"Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo"
EL MINISTERIO DE LA PALABRA DE DIOS EN LA CUARESMA

(Carta a los presbíteros, 21 de Febrero de 1.996)

Sumario


Introducción 
1. Motivos de la Carta

I. EL MINISTERIO DE LA PALABRA

2. El mandato del Padre: "¡Escuchadlo!"
3. Jesucristo, el Profeta glorificado que da el Espíritu Santo
4. La misión de la Iglesia y la predicación apostólica
5. El ministerio de la Palabra en la Iglesia
6. El ministerio de la Palabra, fuente de santificación
7. El modelo es siempre Jesucristo, Maestro y Señor
8. La presencia del Señor en la Iglesia por su palabra
9. Valor teológico del ministerio de la Palabra
10. Actitudes de los ministros de la Palabra
   a) Acogida previa y escucha personal
   b) Fidelidad a la Palabra y a su interpretación por la Iglesia
   c) Atención a los hombres y a sus necesidades
   d) Testimonio de vida y disponibilidad
11. El ministerio de la Palabra y el ministerio de la santificación
12. Importancia de la homilía
13. El ministerio de la Palabra y el ministerio de regir al pueblo de Dios

 II. LA CUARESMA Y EL MINISTERIO DE LA PALABRA

14. La Cuaresma, tiempo privilegiado para escuchar la Palabra de Dios
15. La Palabra de Dios, "alimento" imprescindible 
16. En la perspectiva del gran Jubileo del año 2.000
17. Tiempo para un examen de conciencia eclesial
18. Invitación al ejercicio del ministerio de la Palabra en la Cuaresma
19. Predicar la conversión en la Cuaresma de 1996
20. Algunas realidades especialmente preocupantes
   a) Una religiosidad que necesita ser clarificada
   b) La crisis de la familia
   c) Los problemas de los jóvenes 
   d) El clima social generalizado de quiebra moral 
   e) La indiferencia ante la situación de pobreza
21. Tareas para la Cuaresma de 1996
22. Otros medios pastorales de la Cuaresma
23. El sacramento de la Penitencia en la Cuaresma

 Conclusión
24. Invitación final



Siglas: Además de las siglas bíblicas y de los documentos del Concilio Vaticano II, conocidas de todos, aparecen las siguientes: CatIC: Catecismo de la Iglesia Católica; CDC: Código de Derecho Canónico; tma: Tertio Millennio Adveniente; PDV: Pastores Dabo Vobis.

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"Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo"
EL MINISTERIO DE LA PALABRA DE DIOS EN LA CUARESMA
Carta a los presbíteros

Introducción
 

 Queridos hermanos presbíteros:

 "Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo" (Mt 17,5). Al comenzar el camino de la Pascua de 1996, he querido titular la Carta pastoral con estas palabras que la Iglesia proclama todos los años en el domingo II de Cuaresma y en la fiesta de la Transfiguración del Señor -el 6 de agosto-, siguiendo cíclicamente a cada uno de los Evangelios Sinópticos.
 Pero permitidme saludaros antes con todo afecto. Sabéis que en el oficio episcopal que se me ha encomendado, me debo en primer lugar a los presbíteros. Quisiera teneros a todos no sólo como hermanos y primeros colaboradores sino también como amigos. Esta Carta quiere ser una reflexión compartida con quienes estáis unidos a mí por el vínculo del sacramento del Orden y por la misión pastoral al servicio de nuestra Iglesia Civitatense.

1. Motivos de la Carta

 Como sabéis, este año tenemos como objetivo diocesano revalorizar la Palabra de Dios en la Iniciación cristiana y en la vida de la comunidad parroquial. Para fundamentar doctrinalmente el objetivo escribí la Exhortación pastoral de comienzo de curso(1). Ahora, al acercarse la Cuaresma, quiero orientar de nuevo el camino de la comunidad cristiana hacia la Pascua como ya hice el año pasado (2).
 Pero, teniendo en cuenta que la Cuaresma "prepara a los fieles, entregados más intensamente a oir la Palabra de Dios y a la oración, para celebrar el Misterio pascual" (SC 109), me ha parecido oportuno insistir en el objetivo del curso. En concreto, en dos aspectos complementarios que se enmarcan muy adecuadamente en el espíritu de este tiempo litúrgico. Me refiero a la necesidad de escuchar la Palabra de Dios y al ministerio mismo de anunciar y de dar a conocer esta Palabra divina.
 El primer aspecto lo expongo en la homilía que he escrito para el domingo I de Cuaresma, en la que comento las palabras del Señor: "No sólo de pan vive el hombre, sino de toda Palabra que sale de la boca de Dios" (Mt 4,4). El segundo aspecto es el tema de esta Carta en la que he preferido dirigirme no a todos los fieles, sino a vosotros, mis hermanos en el sacerdocio, convencido como estoy de que la eficacia del objetivo pastoral depende decisivamente del interés que tanto vosotros como yo pongamos en ello.  En este sentido permitidme recordaros la invitación final dirigida a vosotros, el término de la Exhortación pastoral de comienzo de curso: "Queridos presbíteros: os invito a asumir con gratitud al Señor, con alegría y con responsabilidad vuestra condición de ministros de la Palabra de Dios y partícipes, en virtud del sacramento del Orden, de la misión profética de Cristo y de la Iglesia. Nuestra familiaridad con la Palabra de Dios ha de ser necesariamente mayor que la de los demás fieles; no nos basta conocer los aspectos exegéticos de la Sagrada Escritura, aunque son necesarios; debemos acercarnos a la Palabra divina con un corazón dócil y con espíritu de fe y de oración. No somos dueños de esta Palabra sino sus ministros y los servidores del pueblo de Dios, que tiene derecho a esperar de nosotros no nuestra propia sabiduría sino esa misma Palabra y la llamada a la conversión y a la santidad (cf. PO 4)".
 Por todo esto os invito a leer esta Carta. Mi deseo, al escribirla, es ayudaros en el ejercicio del ministerio de la Palabra, sobre todo de cara a la Cuaresma. Espero que os sea útil también para vuestra formación permanente y para vuestra vida espiritual. Me inspiro en los nn. 4 y 13 del Decreto Presbyterorum Ordinis del Concilio Vaticano II, en el n. 26 de la Exhortación Apostólica postsinodal Pastores Dabo Vobis del Papa Juan Pablo II, y en los nn. 45-47 del Directorio sobre el ministerio y la vida de los presbíteros de la Congregación para el Clero, y en otros documentos que aparecerán citados en su momento.
 La Carta tiene dos partes. La primera versa sobre el ministerio de la Palabra en general, mientra que la segunda está dedicada al ejercicio de este ministerio en la Cuaresma.

