Exhortación pastoral ante el Curso apostólico 1.999-2.000
SUMARIO
1. Balance de los objetivos pastorales precedentes
2. El objetivo diocesano de pastoral de 1.999-2.000
I. LA CELEBRACION DEL JUBILEO COMO "AÑO DE GRACIA DEL SEÑOR"
3. Significado bíblico del Jubileo
4. El Jubileo requiere la conversión y el perdón de los pecados
5. La peregrinación jubilar a la Catedral
6. El Jubileo está orientado al "fortalecimiento de la fe y del testimonio"
7. La celebración del Jubileo: "memoria y actualización" en el año litúrgico
II. LA "GLORIFICACION DE LA SS. TRINIDAD"
8. El misterio de la Encarnación y del Nacimiento de Jesucristo
9. La intervención de las Tres Divinas Personas en la Encarnación
10. La cooperación de María en la Encarnación
11. Significado del misterio de la Encarnación para el mundo y para el hombre
12. Significado del misterio de la Encarnación para nuestra vida
13. La "glorificación" del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo
III. "AÑO INTENSAMENTE EUCARISTICO"
14. De la Encarnación a la presencia eucarística del "Dios-con-nosotros"
15. La Eucaristía, misterio de comunión
16. La Eucaristía, centro de la Iglesia local
17. Importancia del domingo como "día de la Eucaristía"
18. La Eucaristía y la misión de la Iglesia
19. La Eucaristía, sacramento de la Iniciación cristiana
20. Líneas básicas para una espiritualidad eucarística
21. En orden a la catequesis y a la formación de los fieles
22. En orden a la celebración y a la vida espiritual
23. En orden a la acción social y caritativa
24. A modo de conclusión: Invitación a celebrar el Gran Jubileo
Apendice
CALENDARIO DE CELEBRACIONES JUBILARES EN LA DIOCESIS CIVITATENSE
Queridos hermanos presbíteros, religiosas, seminaristas y fieles laicos:
"Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en la Persona de Cristo con toda clase de bendiciones espirituales y celestiales" (Ef 1,3). A las puertas ya del Gran Jubileo de la Encarnación y del Nacimiento del Señor que será inaugurado en Navidad, invoco sobre toda la comunidad diocesana y sobre cada uno de vosotros el Nombre divino con sentimientos de adoración y de alabanza al Padre que por medio de su Hijo Jesucristo y en el Espíritu Santo realiza su designio de salvación sobre toda la humanidad y en nuestra Iglesia Civitatense.
El mundo y la historia son objeto de una inmensa bendición divina que se ha concentrado en la venida del Hijo de Dios encarnado "por nosotros los hombres y por nuestra salvación" (Credo). Cuando se van a cumplir dos mil años de este acontecimiento, debemos glorificar al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo implorando nuevas "bendiciones espirituales y celestiales".
1. Balance de los objetivos pastorales precedentes
En particular debemos dar gracias al Padre de las misericordias por lo que han representado estos años de preparación del Gran Jubileo, al mismo tiempo que avanzábamos por el camino de una nueva sensibilidad misionera e integradora de los distintos aspectos de la presencia y de acción de la Iglesia en nuestro pueblo siguiendo los objetivos diocesanos. Esta preparación ha venido a reafirmar el propósito de dar unidad y continuidad a los objetivos pastorales anuales (1). De este modo la programación pastoral diocesana de cada curso ha encontrado prolongación en el objetivo del año siguiente, como un hito más de la ruta emprendida.
En este sentido hemos prestado atención a la comunidad parroquial al servicio de la evangelización (curso 1.994-95), a la Palabra de Dios en la Iniciación cristiana (1.995-96), a los sacramentos del Bautismo (1.996-97) y de la Confirmación (1.997-98), a los que se ha unido la Penitencia (1.998-99). Al mismo tiempo redescubríamos la necesidad de crecer en las virtudes teologales de la fe, de la esperanza y de la caridad con el cultivo de la oración y de la vida espiritual. Elemento vertebrador de los objetivos diocesanos de estos años ha sido la propuesta de la Carta Apostólica "Tertio Millennio Adveniente" (= TMA) que orientaba nuestra mirada reflexiva y orante hacia cada una de las Personas divinas de la SS. Trinidad, según la dinámica cristológico trinitaria de la revelación y de la actuación divina en el mundo: "desde Cristo y por Cristo, en el Espíritu Santo, al Padre" (TMA 55; cf. 31) (2).
Con mayor o menor acierto y con más o menos realizaciones, los objetivos han orientado la acción evangelizadora, catequética, litúrgica, caritativa, apostólica, vocacional, formativa, etc. de las comunidades, de los grupos eclesiales y de los organismos diocesanos, al mismo tiempo que han estado presentes en la formación permanente de los distintos sectores del pueblo de Dios: sacerdotes, religiosas y laicos.
2. El objetivo diocesano de pastoral de 1.999-2.000
El curso 1.999-2.000 se presenta con características especiales. En primer lugar ha de completar la preparación del Gran Jubileo e incorporar la celebración del mismo, cuando sea inaugurado el 25 de diciembre de 1.999. En este sentido siguiendo la propuesta del Santo Padre Juan Pablo II, el objetivo deberá asumir "la glorificación de la Trinidad, de la que todo procede y a la que todo se dirige, en el mundo y en la historia" (TMA 55). En segundo lugar hemos de terminar la reflexión sobre los sacramentos de la Iniciación cristiana. Tan sólo falta el sacramento de la Eucaristía, culmen de la Iniciación (cf. CCE 1.322).
La atención a la Eucaristía forma parte de los fines del Jubileo, ya que "siendo Cristo el único camino al Padre, para destacar su presencia viva y salvífica en la Iglesia y en el mundo", el año 2.000 será "un año intensamente eucarístico". Entre otros aspectos debemos tener en cuenta la íntima y maravillosa continuidad que existe entre el misterio de la Encarnación y el misterio de la Eucaristía.
Por otra parte nuestra Diócesis debe celebrar también un acontecimiento particular situado en el marco de la celebración del Gran Jubileo. Me refiero a la conmemoración del 50 aniversario de la normalización de la sucesión episcopal en nuestra diócesis. Esta normalización se produjo el 2 de febrero de 1.950 con el nombramiento como Obispo diocesano de Ciudad Rodrigo de Mons. Jesús Enciso Viana. Se puso así fin a una situación de administración apostólica de la Diócesis, que procedía de mediados del siglo XIX. Esta conmemoración verdaderamente jubilar de nuestra Iglesia Civitatense nos permitirá acudir junto con las demás Iglesias, a las "las orillas de ese gran río..., que corre a través de la historia de la humanidad a partir de lo ocurrido en Nazaret y después en Belén hace dos mil años" (TMA 25).
Por tanto el objetivo diocesano de pastoral del curso 1.999-2.000 tiene un carácter de culminación y en cierto modo de síntesis respecto de los objetivos de los años anteriores, aunque presenta naturalmente aspectos nuevos. Queda formulado de la siguiente manera: "Celebrar el Jubileo del Nacimiento de Jesucristo como glorificación de la SS. Trinidad, especialmente en la Eucaristía, fuente y centro de la comunión y de la misión de la Iglesia".
Lo que sigue es una presentación de los contenidos doctrinales y operativos del objetivo formulado. La celebración del 50 aniversario de la normalización de la sucesión episcopal en nuestra diócesis tendrá un tratamiento específico en otro documento posterior a éste.
I. LA CELEBRACION DEL JUBILEO COMO "AÑO DE GRACIA DEL SEÑOR"
En esta primera parte de la Exhortación pastoral pretendo exponer el significado de la celebración del Gran Jubileo siguiendo la doctrina bíblica y las orientaciones del Papa en la Carta "Tertio Millennio Adveniente".
3. Significado bíblico del Jubileo
El Gran Jubileo del año 2.000 está ya a las puertas. Será un "año santo", es decir, un tiempo "dedicado a Dios" y "en honor a Él" (cf. TMA 12), un tiempo santificado por el reconocimiento agradecido de la presencia divina salvadora en la historia humana y en nuestra vida, especialmente a partir del acontecimiento de la Encarnación de Jesucristo. Por eso el Jubileo no es un simple aniversario que evoca un hecho pasado, sino un "tiempo de celebración" instituido por la Iglesia para ayudar a vivir y agradecer los dones de Dios en un contexto de alegría y de fiesta. Así surgieron todos los tiempos festivos cristianos y el mismo año litúrgico. El Papa Juan Pablo II lo explica de este modo: "En efecto, la Iglesia respeta las medidas del tiempo: horas, días, años, siglos. De esta forma camina al paso de cada hombre, haciendo que todos comprendan cómo cada una de estas medidas está impregnada de la presencia de Dios y de su acción salvífica" (TMA 16; cf. 10).
