I. EL ACONTECIMIENTO Y SU SIGNIFICADO
1. La "normalización de la sucesión episcopal" en nuestra diócesis
2. Mons. Jesús Enciso, Obispo de Ciudad Rodrigo
3. Significado histórico de los hechos evocados
4. Significado religioso y espiritual
5. Alabanza y acción de gracias por los beneficios recibidos
6. Purificación de la memoria
7. Afirmación de la esperanza cristiana
II. LA DIOCESIS COMO IGLESIA PARTICULAR
8. La importancia de la Iglesia particular
9. La Iglesia particular, acontecimiento de salvación
10. El ministerio del Obispo en la Iglesia particular
11. El presbiterio diocesano y los diáconos
12. La vida consagrada y la cooperación de los laicos
13. La inculturación de la Iglesia en esta tierra y en este pueblo
14. El amor a la diócesis se ha de manifestar con hechos
III. MISION DE NUESTRA IGLESIA DIOCESANA HOY
15. La razón de ser de la Iglesia
16. La preparación de un futuro que ya ha comenzado
17. Vocación misionera y evangelizadora de nuestra Iglesia
18. Presencia de la Iglesia en la promoción social de nuestro pueblo
19. Tarea y responsabilidad de los laicos
Conclusión
20. La dimensión jubilar de la conmemoración del 50º
21. Celebración inmersa en la del Gran Jubileo del 2.000
EL CINCUENTENARIO DE LA NORMALIZACION DE LA
SUCESION EPISCOPAL EN NUESTRA DIOCESIS
Exhortación pastoral
Queridos hermanos presbíteros, religiosas, seminaristas y fieles laicos:
"La gracia de Nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo estén con todos vosotros" (2 Cor 13,13). Apenas inaugurado el Gran Jubileo de la Encarnación y del Nacimiento de N.S. Jesucristo saludo de nuevo a toda la comunidad diocesana para invitarla a celebrar también lo que constituye una verdadera conmemoración jubilar de nuestra Iglesia Civitatense. Me refiero al cincuentenario de lo que hemos empezado a denominar "normalización de la sucesión episcopal en nuestra diócesis", verificada el día 2 de febrero de 1.950 con el nombramiento de Mons. Jesús Enciso Viana, de grata memoria, como obispo de Ciudad Rodrigo.
En la Exhortación pastoral ante el curso 1.999-2.000 os
anunciaba esta conmemoración y prometía ocuparme de ella
en un documento posterior. Es lo que hago ahora. En primer lugar voy a
referirme al significado espiritual y pastoral del acontecimiento que vamos
a celebrar en el contexto del Gran Jubileo. Después me detendré
en algunas consideraciones de carácter teológico sobre la
Iglesia particular y, finalmente, en varios aspectos de la misión
de nuestra diócesis en la hora presente.
I. EL ACONTECIMIENTO Y SU SIGNIFICADO
1. La "normalización de la sucesión episcopal" en nuestra diócesis
El 2 de febrero del año 2.000 se van a cumplir por tanto cincuenta años de la designación para nuestra Iglesia Civitatense de un obispo "diocesano" (1) . Repasando la documentación a nuestro alcance (2) se puede intentar una reconstrucción de los principales hechos que queremos conmemorar:
El 10 de octubre de 1.949 Mons. Jesús Enciso Viana había sido nombrado por S.S. el Papa Pío XII obispo "titular" de Elusa y Administrador Apostólico de Ciudad Rodrigo (3) . Dos meses después, exactamente el 20 de diciembre de 1.949, Mons. Enciso enviaba un telegrama de felicitación al entonces Vicario Capitular de la diócesis D. Isidro Martín Gavilán asociándose al júbilo de la diócesis por la elevación de ésta. Era la primera noticia que llegaba a Ciudad Rodrigo, dado que la información había sido facilitada a últimas horas del día anterior por el Ministerio de Asuntos Exteriores. El Gobierno español se comprometía también a prestar su colaboración para que Ciudad Rodrigo gozara de los mismos derechos y beneficios de las demás diócesis españolas (4) . Tan faustas noticias desencadenaron en la diócesis una oleada de entusiasmo. El día de Navidad de aquel año hubo un solemne Te Deum en la Catedral y una recepción en el palacio episcopal (5) .
2. Mons. Jesús Enciso, Obispo de Ciudad Rodrigo
Sin embargo el traslado del Dr. Enciso de la sede "titular" de Elusa a la diócesis de Ciudad Rodrigo no se produjo hasta el 2 de febrero de 1.950. Ahora bien, no hay constancia de que exista documento alguno de S.S. el Papa Pío XII, encaminado a que Ciudad Rodrigo fuera equiparada a las demás diócesis españolas. Por otra parte nuestra diócesis nunca fue privada de su condición de sede "residencial", aunque durante más de un siglo fue regida por obispos administradores apostólicos, titulares de otras Iglesias. No obstante el Gobierno español la consideraba como Administración Apostólica a efectos de los compromisos contraídos en los acuerdos con la Santa Sede.
Por todo esto la única fecha oficial de relieve histórico de la "normalización de la sucesión episcopal" en nuestra diócesis Civitatense es la mencionada del 2 de febrero de 1.950, fecha de la Bula de nombramiento de Mons. Jesús Enciso Viana como obispo diocesano de Ciudad Rodrigo (6) . De igual modo hoy no se puede hablar ya de "elevación" ni de "restauración" de la diócesis.
Mons. Enciso recibió la ordenación episcopal en Madrid el día 16 de abril de 1.950, tomó posesión el día 7 de mayo, domingo IV de Pascua, por medio de D. Isidro Martín Gavilán, Deán y Vicario Capitular, e hizo su entrada oficial en Ciudad Rodrigo el 4 de junio del mismo año (7) . Otro 4 de junio, cinco años después, se hacía público el traslado de Mons. Jesús Enciso Viana a la diócesis de Mallorca, produciéndose la despedida de la diócesis el 4 de septiembre de 1.955 después de un breve pero muy fecundo pontificado (8) . El Dr. Enciso asistió como obispo de la diócesis balear a las dos primeras sesiones del Vaticano II, formando parte de la comisión conciliar de Sagrada Liturgia.
Antes de terminar la segunda sesión del Concilio tuvo que regresar a España enfermo. Después de casi un año de enfermedad y de tres intervenciones quirúrgicas falleció piadosamente en Mallorca el 21 de septiembre de 1.964 (9) . La diócesis de Ciudad Rodrigo conserva con amor su recuerdo y el báculo pastoral que recibió como legado precioso.
3. Significado histórico de los hechos evocados
La llegada del Dr. Enciso a la diócesis de Ciudad Rodrigo había puesto fin a una situación a todas luces anómala, iniciada en 1.835 y cuyo máximo indicador fue la determinación de la supresión de nuestra diócesis en el Concordato de 1.851, decisión que es preciso enmarcar en los avatares que sufrió la Iglesia en España a lo largo de todo el siglo XIX. Pero de hecho, como he indicado antes, esta supresión nunca fue ejecutada a pesar de las numerosas y a veces muy largas sedes vacantes. Desde 1.867 hasta el 25 de enero de 1.949, fecha de la muerte del último Administrador Apostólico, Mons. Máximo Yurramendi, la diócesis fue regida primeramente por los obispos de Salamanca y desde 1.885 por obispos de sedes "titulares", siendo el primero de éstos Mons. José Tomás de Mazarrasa, de venerada memoria (1.885-1.907).
