LA COMUNIDAD CRISTIANA 
EN EL CAMINO DE LA PASCUA
Exhortación pastoral (22 de Febrero de 1.995)
 
  Queridos hermanos presbíteros, religiosas y fieles laicos:

 "En el tiempo de la gracia te escucho; en el día de la salvación te ayudo. Pues mirad: Ahora es el tiempo de la gracia; ahora es el día de la salvación" (2 Co 6,2). Estas palabras están a punto de resonar en nuestros oidos, un año más, el próximo miércoles de ceniza. Son palabras de esperanza. San Pablo las tomó del profeta Isaías (Is 49,8) para aplicarlas a la etapa que transcurre entre la primera y la última venida de Cristo, tiempo destinado a la conversión y a la práctica de las obras de la luz (cf. Rm 13,11-14). La Iglesia hace suyas estas palabras para anunciar el comienzo de la Cuaresma, el itinerario de toda la comunidad eclesial hacia la Pascua.

1. La Cuaresma santa y espiritual

 La cuarentena de días que transcurren desde el domingo I de Cuaresma hasta el jueves santo, aunque el comienzo se anticipa al miércoles de Ceniza, representa simbólicamente esta vida, mientras que la cincuentena gozosa que sigue al día santísimo de la Resurrección del Señor es un símbolo de la fiesta que no tiene fin. 

 La Cuaresma es, por tanto, un tiempo emblemático, cargado de matices procedentes de los numerosos acontecimientos salvíficos en los que la cuarentena aparece en la Bibla, como el diluvio (Gn 7,4), la teofanía del Sinaí (cf. Ex 24,18; Dt 9,9), la marcha de Israel en el desierto hacia la tierra prometida (cf. 2 Esd 9,21; Hch 7,36), la peregrinación de Elías hasta el monte de Dios (cf. 1 Re 19,8), la penitencia de Nínive (cf. 3,4), etc. Denominador común de estos acontecimientos es la llamada divina al hombre para que cambie de actitud y para que se ponga en camino, hacia un nuevo encuentro con el Dios de la misericordia y de la salvación. 

 La Cuaresma ha sido además santificada por el propio Jesús que, después de haber sido bautizado en el Jordán "fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo" (Mt 4,1; y par.). Durante aquellos cuarenta días el Señor se preparó para la cruz y la resurrección y, como señala san Agustín, "nos incluyó en sí mismo cuando quiso verse tentado por Satanás", de manera que "si fuimos tentados en él, también en él vencemos al diablo" (Serm. 60).

 Desde entonces la Cuaresma está impregnada de la victoria pascual de todo el cuerpo de Cristo que, unido a su cabeza y bajo la acción del Espíritu Santo, celebra y revive la resurrección en cada uno de los miembros. El Concilio Vaticano II, recogiendo la rica tradición catequética y litúrgica cuaresmal que arranca de los siglos IV-VI, habló del doble carácter de este tiempo que "prepara a los fieles, entregados más intensamente a oir la Palabra de Dios y a la oración, para que celebren el Misterio pascual, sobre todo mediante el recuerdo o la preparación del bautismo y mediante la penitencia" (Conc. Vaticano II, Sacrosanctum Concilium 109). 

 La Cuaresma aparece así como una verdadera pascua, por la que toda la Iglesia, en los catecúmenos y en los fieles, actualiza sacramentalmente el paso "de la esclavitud a la libertad, de las tinieblas a la luz, de la muerte a la vida" (cf. Rm 8,21; 1 Pe 2,9; 1 Jn 3,14). El momento cumbre de este paso lo constituye la celebración de la Vigilia pascual que inaugura la Cincuentena festiva, el tiempo de la presencia del Señor por su Espíritu. 

2. La Cuaresma en el contexto del objetivo pastoral de este año

 La Cuaresma es un tiempo especialmente favorable para la comunidad cristiana. Como señalaba también el Concilio Vaticano II, el itinerario de la penitencia cuaresmal no es solamente "interno y personal, sino externo y social" (cf. Conc. Vaticano II, Sacrosanctum Concilium 110). Esto exige que todas las prácticas cuaresmales, tanto de los individuos como de toda la comunidad, han de estar orientadas, por una parte, a la conversión del corazón y, por otra, a fomentar la vida de la Iglesia local, especialmente en la parroquia.

 No se puede olvidar que, históricamente, la Cuaresma ha sido siempre el tiempo de la preparación inmediata a los sacramentos de la Iniciación cristiana, por los que la Iglesia nace y renace como cuerpo de Cristo y realiza su función maternal de engendrar nuevos hijos de Dios (véase la Exhort. pastoral La comunidad parroquial al servicio de la evangelización, 2.2.3). Aunque no haya catecúmenos en la comunidad local, todos los fieles sin excepción son invitados a renovar públicamente la profesión de fe y los compromisos bautismales en la Vigilia pascual "terminado el ejercicio de la Cuaresma" (cf. Misal Romano, Vigilia pascual). 

 La Cuaresma contribuye, por tanto, a edificar la parroquia "como comunidad de fe, de celebración, de caridad y de presencia misionera en la sociedad y en el mundo", para que se haga visible y patente a los ojos de todos la Iglesia de Cristo que se realiza y se levanta en un determinado lugar -la Iglesia local- (Exhot. pastoral cit., 2.1.1). En el fomento de la vida comunitaria parroquial y en la renovación de la parroquia juega un papel muy importante la conversión: "Para asegurar una adecuada revitalización de nuestras parroquias, primero hemos de procurar la conversión a Dios de las personas, pastores y fieles" (Exhort. pastoral cit., 3.2; véase todo el número: lo que se dice tiene especial aplicación en la Cuaresma).

3. La situación moral de nuestra sociedad

 Pero la Cuaresma no sólo incide en la vida interna de la Iglesia y de cada uno de los fieles. La dimensión externa y social de las prácticas cuaresmales pide que la Cuaresma se proyecte también hacia la sociedad. En este sentido la Cuaresma de este año significa un reto ante el grave deterioro moral y la falta de esperanza que nos envuelven.

 Para nadie es un secreto el clima de desánimo que se vive actualmente en España y del que se hacen eco los más poderosos medios de comunicación. Sin embargo estos medios, ocupados en denunciar los casos de corrupción en la vida privada y pública, no siempre señalan el origen de los abusos que se dan especialmente en el manejo del dinero y en otros ámbitos de la vida social. Se habla mucho de crisis del sistema político y democrático, pero casi nadie se atreve a reivindicar la ética y la moral como fundamento y norma suprema de toda actuación en los ámbitos privado, familiar, profesional, sindical y, naturalmente, político a todos los niveles. Se prefiere hablar de otros aspectos de la crisis, importantes y graves también, como el deterioro económico, el paro, la inflación, etc. Pero incluso en este terreno, mirando a nuestra región, de las más pobres de Europa, parece que nadie quiere reflexionar en voz alta y hablar de lo que realmente sucede en nuestros pueblos y ciudades, que ven cada día más problemático el futuro.

 En noviembre de 1990 los obispos españoles dieron a conocer una exhortación titulada La verdad os hará libres (Jn 8,32), para diagnosticar la profunda crisis de las costumbres y de los criterios y principios inspiradores de la conducta moral. Aquel documento, ante el que muchos se rasgaron las vestiduras en lugar de prestarle atención, pretendía colaborar en la revitalización moral de nuestra sociedad proponiendo, a los católicos y a todos los ciudadanos sensibles, una serie de consideraciones éticas. Lo que allí se dice sigue teniendo hoy una tremenda actualidad, y la Cuaresma de este año constituye una buena oportunidad para volver a leerlo y tratar de llevarlo a la práctica. 

4. Objeto de esta carta pastoral

 La carta tiene como finalidad orientar la actuación pastoral en nuestra Diócesis Civitatense en una misma dirección y con un espíritu común, que aglutine el ejercicio de las diversas funciones que entran en juego en la celebración de la Cuaresma, especialmente la catequesis, la liturgia, las prácticas piadosas y ascéticas, la comunicación cristiana de bienes y la presencia de los laicos en la sociedad. 