El modelo de lo que ha de ser este "año santo" se encuentra en el "jubileo bíblico" aludido por Jesús en la sinagoga de Nazaret, cuando anunció que había sido enviado para "proclamar el año de gracia del Señor" y que ese año era ya una realidad con su venida (cf. Lc 4,19.21). Una de las características del jubileo bíblico era la liberación de todo tipo de deuda o de opresión, una especie de amnistía general (cf. Lev 25; TMA 12).
Ahora bien, esa amnistía que devolvía todas las cosas y especialmente las relaciones sociales al estado originario querido por Dios, entrañaba una llamada a la santidad condensada en la frase: "sed santos porque yo soy Santo" (Lv 19,2; cf. 11,44-45), interpretada por Jesús de este modo: "sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto" (Mt 5,48). En este sentido la amnistía verdadera e integral no se hizo realidad plena hasta que Jesús, el Sumo Sacerdote de la Nueva Alianza, obtuvo para toda la humanidad el perdón de los pecados con su propio Sacrificio (cf. Hb 9,14.28; 10,10; 13,12). Este es el primer significado de la celebración jubilar.
4. El Jubileo requiere la conversión y el perdón de los pecados
Por eso, al convocar el Jubileo del año 2.000 el Papa Juan Pablo II ha recordado que debe ser para toda Iglesia un "año de perdón de los pecados y de las penas por los pecados, año de reconciliación entre los adversarios, año de múltiples conversiones y de penitencia sacramental y extrasacramental. La tradición de los años jubilares está ligada a la concesión de indulgencias de un modo más generoso que en otros años" (TMA 14)(3) . Obviamente, dado que el "año jubilar" bíblico servía para recordar a todos que el Señor velaba para que los bienes de la tierra estuviesen bien repartidos, el Papa no ha olvidado extraer las oportunas consecuencias sociales (cf. TMA 13).
A lo largo de los años de preparación y de modo particular en el que todavía nos encontramos, dedicado al Padre y al sacramento de la Penitencia, todos hemos debido hacer un "examen de conciencia" unido a un mayor esfuerzo personal y comunitario de conversión a Dios, para que el gozo del Jubileo sea más completo "por la remisión de las culpas y la alegría de la conversión" (TMA 32). Este significado se encuentra también en el "Año Jubilar Compostelano" que estamos celebrando como "pórtico" del Gran Jubileo.
En nuestra Catedral contamos también con una "Puerta del perdón" que podremos atravesar durante el Gran Jubileo como signo de conversión interior y de retorno a la casa paterna. Atravesar el umbral de una puerta santa representa "el paso que cada cristiano está llamado a dar del pecado a la gracia" (4). El gesto ha de ir necesariamente unido a la celebración de los sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía, en los que se produce el encuentro transformador con Dios Padre que otorga la plenitud de su misericordia a quien se acoge a su amor confesando los pecados y la bondad divina. En efecto, como ha dicho el Papa, "el Gran Jubileo no consiste en una serie de cosas por hacer, sino en vivir una gran experiencia interior", de manera que "las iniciativas exteriores sólo tienen sentido en la medida en que son expresiones de un profundo compromiso interior" (5)
En este sentido la indulgencia que la Iglesia otorga con ocasión del Jubileo, responde también al amor inmenso del Padre "que se inclina sobre toda debilidad humana para acogerla en el abrazo de su misericordia" (6). Las condiciones para recibir esta indulgencia son la confesión sacramental individual e íntegra y la comunión eucarística, pero también el testimonio de comunión con la Iglesia que se produce en la oración por las intenciones del Papa y en las obras de caridad y de penitencia. Estas obras se sitúan en el camino de conversión que unas veces parte de los sacramentos como expresión del cambio de conducta y satisfacción por los pecados cometidos, y otras veces desemboca en ellos como culminación.
5. La peregrinación jubilar a la Catedral
Una característica de todos los años santos es la peregrinación a los lugares relacionados con el motivo del Jubileo: Roma, Santiago de Compostela, Tierra Santa. Aunque para vivir la experiencia interior de conversión y de renovación del Jubileo no es indispensable realizar una peregrinación, no es menos cierto que llevarla a cabo constituye una importante ayuda.
En efecto la peregrinación representa un itinerario religioso de búsqueda de Dios en aquellos lugares o espacios en los que Él ha manifestado su presencia para facilitar a los hombres un encuentro más directo. Aunque Dios está en todas partes, y cada rincón de la tierra puede ser contemplado como ámbito de su amor y de su misericordia, sin embargo hay lugares privilegiados para el encuentro con el Creador por su situación o por su belleza, o porque están ligados a determinados acontecimientos de la historia religiosa de un pueblo.
Dentro de nuestra Diócesis no contamos con otro lugar más relevante para las peregrinaciones que la propia Iglesia Catedral, primer santuario de la comunidad diocesana y símbolo del templo espiritual que se va edificando con piedras vivas sobre el fundamento que es Cristo (cf. 2 Cor 6,16; 1 Pe 2,4-5). Por este motivo, teniendo en cuenta que el Papa ha querido que el Jubileo se celebre simultáneamente en todas las Iglesias particulares (cf. TMA 14; 55; Bula, n. 6) y atendiendo a la importancia objetiva de la Catedral en la vida de la comunidad diocesana, me ha parecido oportuno que sea ella el principal lugar donde los fieles puedan obtener la indulgencia unida al Gran Jubileo del 2.000 según las disposiciones de la Penitenciaría Apostólica .(7)
Por otra parte, de cara al 50º de la normalización de la sucesión episcopal que vamos a unir a la celebración del gran Jubileo, la peregrinación a la Catedral supondrá también un reencuentro con la Iglesia que es madre y cabeza de las demás iglesias locales de la diócesis. Pero de lo que se trata es de que la peregrinación a la Catedral convenientemente preparada y realizada de todas las parroquias y comunidades y de los diversos grupos de fieles, facilite verdaderamente el proceso personal y comunitario de conversión en el sentido expuesto antes.
6. El Jubileo está orientado al "fortalecimiento de la fe y del testimonio"
Cuando anunció la convocatoria del Gran Jubileo del 2.000 el Papa Juan Pablo II señaló un fin prioritario: "el fortalecimiento de la fe y del testimonio de los cristianos" acompañado de "un verdadero anhelo de santidad, un fuerte deseo de conversión y de renovación personal en un clima de oración siempre más intensa y de solidaria acogida del prójimo, especialmente del más necesitado" (TMA 42).
Fortalecer la fe significa darle consistencia, vigor y firmeza, cualidades que son muy necesarias en la situación actual del escepticismo ante la verdad y del relativismo ético y moral. Como se ha dicho muchas veces, uno de los mayores fallos de los cristianos de hoy es la incoherencia entre lo que se dice profesar y el modo de vivir, es decir, entre la fe y la vida (cf. GS 43). La causa hay que buscarla en el debilitamiento de la fe. Por eso, para "mantenernos firmes en la fe que profesamos" (Hb 4,14; cf. 1 Pe 5,9) son hoy más necesarias que nunca la oración asidua, la vigilancia constante (cf. Mt 24,41; 1 Cor 16,13) y el revestimiento con la armadura de la Palabra de Dios (cf. Ef 6,10-18).
Hace tres años, cuando empezábamos la preparación del Jubileo escribí en la Exhortación pastoral del curso 1.996-1.997: "También en nuestro tiempo tenemos necesidad de la virtud de la fortaleza aplicada a nuestra fe y a las demás actitudes cristianas básicas, para no caer en la tentación de la indolencia o de la comodidad en la vida cristiana..." (n. 23). Cuando la fe es fuerte, lo es también el testimonio de los cristianos. Jesucristo es el asidero más firme de nuestra existencia de creyentes. Por eso el Jubileo "deberá confirmar en los cristianos de hoy la fe en el Dios revelado en Cristo, sostener la esperanza prolongada en la espera de la vida eterna y vivificar la caridad comprometida activamente en el servicio a los hermanos" (TMA 31).
