| Queridos hermanos presbíteros,
religiosas y fieles laicos de Ciudad Rodrigo:
La práctica iniciada
por Mons. Antonio Ceballos, mi antecesor tan amado por vosotros como admirado
por mí, de ofrecer al comienzo del curso apostólico unas
reflexiones doctrinales sobre el objetivo pastoral diocesano, me da la
oportunidad de dirigirme por primera vez a toda la comunidad diocesana
usando este medio. No quiero ocultaros la alegría que supone para
mí redactar esta exhortación a modo de carta pastoral. Permitidme
deciros como san Pablo: "Mi carta sois vosotros mismos, escrita en mi corazón,
conocida y leida por todos los hombres, pues es notorio que sois carta
de Cristo... escrita no con tinta sino con el Espíritu de Dios vivo"
(2 Cor 3,2-3).
Circunstancias de esta Exhortación
Uno de mis deseos al ser nombrado
obispo vuestro ha sido que el comienzo del curso apostólico no sufriera
apenas retraso. El relevo episcopal en la querida Diócesis Civitatense
no debía ralentizar y menos aún paralizar la actividad pastoral
de alcance diocesano. Al mantenimiento del pulso vigoroso de la Iglesia
de Ciudad Rodrigo en los últimos meses ha contribuido la sabia dirección
del Ilmo. Sr. D. Nicolás Martín Matías, Administrador
diocesano, con sus colaboradores y la asistencia del Colegio de Consultores.
Todos ellos merecen nuestro reconocimiento y gratitud, el vuestro y el
mío.
La espera del nuevo obispo
ha sido breve, por otra parte, de manera que nuestra Iglesia recobra el
ritmo habitual, pasado el verano. En este sentido el curso apostólico
1994-1995 en torno a un nuevo objetivo pastoral, se inicia bajo el signo
de la continuidad y de la normalidad.
El ministerio episcopal y la necesaria
cooperación de todos
Pero no se debe olvidar que
la llegada de un nuevo pastor ha significado para la Diócesis Civitatense
un momento de gracia y una señal de la renovada presencia del Señor
en su Iglesia a través del ministerio episcopal. Mons. Ceballos,
al despedirse, os pidió "una actitud de espera evangélica
y de confianza eclesial" (Boletín Oficial del Obispado (= BOO),
febrero 1994, p. 112), y D. Nicolás, al comunicar oficialmente a
la diócesis la noticia de mi nombramiento, os invitaba a prestar
al nuevo obispo una "acogida agradecida, porque el ministerio episcopal...
es un don de Dios y de la Iglesia puesto a nuestro servicio...; filial,
porque la misión del obispo es representar a Cristo, cabeza y pastor,
que guía y acompaña continuamente a su Iglesia; esperanzadora,
porque descubrimos la acción del Espíritu, que alentó
a los primeros apóstoles y sigue siendo el alma de la actual comunidad
de los discípulos de Jesús..." (15 de julio de 1994).
Con estas actitudes que brotan
de la fe, la celebración de mi ordenación en la tarde del
domingo 25 de septiembre ha representado, para vosotros y para mí,
no sólo una vivencia riquísima del misterio de la Iglesia
y de la sucesión apostólica sino también el comienzo
de una relación entre todos vosotros y yo, definida por la gracia
del sacramento del episcopado y significada en el anillo que el Obispo
ordenante puso en mi dedo como "signo de fidelidad a la Iglesia, Esposa
Santa de Dios".
Esta alianza nos compromete
mutuamente en la tarea siempre hermosa del Reino de Dios. Desde este primer
escrito episcopal os pido y os agradezco la colaboración que estoy
seguro que me vais a prestar, cada uno desde su propio carisma personal,
función eclesial o ministerio, "para la edificación de la
Iglesia" (cf. Ef 3,7-12).
Los objetivos de los últimos
cursos
La diócesis de Ciudad
Rodrigo posee en los objetivos diocesanos anuales un cauce muy eficaz de
programación y de realización de su acción pastoral.
Al referirme a los que se han elegido y llevado adelante en los últimos
años pretendo subrayar la continuidad y destacar la importancia
de este cauce.