 En el contexto del objetivo pastoral de este año y mirando a la situación de deterioro de los valores espirituales y éticos de nuestra sociedad, os invito a reflexionar y a adoptar una serie de compromisos operativos, siguiendo tres pasos, que se explicitan en cada una de las partes: 1. Dónde estamos, de qué situación debemos partir, es el punto de partida, una toma de conciencia de nuestra vida cristiana a nivel personal y comunitario, así como del ambiente moral que nos envuelve. 2. Cual es la meta hacia la que debemos dirigirnos, que no es otra que nuestra vida de hijos de Dios en el Hijo Jesucristo, el Primogénito de muchos hermanos, la vida en plenitud que se nos ha comunicado como un don divino y que debe manifestarse en todos los ámbitos de nuestra existencia terrena. 3. Las condiciones y las exigencias del camino, es la respuesta a la pregunta que debe brotar tanto del análisis de la situación como de la presentación de la meta a la que debemos aspirar: "¿qué tenemos que hacer?" (Lc 3,10; Hch 2,37).

 I. DONDE ESTAMOS, DE QUE SITUACION DEBEMOS PARTIR

5. Entrar dentro de nosotros mismos

 La propuesta de conversión que hace la Cuaresma requiere, en primer término, tomar conciencia de la situación en la que nos encontramos. En la parábola del hijo pródigo, aquel hijo que había malgastado todo, "cuando empezó a pasar necesidad", recapacitando, cayó en la cuenta no sólo de la indignidad en la que se hallaba, sino también del amor y del calor familiar que había dejado atrás en la casa paterna. Fue entonces cuando tomó la decisión de volver y pedir a su padre que lo acogiera al menos como a un jornalero (cf. Lc 15,14.17-19). 

 El primer paso es, por tanto, entrar dentro de nosotros mismos y descubrir sinceramente los aspectos negativos de nuestra vida, para desear con más ardor el cambio de situación. No es fácil este primer paso, porque supone experimentar la carencia de unos bienes morales, o sentir el peso de unas culpas e incluso el miedo a enfrentarse con la enfermedad del espíritu. El ambiente que nos rodea no facilita precisamente esta toma de conciencia, a causa de la superficialidad con que se vive y porque, en el fondo, se rehuyen las preguntas fundamentales sobre el sentido de la vida y sobre lo que es bueno o malo. Como denunció en su momento el Concilio Vaticano II, "son muchísimos los que, tarados en su vida por el materialismo práctico, no quieren saber nada de la clara percepción de este dramático estado, o bien oprimidos por la miseria, no tiene tiempo para ponerse a considerarlo" (Gaudium et Spes 10).

 Pero el hombre no puede ignorar su situación. Negarse a saber la verdad acerca de uno mismo y de su vida es un síntoma de profunda debilidad espiritual. El enfermo que no se atreve a enfrentarse con su estado, está doblemente enfermo y difícilmente podrá afrontar con valor la lucha contra el mal que le aflige. No es sólo cuestión de sinceridad ante uno mismo y ante Dios, es también cuestión de búsqueda de la luz y de la verdad, sin las cuales no hay libertad verdadera ni recuperación de la dignidad de los hijos de Dios. No podemos olvidar estas palabras del Señor: "El que obra el mal, aborrece la luz y no se acerca a la luz, para que sus obras no queden al descubierto, pero el que obra la verdad, va a la luz para que se ponga de manifiesto que sus obras están hechas según Dios" (Jn 3,20-21).

6. Una toma de conciencia definida por la esperanza

 Todo el mundo teme que salgan a la luz los aspectos oscuros de su existencia. Por eso muchos prefieren "seguir tirando" antes que buscar una salida o intentar un cambio radical en su forma de vivir. Sin embargo tomar conciencia del mal que se padece resulta saludable, porque lleva implícito el deseo, más o menos presentido, del bien que se añora o se vislumbra. Por otra parte, examinar serenamente los males o las deficiencias propias no es una forma de autocastigo sino un paso necesario para encontrar las causas y aplicar el remedio. Es cierto que la conversión arranca de una aversión o rechazo del mal moral y del pecado, pero aun esta aversión se produce porque en alguna medida se está procurando el bien.

 La conciencia del estado de postración y de indignidad en que se encontraba el hijo pródigo fue determinante para que se pusiera en camino hacia la casa paterna, pero no lo fue menos la convicción de que, por encima del daño que había causado a su padre, prevalecería el amor de éste y el deseo de ver rehabilitado al hijo. Es indudable que esta convicción ha de generar esperanza en todos aquellos que se esfuerzan por entrar dentro de sí mismos y analizar delante de Dios su situación y la de la sociedad en la que viven.

 La esperanza nos es muy necesaria en estos momentos. Pero no una simple esperanza que apenas rebasa el nivel de un deseo o de una añoranza o de una aspiración inalcanzable, sino la esperanza cristiana, es decir, la "esperanza que no defrauda" (cf. Rm 5,5). Esta esperanza se basa en la fidelidad del Padre que no abandona nunca a sus hijos y que, en su amor misericordioso, está dispuesto siempre a abrazar al hijo pródigo y devolverse la dignidad perdida. El Dios en quien esperamos es fiel (cf. Hb 10,23; 1 Jn 1,9) y ha dicho: "¿Es que una madre puede olvidarse de su criatura, no conmoverse por el hijo de sus entrañas? Pues aunque ella se olvide, yo no te olvidaré" (Is 49,15). Por eso la esperanza cristiana se proyecta sobre este mundo, aunque nos hace mirar también más allá del horizonte de nuestra existencia terrena.

7. Examinarnos como creyentes y como miembros de la Iglesia

 Tomar conciencia de nuestra situación como creyentes y como miembros de la Iglesia, antes de fijarse en la sociedad que nos rodea, es un signo de humildad y un modo de evitar la tentación de buscar la paja en el ojo ajeno sin eliminar antes la viga en el propio (cf. Mt 7,3-5). La búsqueda de la verdad y de la luz en la propia vida es una condición indispensable para la conversión: "Si decimos que estamos en comunión con Dios, y caminamos en tinieblas, mentimos y no obramos la verdad... Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos y la verdad no está en nosotros. Pero si reconocemos nuestros pecados, él es fiel justo para perdonarnos y purificarnos de toda injusticia" (1 Jn 1,6.8-9).

 En la mencionada Instrucción La verdad os hará libres se apuntaban algunos factores intraeclesiales de la crisis moral que nos envuelve (cf. nn. 30 ss.). Allí se aludía a la deficiente formación moral de los católicos, que se sienten desorientados y perplejos ante opiniones divergentes en muchas materias, vacilando ante la vigencia de los criterios recibidos y cayendo a veces en el escepticismo. La contemporización con el ambiente o el conformismo con las costumbres que se van introduciendo, dando todo por bueno y por válido, sin enjuiciarlo primero y sin contrastarlo con los principios evangélicos o de la ley de Dios. Hay muchos católicos que ni siquiera reaccionan ante la presencia de factores extraños a la conducta cristiana que alteran y destruyen el organismo espiritual. Es como si padecieran una especie de inmunodeficiencia adquirida que les roba las defensas espirituales y la capacidad de combatir esa invasión destructiva.

 ¿Dónde está la conciencia crítica de la que tanto se ha alardeado en otros tiempos? A veces se tiene la impresión de que los jóvenes cristianos de hoy son menos críticos y más conformistas con el mundo que les rodea, de lo que lo fueron las generaciones anteriores. Es necesario preguntarse si no estamos cediendo cada día al relativismo moral que nos envuelve, si no estamos demasiado tranquilos dando por bueno y por verdadero lo que opina la mayoría de la gente o considerando éticamente válido lo que está legalmente permitido, aunque vaya manifiestamente en contra de valores permanentes como la unidad y la indisolubilidad del matrimonio, el respeto absoluto a toda vida humana desde la concepción hasta la muerte, la no separabilidad entre sexo y amor, la bondad o maldad intrínseca de algunas acciones, etc.

8. Algunas sombras y fallos

 Hay muchos cristianos, también entre nosotros, que se comportan como no creyentes, aceptando que Dios vaya desapareciendo poco a poco del horizonte de sus vidas y dejando de ser el fundamento de su existencia y de su comportamiento. Una forma de prescindir de Dios es la que se da en aquellos que viven en un materialismo práctico, cerrando su corazón a las necesidades de la población que vive en condiciones de pobreza y olvidándose de que "el derecho a la propiedad privada, válido y necesario, se halla gravado por una hipoteca social" (Juan Pablo II, Encíclica Sollicitudo rei socialis, de 30-XII-1087, n. 42). No hace falta ir al tercer mundo para constatar que en nuestra región se da también la acumulación de bienes en unos pocos, mientras que a la mayoría sólo le llegan las migajas de un bienestar más artificial que real. Aunque es cierto que ahora se vive mejor que antes, en realidad se carece de bases económicas y sociales para el futuro. El consumismo y la falta de solidaridad se unen para cobrar un precio excesivo e insoportable para los más pobres.   