 I. EL MINISTERIO DE LA PALABRA

2. El mandato del Padre: "¡Escuchadlo!"

 Las palabras del Padre en la Transfiguración del Señor: "Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo", son la expresión perceptible para todos los discípulos de Jesús, de la "voz desde la nube", que se deja oir de manera semejante a como ocurrió sobre las aguas del Jordán en el Bautismo de Jesús (cf. Mt 3,17 y par.). Pero ahora el escenario es diferente. Ya no es la apacible ribera del río, sino la encrespada cumbre del monte Tabor, el lugar señalado por la tradición cristiana como escenario de la Transfiguración. Y diferente es también el significado del acontecimiento. 
 El Bautismo de Jesús puso de manifiesto que él es el Hijo de Dios y el Siervo-Profeta anunciado por Isaías en sus famosos poemas (cf. Is 42,1-9; 49,11-6; etc.). La "voz" del Padre se dirigía a Jesús, según atestigua San Marcos (cf. Mc 1,11), en el instante en que nuestro Salvador era "ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo" (cf. Hch 10,38). 
 La Transfiguración significa la confirmación de la vocación y de la misión de Jesús, pero la Palabra divina se dirige ahora a los discípulos, con el importantísimo mandato añadido: "Escuchadlo". El imperativo es categórico, y entraña una importancia extraordinaria. En el Antiguo Testamento había sonado una exhortación semejante transmitida a Moisés, que ayuda a captar el sentido del mandato del Padre en la Transfiguración de Jesús: "Entonces el Señor me dijo: ...Yo les suscitaré, de en medio de sus hermanos, un profeta como tú, pondré mis palabras en su boca, y él les dirá todo lo que yo le mande. Si alguno no escucha mis palabras, las que este profeta pronuncie en mi nombre, yo mismo le pediré cuentas de ello'" (Dt 18,17-19).

3. Jesucristo, el Profeta glorificado que da el Espíritu Santo

 Este profeta semejante a Moisés es el Mesías, Cristo Jesús (cf. Jn 1,21). Pero Jesús es superior a Moisés, porque "la Ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo" (Jn 1,17; cf. 1,25.45; Hch 3,22.26). La Transfiguración confirma al Hijo y Siervo Jesucristo, revestido de gloria, como el nuevo y definitivo Legislador y Profeta. Significativamente, junto a Jesús aparecen Moisés y Elías conversando con él. Moisés representa la Ley y Elías a los Profetas, y ambos a toda la Sagrada Escritura del Antiguo Testamento, es decir, a la revelación anterior a Cristo que culmina en él (3).
 Por otra parte, la Transfiguración se produce entre el Bautismo de Jesús y los acontecimientos de su pasión, muerte y resurreción, a continuación de la confesión de Pedro y del anuncio de estos hechos (cf. Mt 16,13-23). Este dato y la teofanía misma -la nube, el rostro resplandeciente, el vestido blanco, etc.- sugieren que Jesús es también el Señor de la gloria, el Resucitado viviente que da el Espíritu Santo y con él la capacidad de "comprender las Escrituras" (cf. Ap 1,12-16; etc.; Jn 7,39-40; Lc 24,45). 
 La luz deslumbrante que irradia el rostro de Cristo (cf. 2 Cor 6), llamada "luz tabórica" o del Monte Tabor por los Santos Padres, ilumina toda la vida de Jesús y aun toda la historia de la salvación, permitiendo comprender que todo tiene en Cristo su soporte y su significado (cf. Ef 1,10; Col 1,15-20). En efecto, el reconocimiento de Jesús como Señor, a quien es preciso invocar para alcanzar la salvación, se verifica a la luz de la resurrección y del anuncio del Evangelio (cf. Rm 1,3-4; 10,9-15). En la resurrección del Señor, vislumbrada en la Transfiguración, tienen su origen la misión de la Iglesia y el ministerio de la Palabra.

4. La misión de la Iglesia y la predicación apostólica

 En efecto, la Transfiguración se puede considerar también entre los fundamentos del ministerio de la Palabra que el Señor, a quien le fue "dado todo poder en el cielo y en la tierra" (Mt 28,18), quiso compartir con aquellos a los que eligió para enviarlos por todo el mundo a "predicar el Evangelio a toda criatura" (Mc 16,15), y a "hacer discípulos de todos los pueblos, bautizándolos... y enseñándoles a guardar todo lo que les había mandado" (Mt 28,19-20; cf. Lc 24,47; Hch 26,17-18).
 La I Carta de San Pedro se apoya expresamente en el acontecimiento de la Transfiguración y, más en concreto, en "la voz que oímos nosotros enviada desde el cielo, estando con él en el monte santo" (2 Pe 1,18), para afirmar la verdad de la predicación apostólica (cf. 1,16; etc.) y para exhortar a los fieles a "prestar atención a la palabra profética" comunicada en esta predicación y apoyada en las Escrituras (cf. 3,2). De las Escrituras, entre las que incluye ya las Cartas de San Pablo (cf. 3,15-16), afirma: "ninguna profecía de la Escritura es obra de la propia interpretación; porque nunca profecía alguna ha venido por voluntad humana sino, sino que hombres movidos por el Espíritu Santo han hablado de parte de Dios" (2 Pe 1,20-21).

5. El ministerio de la Palabra en la Iglesia

 La predicación apostólica y, en definitiva, la misión de anunciar el Evangelio es llamada diaconía gloriosa del Espíritu por San Pablo (cf. 2 Cor 3,8-9) o simplemente ministerio (cf. Hch 1,17.25; Rm 11,13; 1 Tm 1,12). Esta misión, recibida inicialmente por los Apóstoles, ha sido encomendada después en grado diverso a distintos sujetos en la Iglesia, según la voluntad de Cristo, a los que ya desde antiguo se llamaron obispos, presbíteros y diáconos (cf. LG 28).
 Por esto, aunque todos los fieles cristianos están llamados, por el Bautismo y la Confirmación, a dar a conocer el Evangelio de Jesucristo a los creyentes y a los no creyentes (cf. Col 3,16; 1 Pe 3,15) (4), es a los Obispos y a sus colaboradores los presbíteros y los diáconos, a quienes compete en primer término el ministerio de la Palabra en virtud del sacramento del Orden (5)
 En este sentido la primera función eclesial que os corresponde a vosotros, mis queridos hermanos presbíteros, lo mismo que a mí en cuanto obispo, es precisamente la de anunciar la Palabra de Dios (cf. LG 28; CatIC 1564). Como sabéis, la Palabra de Dios suscita la fe y alimenta la vida cristiana, tanto a nivel personal como comunitario. 

