"Este es
mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo"
EL MINISTERIO
DE LA PALABRA DE DIOS EN LA CUARESMA
Carta a los presbíteros
Introducción
Queridos hermanos presbíteros:
"Este es mi Hijo, el amado,
mi predilecto. Escuchadlo" (Mt 17,5). Al comenzar el camino de la Pascua
de 1996, he querido titular la Carta pastoral con estas palabras que la
Iglesia proclama todos los años en el domingo II de Cuaresma y en
la fiesta de la Transfiguración del Señor -el 6 de agosto-,
siguiendo cíclicamente a cada uno de los Evangelios Sinópticos.
Pero permitidme saludaros
antes con todo afecto. Sabéis que en el oficio episcopal que se
me ha encomendado, me debo en primer lugar a los presbíteros. Quisiera
teneros a todos no sólo como hermanos y primeros colaboradores sino
también como amigos. Esta Carta quiere ser una reflexión
compartida con quienes estáis unidos a mí por el vínculo
del sacramento del Orden y por la misión pastoral al servicio de
nuestra Iglesia Civitatense.
1. Motivos de la Carta
Como sabéis, este año
tenemos como objetivo diocesano revalorizar la Palabra de Dios en la Iniciación
cristiana y en la vida de la comunidad parroquial. Para fundamentar doctrinalmente
el objetivo escribí la Exhortación pastoral de comienzo de
curso(1). Ahora, al acercarse la Cuaresma,
quiero orientar de nuevo el camino de la comunidad cristiana hacia la Pascua
como ya hice el año pasado (2).
Pero, teniendo en cuenta que
la Cuaresma "prepara a los fieles, entregados más intensamente a
oir la Palabra de Dios y a la oración, para celebrar el Misterio
pascual" (SC 109), me ha parecido oportuno insistir en el objetivo del
curso. En concreto, en dos aspectos complementarios que se enmarcan muy
adecuadamente en el espíritu de este tiempo litúrgico. Me
refiero a la necesidad de escuchar la Palabra de Dios y al ministerio mismo
de anunciar y de dar a conocer esta Palabra divina.
El primer aspecto lo expongo
en la homilía que he escrito para el domingo I de Cuaresma, en la
que comento las palabras del Señor: "No sólo de pan vive
el hombre, sino de toda Palabra que sale de la boca de Dios" (Mt 4,4).
El segundo aspecto es el tema de esta Carta en la que he preferido dirigirme
no a todos los fieles, sino a vosotros, mis hermanos en el sacerdocio,
convencido como estoy de que la eficacia del objetivo pastoral depende
decisivamente del interés que tanto vosotros como yo pongamos en
ello. En este sentido permitidme recordaros la invitación
final dirigida a vosotros, el término de la Exhortación pastoral
de comienzo de curso: "Queridos presbíteros: os invito a asumir
con gratitud al Señor, con alegría y con responsabilidad
vuestra condición de ministros de la Palabra de Dios y partícipes,
en virtud del sacramento del Orden, de la misión profética
de Cristo y de la Iglesia. Nuestra familiaridad con la Palabra de Dios
ha de ser necesariamente mayor que la de los demás fieles; no nos
basta conocer los aspectos exegéticos de la Sagrada Escritura, aunque
son necesarios; debemos acercarnos a la Palabra divina con un corazón
dócil y con espíritu de fe y de oración. No somos
dueños de esta Palabra sino sus ministros y los servidores del pueblo
de Dios, que tiene derecho a esperar de nosotros no nuestra propia sabiduría
sino esa misma Palabra y la llamada a la conversión y a la santidad
(cf. PO 4)".
Por todo esto os invito a
leer esta Carta. Mi deseo, al escribirla, es ayudaros en el ejercicio del
ministerio de la Palabra, sobre todo de cara a la Cuaresma. Espero que
os sea útil también para vuestra formación permanente
y para vuestra vida espiritual. Me inspiro en los nn. 4 y 13 del Decreto
Presbyterorum Ordinis del Concilio Vaticano II, en el n. 26 de la Exhortación
Apostólica postsinodal Pastores Dabo Vobis del Papa Juan Pablo II,
y en los nn. 45-47 del Directorio sobre el ministerio y la vida de los
presbíteros de la Congregación para el Clero, y en otros
documentos que aparecerán citados en su momento.
La Carta tiene dos partes.
La primera versa sobre el ministerio de la Palabra en general, mientra
que la segunda está dedicada al ejercicio de este ministerio en
la Cuaresma.
I. EL MINISTERIO DE LA PALABRA
2. El mandato del Padre: "¡Escuchadlo!"
Las palabras del Padre en la
Transfiguración del Señor: "Este es mi Hijo, el amado, mi
predilecto. Escuchadlo", son la expresión perceptible para todos
los discípulos de Jesús, de la "voz desde la nube", que se
deja oir de manera semejante a como ocurrió sobre las aguas del
Jordán en el Bautismo de Jesús (cf. Mt 3,17 y par.). Pero
ahora el escenario es diferente. Ya no es la apacible ribera del río,
sino la encrespada cumbre del monte Tabor, el lugar señalado por
la tradición cristiana como escenario de la Transfiguración.
Y diferente es también el significado del acontecimiento.
El Bautismo de Jesús
puso de manifiesto que él es el Hijo de Dios y el Siervo-Profeta
anunciado por Isaías en sus famosos poemas (cf. Is 42,1-9; 49,11-6;
etc.). La "voz" del Padre se dirigía a Jesús, según
atestigua San Marcos (cf. Mc 1,11), en el instante en que nuestro Salvador
era "ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo" (cf. Hch
10,38).
La Transfiguración
significa la confirmación de la vocación y de la misión
de Jesús, pero la Palabra divina se dirige ahora a los discípulos,
con el importantísimo mandato añadido: "Escuchadlo". El imperativo
es categórico, y entraña una importancia extraordinaria.
En el Antiguo Testamento había sonado una exhortación semejante
transmitida a Moisés, que ayuda a captar el sentido del mandato
del Padre en la Transfiguración de Jesús: "Entonces el Señor
me dijo: ...Yo les suscitaré, de en medio de sus hermanos, un profeta
como tú, pondré mis palabras en su boca, y él les
dirá todo lo que yo le mande. Si alguno no escucha mis palabras,
las que este profeta pronuncie en mi nombre, yo mismo le pediré
cuentas de ello'" (Dt 18,17-19).
