| SUMARIO
Introducción
1. Balance de este primer año
2. La aplicación del objetivo
del curso 1994-1995
3. Ante un nuevo objetivo pastoral
diocesano
I. LA INICIACION CRISTIANA
EN LA VIDA DE LA IGLESIA
4. Importancia de la Iniciación
cristiana en la actualidad
5. "En el umbral del Tercer Milenio"
6. ¿Qué es la Iniciación
cristiana?
7. Finalidad y elementos que integran
la Iniciación cristiana
8. Dificultades actuales de la Iniciación
cristiana
9. La Iniciación cristiana
en la vida de la Iglesia
10. La Palabra de Dios en la Iniciación
cristiana
II. REVALORIZAR LA PALABRA
DE DIOS
11. Uno de los mayores frutos del
Concilio Vaticano II
12. El amor a la Palabra de Dios
entre nosotros
13. El misterio de la Palabra de
Dios
14. Dios nos habla en la Sagrada
Escritura
15. Cristo resucitado, centro y
clave de toda la Escritura.
16. La Iglesia, reunida por la Palabra
de Dios y misionera
17. La evangelización como
anuncio actual del Evangelio
18. La catequesis fundamentada en
la Palabra de Dios
19. La liturgia, lugar privilegiado
para escuchar la Palabra de Dios
20. La función del lector
21. El ministerio de la homilía
22. Preparación y celebración
de la homilía
23. La "lectura divina" de la Palabra
de Dios
24. Cómo hacer la "lectura
divina" de la Palabra de Dios
25. La Biblia en la familia
26. La aplicación de la Palabra
de Dios a la vida de los hombres
27. La interpretación de
la Escritura en el contexto de la vida
A modo de conclusión
28. Indicaciones operativas
29. Invitación final
LA PALABRA DE DIOS EN LA
INICIACION CRISTIANA Y EN LA VIDA DE LA COMUNIDAD PARROQUIAL
Exhortación
pastoral ante el curso apostólico 1995-1996
Introducción
Queridos hermanos presbíteros,
religiosas y fieles laicos de Ciudad Rodrigo:
Está a punto de cumplirse
un año desde que fui ordenado obispo para esta amada Iglesia Civitatense.
La costumbre, ya consolidada, de presentar el objetivo diocesano al comienzo
del curso, mediante una Exhortación pastoral, me permite dirigiros,
con este motivo, un saludo cordial lleno de gratitud hacia el Señor
y hacia todos vosotros.
Para ello hago mías
estas palabras de san Pablo: "Doy gracias a mi Dios cada vez que me acuerdo
de vosotros. Siempre que rezo por todos vosotros lo hago con gran alegría,
a causa de vuestra colaboración en la obra del Evangelio desde el
primer día hasta hoy. Tengo la confianza de que el que comenzó
en vosotros la obra buena, la llevará adelante hasta el día
de Cristo Jesús. Lo que siento por vosotros está plenamente
justificado, pues os llevo en el corazón, porque... todos compartís
la gracia que me ha tocado. Testigo me es Dios de lo entrañablemente
que os quiero en Cristo Jesús" (Fil 1,3-8).
1. Balance de este primer año
Tengo muchos motivos para dar
gracias. Este primer año me ha permitido conoceros y apreciaros.
He podido encontrarme con todos los presbíteros diocesanos que trabajan
en la diócesis, e incluso con algunos de los que están fuera
de ella, con los seminaristas y con las comunidades religiosas, con movimientos
apostólicos y de espiritualidad, con los ancianos y enfermos acogidos
en las residencias, con los alumnos de religión de algunos centros
de enseñanza, con grupos de Confirmación y con otros jóvenes.
He estado en unas cuarenta parroquias para celebrar la Eucaristía
el domingo y en fiestas patronales, para administrar el sacramento de la
Confirmación y para otros actos.
En todas partes he sido acogido
con alegría y con un gran cariño. He podido comprobar el
concepto tan elevado que tenéis del ministerio del Obispo en la
comunidad cristiana. Vosotros me habéis mostrado la realidad diocesana,
la situación humana, religiosa y apostólica de nuestra Iglesia,
y los gozos y las esperanzas, las dificultades y las preocupaciones de
nuestro pueblo. Me habéis transmitido vuestra confianza en la ayuda
de Dios y vuestra perseverancia y tenacidad. Por eso podremos desarrollar
unas líneas de acción pastoral preferente, en continuidad
con quienes nos han precedido en el servicio de la Iglesia Civitatense
y mirando al futuro inmediato (1).
El pasado curso se han renovado
también los arciprestes, el Consejo de Economía y el Consejo
Presbiteral, y se han reorganizado las Delegaciones y Secretariados de
pastoral.
2. La aplicación del objetivo
del curso 1994-1995
Ahora hace un año, yo
asumía el objetivo pastoral elegido para el curso apostólico
1994-1995: Potenciar la comunidad parroquial como lugar propio para la
acogida de la Palabra de Dios, para la celebración de la fe y para
el servicio de la caridad. El objetivo se centraba en la parroquia, "modelo
de apostolado comunitario" (cf. AA 10) y "célula de la diócesis"
(cf. CD 11).
Al realizar el balance de
lo que ha representado este curso se constata la existencia de realidades
pequeñas pero significativas de una comunidad, realidades de tipo
litúrgico y festivo y de solidaridad en los momentos de dolor. Existen
además grupos de adultos que se reúnen con fines catequéticos
y de colaboración con la parroquia tanto en la celebración
dominical como en la acción social y caritativa. En muchas parroquias
hay grupos de catequistas y en algunas Junta Parroquial y Consejo de Pastoral.
Ante las dificultades que se encuentran en la programación y en
la actuación pastoral, tanto a nivel parroquial como arciprestal,
se postula una mayor corresponsabilidad y participación de los laicos.
La programación diocesana incide todavía poco en las parroquias,
pero se va comprendiendo la necesidad de trabajar conjunta y fraternalmente,
y de superar el aislamiento pastoral y la dispersión de criterios.
Puede parecer escaso el resultado
del objetivo del curso pasado, pero no se puede olvidar que la programación
pastoral diocesana no queda reducida a la formulación de un objetivo
y de unas acciones que han de realizarse de acuerdo con un plan y un calendario.
En realidad todos los objetivos pastorales de los años precedentes
siguen abiertos en cuanto cauces de reflexión y de mentalización,
y en cuanto hitos que marcan una ruta. En este sentido permitidme recordar
de nuevo que los objetivos pastorales de los últimos años
son "un camino recorrido hacia unas metas que comprenden un espíritu
apostólico y un estilo pastoral, y que contribuyen a configurar
la sensibilidad misionera e integradora de los distintos aspectos de la
presencia y de la acción de la Iglesia en nuestro pueblo" (2).
El "espíritu apostólico"
y el "estilo pastoral" no son otros que la evangelización y la misión
que corresponden, en esta tarea, a la Iglesia local y particular.
3. Ante un nuevo objetivo pastoral
diocesano
La perspectiva de un nuevo
curso apostólico pedía determinar un nuevo objetivo pastoral.
Y en efecto, después de meditarlo con ayuda de la Vicaría
de Pastoral y del Clero, el 27 del pasado mayo propuse al Colegio de Consultores,
dado que todavía no estaba constituido el nuevo Consejo Presbiteral,
y el 28 de junio a los Arciprestes y Delegados diocesanos, el siguiente
objetivo para el curso 1995-1996: Revalorizar la Palabra de Dios en la
Iniciación cristiana y en la vida de la comunidad parroquial.
Ahora bien, poner en marcha
un nuevo objetivo pastoral diocesano supone una voluntad de continuidad
y al mismo tiempo de avance. Continuidad en "el espíritu apostólico"
y en el "estilo pastoral" señalados antes. En concreto el objetivo
pastoral del curso pasado nos permitió acentuar la importancia de
la comunidad parroquial dentro de la Iglesia particular, para llevar a
cabo la acción evangelizadora y cualquier otra tarea eclesial.
El avance se produce no sólo
en lo que tiene de nuevo el objetivo de 1995-1996, sino también
en el propósito de que este objetivo se inscriba en un proyecto
más amplio que comprenda varios años. Alguna vez se ha hablado
de la conveniencia de perfilar objetivos que no limiten su vigencia a un
solo curso pastoral.
A esto se añade el
hecho de que toda la Iglesia ha sido convocada por el Papa Juan Pablo II
a prepararse para el Jubileo del año 2000 por medio de una serie
de iniciativas de tipo espiritual y de tipo operativo apuntadas en la Carta
Apostólica Tertio Millenio Adveniente ("En el umbral del Tercer
Milenio") (3).
Lo que sigue es una reflexión
de carácter doctrinal y práctico sobre el alcance del objetivo
para el próximo curso. Pero hecha en dos partes, una primera dedicada
a lo que va a ser la constante de los objetivos pastorales de los próximos
cursos, la Iniciación cristiana, y una segunda que afecta de manera
más directa al objetivo de 1995-1996.
I. LA INICIACION CRISTIANA
EN LA VIDA DE LA IGLESIA
En efecto, el contenido del
objetivo pastoral del próximo curso es la revalorización
de la Palabra de Dios. Ahora bien, esta revalorización ha de hacerse
en el marco concreto de la Iniciación cristiana y, en general, en
todo el ámbito de la vida de la comunidad parroquial.
Este aspecto de la Iniciación
cristiana, que va a estar presente en los objetivos pastorales de los próximos
años, es el que ahora quiero tratar antes de referirme al contenido
del objetivo concreto para el próximo curso.