Los acontecimientos de 1.950 encierran por tanto una gran importancia histórica para nuestra diócesis. Son hechos que están todavía vivos en la memoria de muchas personas (10), especialmente de los sacerdotes que los vivieron intensamente siendo todavía seminaristas o recién ordenados. Dejando a los historiadores que nos ofrezcan los datos necesarios para evocar aquellos y enmarcarlos adecuadamente en la historia, mi deber es ahondar en su significado espiritual. El año 1.950 fue también Año Santo, como recuerda la leyenda que rodea el escudo de Mons. Enciso en la vidriera de la entrada a la vivienda episcopal, colocada al término de las obras efectuadas en el palacio por el mencionado obispo (11) .
4. Significado religioso y espiritual
La coincidencia de nuestra celebración jubilar diocesana con el Gran Jubileo del Nacimiento del Señor, nos invita ante todo a hacer una plegaria agradecida al Padre de las misericordias, al mismo tiempo que purificamos también nuestra propia memoria de los fallos y errores del pasado. En este sentido nuestra Iglesia Civitatense acoge con solicitud filial la doble sugerencia del Papa Juan Pablo II cuando anunció el Gran Jubileo del 2.000 y cuando lo convocó mediante la Bula "Incarnationis Mysterium" (12). Así lo ha hecho también la Conferencia Episcopal Española en la Asamblea plenaria de noviembre de 1.999.
Dirijamos por tanto nuestra mirada al siglo XX, sin duda mucho más positivo en su conjunto para nuestra Iglesia de lo que fue el siglo XIX, tratando de escrutar los "signos de los tiempos" en los que, a la luz de la Palabra divina, se descubre la presencia salvadora de Dios y se perciben sus llamadas a la Iglesia para que responda a las necesidades y a los deseos más profundos de los hombres (13) .
5. Alabanza y acción de gracias por los beneficios recibidos
En efecto, el Gran Jubileo "quiere ser una gran plegaria de alabanza y de acción de gracias" por el don de la Encarnación y de la Redención efectuada por el Hijo de Dios, pero también por el don de la Iglesia, sacramento de salvación para todos los pueblos, así como por los numerosos frutos de santidad que han madurado en la vida de tantos hombres y mujeres que supieron acoger sin reservas los dones de Dios (cf. TMA 32; 37).
En el siglo que termina debemos dar gracias a Dios "porque ha mirado la pequeñez" de nuestra Iglesia y "ha hecho cosas grandes" en ella (cf. Lc 1,48-49). Por su amor la diócesis recibió un impulso revitalizador durante el episcopado de Mons. José Mazarrasa (1.885-1.907), especialmente en la enseñanza de la doctrina cristiana, la formación del clero y de los seminaristas, la atención a los ancianos y a los pobres y la educación de la juventud (14). Con una gran confianza en Dios se establecieron en aquellos años varias congregaciones religiosas y Ciudad Rodrigo que contaba ya con un Seminario floreciente, empezó a tener un clero numeroso y bien formado que en muchos casos ha dejado una huella imborrable (15). En el episcopologio civitatense de este siglo es preciso recordar por su vida "en el bueno olor de Cristo", además de Mons. Mazarrasa, ya mencionado, a Mons. Silverio Velasco (1.925-1.927) (16) .
En el recuerdo de quienes los conocieron, permanecen también los nombres de los restantes obispos de este siglo que dieron lo mejor de sí mismos en favor de la grey que les fue confiada y que no escatimaron esfuerzos ni sacrificios en el desempeño de su ministerio (17). Nuestra diócesis ha podido ofrecer también al martirologio de la Iglesia del siglo XX varios sacerdotes, religiosos y algunas religiosas que dieron testimonio de la fe hasta la sangre en varios lugares de España (18). Tampoco faltaron en nuestra diócesis laicos que gastaron su vida heroicamente por el Reino de Dios (19) .
¿Cómo no dar gracias a Dios también por lo que han representado para la formación del laicado durante varias décadas las Conferencias de San Vicente de Paúl, las cuatro ramas de la Acción Católica, los Cursillos de Cristiandad, los ejercicios espirituales impartidos a toda clase de fieles, las asociaciones de espiritualidad y los modernos movimientos de apostolado seglar? La práctica religiosa llegó a ser de las más altas de España. El culto a la Santísima Eucaristía, impulsado por los congresos eucarísticos arciprestales iniciados a raíz del Congreso E. Internacional de Barcelona de 1.952, las misiones populares, la devoción a la Pasión del Señor y a la Santísima Virgen María, marcaron también la acción pastoral de toda una época.
El Concilio Vaticano II, fue también para nuestra Iglesia "acontecimiento providencial" (TMA 18), que produjo entre otros frutos, la aplicación de la reforma litúrgica, la promoción del laicado, la intensificación de la conciencia de la comunión eclesial diocesana, la vinculación de las religiosas a la pastoral y una mayor corresponsabilidad y fraternidad presbiteral. Mención especial merecen la generosa respuesta de los sacerdotes a las necesidades de otras diócesis (20) y a la llamada de América (21) y de las misiones entre los emigrantes, y la permanencia en los pueblos a pesar de la fortísima emigración registrada en la década de los sesenta. En el campo social y educativo la atención a la infancia con la escuela-hogar San José y a los adolescentes con los internados diocesanos y de comunidades religiosas, las iniciativas culturales y de acompañamiento de los jóvenes, la acción de Caritas diocesana y de otras organizaciones asistenciales.
La gratitud gozosa y humilde al Señor por estas hermosas realizaciones de nuestra Iglesia diocesana debe ir acompañada de otro gesto, que refleja igualmente pero de otro modo la bondad divina. Me refiero a la "purificación de la memoria, que pide a todos un acto de valentía y humildad para reconocer las faltas cometidas por quienes han llevado y llevan el nombre de cristianos" (22).
En efecto, durante la preparación del Gran Jubileo hemos debido hacer un examen de conciencia individual y colectivo sobre todos los antitestimonios que hemos dado los pastores y los fieles a lo largo de los últimos decenios, llevando también el peso de los errores y de los fallos de cuantos nos precedieron. Aunque sin duda han sido mucho mayores los frutos de santidad en nuestra Iglesia que los aspectos negativos que han podido ensombrecer su rostro. El Gran Jubileo representa una oportunidad para convertirnos más profundamente al Señor y experimentar en toda su fuerza la alegría de la reconciliación (cf. TMA 32).
Con la confianza en la fidelidad y en la misericordia divinas los cristianos hemos de entrar dentro de nosotros mismos y dolernos de muchos males de nuestra época en los que tenemos también una parte de responsabilidad: la indiferencia y el olvido de Dios, la inversión de los valores cristianos, la pérdida de transcendencia y la secularización de las costumbres; el debilitamiento del sentido de la fe y de la comunión eclesial en algunas manifestaciones religiosas; el materialismo y el afán de tener y de consumir; el individualismo y la exaltación desmedida de la sexualidad por encima del amor y de los bienes del matrimonio, con el consiguiente deterioro del compromiso estable y el descenso de la natalidad; el olvido creciente del valor sagrado de la vida humana, amenazada no sólo en los no nacidos y en los ancianos y discapacitados sino también en los jóvenes con las drogas y el alcoholismo.