6. El ministerio de la Palabra, fuente de santificación

  Entre los múltiples aspectos que encierra el ministerio de la Palabra, es preciso destacar su valor como fuente de santificación. Como sabéis, son muy numerosos los presbíteros santos que desempeñaron este ministerio con celo admirable y de manera ejemplar. Santo Domingo de Guzmán, San Antonio de Padua, San Cayetano, patrono de nuestro seminario, San Juan de Avila, San Vicente de Paúl, entre otros, alcanzaron la santidad ejerciendo sincera e infatigablemente el ministerio de la predicación. 
 En todos ellos se puede comprobar lo que el Concilio Vaticano II propone para todos los presbíteros: "Por ser ministros de la Palabra de Dios, leen y escuchan diariamente la Palabra divina, que deben enseñar a otros; y si al mismo tiempo procuran recibirla en sí mismos, irán haciéndose discípulos del Señor cada vez más perfectos" (PO 13).
 Los presbíteros santos se santificaron porque, consagrados y configurados a Cristo Maestro, Sacerdote y Pastor por el sacramento del Orden, le imitaron perfectamente siendo sus portavoces y sus testigos con la palabra y con la conducta. Por esto el modelo de todo "servidor" de la Palabra de Dios y del Evangelio es el mismo Señor en su ministerio público, desde que lo inició en Galilea hasta que lo consumó en Jerusalén (cf. Mc 1,14 y par.), devolviendo, ya en la cruz, al Padre la palabra que había recibido en el Bautismo (cf. Mc 15,37 y par.).

7. El modelo es siempre Jeucristo, Maestro y Señor

 A este respecto resulta significativa la insistencia con que el Evangelio se refiere a la actividad evangelizadora y docente de Jesús, al que con toda verdad se le da innumerables veces el título de Maestro (cf. Jn 11,28). El Evangelio según San Marcos se complace en presentarle enseñando constantemente y suscitando una gran admiración, porque "enseñaba con autoridad" (Mc 1,21). El Señor no se cansaba de hablar a la muchedumbre con comparaciones tomadas de la vida ordinaria y con parábolas que explicaba más tarde a los discípulos (cf. 2,13; 4,1-34; 6,1-2; etc.). Al ver a la gente "se compadecía de ellos porque los veía como ovejas sin pastor... y se ponía a enseñarles con calma" (6,34). 
 La multiplicación de los panes que sigue a continuación de este pasaje expresa la íntima conexión que el Señor hace entre la comida material y el alimento del espíritu que es la Palabra de Dios. La escena en el descampado y la muchedumbre desfallecida (cf. Mc 6,35-37 y par.) evocan la marcha del pueblo de Israel a través del desierto, cuando clamaron a Moisés por el alimento (cf. Ex 16,1 ss.). Jesús pronunció entonces el gran discurso sobre el Pan de la Vida, presentándose a sí mismo como el Pan viviente que ha bajado del cielo, el que nos ha dado el Padre, para que el que coma de ese Pan posea la vida eterna (cf. Jn 6,26-59). La gran conclusión de este discurso aparece en boca del apóstol Pedro: "Señor, ¿a quién iremos? Sólo tú tienes palabras de vida eterna" (6,69).

8. La presencia del Señor en la Iglesia por su palabra

 Después de la resurrección, cuando los discípulos no habían superado aún el desconcierto y el temor provocados por los últimos acontecimientos de la vida de Jesús, el recuerdo de las enseñanzas de los primeros tiempos, les hace recuperar la confianza en las palabras de su Maestro: "Recordad cómo os habló cuando aún estaba en Galilea" (Lc 24,6). Pero fue preciso que él mismo les introdujera en la comprensión de los hechos relacionados con su vida y con su muerte y resurrección a la luz de las Escrituras (cf. Lc 24,25-27.32.44-45), como había hecho al principio para que entendieran las parábolas. Después el Señor transmitió a los Apóstoles el poder recibido del Padre y les confió la misión de anunciar el Evangelio, asegurándoles su presencia permanente y la asistencia del Espíritu Santo (6).
 El Concilio Vaticano II enseñó explícitamente que, entre los diversos modos o grados de la presencia del Señor en su Iglesia, sobre todo en la acción litúrgica, está la Palabra divina: "Está presente en su Palabra, pues cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura, es él quien habla" (SC 7). "En efecto, en la liturgia Dios habla a su pueblo y Cristo sigue anunciando el Evangelio" (SC 33; cf. 24; 35).

9. Valor teológico del ministerio de la Palabra

 Por todos estos motivos el ejercicio del ministerio de la Palabra en la Iglesia no es un simple acto de comunicación ni responde a una necesidad psicológica o social de expresar unos pensamientos o compartir unas experiencias personales, ni es tampoco un simple ejercicio de retórica. Estos factores, interesantes desde el punto de vista de la finalidad humana de la palabra y que deben ser tenidos en cuenta para una mayor eficacia comunicativa del mensaje del Evangelio, no constituyen sin embargo la razón de ser ni las motivaciones de fondo del ministerio de la Palabra.
 "La misión de predicar ha sido confiada por la Iglesia a los presbíteros como participación en la mediación de Cristo, y se ha de ejercer en virtud y según las exigencias de su mandato: los presbíteros, 'partícipes, en su grado de ministerio, del oficio de Cristo, el único Mediador (cf. 1 Tm 2,5), anuncian a todos la Palabra divina'" (7). Por tanto el ministerio de la Palabra está dotado de "autoridad" en orden a la transmisión del mensaje de la salvación a los hombres y a la enseñanza de la fe de la Iglesia. 
 De esta realidad brota una doble exigencia. Por una parte el carácter misionero o evangelizador de todo acto de ejercicio de este ministerio, al servicio de los hombres concretos y de sus necesidades más profundas. Por otra parte la exigencia de autenticidad o conformidad con la fe de la Iglesia, depositaria de la verdad revelada e intérprete autorizada de la misma (8).
 Como afirma también el Concilio Vaticano II: "Los presbíteros se deben a todos para comunicarles la verdad del Evangelio, que poseen en el Señor. Por tanto, ya lleven a las gentes a glorificar a Dios, observando entre ellos una conducta ejemplar; ya anuncien a los no creyentes el misterio de Cristo, predicándoles abiertamente; ya enseñen el catecismo cristiano o expongan la doctrina de la Iglesia; ya procuren tratar los problemas actuales a la luz de Cristo, es siempre su deber enseñar no su propia sabiduría, sino la Palabra de Dios, e invitar indistintamente a todos a la conversión y a la santidad" (PO 4).

10. Actitudes de los ministros de la Palabra

 De todo lo anterior se desprenden una serie de actitudes que debe cultivar todo ministro de la Palabra.

 a) Acogida previa y escucha personal
 La primera condición para ejercer el ministerio de la Palabra con fruto es recibirla primero en el corazón, antes de transmitirla a los demás. Los ministros de la Palabra están llamados a conocer en profundidad esta Palabra, a asimilarla y a hacerla vida propia, para no ser "predicadores vacíos de la Palabra, que no la escuchan interiormente" (DV 25).
 Dice el Papa Juan Pablo II: "El sacerdote debe ser el primero en tener una gran familiaridad con la Palabra de Dios: no le basta conocer su aspecto lingüístico o exegético, que es también necesario; necesita acercarse a la Palabra con un corazón dócil y orante, para que ella penetre a fondo en sus pensamientos y sentimientos y engrendre dentro de sí una mentalidad nueva: 'la mente de Cristo'(1 Cor 2,16)" (PDV 26). 
 Hermanos presbíteros, merece la pena que tratéis de conseguir "la mente de Cristo" con la lectura asidua y el estudio diligente de la Sagrada Escritura, porque desconocer las Escrituras es desconocer a Cristo. Pero sin olvidar la oración y la meditación, para que se realice en vosotros el diálogo de Dios con el hombre y podáis ofrecer a los demás las riquezas de la Palabra divina. Todos los ministros de la Palabra sin excepción somos condiscípulos juntamente con nuestros propios fieles, en el sentido de que hemos de estar siempre atentos a las enseñanzas de Cristo, nuestro único Maestro y Señor (cf. Jn 13,13), como hacía María, la hermana de Marta, sentada a los pies de Jesús (cf. Lc 10,39).