7. La celebración del Jubileo: "memoria y actualización" en el año litúrgico
Ahora bien, ¿en qué va a consistir la celebración del Jubileo? Antes he aludido al gesto de atravesar la "Puerta del perdón" de nuestra Catedral. También he aludido a la participación en los sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía y a las obras de caridad. Obviamente estos actos forman parte de la celebración del Jubileo, sobre todo a nivel personal. Pero el Jubileo tiene una dimensión mucho más amplia desde el punto de vista comunitario y eclesial.
En efecto el Jubileo es esencialmente un "tiempo de celebración" como he dicho antes, un espacio festivo definido no por la duración matemática de un año, ya que empezará el 25 de diciembre de 1.999 y terminará el 6 de enero del 2.001. Lo que define el Jubileo, en palabras del Papa, es "la memoria y la celebración", para que no nos limitemos "a recordar el acontecimiento sólo conceptualmente, sino haciendo presente el valor salvífico mediante la actualización sacramental" (TMA 31). En este sentido el Jubileo pondrá de manifiesto que "Jesucristo es el mismo ayer, hoy y por los siglos", es decir, que no sólo le pertenecen el pasado y el presente sino también el futuro (cf. TMA 5; 59).
Todas estas afirmaciones equivalen a decir que el Jubileo es en definitiva la celebración del misterio de Cristo a lo largo del año. Dicho de otro modo, el "año jubilar" coincide plenamente con el "año litúrgico", tal como lo definió el Concilio Vaticano II: "La santa madre Iglesia considera deber suyo celebrar con un sagrado recuerdo en días determinados a través del año la obra salvífica de su divino Esposo. Cada semana, en el día que llamó 'del Señor', conmemora su Resurrección, que una vez al año celebra también, junto con su santa Pasión, en la máxima solemnidad de la Pascua" (SC 102; cf. 106). Al dedicar a Dios esos "tiempos determinados", los fieles se ponen en contacto con los misterios de Cristo y reciben de ellos la fuerza santificadora de los acontecimientos celebrados.
Por tanto el Jubileo deberá consistir en la celebración viva, consciente, festiva y verdaderamente jubilosa de cada uno de los domingos, solemnidades, fiestas y memorias que jalonan el año litúrgico, especialmente los días que hacen referencia directa a los misterios de la Encarnación y del Nacimiento de Cristo -o sea, las solemnidades de Navidad y del 25 de marzo-, y de la Pascua .(8) Cada uno de los días del año jubilar, santificado por la Eucaristía y la Liturgia de las Horas, deberá ser un canto de alabanza y de acción de gracias que surga de todas las comunidades parroquiales y religiosas, de las familias cristianas y aun de cada uno de los fieles en honor del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
II. LA "GLORIFICACION DE LA SS. TRINIDAD"
En esta segunda parte de la exhortación pastoral me refiero al contenido central de la celebración jubilar, es decir, al misterio de la Encarnación y del Nacimiento de Jesucristo ocurrido hace dos mil años, y a la finalidad de la celebración, o sea, a "la glorificación de la Trinidad" (TMA 55).
8. El misterio de la Encarnación y del Nacimiento de Jesucristo
Toda la importancia del Jubileo como peculiar aniversario del Nacimiento de Jesucristo en Belén (cf. TMA 2) proviene del hecho de que "en la concepción y en el nacimiento de Jesús se realiza la Encarnación del Verbo eterno, consustancial al Padre" (TMA 3). Este es el gran acontecimiento que debemos celebrar como suceso histórico y como misterio de fe, expresado en el Símbolo Niceno-Constantinopolitano con las siguientes palabras: "Creo en un solo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos... que por nosotros los hombres y por nuestra salvación, bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María la Virgen y se hizo hombre". Es "el maravilloso intercambio" entre el cielo y la tierra que celebramos cada año en las fiestas de Navidad (cf. Prefacio III de Navidad).
Al llegar a las palabras "y por obra del Espíritu Santo...", nos inclinamos en actitud de adoración. El pueblo cristiano ha experimentado siempre una emoción especial ante estas palabras, subrayadas también en el canto, ya que todos los compositores sin excepción han reservado para ellas la melodía más hermosa de su partitura (el Et incarnatus est). En esa breve frase se evoca y proclama el hecho más grande acaecido en la historia de la humanidad hace 2.000 años y localizado en Nazaret y en Belén.
La Encarnación no es por tanto un mito ni una leyenda, sino un hecho que se produjo, eso sí, "en la mayor humildad" de manera que los historiadores profanos pendientes "de acontecimientos más clamorosos y de personajes más importantes" apenas le prestaron atención (cf. TMA 5). Por este motivo el acontecimiento debe ser contemplado a la luz de los grandes textos cristológicos del Nuevo Testamento, como por ejemplo: Mt 1,20b.25; Lc 1,34-35; Jn 1,14; Gál 4,4; etc. Habrá que tener en cuenta también la doctrina de la fe sobre este misterio contenida entre otras fuentes en el Catecismo de la Iglesia Católica (cf. CCE 456-511), con el fin de recordarla con alegría y gratitud. De este modo la celebración del Jubileo del 2.000 se convertirá en la afirmación de una presencia salvadora que ha transformado completamente el paso del hombre por este mundo.
9. La intervención de las Tres Divinas Personas en la Encarnación
Volviendo a las palabras del Símbolo, además de definir el misterio señalan a sus protagonistas. De manera explícita éstos son "el Hijo único de Dios... que se hizo hombre", el Espíritu Santo y la Santísima Virgen María; implícitamente el Padre, con quien el Hijo está unido inseparablemente porque es de su misma naturaleza ("consubstantialis Patri"). La afirmación del misterio de la Encarnación abre así el acceso al misterio inefable de la Santísima Trinidad e incluye el no menos asombroso aspecto de la cooperación de una criatura humana, la Virgen María (ex María Virgine). En este sentido la Encarnación supone también la autorrevelación del Dios Trinitario que quiere salvar al hombre contando con él.
En efecto, la Encarnación se produjo porque "Dios amó tanto al mundo que entregó a su Hijo único" (Jn 3,16; Gál 4,4). La entrada del Hijo en el mundo y su misión terrena hasta el retorno a la gloria que tenía antes (cf. Jn 16,28; 17,5; etc.), tienen su origen en el Padre, de manera que todos los acontecimientos de la existencia histórica de Jesús -infancia, ministerio público, obras, signos milagrosos, pasión, muerte y resurrección- son narrados en los Evangelios en referencia al origen del Hijo respecto del Padre y teniendo como fondo la íntima unidad de amor entre ambos (cf. Mc 1,11; Jn 3,35; etc.). Por eso la redención humana como término de la Encarnación, es obra también del Padre, de quien todo procede (cf. 1 Cor 8,6).
La Encarnación comprende también, si podemos hablar así, un compromiso personal del Hijo, es decir, un acto de obediencia al Padre, ya que "al entrar en el mundo dice:.. he aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad" (Hb 10,5.7); y un gesto de anonadamiento, sin hacer alarde de su condición divina (cf. Fl 2,7-8). El Hijo es ciertamente "el Enviado" del Padre (cf. Jn 3,17; 8,42; etc.), "el que ha bajado del cielo" (cf.Jn 6,33.38; etc.) dispuesto a cumplir fielmente el designio de salvación de los hombres en la muerte de cruz (cf. Fl 2,8; Rm 8,32). Por eso la obediencia terrena de Jesús al Padre fue la manifestación en el marco espacio-temporal de este mundo, de la perfecta sintonía del Verbo eterno con el Padre, con quien comparte la voluntad divina y un mismo propósito de salvación de la humanidad. La Encarnación de Cristo fue su primer acto "histórico" dentro de la escena humana. La muerte en la cruz, a la que siguieron la sepultura y la resurrección, sería el último gesto de una fidelidad y de un amor que son eternos.