4. Importancia de la Iniciación
cristiana en la actualidad
¿Por qué se ha
pensado precisamente en la Iniciación cristiana como factor de continuidad
de los objetivos diocesanos? Es indispensable responder a esta pregunta
para comprender mejor lo que pretendemos. No ha sido solamente para contar
con un objetivo que dure varios años. Existen además otras
razones.
En primer lugar la preocupación,
bastante generalizada entre los sacerdotes, los catequistas y otros colaboradores
de la pastoral de la comunidad cristiana por el modo como se producen en
la actualidad la entrada en la Iglesia y la formación cristiana
de los creyentes. Esta preocupación, que no es diferente de la inquietud
por la evangelización como misión esencial de la Iglesia,
en realidad se fija en un aspecto que es fundamental también: ¿cómo
estamos haciendo cristianos hoy?, ¿cómo introducimos a los
niños, a los jóvenes, a los adultos, en la vida de la comunidad
eclesial de manera que permanezcan en ella como verdaderos discípulos
de Jesús y miembros vivos de su cuerpo. La incorporación
a Cristo y a la Iglesia, con todo lo que lleva consigo, es lo que se conoce
con el nombre de Iniciación cristiana.
Expresión de la preocupación
aludida ha sido el XV Encuentro de Arciprestes que tuvo lugar en Villagarcía
de Campos del 6 al 10 de marzo de este mismo año, organizado por
la Secretaría pastoral de la Iglesia en Castilla y al que asistieron
nuestros actuales Arciprestes.
5. "En el umbral del Tercer Milenio"
En segundo lugar tenemos también
la invitación, ya mencionada, del Papa Juan Pablo II en la Carta
"En el umbral del Tercer Milenio". Resulta significativa la dimensión
catequética y sacramental, con su transfondo teológico y
pastoral, que el Santo Padre quiere dar a la preparación del Jubileo
del año 2000. Partiendo de la "articulación de la fe cristiana
en palabra y sacramento", que da lugar a la estructura que une "la memoria"
y "la celebración", para que no nos limitemos "a recordar el acontecimiento
sólo conceptualmente, sino haciendo presente el valor salvífico
mediante la actualización sacramental" (TMA 31), Juan Pablo II propone:
- para el curso 1996-1997
la reflexión catequética sobre Cristo (TMA 40) y la actualización
sacramental del Bautismo como fundamento de la existencia cristiana (TMA
41), en orden a fortalecer la fe y el testimonio de los cristianos (TMA
42);
- para el curso 1997-1998
la reflexión sobre el Espíritu Santo en la Iglesia (TMA 44)
y la actualización de su acción sobre todo en la Confirmación
(TMA 45), para redescubrir la esperanza (TMA 46);
- para el curso 1998-1999
la reflexión sobre el Padre misericordioso (TMA 49) y la celebración
de la Penitencia (TMA 50), para un mayor compromiso de amor con la justicia
y con los pobres (TMA 51-52);
- para el curso 1999-2000
el objetivo será la glorificación de la Trinidad, especialmente
en el sacramento de la Eucaristía (TMA 55).
Es fácil percibir la
presencia de los sacramentos de la Iniciación cristiana en la preparación
del Jubileo del año 2000. Por eso este programa constituye una buena
referencia para los objetivos de los próximos años. Pero
también para el curso 1995-1996, puesto que el Papa nos invita en
su Carta apostólica citada a volver una vez más al Concilio
Vaticano II, y a examinar, entre otros factores, "en qué medida
la Palabra de Dios ha llegado a ser plenamente el alma de la teología
y la inspiradora de toda la existencia cristiana" (TMA 36).
6. ¿Qué es la Iniciación
cristiana?
Para llevar adelante el objetivo
del próximo curso y los que nos marquemos en años sucesivos
en relación con la Iniciación cristiana, es indispensable
tener un concepto claro de lo que significa esta expresión en el
vocabulario cristiano.
Ya se ha aludido antes a la
preocupación sobre el modo como se produce hoy la incorporación
de los hombres a la Iglesia. En esta preocupación subyace la inquietud
por la evangelización. En efecto, la Iniciación cristiana
está intimamente ligada a la acción evangelizadora. Más
aún, la evangelización como primer anuncio de Jesucristo,
no sólo precede a la Iniciación cristiana sino que configura
también toda acción posterior de tipo catequético
o formativo de los fieles.
El Catecismo de la Iglesia
Católica, inspirado en las Observaciones generales de la Iniciación
cristiana que aparecen en el Ritual del Bautismo de los Niños y
en el Ritual de la Iniciación cristiana de los Adultos, ofrece un
concepto básico de la Iniciación cristiana. La Iniciación
cristiana consiste en la "participación en la naturaleza divina
que los hombres reciben como don mediante la gracia de Cristo" (Catecismo,
n. 1212) y "se realiza mediante el conjunto de los tres sacramentos: el
Bautismo, que es el comienzo de la vida nueva; la Confirmación,
que es su afianzamiento; y la Eucaristía, que alimenta al discípulo
con el Cuerpo y la Sangre de Cristo para ser transformado en él"
(Catecismo, n. 1275) (4)4.
Ahora bien la Iniciación
cristiana está íntimamente unida y depende en cierto modo
de la Catequesis o "educación en la fe de los niños, de los
jóvenes y de los adultos, que comprende especialmente una enseñanza
de la doctrina cristiana, dada de modo orgánico y sistemático
con miras a iniciarlos en la plenitud de la vida cristiana" (Catecismo,
n. 5).
Según esto la Iniciación
aparece como la serie de actos y de etapas sucesivas que debe seguir hasta
su plena integración en la comunidad cristiana todo el que es admitido
en la Iglesia. En clara analogía con las primeras fases de la vida
humana, a saber, el nacimiento, el sustento y el desarrollo, la Iniciación
pone los fundamentos de toda la existencia cristiana (cf. Catecismo, n.
1212). Pero la Iniciación cristiana es también un proceso
socializador, que introduce gradualmente a las personas en un grupo y en
una forma de vida, en este caso, la comunidad de los discípulos
de Jesús, la Iglesia.
7. Finalidad y elementos que integran
la Iniciación cristiana
"Desde los tiempos apostólicos,
para llegar a ser cristiano se sigue un camino y una iniciación
que consta de varias etapas. Este camino puede ser recorrido rápida
o lentamente. Y comprende siempre algunos elementos esenciales: el anuncio
de la Palabra, la acogida del Evangelio que lleva a la conversión,
la profesión de fe, el Bautismo, la efusión del Espíritu
Santo, y el acceso a la comunión eucarística" (Catecismo,
n. 1229).
El conjunto de elementos catequéticos,
litúrgicos y morales, indispensables para llevar a cabo el proceso
de la Iniciación cristiana, hace posible la opción personal,
libre y consciente de quienes entran en la Iglesia, para que alcancen la
madurez en la fe y asuman responsablemente su vocación y su misión
en la comunidad.
En este sentido la Iniciación
cristiana tiene, entre otros, los fines siguientes: "el despertar religioso,
la iniciación en la oración personal y comunitaria, la educación
de la conciencia moral, la iniciación en el sentido del amor humano,
del trabajo, de la convivencia y del compromiso en el mundo, dentro de
una perspectiva cristiana" (5)5.
La Iniciación cristiana,
manteniendo los elementos y los fines esenciales, ha variado mucho a lo
largo de los siglos. Pero siempre ha tenido un comienzo, un camino y una
meta. En la Iglesia antigua comprendía un tiempo de Catecumenado
y una serie de ritos preparatorios que jalonaban litúrgicamente
el itinerario y que desembocaban en la celebración de los tres sacramentos
de la Iniciación. Esta forma ha sido restaurada por el Concilio
Vaticano II para los países de misión (cf. SC 64), y es la
prevista también para los adultos y para los niños en edad
escolar no bautizados (6).
En el caso de los hijos de
padres cristianos el comienzo de la Iniciación cristiana es el Bautismo
en la fe de la Iglesia, al que siguen la catequesis de la comunidad y la
celebración de los otros sacramentos. El Bautismo de niños,
por su naturaleza, exige un Catecumenado postbautismal, no sólo
en orden a alcanzar una instrucción adecuada sino también
para desarrollar la gracia bautismal e integrarla en el crecimiento de
la persona.
En todos los casos la meta es siempre
la plena y consciente integración de los hombres en la comunión
y en la misión de la Iglesia, cuerpo de Cristo y sacramento de salvación
en medio del mundo.
Por tanto la Iniciación
cristiana no consiste sólo en la celebración de los sacramentos
del Bautismo, de la Confirmación y de la Primera Eucaristía,
aunque estos momentos rituales constituyen de hecho la cumbre de todo el
proceso. La Iniciación cristiana tampoco se reduce a la catequesis
general y a las catequesis presacramentales. Es decir, no es un mero programa
educativo de la fe ni una preparación para el compromiso cristiano,
ni siquiera en el caso de los adultos en proceso de redescubrimiento o
de maduración de su fe. La Iniciación cristiana comprende
a la vez todos los aspectos señalados, conectados entre sí.
8. Dificultades actuales de la Iniciación
cristiana
Sin embargo no es fácil
lograr, tanto a nivel diocesano como parroquial, que la Iniciación
cristiana se lleve a cabo de forma unitaria, global, coherente e integradora
de todos los aspectos que están implicados en ella, porque afecta
simultáneamente y de manera directa a la pastoral del Bautismo de
los niños, con la preparación de los padres y padrinos; a
la catequesis de la infancia y de la adolescencia; a la pastoral de las
Primeras Comuniones y a la iniciación al sacramento de la Penitencia;
a la pastoral de la Confirmación; al catecumenado y a la catequesis
de los niños no bautizados en edad escolar y a la de los adultos
que no recibieron una formación cristiana suficiente o que deben
completar su Iniciación, por ejemplo, los novios que no se han confirmado
aún.