Tengo delante la valiosa ponencia
sobre la Dinámica pastoral de la diócesis, elaborada por
el Ilmo. Sr. D. Andrés Bajo, Vicario de Pastoral, en la sesión
del Consejo Presbiteral de 18 de diciembre de 1993. En ella se hace una
amplia y detallada "memoria, análisis y evaluación del proyecto
pastoral en el que está embarcada la diócesis" y que yo con
todo cariño asumo en este momento. Doy por supuesto que esta ponencia
es conocida, especialmente por los presbíteros y las personas más
directamente implicadas en la pastoral diocesana. Un extracto ha sido oportunamente
publicado en el BOO de febrero de 1994, pp. 90-96.
Durante el curso 1988-89 se
marcaron unos objetivos orientados a la renovación espiritual del
presbiterio diocesano, intentando generar un proceso de conversión
permanente en cada uno de los presbíteros y para hacer más
eficaz cualquier planificación pastoral. Pero fue en el curso 1989-90
cuando se inicia la actual dinámica de señalar un objetivo
pastoral diocesano para cada año, precedido de una convivencia de
dos días en cada arciprestazgo y presentado por una exhortación
pastoral del obispo, con diversas acciones de tipo formativo y operativo.
Desde ese momento los objetivos han sido formulados como sigue:
-1989-90: "Centralidad de
la Eucaristía en la vida de la Iglesia diocesana". Al objetivo se
une el tema del "arciprestazgo como hogar, escuela y taller".
-1990-91: "Conocer el misterio
de la Iglesia particular para impulsar una nueva evangelización".
En este curso se realizó un estudio analítico en 85 parroquias.
-1991-92: "Conocer el Evangelio
para una nueva evangelización en nuestra Iglesia Civitatense".
-1992-93: "Conocer, asumir
e impulsar la vocación y misión de los laicos para una nueva
evangelización en nuestra Iglesia Civitatense".
-1993-94: "Promover, potenciar
e instaurar una catequesis de adultos evangelizadora en nuestras comunidades
parroquiales civitatenses".
Además de las acciones
directamente relacionadas con el objetivo pastoral diocesano, desde 1989
se vienen realizando otras de gran importancia también para crear
conciencia eclesial, consolidar entre los presbíteros el sentido
de la corresponsabilidad e impulsar la participación de los laicos
y de los jóvenes en la vida de la Iglesia.
Estamos, pues, ante un camino
recorrido hacia unas metas que comprenden un espíritu apostólico
y un estilo pastoral, y que contribuyen a configurar la sensibilidad misionera
e integradora de los distintos aspectos de la presencia y de la acción
de la Iglesia en nuestro pueblo. Un componente muy significativo del trabajo
pastoral de estos años ha sido, así me parece percibirlo,
la espiritualidad de cada uno de los sectores eclesiales comprometidos
en la misión de la Iglesia: presbíteros, religiosas, catequistas,
laicos, jóvenes. No puede ser de otra manera si queremos que nuestro
ministerio o tarea eclesial sea eficaz: "Ni el que planta ni el que riega
cuentan, sino Dios que da el crecimiento" (1 Cor 3,8).
Ante el curso 1994-95: un nuevo objetivo
En mi primer encuentro con
el Sr. Administrador diocesano, a los pocos días de hacerse público
mi nombramiento, ya tuve conocimiento del objetivo elegido por el Colegio
de Consultores en torno a la parroquia al servicio de la evangelización.
En la comunicación de Final del Curso pastoral 1993-1994, D. Nicolás
hacía una primera aproximación al objetivo de esta manera:
"Se pretende que una realidad existente en nuestras estructuras eclesiales,
como es la parroquia, adquiera en todas sus actividades una dimensión
decididamente evangelizadora, tratando de buscar medios que despierten
y afiancen la acogida del Evangelio y la fe comprometida en los miembros
de las comunidades parroquiales. Sin dejar la serie de tareas propias del
servicio parroquial, se ha de recalcar el talante evangelizador que corresponde
primordialmente a la Iglesia, anunciando, de manera explícita y
directa, a Jesucristo como camino, verdad y vida para los hombres de nuestro
tiempo" (BOO de julio 1994, p. 440).