 En nuestra diócesis hay cristianos que ni siquiera son conscientes de su cristianismo puramente sociológico y formalista, reducido al mantenimiento de algunas costumbres heredadas del pasado y carentes para ellos de un significado más profundo que el mantenimiento de una pretendida tradición. Esas prácticas, cuando responden sólo a un sentimiento puramente emotivo o nostálgico del pasado y no a una actitud de adoración a Dios y de búsqueda de su voluntad en la propia vida, corren el riesgo de ser vanas y estériles. La piedra de toque de la autenticidad de las prácticas religiosas se encuentra en el amor fraterno al prójimo y en una conducta coherente. "Si alguno dice: 'Amo a Dios' y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve" (1 Jn 4,20).

9. El deterioro de los valores espirituales y morales

 Es cierto que vivimos en una sociedad fuertemente condicionada por el influjo de los medios de comunicación de masas, de manera que es muy difícil substraerse al clima de relativismo moral y de permisividad casi total que nos envuelve. Algunos medios exaltan conductas y comportamientos desordenados y ridiculizan valores religiosos y morales. Todo esto se deja sentir en la vida de las personas y de los pueblos. El nuestro ha sabido mantener durante mucho tiempo los valores éticos, humanos y cristianos, dando forma a una cultura popular, caracterizada, entre otros a aspectos, por la honestidad de las costumbres, el respeto a la palabra dada, la honradez en el trabajo y en los negocios, el cariño familiar y el afecto entre los vecinos, el amor a la Iglesia etc., Todo esto se ha visto favorecido por una presencia generosa y entregada de los sacerdotes aun en los núcleos más pequeños, por la solidez de la institución familiar y por una educación religiosa impartida también en la escuela. Los niños y los jóvenes respiraban un ambiente más sano moralmente y, en medio de la pobreza, aprendían el valor de la abnegación y de la solidaridad, para ganarse la vida honestamente y mejorar las condiciones de su existencia.

 Pero en la actualidad parecen haberse confabulado factores de todo tipo para dar una vuelta completa a esta situación. Las comunicaciones que han roto el aislamiento de los pueblos, la fuerte emigración, el aumento del nivel de vida con el consiguiente consumo, el atractivo de las ciudades, etc., han venido a trastornar la escala de valores de nuestra gente. Y lo que es peor, han introducido una falsa noción de progreso y de desarrollo que tiene muy poco o nada que ver con la visión de la persona y del mundo que se venía poseyendo pacíficamente. 

 Esta manera de vivir no hace a la gente más feliz ni más libre, y el precio que hay que pagar al consumo, a una libertad sin límite alguno, a una vida sin privaciones, al placer y al disfrute a toda costa, está resultando demasiado alto. Pero son muy pocos los que se dan cuenta de ello, envueltos unas veces en la euforia de vivir ahora mejor que antes, y otras sumidos en el fatalismo y la desesperanza cuando no alcanzan lo que pretenden, o las perspectivas de futuro se vuelven oscuras.

10. Consecuencias para la juventud

 A los niños y a los adolescentes no se les quiere privar de nada, procurando más o menos conscientemente que no salgan de su mundo de ensueño, aunque se les hace saber muy pronto el poder y el orgullo del dinero. El resultado son unos muchachos cada día más exigentes con sus padres y educadores, pero más ingenuos y menos preparados para la vida. Expresión de esta debilidad es muy probablemente el fracaso escolar y la falta de constancia en el estudio y en toda tarea que exija esfuerzo y espíritu de superación. 

 Los jóvenes de nuestra zona se sienten asfixiados en los pueblos y están contagiados del afán de salir y experimentar por sí mismos la vida fantástica que ven en la televisión, sin caer en la cuenta de que es un reclamo más de los poderes que incitan al consumo. Los jóvenes viven hoy una gran paradoja: por una parte son generosos, abiertos, dialogantes, solidarios; pero, por otra parte, no saben convivir con los mayores ni están preparados para afrontar la falta de oportunidades de trabajo ni las dificultades de los estudios. Quizás por esto caen fácilmente en el tedio y en el pasotismo, y en el no saber divertirse si no es quemando sus energías en la movida de los fines de semana, o cediendo a la evasión del alcohol y de otras drogas.   

11. Necesidad de buscar las causas de estos males

 Cuando se habla de estas cosas se tiene la sensación, no pocas veces, de que se cargan las tintas y no es posible sustraerse al triste papel de ser "profetas de calamidades". Pero no se puede negar la existencia de una situación demasiado marcada por la falta de horizontes, la tristeza, el desaliento y la atonía. Es cierto que hay ruido, fiestas, convites, dinero para gastar, libertad, etc. pero la inmensa mayoría de la gente que dice estar contenta, vive una alegría forzada, sin horizontes ni ideales. La tan repetida "salida de la crisis" no es tal, porque no se ve que se traduzca en trabajo para los que carecen de él ni en bienestar para los que más lo necesitan. Todo se queda en palabras inútiles y en promesas incumplidas.

 La denominada "sociedad del bienestar" por ahora está creando cada vez más niveles de pobreza, y aunque hayamos aprendido a catalogar y a analizar científicamente estos niveles creyendo que así dominamos la situación, no somos capaces de ahondar en las causas reales y, en consecuencia, de poner remedio a los sufrimientos, desesperanzas y fracasos de tanta gente. No nos damos cuenta de que, al entregar la vida a los nuevos dioses del tener por encima del ser, del materialismo y del placer a cualquier precio, se cae en una esclavitud mayor de la que se creía estar liberados. Ya lo advirtió el Señor: "No podéis servir a Dios y al dinero" (cf. Mt 6,24). 

 El ambiente es preocupante y está cada vez más crispado, sembrándose la desconfianza en las personas y en las instituciones. No obstante hay síntomas de reacción social, aun en medio del desánimo y de la confusión reinante. Grupos de ciudadanos, educadores, periodistas, políticos y personas con responsabilidad pública se comprometen cada día en la búsqueda de salidas a esta situación. Pero se necesita una reeducación moral de las personas para elevar el nivel ético de la sociedad, y un reforzamiento de los principios de alcance universal que han de inspirar la conducta y que son los que sustentan realmente todo el edificio de la comunidad humana y del estado verdaderamente democrático. Es preciso sanear entre todos la vida privada y la vida pública. Los cristianos no podemos inhibirnos en esta tarea. 
 

 II PARTE
 LA META HACIA LA QUE NOS DIRIGIMOS

12. Dios sale a nuestro encuentro

 La toma de conciencia de la situación ha sido el primer paso. Pero es más importante aún tener delante de la mirada la meta hacia la que debemos dirigirnos. El modo de vida que llevamos y el ambiente que nos rodea no sólo no nos satisfacen, sino que nos hacen añorar experiencias mejores e intentar un cambio. Pero, ¿dónde encontrar eso que anhelamos? El hijo pródigo, cuando recapacitaba sobre su estado deplorable, comprendió que la solución de sus males estaba en la casa paterna que nunca debió abandonar. Por eso decidió levantarse y ponerse en el camino del retorno.

 Pero el amor misericordioso de Dios, que sobrepasa la generosidad de cualquier padre humano (cf. Lc 11,11-13), se adelanta y sale al encuentro del hijo que regresa. La parábola nos dice que "estando el hijo todavía muy lejos, su padre lo vio y se le enterneció el corazón, y corriendo hacia él se le echó al cuello y se puso a besarlo" (Lc 15,20). Esta actitud, que brota de la esencia misma de la paternidad, expresa la medida del amor de Dios, un amor que, como recuerda san Pablo, "es comprensivo..., no lleva cuentas del mal..., disculpa sin límites, cree sin límites, aguanta sin límites" (cf. 1 Co 13,4-7). "Tal amor es capaz de inclinarse hacia todo hijo pródigo, toda miseria humana, y singularmente hacia toda miseria moral o pecado" (Juan Pablo II, Encíclica Dives in misericordia, de 30-XI-1980, n. 40).