De manera indirecta tienen
que ver también con la Iniciación cristiana la pastoral familiar
y la preparación para el matrimonio; la enseñanza religiosa
en las etapas primaria y secundaria; la pastoral juvenil y la pastoral
vocacional; otras modalidades de la catequesis de adultos, distintas de
la apuntada antes; la pastoral de la Eucaristía dominical y festiva,
etc.
Por otra parte las acciones
pastorales concretas que tienen que ver con la Iniciación cristiana
no siempre están bien coordinadas y, en ocasiones, adolecen de planteamientos
distintos. Esto ocurre, por ejemplo, cuando en la catequesis se pretende
tan sólo transmitir ideas o actitudes de comportamiento sin cuidar
la dimensión expresiva y celebrativa de la fe. Y también
cuando, de cara a la celebración de los sacramentos, no se atiende
suficientemente al nivel de fe ni a la preparación catequética
exigidos por la Iglesia. O cuando, en la celebración misma, se olvida
la dimensión nutritiva de la misma fe que tienen los sacramentos
y todos los signos litúrgicos establecidos.
9. La Iniciación cristiana
en la vida de la Iglesia
La Iniciación cristiana
está en el origen no sólo de la vida de la fe personal de
cada uno de los cristianos, sino también de toda la comunidad eclesial,
ya que es un proceso socializador, como se ha dicho antes. Por eso la atención
y el enfoque que se prestan a la Iniciación determinan en gran medida
la orientación pastoral de una Iglesia local, tanto a nivel parroquial
como diocesano.
Por este motivo la pastoral
de la Iniciación cristiana afecta no solamente a los que han de
ser introducidos en la Iglesia, sino también a toda la comunidad
eclesial. Es toda la Iglesia particular la que ha de interesarse por esta
realidad y colaborar en ella, imitando la pedagogía divina manifestada
en la historia de la salvación. El Obispo es el moderador de toda
la Iniciación, que realiza ya sea por sí mismo, ya sea por
medio de los presbíteros, diáconos y catequistas (Ceremonial
de los Obispos, n. 404). La importancia de la Iniciación cristiana
para la Iglesia particular y local radica en que, gracias a ella, nace
y se transmite la vida misma de la comunidad cristiana.
En este sentido conviene recordar
que, aunque existen diversos ámbitos y niveles donde se manifiesta
la Iglesia de Cristo, por ejemplo, comunidades religiosas, movimientos
apostólicos y de espiritualidad, asociaciones de fieles, etc., solamente
la parroquia encarna la maternidad espiritual de la Iglesia local (7).
Tan sólo en esta comunidad eclesial se nace como cristiano, y este
hecho que es común y básico para todos los miembros de la
Iglesia, no es transferible a ninguna otra comunidad o grupo. De ahí
la necesidad de ubicar debidamente todo el proceso de la Iniciación
cristiana, y de potenciar la calidad evangelizadora y comunitaria de las
parroquias como lugar donde se vive y se aprende a vivir como hijos de
Dios y discípulos de Jesucristo. La parroquia es hogar y mesa común
de todos los fieles sin excepción.
Todo esto supone un reto para
las comunidades y para sus pastores. Está en juego la vinculación
efectiva al misterio de Cristo y de la Iglesia por parte de todos los miembros
de la comunidad cristiana, y está en juego también el estilo
pastoral que identifica a una parroquia y a una diócesis. Confío
en que en este curso y en los próximos, todos los presbíteros,
catequistas y colaboradores de la acción pastoral tomen conciencia
de lo que significa la función maternal de la Iglesia que ha de
engendrar y alimentar continuamente a nuevos hijos en la Iniciación
cristiana.
10. La Palabra de Dios en la Iniciación
cristiana
Después de estas nociones
básicas sobre la Iniciación cristiana, sobre las que habrá
que volver en los próximos cursos, y antes de entrar en la segunda
parte, que afecta más directamente al objetivo pastoral del curso
1995-1996, conviene explicar brevemente el significado de la Palabra de
Dios en la Iniciación cristiana, para poder revalorizarla en este
ámbito concreto.
La Palabra de Dios en la Iniciación
cristiana responde a la necesidad de llamar a los hombres a la fe y a la
conversión antes de celebrar los sacramentos: "¿Cómo
invocarán a aquel en quien no han creído? Y ¿cómo
creerán sin haber oído de él? Y ¿cómo
oirán si nadie les predica? Y ¿cómo predicarán
si no son enviados?" (Rm 10,14-15). Por eso la proclamación del
Evangelio y el uso de toda la Escritura en la evangelización, en
la catequesis y en la celebración de los sacramentos del Bautismo,
de la Confirmación y de la Eucaristía, prepara la mente y
el corazón del hombre para cooperar libre y generosamente con la
acción de Dios y recibir de manera fructuosa la gracia de los sacramentos
(cf. SC 9; AG 13-14).
En la Carta a los Efesios
se lee: "En Cristo también vosotros, que habéis escuchado
la Palabra de la verdad, el Evangelio de nuestra salvación, en el
que habéis creído, fuísteis sellados con el Espíritu
de la promesa, que es prenda de nuestra heredad" (Ef 1,13-14). San Pablo
se refiere a los gentiles que han acogido el anuncio de la salvación,
es decir, la Palabra de la verdad que es el Evangelio. No se trata solamente
de haber "dado oídos" a la buena noticia de la salvación,
sino también de haber sido salvados por el Evangelio en el que han
creído (cf. Rm 1,16; 1 Cor 1,18) y que han confesado al recibir
el Bautismo (cf. Hch 2,38; 8,37-38; Rm 10,9-10; etc.). El fruto de la acogida
del Evangelio, de la confesión de fe y del Bautismo es el "sello"
o marca del Espíritu, que asimila a los bautizados a Cristo y los
incorpora a su cuerpo.
En el comienzo, en la meta
y en el desarrollo de todo el proceso de la Iniciación cristiana
están siempre presentes la Palabra de Dios como fuerza de salvación
para todos los que creen (cf. 1 Cor 1,18), y la acción del Espíritu
Santo que autentifica la fe y produce la regeneración y el nuevo
nacimiento (cf. Tit 3,4-6; Jn 3,5). El servicio de la Palabra de Dios en
la Iniciación cristiana está orientado a suscitar y a avivar
la fe de los que realizan y celebran este acontecimiento.
II. REVALORIZAR LA PALABRA
DE DIOS
Anunciar y exponer la Palabra
de Dios es un aspecto verdaderamente neurálgico de la acción
pastoral y de gran transcendencia para la misión de toda comunidad
cristiana. El itinerario seguido durante los últimos años
por nuestra Iglesia Civitatense, marcado por la nueva evangelización
y por la toma de conciencia de la Iglesia particular y local, y que nos
disponemos a proseguir con un nuevo objetivo diocesano, tiene una gran
semejanza con el camino de Emaús en el que el Señor en persona
se hizo compañero de ruta de unos discípulos para hablarles
al corazón y, después de sentarlos a la mesa eucarística,
enviarlos a cumplir la misión de anunciar el Evangelio (cf. Lc 24).
La transformación de
aquellos caminantes que "reconocieron a Jesús en el partir el pan"
(Lc 24,35), se produjo mientras el Señor "les explicaba las Escrituras"
(Lc 24,32). La Palabra de Dios, anunciada por el Resucitado y comprendida
bajo la luz del Espíritu Santo, convirtió aquel desconsolado
viaje en un camino de esperanza. En nuestra Iglesia particular y en cada
una de sus comunidades locales podemos sentir la luz y el calor de la Palabra
de Dios que nos congrega en torno a Jesucristo el Señor y que nos
impulsa a anunciar y a realizar el Evangelio de la salvación para
todos los hombres.
11. Uno de los mayores frutos del
Concilio Vaticano II
Como todos sabéis, uno
de los mayores frutos del Concilio Vaticano II ha sido el conocimiento
y la estima del pueblo cristiano hacia la Palabra de Dios. El uso de las
lenguas modernas en la liturgia, la abundancia de versiones y de ediciones
de la Biblia, el esfuerzo realizado en la catequesis, en la predicación,
en la teología y en la espiritualidad, para fundamentarlo todo en
la Palabra de Dios, han contribuido a un contacto cada vez más frecuente
e intenso de todos los fieles con la Sagrada Escritura.
El Concilio Vaticano II quiso
restablecer "una lectura de la Sagrada Escritura más abundante,
más variada y más apropiada" (SC 35) y dispuso que se abrieran
con mayor amplitud "los tesoros bíblicos de la Iglesia" en la "mesa
de la Palabra de Dios" (cf. SC 51; DV 21; PO 18). De este modo la Misa
del domingo y de las grandes fiestas, con los tres ciclos de lecturas y
la recuperación del Antiguo Testamento, al que se pone en relación
con el Evangelio, asegura para la mayoría de los fieles que son
asiduos a la celebración, un acercamiento más continuado
y profundo a la Palabra de Dios. Acercamiento que algunos saben prolongar
en otros momentos, como la meditación, la lectura espiritual, los
encuentros de oración y las reuniones pastorales, los actos de devoción,
etc. Uno de los signos más palpables del contacto con la Palabra
de Dios es la celebración comunitaria de la Liturgia de las Horas
por parte de los sacerdotes, de los seminaristas, de las religiosas y de
algunos grupos de laicos.