3. Jesucristo, el Profeta glorificado
que da el Espíritu Santo
Este profeta semejante a Moisés
es el Mesías, Cristo Jesús (cf. Jn 1,21). Pero Jesús
es superior a Moisés, porque "la Ley se dio por medio de Moisés,
la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo" (Jn 1,17; cf. 1,25.45;
Hch 3,22.26). La Transfiguración confirma al Hijo y Siervo Jesucristo,
revestido de gloria, como el nuevo y definitivo Legislador y Profeta. Significativamente,
junto a Jesús aparecen Moisés y Elías conversando
con él. Moisés representa la Ley y Elías a los Profetas,
y ambos a toda la Sagrada Escritura del Antiguo Testamento, es decir, a
la revelación anterior a Cristo que culmina en él (3).
Por otra parte, la Transfiguración
se produce entre el Bautismo de Jesús y los acontecimientos de su
pasión, muerte y resurreción, a continuación de la
confesión de Pedro y del anuncio de estos hechos (cf. Mt 16,13-23).
Este dato y la teofanía misma -la nube, el rostro resplandeciente,
el vestido blanco, etc.- sugieren que Jesús es también el
Señor de la gloria, el Resucitado viviente que da el Espíritu
Santo y con él la capacidad de "comprender las Escrituras" (cf.
Ap 1,12-16; etc.; Jn 7,39-40; Lc 24,45).
La luz deslumbrante que irradia
el rostro de Cristo (cf. 2 Cor 6), llamada "luz tabórica" o del
Monte Tabor por los Santos Padres, ilumina toda la vida de Jesús
y aun toda la historia de la salvación, permitiendo comprender que
todo tiene en Cristo su soporte y su significado (cf. Ef 1,10; Col 1,15-20).
En efecto, el reconocimiento de Jesús como Señor, a quien
es preciso invocar para alcanzar la salvación, se verifica a la
luz de la resurrección y del anuncio del Evangelio (cf. Rm 1,3-4;
10,9-15). En la resurrección del Señor, vislumbrada en la
Transfiguración, tienen su origen la misión de la Iglesia
y el ministerio de la Palabra.
4. La misión de la Iglesia
y la predicación apostólica
En efecto, la Transfiguración
se puede considerar también entre los fundamentos del ministerio
de la Palabra que el Señor, a quien le fue "dado todo poder en el
cielo y en la tierra" (Mt 28,18), quiso compartir con aquellos a los que
eligió para enviarlos por todo el mundo a "predicar el Evangelio
a toda criatura" (Mc 16,15), y a "hacer discípulos de todos los
pueblos, bautizándolos... y enseñándoles a guardar
todo lo que les había mandado" (Mt 28,19-20; cf. Lc 24,47; Hch 26,17-18).
La I Carta de San Pedro se
apoya expresamente en el acontecimiento de la Transfiguración y,
más en concreto, en "la voz que oímos nosotros enviada desde
el cielo, estando con él en el monte santo" (2 Pe 1,18), para afirmar
la verdad de la predicación apostólica (cf. 1,16; etc.) y
para exhortar a los fieles a "prestar atención a la palabra profética"
comunicada en esta predicación y apoyada en las Escrituras (cf.
3,2). De las Escrituras, entre las que incluye ya las Cartas de San Pablo
(cf. 3,15-16), afirma: "ninguna profecía de la Escritura es obra
de la propia interpretación; porque nunca profecía alguna
ha venido por voluntad humana sino, sino que hombres movidos por el Espíritu
Santo han hablado de parte de Dios" (2 Pe 1,20-21).
5. El ministerio de la Palabra en
la Iglesia
La predicación apostólica
y, en definitiva, la misión de anunciar el Evangelio es llamada
diaconía gloriosa del Espíritu por San Pablo (cf. 2 Cor 3,8-9)
o simplemente ministerio (cf. Hch 1,17.25; Rm 11,13; 1 Tm 1,12). Esta misión,
recibida inicialmente por los Apóstoles, ha sido encomendada después
en grado diverso a distintos sujetos en la Iglesia, según la voluntad
de Cristo, a los que ya desde antiguo se llamaron obispos, presbíteros
y diáconos (cf. LG 28).
Por esto, aunque todos los
fieles cristianos están llamados, por el Bautismo y la Confirmación,
a dar a conocer el Evangelio de Jesucristo a los creyentes y a los no creyentes
(cf. Col 3,16; 1 Pe 3,15) (4),
es a los Obispos y a sus colaboradores los presbíteros y los diáconos,
a quienes compete en primer término el ministerio de la Palabra
en virtud del sacramento del Orden (5).
En este sentido la primera
función eclesial que os corresponde a vosotros, mis queridos hermanos
presbíteros, lo mismo que a mí en cuanto obispo, es precisamente
la de anunciar la Palabra de Dios (cf. LG 28; CatIC 1564). Como sabéis,
la Palabra de Dios suscita la fe y alimenta la vida cristiana, tanto a
nivel personal como comunitario.
6. El ministerio de la Palabra, fuente
de santificación
Entre los múltiples
aspectos que encierra el ministerio de la Palabra, es preciso destacar
su valor como fuente de santificación. Como sabéis, son muy
numerosos los presbíteros santos que desempeñaron este ministerio
con celo admirable y de manera ejemplar. Santo Domingo de Guzmán,
San Antonio de Padua, San Cayetano, patrono de nuestro seminario, San Juan
de Avila, San Vicente de Paúl, entre otros, alcanzaron la santidad
ejerciendo sincera e infatigablemente el ministerio de la predicación.
En todos ellos se puede comprobar
lo que el Concilio Vaticano II propone para todos los presbíteros:
"Por ser ministros de la Palabra de Dios, leen y escuchan diariamente la
Palabra divina, que deben enseñar a otros; y si al mismo tiempo
procuran recibirla en sí mismos, irán haciéndose discípulos
del Señor cada vez más perfectos" (PO 13).
Los presbíteros santos
se santificaron porque, consagrados y configurados a Cristo Maestro, Sacerdote
y Pastor por el sacramento del Orden, le imitaron perfectamente siendo
sus portavoces y sus testigos con la palabra y con la conducta. Por esto
el modelo de todo "servidor" de la Palabra de Dios y del Evangelio es el
mismo Señor en su ministerio público, desde que lo inició
en Galilea hasta que lo consumó en Jerusalén (cf. Mc 1,14
y par.), devolviendo, ya en la cruz, al Padre la palabra que había
recibido en el Bautismo (cf. Mc 15,37 y par.).