Como Iglesia debemos pedir perdón por todos los errores y fallos humanos al Padre de la misericordia que, a pesar de todo, sigue amándonos y manifestando su cercanía hacia todo hombre o mujer que sufre. Al final del siglo XX nuestro pueblo ha padecido una notable falta de confianza en el futuro, y los creyentes somos igualmente proclives al desaliento, al cansancio y a la atonía. Quizás no siempre hemos sabido estar al lado de los más pobres y de los menos favorecidos, animando y promoviendo el desarrollo integral de nuestro pueblo.
7. Afirmación de la esperanza cristiana
Por eso el Gran Jubileo del Nacimiento de Cristo como marco de la conmemoración que queremos hacer de nuestra historia reciente, nos ofrece una ocasión espléndida para que tratemos de "dar razón de nuestra esperanza" en medio de nuestro pueblo (cf. 2 Pe 3,15; LG 10; 35). Las actuales circunstancias demográficas y económicas adversas contribuyen también a que no busquemos nuestra seguridad en la ciudad terrena, sino en las promesas de Dios que transcienden siempre la realidad de este mundo y nos hacen mirar aún más lejos, a la gloria futura, para estimularnos en la tarea que hemos de realizar en el tiempo en que nos toca vivir (cf. Rm 8,24-25; Ef 5,16; Col 4,5).
La contemplación de los hechos pasados, en los que la fe
reconoce la mano generosa de Dios en los beneficios recibidos y descubre
el hilo conductor de todos los acontecimientos, ha de orientar nuestro
compromiso cristiano en el presente y ayudarnos a tener confianza ante
el futuro. Confianza en primer lugar en la bondad del Señor que
hace que todo concurra para el bien de los que le aman (cf. Rm 8,28), pero
confianza también en los hombres y mujeres de nuestras comunidades.
Ciertas lamentaciones dejan entrever muchas veces un intento de justificación
de la propia pasividad, además del olvido del poder de Dios de quien
depende en definitiva la eficacia de lo que hacemos (cf. 1 Cor 3,7).
II. LA DIOCESIS COMO IGLESIA PARTICULAR
Además del significado espiritual expuesto antes, la "normalización de la sucesión episcopal en nuestra diócesis" tiene también un alcance teológico y unas repercusiones pastorales y aun socioculturales que no quiero pasar por alto. En efecto, el cincuentenario nos invita a tomar conciencia de lo que es la Iglesia particular y de los distintos ministerios y funciones que hay en ella.
8. La importancia de la Iglesia particular
Ha sido efectivamente el Concilio Vaticano II el que ha recuperado en el ámbito de Occidente, la importancia de la Iglesia particular o diocesana como realización y expresión del misterio de la Iglesia de Cristo en un determinado lugar. Aquel Concilio fue inaugurado en 1.962, cuando hacía tan sólo 12 años que nuestra diócesis había recuperado para sus pastores el título propio de los obispos civitatenses. La etapa histórica que estaba viviendo nuestra diócesis se vio muy pronto impregnada por el aggiornamento puesto en marcha por aquel concilio, calificado por el Papa Juan Pablo II como un "gran don del Espíritu a la Iglesia al final del segundo milenio" (TMA 36).
Refiriéndonos en concreto a la formación de la conciencia eclesial, en los años conciliares y del inmediato postconcilio se pasó con más o menos fortuna de una eclesiología fundamentalmente histórico-jurídica -la idea de Iglesia como sociedad perfecta-, a la eclesiología de misterio, de comunión y de misión impulsada por el Vaticano II.
Merece la pena leer de nuevo y comentar el texto conciliar que define lo que es una diócesis: "La diócesis es una porción del pueblo de Dios, que se confía al Obispo para ser apacentada con la cooperación del Presbiterio, de modo que, adherida a su pastor y congregada por él en el Espíritu Santo por medio del Evangelio y de la Eucaristía, constituye la Iglesia particular, en que se encuentra y opera verdaderamente la Iglesia de Cristo una, santa, católica y apostólica" (CD 11; cf. LG 8; 26).
9. La Iglesia particular, acontecimiento de salvación
La cita supera definitivamente una noción de diócesis meramente administrativa y pone el acento en las realidades que configuran la Iglesia como acontecimiento de salvación. La diócesis es ante todo "una porción del pueblo de Dios", es decir, una comunidad cristiana que subsiste como tal en virtud de la Palabra divina, de los sacramentos especialmente de la Eucaristía y del ministerio apostólico bajo la acción del Espíritu Santo. El ser pueblo de Dios, más que un elemento constitutivo de la Iglesia es el fruto de la presencia del Espíritu que la congrega en la unidad y actúa eficazmente en ella, haciéndola signo e instrumento de la comunión con Dios y de la unidad del género humano (cf. LG 1; 4). Por otra parte la definición de diócesis como pueblo de Dios es previa a cualquier diferencia por razón del carisma, la función o el ministerio.
Ahora bien, en esta porción del pueblo de Dios "se encuentra y opera verdaderamente la Iglesia de Cristo" (CD 11; cf. LG 23; 26). Esto quiere decir que en la diócesis acontece el misterio de la Iglesia, que abre a los hombres las puertas de la salvación comunicándoles la vida divina y enseñándoles a vivir según el Evangelio (cf. LG 6-8). En este sentido la diócesis en cuanto realización de la Iglesia, "tiene por Cabeza a Cristo... por condición la dignidad y libertad de los hijos de Dios... por ley el nuevo mandato del amor... (y) como fin la dilatación del Reino de Dios..." (LG 9).
Todos estos aspectos ha sido reunidos por el Catecismo de la Iglesia Católica en la siguiente noción de la Iglesia particular: "Se entiende por Iglesia particular, que es en primer lugar la Diócesis (o la eparquía), una comunidad de fieles cristianos en comunión en la fe y en los sacramentos con su obispo ordenado en la sucesión apostólica (cf. CD 11; etc.). Estas Iglesias particulares están 'formadas a imagen de la Iglesia universal. En ellas y a partir de ellas existe la Iglesia católica, una y única' (LG 23)" (23) .
No es ahora el momento de detenerse en otros aspectos teológicos de la diócesis como la presencia del Espíritu Santo que la congrega en la unidad (cf. LG 4; UR 2; CCE 737; 1.093 ss.), el valor de la Palabra de Dios como fuente y fundamento de la vida eclesial (cf. LG 17; DV 1; 21; PO 4; CCE 751-752), y la importancia de la celebración eucarística como "principal manifestación de la Iglesia" (SC 41-42; cf. LG 26; CCE 1.561). No hay que olvidar tampoco que la Iglesia se realiza no sólo a nivel diocesano sino también de otras comunidades locales de los fieles, entre las que sobresalen las parroquias (24).
10. El ministerio del Obispo en la Iglesia particular
Entre los elementos constitutivos de la Iglesia diocesana se encuentra el ministerio apostólico, representado por el obispo, con quien coopera el presbiterio especialmente en la actividad pastoral (cf. LG 27; 28; CD 11; PO 7). Esta es la principal diferencia entre la diócesis como Iglesia particular y la parroquia, verdadera Iglesia local también, pero en la que no se da la plenitud del ministerio.
Resulta muy sugestivo fijarse en la función del obispo en la constitución de una Iglesia particular teniendo en cuenta la conmemoración que queremos hacer. En efecto, hasta que nuestra diócesis no recuperó el título propio de los obispos civitatenses, tenía la sensación de que le faltaba algo fundamental para aparecer como verdadera Iglesia particular. El hecho de que el obispo lleve el título de la diócesis que se le ha confiado viene a subrayar también el vínculo esponsal que le une a su Iglesia, vínculo al que alude significativamente el anillo episcopal (25) .