 b) Fidelidad a la Palabra y a su interpretación por la Iglesia
 El ministerio de la Palabra, como diaconía, es un servicio de mediación entre Dios y su pueblo, en el que el ministro aparece como mensajero y portavoz de la Palabra divina. Esto requiere del que habla o predica no sólo que ponga al servicio del mensaje evangélico su voz y sus recursos de comunicación, sino también una gran fidelidad al mensaje que debe transmitir y explicar.
 Dice también el Papa: "El sacerdote debe ser el primer 'creyente de la Palabra', con la plena conciencia de que las palabras de su ministerio no son 'suyas', sino de Aquel que le ha enviado. El no es el dueño de esta Palabra: es su servidor. El no es el único poseedor de esta Palabra: es deudor ante el pueblo de Dios" (PDV 26). Además, "por tener en sí mismo y ofrecer a los fieles la garantía de que transmite el Evangelio en su integridad, el sacerdote ha de cultivar una sensibilidad, un amor y una disponibilidad particulares hacia la Tradición viva de la Iglesia y de su Magisterio, que no son extraños a la Palabra, sino que sirven para su recta interpretación y para custodiar su sentido auténtico" (ib.; cf. DV 8; 10).
 La "autoridad", ya aludida, que tenéis los presbíteros en orden a la transmisión del mensaje, pertenece a Cristo y a la Iglesia, y os faculta para predicar y para enseñar en su nombre. Por eso, al ejercer el ministerio de la Palabra daos cuenta de que no actuáis como personas particulares sino que habláis y enseñáis en calidad de ministros de la Iglesia, custodia de la verdad acerca de Dios y acerca del mismo hombre.

 c) Atención a los hombres y a sus necesidades
 El ministerio de la Palabra requiere también el prestar atención a los ambientes y a las demás circunstancias de los hombres. El mensaje es "poder de salvación para los que creen" (Rm 1,16). Por este motivo ha de ser presentado no de modo genérico o abstracto, sino aplicado a las situaciones concretas de la vida (cf. PO 4). El ministro de la Palabra debe conocer estas situaciones y las necesidades de la comunidad de los fieles para ayudar a éstos a contemplarse en el espejo de la Palabra de Dios, dejarse interpelar y fortalecer por ella, y aceptar el compromiso de acomodar su conducta a las exigencias del Evangelio. Es necesario que la fe, como respuesta a la Palabra divina, sea para los creyentes el criterio de juicio y de valoración de los hombres, de las cosas, de los acontecimientos y de los problemas (cf. PDV 47).
 Para hacer más eficaz el ejercicio de este ministerio es importante que conozcáis, con espíritu abierto y crítico al mismo tiempo, las ideas, el lenguaje, el entramado cultural y los modos de vivir difundidos por los medios de comunicación que, en gran medida, condicionan la mentalidad actual. Usad en la medida de vuestras posibilidades todos los medios de transmisión de mensajes que os ofrecen hoy la ciencia y la tecnología modernas.
 Pero no debéis olvidar la acción interior del Espíritu Santo que actúa en los corazones de los hombres y, en definitiva, es el artífice de la respuesta de los hombres a la Palabra de Dios (cf. 1 Cor 12,3). Como ministros de la Palabra debéis estar convencidos, como san Pablo, de que "ni el que planta ni el que riega son algo, sino Dios que da el crecimiento" (1 Cor 3,7).

 d) Testimonio de vida y disponibilidad
 La acogida personal de la Palabra de Dios por parte del ministro que ha de proclamarla y explicarla le llevará también a actuar de manera coherente con cuanto enseña. En efecto, aunque la Palabra divina tiene fuerza por sí misma para suscitar la fe y convertir los corazones a Dios, no hay duda de que el testimonio de la vida del sacerdote hace más persuasiva su predicación y refuerza la credibilidad de la Palabra misma.
 En el rito de la ordenación de los presbíteros, el Obispo dice las siguientes palabras a los que son ordenados: "Transmitid a todos la Palabra de Dios que habéis recibido con alegría. Y al meditar la ley del Señor, procurad creer lo que leéis, enseñar lo que creéis y practicar lo que enseñáis" (Homilía; cf. PDV 76).
 Por este motivo debéis sentiros personalmente comprometidos con el ejercicio del ministerio de la Palabra, disponiéndoos para la misión evangelizadora, a imitación de Cristo, enviado "para anunciar la buena noticia a los pobres" (cf. PDV 18) y preparándoos de la mejor manera posible para realizarlo en cada una de sus formas: catequesis, homilía, diálogo pastoral, conferencias, etc. El amor y el interés que pongáis en este ministerio es ya una forma de testimonio y de entrega al servicio de los demás.

11. El ministerio de la Palabra y el ministerio de la santificación

 Antes se ha dicho que el ministerio de la Palabra es la primera función de todo ministro de la Iglesia. En efecto la Palabra de Dios, al suscitar la fe, convoca de hecho a la comunidad cristiana y la dispone para celebrar la Eucaristía y los demás sacramentos. La Iglesia se va edificando poco a poco en cada lugar gracias al ministerio de la Palabra.
 Existe por tanto una profunda conexión entre el ministerio de la Palabra y el ministerio de la santificación y el culto. Así lo recordó expresamente el Concilio Vaticano II al decir: Cristo "no sólo envió a los Apóstoles a predicar el Evangelio a toda criatura y a anunciar que el Hijo de Dios, con su muerte y resurrección nos libró del poder de Satanás... sino también a realizar la obra de salvación que proclamaban mediante el sacrificio y los sacramentos" (SC 6). De aquí deriva la íntima unidad que existe entre la acción evangelizadora y la pastoral litúrgica. El ministerio de la Palabra está presente en esta última para que los fieles se preparen, mediante la conversión y la fe, para celebrar los sacramentos y para cumplir todo cuanto ha enseñado Cristo (cf. SC 9). Los sacramentos son "sacramentos de la fe, que procede de la Palabra y de ella se nutre" (PO 4; cf. SC 35,2; 59).