7. El modelo es siempre Jeucristo,
Maestro y Señor
A este respecto resulta significativa
la insistencia con que el Evangelio se refiere a la actividad evangelizadora
y docente de Jesús, al que con toda verdad se le da innumerables
veces el título de Maestro (cf. Jn 11,28). El Evangelio según
San Marcos se complace en presentarle enseñando constantemente y
suscitando una gran admiración, porque "enseñaba con autoridad"
(Mc 1,21). El Señor no se cansaba de hablar a la muchedumbre con
comparaciones tomadas de la vida ordinaria y con parábolas que explicaba
más tarde a los discípulos (cf. 2,13; 4,1-34; 6,1-2; etc.).
Al ver a la gente "se compadecía de ellos porque los veía
como ovejas sin pastor... y se ponía a enseñarles con calma"
(6,34).
La multiplicación de
los panes que sigue a continuación de este pasaje expresa la íntima
conexión que el Señor hace entre la comida material y el
alimento del espíritu que es la Palabra de Dios. La escena en el
descampado y la muchedumbre desfallecida (cf. Mc 6,35-37 y par.) evocan
la marcha del pueblo de Israel a través del desierto, cuando clamaron
a Moisés por el alimento (cf. Ex 16,1 ss.). Jesús pronunció
entonces el gran discurso sobre el Pan de la Vida, presentándose
a sí mismo como el Pan viviente que ha bajado del cielo, el que
nos ha dado el Padre, para que el que coma de ese Pan posea la vida eterna
(cf. Jn 6,26-59). La gran conclusión de este discurso aparece en
boca del apóstol Pedro: "Señor, ¿a quién iremos?
Sólo tú tienes palabras de vida eterna" (6,69).
8. La presencia del Señor
en la Iglesia por su palabra
Después de la resurrección,
cuando los discípulos no habían superado aún el desconcierto
y el temor provocados por los últimos acontecimientos de la vida
de Jesús, el recuerdo de las enseñanzas de los primeros tiempos,
les hace recuperar la confianza en las palabras de su Maestro: "Recordad
cómo os habló cuando aún estaba en Galilea" (Lc 24,6).
Pero fue preciso que él mismo les introdujera en la comprensión
de los hechos relacionados con su vida y con su muerte y resurrección
a la luz de las Escrituras (cf. Lc 24,25-27.32.44-45), como había
hecho al principio para que entendieran las parábolas. Después
el Señor transmitió a los Apóstoles el poder recibido
del Padre y les confió la misión de anunciar el Evangelio,
asegurándoles su presencia permanente y la asistencia del Espíritu
Santo (6).
El Concilio Vaticano II enseñó
explícitamente que, entre los diversos modos o grados de la presencia
del Señor en su Iglesia, sobre todo en la acción litúrgica,
está la Palabra divina: "Está presente en su Palabra, pues
cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura, es él quien habla"
(SC 7). "En efecto, en la liturgia Dios habla a su pueblo y Cristo sigue
anunciando el Evangelio" (SC 33; cf. 24; 35).
9. Valor teológico del ministerio
de la Palabra
Por todos estos motivos el
ejercicio del ministerio de la Palabra en la Iglesia no es un simple acto
de comunicación ni responde a una necesidad psicológica o
social de expresar unos pensamientos o compartir unas experiencias personales,
ni es tampoco un simple ejercicio de retórica. Estos factores, interesantes
desde el punto de vista de la finalidad humana de la palabra y que deben
ser tenidos en cuenta para una mayor eficacia comunicativa del mensaje
del Evangelio, no constituyen sin embargo la razón de ser ni las
motivaciones de fondo del ministerio de la Palabra.
"La misión de predicar
ha sido confiada por la Iglesia a los presbíteros como participación
en la mediación de Cristo, y se ha de ejercer en virtud y según
las exigencias de su mandato: los presbíteros, 'partícipes,
en su grado de ministerio, del oficio de Cristo, el único Mediador
(cf. 1 Tm 2,5), anuncian a todos la Palabra divina'" (7).
Por tanto el ministerio de la Palabra está dotado de "autoridad"
en orden a la transmisión del mensaje de la salvación a los
hombres y a la enseñanza de la fe de la Iglesia.
De esta realidad brota una
doble exigencia. Por una parte el carácter misionero o evangelizador
de todo acto de ejercicio de este ministerio, al servicio de los hombres
concretos y de sus necesidades más profundas. Por otra parte la
exigencia de autenticidad o conformidad con la fe de la Iglesia, depositaria
de la verdad revelada e intérprete autorizada de la misma (8).
Como afirma también
el Concilio Vaticano II: "Los presbíteros se deben a todos para
comunicarles la verdad del Evangelio, que poseen en el Señor. Por
tanto, ya lleven a las gentes a glorificar a Dios, observando entre ellos
una conducta ejemplar; ya anuncien a los no creyentes el misterio de Cristo,
predicándoles abiertamente; ya enseñen el catecismo cristiano
o expongan la doctrina de la Iglesia; ya procuren tratar los problemas
actuales a la luz de Cristo, es siempre su deber enseñar no su propia
sabiduría, sino la Palabra de Dios, e invitar indistintamente a
todos a la conversión y a la santidad" (PO 4).
10. Actitudes de los ministros de
la Palabra
De todo lo anterior se desprenden
una serie de actitudes que debe cultivar todo ministro de la Palabra.
a) Acogida previa y escucha
personal
La primera condición
para ejercer el ministerio de la Palabra con fruto es recibirla primero
en el corazón, antes de transmitirla a los demás. Los ministros
de la Palabra están llamados a conocer en profundidad esta Palabra,
a asimilarla y a hacerla vida propia, para no ser "predicadores vacíos
de la Palabra, que no la escuchan interiormente" (DV 25).
Dice el Papa Juan Pablo II:
"El sacerdote debe ser el primero en tener una gran familiaridad con la
Palabra de Dios: no le basta conocer su aspecto lingüístico
o exegético, que es también necesario; necesita acercarse
a la Palabra con un corazón dócil y orante, para que ella
penetre a fondo en sus pensamientos y sentimientos y engrendre dentro de
sí una mentalidad nueva: 'la mente de Cristo'(1 Cor 2,16)" (PDV
26).
Hermanos presbíteros,
merece la pena que tratéis de conseguir "la mente de Cristo" con
la lectura asidua y el estudio diligente de la Sagrada Escritura, porque
desconocer las Escrituras es desconocer a Cristo. Pero sin olvidar la oración
y la meditación, para que se realice en vosotros el diálogo
de Dios con el hombre y podáis ofrecer a los demás las riquezas
de la Palabra divina. Todos los ministros de la Palabra sin excepción
somos condiscípulos juntamente con nuestros propios fieles, en el
sentido de que hemos de estar siempre atentos a las enseñanzas de
Cristo, nuestro único Maestro y Señor (cf. Jn 13,13), como
hacía María, la hermana de Marta, sentada a los pies de Jesús
(cf. Lc 10,39).
b) Fidelidad a la Palabra y
a su interpretación por la Iglesia
El ministerio de la Palabra,
como diaconía, es un servicio de mediación entre Dios y su
pueblo, en el que el ministro aparece como mensajero y portavoz de la Palabra
divina. Esto requiere del que habla o predica no sólo que ponga
al servicio del mensaje evangélico su voz y sus recursos de comunicación,
sino también una gran fidelidad al mensaje que debe transmitir y
explicar.