Recuerdo también que
en la entrevista con el Colegio de Consultores y una representación
de la diócesis, el día 21 del pasado julio, uno de los presentes
se refirió a la parroquia "que lo aglutina todo", como una característica
de nuestra Iglesia Civitatense. También se habló del arciprestazgo
y de su importancia para el trabajo pastoral.
En otra reunión de
información y de trabajo con D. Nicolás y con D. Andrés
me fui enterando del planteamiento del objetivo diocesano, de las convivencias
previas y de lo que podría ser mi contribución al objetivo,
una vez ordenado obispo de Ciudad Rodrigo. Además de recibirlo como
un magnífico regalo de la etapa de la Administración diocesana
entre el episcopado de Mons. Ceballos y el comienzo de mi ministerio entre
vosotros, me complace hacerlo también mío en el clima de
continuidad y de normalidad al que me refería al principio de esta
Exhortación. En este sentido mi primera contribución al objetivo
son las reflexiones que vienen a continuación.
Como todavía es muy
pronto para mí el basarme en un conocimiento preciso y completo
de la realidad diocesana, me vais a permitir hablar de la parroquia y de
la comunidad parroquial en términos más bien generales. Después,
con ayuda de vuestra experiencia, contrastad y completad lo que aquí
se dice. Quiero, en primer término, tratar de la importancia de
la parroquia hoy, y después de la relación entre la parroquia
y la Iglesia diocesana, para referirme, finalmente, a algunas cuestiones
más prácticas, pero siempre en general, de cara al objetivo
de este nuevo curso.
I. LA PARROQUIA, UNA INSTITUCION
CON PLENA VIGENCIA
Se habla y se escribe mucho
últimamente acerca de la parroquia, sobre todo después del
Congreso sobre Parroquia evangelizadora celebrado en Madrid del 11 al 13
de noviembre de 1988. El volumen de las actas de dicho congreso, editado
por la Conferencia Episcopal Española (Congreso Parroquia evangelizadora,
EDICE 1989), es un volumen de lectura obligada. Yo lo voy a tener muy en
cuenta. Pero comencemos por recordar algunas ideas fundamentales.
1.1. Qué es la parroquia.
Una mirada a la historia
La palabra "parroquia" (gr.
paroikía) empieza a designar la comunidad cristiana de un determinado
lugar, a partir del siglo II. En este tiempo parroquia y diócesis
coincidían, es decir, eran una misma realidad eclesial presidida
por un obispo y un colegio de presbíteros, a los que ayudaban los
diáconos, sin distribuciones territoriales. Más tarde, con
la expansión geográfica y sociológica de la Iglesia,
se empezó a encomendar a un presbítero una parte de la Iglesia
local para atender mejor a los fieles, pero sin ánimo todavía
de fraccionar la comunidad única y haciendo del presbítero
un representante de la unidad y de la corresponsabilidad de todo el presbiterio
con el obispo.
Esta situación duró
dos o tres siglos. La institucionalización de las circunscripciones
eclesiásticas siguiendo el modelo de la organización del
Imperio Romano y Bizantino y, ya en la Edad Media, la aparición
del sistema beneficial, contribuyeron decisivamente a configurar el tipo
de parroquia que ha llegado hasta nuestros días. Las parroquias
son porciones en las que está dividida una diócesis. El Código
de Derecho Canónico (= CDC) define así la parroquia: "es
una determinada comunidad de fieles constituida de modo estable en la Iglesia
particular, cuya cura pastoral, bajo la autoridad del obispo diocesano,
se encomienda a un párroco, como su pastor propio" (c. 515, &1).
Nótese que esta definición
contiene elementos muy interesantes de carácter teológico
además de jurídico.
1.2. Validez actual de la parroquia
Los expertos en el tema de
la parroquia coinciden aseguran que se trata de una institución
eclesial insustituible pero, a la vez, insuficiente. Es también
la primera conclusión de la I ponencia del Congreso Parroquia evangelizadora:
"Insustituible porque es a través de ella como la inmensa mayoría
de la gente entra en contacto con la Iglesia. para muchos, la dimensión
ordinaria de la Iglesia es la parroquia. Pero resulta insuficiente porque
no es capaz por sí sola de realizar toda la misión evangelizadora.