"La Palabra de Dios es ahora
más conocida en las comunidades cristianas, pero una verdadera renovación
pone hoy y siempre nuevas exigencias: la fidelidad al sentido auténtico
de la Escritura debe mantenerse siempre presente..., el modo de proclamar
la Palabra de Dios para que pueda ser percibida como tal, el empleo de
medios técnicos adecuados, la disposición interior de los
ministros de la Palabra con el fin de desempeñar decorosamente sus
funciones en la asamblea litúrgica, la esmerada preparación
de la homilía a través del estudio y de la meditación,
el compromiso de los fieles a participar en la mesa de la Palabra, el gusto
de orar mediante los salmos y -al igual que los discípulos de Emaús-
el deseo de descubrir a Cristo en la mesa de la Palabra y del Pan" (8).
12. El amor a la Palabra de Dios
entre nosotros
En efecto, la evangelización
y la renovación de la vida cristiana en nuestras parroquias y comunidades
no se podrán realizar si no se da, entre los fieles pero especialmente
entre los sacerdotes y los demás agentes de pastoral, un "amor suave
y vivo hacia la Sagrada Escritura" (SC 24). Por eso resulta estimulante
saber que se organizan cursos sobre la Sagrada Escritura por el Centro
Teológico Civitatense, y que se cuida la formación bíblica
de los sacerdotes y de las religiosas en los retiros y en las convivencias.
Esta formación está muy presente también en los planes
de formación de nuestros seminaristas.
Pero todavía nos queda
mucho por hacer en este campo. A la abundancia de medios y al progresivo
perfeccionamiento de los instrumentos de acceso a la Sagrada Escritura
que poseemos hoy, no se corresponde aún una suficiente familiaridad
con la Palabra de Dios, de manera que ésta informe efectivamente
los pensamientos, los proyectos de vida y la conducta de los cristianos.
En el campo de la catequesis se ha producido una renovación extraordinaria
de contenidos y de lenguaje desde el punto de vista bíblico, pero
el aprovechamiento de esta realidad es todavía pequeño.
En las celebraciones litúrgicas
se echa en falta en muchos lugares el ejercicio de la función del
lector por fieles laicos, hombres o mujeres, unas veces porque el sacerdote
está habituado a hacerlo todo y otras porque los fieles se resisten
a prestar esta colaboración por timidez o por falta de preparación.
La misma predicación
resulta difícil, no sólo para asimilar y articular los contenidos
de las lecturas de la Palabra de Dios sino, sobre todo, para iluminar los
hechos y las situaciones de los hombres y aplicar a las circunstancias
concretas de la vida la verdad permanente del Evangelio, como quería
el Concilio Vaticano II (cf. PO 4). Resulta preocupante la pobreza bíblica
de la letra de los cantos que se usan en muchas celebraciones, ocasionada
en parte por los mismos compositores que no ponen música a los textos
de la liturgia, pero en buena medida también por la falta de criterios
a la hora de seleccionar lo que se ha de cantar.
Otro desafío no pequeño
es el de dar un adecuada orientación bíblica a las manifestaciones
populares de la fe y a los ejercicios de piedad. En todos estos aspectos
están en juego la transmisión de la fe y una expresión
genuinamente cristiana de lo que se vive y se celebra. Sólo cuando
hay una auténtica proclamación y celebración de la
Palabra de Dios, se produce el encuentro efectivo entre el Evangelio y
la vida.
13. El misterio de la Palabra de
Dios
En nuestro lenguaje habitual
solemos hablar de la Palabra de Dios, de la Biblia, de la Sagrada Escritura,
del Antiguo y del Nuevo Testamento, del Evangelio, etc. Las expresiones
son semejantes pero el contenido no es siempre idéntico. En rigor
"Palabra de Dios" abarca más que "Sagrada Escritura", que es la
"Palabra de Dios escrita". La Biblia, como todos saben, es el conjunto
de los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento.
Para comprender qué
es la Palabra de Dios, resulta revelador el episodio del centurión
romano que se acercó a Jesús para pedirle la curación
de un criado enfermo (cf. Mt 8,5-13; y par.). Jesús se ofreció
a ir a casa del centurión, pero éste, convencido del poder
del Señor, comparó la palabra humana de un jefe o de un amo
con la palabra de Jesús: "Dí una sola palabra y mi criado
quedará sano, porque yo tengo soldados a mis órdenes, y digo
a uno, ven y viene, y a otro haz esto, y lo hace" (Mt 8,8). Si la palabra
humana es capaz de obtener un resultado, cuánto más la palabra
de Cristo, en la que descubrimos el poder de Dios, podrá curar y
salvar a los hombres. Este poder lo reconoció también san
Pedro cuando dijo a Jesús: "Sólo tú tienes palabras
de vida eterna" (Jn 6,68).
Por eso la palabra de Cristo
"resuena" en todas la Sagradas Escrituras, que han sido inspiradas por
el Espíritu Santo (cf. 2 Tm 3,15-16; 2 Pe 1,19-21). En efecto, en
las Sagradas Escrituras se manifiesta siempre el que es la Palabra viva
de Dios, es decir, Cristo Jesús, "la Palabra que estaba junto a
Dios, la Palabra que era Dios... la Palabra que se hizo carne y habitó
entre nosotros" (Jn 1,1.14). La Iglesia sabe que cuando abre las Escrituras,
encuentra siempre en ellas a Cristo, Palabra que ha salido de la boca de
Dios (cf. Mt 4,4) y Pan verdadero venido del cielo (cf. Jn 6,32; etc.).
14. Dios nos habla en la Sagrada
Escritura
Dios nuestro Padre, habló
progresivamente y de muchas maneras a nuestros antepasados por medio de
los profetas hasta que llegó el momento de hablarnos por medio de
su Hijo Jesucristo (cf. Hb 1,1-2). Toda la historia de la salvación
ha sido una continua automanifestación de Dios en la que el Señor
ha ido desvelando su voluntad de salvación y su amor a los hombres
en las distintas etapas, hasta que, en la plenitud de los tiempos, nos
envió a su propio Hijo como Palabra encarnada, consumándose
así la revelación divina.
Pero después de Cristo
y del envío del Espíritu Santo, Dios ha querido "que todo
lo que había revelado para la salvación de los hombres permaneciera
íntegro para siempre y se fuera transmitiendo a todas las generaciones"
(DV 7). Surge entonces la misión de la Iglesia, confiada por el
Señor a los Apóstoles, de predicar el Evangelio a todas las
gentes y de bautizarlas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu
Santo (cf. Mt 28,19; Mc 16,15-16). Esta misión se realizó
tanto por la predicación oral que comunicaba lo que los discípulos
de Jesús habían visto y oído, como por la consignación
por escrito, bajo la inspiración del Espíritu Santo, del
mensaje de la salvación.
De este modo Dios sigue hablando
hoy a los hombres para que no les falte nunca el anuncio de los hechos
cumplidos
en Cristo (Evangelio) ni el recuerdo de los acontecimientos que los prepararon
o de las profecías que los anunciaron (Antiguo Testamento), ni la
explicación y la actualización de estos hechos en la Iglesia
(Nuevo Testamento). Por eso el Evangelio significa la cumbre de la revelación
divina y el centro de todo el ministerio de la Palabra (cf. DV 18).
La lectura y particularmente
la proclamación litúrgica de la Palabra de Dios en la asamblea
de los fieles, entraña una verdadera presencia del Señor
en medio de los suyos: "En efecto, en la liturgia Dios habla a su pueblo,
Cristo sigue anunciando el Evangelio; y el pueblo responde a Dios con el
canto y la oración" (SC 33; cf. 7). Más aún, el Espíritu
Santo, hace que la Palabra de Dios sea recibida con fe y produzca su fruto
en el corazón de los creyentes y en la vida de la Iglesia. El tiene
la misión de ir recordando las enseñanzas de Jesús
y de conducir a todos hacia la verdad completa (cf. Jn 14,15-17.25-26;
15,26-16,15). Por la acción del Espíritu "la voz del Evangelio
permanece viva en la Iglesia" (DV 8; cf. 9; 21).
15. Cristo resucitado, centro y clave
de toda la Escritura.
Jesús mismo enseñó
a sus discípulos la manera de acercarse a la Sagrada Escritura,
es decir, a él mismo como Palabra divina y eterna. El invitó
a leer las Escrituras "para conocerle a él y el poder de su resurrección
en él" (Flp 3,10), y para saber ir, desde él, hacia los tiempos
de la Promesa, es decir, al Antiguo Testamento (cf. Lc 24,25-27.32.44-48),
y para entrar en el Nuevo Testamento, que es continuación del Antiguo
a través de Cristo.
Jesús citaba los salmos
y todas las Escrituras del Antiguo Testamento, aplicándolas a su
persona y a su obra. Por eso mandó a sus oyentes: "Escrutad las
Escrituras, ellas dan testimonio de mí" (Jn 5,39), y nos dio ejemplo
al ejercer como lector como homileta en la sinagoga del Nazaret (cf. Lc
4,16-21). Después de la resurrección explicó a los
discípulos de Emaús "cuanto se refería a él
comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas" (cf. Lc
24,27), y "abrió la inteligencia" de los discípulos para
que comprendiesen el sentido último de las Escrituras (cf. Lc 24,44-45).