El Espíritu Santo actuó en la Encarnación no sólo en la concepción virginal de Jesús (cf. Mt 1,18.20; Lc 1,35), sino también en el acontecimiento en sí globalmente considerado. El Espíritu Santo estuvo presente en la preparación de la venida del Salvador ya en el Antiguo Testamento (cf. Is 11,1-9; 42,1-4) y en los hechos que precedieron a su llegada al mundo (cf. Lc 1,15.41.67). También lo estuvo en la infancia de Jesús y en todo su ministerio público hasta la muerte. Un momento particularmente significativo de la presencia del Espíritu sobre el Verbo encarnado fue la escena del Bautismo del Señor (cf. Mc 1,10 y par.) como presentación mesiánica de Cristo. El propio Jesús lo anunció explícitamente en la sinagoga de Nazaret aplicándose la profecía de Isaías: "El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido..." (Lc 4,18; cf. Hch 10,38). Toda la existencia terrena de Jesús fue una permanente manifestación de la acción del Espíritu en Él (cf. Jn 1,32) .(9)
10. La cooperación de María en la Encarnación
La entrada en el tiempo del Hijo de Dios, a pesar de su carácter transcendente, se realizó también gracias a la colaboración personal de la Santísima Virgen María al anunciárselo el ángel (cf. Lc 1,31-38). San Pablo formuló esta cooperación con una frase que alude a la vez al designio de la redención humana por parte del Padre, a la participación de María en la realización de este designio y al carácter temporal del acontecimiento: "Cuando llegó la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la Ley, para rescatar a los que estaban bajo la Ley, para que recibiéramos el ser hijos por adopción" (Gál 4,4-5).
De este texto se deduce que el Hijo de Dios, además de la generación eterna del Padre, recibe un nacimiento temporal de una mujer, María. Con su consentimiento expreso (cf. Lc 1,38), en su seno virginal (cf. Lc 1,31) "el Verbo se hizo carne" (Jn 1,14) y "el que era invisible en su naturaleza se hace visible al adoptar la nuestra; el eterno, engendrado antes del tiempo, comparte nuestra vida temporal para asumir en sí todo lo creado, para reconstruir lo que estaba caído y restaurar de este modo el universo, para llamar de nuevo al reino de los cielos al hombre sumergido en el pecado" (Pref. II de Navidad) . (10)
La disponibilidad de María y su entrega total al designio de Dios la convirtieron, mediante la acción fecunda del Espíritu Santo, en "Madre del Señor" (Lc 1,43) o "Madre de Dios (Theótokos)" como fue reconocida y proclamada en el Concilio de Efeso (cf. DS 251; CCE 466; 495). Ella desempeñó por tanto un papel activo en la Encarnación y es parte esencial del misterio salvífico de la redención humana a la que cooperó con su libre fe y obediencia, entregándose totalmente a sí misma a la persona y a la obra de su Hijo (cf. LG 56; CCE 494). Por este motivo está unida a Cristo con un vínculo estrecho e indisoluble que se manifiesta en todas las prerrogativas que la enriquecen y adornan por encima de cualquier otra criatura celestial y terrena (cf. LG 53; 56; CCE 964 ss.). En consecuencia la Iglesia la contempla y venera con especial amor en la luz del Verbo hecho carne, y gracias a Ella entra más profundamente en el misterio de la Encarnación (cf. LG 65; 66; CCE 971).
11. Significado del misterio de la Encarnación para el mundo y para el hombre
Lo que aconteció en Nazaret y en Belén hace dos mil años tiene un singular y extraordinario valor cósmico y humano. En efecto, gracias a la entrada del Hijo de Dios en el mundo, toda la creación se ve iluminada con una nueva luz, la de Aquel "por quien fueron hechas todas las cosas" (Jn 1,3; cf. Col 1,15-17), de manera que todo cuanto existe se renueva y recupera el orden y el sentido queridos por el Creador al principio. Según el designio del Padre todo ha de tener "a Cristo por Cabeza, lo que está en los cielos y lo que está en la tierra" (Ef 1,10; cf. TMA 3). La creación orientada hacia la Encarnación aparece como el fruto de un maravilloso diálogo de amor intratrinitario que llegó al mundo por medio de Cristo, para que una vez rehecha y consumada también por medio de Él, pueda retornar al Padre para que Dios lo sea "todo en todos" (1 Cor 15,28).
En segundo lugar, en la Encarnación Dios ha revelado su plan de salvación sobre el hombre y "ha dicho la palabra definitiva sobre éste y sobre la historia" (TMA 5; cf. Hb 1,1-2). Como afirma el Concilio Vaticano II: "Cristo manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación" (GS 22; cf. TMA 4) (11). En efecto Jesucristo, "el hombre perfecto", ha devuelto al ser humano la semejanza divina deformada por el pecado y lo ha hecho "icono" de la gloria de Dios (cf. 2 Cor 4,6), llamándolo a la plenitud de la vida . (12) Para reconocer la dignidad de las personas es preciso partir del acontecimiento de Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre. Por eso prescindir de la humanidad de Jesús o relativizar el significado de la Encarnación es exponerse a desfigurar gravemente el rostro del hombre e impedirle realizar su verdadero destino.
12. Significado del misterio de la Encarnación para nuestra vida
El misterio de la Encarnación tiene también consecuencias para nuestra vida. No en vano el envío del Hijo al mundo por parte del Padre obedece a un amor inmenso y eterno, que se ha concretado en nuestra elevación a la dignidad de hijos adoptivos. En efecto San Pablo señala como finalidad de la Encarnación del Verbo la recuperación de nuestra filiación divina: "como sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: '?Abba!' (Padre)" (Gál 4,6; cf. Rm 8,15-17); y San Juan afirma en el prólogo de su Evangelio: "a cuantos lo recibieron les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre" (Jn 1,12). Esta maravillosa realidad de ser hijos de Dios en el Hijo Jesucristo nos fue comunicada en el Bautismo, verdadero "fundamento de nuestra existencia cristiana" (TMA 41).
Por otra parte la Encarnación del Hijo de Dios nos permite también descubrir la importancia de todos los valores humanos y terrenos en armonía con los valores de la salvación y de la gracia divina, y definir el estilo que debe presidir la misión de la Iglesia en el mundo y de todos los enviados a anunciar el Evangelio. Como señaló el Concilio Vaticano II, "la Iglesia, para poder ofrecer a todos el misterio de la salvación y la vida traída por Dios, debe insertarse en todos estos grupos (humanos) con el mismo afecto con que Cristo se unió por su encarnación a determinadas condiciones sociales y culturales de los hombres con quienes convivió" (AG 10). Surge así una espiritualidad de la Encarnación que impregna la presencia y la actuación de la Iglesia en la sociedad y en el mundo.
13. La "glorificación" del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo
Como consecuencia de todo lo anterior es explicable que la celebración del Gran Jubileo del 2.000 se deba convertir en un acto de reconocimiento y de confesión de fe personal y comunitaria, privada y pública, del misterio de la Santísima Trinidad y de la obra realizada por las divinas personas, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, en favor de toda la humanidad: "Dios con la Encarnación se ha introducido en la historia del hombre. La eternidad ha entrado en el tiempo... " (TMA 9).
En este reconocimiento festivo y gozoso consiste la "glorificación de la Trinidad" para la que nos hemos venido preparando a lo largo de los cursos pasados. En efecto, los años precedentes nos han permitido contemplar a cada una de las personas de la Trinidad para descubrir en ellas unos atributos propios que se manifiestan en su presencia y acción en la Iglesia y en nuestra propia vida, y al mismo tiempo para profundizar en la relación de conocimiento y de amor que nos vincula a cada una de ellas.
La "glorificación de la Trinidad" como objetivo del Gran Jubileo del 2.000 ha comenzado por tanto en los años precedentes mediante el conocimiento amoroso y agradecido de lo que es cada Persona divina en sí misma y para nosotros. Sólo así podremos alabar a toda la Santísima Trinidad y ofrecerla el obsequio del honor y de la gloria a través de la adoración, de la confesión de fe, de la celebración, de la fiesta y de la ofrenda de la propia voluntad en el servicio de Dios y de los hermanos. En la última Cena Jesús pedía al Padre: "glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti..." (Jn 17,1).
Por eso hemos de mirar una vez más a Jesucristo para imitarle en su relación con el Padre y el Espíritu Santo. Toda la vida de Jesús estuvo en este sentido al servicio de la gloria del Padre: "Yo no busco mi propia gloria... Si yo me glorificara a mí mismo, mi gloria no valdría nada, es mi Padre quien me glorifica" (Jn 8,50.54). En cada una de las palabras y de los hechos de la vida de Jesús se descubre esta gloria como manifestación de la comunión de amor y de obediencia filial que le une al Padre. La cruz significó el momento culminante de la glorificación terrena tanto del Padre como de Jesús. Por eso la "glorificación" de Dios no consiste solamente en darle culto de una forma puramente ritual y externa, sino en tratar al mismo tiempo de implicar la propia existencia en el culto (cf. Jn 4,23-24).
