y este espíritu fortaleció más y más su voluntad de "buscar a Dios en todas las cosas" y de ser de aquellas personas que "más se quieren señalar" en su servicio.