Dice también el Papa:
"El sacerdote debe ser el primer 'creyente de la Palabra', con la plena
conciencia de que las palabras de su ministerio no son 'suyas', sino de
Aquel que le ha enviado. El no es el dueño de esta Palabra: es su
servidor. El no es el único poseedor de esta Palabra: es deudor
ante el pueblo de Dios" (PDV 26). Además, "por tener en sí
mismo y ofrecer a los fieles la garantía de que transmite el Evangelio
en su integridad, el sacerdote ha de cultivar una sensibilidad, un amor
y una disponibilidad particulares hacia la Tradición viva de la
Iglesia y de su Magisterio, que no son extraños a la Palabra, sino
que sirven para su recta interpretación y para custodiar su sentido
auténtico" (ib.; cf. DV 8; 10).
La "autoridad", ya aludida,
que tenéis los presbíteros en orden a la transmisión
del mensaje, pertenece a Cristo y a la Iglesia, y os faculta para predicar
y para enseñar en su nombre. Por eso, al ejercer el ministerio de
la Palabra daos cuenta de que no actuáis como personas particulares
sino que habláis y enseñáis en calidad de ministros
de la Iglesia, custodia de la verdad acerca de Dios y acerca del mismo
hombre.
c) Atención a los hombres
y a sus necesidades
El ministerio de la Palabra
requiere también el prestar atención a los ambientes y a
las demás circunstancias de los hombres. El mensaje es "poder de
salvación para los que creen" (Rm 1,16). Por este motivo ha de ser
presentado no de modo genérico o abstracto, sino aplicado a las
situaciones concretas de la vida (cf. PO 4). El ministro de la Palabra
debe conocer estas situaciones y las necesidades de la comunidad de los
fieles para ayudar a éstos a contemplarse en el espejo de la Palabra
de Dios, dejarse interpelar y fortalecer por ella, y aceptar el compromiso
de acomodar su conducta a las exigencias del Evangelio. Es necesario que
la fe, como respuesta a la Palabra divina, sea para los creyentes el criterio
de juicio y de valoración de los hombres, de las cosas, de los acontecimientos
y de los problemas (cf. PDV 47).
Para hacer más eficaz
el ejercicio de este ministerio es importante que conozcáis, con
espíritu abierto y crítico al mismo tiempo, las ideas, el
lenguaje, el entramado cultural y los modos de vivir difundidos por los
medios de comunicación que, en gran medida, condicionan la mentalidad
actual. Usad en la medida de vuestras posibilidades todos los medios de
transmisión de mensajes que os ofrecen hoy la ciencia y la tecnología
modernas.
Pero no debéis olvidar
la acción interior del Espíritu Santo que actúa en
los corazones de los hombres y, en definitiva, es el artífice de
la respuesta de los hombres a la Palabra de Dios (cf. 1 Cor 12,3). Como
ministros de la Palabra debéis estar convencidos, como san Pablo,
de que "ni el que planta ni el que riega son algo, sino Dios que da el
crecimiento" (1 Cor 3,7).
d) Testimonio de vida y disponibilidad
La acogida personal de la
Palabra de Dios por parte del ministro que ha de proclamarla y explicarla
le llevará también a actuar de manera coherente con cuanto
enseña. En efecto, aunque la Palabra divina tiene fuerza por sí
misma para suscitar la fe y convertir los corazones a Dios, no hay duda
de que el testimonio de la vida del sacerdote hace más persuasiva
su predicación y refuerza la credibilidad de la Palabra misma.
En el rito de la ordenación
de los presbíteros, el Obispo dice las siguientes palabras a los
que son ordenados: "Transmitid a todos la Palabra de Dios que habéis
recibido con alegría. Y al meditar la ley del Señor, procurad
creer lo que leéis, enseñar lo que creéis y practicar
lo que enseñáis" (Homilía; cf. PDV 76).
Por este motivo debéis
sentiros personalmente comprometidos con el ejercicio del ministerio de
la Palabra, disponiéndoos para la misión evangelizadora,
a imitación de Cristo, enviado "para anunciar la buena noticia a
los pobres" (cf. PDV 18) y preparándoos de la mejor manera posible
para
realizarlo en cada una de sus formas: catequesis, homilía, diálogo
pastoral, conferencias, etc. El amor y el interés que pongáis
en este ministerio es ya una forma de testimonio y de entrega al servicio
de los demás.
11. El ministerio de la Palabra y
el ministerio de la santificación
Antes se ha dicho que el ministerio
de la Palabra es la primera función de todo ministro de la Iglesia.
En efecto la Palabra de Dios, al suscitar la fe, convoca de hecho a la
comunidad cristiana y la dispone para celebrar la Eucaristía y los
demás sacramentos. La Iglesia se va edificando poco a poco en cada
lugar gracias al ministerio de la Palabra.
Existe por tanto una profunda
conexión entre el ministerio de la Palabra y el ministerio de la
santificación y el culto. Así lo recordó expresamente
el Concilio Vaticano II al decir: Cristo "no sólo envió a
los Apóstoles a predicar el Evangelio a toda criatura y a anunciar
que el Hijo de Dios, con su muerte y resurrección nos libró
del poder de Satanás... sino también a realizar la obra de
salvación que proclamaban mediante el sacrificio y los sacramentos"
(SC 6). De aquí deriva la íntima unidad que existe entre
la acción evangelizadora y la pastoral litúrgica. El ministerio
de la Palabra está presente en esta última para que los fieles
se preparen, mediante la conversión y la fe, para celebrar los sacramentos
y para cumplir todo cuanto ha enseñado Cristo (cf. SC 9). Los sacramentos
son "sacramentos de la fe, que procede de la Palabra y de ella se nutre"
(PO 4; cf. SC 35,2; 59).