III. "AÑO INTENSAMENTE EUCARISTICO"
En esta tercera parte voy a referirme a la dimensión eucarística del Gran Jubileo, que brota espontáneamente desde el momento en que se toma conciencia de que en la Eucaristía se prolonga en el tiempo de los hombres la presencia del Verbo encarnado. Por otra parte, como ya he indicado, hemos de completar la reflexión sobre la pastoral de los sacramentos de la Iniciación cristiana que venimos haciendo desde el curso 1.996-1.997. La Eucaristía es sacramento de Iniciación que corona la incorporación de los fieles a Cristo.
14. De la Encarnación a la presencia eucarística del "Dios-con-nosotros"
En efecto, cuando nos preparamos para celebrar los 2.000 años del acontecimiento de la Encarnación y del Nacimiento de Jesucristo, no podemos dejar de recordar lo que el Papa afirma en la Carta "Tertio Millennio Adveniente", a saber, que "en el sacramento de la Eucaristía el Salvador, encarnado en el seno de María hace veinte siglos, continúa ofreciéndose a la humanidad como fuente de vida divina" (TMA 55). La Eucaristía es el sacramento de la presencia "verdadera, real y substancial" de Cristo en medio de nosotros, según la afirmación del Concilio de Trento (cf. DS 1.651; CCE 1.374). Aunque hay otros modos y grados de presencia: en la asamblea reunida en su nombre, en la Palabra divina y en el Evangelio, en el ministro y en los sacramentos (cf. SC 7; CCE 1.373), es en la Eucaristía donde se hace realidad plena y don personal la promesa del Señor antes de subir a los cielos: "Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo" (Mt 28,20). En la Eucaristía Jesucristo es verdaderamente el "Enmanuel", el "Dios con nosotros" (Mt 1,23).
En ella Jesucristo resucitado, el Señor de la gloria, "el mismo ayer, hoy y por los siglos" (Hb 13,8), sin multiplicarse Él mismo, se hace presente en todos los lugares de la tierra donde se celebra el Sacrificio eucarístico y allí donde se conserva el Sacramento consagrado por el poder del Espíritu. Por eso el Sagrario donde se custodia el Santísimo Sacramento es como el corazón vivo de nuestras iglesias, de manera que las varias formas de culto a la Eucaristía son expresión de una fe que reconoce y confiesa la presencia sacramental del Verbo encarnado que "lleva dos mil años poniendo de manifiesto de modo especial en el misterio de la Eucaristía que la 'plenitud de los tiempos' (cf. Gál 4,4) no es un acontecimiento pasado sino una realidad en cierto modo presente mediante los signos sacramentales que lo evocan y perpetúan" (13).
Es necesario cuidar por tanto todos los signos de adoración y de culto eucarístico, tales como la genuflexión, la lámpara encendida, la dignidad del lugar de la Reserva, etc., para contribuir a la formación de los fieles e inculcar la convicción profunda del pueblo de Dios de que en la Eucaristía se contiene verdaderamente el "sumo bien de la Iglesia, es decir, Cristo en persona, nuestra Pascua y pan vivo, que por su carne vivificada y vivificante por el Espíritu Santo, da vida a los hombres" (PO 5; cf. CCE 1.378-1.381; 1.392).
15. La Eucaristía, misterio de comunión
La Eucaristía es el sacramento de la comunicación de la vida divina que procediendo del amor inmenso del Padre ha entrado en el mundo y llega a los hombres por medio de la humanidad de Jesucristo vivificada por el Espíritu Santo (cf. Jn 6,48-58.63). En la Eucaristía nos es dado participar en el "maravilloso intercambio" de la Encarnación por el que nos es concedido "compartir la vida divina de aquel que se ha dignado compartir con el hombre la condición humana" (14), de manera que en la sagrada Comunión "nos transformamos en lo que recibimos", es decir, en el Cuerpo de Cristo.
Este aspecto de la relación entre el misterio de la Encarnación y el Misterio eucarístico nos lleva a considerar también la Eucaristía como el sacramento de la comunión eclesial. Según la afirmación paulina, "el pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan" (1 Cor 10,17). En esta comunión de todos los que participamos del mismo Pan eucarístico, que tiene como origen la misma comunión del Hijo con el Padre en el vínculo amoroso del Espíritu Santo, consiste el misterio mismo de la Iglesia, presentada por el Concilio Vaticano II como "un pueblo congregado en la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo" (LG 4; cf. 2 Cor 13,13).
La gran novedad de la comunión eclesial consiste precisamente en esta participación personal de los fieles cristianos en la vida trinitaria. Por eso el misterio de la Iglesia, el principio de su estructura divina y humana y la meta de su misión se apoyan en el misterio de la Santísima Trinidad (cf. LG cap. I; etc.; CCE 758 ss.) y en el misterio de la Encarnación. En este sentido estos misterios o realidades de salvación constituyen siempre el criterio último y la referencia fundamental para toda la vida de la Iglesia y el modelo permanente para el ejercicio de cada uno de sus carismas, ministerios y funciones (cf. 1 Cor 12,4-31; Ef 4,3-16; CCE 800-801; 873; etc.).
16. La Eucaristía, centro de la Iglesia local
En efecto, todo en la Iglesia tiene su centro vital en el Misterio eucarístico. Allí está la "fuente" de donde dimana toda su fuerza y el "culmen" hacia el que tienden sus actividades evangelizadoras y pastorales, así como todos los ministerios eclesiales (cf. SC 10; 41; LG 11; PO 5; CCE 1.324 ss.). De hecho la celebración eucarística es "la principal manifestación de la Iglesia" (SC 41; cf. CCE 1.561), de manera que para comprender justamente qué es la Iglesia local en la que se hace presente la única Iglesia de Cristo, debemos acudir al misterio de la Eucaristía: "Por la Eucaristía vive y crece la Iglesia... presente en todas las legítimas reuniones locales de los fieles que, unidos a sus pastores, reciben también el nombre de Iglesias en el Nuevo Testamento. Ellas son, en efecto, cada una en su lugar el pueblo nuevo llamado por Dios en el Espíritu Santo y plenitud. En ellas se congregan los fieles por la predicación del Evangelio de Cristo y se celebra el misterio de la Cena del Señor, 'a fin de que por el Cuerpo y la Sangre del Señor quede unida toda la fraternidad'" (15).