Los hechos y palabras de Jesús,
sus gestos y actitudes, pusieron siempre de manifiesto no sólo que
"Dios estaba con él" (Hch 10,38), sino que el Hijo es una sola cosa
con el Padre (cf. Jn 10,30; 17,11.22). Por eso, ver a Jesús era
ver al Padre, escuchar a Jesús es escuchar al Padre y creer en Jesús
es creer en el que lo ha enviado (cf. Jn 5,24; 6,40; 12,45, etc.). Además,
el Padre había mandado solemnemente en la transfiguración
de Jesús: "Este es mi Hijo amado, escuchadle" (Mt 9,7).
Cristo resucitado, el Señor
que da el Espíritu (cf. Jn 19,21-22; Hch 2,32-33; etc.), es el centro
de las Escrituras, de forma que toda lectura personal o comunitaria, meditación,
estudio o proclamación de la Palabra, máxime en la evangelización,
en la catequesis y en la celebración litúrgica, ha de girar
en torno a El. Esta interpretación cristológica y pascual
del Antiguo Testamento era la preferida por los Santos Padres y tiene una
importante aplicación en la catequesis y en la liturgia. La Biblia
tiene en Cristo su unidad fundamental.
Esta realidad tiene su expresión
litúrgica en la relevancia que tiene la proclamación del
Evangelio entre las demás lecturas: "La lectura del Evangelio constituye
el punto culminante de la liturgia de la Palabra; las demás lecturas,
que, según el orden tradicional, hacen la transición del
Antiguo al Nuevo Testamento, preparan a la asamblea reunida para esta lectura
evangélica" (9).
16. La Iglesia, reunida por la Palabra
de Dios y misionera
El Dios que nos habla por medio
de su Hijo Jesucristo, espera siempre una respuesta de nosotros. En efecto,
la Palabra de Dios convocaba ya al pueblo de Israel (cf. Ex 12; 20,1-2)
y lo constituía en asamblea litúrgica (cf. Ex 12; Hch 1-2)
como pueblo de su pertenencia, para anunciar a todo el mundo las obras
de Dios: "Calla y escucha, Israel. Hoy te has convertido en el Pueblo del
Señor tu Dios. Escucha la voz del Señor tu Dios, y pon en
práctica los mandatos y preceptos que yo te prescribo hoy" (Dt 27,9-10;
cf. Sal 95,1.7-8; Hb 3,7-11).
Y, en efecto, el pueblo del
Antiguo Testamento se reunía cada año en el Santuario, ante
el Arca de la Alianza, para escuchar la lectura de la Ley del Señor
y renovar su adhesión y su fidelidad. El Arca contenía las
tablas de la Ley, palabra permanente del Señor, y el vaso del Maná,
alimento espiritual para el pueblo (Ex 25,10-16; Dt 10,1-5).
La misma realidad, llevada
a su plenitud por Cristo, se aprecia también en el Nuevo Testamento.
En la última Cena, después de haber ofrecido su Cuerpo y
su Sangre para la Alianza nueva y eterna, Jesús apeló también
a la fidelidad a su palabra: "Si me amáis, guardad mis mandamientos"
(Jn l4,15); "el que me ama, guardará mi palabra, y mi Padre lo amará,
y vendremos a él y haremos morada en él... La palabra que
escucháis no es mía, sino del Padre que me ha enviado" (Jn
14,23.24).
La Iglesia, nuevo pueblo de
Dios está llamada, por tanto, a escuchar continuamente la Palabra
de Dios y a ponerla en práctica (cf. Jn 14,15; Rm 10,8-17) porque
ha de vivir de esta Palabra. Por esto en la asamblea extraordinaria del
Sínodo de los Obispos de 1985, se denominó a sí misma
"Iglesia bajo la Palabra de Dios" que "celebra los misterios de Cristo
para la salvación del mundo" (10).
Toda comunidad cristiana ha de sentirse Iglesia de Jesús, entre
otros motivos, por estar reunida "escuchando su palabra", como hizo María,
la hermana de Marta (cf. Lc 10,39.42), y como hicieron los discípulos
del Señor "con María la Madre de Jesús", en la espera
del Espíritu (cf. Hch 1,14).
Pero, además, la Iglesia
de Cristo, "pueblo de la Palabra", está caracterizada por la misión
recibida del Señor de anunciar el Evangelio a todas las gentes (cf.
Mt 28,18-20), para que todos los hombres vengan a formar parte de la asamblea
de los discípulos del Señor (cf. Hch 2,1-11). En este sentido
todo bautizado y confirmado es servidor de la Palabra, y puede decir como
san Pablo: "¡Ay de mí, si no anuncio el Evangelio!" (1 Co
9,16). La Palabra de Dios no se ha recibido realmente, si el que la escucha
no se hace mensajero del Evangelio y portador de esa Palabra de salvación
a los hombres.
17. La evangelización como
anuncio actual del Evangelio
Ya se ha aludido antes al significado
de la Palabra de Dios en el conjunto de la Iniciación cristiana
(cf. supra, n. 10) y a la renovación de la catequesis desde el punto
de vista bíblico (cf. n. 11). Ahora se trata de mostrar cómo
la evangelización y la catequesis se apoyan en la Palabra de Dios
y en el Evangelio y están a su servicio.
En efecto, la evangelización
tiene "como base, centro y a la vez culmen de su dinamismo, una clara proclamación
de que en Jesucristo, Hijo de Dios hecho hombre, muerto y resucitado, se
ofrece la salvación a todos los hombres, como don de la gracia y
de la misericordia de Dios" (11).
El Evangelio de salvación que resuena en toda la Escritura es el
mensaje esencial y el fundamento de toda la acción evangelizadora.
Por eso, aunque toda la Biblia
habla de Cristo (cf. Jn 5,39), son los cuatro Evangelios los que contienen
la narración de los hechos y de las palabras realizados por el Señor
para salvarnos, y en particular de su muerte y resurrección, centro
de la historia de la salvación y verdadero núcleo de la predicación
apostólica (cf. 1 Cor 15,1-5; Hch 2,22-24; etc.). De ahí
la importancia para todos los cristianos de conocer, entre todos los libros
de la Sagrada Escritura, los Evangelios.
Por este motivo durante el
curso 1991-1992, el objetivo pastoral diocesano estuvo dedicado a "Conocer
el Evangelio para una nueva evangelización en nuestra Iglesia Civitatense".
Recomiendo la lectura de la Carta pastoral de mi antecesor, Mons. Antonio
Ceballos, escrita como presentación de dicho objetivo (12).
Por medio de la evangelización
la Iglesia realiza hoy la misión de Jesús, actualizando sus
hechos y palabras de salvación, llamando a los hombres a la conversión
y procurando que la vida de todos los discípulos de Cristo sea un
testimonio de la presencia salvadora de Dios en todo lugar y en todo tiempo.
Pero además la acción evangelizadora de la Iglesia se tiene
que desarrollar hoy en medio de un ambiente de debilitamiento de la fe
y de extensión del fenómeno de la increencia. Todo esto requiere
un esfuerzo de revisión de muchos procedimientos pastorales habituales
en nosotros, y de revitalización del espíritu religioso y
misionero de nuestras comunidades (13).
18. La catequesis fundamentada en
la Palabra de Dios
La catequesis, cuya definición
se ha dado más arriba (cf. n. 6), es una profundización y
una continuación de la evangelización, y está orientada
hacia la vida plena de los fieles en la Iglesia y en el mundo. Por este
motivo su contenido, su fuente, su norma y su inspiración no pueden
ser otros que la Palabra de Dios, transmitida mediante la Tradición
y la Escritura (14). Esto condiciona
no sólo el carácter propio de la catequesis como acción
pastoral que transmite el mensaje auténtico del Evangelio de la
salvación, sino también el estilo y el lenguaje que se deben
emplear para educar en la fe y en la vida cristiana.
La fe y su transmisión
y explicación requieren un lenguaje propio de la fe y, en este sentido,
de la catequesis. "El primer lenguaje de la catequesis es la Escritura
y el Símbolo. En esta línea la catequesis es una auténtica
introducción a la lectio divina, es decir, a la lectura de la Sagrada
Escritura hecha según el Espíritu que habita en la Iglesia.
Las Escrituras permiten a los cristianos hablar un lenguaje común.
Es normal que a lo largo de la formación, se aprendan de memoria
ciertas sentencias bíblicas, en especial del Nuevo Testamento, o
determinadas fórmulas litúrgicas, que son expresión
privilegiada del sentido de dichas sentencias bíblicas, así
como otras plegarias comunes" (15).
La catequesis debe partir
del contexto histórico de la revelación divina, para presentar
personajes y acontecimientos del Antiguo y del Nuevo Testamento a la luz
del designio de Dios. Pero no debe utilizar tan sólo los relatos,
sino también los oráculos de los profetas, la enseñanza
sapiencial y, muy especialmente, los grandes discursos evangélicos.
En particular la presentación de los Evangelios, que "son el testimonio
principal de la vida y de la doctrina del Verbo encarnado, nuestro Salvador"
(DV 18), debe provocar un auténtico encuentro vital con Cristo,
poseedor de la clave de las Escrituras y que transmite la llamada de Dios,
a la que cada uno debe responder.
La Palabra de Dios ha de iluminar
toda la acción catequética, para que los destinatarios se
dejen interpelar por ella, la conozcan en profundidad y la vivan orientando
por ella toda su existencia. Por eso la catequesis será tanto más
rica y eficaz cuanto más se impregne y transmita el pensamiento,
el espíritu y las actitudes bíblicas y evangélicas.