12. Importancia de la homilía
En el interior de las celebraciones
litúrgicas y como parte de la liturgia misma, se encuentra la homilía,
la más sobresaliente de las formas de predicación (cf. CDC,
c. 767, 1). No voy a repetir lo que he dicho sobre ella en la Exhortación
de comienzo de curso (9). Tan
sólo quiero aludir a la que constituye su nota más significativa,
que es la mistagogia o "iniciación" de los que toman parte en la
acción litúrgica en el misterio celebrado, por medio de la
explicación de la Palabra de Dios proclamada y meditada en las lecturas
bíblicas y en los salmos de la liturgia del día.
Vosotros y yo, hermanos presbíteros,
cuando hacemos la homilía en la Misa o en otra celebración,
hemos de ser muy conscientes de que somos unos "iniciados" que debemos
"iniciar" a los demás fieles en los misterios de Cristo que van
apareciendo a lo largo del año litúrgico. Con nuestra homilía
contribuímos decisivamente a que "entren en el interior" de lo que
se está celebrando, se dejen guiar por el Espíritu del Señor
que "conduce hacia la verdad completa" (cf. Jn 16,13-16), y se dispongan
a traducir en la propia vida cuanto han vivido y celebrado en la fe. Todo
esto significa hacer unas homilías mistagógicas.
13. El ministerio de la Palabra y
el ministerio de regir al pueblo de Dios
El ministerio de la Palabra,
al convocar al pueblo de Dios, contribuye también a crear la fraternidad
cristiana de los discípulos de Jesús y a edificar la Iglesia
en cada lugar "como señal e instrumento de la íntima unión
de los hombres con Dios y de la unidad del género humano" (LG 1),
es decir, como sacramento de salvación (cf. LG 48; GS 42 y 45; PO
4 y 6). Gracias a todas las formas de este ministerio los presbíteros
educan en la fe a todos los fieles y procuran que cada uno cultive su propia
vocación en la Iglesia y en la sociedad, y se entregue con libertad
al servicio de sus hermanos según las exigencias de la caridad.
Hermanos presbíteros,
por medio del ministerio de la Palabra váis edificando las comunidades
cristianas locales o parroquias, que forman la Iglesia diocesana (10).
En la catequesis formáis a los pequeños y a los adultos y
los disponéis para confesar la fe, celebrar fructuosamente los sacramentos
y vivir como discípulos de Jesús. En la clase de religión
ayudáis a vuestros alumnos a armonizar la ciencia y la fe y a responder
a las preguntas fundamentales del hombre. En las reuniones de estudio y
de convivencia espiritual y pastoral preparáis a los laicos para
asumir sus compromisos en la Iglesia y en la sociedad, en la familia y
en el mundo del trabajo y de la cultura. Con otras actividades difundís
la doctrina de la Iglesia y orientáis los problemas de los hombres
según el Evangelio (cf. PO 4).
II. LA CUARESMA Y EL MINISTERIO
DE LA PALABRA
14. La Cuaresma, tiempo privilegiado
para escuchar la Palabra de Dios
La Cuaresma se ha caracterizado
siempre por un gran despliegue de medios pastorales, entre los que sobresale
una oferta más abundante de la Palabra de Dios en las lecturas bíblicas
de los domingos y de las ferias, en las catequesis de adultos, en las misiones
populares, en la preparación del cumplimiento pascual, en los via
crucis, en las conferencias cuaresmales y en otros medios.
Todo esto hace de la Cuaresma
un tiempo verdaderamente privilegiado para escuchar la Palabra de Dios.
Dada la orientación bautismal y penitencial de este tiempo litúrgico,
los catecúmenos que se preparan para recibir los sacramentos de
la Iniciación cristiana y los fieles ya bautizados, que recuerdan
su propio Bautismo y se disponen a renovar los compromisos bautismales
en la Noche de Pascua, son llamados durante la Cuaresma a la conversión
y a la Penitencia. En este proceso, que es un verdadero camino pascual
para toda la Iglesia, la Palabra de Dios, acogida con humildad y con ánimo
sincero, aviva la fe y dispone al hombre para colaborar con la gracia de
Jesucristo y con la acción del Espíritu (11).
15. La Palabra de Dios, "alimento"
imprescindible
El aviso de Jesús que
leemos ef el Evangelio del domingo I de Cuaresma y al que ya he aludido:
"No sólo de pan vive el hombre, sino de toda Palabra que sale de
la boca de Dios" (Mt 4,4; cf. Dt 8,2-5), se convierte en una verdadera
consigna para este tiempo de gracia. La convicción de que la Palabra
de Dios es el verdadero alimento de los hijos de Dios, tiene mucho que
ver también con la práctica del ayuno cuaresmal.
En efecto, junto a la dimensión
ascética y a la dimensión social y caritativa del ayuno y
de la abstinencia (12), ambas
obras nos hacen caer en la cuenta de que no podemos conformarnos con la
mentalidad de este mundo y con lo que éste puede ofrecernos, sino
que es necesario un alimento distinto que nos dé la fuerza necesaria
para seguir a Jesucristo. El ayuno cuaresmal se inspira, ciertamente, en
el ayuno de Jesús en el desierto (cf. Mt 4,2), pero evoca también
el ayuno de Moisés en el Sinaí (cf. Ex 24,18; 34,28), al
término del cual recibió la revelación divina (cf.
Dt 9,11), y la marcha de Elías a través del desierto, alimentado
con un pan misterioso que le fue ofrecido por un ángel (1 Re 19,8).
Este pan significa la Palabra de Dios, el alimento espiritual por excelencia,
aunque anuncia también el gran don de la Eucaristía (cf.
Jn 6,48-52).
16. En la perspectiva del gran Jubileo
del año 2.000
La Cuaresma es, por tanto,
un tiempo especialmente apto para hacer más viva nuestra conciencia
de ministros de la Palabra de Dios y más estimulante nuestro amor
y nuestro interés por el ministerio de la Palabra. Pero no podemos
olvidar que la Cuaresma de 1996, como todo este año, pertenece al
final de la fase antepreparatoria del gran Jubileo del 2.000, de
manera que nos viene muy bien para empezar a calentar motores de cara a
los próximos años. Como sabéis, siguiendo las indicaciones
del Santo Padre Juan Pablo II en la Exhortación Tertio Millennio
Adveniente, de 10-XI-1994, en los próximos cursos hemos de asumir
una serie de aspectos propios del acontecimiento jubilar (TMA 39 ss.) (13).