 El modo de obrar de Dios Padre es revelador no sólo de la fidelidad a su condición paterna que le impide olvidarse de sus hijos, sino también de un amor ilimitado que recupera al hijo pródigo y lo reconcilia incluso consigo mismo. En cada hombre o mujer que descubre y reconoce humildemente el desorden moral y el deterioro de su relación con Dios, actúa una fuerza poderosa que le anima interiormente a salir de esa situación, a "ponerse en camino" y a confesar su pecado en los brazos de Dios para vivir de nuevo en la alegría del restablecimiento de la dignidad filial. Es el misterio de la gracia divina que toca el corazón del hombre, lo ilumina y lo sostiene en la búsqueda de la liberación del mal moral y en el deseo de poseer el bien que sólo Dios puede colmar (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2002). 

13. El perdón y la reconciliación

 El retorno a la casa paterna se produce en el hombre que sale de su estado de postración y es acogido por el amor misericordioso del Padre. Esto significa que el hijo pródigo es perdonado y reconciliado. No se trata, por tanto, de una restauración superficial de la dignidad filial que había perdido sino de una nueva donación del amor de Dios en el corazón del hombre, para hacerle vivir otra vez como hijo (cf. Rm 5,5; 8,15-16). "El significado verdadero y propio de la misericordia en el mundo no consiste únicamente en la mirada, aunque sea la más penetrante y compasiva, dirigida al mal moral, físico o material: la misericordia se manifiesta en su aspecto verdadero y propio, cuando revalida, promueve y extrae el bien de todas las formas de mal existentes en el mundo y en el hombre" (Juan Pablo II, Encíclica Dives in misericordia, n. 42).

 Perdón y reconciliación son dos aspectos de una misma realidad de salvación para el hombre. Pero mientras el perdón afecta a la deuda o al pecado que es objeto de remisión por parte de Dios, la reconciliación se centra ante todo en la dimensión personal de la restauración de la dignidad perdida y en la vuelta a la comunión de la alianza. Perdonar significa, por tanto, aniquilar el pecado en cuanto éste destruye la relación con Dios, y aparece como la obra de Dios frente al actuar pecaminoso del hombre. El perdón está relacionado en el Nuevo Testamento con la muerte de Cristo en la cruz (cf. Mc 10,45; Jn 3,16; Rm 8,32; etc.) y es objeto explícito de la predicación apostólica (cf. Lc 24,47; Hch 10,42; etc.) y de la oración cristiana. En este sentido, en la oración dominical se pide: "perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos han ofendido" (cf. Mt 6,12).

14. Reconciliación con Dios, con uno mismo y con los demás

 Ahora bien, el perdón entraña también la acogida del pecador y el otorgamiento de una nueva vida (cf. Mc 2,5; Lc 7,48; 23,43; Jn 8,11). Bajo este aspecto el perdón coincide con la reconciliación. En efecto, "cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo" (Rm 5,10; cf. 2 Cor 5,18-20; Col 1,20). La reconciliación significa el reencuentro del hombre con Dios y el restablecimiento de la relación filial. 

 Pero este don de la misericordia divina lleva también consigo la reintegración del hombre a su verdad más profunda, es decir, la recuperación de la dignidad de hijo y la capacidad de vivir en la libertad verdadera, la libertad de los hijos de Dios (cf. Rm 8,21; Ga 5,1). Esto es posible porque el hombre reconciliado recupera el corazón nuevo y la presencia viva del Espíritu de Dios en lo más íntimo de su ser (cf. Ez 36,26-27; Sal 51,12; etc.), de manera que puede vivir otra vez la alegría de saberse hijo de Dios en el Hijo Jesucristo (cf. Rm 8,15).

 Esto significa la reconciliación del hombre consigo mismo, una vez que ha recuperado su dignidad filial y, con ella, su unidad interior y su libertad más auténtica. Por la misma razón el hombre reconciliado es capaz de establecer una relación más armoniosa y profunda con los demás, en el reconocimiento de la dignidad de los otros y en el desarrollo de una nueva comunidad de amor. El hombre reconciliado está abierto también a una visión más clara de sí mismo y de los demás, y a una conducta más responsable y coherente con las exigencias de la vida moral.

15. La participación en la vida divina

 El perdón y la reconciliación desembocan en la vida plena de los hijos de Dios dentro de la comunión de amor con el Padre. ¿Qué significa esto? Quizás tengamos que reconocer la pobreza de nuestro vocabulario habitual para expresar toda la realidad de la oferta del amor misericordioso de Dios, un amor que es posible disfrutar ya como un verdadero anticipo en nuestra existencia terrena. Porque, "ni el ojo vio, ni el oido oyó, ni vino a la mente del hombre lo que Dios ha preparado para los que le aman" (1 Cor 2,9). 

 Para comprender mejor la bondad y la belleza de la vida de los hijos de Dios es conveniente dirigir la mirada a la encarnación de Jesucristo y a la actualización de este misterio en los sacramentos de la Iglesia. En efecto, el misterio de la encarnación significa no sólo que el Hijo de Dios asumió nuestra condición humana (cf. Jn 1,14; Rm 8,3; Fl 2,6-7; etc.), con todo lo que esto supuso de identificación con el dolor y el sufrimiento de los hombres (cf. Mt 8,16-17; Is 53,4), sino también la posibilidad de la asociación de los hombres a la gloria propia del Hijo: "Conocéis la generosidad de nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, por nosotros se hizo pobre a fin de que os enriqueciérais con su pobreza" (2 Cor 8,9). Esta generosidad ha llegado hasta el extremo de hacer al hombre "partícipe de la naturaleza divina" (cf. 2 Pe 1,4) e "hijo de Dios" (cf. Jn 1,12-13; 1 Jn 3,1-2). 

16. Divinización del hombre o acción de la gracia santificante

 En la encarnación se inició un "maravilloso intercambio", expresado por san Agustín con estas célebres palabras: "Dios se hizo hombre para que el hombre se haga Dios" (Serm. 128). Al revestirse el Hijo de Dios de nuestra forma humana, nos ha incorporado a sí, restituyendo al hombre la inocencia primera, la imagen y semejanza del Creador (cf. Gn 1,26-27). 

 Los sacramentos de la Iniciación cristiana, especialmente el Bautismo, realizan en el hombre la regeneración y la participación en la naturaleza divina de Cristo (cf. Jn 3,3-5; Tit 3,4-7). El Bautismo, al tiempo que asimila y conforma al hombre a Jesucristo, el primogénito entre muchos hermanos (cf. Rm 8,29), significa también el despojo o la muerte del hombre viejo y el revestimiento de Cristo y la vida nueva (cf. Ga 3,27; Rm 13,14; Col 3,9-10; etc.). La Confirmación perfecciona la asimilación de los bautizados a Cristo y los consagra para el culto verdadero. El sacramento de la Penitencia, como segundo Bautismo, realiza a su vez una nueva restauración de la vida divina en el hombre, cuando éste la ha perdido a causa del pecado. La Eucaristía representa la plenitud de la vida divina, al transformar a los que participan en el Sacrificio y en el banquete eucarístico en "hostia viva, santa, grata a Dios y culto espiritual" (Rm 12,1; cf. 1 Pe 2,5). 

 Los Santos Padres, especialmente griegos, llamaron a esta realidad de la participación del hombre en la vida de Dios por obra del Espíritu Santo, théiòsis o divinización. La teología occidental ha preferido hablar de "justificación" y de "gracia santificante" como don divino infundido por el Espíritu Santo que renueva al hombre y lo hace grato a Dios (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1987 ss.). Esta participación en la vida divina es, por otra parte, el origen y el fundamento de la moral cristiana: "Cristiano, reconoce tu dignidad. Puesto que ahora participas de la vida divina, no degeneres volviendo a la bajeza de la vida pasada. Recuerda a qué cabeza perteneces y de qué cuerpo eres miembro" (S. León Magno, Serm. 21,2).

17. La gloria de Dios es el hombre viviente

 El perdón y la reconciliación, junto con la recuperación de la dignidad filial y la participación en la vida divina, llevan consigo también la posibilidad de vivir de manera más plena el ser persona. Se trata de la vida humana en sí, la vida que aun desde este punto de vista ha alcanzado su realización más perfecta en Jesucristo. Pero cuando nos referimos a la vida humana después de haber hablado de la divinización o de la santificación del hombre, no aludimos a dos vidas diferentes y sobrepuestas, sino que hablamos de una sola vida, la que el hombre ha recibido como el primer don de Dios y que, gracias al misterio de la encarnación y de la muerte y resurrección de Cristo con la donación del Espíritu Santo, ha alcanzado la plenitud de su valor y dignidad. 