No se puede olvidar que la
catequesis, que tiene su origen en la confesión de fe bautismal
y conduce a la confesión de la fe en la celebración, en el
testimonio y en la vida moral y espiritual, ha consistido siempre en el
desarrollo de cuatro grandes "documentos": el Símbolo (la profesión
de la fe), los sacramentos (la celebración), los Mandamientos y
las Bienaventuranzas (la vida moral) y el Padrenuestro (la oración) (16).
Estos "documentos" contienen lo esencial de la Sagrada Escritura y, al
mismo tiempo, el criterio de su interpretación en los diferentes
ámbitos de la vida cristiana.
19. La liturgia, lugar privilegiado
para escuchar la Palabra de Dios
Todas las Iglesias de Oriente
y Occidente han reservado un puesto relevante a la Sagrada Escritura en
todas las celebraciones, siguiendo el ejemplo de Jesús y el modelo
de la Sinagoga. Desde el principio, la liturgia cristiana ha seguido la
práctica de proclamar la Palabra de Dios en las reuniones de oración
y, en particular en la Eucaristía. Los Apóstoles, especialmente
san Pablo, realizaban el ministerio de la Palabra para las comunidades
cristianas en el contexto de las asambleas litúrgicas (cf. Hch 20,7-11).
Hacia el año 155 en
Roma, San Justino es testigo de que la Eucaristía dominical comenzaba
con la liturgia de la Palabra, en la que se leían "los recuerdos
de los apóstoles y los escritos de los profetas" y se hacía
la homilía (17). La liturgia
de la Palabra con varias lecturas y salmos, y con el Evangelio como cumbre,
al que sigue la homilía, aparecen desde entonces en todas las liturgias (18).
De este modo, siguiendo el año litúrgico, se celebra el misterio
de Cristo, se hace memoria de la Santísima Virgen María y
de los Santos, y se viven otros acontecimientos de la vida de la comunidad,
como los sacramentos, las exequias y otros sacramentales. Y se pone de
manifiesto también que los destinatarios de la Palabra divina no
son únicamente los fieles aislados, sino la Iglesia en oración,
es decir, el Pueblo de Dios reunido por la Palabra divina y por el Espíritu
Santo.
Como se ha dicho antes, "en
la liturgia Dios habla a su pueblo... y el pueblo responde a Dios con el
canto y la oración" (SC 33). La celebración es un verdadero
diálogo entre Dios y su pueblo. La certeza que la Iglesia tiene
de este diálogo, la ha llevado a no omitir nunca la lectura litúrgica
de la Palabra de Dios, "leyendo cuanto se refiere a Cristo en toda la Escritura"
(Lc 24,27; SC 6) y a venerar con honores rituales el Leccionario de la
Palabra de Dios, de modo semejante a lo que hace con el Cuerpo del Señor
(cf. DV 21).
Ahora bien, el Leccionario
de la Palabra de Dios es mucho más que un libro litúrgico,
es el modo normal, habitual y propio, según el cual la Iglesia lee
y proclama en las Escrituras la Palabra viva de Dios siguiendo los diferentes
"hechos y palabras de salvación" cumplidos por Cristo, y ordenando
en torno a estos hechos y palabras los demás contenidos de la Biblia.
El Leccionario aparece como una prueba de la interpretación y profundización
en las Escrituras que la Iglesia ha hecho en cada tiempo y lugar, guiada
siempre por la luz del Espíritu Santo.
20. La función del lector
La lectura de la Palabra de
Dios en las celebraciones litúrgicas es un verdadero servicio a
esta Palabra y a la asamblea de los fieles. La figura de Jesús en
la sinagoga de Nazaret ilumina esta función y ayuda a descubrir
su importancia. En efecto, Jesús "según su costumbre entró
el sábado en la sinagoga y se levantó para hacer la lectura;
le entregaron el libro del profeta Isaías, y desenrollándolo,
dio con el pasaje donde está escrito..." (Lc 4,16-17). La función
de leer la Palabra divina a la comunidad eclesial reunida para la celebración
litúrgica, es una mediación necesaria en el diálogo
entre Dios y su pueblo, de manera que el lector o la lectora es el último
eslabón para que llegue a los hombres lo que Dios ha querido comunicar
en las Escrituras Santas.
En todas las parroquias y
comunidades debería haber algunas personas, normalmente laicos,
hombres y mujeres que, debidamente preparados, ejerzan de manera habitual
esta función en la liturgia de la Palabra. En cualquier caso el
diácono y el presbítero no deben hacer las lecturas y recitar
el salmo, habiendo fieles laicos que puedan hacerlo. Otra cosa es el Evangelio,
reservado al diácono y, en la falta de éste, al presbítero.
Recuérdese el criterio apuntado ya en el Concilio Vaticano II de
que "en las celebraciones litúrgicas, cada cual, ministro o simple
fiel, al desempeñar su oficio, hará todo y sólo aquello
que le corresponde por la naturaleza de la acción y las normas litúrgicas"
(SC 28).
Pero es preciso realizar la
función de leer la Palabra de Dios con actitud adecuada, sentido
de lo que se hace, preparación personal y conocimiento de algunas
técnicas de la comunicación. "Por amor a esta Palabra y por
agradecimiento a este don de Dios, el lector litúrgico tiene que
hacer un acto de entrega y un esfuerzo diligente. Si su voz no suena, no
resonará la palabra de Cristo; si su voz no se articula, la Palabra
se volverá confusa; si no da bien el sentido, el pueblo no podrá
comprender la Palabra; si no da la debida expresión, la Palabra
perderá parte de su fuerza. Y no vale apelar a la omnipotencia divina,
porque el camino de la omnipotencia, también en la liturgia, pasa
por la encarnación" (19).
El aprecio que una comunidad
siente por la Palabra de Dios se pone de manifiesto también por
el esmero con que trata el Leccionario de la Palabra de Dios y, en particular,
el Evangeliario, libro muy recomendable para las celebraciones dominicales
y festivas. Así mismo, la dignidad del ambón, su visibilidad
e iluminación, el cuidado en los ritos que acompañan la proclamación
de las lecturas, los espacios de silencio recomendados, la belleza del
Leccionario y su colocación abierto en un lugar visible, etc., hablan
también de la importancia que se da a estos signos relacionados
con la presencia de la Palabra divina en la Iglesia.
21. El ministerio de la homilía
En el mismo contexto de la
asamblea litúrgica que escucha y celebra la Palabra de Dios, sobresale
la homilía como la forma más destacada de la predicación
(cf. CDC, c. 767, &1), ya que es "parte de la misma liturgia, en la
que se exponen durante el ciclo del año litúrgico los misterios
de la fe y las normas de la vida cristiana" (SC 52). Por este motivo la
homilía está reservada al ministro ordenado, es decir, al
obispo, al presbítero o al diácono. Tan sólo en las
misas con niños y en las celebraciones dominicales en ausencia de
presbítero, un catequista o el laico que dirige la celebración
puede comentar la Palabra de Dios o dar lectura a la homilía preparada
por el sacerdote.
La homilía, cuya misión
es ser "un anuncio de las maravillas de Dios en la historia de la salvación,
es decir, del misterio de Cristo, que está siempre presente y obra
en nosotros, sobre todo en las celebraciones litúrgicas" (SC 35,2),
goza también de una cierta presencia del Señor, como afirma
el Papa Pablo VI: "(Cristo) está presente en su Iglesia que predica,
puesto que el Evangelio que ella anuncia es la Palabra de Dios y solamente
en el nombre, con la autoridad y con la asistencia de Cristo, Verbo de
Dios encarnado, se anuncia..." (20).
El mismo Señor aparece
constantemente en los Evangelios desempeñando el ministerio de la
predicación desde su homilía en la sinagoga de Nazaret, cuando
"los ojos de todos estaban fijos en él" (cf. Lc 4,20), o cuando
hablaba a la muchedumbre desde una barca (cf. Lc 5,3), o cuando exponía
a solas a sus discípulos el sentido de las parábolas (cf.
Mc 4,34; etc.), o cuando explicó el cumplimiento de las Escrituras
a los discípulos de Emaús (cf. Lc 24,32).
Pero la homilía no
es una catequesis, ni una exposición sistemática de la fe,
ni una exhortación moral, ni un panegírico de un santo ni
un elogio fúnebre. No obstante la homilía ha de estar impregnada
de sentido evangelizador y catequético, inspirándose en los
textos de la liturgia, especialmente en las lecturas de la Palabra de Dios,
a cuyo servicio está. "La homilía vuelve a recorrer el itinerario
propuesto por la catequesis y lo conduce a su perfeccionamiento natural,
al mismo tiempo que impulsa a los discípulos del Señor a
emprender cada día su itinerario espiritual en la verdad, en la
adoración y en la acción de gracias... La predicación,
centrada en los textos bíblicos debe facilitar, a su manera, que
los fieles se familiaricen con el conjunto de los misterios de la fe y
de las normas de la vida cristiana" (21).
22. Preparación y realización
de la homilía
Lo específico de la
homilía dirigida a los fieles en el marco de la acción litúrgica,
es mostrar la íntima conexión entre la Palabra divina como
anuncio de la salvación, y el acontecimiento sacramental que se
está celebrando, de manera que los fieles perciban que las maravillas
obradas por Dios en otro tiempo y referidas en las lecturas, se cumplen
y se actualizan aquí y ahora en los sacramentos y aun en la vida
de cada día. Al mismo tiempo la homilía contribuye a aplicar
la Palabra de Dios a las circunstancias concretas de los hombres (cf. PO
4). El homileta debe iluminar sobria e inteligentemente las situaciones
y las necesidades de la comunidad y de los fieles para que, ellos mismos,
acojan la Palabra divina y la lleven a la práctica de forma que
el anuncio del mensaje no haya sido en vano.