Entre las sugerencias básicas
de esta fase antepreparatoria se encuentran la Penitencia y la reconciliación,
sin las cuales no será posible el gozo del Jubileo, que "es siempre
de un modo particular el gozo por la remisión de las culpas y la
alegría de la conversión" (TMA 32). Por eso el Papa ha invitado
a toda la Iglesia a hacer un amplio examen de conciencia sobre lo que ha
vivido en el último milenio, pero especialmente en este siglo, después
del Concilio Vaticano II: La Iglesia, que es santa pero reconoce siempre
como suyos a los hijos pecadores (cf. LG 8), "no puede atravesar el umbral
del nuevo milenio sin animar a sus hijos a purificarse, en el arrepentimiento,
de errores, infidelidades, incoherencias y lentitudes. Reconocer los fracasos
de ayer es un acto de lealtad y de valentía que nos ayuda a reforzar
nuestra fe, haciéndonos capaces y dispuestos para afrontar las tentaciones
y las dificultades de hoy" (TMA 33).
17. Tiempo para un examen de conciencia
eclesial
La Cuaresma, que comienza con
la exhortación: "Convertíos y creed en el Evangelio" (Mc
1,15: rito de la ceniza), es una buena ocasión para llevar a cabo
este examen de conciencia eclesial. Es posible que este examen no sea fácil
para nuestros fieles. En cambio nosotros podemos hacerlo, a título
individual y en cuanto pastores del pueblo de Dios que nos ha sido confiado.
No para acusar a nadie y menos aún a nuestra Santa Madre la Iglesia,
como quizás se ha hecho a veces, en nombre de interpretaciones incompletas
y subjetivas del Concilio Vaticano II, sino para reconocernos pecadores
delante de Dios por nuestras faltas personales y por nuestras omisiones,
retrasos y huídas. Nuestras culpas afean el rostro de la Iglesia
y
del ministerio sacerdotal y dificultan el acercamiento del Evangelio a
los hombres.
Hago mías estas palabras
del Presidente de la Conferencia Episcopal al comienzo de la última
Asamblea Plenaria refiriéndose, precisamente, a este examen de conciencia:
"Compartimos con nuestros contemporáneos la condición común
de los seres humanos, con sus vacilaciones y perplejidades, sus frustraciones
y sus alegrías... Somos conscientes de nuestras flaquezas e insuficiencias.
Sabemos que entre los obstáculos mayores para lograr que la luz
del evangelio llegue a todos los hombres hay que enumerar los fallos y
contrasentidos de quienes nos confesamos creyentes en Cristo Jesús" (14).
Por eso, "si decimos que no
hemos pecado, nos engañamos y no somos sinceros; pero si confesamos
nuestros pecados, él, que es fiel y justo, nos perdonará
los pecados y nos lavará los delitos" (1 Jn 1,8-9). La Cuaresma
es "el tiempo favorable" (2 Cor 6,2) para que toda la comunidad eclesial,
con nosotros por delante, avance en el espíritu de conversión
y de reconciliación, mirando hacia el interior de la Iglesia y mirando
también a la sociedad humana. El profeta Joel lo dice también
en la primera lectura del miércoles de ceniza: "Entre el atrio y
el altar lloren los sacerdotes, ministros del Señor, diciendo: 'perdona,
Señor, perdona a tu pueblo'" (Jl 2,17).
18. Invitación al ejercicio
del ministerio de la Palabra en la Cuaresma
Nuestro ministerio y nuestra
misión de ministros de la Palabra nos exige anunciar la Palabra
de Dios y proclamar el Evangelio de la salvación en todo tiempo
y en toda cicunstancia (cf. 2 Tm 4,1-2). Nuestra responsabilidad como ministros
de la Palabra al servicio de todos los hombres, creyentes y no creyentes,
para comunicarles la verdad del Evangelio (cf. Gal 2,5), es muy grande.
Nosotros podemos decir también, como san Pablo: "¡Ay de mí,
si no anuncio el Evangelio!" (1 Cor 9,16).
Al llegar la Cuaresma es preciso
que nos dediquemos al ministerio de la Palabra con mayor empeño
y que nos esmeremos en el ejercicio del mismo. A esto nos invitan también
los profetas: "Tocad la trompeta en Sión, proclamad el ayuno, convocad
la reunión; congregad al pueblo..." (Jl 2,15; cf. Is 58,1). "Esto
dice el Señor: a ti, hijo de Adán te he puesto de atalaya
en la casa de Israel; cuando escuches palabra de mi boca, les darás
la alarma de mi parte..." (Ez 33,7 ss.).
19. Predicar la conversión
en la Cuaresma de 1996
¿Cómo responder
a estas llamadas, precisamente ahora, al comienzo de la Cuaresma de 1996?
Si, como he dicho antes, es preciso aplicar el Evangelio a las situaciones
concretas de la vida de los hombres, al llegar la Cuaresma nuestra llamada
a la conversión y a la Penitencia, no puede quedarse en vagas generalidades.
De la misma manera que el hijo pródigo, antes de iniciar el retorno
al hogar del Padre (cf. Lc 15,17-19), cayó en la cuenta de su estado
miserable, así también es necesario hoy tomar conciencia
de la situación (15).
Habrá que señalar
los síntomas del mal y detectar las consecuencias tanto en el plano
personal, la ruptura de la comunión con Dios y el daño que
hace al hombre mismo, como en el plano social y eclesial, ya que el pecado
separa también de la comunión de la Iglesia e infiere también
un perjuicio a los demás hermanos (cf. LG 11; SC 109, b). Pero habrá
que anunciar, sobre todo, la misericordia del Padre, dispuesto siempre
a acoger a los hijos que se han alejado del hogar paterno y a devolverles
su dignidad filial (cf. Lc 15,11-24) (16).
Por este motivo nuestra predicación
cuaresmal de 1996 deberá fijarse en el deterioro moral que se produce
entre nosotros, pero destacando también los valores que permiten
abrigar la esperanza de que es posible construir entre todos una sociedad
más justa y fraterna. Obviamente, en coherencia con el camino que
nos va señalando la Cuaresma a lo largo de las seis semanas que
la integran.
20. Algunas realidades especialmente
preocupantes
Cada uno de nosotros, estimados
hermanos presbíteros, al preparar las catequesis de adultos o las
conferencias cuaresmales o, sencillamente, al redactar la homilía
del domingo y de algunas ferias de Cuaresma, junto a la meditación
de los contenidos salvíficos que nos ofrecen las lecturas de la
Palabra de Dios de este tiempo, debemos preguntarnos sobre qué realidades
de nuestra vida y de la vida de nuestro pueblo es preciso proyectar hoy
la luz salvadora del Evangelio, para llamar de una manera más directa
a la conversión y al cambio de conducta.