Hay pues una correspondencia profunda entre la constitución de la Iglesia particular y el ministerio episcopal. El obispo es puesto al frente de una Iglesia por el Espíritu Santo, como sucesor de los Apóstoles (cf. Hch 20,28; LG 21) y principio y fundamento de la unidad eclesial y de todas las funciones y ministerios (cf. LG 20; 23; CD 2; 3). El que la Iglesia se manifieste en un determinado lugar como señal o sacramento de salvación (cf. LG 1; 48; etc.) depende en gran medida del ministerio del obispo, como testigo autorizado del Evangelio y maestro de la fe (cf. LG 25; CD 12; CCE 888-892), como "dispensador de la gracia del supremo sacerdocio" en la Eucaristía y en los demás sacramentos (cf. LG 26; CD 15; CCE 893), y como guía que ejerce la potestad pastoral sobre la porción del pueblo de Dios que le ha sido encomendada (cf. LG 27; CD 16; CCE 894-896).
Por otra parte el obispo, constituido miembro del Cuerpo episcopal en virtud de la ordenación y por la comunión jerárquica con el Sucesor de Pedro y con los miembros del Colegio, es vínculo de la Iglesia particular con la Iglesia universal (LG 22; CD 4; CCE 882-886). Por eso "cada obispo representa a su Iglesia, como todos los obispos a una con el Papa representan a toda la Iglesia en el vínculo de la paz, del amor y de la unidad" (LG 23). La colegialidad episcopal está en el origen de la solicitud del obispo por las demás Iglesias (cf. ib.; CD 6; CCE 886).
11. El presbiterio diocesano y los diáconos
Como derivación sacramental del ministerio apostólico del que participa el obispo, están también los presbíteros y los diáconos (cf. LG 21; 28; CCE 1.554). Antes he aludido en la acción de gracias a la abundancia de vocaciones al ministerio ordenado dentro del ultimo siglo. Por este motivo no quiero dejar de recordar el alcance teológico y pastoral de estos ministerios como estímulo y aliento para seguir trabajando en la formación de los sacerdotes y en el fomento de la pastoral vocacional.
En efecto, los presbíteros son cooperadores necesarios del orden episcopal y forman con el obispo un único presbiterio, dedicado a diversas tareas y unido por vínculos de caridad pastoral, de ministerio y de fraternidad al servicio de la obra santificadora de Cristo y de la misión de la Iglesia en la comunidad diocesana (cf. LG 28; PO 8; CCE 1.567-1.568). Los diáconos participan también de la gracia y de la misión de Cristo en virtud del sacramento del Orden, si bien son ordenados no para ejercer el sacerdocio sino para realizar el ministerio como asistentes del obispo y de los presbíteros (cf. LG 29; 41; CCE 1569-1.570).
Ahora bien, el sacramento del Orden crea en los presbíteros "un vínculo ontológico específico, que une al sacerdote con Cristo, Sumo sacerdote y Buen Pastor" (26), y al mismo tiempo una relación con la Iglesia diocesana, primera beneficiaria del ministerio ordenado. Expresión de esta vinculación es la "incardinación", que constituye no sólo un elemento jurídico sino también un valor espiritual con consecuencias pastorales (cf. CDC, c. 265). En la ordenación radican también la obediencia al obispo, la corresponsabilidad y la dedicación a la diócesis y la acogida de los diferentes carismas de la vida consagrada y del laicado (27).
En la base de la vida y del ministerio de los presbíteros y de los diáconos se encuentra la comunión eclesial, cuyo origen último es el Misterio Trinitario (cf. Ef 4,5; LG 4). La comunión se manifiesta también en el testimonio de adhesión al Sucesor de Pedro y al colegio episcopal. Este aspecto confiere un carácter de universalidad al ministerio ordenado y dispone para el servicio a otras Iglesias (28) .
12. La vida consagrada y la cooperación de los laicos
Pero con ser muy importante el ministerio ordenado en la Iglesia particular, en el pueblo de Dios existen también otros carismas y funciones. Los pastores no hemos sido constituidos para asumir nosotros solos toda la misión salvadora de la Iglesia sino que hemos de contar con la cooperación de los demás fieles (cf. LG 30).
En este sentido nuestra diócesis se ve enriquecida con varias comunidades femeninas de vida consagrada: cuatro de vida contemplativa y doce de vida activa, a las que se unen dos institutos seculares y una asociación privada. De este modo las religiosas y las demás mujeres consagradas desempeñan un papel significativo en nuestra Iglesia en el contexto de la comunión y de la misión. Con el necesario respeto a los carismas propios de cada instituto, cada vez es más necesaria la colaboración de las personas consagradas, entre otros motivos porque contribuye poderosamente a enriquecer la acción pastoral con la caridad y con otros valores espirituales y apostólicos (29).
Pero además están los fieles laicos. Pero no me refiero ahora a todos los miembros del pueblo de Dios que, en cuanto bautizados, participan de la unción profética, sacerdotal y real de Cristo (cf. LG 10-11; PO 2; AA 3), sino a aquellos laicos, hombres y mujeres, que además de buscar el Reino de Dios ordenando las realidades temporales según el Evangelio (cf. LG 31; AA 2; CCE 898 ss.), cooperan en un mayor servicio a la diócesis y a las parroquias según la gracia y los carismas que el Señor les ha concedido. La presencia competente de estos laicos, además de ser un signo claro de madurez cristiana, redunda en un mayor enriquecimiento de la comunión eclesial y es un poderoso factor de confianza en el futuro de nuestra Iglesia. Volveré sobre esta cooperación en la tercera parte.
13. La inculturación de la Iglesia en esta tierra y en este pueblo
Todas estas reflexiones inciden en un factor fundamental para la acción evangelizadora y pastoral de la Iglesia diocesana. Este factor no es otro que su índole "local", es decir, su implantación en un determinado lugar de la geografía y en un pueblo con unas condiciones sociológicas y culturales determinadas. La Iglesia de Cristo no existe en abstracto, sino que se realiza históricamente en un espacio y en un tiempo concretos adquiriendo de este modo estabilidad y arraigo como signo e instrumento de salvación (cf. LG 13; AG 19). La Iglesia es una realidad "a la vez humana y divina, visible y dotada de elementos invisibles... presente en el mundo y sin embargo peregrina" (SC 2; cf. LG 8).
Por eso lo que llamamos Iglesia Civitatense o diócesis de Ciudad Rodrigo no es solamente un territorio eclesiástico que ha conocido diversas delimitaciones en el curso de la historia, sino que es ante todo una realidad de orden espiritual dotada al mismo tiempo de estructuras humanas y sociales. En ella se manifiesta y se ofrece la salvación de Cristo. Tomar conciencia de esta realidad, en plena consonancia con la eclesiología del Concilio Vaticano II, es por otra parte una de las líneas de fondo que se vienen persiguiendo en nuestra diócesis desde hace varios años, además de un fruto de la conmemoración que ahora queremos hacer (30). En este sentido no está de más recordar cómo nuestra diócesis celebró en 1.968 el VIII Centenario de su fundación, durante el episcopado de Mons. Demetrio Mansilla (1.964-1.988), celoso pastor que nos dejó para siempre hace un año (31).