  En efecto, no hay contraposición sino profundización y aclaración de aquello en lo que consiste ser verdaderamente hombre. Y esto se revela y se comprende tan sólo a partir del misterio de Cristo, porque sólo "Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación" (Conc. Vaticano II, Gaudium et Spes 22). En efecto, "el Verbo se ha constituido en distribuidor de la gracia del Padre en provecho de los hombres, en cuyo favor ha puesto por obra los inescrutables designios de Dios, mostrando a Dios a los hombres, presentando al hombre a Dios... no fuera que el hombre, privado totalmente de Dios, dejara de existir, porque la gloria de Dios es que el hombre viva, y la vida del hombre consiste en la visión de Dios" (S. Ireneo, Advers. haer. IV,20). 

18. Vida humana en plenitud

 Por consiguiente, cuando el hombre vuelve a Dios y, convertido y reconciliado, recupera su condición de "imagen y semejanza" del Creador y su dignidad de hijo, con todo lo que esto supone, vuelve verdaderamente a la vida, a una vida más plenamente humana, porque responde mejor al proyecto inicial de Dios y ahora es fruto de una acción divinizante y santificadora que repara lo que estaba deteriorado y hace revivir lo que estaba muerto. En la parábola del hijo pródigo, el Padre dice al hijo mayor: "este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido, estaba perdido y ha sido encontrado" (Lc 15,32). 
 Por eso, el saberse de nuevo hijos de Dios y hermanos de Jesucristo, el Primogénito, constituye una experiencia de gozo y de alegría capaz de colmar las mejores aspiraciones y de satisfacer los deseos más profundos del corazón humano. Es sentir la alegría de vivir una vida auténtica entendida como amor y como comunión no sólo con Dios sino también con los demás. El Espíritu Santo, enviado por el Padre al corazón de sus hijos (cf. Rm 5,5), además de crear un "corazón nuevo" y un "espíritu nuevo" que sustituyan al "corazón de piedra" endurecido por el pecado (cf. Ez 36,26-27; Sal 51,12), hace posibles las exigencias más radicales del amor humano, que no son otras que la comunión con Dios y la comunión con los demás.

 El amor es la más profunda vocación del ser humano, que encuentra en el amor su principal realización como viviente. En este sentido el que vive como hijo de Dios, no sólo ama a Dios sino que ama también a sus hermanos (cf. 1 Jn 4,21). El que ama a Dios, no se desinteresa de los hombres, y el que busca amar a sus semejantes sabe que sólo realizará este ideal cuando lo sustente en el amor de Dios (cf. 1 Jn 4,7.11.20-21; etc.). El amor cristiano es, por tanto, un amor total, único, que descansa en la comunión y que se manifiesta en la vida de los que quieren hacer suya la vida de Dios. Todos los demás valores humanos, la verdad, la justicia, la honestidad, la libertad, etc. encuentran su unidad y su fundamento en el amor.

19. Una vida que se manifiesta en la comunión de la Iglesia 

 La vida de los hijos de Dios, definida por el amor y por la comunión con Dios y con los hermanos, como meta y posesión de los que quieren salir de la situación de pecado y reconciliarse con Dios y consigo mismos, no es una vida para "ser escondida debajo del celemín" sino para que "alumbre a todos" (cf. Mt 5,15-16). Lo pide la conciencia misma del don que se ha recibido, ser hijos de Dios en el Hijo Jesucristo, y la finalidad del amor divino derramado en el corazón humano con el Espíritu Santo, esto es, la comunión con Dios y con los demás. Este amor anima las relaciones entre los creyentes y los impulsa a situarse ante la vida con un nuevo talante y a construir "la civilización del amor". 

 En este sentido la vocación de los creyentes convertidos y reconciliados coincide con la vocación de la Iglesia llamada a ser, en medio del mundo, "señal e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano" (Conc. Vaticano II, Lumen Gentium 1). Esta unidad ya ha comenzado desde el momento en que en la Iglesia reúne hombres de toda raza y condición (cf. Ap 7,9), pero constituye una tarea permanente de los cristianos hasta que se alcance la consumación de la unidad de todo el género humano y la recapitulación de todas las cosas en Cristo (cf. Ef 1,10; Col 1,16.20).

 La manifestación pública de la condición de los hijos de Dios y de la la vocación de unidad de la Iglesia se ha de producir y de hecho se produce en el desarrollo y en la realización de las dimensiones sociales de la vida de los cristianos, es decir, en el contexto de las relaciones interpersonales y en todos los ámbitos de la existencia. El creyente convertido y reconciliado trata de hacer suyo el espíritu de Jesús, es decir, se deja guiar por el Espíritu de Dios (cf. Rm 8,14), el Espíritu que anima todas las actuaiones tanto en el seno de la Iglesia como en lo que constituye el servicio a la sociedad. De este modo los creyentes, movidos por el Espíritu, han de actuar en todo momento en coherencia con su condición de hijos de Dios, poniendo en práctica el Evangelio de Jesucristo y la moral de la Nueva Alianza.
 

    III PARTE: LAS CONDICIONES Y EXIGENCIAS DEL CAMINO

20. ¿Qué tenemos que hacer?
 
 Cuando los oyentes de Juan el Bautista escuchaban su palabra ardiente invitándoles a "dar frutos dignos de la penitencia", le preguntaban: "¿Qué haremos, pues?..., ¿qué tenemos que hacer también nosotros?" (cf. Lc 3,7-14). La misma pregunta surgió el día de Pentecostés, cuando el Apóstol Pedro anunció a la muchedumbre conmovida en el corazón, el perdón de los pecados por la muerte y la resurrección de Jesús: "¿Qué tenemos que hacer, hermanos?" (Hch 2,37). Una pregunta semejante debe brotar en todos nosotros tanto del análisis de la situación en la que nos encontramos (I parte de la carta) como de la presentación de la meta a la que debemos aspirar (II parte).

 La pregunta es, a la vez, de tipo personal y de alcance comunitario y social. De hecho las respuestas tanto de Juan el Bautista como del Apóstol Pedro se referían a todos los oyentes en general, pero particularizando lo que correspondía a cada uno según su condición. En efecto, a todos los oyentes se les vino a decir lo mismo: "Convertíos" (cf. Lc 3,8; Hch 2,38). Es la misma invitación que, tomada esta vez del mismo Señor, nos dirige la Iglesia a todos sin excepción al comenzar la Cuaresma: "Convertíos y creed en el Evangelio" (Mc 1,15). 

21. "Convertíos"

 Por tanto, la pregunta que expresa la disponibilidad de cada uno para pasar a la acción y la respuesta que urge la conversión en el nombre del Señor, afectan a los individuos y a los grupos, es decir, a las personas y a las comunidades eclesiales. Estas se convertirán en la medida en que nos convirtamos cada uno de nosotros. Por este motivo es preciso escuchar la llamada de la Iglesia a la conversión al llegar la Cuaresma, sea cual sea la edad, condición social, nivel cultural o grado de formación cristiana. La llamada se dirige a todos sin excepción: obispo, sacerdotes, religiosas y fieles laicos, a los niños, jóvenes, adultos y ancianos, a los sanos y a los enfermos, a los pobres y a los ricos, a los que tienen trabajo y a los parados, a los profesionales y a las amas de casa, a los hombres públicos y a los educadores, sean cuales fueren las circunstancias personales.

 Pero permitidme insistir en la dimensión comunitaria de la conversión y el carácter interpelante que la misma llamada tiene también para las comunidades cristianas en cuanto tales. En el contexto del objetivo pastoral de este curso (véase supra el n. 2), la edificación de la parroquia "como comunidad de fe, de celebración, de caridad y de presencia misionera en la sociedad y en el mundo" exige que los pastores nos esforcemos en proponer y en ofrecer oportunidades y cauces de renovación y de auténtica conversión eclesial, que estimulen el que toda comunidad parroquial, religiosa, seminarística, grupo apostólico o de espiritualidad, dé señales de caminar efectivamente hacia la verdad y la autenticidad de la vida cristiana y del servicio a la sociedad según la misión de la Iglesia. Se trata también de una exigencia ineludible del talante evangélico y evangelizador que ha de tener toda nuestra acción pastoral (véase Exhort. pastoral La comunidad parroquial, 1.2.).