Con una mirada que quiere
ser de amor hacia nuestro pueblo y de profundo respeto a las personas,
me atrevo a señalar algunas de estas realidades:
a) Una religiosidad que necesita
ser clarificada
En nuestros pueblos se constata
todavía un transfondo de fe y de vida cristiana, especialmente patente
en las personas de más edad. Estas personas, por otra parte, son
muy fieles a unas prácticas religiosas a las que sin duda saben
darles un sentido profundo y auténtico. Sin embargo este sentido
escapa a las generaciones más jóvenes, que tienden a identificar
las manifestaciones religiosas con meras expresiones de la cultura de nuestro
pueblo y que se apuntan a ellas sin mayores compromisos de conducta, y
sin el acompañamiento de una concepción de la vida en la
que Dios está por encima de todo. ¿No estaremos los pastores
condescendiendo demasiado en el mantenimiento de unas formas de religiosidad
sin la debida clarificación y renovación, desde las exigencias
del culto verdadero y de la necesaria caridad práctica, a la luz
de la Palabra de Dios y tal como la misma Iglesia está pidiendo (17)?
b) La crisis de la familia
La familia goza todavía
de gran estima en esta región, de manera que sigue siendo un espacio
de amor y de integración entre generaciones, a pesar del deterioro
que están provocando los cambios sociales, el consumismo y el materialismo.
Nuestras familias se sienten perplejas ante las ideas dominantes sobre
la transmisión de la vida y la sexualidad al margen de toda legítima
unión matrimonial, etc. A esto se añaden la falta de ayuda
y de protección legal a la familia y las dificultades económicas
de todos conocidas. El resultado está a la vista: la familia deja
de tener el peso que le corresponde en la comunicación de valores
en la sociedad y el índice de natalidad es bajísimo, con
el consiguiente envejecimiento acelerado de la población.
Pero a los pastores nos debe
preocupar también la dejación de los padres en la educación
religiosa y moral de sus hijos, a los inculcan en cambio el afán
de tener y de disfrutar y con los que se muestran particularmente egoístas
cuando descubren signos de una posible vocación al ministerio sacerdotal
o a la vida religiosa. Muchas familias se han apartado de la Iglesia porque
no han encontrado una ayuda y un auténtico acompañamiento
para asumir prácticamente la belleza de la vida familiar que la
misma Iglesia enseña.
c) Los problemas de los jóvenes
Los adolescentes y los jóvenes
de nuestra ciudad y de nuestros pueblos no se diferencian apenas de los
que viven en otras zonas de España, tanto en los valores como en
los defectos. En las parroquias hay grupos juveniles que se preparan para
recibir el sacramento de la Confirmación, y no faltan muchachos
y muchachas que quieren vivir su fe cristiana siendo generosos, sinceros
y solidarios. Pero llegan los fines de semana y sucumben al ambiente de
evasión y se dejan llevar de la "movida" hasta altas horas de la
madrugada, bebiendo, matando el tiempo o buscando sensaciones nuevas. Da
la impresión de que, al menos, una parte de los jóvenes han
renunciado a ser creativos hasta en la misma manera de romper con la rutina
cotidiana.
Ante la desesperación
de muchos padres y educadores, responden diciendo que lo hacen todos, de
manera que hasta los jóvenes cristianos aceptan este fenómeno
como algo normal y entran en él. ¿Estamos ante una moda pasajera,
ante una forma "cultural", ante un verdadero negocio a cuenta de los jóvenes,
ante una reacción frente al fracaso escolar y el paro juvenil, ante
una consecuencia de la falta de valores? Probablemente todas estas causas
influyen, pero de hecho estamos ante un reto muy difícil de analizar
y de resolver.
d) El clima social generalizado
de quiebra moral
Aunque vivimos en un apartado
rincón de la geografía, la desaparición de fronteras,
el turismo y la invasión de los hogares por la televisión
y por una prensa superficial están produciendo un tipo de hombres
y de mujeres que no parecen aspirar a otra cosa que a conseguir el mayor
bienestar posible a costa de lo que sea, y para los que "todo vale" con
tal de tener dinero, poder o influencia.
A esto se añaden la
ausencia de empeño por el trabajo bien hecho y la falta de profesionalidad,
el recurso a la simulación y a la mentira, la violación de
los compromisos contractuales y económicos, el servirse de los cargos
políticos en beneficio propio, etc. El resultado es lo que acaba
de denunciar la reciente Instrucción pastoral "Moral y sociedad
democrática", aprobada en la LXV Asamblea Plenaria de la Conferencia
Episcopal. Con mis hermanos obispos reconozco que "son numerosos los escándalos
que abruman a la opinión pública, crean un clima bastante
generalizado de desconfianza y de desmoralización y denotan una
grave quiebra de la moral pública y privada" (18).
e) La indiferencia general
ante la situación de pobreza
El que sigue asiduamente las
informaciones locales que ofrecen los distintos medios de comunicación,
corre el riesgo de creer que vivimos en un pueblo que no hace otra cosa
que divertirse, organizar fiestas y mantener viejas tradiciones. A parte
los accidentes de tráfico o de otro tipo y las últimas crecidas
de los ríos, o la crónica de la política municipal
y alguna que otra convocatoria cultural, son muy escasas las noticias que
tienen un verdadero interés humano y social en las comarcas en las
que está situada nuestra diócesis.
Uno se pregunta si es que
la vida de nuestro pueblo no da más de sí, de manera que
los informadores se limitan a reflejar la actualidad diaria, o es que el
trabajo y el esfuerzo por mejorar las condiciones de vida es tan callado
y tan silencioso que no transciende a la opinión pública.
¿No será que falta conciencia en las personas y en los grupos
sociales, de que vivimos en una de las mayores bolsas de pobreza no sólo
de Europa sino de España y aun de Castilla y León? ¿Podemos
seguir con esta pasividad y falta de iniciativa, sin salir del lamento
y del derrotismo de las conversaciones? Los cristianos, especialmente los
jóvenes, tienen algo que hacer en la búsqueda de unas mejores
condiciones de vida para nuestro pueblo, sin desdeñar una participación
más dinámica, comprometida y transformadora en los diferentes
campos de la vida social y pública.
21. Tareas para la Cuaresma de 1996
Estas realidades que acabo
de apuntar nos preocupan a todos los pastores, pero muchas veces no sabemos
qué hemos de hacer. ¿No será que nosotros también
nos sumamos al coro de los que se lamentan de la situación presente
y se conforman con ver cómo todos estos males se apoderan de nuestra
sociedad y de nuestro pueblo?