14. El amor a la diócesis se ha de manifestar con hechos
En nuestra diócesis se constata entre los fieles y especialmente entre los sacerdotes un gran amor a la diócesis. Pero también es verdad que cuanto se haga por conocerla mejor en sus valores y carismas, en sus realizaciones evangelizadoras y pastorales, en sus instituciones y servicios, en su historia y patrimonio cultural, y en definitiva en la realidad humana y cristiana de sus comunidades y de su presbiterio, dará como fruto un sentimiento más fuerte y más profundo de pertenencia a la Iglesia Civitatense.
Por otra parte la misma sociedad humana así como sus instituciones públicas y privadas, han de ser conscientes de la importancia que ha tenido en la historia y del significado que tiene en el presente para la ciudad y para la comarca la presencia de la sede episcopal. El patrimonio artístico, documental y cultural de nuestra diócesis es una de las más importantes expresiones de esta presencia, como lo son también las obras sociales, asistenciales y educativas que la Iglesia mantiene a través del obispado, las parroquias y las congregaciones religiosas.
En efecto, no podemos olvidar que la Santa Madre Iglesia, esposa
de Cristo, que nos ha engendrado en la fe y nos nutre y acompaña
a lo largo de nuestra vida, tiene rostro, perfil, identidad humana y religiosa
y, en definitiva, nombre y presencia social y cultural en esta tierra y
en este pueblo. La celebración del cincuentenario de la "normalización
de la sucesión episcopal" puede ser una buena ocasión para
estimular en todos los fieles cristianos y en el resto de los ciudadanos,
el reconocimiento agradecido por cuanto es y representa la Iglesia Civitatense
y al mismo tiempo el compromiso de ayudarla a realizar su vocación
evangelizadora y misionera en favor de todo el pueblo.
III. MISION DE NUESTRA IGLESIA DIOCESANA HOY
Esta última consideración sirve también de introducción a la última parte, en la que quiero referirme a la misión de nuestra diócesis al servicio del reino de Dios y de los hombres y mujeres que integran la sociedad donde está levantada como signo de salvación.
15. La razón de ser de la Iglesia
Fue también el Concilio Vaticano II el que amplió las perspectivas para el encuentro entre la Iglesia y la sociedad, como una exigencia de la misión que Cristo confió a sus discípulos antes de volver al Padre. El Magisterio posterior al Concilio ha proseguido este camino, intensificando la necesidad no sólo de la encarnación de la Iglesia en la vida de los pueblos sino también la urgencia del anuncio explícito de Jesucristo mediante la palabra y el testimonio de los cristianos.
Esta acentuación de la misión de la Iglesia en clave evangelizadora se produjo a partir de la publicación de la Exhortación Apostólica Evangelii Nuntiandi del Papa Pablo VI, de 8-XII-1975 (= EN), y es recordada continuamente por el Papa Juan Pablo II. Pero ha tenido también expresión propia en España en los planes pastorales de la Conferencia Episcopal Española (32), y en nuestra diócesis en los objetivos diocesanos dedicados al tema de la evangelización (33).
En todos estos documentos aparece la Iglesia convocada por el Señor para la misión. Pablo VI llegó a escribir que la razón de ser de la Iglesia en el mundo y en la historia es anunciar el Evangelio: "Evangelizar constituye la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Ella existe para evangelizar, es decir, para predicar y enseñar, ser canal del don de la gracia, reconciliar a los pecadores con Dios, perpetuar el sacrificio de Cristo en la Santa Misa, memorial de su muerte y resurrección gloriosa" (EN 14). La misión de la Iglesia está enraizada en su misma naturaleza.
16. La preparación de un futuro que ya ha comenzado
Antes he aludido a la necesidad de afirmar la esperanza cristiana, como consecuencia de la mirada agradecida al siglo que termina y de la purificación de la memoria (cf. n. 8). Con esta actitud hemos entrado en el Gran Jubileo del Nacimiento de Cristo, gozosos y dispuestos a vivir la experiencia interior que nos propone la Iglesia. Pero al mismo tiempo, sin perder de vista la ciudad futura que esperamos, hemos de caminar sostenidos por el Espíritu del Señor y alentados por el ejemplo de los que nos han precedido, tratando de dar respuesta a los retos que nuestra diócesis ha de afrontar en los próximos años.
Algunas veces me he referido a la necesidad de ir preparando la diócesis para lo que puede ser, previsiblemente, la situación de nuestra Iglesia y de nuestro presbiterio dentro de diez o quince años. Tras anunciar este propósito en diciembre de 1.994, en una reunión de arciprestes, me referí a ello más ampliamente en la sesión constitutiva del Consejo Presbiteral el 29 de junio de 1.995: "La preparación de la diócesis para el futuro inmediato significa que es necesario iniciar un replanteamiento de la pastoral diocesana, arciprestal y parroquial en función de una realidad que ya está a la vista y en función también del camino emprendido de nueva evangelización... La nueva evangelización exige que se busquen o se prosigan proyectos pastorales que hagan frente a la situación de increencia y de neopaganismo que nos invade, que se revise la pastoral de la Palabra y de los sacramentos, se atienda a las instancias de la piedad popular con un mayor espíritu de discernimiento de sus manifestaciones, etc." (34).
17. Vocación misionera y evangelizadora de nuestra Iglesia
Casi cinco años después, cuando hemos hecho ya un camino siguiendo los sucesivos objetivos diocesanos de pastoral, sigo creyendo en la necesidad de que nuestra diócesis se plantee de nuevo el compromiso de la evangelización y de la presencia misionera en este pueblo. De otro modo nuestra Iglesia no será fiel al Señor y ni a sí misma, en coherencia con su historia al servicio de la salvación de los hombres y mujeres de esta tierra. Habrá que fijar probablemente objetivos concretos y examinar y renovar métodos y estructuras pastorales, pero todo esto servirá de muy poco si no tratamos de poner a punto nuestro espíritu y reemprender el trabajo confiando en su palabra (cf. Lc 5,5).
Será necesario también adecuar nuestra mentalidad y nuestras actitudes de disponibilidad y de conducta a las circunstancias nuevas que ya se empiezan a vislumbrar, como la progresiva desaparición de las personas mayores que han asegurado en gran medida la estabilidad religiosa de nuestras comunidades parroquiales, y el descenso cuantitativo del número de presbíteros. Ya estamos experimentando las dificultades que entraña hoy la transmisión de la fe a las nuevas generaciones. Con la ayuda de Dios trataremos de empeñarnos seria y responsablemente en lo que constituye la tarea primordial de la Iglesia, para que nuestras comunidades sean lugar de anuncio del Evangelio y de comunicación eficaz de la gracia de Jesucristo para los niños, los adolescentes y los jóvenes que formarán la sociedad de mañana.
A los niños y a los adolescentes los tenemos todavía cerca de nosotros. Pero sobre ellos se ejercen hoy toda clase de influencias, no siendo las menos importantes las que provienen de sus padres, cada día más indiferentes y descreídos. Respecto de los jóvenes, los resultados de algunos estudios sobre la situación de la juventud española constatan junto a un fortísimo descenso de la práctica religiosa, un alejamiento cada día mayor de la Iglesia y una pérdida muy notable de valores espirituales y morales (35) . A pesar de todo es necesario tomarlos en serio y ofrecerles cercanía, discernimiento, formación, oración y compromisos de entrega.