12. Importancia de la homilía

 En el interior de las celebraciones litúrgicas y como parte de la liturgia misma, se encuentra la homilía, la más sobresaliente de las formas de predicación (cf. CDC, c. 767, 1). No voy a repetir lo que he dicho sobre ella en la Exhortación de comienzo de curso (9). Tan sólo quiero aludir a la que constituye su nota más significativa, que es la mistagogia o "iniciación" de los que toman parte en la acción litúrgica en el misterio celebrado, por medio de la explicación de la Palabra de Dios proclamada y meditada en las lecturas bíblicas y en los salmos de la liturgia del día. 
 Vosotros y yo, hermanos presbíteros, cuando hacemos la homilía en la Misa o en otra celebración, hemos de ser muy conscientes de que somos unos "iniciados" que debemos "iniciar" a los demás fieles en los misterios de Cristo que van apareciendo a lo largo del año litúrgico. Con nuestra homilía contribuímos decisivamente a que "entren en el interior" de lo que se está celebrando, se dejen guiar por el Espíritu del Señor que "conduce hacia la verdad completa" (cf. Jn 16,13-16), y se dispongan a traducir en la propia vida cuanto han vivido y celebrado en la fe. Todo esto significa hacer unas homilías mistagógicas.

13. El ministerio de la Palabra y el ministerio de regir al pueblo de Dios

 El ministerio de la Palabra, al convocar al pueblo de Dios, contribuye también a crear la fraternidad cristiana de los discípulos de Jesús y a edificar la Iglesia en cada lugar "como señal e instrumento de la íntima unión de los hombres con Dios y de la unidad del género humano" (LG 1), es decir, como sacramento de salvación (cf. LG 48; GS 42 y 45; PO 4 y 6). Gracias a todas las formas de este ministerio los presbíteros educan en la fe a todos los fieles y procuran que cada uno cultive su propia vocación en la Iglesia y en la sociedad, y se entregue con libertad al servicio de sus hermanos según las exigencias de la caridad. 
 Hermanos presbíteros, por medio del ministerio de la Palabra váis edificando las comunidades cristianas locales o parroquias, que forman la Iglesia diocesana (10). En la catequesis formáis a los pequeños y a los adultos y los disponéis para confesar la fe, celebrar fructuosamente los sacramentos y vivir como discípulos de Jesús. En la clase de religión ayudáis a vuestros alumnos a armonizar la ciencia y la fe y a responder a las preguntas fundamentales del hombre. En las reuniones de estudio y de convivencia espiritual y pastoral preparáis a los laicos para asumir sus compromisos en la Iglesia y en la sociedad, en la familia y en el mundo del trabajo y de la cultura. Con otras actividades difundís la doctrina de la Iglesia y orientáis los problemas de los hombres según el Evangelio (cf. PO 4). 

 II. LA CUARESMA Y EL MINISTERIO DE LA PALABRA

14. La Cuaresma, tiempo privilegiado para escuchar la Palabra de Dios

 La Cuaresma se ha caracterizado siempre por un gran despliegue de medios pastorales, entre los que sobresale una oferta más abundante de la Palabra de Dios en las lecturas bíblicas de los domingos y de las ferias, en las catequesis de adultos, en las misiones populares, en la preparación del cumplimiento pascual, en los via crucis, en las conferencias cuaresmales y en otros medios.
 Todo esto hace de la Cuaresma un tiempo verdaderamente privilegiado para escuchar la Palabra de Dios. Dada la orientación bautismal y penitencial de este tiempo litúrgico, los catecúmenos que se preparan para recibir los sacramentos de la Iniciación cristiana y los fieles ya bautizados, que recuerdan su propio Bautismo y se disponen a renovar los compromisos bautismales en la Noche de Pascua, son llamados durante la Cuaresma a la conversión y a la Penitencia. En este proceso, que es un verdadero camino pascual para toda la Iglesia, la Palabra de Dios, acogida con humildad y con ánimo sincero, aviva la fe y dispone al hombre para colaborar con la gracia de Jesucristo y con la acción del Espíritu (11).

15. La Palabra de Dios, "alimento" imprescindible 

 El aviso de Jesús que leemos ef el Evangelio del domingo I de Cuaresma y al que ya he aludido: "No sólo de pan vive el hombre, sino de toda Palabra que sale de la boca de Dios" (Mt 4,4; cf. Dt 8,2-5), se convierte en una verdadera consigna para este tiempo de gracia. La convicción de que la Palabra de Dios es el verdadero alimento de los hijos de Dios, tiene mucho que ver también con la práctica del ayuno cuaresmal. 
 En efecto, junto a la dimensión ascética y a la dimensión social y caritativa del ayuno y de la abstinencia (12), ambas obras nos hacen caer en la cuenta de que no podemos conformarnos con la mentalidad de este mundo y con lo que éste puede ofrecernos, sino que es necesario un alimento distinto que nos dé la fuerza necesaria para seguir a Jesucristo. El ayuno cuaresmal se inspira, ciertamente, en el ayuno de Jesús en el desierto (cf. Mt 4,2), pero evoca también el ayuno de Moisés en el Sinaí (cf. Ex 24,18; 34,28), al término del cual recibió la revelación divina (cf. Dt 9,11), y la marcha de Elías a través del desierto, alimentado con un pan misterioso que le fue ofrecido por un ángel (1 Re 19,8). Este pan significa la Palabra de Dios, el alimento espiritual por excelencia, aunque anuncia también el gran don de la Eucaristía (cf. Jn 6,48-52). 

16. En la perspectiva del gran Jubileo del año 2.000

 La Cuaresma es, por tanto, un tiempo especialmente apto para hacer más viva nuestra conciencia de ministros de la Palabra de Dios y más estimulante nuestro amor y nuestro interés por el ministerio de la Palabra. Pero no podemos olvidar que la Cuaresma de 1996, como todo este año, pertenece al final de la fase antepreparatoria del gran Jubileo del 2.000,  de manera que nos viene muy bien para empezar a calentar motores de cara a los próximos años. Como sabéis, siguiendo las indicaciones del Santo Padre Juan Pablo II en la Exhortación Tertio Millennio Adveniente, de 10-XI-1994, en los próximos cursos hemos de asumir una serie de aspectos propios del acontecimiento jubilar (TMA 39 ss.) (13).
 Entre las sugerencias básicas de esta fase antepreparatoria se encuentran la Penitencia y la reconciliación, sin las cuales no será posible el gozo del Jubileo, que "es siempre de un modo particular el gozo por la remisión de las culpas y la alegría de la conversión" (TMA 32). Por eso el Papa ha invitado a toda la Iglesia a hacer un amplio examen de conciencia sobre lo que ha vivido en el último milenio, pero especialmente en este siglo, después del Concilio Vaticano II: La Iglesia, que es santa pero reconoce siempre como suyos a los hijos pecadores (cf. LG 8), "no puede atravesar el umbral del nuevo milenio sin animar a sus hijos a purificarse, en el arrepentimiento, de errores, infidelidades, incoherencias y lentitudes. Reconocer los fracasos de ayer es un acto de lealtad y de valentía que nos ayuda a reforzar nuestra fe, haciéndonos capaces y dispuestos para afrontar las tentaciones y las dificultades de hoy" (TMA 33).