Aunque la mayor parte de las
realidades apuntadas antes entran de lleno en el campo de la acción
temporal de los laicos, nosotros los pastores no podemos inhibirnos. Ahí
tenemos los imperativos de la moral cristiana, de la que es una parte muy
importante la doctrina social de la Iglesia. Es cierto que nosotros no
podemos entrar directamente en el campo propio de los ciudadanos de este
mundo, pero es deber nuestro formar cristianos capaces de orientar los
asuntos temporales de acuerdo con el Evangelio y de empeñarse en
las tareas de la familia, de la educación, del trabajo, de la cultura,
del ocio, etc. siguiendo los imperativos de la caridad y del servicio al
prójimo.
Durante la Cuaresma de este
año tratemos de iluminar la relación profunda entre la vida
con la fe y con la moral cristiana, en la perspectiva del discernimiento
a que nos lleva la Palabra de Dios. Debemos ir a la raíz de los
problemas y alentar a los laicos más cercanos a la Iglesia, como
catequistas, miembros del Consejo parroquial, componentes de los movimientos
apostólicos y de espiritualidad, estudiantes de teología
y de religión, etc., e incluso a los católicos presentes
en la vida pública y a los llamados a estarlo, a reflexionar seriamente
sobre todos estos temas y a actuar en consecuencia. Nos será de
gran utilidad volver a leer la Instrucción pastoral de la Conferencia
Episcopal Española "La verdad os hará libres", de 20-XI-1990 (19),
y estudiar también la recientemente aprobada "Moral y sociedad democrática",
para llevar sus contenidos a las reuniones de grupos y a los encuentros
de formación, a las conferencias cuaresmales y a la predicación
homilética.
Otras tareas concretas podrían
ser el analizar con los laicos las manifestaciones de la religiosidad popular,
el promover la lectura del Evangelio en familia, el invitar a los jóvenes
a que reflexionen sobre sus propios problemas y los de la sociedad, el
diálogo con los cristianos se dedican a la política, la creación
y el fomento de Caritas en las parroquias, etc.
22. Otros medios pastorales de la
Cuaresma
En orden al ejercicio del ministerio
de la Palabra durante la Cuaresma no podemos olvidar la importancia del
Leccionario de la Misa. Para hacer más eficaz la proclamación
de las lecturas, es altamente recomendable la homilía en algunas
ferias de Cuaresma, como ya he dicho. Una monición oportuna ayudará
a penetrar en el sentido de las lecturas. El salmo responsorial, cantado
o bien recitado alternando con el canto de su respuesta propia o de otra
adecuada, es un momento meditativo y asimilativo de la Palabra divina.
Igualmente son recomendables
las celebraciones de la Palabra de Dios, estructuradas a semejanza de la
liturgia de la Palabra de la Misa, los domingos o en algunas ferias de
Cuaresma (cf. SC 35, 4). Entre estas celebraciones se encuentran las denominadas
celebraciones penitenciales -no se las confunda con las destinadas a reconciliar
a varios penitentes con confesión y absolución individual
(Rito B)-. Estas celebraciones constituyen una óptima preparación
para recibir el sacramento de la Penitencia (cf. Ritual de la Penitencia,
nn. 36-37).
Las conferencias cuaresmales
o catequesis de adultos, orientadas generalmente al cumplimiento pascual,
procuren tener en cuenta las necesidades pastorales de cada lugar y tener
una buena fundamentación bíblica de sus contenidos, sin que
falte, entre los compromisos que se propongan, la invitación a conocer
mejor la Sagrada Escritura y a leerla en privado y en familia.
Los ejercicios piadosos propios
de este tiempo, especialmente el Via Crucis, son muy adecuados para ofrecer
al pueblo una sencilla pero muy eficaz espiritualidad bíblica. Con
prudencia es conveniente sustituir textos poco apropiados, por la Sagrada
Escritura, independientemente de que, a continuación, se añada
una lectura de un Padre de la Iglesia o de un autor espiritual reconocido.
Lo mismo es conveniente hacer al comienzo de los misterios del Santo Rosario.
23. El sacramento de la Penitencia
en la Cuaresma
La dimensión penitencial
de la Cuaresma constituye también una invitación a destacar
en este tiempo la importancia del sacramento de la Penitencia para la vida
cristiana. Prácticamente en todas las parroquias de la diócesis
se intensifica la dedicación de los sacerdotes a este ministerio,
ofreciéndose incluso un admirable ejemplo de ayuda mutua de cara
a facilitar a los fieles el cumplimiento pascual.
No es necesario insitir en
las ventajas de este sacramento para la vida cristiana. Tan sólo
quiero invitaros a los presbíteros a que cuidéis la celebración
de la reconciliación, tanto el rito para reconciliar a un solo penitente
(el Rito A) como el rito para reconciliar a varios penitentes con confesión
y absolución individual (el Rito B). Es muy conveniente que el examen
de conciencia y los demás actos del penitente se hagan a continuación
de una lectura de la Palabra de Dios. Por medio de su Palabra, el Señor
llama verdaderamente a la penitencia y conduce a los hombres a la conversión
del corazón.
En la reconciliación
de un solo penitente, si no se dispone de unos textos impresos que se pueden
leer antes de proceder a la celebración del rito, podéis
recitar de memoria alguna frase del Evangelio como sugiere el Ritual de
la Penitencia (nn. 87-93) (20),
antes de que el fiel inicie la confesión de los pecados y manifieste
su contrición. En la celebración con el Rito B son suficientes
las lecturas proclamadas. Pero, en este caso, elíjanse principalmente
las que llaman a la conversión y a una mayor imitación de
Jesucristo, propongan el misterio de la reconciliación por la muerte
y resurrección del Señor y como don del Espíritu Santo,
y manifiesten el juicio de Dios sobre el bien y el mal en la vida de los
hombres, para ilumniar y examinar la conciencia.
Conclusión
24. Invitación final
Queridos hermanos presbíteros:
Comenzamos la Cuaresma avivando nuestra conciencia de ministros de la Palabra
de Dios. Durante estos cuarenta días de preparación para
la Pascua, estamos llamados a caminar delante de nuestro pueblo orientándole
con la luz de Cristo, alimentándole con el verdadero pan de la Palabra
divina y tratando de ayudarle también con nuestro propio testimonio
de conversión y de búsqueda del rostro de Dios.
En la perspectiva de la celebración
del gran Jubileo del año 2.000, la Cuaresma de este año debe
ayudarnos a todos a prepararnos para acoger el don de la misericordia de
Dios, promoviendo al mismo tiempo el anuncio del Evangelio de Jesucristo
a todos los hombres sin excepción.
Que el Señor os conceda,
ya desde el itinerario cuaresmal, una santa y fructuosa celebración
de la Pascua.
Ciudad Rodrigo, 21 de
febrero de 1996
Miércoles de
Ceniza
+ Julián, Obispo
de Ciudad Rodrigo
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