Los pastores hemos de poner a nuestras comunidades una vez más en contacto con el patrimonio de la fe de la Iglesia, es decir, con la palabra viva del Evangelio, con los sacramentos y con los valores morales cristianos. Es necesario que presentemos incansablemente el mensaje de Jesús de modo comprensible y persuasivo, directo y vital, sin escamotear su interpretación por la Iglesia, y haciendo uso también de todos los medios de comunicación.
18. Presencia de la Iglesia en la promoción social de nuestro pueblo
Creo que tenemos aquí otro importante reto, que además de responder también a la misión de la Iglesia, le dará credibilidad ante la sociedad. En efecto, la presencia de la Iglesia en todo lo que es promoción humana constituye no sólo un deber que brota de su doctrina moral y social, sino también un signo de la salvación integral que ha de ofrecer a todos (cf. CD 12; GS 63; etc.). Nuestra diócesis está ubicada en una de las mayores bolsas de pobreza de Europa, con un notable envejecimiento de la población y un descenso muy acusado de la natalidad. Las escasas posibilidades económicas y de desarrollo generan numerosos problemas sociales como el paro, el alcoholismo y la drogodependencia, que afectan sobre todo a los jóvenes (36). Pero aún son más graves la apatía colectiva, el conformismo estéril, el individualismo y el egoísmo insolidario de una gran parte de la población.
¿Qué puede hacer nuestra Iglesia ante este panorama? ¿Qué podemos hacer nosotros los pastores? Ciertamente, las soluciones técnicas no están a nuestro alcance ni nos competen tampoco. Pero sí es deber nuestro no ignorar estas realidades y tratar de hacer nuestras las esperanza y las preocupaciones de nuestro pueblo, despertando la conciencia de las comunidades y de los fieles con ayuda del Evangelio y de la doctrina social de la Iglesia, apelando a la justicia y no sólo a la caridad para que se resuelvan los problemas, e infundiendo confianza y ánimo a las personas que se esfuerzan en lograr realizaciones y mejoras de todo tipo.
También podemos urgir a nuestra Iglesia a realizar acciones sociales que vaya más allá de las colectas y de las ayudas esporádicas, formando en las parroquias más grandes y en los arciprestazgos un voluntariado de laicos que trabaje en favor de la justicia y de la comunicación cristiana de bienes. En nuestra diócesis, eminentemente rural, falta una presencia de esta pastoral específica, una presencia eclesial y laical más allá de la tarea primera e imprescindible de nuestro acompañamiento personal y ministerial. Nuestra Iglesia, ha de hacer suya la actitud del "buen samaritano", el mismo Cristo, que se inclina sobre el hombre herido y maltratado para curar sus heridas y devolverle su dignidad (37). Nos urge a ello también la celebración del Gran Jubileo del nacimiento cuya vertiente de justicia social es también esencial (TMA 13).
19. Tarea y responsabilidad de los laicos
La celebración del Cincuentenario puede ser también una ocasión para volver a insistir en la importancia de la vocación y de la misión de los laicos en la Iglesia y en la sociedad. Incorporarlos efectivamente a la vida de las comunidades y aún a los organismos diocesanos, tratando de formarlos y de prepararlos adecuadamente, es un objetivo permanente de nuestra pastoral diocesana desde hace muchos años (38). En efecto los laicos pueden y deben participar cada vez más en la acción evangelizadora y catequética, en los ministerios laicales del lector y del acólito, en la dirección de asambleas dominicales en ausencia del presbítero, en los consejos pastorales, en el ejercicio del ministerio parroquial, en la gestión económica de las comunidades, etc.
Reconozco que es difícil lograr que de esa especie de mayoría silenciosa que acude habitualmente a la Eucaristía dominical y que frecuenta algunos sacramentos, compuesta en buena medida por personas mayores, salgan laicos dispuestos a colaborar en las diferentes funciones eclesiales y a tener una presencia comprometida en la vida laboral, social y pública. El camino para lograrlo empieza en los sacerdotes, convencidos de lo que constituye un derecho y un deber de los laicos, antes incluso que una necesidad pastoral.
Habrá que tratar de despertar también en los fieles cristianos el sentido de pertenencia a la Iglesia a través de las parroquias y de los grupos eclesiales, espacios naturales para la llamada y la preparación de un laicado responsable. La fe cristiana no puede vivirse hoy "por libre" sino en contacto con otros creyentes. De ahí la necesidad de intensificar las catequesis de adultos, el acompañamiento espiritual de las personas más cultivadas, la pastoral familiar y todo aquello que pueda suponer un estímulo para los creyentes, miembros a la vez de la comunidad humana y de la comunidad cristiana. Con la confianza puesta en la acción del Espíritu Santo hemos de empeñarnos en estos objetivos.
Se hace ineludible procurar también que las asociaciones
religiosas cuenten con la debida asistencia doctrinal y espiritual, para
que las manifestaciones de la religiosidad popular sean expresiones de
fe viva, de caridad fraterna y de comunión eclesial.
20. La dimensión jubilar de la conmemoración del 50º
Para terminar quiero insistir de nuevo en la coincidencia de la conmemoración del cincuentenario de la "normalización de la sucesión episcopal en nuestra diócesis" con la celebración del Gran Jubileo de la Encarnación y del Nacimiento del Señor. Esta coincidencia refuerza aún más el carácter jubilar de la conmemoración que queremos hacer y nos ofrece las principales pautas de actuación.
En efecto, cualquier celebración jubilar constituye un particular "año de gracia" para quienes la protagonizan. Así se festejan en el ámbito personal los aniversarios XXV y L de la ordenación sacerdotal, del matrimonio o de la consagración religiosa, y en el ámbito eclesial los jubileos de las parroquias y de las diócesis: "Todos estos jubileos personales o comunitarios tienen un papel importante y significativo en la vida de los individuos y de las comunidades" (TMA 15). Más aún, las celebraciones jubilares de las Iglesias y de las comunidades cristianas significan el reconocimiento de la presencia de Cristo, Señor de la historia, que la colma del amor y de la misericordia del Padre convirtiéndola en historia de salvación (cf. TMA 9-10; 25). "Vista así, toda la historia humana aparece como un único río, al que muchos afluentes vierten sus aguas" (TMA 25).
En este sentido la Iglesia Civitatense, ocho veces secular, es uno de esos afluentes. De este modo nuestra diócesis quiere encontrarse, junto con las demás Iglesias y en el marco del Gran Jubileo de la Iglesia universal, "con renovada fidelidad y profunda comunión en las orillas de este gran río: el río de la revelación, del Cristianismo y de la Iglesia, que corre a través de la historia de la humanidad a partir de lo ocurrido en Nazaret y después en Belén hace dos mil años" (TMA 25).
21. Celebración inmersa en la del Gran Jubileo del 2.000
Por tanto no se trata solamente de que participemos como Iglesia particular en el Gran Jubileo que se celebra simultáneamente en Roma, en Tierra Santa y en las demás Iglesias, para que todos los fieles puedan gozar ampliamente de los bienes del "año de gracia del Señor" (cf. TMA 14), sino de que lo hagamos evocando lo que significa esta etapa de la historia de nuestra diócesis. Nuestra participación en el Gran Jubileo del 2.000, para el que nos hemos venido preparando desde el curso 1.996-97, tendrá por tanto un motivo añadido, que contribuirá sin duda a que vivamos más intensamente el acontecimiento jubilar de la Iglesia universal.