La homilía requiere
también una preparación remota y próxima esmerada,
en la que no pueden faltar el estudio, la reflexión y la oración.
Sin entrar en detalles de las lecturas, es preciso sacar a la luz los aspectos
más esclarecedores para la fe y más estimulantes para la
vida personal y comunitaria de los fieles. El mensaje bíblico debe
conservar su carácter de buena noticia de salvación, ofrecida
por Dios y cumplida en la Iglesia, en la acción litúrgica
y en la vida de los hombres. Para preparar así la homilía
es precisa una adecuada formación bíblica y litúrgica,
en la que se tengan en cuenta los principios hermenéuticos, entre
los que sobresale la unidad en Cristo de toda la Escritura (cf. supra,
n. 15). El homileta debe tener también conocimiento de la situación
concreta de los fieles.
La homilía debe realizarse,
además, de una manera sencilla, coloquial y cercana, como si fuera
una conversación del padre de familia con sus hijos. La posesión
de algunas técnicas para hablar en público y para servirse
del micrófono, ayudará también al homileta a desempeñar
de manera más eficaz su misión.
23. La "lectura divina" de la Palabra
de Dios
Se conoce como lectio divina
o "lectura divina", según una práctica conocida ya en los
primeros siglos y muy extendida en el monacato, la lectura individual o
comunitaria de la Sagrada Escritura, acogida como Palabra de Dios y que
se hace bajo la moción del Espíritu Santo en meditación,
oración y contemplación (22).
Se trata, en efecto, de uno de los medios más eficaces para los
fieles de recibir con mayor fruto la Palabra de Dios y traducirla en la
vida.
El Concilio Vaticano II insiste
en la lectura asidua de la Sagrada Escritura, no sólo para los sacerdotes
y religiosos, sino también para los fieles laicos, invitándoles
a adquirir, por medio de ella, "la eminente ciencia de Cristo" (Flp 3,8;
cf. DV 25). La Liturgia de las Horas, en el Oficio de lectura, busca esto
mismo ya que "se orienta a ofrecer al pueblo de Dios, y principalmente
a quienes se han entregado al Señor con una consagración
especial, una más abundante meditación de la Sagrada Escritura
y de las mejores páginas de los autores espirituales" (23).
La celebración de esta hora del Oficio Divino, con el necesario
sosiego y concentración, logra los objetivos apuntados antes. No
en vano se ofrece una esmerada selección de textos bíblicos
siguiendo el año litúrgico, a los que acompañan, como
un eco y una clave para su asimilación, los responsorios, además
de los textos patrísticos y hagiográficos, comentario muchas
veces de la Palabra de Dios. Los sacerdotes tenemos en esta hora una ayuda
valiosísima para nuestra vida espiritual y para la predicación,
además de un deber de nuestro ministerio.
24. Cómo hacer la "lectura
divina" de la Palabra de Dios
La "lectura divina", tanto
en particular como en grupo, se puede hacer siguiendo dos movimientos.
El primero parte del texto para llegar a la transformación del corazón
y de la vida, según el esquema clásico: lectura, meditación,
oración y contemplación. El segundo parte de los hechos de
vida para comprender su significado a la luz del mensaje de la Palabra
de Dios, respondiendo a estas preguntas: ¿cómo se manifiesta
el Señor en este acontecimiento? ¿qué pide o espera
a través de este hecho?, y tratando de verificar la autenticidad
de las respuestas a la luz de los ejemplos y de las palabras del Señor
o de sus enviados. Este segundo modo es semejante al conocido método
del "ver, juzgar y actuar", pero en la "lectura divina" el acento está
puesto no tanto en el análisis del hecho y en la actuación
posterior, como en la intensidad de la reflexión y de la meditación
sobre el mensaje de la Palabra divina.
Ambas formas de hacer "lectura
divina" se completan mutuamente. La primera puede ser muy apta para la
lectura personal, la segunda para la lectura en comunidad o para la reunión
del grupo. Lo importante es acercarse a la Sagrada Escritura buscando en
ella, con espíritu de fe y de oración, la Palabra de Dios,
y con ella la luz, el bien, la alegría, el consuelo, la misericordia,
la paz, etc. La plegaria de una comunidad o de un fiel cristiano, siguiendo
la Biblia, y especialmente cuando usa los salmos y las lecturas de la Liturgia
de las Horas es verdaderamente "la voz de la Iglesia que habla con su Esposo,
más aún, la plegaria que Cristo, con su cuerpo, eleva al
Padre" (SC 84).
25. La Biblia en la familia
Como una aplicación
concreta de cuanto se dice en el número anterior, la familia cristiana
es una comunidad ideal para acercarse a la Palabra de Dios y, al mismo
tiempo, para transmitir ese "suave y vivo amor a la Escritura" que la Iglesia
desea en todos los fieles (cf. SC 24). Pero se da la paradoja de que en
numerosos hogares se ha adquirido o se ha recibido como regalo, muchas
veces del sacerdote con ocasión del matrimonio o de la celebración
de otros sacramentos, un ejemplar a veces espléndido de la Biblia,
ejemplar que reposa cerrado entre otros libros que parecen estar de adorno.
Quizás faltan hábitos
de práctica religiosa y de oración en el seno de las familias.
Especialmente en los matrimonios jóvenes se nota una ausencia de
vida de fe y un vacío espiritual que se traducen en la incapacidad
para desarrollar la misión de los padres en el despertar religioso
de los niños y para ser los primeros educadores en la vida cristiana
de sus hijos. Es cierto que estos jóvenes padres piden los sacramentos
del Bautismo y de la Eucaristía para sus hijos, y se preocupan de
que reciban también la Confirmación, e incluso piden para
ellos la formación religiosa en la Escuela pública.
Pero no es suficiente, especialmente
en estos tiempos de secularización y de neopaganismo que impregnan
totalmente el ambiente y, como si fuera una verdadera cultura, están
produciendo un tipo de hombre y de mujer carente de otros valores que no
sean la vida fácil, el consumo y el disfrute inmediato. A la familia
se le está poniendo cada día más difícil su
papel, incluso en nuestros pueblos y parroquias, donde todavía conserva
una gran fuerza como espacio humano, social y solidario.
Hay que volver a la plegaria
familiar, la que han de hacer juntos el marido y la mujer, la madre con
su hijo pequeño antes de acostarlo, los padres y los hijos juntos
en la mesa, especialmente en algunas ocasiones, como la Navidad, los aniversarios
gozosos, los acontecimientos que jalonan la vida de los hijos, las enfermedades
y los fallecimientos (24). Las
oraciones del cristiano, entre las que sobresalen el Padrenuestro y el
Avemaría, el Santo Rosario, algunas invocaciones o jaculatorias,
son bíblicas o se inspiran en la Sagrada Escritura. Pero, además,
no sería muy difícil tomar en las manos ese casi olvidado
ejemplar de la Biblia y leer directamente en él, a solas o en familia,
la narración de los hechos de la historia de la salvación,
las parábolas del Reino, los milagros de Jesús y los testimonios
de la Iglesia de los primeros tiempos, dialogando después e improvisando
una sencilla oración en la que aparezca lo que se ha leido.
Pido a los sacerdotes y a
los catequistas, al Movimiento Familiar Cristiano y a los grupos parroquiales
de adultos o de matrimonios que insistáis en el valor de la lectura
de la Palabra de Dios y de la oración en familia y que preparéis
materiales sencillos y fáciles para realizarlas.
26. La aplicación de la Palabra
de Dios a la vida de los hombres
"La Palabra de Dios es viva
y eficaz, más tajante que espada de doble filo, penetrante hasta
la división del alma y del espíritu, hasta las conyunturas
y la médula, y juzga los pensamientos y las intenciones del corazón"
(Hb 4,12). Todo lo que se ha dicho hasta aquí, especialmente en
la segunda parte, quiere poner de manifiesto la importancia de la Palabra
de Dios en la vida de la Iglesia y en la existencia de cada uno de los
fieles. El objetivo pastoral diocesano ha de contribuir a que todos, pastores
y fieles, dejemos que la Palabra de Dios informe eficaz y efectivamente
nuestra existencia de creyentes y, a la vez, de ciudadanos de este mundo.
¿De qué manera
la Palabra de Dios se expresa y se traduce en la vida? No es cuestión
solamente de reflexionar, a la luz del Evangelio y de toda la Sagrada Escritura,
sobre los acontecimientos que ocurren, o de tratar de iluminar la existencia
y las situaciones concretas con esa misma luz. La Palabra de Dios quiere
introducirse en nuestras propias palabras, en nuestro pensamientos y deseos,
en nuestras actitudes y en nuestra conducta (cf. supra, n. 12). "Las palabras
que yo os digo, son Espíritu y vida" (Jn 6,63), dice el Señor.
La Palabra divina no significa
una intromisión en nuestra vida ni tampoco una imposición,
porque Dios respeta siempre, y de qué manera, la libertad de sus
hijos. La Palabra de Dios que desciende como la lluvia suave o como la
nieve que empapa la tierra y la hace fecunda (cf. Is 55,10), es un verdadero
don que abre el diálogo y la comunicación divina con los
hombres.
La Palabra de Dios no sólo
interpela las conciencias y denuncia las situaciones del mal y del pecado,
sino que sugiere caminos de conversión y de cambio de mentalidad
y de conducta, tanto para las personas como para los grupos. Al mismo tiempo
esa Palabra hace posible la comunión entre los mismos hombres.