 "La conversión, decían los obispos en la Exhortación La verdad os hará libres, ha de estar en el primer plano de las preocupaciones y atenciones de la comunidad eclesial. La conversión personal sigue siendo piedra angular para el cristiano y para la comunidad eclesial" (n. 52).

22. Conversión como cambio de vida y como retorno a Dios

 "Convertíos y creed en el Evangelio" (Lc 1,15) es la consigna, el imperativo cuyo cumplimiento nos hará salir de la grave situación de crisis moral y social en la que nos encontramos. La palabra del Señor une dos aspectos complementarios y esenciales para llegar al perdón y a la reconciliación y, en consecuencia, para vivir la vida plena de los hijos de Dios: convertirse y creer en el Evangelio. 

 Convertirse significa cambiar, dar un giro en la dirección de la propia vida, superar el pasado negativo y tratar de alcanzar la verdad y el bien, soltar las amarras del pecado para navegar hacia Dios, romper con unas actitudes egoistas y volcadas enteramente en uno mismo para pasar a un amor que se expresa en el servicio a los demás, abandonar los ídolos que están ocupando indebidamente el lugar del Dios verdadero para poder adorarlo y ofrecerle el obsequio de una voluntad fiel, renovar el modo de pensar y de obrar (metánoia), enderezar la conducta incorrecta, modificar la escala de valores, adquirir una nueva sensibilidad frente a los problemas de los hombres y del pueblo, tratar de vivir y de comunicar la esperanza, la alegría, la justicia, la honestidad, etc. 

 Pero todas estas formas de conversión, en el fondo, tienen en común una característica esencial: convertirse es volverse hacia el Padre, buscar su rostro, optar y decidirse de manera radical y plena por Dios en una relación definida por la confianza filial y el abandono en sus brazos. Por eso Jesús advierte: "Si no cambiáis y os hacéis como niños, no entraréis en el Reino de los cielos" (Mt 18,3).      

23. Conversión como obra de Dios en nosotros

 Una conversión así no puede ser obra del hombre solamente. Requiere un don, la ayuda de la gracia divina. Dios "no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva" (Ez 18,23.32), "para que nadie perezca y todos alcancen el arrepentimiento" (2 Pe 3,9). Cuando el hombre se arrepiente de su mala conducta y decide ponerse en el camino de la casa paterna, es Dios ya el que le llama y atrae. La conversión, como el perdón y la reconciliación, es obra de Dios e iniciativa suya. San Agustín lo expresó de forma inigualable: "Habiéndome convencido de que debía volver a mí mismo, penetré en mi interior, siendo tú mi guía, y ello me fue posible porque tú, Señor, me socorriste. Entré y ví con los ojos de mi alma, por encima de la capacidad de estos mismos ojos, por encima de mi mente, una luz inconmutable..." (Confesiones 7,10).

 La conversión, contemplada así, no es un fenómeno aislado y privado de contexto. Aunque puede producirse de forma tan decisiva en la vida de un creyente que señala efectivamente un antes y un después de la conversión, lo más frecuente es que aparezca como un largo proceso, tan largo como toda la existencia cristiana, desde que el hombre se abre a la fe y a la experiencia del perdón y de la reconciliación con Dios hasta que llega el momento de producirse el tránsito de esta vida a la eternidad. La conversión es un aspecto que caracteriza la vida cristiana entera, de manera que ésta aparece como una conversión continua. Por esto la Iglesia no deja de llamar a la conversión, y año tras año, al llegar la Cuaresma, renueva la llamada del Señor y convoca a todos los fieles: "¡Convertíos y creed en el Evangelio!" (Mc 1,15). 
 
24. "Creed en el Evangelio"

 El segundo aspecto de la invitación cuaresmal es también categórico: "¡Creed en el Evangelio!". Se trata de un aspecto inseparable de la conversión entendida como opción fundamental o decisión radical por Dios. En efecto, el Evangelio en el que es preciso creer no es un simple anuncio, ni siquiera es solamente la buena noticia del perdón de los pecados desligada de lo que constituye su fundamento. El evangelista afirma expresamente que Jesús anuncia el Evangelio de Dios (Mc 1,14) poniendo en su boca estas palabras: "Se ha cumplido el tiempo y está cerca el Reino de Dios; convertíos y creed en el Evangelio" (v. 15). Evangelio y Reino de Dios se identifican, pues, a partir del significado de la expresión Evangelio de Dios. 

 Ahora bien, esta última expresión no deja lugar a dudas: el Evangelio de Dios es el "Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios" (Mc 1,1), es decir, la misma persona de Jesús. San Pablo, al comienzo de la Carta a los Romanos emplea la misma expresión con idéntico sentido: "Pablo, siervo de Jesucristo, llamado apóstol, elegido para el Evangelio de Dios, que de antemano había prometido por medio de sus profetas en las Escrituras santas acerca de su Hijo, nacido de la estirpe de David según la carne, constituido Hijo de Dios con poder según el Espíritu de santidad desde la resurrección de entre los muertos, Jesucristo nuestro Señor, por quien recibimos la gracia y el apostolado..." (Rm 1,1-5). El Reino se identifica también con la persona de Cristo (cf. Jn 1,26; Lc 17,21). Creer en el Evangelio, por tanto, es creer en Jesús, acogerle a él, optar por él, confiarse a él y confiar en él. El habla y actúa, hoy como ayer, por medio de su Iglesia, prolongación de su humanidad salvadora, y "pasa haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo" (Hch 10,38;cf. Mt 4,23). 

25. Seguimiento de Jesucristo

 Creer en el Evangelio significa, en definitiva, seguir a Jesucristo con las exigencias que él señala: "El que quiera ser mi discípulo, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y me siga" (Mc 8,34). El seguimiento de Jesús implica quemar las naves y adentrarse, guiados por el Espíritu, por el camino que él ha marcado, con disponibilidad plena, con renuncia total, sin medias tintas. Al hombre de hoy le cuesta aceptar el ideal de este seguimiento, pero en esto consiste precisamente la radicalidad de la conversión. Esta es algo más que una restauración superficial de la "imagen y de la semejanza de Dios" en nosotros, y que un simple lavado de cara. Es un cambio profundo que comienza en la mente y en el corazón y que se va manifestando en todo el cuadro de valores, propósitos y deseos, actitudes y comportamientos. 

 Dadas las dificultades de nuestra condición humana, la lentitud y el tiempo que requiere nuestra maduración y nuestro crecimiento aun en las cosas del espíritu, la conversión aparece una vez más como un largo proceso que nos va transformando poco. Pero contamos con la paciencia de Dios y con la ayuda del Espíritu "que viene a socorrer nuestra debilidad" (Rm 8,26). El abandono de las situaciones negativas y de pecado es a veces exasperante por nuestra parte, porque no acabamos de convertirnos o porque confiamos demasiado en nuestras propias fuerzas. Por eso no debemos olvidar que la conversión es siempre una obra de la gracia divina en nosotros que es preciso pedir continuamente en la oración. Creer en el Evangelio supone también confiar en el Señor que no abandona nunca a los que confían en él (cf. Is 49,15; Sal 125,1).    

26. Dar frutos dignos de conversión

 Juan el Bautista invitaba a sus oyentes a "dar frutos dignos de la penitencia" (Lc 3,8). La conversión desemboca, como fruto de todo cuanto se ha dicho antes, en un cambio de conducta, es decir, en un comportamiento adecuado a la transformación de la mente, a la renovación de los criterios y de la escala de valores y, de modo especial, a la opción radical y plena por Dios en una relación definida por la confianza filial y el seguimiento de Jesucristo.

 Convertirse a Dios en la Cuaresma de este año, teniendo en cuenta la situación de deterioro moral descrita en la primera parte, supone, en la línea ya de la actuación y de la conducta, el tratar de contribuir en la medida en que pueda cada uno, a lo que los obispos llamaban "revitalización moral de la sociedad" (Exhort. pastoral La verdad os hará libres, 2), "renovación del clima de nuestra comunidad cristiana y de la sociedad en que vivimos" (ib., 50), y "regeneración moral de nuestro pueblo" (ib., 66). Los cristianos no podemos en modo alguno ser insensibles a los males que afectan a los hombres, especialmente a los males de orden espiritual y moral. Ninguno puede decir: "¿Soy yo acaso el guardián de mi hermano?" (Gn 4,9), porque, tanto desde el punto de vista de la solidaridad humana como, especialmente, desde el punto de vista de las exigencias del amor cristiano, todos somos de alguna manera responsables respecto de nuestro hermano, de nuestro vecino, de nuestro prójimo. Y la Iglesia, la comunidad cristiana o la parroquia, respecto de la sociedad y del pueblo. 