Por eso los actos que se organicen con motivo del cincuentenario de la normalización de la sucesión episcopal estarán impregnados en todo momento del espíritu y de las orientaciones básicas trazadas por el Santo Padre para el Gran Jubileo como "año de gracia del Señor", "año de glorificación de la Santísima Trinidad" y "año intensamente eucarístico" (cf. TMA 55) y recogidas en mi exhortación pastoral de principio de curso (39) . Permitidme recordar una vez más que "el Gran Jubileo no consiste en una serie de cosas por hacer, sino en vivir una gran experiencia interior", de manera que "las iniciativas exteriores sólo tienen sentido en la medida en que son expresiones de un profundo compromiso interior" (40).
Que la Santísima Virgen María, en cuyo seno se encarnó el Hijo de Dios hace dos mil años y que ha acompañado siempre a los discípulos de Cristo como lo hizo en el cenáculo, y San Isidoro de Sevilla, Patrono de nuestra diócesis, nos ayuden con su intercesión a dar gracias al Padre Omnipotente, por Jesucristo nuestro Señor, "el mismo ayer, hoy y siempre" (Hb 13,8), en la comunión del Espíritu Santo.
+ Julián, obispo de Ciudad Rodrigo
(2). Fundamentalmente en el Archivo diocesano y catedralicio, en las Acta Apostolicae Sedis (= AAS) y en el Boletín Oficial del Obispado de Ciudad Rodrigo (BOO-CR).(Volver)
(3). Cf. AAS 41 (1.949), 615. En el Consistorio secreto de 2-XII-1.949 se da cuenta de la provisión de la Iglesia de Elusa: cf. AAS 41 (1.949), 585. (Volver)
(4). Así lo hizo mediante un Decreto-Ley de la Jefatura del Estado de 9 de enero de 1.950 (BBO-CR 65/2 [1.950], 25-26). La revista Ecclesia reproducía el 24 de diciembre de 1.949 una nota oficial de la Oficina de Información Diplomática del Ministerio de Asuntos Exteriores que daba cuenta de una comunicación de la Santa Sede al Gobierno español alusiva a que el Papa Pío XII había decidido "erigir en sedes episcopales las Administraciones Apostólicas" de Ciudad Rodrigo, Ibiza y Barbastro, además de crear las nuevas diócesis de Albacete, Bilbao y San Sebastián. La revista comentaba así la nota: "El concordato de 1.851, en fórmula transaccional de arreglo de diócesis, dispuso la incorporación, entre otras varias, de la diócesis de Barbastro a la de Huesca, la de Ciudad Rodrigo a la de Salamanca y la de Ibiza a la de Mallorca; sus catedrales se convertirían en colegiatas. No es el caso relatar las vicisitudes por las que pasó el cumplimiento de esa disposición concordataria. Las referidas diócesis siguen más o menos con su vida ordinaria, gobernadas por Administradores Apostólicos, obispos titulares, con plena potestad episcopal, pero con el texto del artículo quinto de concordato como sombra temerosa. La nueva disposición de la Santa Sede 'erige en sedes episcopales las administraciones apostólicas' citadas, con todo el rango de las sedes residenciales... Ciudad Rodrigo data de 1.175 y tiene 140.000 habitantes" (Ecclesia 441 [1.949], 692). (Volver)
(5). El Boletín Oficial del Obispado de Ciudad Rodrigo correspondiente a enero de 1.950 recoge los telegramas y los llamamientos que se produjeron con motivo de tan fausta noticia, además de una interesantísima relación del Vicario Capitular sobre las gestiones llevadas a cabo desde el 21 de mayo de 1.941 hasta el 20 de diciembre de 1.949 para lograr "la restauración completa de la Diócesis" (BBO-CR 65/1 [1.950], 1-15). El Libro de Actas del Cabildo Catedral de ese año da cuenta de las reuniones capitulares que se sucedieron a partir del día 20 de diciembre de 1.949, con este significativo epígrafe: "Restauración definitiva de la Diócesis" (folios 118 v. y ss.). Existe una vieja fotografía que ha dejado constancia gráfica de la multitud a la salida de la Catedral.(Volver)
(6). Esta es efectivamente la fecha que aparece en la "Provisión de Iglesias", en este caso de la "Catedralis Ecclesia Civitatensis", publicada en AAS 42 (1.950), 196; y en las guías diocesanas como fecha de la "restauración del título episcopal de la Diócesis": Guía de la Diócesis de Ciudad Rodrigo, Ciudad Rodrigo 1.955, p. 12; Estadística de la Diócesis de Ciudad Rodrigo, Ciudad Rodrigo 1.975, p. 5. (Volver)
(7). Cf. BOO-CR 65/5 (1.950), 103-110; 65/6 (1.959), 127-129; y 65/7 (1.959), 141-145, 162-180.(Volver)
(8). Con este motivo el Boletín Oficial del Obispado dedicó un número especial a "Los cinco años del pontificado del Dr. D. Jesús Enciso Viana": BOO-CR 70/9 (1.955), 335-365.(Volver)
(9). Después de la muerte del Dr. Enciso la Diócesis de Mallorca publicó un pequeño volumen de Cartas escritas durante la sesiones conciliares y durante su enfermedad. (Volver)
(10). Aún viven algunos protagonistas de las gestiones que precedieron a la normalización de la sucesión episcopal, como el Excmo. Sr. D. Eduardo Rojas, Conde de Montarco, entonces secretario particular del ministro de Asuntos Exteriores.(Volver)
(11). Mons. Enciso dejó unas notas manuscritas sumamente interesantes sobre la obra realizada. Sobre el palacio episcopal véase: J.R. Nieto, Ciudad Rodrigo. Análisis del patrimonio artístico, Salamanca 1.998, 169-174.(Volver)
(12). Cf. Carta Apostólica Tertio Millennio Adveniente, de 10-XI-1.994, n. 33 y 36; Bula "Incarnationis Mysterium" de convocación del Gran Jubileo del año 2.000, de 29-XI-1.998, n. 11.(Volver)
(13). La expresión "signos de los tiempos", usada por el Papa Juan XXIII al convocar el Concilio Vaticano II y por el propio Concilio, basada en Mt 16,3 y en Lc 12,54-56, invita a descubrir las señales de la voluntad de Dios que se manifiesta por medio de los acontecimientos: cf. GS 4; 11; 44; PO 9; TMA 10; 46.(Volver)
(14). Cf. N. Martín Matías, Mazarrasa, Obispo de Ciudad Rodrigo en torno al 98, Ciudad Rodrigo 1.998.(Volver)
(15). En 1.916 contaba la Diócesis con 172 sacerdotes, 35 religiosos y 122 religiosas (62 de clausura), y con 77 seminaristas: Guía Eclesiástica-Estadística de la Diócesis de Ciudad Rodrigo, cit., pp. 17 y 122. En 1.955 los sacerdotes diocesanos eran 137, a los que había que añadir 37 incardinados en otras diócesis y otros 15 que trabajaban fuera también pero continuando incardinados en Ciudad Rodrigo; los religiosos eran 8 y las religiosas 132 (64 de clausura); los seminaristas eran 216 (78 mayores): Guía de la Diócesis de Ciudad Rodrigo, cit., pp. 33, 60, 63 ss. En 1.975 los sacerdores eran 114 y los residentes fuera de la Diócesis 71; ya no había religiosos y las religiosas eran 162 (68 de clausura -en 1.958 había pasado a la Diócesis en Monasterio de Porta Coeli de El Zarzoso-); los eminaristas eran 203 (15 mayores): Estadística de la Diócesis de Ciudad Rodrigo, cit., pp. 26 y 57 ss. (Volver)