Para que se produzca el verdadero
diálogo con Dios y la comunión entre los hombres, es preciso
"que la Palabra de Cristo habite abundantemente en todos" (Col 3,16). Es
decir, es indispensable que cada uno acoja de corazón la Palabra
divina, se deje interpelar por ella y se deje fortalecer y estimular por
ella. La comunicación posterior, en comunidad o en grupo, de la
Palabra divina y de su acción interior, tendrá que estar
presidida también por la fe, por la humildad, por la caridad y,
en definitiva, por el propósito de construir la comunidad eclesial
(cf. 1 Cor 14,4-5; Ef 4,12).
27. La interpretación de la
Escritura en el contexto de la vida
Sólo por esta vía
se llega a una verdadera interpretación comunitaria de la Palabra
de Dios, que tenga en cuenta las diversas situaciones humanas. Frente a
interpelaciones urgentes del mundo, de los problemas sociales, de los jóvenes,
de la educación, del trabajo, de la cultura, de la vida política,
etc. nuestros cristianos y nuestras comunidades se quedan mudos e impotentes,
porque no están habituados a una confrontación en la que
la referencia a la Palabra de Dios se entrelaza con la atención
a la situación humana concreta contemplada en toda su complejidad
y facetas. Sólo en esta perspectiva la Palabra divina revela y actualiza
su capacidad de ser "fuerza de Dios" para los creyentes (cf. 1 Cor 1,18).
Ahora bien, para pasar del
texto bíblico a su significado salvífico en una circunstancia
concreta, será necesario superar el comentario superficial y tratar
de interpretar el mensaje de la Palabra divina transcendiendo los factores
culturales, sociales y lingüísticos, en un esfuerzo por lograr
el enraizamiento del mensaje en los más diversos ámbitos.
En todo caso el mensaje bíblico debe conservar su carácter
principal de buena noticia de salvación ofrecida por Dios, y ayudar
a los creyentes a conocer primero "el don de Dios" (Jn 4,10) y después
a comprender las exigencias que se derivan de él.
En este sentido, cuando se
trata de grupos eclesiales que se reunen para leer y comentar juntos el
Evangelio o la Sagrada Escritura en una perspectiva de fe y de compromiso
cristiano, es importante crear un clima de acogida comunitaria de la Palabra
divina y, al mismo tiempo, de atención a las claves eclesiales
de la interpretación bíblica apuntadas más arriba,
en los nn. 15 y 18.
Para evitar interpretaciones
puramente subjetivas y acomodaticias, es conveniente atender al contenido
global y a la unidad de toda la Escritura, teniendo en cuenta la tradición
vida de la Iglesia manifestada en la liturgia, en el Magisterio y en la
sana teología. Porque todo lo referente a la interpretación
de la Sagrada Escritura está sometido en última instancia
a la autoridad de la Iglesia, "que tiene el mandato y el ministerio divino
de conservar e interpretar la Palabra de Dios" (DV 12).
A modo de conclusión
28. Sugerencias operativas
Hasta aquí la reflexión
de carácter doctrinal y práctico que he querido ofreceros
al comienzo del curso apostólico 1995-1996, como fundamentación
de las diversas acciones que los organismos diocesanos, los arciprestazgos
y las paroquias y otras comunidades se deben proponer para revalorizar
la Palabra de Dios en el ámbito de sus propias competencias.
Para asegurar un fruto mayor
en la vida cristiana con la revalorización de la Palabra divina
(cf. DV 26) que ha de venir, en primer lugar, de la energía operante
del Espíritu Santo y de la vitalidad misma de la Palabra de Dios
(cf. Jn 3,63), pero que ha de encontrar una acogida generosa y activa en
todos, sacerdotes, catequistas, religiosas y fieles laicos, conviene concretar
todavía algunas sugerencias e iniciativas.
1. En primer lugar la conversión
para superar tanto la atonía o indiferencia ante el "don de Dios"
que representa su Palabra de salvación en la Sagrada Escritura,
como la ligereza y la superficialidad en programar actuaciones carentes
de continuidad y de solidez. La misma Palabra de Dios nos revela que los
caminos del Señor son misteriosos y que la actuación del
hombre, si quiere unirse a la eficacia divina, debe recorrer un camino
de paciencia y de adaptación de los propios criterios y actitudes
a lo que propone el Señor.
2. En segundo lugar crear
las condiciones para que la proclamación litúrgica de la
Palabra de Dios se realice con toda verdad, decoro, dignidad y silencio,
por los ministros adecuados y en el lugar establecido, ya que constituye
el momento más solemne y, sin duda, más eficaz de la transmisión
viva de la Palabra divina a su destinatario principal que es la Iglesia.
En referencia a esta proclamación se revalorizará espontáneamente
el uso de la Sagrada Escritura en la catequesis, en la homilía y
en la lectura personal y en grupo.
3. Para conocer en profundidad,
usar con soltura e interpretar de acuerdo con el Espíritu con que
fueron escritos (cf. DV 12) los textos de la Escritura que se usan en las
lecturas litúrgicas, en los cantos, en la catequesis, en la homilía,
etc., se requiere una mínima formación bíblica, que
ha de estar al alcance aun de los fieles más sencillos. Pero esta
formación no se improvisa y ha de constituir una preocupación
de los sacerdotes y de todos los educadores cristianos. Para poder impartir
esta formación es indispensable que quienes han de darla, la posean
ellos mismos en grado mayor. Intensifíquense, por tanto, los grupos
de estudio y de lectura de la Palabra de Dios y provéase a las familias
y a los fieles de ayudas oportunas.
4. Es muy importante también
facilitar a las familias, a los niños y a los jóvenes, a
los alumnos de religión, a los enfermos, etc. ediciones asequibles
de la Biblia, o al menos del Nuevo Testamento, y que se estimule su lectura.
En las escuelas de catequistas, en las reuniones de grupos apostólicos
o de espiritualidad, en los cursos de formación de laicos, etc.,
es conveniente que la Palabra de Dios esté presente de manera constante,
incluso significativamente, por medio del Leccionario litúrgico
o de una edición completa a la que se acude para leer o comentar
un texto. Así mismo es muy instructivo realizar la "entrega de libro"
de las Escrituras o del Evangelio a los lectores y a los catequistas que
reciben su misión respectiva, a los que se preparan para la Primera
Comunión, la Confirmación o el Matrimonio.
5. Estas y otras sugerencias
no deben hacer olvidar el imperativo misionero que surge de todo anuncio
o lectura de la Palabra de Dios. Cuando se ha producido un encuentro personal
o comunitario con Cristo, el Señor resucitado que comunica el amor
del Padre y da el Espíritu Santo, brota espontáneamente el
mandato evangelizador que exige "contar lo que se ha visto y oido" (Lc
7,22; etc.): "Ve y dile a mis hermanos..." (Jn 20,17; cf. Mt 28,10). Cerca
de nosotros hay muchos hombres y mujeres que ignoran el Evangelio de la
salvación. Es necesario dárselo a conocer con la palabra
y con el testimonio, de manera explícita y con toda verdad y sencillez.
29. Invitación final
No quiero terminar esta Exhortación
pastoral sin dirigirme de nuevo y de una manera más directa a mis
hermanos los presbíteros y a las religiosas, teniendo en cuenta
la importancia que tienen en la vida de la Iglesia tanto el ministerio
ordenado como el carisma de la vida religiosa.
Queridos presbíteros:
os invito a asumir con gratitud al Señor, con alegría y con
responsabilidad vuestra condición de ministros de la Palabra de
Dios y partícipes, en virtud del sacramento del Orden, de la misión
profética de Cristo y de la Iglesia. Nuestra familiaridad con la
Palabra de Dios ha de ser necesariamente mayor que la de los demás
fieles; no nos basta conocer los aspectos exegéticos de la Sagrada
Escritura, aunque son necesarios; debemos acercarnos a la Palabra divina
con un corazón dócil y con espíritu de fe y de oración.
No somos dueños de esta Palabra sino sus ministros y los servidores
del pueblo de Dios, que tiene derecho a esperar de nosotros no nuestra
propia sabiduría sino esa misma Palabra y la llamada a la conversión
y a la santidad (cf. PO 4) (25).
A las religiosas de vida contemplativa
y de vida activa permitidme recordaros también que debéis
apoyaros en la Palabra de Dios, de manera que ésta sea punto de
partida, llamada, interpelación y sustento de toda vuestra existencia
de consagradas. Cada día os alimentáis en la mesa del Señor,
mesa de la Palabra y del Pan de la vida, para coformaros más perfectamente
con Cristo y entregaros con renovado empeño al servicio de Dios
y de los hermanos. Cuando celebráis en comunidad la Liturgia de
las Horas, santificación del tiempo, y cuando os dedicáis
a la oración, continuáis esa asimilación de la Palabra
divina que os hace ser fieles a vuestros respectivos carismas. Gracias
a vosotras se enriquece también nuestra Iglesia diocesana.
"Dichosos los que escuchan
la Palabra de Dios y la cumplen" (Lc 11,28; cf. Jn 13,17). Esto lo dijo
el Señor de todos los que siempre se han esforzado en acoger con
fe y con el ánimo dispuesto la Palabra divina. Entre todos ha sobresalido
la Santísima Virgen María, que mereció oir también:
"Dichosa tú que has creido, porque lo que te ha dicho el Señor
se cumplirá" (Lc 1,45; cf. 1,38). A ella, Virgen creyente y orante,
confío esta Exhortación pastoral y el objetivo diocesano
para el próximo curso.
Ciudad Rodrigo, 22 de
agosto de 1995
Santa María
Reina
+ Julián, Obispo de
Ciudad Rodrigo
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