17. Tiempo para un examen de conciencia eclesial

 La Cuaresma, que comienza con la exhortación: "Convertíos y creed en el Evangelio" (Mc 1,15: rito de la ceniza), es una buena ocasión para llevar a cabo este examen de conciencia eclesial. Es posible que este examen no sea fácil para nuestros fieles. En cambio nosotros podemos hacerlo, a título individual y en cuanto pastores del pueblo de Dios que nos ha sido confiado. No para acusar a nadie y menos aún a nuestra Santa Madre la Iglesia, como quizás se ha hecho a veces, en nombre de interpretaciones incompletas y subjetivas del Concilio Vaticano II, sino para reconocernos pecadores delante de Dios por nuestras faltas personales y por nuestras omisiones, retrasos y huídas. Nuestras culpas afean el rostro de la Iglesia y del ministerio sacerdotal y dificultan el acercamiento del Evangelio a los hombres.
 Hago mías estas palabras del Presidente de la Conferencia Episcopal al comienzo de la última Asamblea Plenaria refiriéndose, precisamente, a este examen de conciencia: "Compartimos con nuestros contemporáneos la condición común de los seres humanos, con sus vacilaciones y perplejidades, sus frustraciones y sus alegrías... Somos conscientes de nuestras flaquezas e insuficiencias. Sabemos que entre los obstáculos mayores para lograr que la luz del evangelio llegue a todos los hombres hay que enumerar los fallos y contrasentidos de quienes nos confesamos creyentes en Cristo Jesús" (14).
 Por eso, "si decimos que no hemos pecado, nos engañamos y no somos sinceros; pero si confesamos nuestros pecados, él, que es fiel y justo, nos perdonará los pecados y nos lavará los delitos" (1 Jn 1,8-9). La Cuaresma es "el tiempo favorable" (2 Cor 6,2) para que toda la comunidad eclesial, con nosotros por delante, avance en el espíritu de conversión y de reconciliación, mirando hacia el interior de la Iglesia y mirando también a la sociedad humana. El profeta Joel lo dice también en la primera lectura del miércoles de ceniza: "Entre el atrio y el altar lloren los sacerdotes, ministros del Señor, diciendo: 'perdona, Señor, perdona a tu pueblo'" (Jl 2,17).

18. Invitación al ejercicio del ministerio de la Palabra en la Cuaresma

 Nuestro ministerio y nuestra misión de ministros de la Palabra nos exige anunciar la Palabra de Dios y proclamar el Evangelio de la salvación en todo tiempo y en toda cicunstancia (cf. 2 Tm 4,1-2). Nuestra responsabilidad como ministros de la Palabra al servicio de todos los hombres, creyentes y no creyentes, para comunicarles la verdad del Evangelio (cf. Gal 2,5), es muy grande. Nosotros podemos decir también, como san Pablo: "¡Ay de mí, si no anuncio el Evangelio!" (1 Cor 9,16). 
 Al llegar la Cuaresma es preciso que nos dediquemos al ministerio de la Palabra con mayor empeño y que nos esmeremos en el ejercicio del mismo. A esto nos invitan también los profetas: "Tocad la trompeta en Sión, proclamad el ayuno, convocad la reunión; congregad al pueblo..." (Jl 2,15; cf. Is 58,1). "Esto dice el Señor: a ti, hijo de Adán te he puesto de atalaya en la casa de Israel; cuando escuches palabra de mi boca, les darás la alarma de mi parte..." (Ez 33,7 ss.).

19. Predicar la conversión en la Cuaresma de 1996

 ¿Cómo responder a estas llamadas, precisamente ahora, al comienzo de la Cuaresma de 1996? Si, como he dicho antes, es preciso aplicar el Evangelio a las situaciones concretas de la vida de los hombres, al llegar la Cuaresma nuestra llamada a la conversión y a la Penitencia, no puede quedarse en vagas generalidades. De la misma manera que el hijo pródigo, antes de iniciar el retorno al hogar del Padre (cf. Lc 15,17-19), cayó en la cuenta de su estado miserable, así también es necesario hoy tomar conciencia de la situación (15)
 Habrá que señalar los síntomas del mal y detectar las consecuencias tanto en el plano personal, la ruptura de la comunión con Dios y el daño que hace al hombre mismo, como en el plano social y eclesial, ya que el pecado separa también de la comunión de la Iglesia e infiere también un perjuicio a los demás hermanos (cf. LG 11; SC 109, b). Pero habrá que anunciar, sobre todo, la misericordia del Padre, dispuesto siempre a acoger a los hijos que se han alejado del hogar paterno y a devolverles su dignidad filial (cf. Lc 15,11-24) (16)
 Por este motivo nuestra predicación cuaresmal de 1996 deberá fijarse en el deterioro moral que se produce entre nosotros, pero destacando también los valores que permiten abrigar la esperanza de que es posible construir entre todos una sociedad más justa y fraterna. Obviamente, en coherencia con el camino que nos va señalando la Cuaresma a lo largo de las seis semanas que la integran.

20. Algunas realidades especialmente preocupantes

 Cada uno de nosotros, estimados hermanos presbíteros, al preparar las catequesis de adultos o las conferencias cuaresmales o, sencillamente, al redactar la homilía del domingo y de algunas ferias de Cuaresma, junto a la meditación de los contenidos salvíficos que nos ofrecen las lecturas de la Palabra de Dios de este tiempo, debemos preguntarnos sobre qué realidades de nuestra vida y de la vida de nuestro pueblo es preciso proyectar hoy la luz salvadora del Evangelio, para llamar de una manera más directa a la conversión y al cambio de conducta.
 Con una mirada que quiere ser de amor hacia nuestro pueblo y de profundo respeto a las personas, me atrevo a señalar algunas de estas realidades:

 a) Una religiosidad que necesita ser clarificada
 En nuestros pueblos se constata todavía un transfondo de fe y de vida cristiana, especialmente patente en las personas de más edad. Estas personas, por otra parte, son muy fieles a unas prácticas religiosas a las que sin duda saben darles un sentido profundo y auténtico. Sin embargo este sentido escapa a las generaciones más jóvenes, que tienden a identificar las manifestaciones religiosas con meras expresiones de la cultura de nuestro pueblo y que se apuntan a ellas sin mayores compromisos de conducta, y sin el acompañamiento de una concepción de la vida en la que Dios está por encima de todo. ¿No estaremos los pastores condescendiendo demasiado en el mantenimiento de unas formas de religiosidad sin la debida clarificación y renovación, desde las exigencias del culto verdadero y de la necesaria caridad práctica, a la luz de la Palabra de Dios y tal como la misma Iglesia está pidiendo (17)?