Por eso la Iglesia local no puede ser considerada simplemente como una asociación de personas que se unen como si se tratara de cualquier grupo humano, sino que es ante todo una realidad misteriosa de comunión constituida por un don divino gratuito, el don de la participación en la naturaleza divina sobre todo por medio de los sacramentos de la Iniciación cristiana (cf. 2 Pe 1,4; CCE 1.212). En este sentido cuando decimos "Iglesia local" nos referimos tanto a la comunidad diocesana, llamada también "Iglesia particular" (cf. LG 23; CEE 832 ss,), en la cual está la plenitud de la condición eclesial gracias a la presencia del ministerio apostólico en el Obispo, como a las parroquias, "comunidades de fieles constituidas de modo estable en la Iglesia particular, cuya cura pastoral, bajo la autoridad del Obispo diocesano, se encomienda a un párroco, como a su pastor propio" (CDC, c. 515, 1) .(16)
17. Importancia del domingo como "día de la Eucaristía"
Exponente de la importancia de la Eucaristía en la vida de la comunidad local de los fieles lo constituye la convocatoria de la Misa del domingo, "día de la Iglesia" y "día de la Eucaristía", especialmente en la iglesia parroquial para fomentar precisamente el sentido comunitario y eclesial, como ha recordado recientemente el Papa Juan Pablo II: "Entre las numerosas actividades que desarrolla una parroquia, ninguna es tan vital o formativa para la comunidad como la celebración dominical del día del Señor y de su Eucaristía" .(17)
En efecto, la celebración eucarística sobre todo dominical es el hogar de la comunidad cristiana local, donde ésta se hace, se forja y se consolida en la doble mesa de la Palabra de Dios y del Cuerpo de Cristo. La Eucaristía tiene lugar siempre en un espacio humano, signo al mismo tiempo de la fraternidad iniciada y prenda y anticipo de la comunión plena que se producirá más allá de esta vida. Por eso en la celebración eucarística se vive la comunión con la Iglesia celeste y con los fieles difuntos que aún necesitan purificarse (cf. CEE 954 ss.; 1.090; 1.370-1.371), y brota la comunicación de bienes como caridad solidaria con los pobres y necesitados. La celebración eucarística es por tanto fuente de toda clase de compromiso cristiano (18). Lo mismo cabe decir de la adoración de la Eucaristía como reconocimiento de que en ella está Cristo en persona, como he dicho un poco más arriba (cf. supra, n. 14). "Como los primeros testigos de la resurrección, los cristianos convocados cada domingo para vivir y confesar la presencia del Resucitado están llamados a ser evangelizadores y testigos en su vida cotidiana" . (19)
18. La Eucaristía y la misión de la Iglesia
La Eucaristía aparece así como punto de partida de la misión. El mismo nombre de la Misa lo pone también de manifiesto: A la Eucaristía se la llama "Santa Misa porque la liturgia en la que se realiza el misterio de salvación se termina con el envío de los fieles ('missio') a fin de que cumplan la voluntad de Dios en su vida cotidiana" (CCE 1.132). En efecto, la participación en la Eucaristía impulsa a los fieles a afrontar, con la gracia del Resucitado y la fuerza de su Espíritu, las tareas que les esperan en la vida ordinaria y de manera particular, en el caso de los laicos, los cometidos que les corresponden en la Iglesia y en la sociedad, entre los que sobresalen además de algunas funciones de carácter catequético, litúrgico o caritativo, todo aquello que tiene que ver con la vocación y misión de los laicos en el mundo.
Ambos aspectos necesitan ser especialmente recordados entre nosotros. En efecto, la participación de los fieles laicos hacia dentro de la comunidad eclesial es todavía insuficiente. Pero la presencia de los laicos cristianos en cuanto tales en la vida social y pública es aún más escasa. Para los creyentes que han vivido el acontecimiento de la salvación en la Eucaristía, ésta no puede terminar en el interior de la Iglesia.
Ahora es el momento de hacer realidad el compromiso apostólico en los ámbitos de la familia, el pueblo, el trabajo, la cultura, la ciencia, la política, la economía, la justicia y la paz. Todas las formas posibles de actuación cristiana en estos ámbitos tiene de hecho su estímulo constante en el imperativo de la caridad de Cristo alimentada en la Eucaristía. De la misma manera que las obras de misericordia, tanto corporales como espirituales, destinadas a aliviar las necesidades humanas, son una consecuencia clara del mandamiento nuevo del amor (cf. Jn 13,34-35; 15,12-17), así también la animación cristiana del orden temporal, que constituye el compromiso específico de los fieles laicos, representa hoy una consecuencia del mismo imperativo de la caridad (20) . En nuestra Diócesis, con una realidad humana y social en la que se manifiestan tantas carencias y con un horizonte de futuro tan poco esperanzador, los pastores tenemos aquí un reto muy claro y una tarea insoslayable en orden a la promoción y a la formación de los laicos.
19. La Eucaristía, sacramento de la Iniciación cristiana
He dejado para el final de esta parte el aspecto de la Eucaristía como sacramento de Iniciación, que se podría haber tratado también al principio. Pero he creído mejor presentar primero lo que significa y conlleva la celebración eucarística para la comunidad cristiana, en cuyo seno se ha de producir la iniciación de los más pequeños en el Misterio eucarístico. Porque no hay que olvidar que esta iniciación es inseparable de la vivencia de la Eucaristía por los adultos. Más aún, se ha de producir en el contexto de una celebración eucarística rica en su realización externa de acuerdo con las orientaciones litúrgicas y pastorales de la Iglesia, y profunda y viva en su participación interior.
La Primera Comunión, como tradicionalmente se llama a la primera participación plena de los niños en la Eucaristía, ha sido siempre una de la tareas de mayor resonancia pastoral en el seno de la comunidad cristiana. Con una fuerte acentuación catequética y orientada en buena medida hacia un encuentro personal con el Señor, debería comprender también la introducción de los niños en la celebración eucarística y en el culto de la Eucaristía fuera de la Misa. En efecto la Iglesia que bautiza a los niños confiando en los dones que proporciona este sacramento y en la responsabilidad de los padres y padrinos, cuida también de que los bautizados crezcan en la comunión con Cristo y con los hermanos.
Para esta participación es indispensable no sólo una catequesis específica, en el contexto de la etapa infantil de la educación de la fe, sino también una iniciación litúrgica que les ayude a comprender y vivir el Misterio eucarístico en su totalidad, es decir, como Sacrificio, como Presencia y como Sacramento. De cara a la Primera Comunión es muy necesario hoy lograr que los niños que se preparan para hacerla, tengan un cierto hábito de asistencia y de participación en la Misa dominical (21). Junto a esta catequesis e iniciación litúrgica se ha de ofrecer a los niños la necesaria iniciación en el sacramento de la Penitencia, previa a la participación eucarística (cf. CDC, c. 914). Estas y otras indicaciones se encuentran en el documento de la Conferencia Episcopal Española, "La Iniciación cristiana. Reflexiones y orientaciones", de noviembre de 1.998, nn. 101-106.
20. Líneas básicas para una espiritualidad eucarística
Debo aclarar que cuando hablo de espiritualidad eucarística no me refiero únicamente a una devoción o afecto especial a la Santísima Eucaristía, sino al conjunto de actitudes espirituales y morales que brotan de la participación consciente, plena y fructuosa en el Misterio eucarístico, entre las que destacan, como es natural, el reconocimiento y la adoración que se deben a la presencia sacramental de Cristo. En este sentido, mientras que la devoción especial es propia de algunos fieles, lo que llamo espiritualidad eucarística tiene un carácter más amplio y general, que debería estar presente en todo el pueblo de Dios.
Quiero decir que la Eucaristía como celebración y como culto de adoración posterior debe ser vivida siempre como un encuentro personal (y comunitario) con el Señor en el Sacramento de su Pasión gloriosa y de su Sacrificio redentor, y al mismo tiempo como una identificación agradecida y cordial con el Sacrificio que es conmemorado y ofrecido eficazmente en el altar bajo la acción del Espíritu Santo (cf. CCE 1.396; etc.). En el Gran Jubileo del Nacimiento del Señor, año de "glorificación de la Trinidad" y "año intensamente eucarístico" como quiere el Papa, habría que subrayar mediante la oportuna catequesis y un mayor esmero en la celebración, la dimensión "latréutica" y "de acción de gracias" de la Eucaristía "por todo lo que Dios ha hecho de bueno, de bello y de justo en la creación y en la humanidad" (CCE 1.359; cf. 1.360-1.361), especialmente en el siglo que termina. El canto, los silencios oportunos y, en general, el clima de respeto y de acogida gozosa de la Palabra divina y de la plegaria de la Iglesia deberían ayudar a que cada uno de los fieles agradezca en su interior la obra que Dios está realizando en nosotros.
La participación sacramental en la Eucaristía, por otra parte, santifica verdaderamente a los fieles. Entre los numerosos bienes que produce la comunión con las debidas disposiciones destaca la unión íntima con Jesucristo, según su promesa: "El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él" (Jn 6,56). Al mismo tiempo la Eucaristía renueva y acrecienta todas las gracias recibidas en el Bautismo y preserva del pecado (cf. CCE 1.391-1.397). La Eucaristía es "alimento del pueblo peregrino" y prenda de la gloria futura. Como ya hicimos los obispos españoles con ocasión del reciente Congreso Eucarístico Nacional de Santiago de Compostela, quiero recordar una vez más la obligación grave de que la comunión sacramental vaya precedida de la recepción de la Penitencia si hay conciencia de pecado mortal . (22)
En esta última parte pretendo solamente hacer algunas propuestas para la aplicación del objetivo pastoral diocesano del próximo curso. Estas deberán ser concretadas en las programaciones de los organismos diocesanos y de los arciprestazgos, parroquias y grupos apostólicos. Como he señalado al principio, el objetivo pastoral del próximo curso tiene un carácter de culminación y de síntesis de lo que han sido los objetivos anteriores desde que se inició la preparación para el Gran Jubileo. Por este motivo voy a recoger algunas sugerencias hechas en los cursos anteriores.