 Decían también los obispos en 1990: "La gravedad de la situación descrita requiere una actuación amplia, paciente y profunda de toda la sociedad, pero particularmente de toda la Iglesia, ya que ella tiene la misión, confiada por el Señor, de llevar la Buena Noticia a todos los ambientes de la humanidad y, con su influjo, transformar desde dentro, renovar a la misma humanidad" (ib., 50).

27. Conversión en la vida práctica de cada día

 La conversión en la conducta práctica de cada día es tratar de realizar los ideales del Evangelio y caminar dentro del espíritu de la Nueva Alianza. Es aceptar y cumplir los imperativos éticos exigidos por la conciencia de saberse liberados por Dios de la esclavitud y de la corrupción del pecado y de haber recuperado la dignidad filial. Los mandamientos del Decálogo, ratificados y perfeccionados por Jesús (cf. Mt 5,17), que se resumen en el amor a Dios y en el amor al prójimo (cf. Mt 22,36-40), no son unas normas legales meramente imperativas sino un camino, el camino del bien y de la vida para los hombres: "Mira, hoy pongo delante de ti la vida y el bien, la muerte y el mal. Si cumples lo que yo te mando hoy, amando al Señor tu Dios, siguiendo sus caminos, guardando sus preceptos, mandatos y decretos, vivirás y crecerás; el Señor tu Dios te bendecirá en la tierra donde vas a entrar para poseerla" (Dt 30,15-16).    

 La moral cristiana, por otra parte, afecta al hombre en su integridad y lo conduce a la perfección. "La Ley nueva de Cristo se traduce, en última instancia, en el seguimiento de una persona, la de Jesucristo; consiste en aceptar que él mismo es Evangelio, la buena noticia de salvación comunicada y otorgada por Dios a los hombres y exige tratar de identificar la propia conducta con la suya: 'vivir como vivió él' (1 Jn 2,6)" (La verdad os hará libres, 43). La vida de Jesús tiene en las bienaventuranzas la mejor expresión y la referencia más completa. Todo discípulo de Jesús puede realizarlas en su existencia, porque para eso ha recibido el Espíritu Santo que Dios ha puesto en su corazón para renovarlo y ayudarle a ser fiel a la Ley del amor. El cristiano que se esfuerza en imitar a su Señor, experimenta además el gozo y la alegría de una existencia agraciada por los dones de Dios y por la libertad interior de los que son sus hijos (cf. Fl 3,1; 2 Cor 13,11; Ga 5,13). 

28. Algunas actitudes ante la vida moral en la hora presente

 "Vivir como vivió Jesús", llevando una vida conforme con los mandamientos de Dios y las bienaventuranzas evangélicas, tiene en la hora presente algunas aplicaciones concretas, consecuencia de cuanto se ha señalado en la introducción y en la primera parte de esta carta pastoral.

 Se decía más arriba que se vive en un clima de desánimo (n. 3) y que hay mucha gente sumida en el fatalismo y la desesperanza (n. 10; 12). Pero, al mismo tiempo, se invitaba a una toma de conciencia definida por "la esperanza que no defrauda" (n. 6). Posiblemente, la primera exigencia ética del momento que nos toca vivir consiste en comunicar esperanza a cuantos nos rodean. Con optimismo cristiano hemos de ser testigos de que Dios no abandona nunca a sus hijos, y de que él es fiel y "cumple siempre". Pero al mismo tiempo hemos de ayudar a confiar en los demás, aun cuando la confianza tenga que ser mayor que aquella que se ha merecido por el comportamiento. Es preciso creer en la capacidad de reacción moral de las personas y de los pueblos. Especialmente de cara a los jóvenes, se les ha de amar y se les ha de dar también una nueva oportunidad de rehacer su somportamiento. La educación es siempre una siembra de confianza.

 Otro síntoma de debilidad espiritual que requiere urgente tratamiento es la falta de criterios y de formación moral entre los cristianos (n. 8). Las causas son complejas. Pero en todo caso este problema se comenzará a resolver cuando todos, sacerdotes, catequistas, educadores cristianos, hombres públicos y líderes de la sociedad nos esforcemos seriamente en la lucha contra el relativismo moral y, por todos los medios -catequesis, predicación, enseñanza, comentarios, artículos, etc.,- recordemos que existen principios éticos y orientaciones morales insoslayables y anteriores a cualquier planteamiento puramente legal o circunstancial, precisamente porque están inscritos en el corazón humano. Para los creyentes, además, estas exigencias de ética natural, entre las que sobresalen el derecho a la vida y la dignidad humana inviolable, etc., coinciden con la ley positiva divina revelada por Dios en la Sagrada Escritura y continuamente enseñada por la Iglesia.

 Pero no basta con esta convicción de fondo. Especialmente a los sacerdotes, a los catequistas, a los profesores de religión católica y a los educadores cristianos la hora actual nos pide "que nos esforcemos en llegar a una unidad de criterio y de acción acerca de aquellos valores objetivos claramente señalados como permanentes por el magisterio autético de la Iglesia. Las normas que ésta ha propuesto como obligatorias deben ser fielmente enseñadas y aplicadas; en cambio, lo que es opinable y discutible, debe presentarse como tal" (Exhort. pastoiral La verdad os hará libres, 53). Esta unidad de criterio y de acción se sustenta hoy en la Encíclica Veritatis Splendor del Santo Padre Juan Pablo II, de 6-VIII-1993, y en la III Parte del Catecismo de la Iglesia Católica (nn. 1691-2557). Ambos documentos son de obligado conocimiento para los pastores de la Iglesia y para todos los que colaboran en el campo de la educación cristiana. 

29. Compromisos para la Cuaresma y para después de la Cuaresma

 Todos los fieles cristianos sin distinción, en la familia y en el seno de las comunidades parroquiales, deben hacer un esfuerzo de formación de la conciencia moral y de adecuación de la conducta privada, profesional y pública al espíritu de las bienaventuranzas y a las orientaciones del Evangelio. No se puede ceder al laxismo y a la relajación de las costumbres que parecen impregnarlo todo, sino que es necesario someter al dictamen de la conciencia rectamente informada cuanto se ve y se oye, especialmente en los medios de comunicación social. Muchos de los modelos de hombre o de mujer que triunfan son muchas veces falsos y revelan, más pronto o más tarde, tener los pies de barro y enormes fallos y carencias de tipo ético. Algunos ejemplos han sido noticia todavía reciente a causa de su caida. 

 Los que tienen bienes y se hallan mejor preparados para afrontar las consecuencias de la falta de trabajo y la crisis económica, están llamados a hacer efectiva la solidaridad fraterna con los más necesitados y con los que están en el paro. Pero no basta dar algún donativo de vez en cuando a instituciones benéficas, es preciso vivir con una mayor austeridad y, en la medida de las propias posibilidades, contribuir a la creación de empleo y a una más justa distribución de los bienes económicos, sin acaparar puestos de trabajo ni riquezas en detrimento de la justicia.   

 Los que se dedican a la política, aunque sea a nivel local y provincial, tienen la oportunidad de realizar una noble tarea al servicio del bien común. No todos los políticos se benefician del poder. Muchos actúan responsablemente y es preciso reconocerlo. Para los ciudadanos de nuestro pueblo resulta estimulante que las personas dotadas de representación popular y constituidas en autoridad defiendan con constancia y más allá de los intereses de partido, proyectos sociales y económicos que puedan ayudar a esta región a mirar el futuro sin inquietud. No es nada alentador ver a los pueblos divididos a causa de la política. Cuando llegan las elecciones, los cristianos han de ser conscientes de la obligación de actuar con ponderación al emitir su voto y darlo a las personas que crean, en conciencia, mejor preparadas para mejorar nuestra sociedad.

30. Misión de los padres, de los educadores y de los jóvenes

 Los padres y los que tiene bajo su tutela a los niños y adolescentes, no deben desanimarse ante las dificultades y los retos de la hora actual, y menos aún caer en la inhibición de su responsabilidad. Todavía está cerca el Año Internacional de la Familia que ha puesto de relieve la importancia de esta institución como transmisora de valores en la sociedad actual. Es preciso intensificar el aprecio por la familia y reforzar los lazos de afecto, de ayuda y de diálogo entre los esposos, entre los padres y los hijos, y entre las diversas generaciones que todavía conviven en la unidad familiar. La comprensión y el amor no pueden faltar nunca en el ambiente familiar, pero tampoco la firmeza de los padres, apoyada en la convicción y en la honestidad personal, cuando se trata de ejercer la misión de educar a los hijos.