 b) La crisis de la familia
 La familia goza todavía de gran estima en esta región, de manera que sigue siendo un espacio de amor y de integración entre generaciones, a pesar del deterioro que están provocando los cambios sociales, el consumismo y el materialismo. Nuestras familias se sienten perplejas ante las ideas dominantes sobre la transmisión de la vida y la sexualidad al margen de toda legítima unión matrimonial, etc. A esto se añaden la falta de ayuda y de protección legal a la familia y las dificultades económicas de todos conocidas. El resultado está a la vista: la familia deja de tener el peso que le corresponde en la comunicación de valores en la sociedad y el índice de natalidad es bajísimo, con el consiguiente envejecimiento acelerado de la población. 
 Pero a los pastores nos debe preocupar también la dejación de los padres en la educación religiosa y moral de sus hijos, a los inculcan en cambio el afán de tener y de disfrutar y con los que se muestran particularmente egoístas cuando descubren signos de una posible vocación al ministerio sacerdotal o a la vida religiosa. Muchas familias se han apartado de la Iglesia porque no han encontrado una ayuda y un auténtico acompañamiento para asumir prácticamente la belleza de la vida familiar que la misma Iglesia enseña. 

 c) Los problemas de los jóvenes 
 Los adolescentes y los jóvenes de nuestra ciudad y de nuestros pueblos no se diferencian apenas de los que viven en otras zonas de España, tanto en los valores como en los defectos. En las parroquias hay grupos juveniles que se preparan para recibir el sacramento de la Confirmación, y no faltan muchachos y muchachas que quieren vivir su fe cristiana siendo generosos, sinceros y solidarios. Pero llegan los fines de semana y sucumben al ambiente de evasión y se dejan llevar de la "movida" hasta altas horas de la madrugada, bebiendo, matando el tiempo o buscando sensaciones nuevas. Da la impresión de que, al menos, una parte de los jóvenes han renunciado a ser creativos hasta en la misma manera de romper con la rutina cotidiana.
 Ante la desesperación de muchos padres y educadores, responden diciendo que lo hacen todos, de manera que hasta los jóvenes cristianos aceptan este fenómeno como algo normal y entran en él. ¿Estamos ante una moda pasajera, ante una forma "cultural", ante un verdadero negocio a cuenta de los jóvenes, ante una reacción frente al fracaso escolar y el paro juvenil, ante una consecuencia de la falta de valores? Probablemente todas estas causas influyen, pero de hecho estamos ante un reto muy difícil de analizar y de resolver.

 d) El clima social generalizado de quiebra moral 
 Aunque vivimos en un apartado rincón de la geografía, la desaparición de fronteras, el turismo y la invasión de los hogares por la televisión y por una prensa superficial están produciendo un tipo de hombres y de mujeres que no parecen aspirar a otra cosa que a conseguir el mayor bienestar posible a costa de lo que sea, y para los que "todo vale" con tal de tener dinero, poder o influencia. 
 A esto se añaden la ausencia de empeño por el trabajo bien hecho y la falta de profesionalidad, el recurso a la simulación y a la mentira, la violación de los compromisos contractuales y económicos, el servirse de los cargos políticos en beneficio propio, etc. El resultado es lo que acaba de denunciar la reciente Instrucción pastoral "Moral y sociedad democrática", aprobada en la LXV Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal. Con mis hermanos obispos reconozco que "son numerosos los escándalos que abruman a la opinión pública, crean un clima bastante generalizado de desconfianza y de desmoralización y denotan una grave quiebra de la moral pública y privada" (18).

 e) La indiferencia general ante la situación de pobreza
 El que sigue asiduamente las informaciones locales que ofrecen los distintos medios de comunicación, corre el riesgo de creer que vivimos en un pueblo que no hace otra cosa que divertirse, organizar fiestas y mantener viejas tradiciones. A parte los accidentes de tráfico o de otro tipo y las últimas crecidas de los ríos, o la crónica de la política municipal y alguna que otra convocatoria cultural, son muy escasas las noticias que tienen un verdadero interés humano y social en las comarcas en las que está situada nuestra diócesis. 
 Uno se pregunta si es que la vida de nuestro pueblo no da más de sí, de manera que los informadores se limitan a reflejar la actualidad diaria, o es que el trabajo y el esfuerzo por mejorar las condiciones de vida es tan callado y tan silencioso que no transciende a la opinión pública. ¿No será que falta conciencia en las personas y en los grupos sociales, de que vivimos en una de las mayores bolsas de pobreza no sólo de Europa sino de España y aun de Castilla y León? ¿Podemos seguir con esta pasividad y falta de iniciativa, sin salir del lamento y del derrotismo de las conversaciones? Los cristianos, especialmente los jóvenes, tienen algo que hacer en la búsqueda de unas mejores condiciones de vida para nuestro pueblo, sin desdeñar una participación más dinámica, comprometida y transformadora en los diferentes campos de la vida social y pública.

21. Tareas para la Cuaresma de 1996

 Estas realidades que acabo de apuntar nos preocupan a todos los pastores, pero muchas veces no sabemos qué hemos de hacer. ¿No será que nosotros también nos sumamos al coro de los que se lamentan de la situación presente y se conforman con ver cómo todos estos males se apoderan de nuestra sociedad y de nuestro pueblo?
 Aunque la mayor parte de las realidades apuntadas antes entran de lleno en el campo de la acción temporal de los laicos, nosotros los pastores no podemos inhibirnos. Ahí tenemos los imperativos de la moral cristiana, de la que es una parte muy importante la doctrina social de la Iglesia. Es cierto que nosotros no podemos entrar directamente en el campo propio de los ciudadanos de este mundo, pero es deber nuestro formar cristianos capaces de orientar los asuntos temporales de acuerdo con el Evangelio y de empeñarse en las tareas de la familia, de la educación, del trabajo, de la cultura, del ocio, etc. siguiendo los imperativos de la caridad y del servicio al prójimo.
 Durante la Cuaresma de este año tratemos de iluminar la relación profunda entre la vida con la fe y con la moral cristiana, en la perspectiva del discernimiento a que nos lleva la Palabra de Dios. Debemos ir a la raíz de los problemas y alentar a los laicos más cercanos a la Iglesia, como catequistas, miembros del Consejo parroquial, componentes de los movimientos apostólicos y de espiritualidad, estudiantes de teología y de religión, etc., e incluso a los católicos presentes en la vida pública y a los llamados a estarlo, a reflexionar seriamente sobre todos estos temas y a actuar en consecuencia. Nos será de gran utilidad volver a leer la Instrucción pastoral de la Conferencia Episcopal Española "La verdad os hará libres", de 20-XI-1990 (19), y estudiar también la recientemente aprobada "Moral y sociedad democrática", para llevar sus contenidos a las reuniones de grupos y a los encuentros de formación, a las conferencias cuaresmales y a la predicación homilética.
 Otras tareas concretas podrían ser el analizar con los laicos las manifestaciones de la religiosidad popular, el promover la lectura del Evangelio en familia, el invitar a los jóvenes a que reflexionen sobre sus propios problemas y los de la sociedad, el diálogo con los cristianos se dedican a la política, la creación y el fomento de Caritas en las parroquias, etc.