21. En orden a la catequesis y a la formación de los fieles
Aunque ya he hecho alguna alusión a la catequesis sobre todo en relación con la Eucaristía, la dimensión catequética del objetivo pastoral del próximo curso pide recordar a los fieles y estudiar en la formación permanente determinados aspectos acerca del significado del Gran Jubileo como "año de gracia del Señor", centrado en los misterios de la Encarnación y de la Santísima Trinidad, y en la Eucaristía como celebración central en la vida de la comunidad cristiana y como sacramento de Iniciación.
Ahora bien, para llevar a cabo esta acción catequética y formativa me parece del todo indispensable recuperar la centralidad de la persona y de la figura de Jesucristo sugerida por el objetivo pastoral del curso 1.996-97. Es necesario por tanto volver a presentar otra vez a Jesucristo "en todas sus dimensiones: como Dios y como hombre, como Señor de los tiempos y de la historia humana, como revelador del misterio de Dios, como Evangelio y como salvación para los hombres y centro de todo cuanto existe"(23) , e insistir en la necesidad de conocer cada día mejor a Jesucristo, "camino, verdad y vida" (Jn 14,6).
22. En orden a la celebración y a la vida espiritual
El objetivo pastoral del próximo curso tiene un fuerte componente celebrativo. El Gran Jubileo es esencialmente la celebración del misterio de Cristo en el año litúrgico, especialmente en aquellos domingos y solemnidades más directamente relacionados con la Encarnación del Señor y la Pascua, como he explicado más arriba (n. 7). El año jubilar es una buena ocasión para seguir insistiendo en la importancia del domingo para la vida cristiana. Nunca será suficiente cuanto se haga por favorecer la observancia del día del Señor, especialmente la celebración de la Misa dominical. No se trata por tanto de aumentar cuantitativamente los actos litúrgicos, aunque dentro del año jubilar habrá celebraciones especiales siguiendo el calendario que se publica en el apéndice, sino de vivir todas las celebraciones más intensamente, con un talante verdaderamente de alabanza y de acción de gracias por el acontecimiento de la salvación.
¿Cómo lograrlo? Cuidando más los aspectos comunitarios, participativos y festivos de cada celebración como la ambientación de la iglesia según los tiempos litúrgicos, seleccionando bien los cantos, preparando mejor las homilías, creando las condiciones para una participación interna y externa, formando a las personas que han de ejercer algún ministerio, etc. Habrá que preparar adecuadamente también las celebraciones especiales en todos los detalles, tanto los actos en la propia parroquia o comunidad como la peregrinación a la catedral y las celebraciones diocesanas.
Una actividad que es conveniente reemprender con mayor empeño que en el último curso es la renovación de la práctica y de la celebración del sacramento de la Penitencia. Una buena ocasión la constituirán las celebraciones especiales en las que los fieles se podrán beneficiar de la indulgencia jubilar. Pero lo más importante no es la indulgencia en sí, sino la celebración fructuosa de los sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía junto con las obras de conversión y de caridad. Por eso este año sería muy oportuno volver a insitir en una de las acciones del curso 1.997-98, la intensificación de la vida espiritual de los sacerdotes, de las religiosas y de los laicos (24). Sólo así el Jubileo será un verdadero "año de gracia del Señor" y de "glorificación de la Santísima Trinidad" con nuestra vida.
Respecto de la Eucaristía como sacramento de la Iniciación cristiana, tendremos que estudiar esta acción pastoral como se ha hecho con los otros sacramentos de Iniciación.
23. En orden a la acción social y caritativa
La celebración del Gran Jubileo de la Encarnación de Cristo entraña también una fuerte dimensión moral de testimonio y de compromiso. La profunda exigencia de conversión personal y comunitaria, la vivencia de las virtudes teologales de la fe, la esperanza y la caridad que han estado presentes en los años precedentes, la alegría fraterna con la que es preciso celebrar el bimilenario del acontecimiento de la salvación ofrecida por Jesucristo, etc. han de conducir a las comunidades parroquiales y religiosas, a las familias, a los grupos apostólicos y de espiritualidad y aun a los mismos fieles en particular a realizar gestos concretos de comunión eclesial, de reconciliación entre los enemigos, de condonación de deudas, de eliminación de situaciones de opresión, de liberación de personas mal tratadas, de comunicación de bienes y de solidaridad en el dolor, de promoción de la justicia, de búsqueda de la convivencia ciudadana y de la paz, de ayuda a los pueblos del tercer mundo, de cooperación con las misiones, etc.
La lista podría hacerse interminable. No obstante deseo sugerir a mis hermanos sacerdotes que hagan un esfuerzo por vivir más intensamente ellos y hacer vivir a los fieles a su cuidado las consecuencias de la comunión en la Iglesia, por ejemplo, en una mayor unidad en los criterios y en la actuación pastoral dentro del arciprestazgo y a nivel diocesano por encima de preferencias personales, en la búsqueda de una mayor corresponsabilidad a todos los niveles, en una más efectiva disponibilidad para los servicios pastorales, en una labor más continuada de cara a la promoción del laicado, en una cooperación más decidida en aquellas acciones de largo alcance para el futuro de la Diócesis como la pastoral de las vocaciones y el apoyo al Seminario Diocesano, al Centro Teológico Civitatense, a las escuelas de catequistas, a la formación del profesorado de religión, etc.
El último año de preparación del Jubileo, dedicado al Padre misericordioso, sugería entre las acciones del objetivo pastoral, la práctica de las obras de misericordia espirituales y corporales dedicando más tiempo a compartir y a aliviar el sufrimiento y las limitaciones de nuestros hermanos y en definitiva a hacer realidad una opción preferencial por los pobres y en favor del desarrollo de nuestra tierra (25). Para facilitar el cumplimiento de estos compromisos así como los señalados antes contamos con Caritas Diocesana de Ciudad Rodrigo. A lo largo del año realiza diversas campañas de formación de la conciencia social y de ayuda a diversos proyectos humanitarios y caritativos. Conviene tenerlo en cuenta para poner en práctica las obras de penitencia y de caridad derivadas de la celebración del Jubileo. Por otra parte, es mi deseo que las colectas que se hagan en las celebraciones jubilares de alcance diocesano se destinen, en un 50 % a Caritas Diocesana y en el otro 50 % a las obras del complejo parroquial de "El Salvador" en Ciudad Rodrigo, que deberá quedar como un recuerdo del Gran Jubileo.
24. A modo de conclusión: Invitación a celebrar el Gran Jubileo
A todos los sectores del pueblo de Dios, a los sacerdotes, a las religiosas, a los seminaristas, a los laicos, a las familias, a los jóvenes, a los mayores, a los enfermos, a los niños, a los movimientos apostólicos, a las cofradías, a las asociaciones de espiritualidad, a los creyentes, a los alejados, a todos los hombres y mujeres sin excepción que se sienten miembros de nuestra comunidad diocesana o que viven en esta tierra, quisiera decirles al oído o gritarles si fuera necesario: ¡Jesucristo es el único Salvador! "¡Ningún otro puede salvar!" (Hch 4,12). ¡Venid a celebrar la gran fiesta del bimilenario de su presencia en medio de nosotros! "¡No tengáis miedo!".
A la Santísima Virgen María confío la celebración del Gran Jubileo en nuestra Diócesis. Ella, Madre del Hijo de Dios hecho hombre y Aurora luminosa en el alba del tercer milenio, sea para toda la comunidad diocesana y para cada uno de sus hijos causa de alegría y señal de renovada esperanza.
"A ti, Padre omnipotente, origen del cosmos y del hombre,
por Cristo, el que vive, Señor del tiempo y de la historia,
en el Espíritu que santifica el universo
alabanza, honor y gloria,
ahora y por los siglos de los siglos. Amén" .(26)
Ciudad Rodrigo, 15 de agosto de 1.999
Solemnidad de la Asunción de la Virgen María
+ Julián, Obispo de Ciudad Rodrigo
- 27/28 de noviembre de 1.999 (dom. I. de Adviento): Anuncio del comienzo del Jubileo con un mensaje del Obispo leído en todas las Misas.