 Los educadores cristianos, especialmente los que enseñan la Religión y la Moral católica en los Centros de Educación Primaria y Secundaria, se enfrentan hoy a una situación inédita en el ordenamiento jurídico que regula la enseñanza de dicha materia. Como es sabido, la enseñanza de la Religión se tendrá que impartir en unas condiciones tan difíciles que, si los padres no exigen a sus hijos un esfuerzo extraordinario para pedir y recibir esta enseñanza, se producirá un gran vacío en la formación de la persona y en el proceso de la educación de la juventud. Hago mías las palabras de la Nota del Comité Ejecutivo de la Conferencia Episcopal Española, de 16 de diciembre de 1994: "Invitamos a los padres, profesores y alumnos cristianos a una seria reflexión sobre este problema y a que pongan el máximo empeño, responsabilidad e interés en la inscripción de los alumnos en la clase de Religión y en la exigencia de la calidad de su enseñanza. Igualmente invitamos a todos ellos y a las personas e instituciones implicadas en la educación, como parroquias, asociaciones y grupos cristianos, a que incrementen sus esfuerzos en favor de la educación integral de niños y jóvenes".
 
 Los jóvenes tienen también algo que decir y una tarea que realizar en orden a la conversión y a la elevación de nivel moral de la sociedad. Ellos pueden transmitir a ésta sus ideales más generosos y su capacidad de empuje y de renovación, a pesar de las puertas que se cierran y de la falta de oportunidades. La tentación de derivar hacia posturas negativas parece inavitable, a veces. Pero la vida de cada uno es irrepetible y merece la pena realizarla dentro de un horizonte en el que está Dios como Padre y amigo. 

 ¡Queridos jóvenes! No os dejéis atrapar por el consumismo, la superficialidad, la manipulación de los medios de comunicación social y el egoísmo individualista. Jesucristo os propone un camino de vida y de autorrealización plena como hombres y como mujeres. No confundáis el sano esparcimiento y la diversión respetuosa y sensata con formas de evasión y de enajenación que comprometen vuestro equilibrio psicológico y ponen en peligro vuestra vida y la de los otros, especialmente los fines de semana. La alegría debe ser motivo de compartir, no de destrucción.    

31. Medios para la conversión personal y comunitaria
 
 La llamada del Señor, actualizada por la Iglesia al llegar la Cuaresma: "¡Convertíos y creed en el Evangelio", se hace viva y apremiante a través de numerosos cauces tradicionales propios de este tiempo de gracia y de salvación. Son los medios que la Iglesia ha recomendado siempre, pero que han demostrado también una eficacia bien probada, sobre todo cuando se preparan y se realizan con esmero.

 En efecto, las catequesis de adultos, las celebraciones piadosas como Via crucis, triduos o novenas, la práctica de la penitencia con una finalidad no sólo ascética sino también de comunicación cristiana de bienes, la oración por los pecadores, la recepción fructuosa de los sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía (cf. Código de Derecho Canónico, cn. 920 y 989), la celebración eucarística de los domingos de Cuaresma y la convocatoria del pueblo en algunas ferias como el miércoles de Ceniza u otros días, la homilía durante las ferias, las predicaciones o conferencias especiales de este tiempo, las visitas a las familias y a los enfermos, y tantos otros actos individuales o comunitarios que existen en cada lugar, son una ocasión especialmente oportuna para transformar las comunidades parroquiales y para llevar a cabo una acción evangelizadora a todos los niveles que conduzca a la conversión.

 Pero, entre todos estos medios sobresalen algunos especialmente recomendados durante la Cuaresma. En primer lugar la escucha abundante de la Palabra de Dios. Los pastores hemos de realizar con todo esmero la homilía y otras formas de predicación, y ofrecer ejercicios espirituales, conferencias y otros actos semejantes. Importa mucho que se distribuya siempre el verdadero pan de la Palabra de Dios, tal como la recibe y la transmite la Iglesia en la liturgia y en el magisterio papal y episcopal. 

 La práctica del ayuno y de la abstinencia en los días penitenciales señalados por la Iglesia (cf. Código de Derecho Canónico, cn. 1249-1253), es decir, en España el miércoles de Ceniza y el Viernes Santo como días de ayuno y abstinencia y los viernes de Cuaresma como días de a la sola abstinencia, debe cumplirse atendiendo al espíritu con que han sido establecida. Se trata, en efecto, de unirse a la pasión de Cristo, y de mantener el espíritu más disponible para el bien y para el crecimiento de la libertad cristiana mediante el don de sí mismo, la capacidad de renuncia y la comunicación de bienes. Por eso la práctica del ayuno y de la abstinencia ha de ir acompañada de la oración y de la caridad, y no reducirse a lo que está establecido que es solamente un mínimo. Sería muy saludable en la Cuaresma reducir el consumo de lo que no es necesario, el uso de bebidas alcohólicas y del tabaco, la televisión y otros medios que impiden la comunicación en la familia, la ocupación frenética que limita el tiempo para la reflexión y la plegaria, las diversiones que no sirven para la recuperación psicológica y física, etc.  

 La celebración del sacramento de la Penitencia, facilitada a nivel individual por medio de tiempos y horarios oportunos y fielmente seguidos. Las celebraciones de la reconciliación de varios penitentes con confesión y absolución individual, como propone el Ritual, han de prepararse con todo cuidado, con la suficiente calma y con el número adecuado de ministros, convenientemente separadas de la Misa para que tanto la Penitencia como la Eucaristía tengan el relieve participativo y comunitario que corresponde a cada una de estas acciones litúrgicas.

 La cumbre de todo el itinerario catequético y litúrgico de la Cuaresma ha de ser la celebración del Triduo pascual, aunque sin olvidar las otras manifestaciones de la piedad popular. Los actos litúrgicos del Triduo, entre los que sobresale la Vigilia pascual, requieren cuidar todos los detalles y realizar antes una catequesis explicativa al pueblo sobre el significado de los grandes ritos y símbolos de la liturgia, así como el ensayo de los cantos adecuados para la participación. Merece la pena insistir una y otra vez en la asistencia de todos los fieles a las celebraciones cumbre del año litúrgico, especialmente a la Vigilia pascual, pero los sacerdotes y los colaboradores en la liturgia hemos de ser los primeros en vivir los misterios que se celebran en la Semana Santa. No podemos olvidar tampoco que las celebraciones de la iglesia se prolongan en las calles y en las plazas de nuestros pueblos. Cuidemos las manifestaciones de la piedad popular y procuremos impregnarlas de fe y espíritu religioso. 
  
32. A modo de conclusión

 La Cuaresma de 1995 está a las puertas. Dice el Señor: "Convertíos a mí de todo corazón... rasgad los corazones, no las vestiduras: convertíos al Señor Dios vuestro; porque es compasivo y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad" (Jl 2,12-13). A esta dimensión personal se une la dimensión comunitaria de los actos que contribuyen a fomentar la vida de la Iglesia local. 

 La convocatoria cuaresmal es un acontecimiento de gracia para toda la Iglesia y aun para la sociedad, si los discípulos de Jesús escuchamos la voz del Señor y realizamos el itinerario pascual que nos ha de conducir desde una situación de olvido de Dios y de indiferencia ante los valores del Reino, o desde las tinieblas del pecado y de la indignidad, hasta la casa paterna para revivir la alegría de haber recuperado la condición de hijos de Dios en el Hijo Jesucristo. "¡Ojalá escuchéis hoy su voz, no endurezcáis vuestro corazón como en Meribá..., cuando vuestros padres me pusieron a prueba y me tentaron, aunque habían visto mis obras" (Sal 95,7-9).

 Queridos hermanos: Os deseo a todos una sincera y gozosa renovación cuaresmal para que podáis celebrar a Cristo Resucitado que nos da el Espíritu Santo para que nos sintamos en verdad hijos de Dios. Que la Santísima Virgen María, que supo estar atenta a la llamada del Señor y acogió su Palabra con toda fidelidad, os anime a emprender el camino de la Pascua.

Ciudad Rodrigo, 22 de febrero de 1995
Fiesta de la Cátedra del Apóstol S. Pedro


      + Julián, Obispo de Ciudad Rodrigo