22. Otros medios pastorales de la Cuaresma

 En orden al ejercicio del ministerio de la Palabra durante la Cuaresma no podemos olvidar la importancia del Leccionario de la Misa. Para hacer más eficaz la proclamación de las lecturas, es altamente recomendable la homilía en algunas ferias de Cuaresma, como ya he dicho. Una monición oportuna ayudará a penetrar en el sentido de las lecturas. El salmo responsorial, cantado o bien recitado alternando con el canto de su respuesta propia o de otra adecuada, es un momento meditativo y asimilativo de la Palabra divina. 
 Igualmente son recomendables las celebraciones de la Palabra de Dios, estructuradas a semejanza de la liturgia de la Palabra de la Misa, los domingos o en algunas ferias de Cuaresma (cf. SC 35, 4). Entre estas celebraciones se encuentran las denominadas celebraciones penitenciales -no se las confunda con las destinadas a reconciliar a varios penitentes con confesión y absolución individual (Rito B)-. Estas celebraciones constituyen una óptima preparación para recibir el sacramento de la Penitencia (cf. Ritual de la Penitencia, nn. 36-37). 
 Las conferencias cuaresmales o catequesis de adultos, orientadas generalmente al cumplimiento pascual, procuren tener en cuenta las necesidades pastorales de cada lugar y tener una buena fundamentación bíblica de sus contenidos, sin que falte, entre los compromisos que se propongan, la invitación a conocer mejor la Sagrada Escritura y a leerla en privado y en familia.
 Los ejercicios piadosos propios de este tiempo, especialmente el Via Crucis, son muy adecuados para ofrecer al pueblo una sencilla pero muy eficaz espiritualidad bíblica. Con prudencia es conveniente sustituir textos poco apropiados, por la Sagrada Escritura, independientemente de que, a continuación, se añada una lectura de un Padre de la Iglesia o de un autor espiritual reconocido. Lo mismo es conveniente hacer al comienzo de los misterios del Santo Rosario.

23. El sacramento de la Penitencia en la Cuaresma

 La dimensión penitencial de la Cuaresma constituye también una invitación a destacar en este tiempo la importancia del sacramento de la Penitencia para la vida cristiana. Prácticamente en todas las parroquias de la diócesis se intensifica la dedicación de los sacerdotes a este ministerio, ofreciéndose incluso un admirable ejemplo de ayuda mutua de cara a facilitar a los fieles el cumplimiento pascual. 
 No es necesario insitir en las ventajas de este sacramento para la vida cristiana. Tan sólo quiero invitaros a los presbíteros a que cuidéis la celebración de la reconciliación, tanto el rito para reconciliar a un solo penitente (el Rito A) como el rito para reconciliar a varios penitentes con confesión y absolución individual (el Rito B). Es muy conveniente que el examen de conciencia y los demás actos del penitente se hagan a continuación de una lectura de la Palabra de Dios. Por medio de su Palabra, el Señor llama verdaderamente a la penitencia y conduce a los hombres a la conversión del corazón.
 En la reconciliación de un solo penitente, si no se dispone de unos textos impresos que se pueden leer antes de proceder a la celebración del rito, podéis recitar de memoria alguna frase del Evangelio como sugiere el Ritual de la Penitencia (nn. 87-93) (20), antes de que el fiel inicie la confesión de los pecados y manifieste su contrición. En la celebración con el Rito B son suficientes las lecturas proclamadas. Pero, en este caso, elíjanse principalmente las que llaman a la conversión y a una mayor imitación de Jesucristo, propongan el misterio de la reconciliación por la muerte y resurrección del Señor y como don del Espíritu Santo, y manifiesten el juicio de Dios sobre el bien y el mal en la vida de los hombres, para ilumniar y examinar la conciencia.

 Conclusión
24. Invitación final

 Queridos hermanos presbíteros: Comenzamos la Cuaresma avivando nuestra conciencia de ministros de la Palabra de Dios. Durante estos cuarenta días de preparación para la Pascua, estamos llamados a caminar delante de nuestro pueblo orientándole con la luz de Cristo, alimentándole con el verdadero pan de la Palabra divina y tratando de ayudarle también con nuestro propio testimonio de conversión y de búsqueda del rostro de Dios. 
 En la perspectiva de la celebración del gran Jubileo del año 2.000, la Cuaresma de este año debe ayudarnos a todos a prepararnos para acoger el don de la misericordia de Dios, promoviendo al mismo tiempo el anuncio del Evangelio de Jesucristo a todos los hombres sin excepción.
 Que el Señor os conceda, ya desde el itinerario cuaresmal, una santa y fructuosa celebración de la Pascua.

   Ciudad Rodrigo, 21 de febrero de 1996
   Miércoles de Ceniza

   + Julián, Obispo de Ciudad Rodrigo

    

1. La Palabra de Dios en la Iniciación cristiana y en la vida de la comunidad parroquial, Exhortación pastoral ante el curso 1995-1996, Boletín Oficial del Obispado, sept.-oct. 1995, 405-437, y en separata.
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2. La comunidad cristiana en el camino hacia la Pascua, Exhortación pastoral, Boletín Oficial del Obispado, marzo-abril 1995, 87-113, y en separata.
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3. Cf. Mt 5,17; 11,13; Lc 24,44; Jn 1,45; Hch 13,15; Hb 1,1-2.
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4. Cf. LG 10; 35; CatIC 904-907.
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5. Cf. LG 26; 28; 29; CatIC 888-892; 1558; 1564-1565; 1570.
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6. Cf. Mt 28,18-20; Mc 16,15; Lc 24,49; Jn 20,21-22.
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7. Juan Pablo II, Catequesis en la audiencia general del 21-IV-1993, en Ecclesia 2.632 (1993) 733.
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8. Véase el Directorio sobre el ministerio y la vida de los presbíteros, Libreria Ed. Vaticana, n. 45.
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9. Véanse los nn. 21-22.
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10. Véase el cap. II de la Exhortación pastoral La comunidad parroquial al servicio de la Evangelización hoy, del curso 1994-95, Boletín Oficial del Obispado, oct. 1994, 567-590.
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11. Véase Ordenación de las Lecturas de la Misa, en los Leccionarios, n. 9.
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12. Véase la Exhortación La comunidad cristiana en el camino de la Pascua, cit., n. 31.
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13. En este sentido véase el n. 5 de la Exhortación pastoral de comienzo del curso 1995-96.
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14. LXV Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española, Discurso inaugural del Excmo. y Rvdmo. Sr. D. Elías Yanes, Madrid 1986, n. 5.
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15. En este sentido remito a la I parte de la Exhortación cuaresmal del año pasado, en la que me refería a una serie de sombras y de fallos que denotaban el grave clima de deterioro moral de nuestra sociedad (cf. los nn. 3, y 8-10).
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16. Véase la II parte de la misma Exhortación (nn. 12 y ss). 
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17. Véase Pablo VI, Exhortación Apostólica Evangelii Nuntiandi, de 8-XII-1975, n. 48.
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18. Moral y sociedad democrática, Madrid 14 de febrero de 1996, n. 1.
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19. Véase el Boletín Oficial del Obispado de enero de 1991, pp. 43-83; y Ecclesia 50 (1990) 1764-1783.
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20. Por ejemplo: "Confía, hijo, tus pecados te son perdonados" (Mt 9,2).
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