- 25 de diciembre de 1.999 (sábado) NAVIDAD: Apertura del Jubileo en la S. I. Catedral. Repique general de campanas en toda la Diócesis la tarde antes, a las 18 horas.
- 27 de diciembre (domingo): Fiesta de la Sagrada Familia: Jubileo de las familias.
- 31 de diciembre (viernes): Vigilia de oración ante el año 2.000, en todas las iglesias (en la ciudad, en una intramuros y en otra extramuros).
- 20 de enero (jueves) San Sebastián: Jubileo de la ciudad de Ciudad Rodrigo.
- 18/25 de enero del 2.000: Octavario de oración por la Unidad de los cristianos: en todas las iglesias.
- 2 de febrero (miércoles): Jubileo de las Religiosas.
- 6 de febrero (domingo): Misa de acción de gracias por el 50? de la normalización de la sucesión episcopal en la Diócesis.
- 8 de marzo (Miércoles de Ceniza): Inauguración de la Cuaresma. Gran Jornada penitencial en todas las comunidades.
- Durante la Cuaresma celebraciones penitenciales de la Palabra de Dios en las parroquias.
- 18 de marzo (sábado): Jubileo del Seminario Diocesano.
- 25 de marzo (sábado): SOLEMNIDAD DE LA ANUNCIACION DEL SEÑOR.
- Sábados o domingos de Cuaresma: Peregrinaciones de las parroquias de Ciudad Rodrigo a la Catedral, saliendo de la respectiva iglesia.
- 9 de abril (Domingo V de Cuaresma): Jubileo de las Cofradías y Hermandades de la Diócesis.
- 16 de abril (Domingo de Ramos): Comienzo de la Semana Santa.
- 17 de abril (Lunes santo): Celebración de la Penitencia en la Catedral.
- 18 de abril (Martes Santo): Jubileo del Presbiterio Diocesano y Misa crismal.
- 21/23 de abril: SAGRADO TRIDUO PASCUAL.
- Sábados o domingos Pascua: Peregrinaciones de los arciprestazgos a la Catedral.
- Tiempo de Pascua: Peregrinaciones de grupos eclesiales: catequistas, profesores, voluntarios de caridad, Centro Teológico, etc., Jubileo de los niños, Jubileo de los jóvenes, etc.
- 14 de mayo (Domingo IV de Pascua): Jornada de oración por las vocaciones.
- 15 de mayo (lunes) San Isidro Labrador: Jubileo de los hombres del campo.
- 27 de mayo (sábado de la V semana de Pascua): Jubileo de los Enfermos.
- 31 de mayo (miércoles): Gran Rosario de la Aurora terminando en la Catedral.
- 10 de junio (sábado) vigilia de Pentecostés: Encuentro diocesano de laicos.
- 11 de junio (domingo) PENTECOSTES: Celebración de la Confirmación en la Catedral.
- Congreso Eucarístico Diocesano (en torno a la solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo: 25 de junio, con algún acto de preparación en los arciprestazgos): Jubileo de la comunidad diocesana.
- Peregrinación diocesana a Roma (fechas más oportunas).
- 15 de agosto (martes) Solemnidad de la Asunción: Misa estacional y Jubileo de los desplazados.
- 20 de noviembre (lunes): Aniversario de la dedicación de la S. Iglesia Catedral.
(1) Véase la Exhortación pastoral del curso 1.995-1.996: La Palabra de Dios en la Iniciación cristiana y en la vida de la comunidad parroquial, nn. 3 y 5. (Volver)
(2) En efecto, el objetivo del curso 1.996-97 recordó que "conocer a Jesucristo" es indispensable para llegar al Padre; el de 1.997-98 puso de manifiesto que sólo "en la presencia y bajo la acción del Espíritu Santo" se comunica la vida divina que tiene su origen en el amor del Padre; y el de 1.998-99 nos ha presentado al Padre, "de quien se descubre su amor incondicionado por toda criatura humana". (Volver)
(3) Véase también Juan Pablo II, Bula "Incarnationis Mysterium" de convocación del Gran Jubileo del año 2.000, de 29-XI-1998, nn. 9-10 y el Decreto adjunto de la Penitenciaría Apostólica, "Disposiciones para obtener la indulgencia jubilar". (Volver)
(4) Juan Pablo II, Bula "Incarnationis Mysterium", n. 8; cf. TMA 33. (Volver)
(5) Juan Pablo II, Carta sobre la peregrinación a los lugares vinculados con la historia de la salvación, de 29-VI-1.999, n.1. (Volver)
(6) Juan Pablo II, Bula "Incarnationis Mysterium", 10. (Volver)
(7) "En las demás circunscripciones eclesiásticas, haciendo una peregrinación a la iglesia Catedral o a otras iglesias o lugares designados por el Ordinario y asistiendo allí con devoción a una celebración litúrgica o a otro tipo de ejercicio, como los indicados anteriormente para la ciudad de Roma; también visitando, en grupo o individualmente, la iglesia Catedral o un Santuario designado por el Ordinario, permaneciendo allí un cierto tiempo en meditación espiritual, concluyendo con el 'Padre nuestro', con la profesión de fe en cualquiera de sus formas legítimas y con la invocación a la Santísima Virgen María": Penitenciaría Apostólica, Disposiciones para obtener la indulgencia jubilar, de 29-XI-1.999..(Volver)
(8) "El Año santo del 2000... es un 'año jubilar' y un 'año litúrgico'. Estos dos aspectos no pueden separarse; más bien han de dar vida a un único espacio temporal, en el que se fundan armónicamente el dato cronológico, incluido en el número 2000, y el dato mistérico, propio de la celebración sacramental del misterio de Cristo": "Calendario del Año Santo 2.000" del Comité Central para el Gran Jubileo, de 21-V-1998, n. 1..(Volver)
(9) Cf. mi Exhortación pastoral ante el curso 1.997-98: "La presencia y la acción del Espíritu Santo en la Iglesia y en el mundo", n. 7..(Volver)
(10). El texto está inspirado en el Serm. 2 de Navidad de San León Magno, n. 2; ed. M. Garrido, San León Magno. Homilías sobre el año litúrgico, Madrid 1969, pp. 73-74..(Volver)
(11) "El Hijo de Dios con su encarnación se ha unido en cierto modo con todo hombre. Trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre. obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de los nuestros, semejante en todo a nosotros, excepto en el pecado" (GS 22)..(Volver)
(12) Este es el sentido de la famosísima frase de San Ireneo: "la gloria de Dios es el hombre viviente" (Adv. Haer. IV, 20,7).(Volver)
(13) Conferencia Episcopal Española, "La Eucaristía, alimento del pueblo peregrino". Instrucción pastoral, Madrid 1.999, n. 19. (Volver)
(14) Misal Romano: colecta de la tercera misa de Navidad.(Volver)
(15) Instr. "Eucharisticum Mysterium", de 15-VIII-1.967 n. 7; cf. LG 26; SC 42; CCE 1.369; 1.566..(Volver)
(16). Véase la explicación de todos estos conceptos en mi Exhortación pastoral del curso 1.994-95: "La comunidad parroquial al servicio de la evangelización hoy". (Volver)
(17) Carta Apostólica "Dies Domini", de 31-V-1.998, n. 35; cf. nn. 31 ss.; CCE 2.177-2.183.(Volver)
(18) Cf. ib., n. 45; CCE 1.397.(Volver)
(19) Ib., n. 45.(Volver)
(20) Cf. Juan Pablo II, Exhortación Apostólica postsinodal "Christifideles laici", de 30-XII-1.988, n.41; y los documentos de la Conferencia Episcopal Española, "Testigos del Dios vivo", de junio d 1.985; "Constructores de la paz", de febrero de 1.986; y "Los católicos en la vida pública", de abril de 1.986.(Volver)
(21) Cf. Juan Pablo II, Carta Apostólica "Dies Domini", n. 36.(Volver)
(22) Cf. Instrucción pastoral "La Eucaristía, alimento del pueblo peregrino", de marzo de 1.999, nn. 41-45.(Volver)
(23) Exhort. pastoral del curso 1.996-97, n. 27.(Volver)
(24) Cf. la Exhortación pastoral del curso 1.997-98, nn. 28-29.(Volver)
(25) Cf. La Exhortación pastoral del curso 1.998-99, n. 22.(Volver)
(26) Oración para el Jubileo.(Volver)