(16). Cf. D. Dionisio Domínguez, Sacerdote y obispo Santo: D. Silverio Velasco, Valladolid 1.928. (Volver)
(17). Bastaría ver los números extraordinarios del Boletín Oficial del Obispado publicados con ocasión del traslado o del fallecimiento de los obispos. El pontificado más largo fue el de Mons. Demetrio Mansilla (1.964-1.988); véase la publicación con ocasión de sus bodas de plata episcopales: Veinticinco años de episcopado. 1.959-1.984, Ciudad Rodrigo 1.984. Mons. Mansilla falleció el 7-XII-1.998 y sus restos mortales descansan en la capilla de Ntra. Señora del Pilar de la Catedral Civitatense.(Volver)
(18). Del clero diocesano: D. Bienvenido García Comerón, natural de Lumbrales (+ el 31-VIII-1.936, en Vargas -Santander-); D. Dionisio Sánchez Hernández, de Pedrotoro (+ el 8-IX-1.936, en Madrid); y D. Juan Cantero Hernández, de Aldea del Obispo, D. Martín Herrero Manzano, de La Redonda, y D. Francisco de Paula Manchado Vegas, de El Sahugo, (+ el 19-X-1.936, en Cuestas del Puerto -Murcia-). Religiosos de los que tenemos noticia: P. Fernando García de Dios OP, de San Felices (+ el 14-VIII-1.936, en Almagro -Ciudad Real-), P. Alejandro de Sobradillo OFMC (+ el 15-VIII-1.936, en Madrid) y el P. Ramiro de Sobradillo OFMC (+ 27-XI-1.936, en Paracuellos del Jarama -Madrid-). Religiosas de las que tenemos noticia: María de las Nieves Crespo López, carmelita de la caridad, de Ciudad Rodrigo (+ el 19-VIII-1.936, en El Saler -Valencia-) y Sor Modesta Moro Briz, hija de la caridad, con ascendencia en Villavieja de Yeltes (+ 31-X-1.936, Madrid -Madrid).(Volver)
(19). Tal es el caso del catedrático de Salamanca y natural de El Bodón D. Emiliano Rodríguez Risueño (+ 13-II-1.936): cf. A. García, Santidad en las conferencias de San Vicente: D. Emiliano Rodríguez Risueño, Salamanca 1.973 (3ª ed.).(Volver)
(20). Véanse las estadísticas citadas en la nota 15. (Volver)
(21). Cf. A. Garrigós, Evangelizadores de América. Historia de la Ochsa, Madrid 1.992, 356-359 y 722. (Volver)
(22). Bula "Incarnationis Mysterium", cit., 11 (cf. TMA 33 y 36).(Volver)
(23). Catecismo de la Iglesia Católica. Nueva edición conforme al texto latino original, Asociación de Editores del Catecismo 1.999 (= CCE), 833.(Volver)
(24). Sobre la parroquia como Iglesia local y su centralidad eucarística remito a "La comunidad parroquial al servicio de la Evangelización hoy", cit., II parte; y a "El año de gracia del Señor". Presencia salvífica de Jesucristo en la Iglesia y en nuestra vida, Exhortación pastoral ante el curso 1.999-2.000, nn. 15-18. Véase también: Mons. A. Ceballos, Conocimiento del misterio de la Iglesia particular para impulsar una nueva evangelización, Separata del Boletín 1.990.(Volver)
(25). Cf. Rito de la Ordenación del obispo, Entrega del anillo.(Volver)
(26). Juan Pablo II, Exhortación postsinodal "Pastores dabo Vobis", de 25-III-1.992 (= PDV), n. 11.(Volver)
(27). Cf. PDV 31. También LG 28; CD 28; PO 2; 7; 8; etc. Véase El ejercicio del ministerio presbiteral en nuestra diócesis. Carta a los presbíteros, Ciudad Rodrigo 1.997, nn. 7-10.(Volver)
(28). Cf. Juan Pablo II, Encíclica Redemptoris Missio, de 7-XII-1.990, n. 67-68; Congregación para el Clero, Directorio para el ministerio y la vida de los presbíteros, de 31-I-1.994 (= Directorio y número), 14-15 y 20-22.(Volver)
(29). Cf. Juan Pablo II, Exhortación postsinodal "Vita Consecrata", de 25-III-1996, nn. 48-49.(Volver)
(30). Bastaría recordar los objetivos pastorales diocesanos de 1.990-91: "Conocer el misterio de la Iglesia particular para impulsar una nueva evangelización", y de 1.994-95: "Potenciar la comunidad parroquial como lugar propio para la acogida de la Palabra de Dios, para la celebración de la fe y para el servicio de la caridad".(Volver)
(31). Cf. D. Mansilla Reoyo, Carta Pastoral: Octavo Centenario de la Diócesis de Ciudad Rodrigo (1.168-1.968), Ciudad Rodrigo 1.968. (Volver)
(32). He aquí los enunciados y las fechas de publicación: La Visita del Papa y el servicio a la fe de nuestro pueblo (1983-1986), EDICE 1.983; Anunciar a Jesucristo en nuestro mundo con obras y palabras (1987-1990), EDICE 1.987); Impulsar una nueva evangelización (1990-1993), EDICE 1.990; "Para que el mundo crea" (Jn 17,21) (1994-1997), EDICE 1.994; "El año de gracia del Señor" (Is 61,2; Lc 4,19) (1997-2000), EDICE 1.997. (Volver)
(33). En los cursos: 1.991-92: "Conocer el Evangelio para una nueva evangelización en nuestra Iglesia Civitatense"; 1.992-93: "Conocer, asumir e impulsar la vocación y misión de los laicos para una nueva evangelización en nuestra Iglesia Civitatense"; 1.993-94: "Promover, potenciar e instaurar una catequesis de adultos evangelizadora en nuestras comunidades parroquiales civitatenses".(Volver)
(34). BBO-CR de julio-agosto de 1.995, p. 319. (Volver)
(35). Cf. Cf. "Jóvenes españoles 1.999", Informe de la Fundación Santa María: "Vida Nueva"de 27-XI-1.999, pp. 8-10; "Ecclesia" 2.976 (1.999) 1.927-1.929.(Volver)
(36). Véanse los informes elaborados por las Caritas de Ciudad Rodrigo y Salamanca: Las condiciones de vida de la población pobre de la provincia de Salamanca, Fundación Foessa, Madrid 1.994; Situación, problemática y valores de la juventud de Salamanca - 1997, Salamanca 1.997.(Volver)
(37). La Iglesia en Castilla samaritana y solidaria con los pobres. Instrucción pastoral de los obispos, Valladolid 1.991.(Volver)
(38). Cf. "Conocer, asumir e impulsar la vocación y misión de los laicos para una nueva evangelización en nuestra Iglesia Civitatense": Objetivo pastoral del curso 1.992-93.(Volver)
(39). "El año de gracia del Señor". Presencia salvífica de Jesucristo en la Iglesia y en nuestra vida, Separata del BBO-CR, Ciudad Rodrigo 1.999.(Volver)
(40). Juan Pablo II, Carta sobre la peregrinación a los lugares vinculados con la historia de la salvación, de 29-VI-1.999, n.1.(Volver)