Debe vivir en comunión con la Iglesia particular y articularse adecuadamente
en el arciprestazgo y la zona pastoral, a la vez que puede revitalizarse
y potenciarse con los movimientos apostólicos y las pequeñas
comunidades" (Congreso, cit., p. 299).
De hecho muchos de los movimientos
de renovación pastoral de alcance eclesial que se produjeron en
las décadas anteriores y posteriores al Concilio Vaticano II tuvieron
como denominador común la parroquia. Primero fue el movimiento litúrgico,
centrado en la asamblea eucarística dominical. Después ha
sido la pastoral misionera con el intento de llegar a los alejados y a
las capas más deprimidas de la sociedad. Aunque hubo tensiones y
hasta una cierta unilateralidad en algunos planteamientos, especialmente
durante el debate en torno a la evangelización y los sacramentos,
hoy todos los aspectos de la única misión de la Iglesia se
encuentran afectados y aglutinados por la necesidad de la evangelización
o, como se viene diciendo desde hace algún tiempo, la nueva evangelización.
En todo caso la parroquia
hoy, sin perder vigencia desde el punto de vista institucional, está
recuperando y afianzando dimensiones que ya estaban presentes en la historia
de la configuración de las comunidades cristianas locales. Me refiero
en particular a la evangelización, primera urgencia de la misión
de la Iglesia. La exclamación paulina "¿Ay de mí si
no anuncio el Evangelio!" (1 Cor 9,16) se puede aplicar a toda la comunidad
parroquial. Por eso la existencia misma del objetivo pastoral elegido para
este curso: Potenciar la comunidad parroquial como lugar propio para la
acogida de la Palabra, para la celebración de la fe y para el servicio
fraterno, que alude a los tres aspectos básicos de la misión
de la Iglesia, están articulados entre sí por la dimensión
evangelizadora.
II. LA PARROQUIA EN LA IGLESIA
PARTICULAR
Pero la parroquia, con ser
plenamente válida hoy, se revela también insuficiente para
realizar, por sí sola, toda la misión evangelizadora. De
ahí que deba vivir en comunión profunda con la Iglesia particular,
o lo que es lo mismo, con la totalidad de las parroquias y comunidades
confiadas al ministerio del obispo y del presbiterio diocesano. Nótese,
como señala la definición de parroquia ofrecida por el Código
de Derecho Canónico, que la parroquia ha sido constituida de modo
estable en la Iglesia particular. Esto quiere decir que, para comprender
mejor la parroquia y trabajar más eficazmente en favor de la edificación
de la comunidad parroquial, es indispensable conocer y vivir la vinculación
de la parroquia con la Iglesia particular o diócesis.
El tema de la Iglesia particular
no es nuevo para vosotros. Con ocasión del objetivo del curso 1990-91:
Conocer el misterio de la Iglesia particular para impulsar una nueva evangelización,
Mons. Ceballos os dirigía una de sus hermosas e interesantes exhortaciones,
en la que se refería al misterio y a la misión de la Iglesia
particular y os invitaba a creer, a amar y a adheriros a ella. Os invito
a leerla y a meditarla de nuevo, porque ofrece unos presupuestos fundamentales
(véase BOO de octubre de 1990, pp. 595-613). Yo quiero referirme
tan sólo a la parroquia en su relación con la Iglesia particular.
2.1. Fundamento eclesiológico
y sacramental de la parroquia
Como es sabido, durante mucho
tiempo ha prevalecido, por razones históricas, una noción
preferentemente jurídica de la parroquia. En la actualidad, el concepto
de parroquia del Código de Derecho Canónico, tomado del Concilio
Vaticano II (cf. CD 30-32), supone una base teológica y una perspectiva
pastoral muy rica, en lugar del carácter beneficial de la legislación
anterior. Este aspecto estaba llamado a desaparecer (cf. PO 20).
La parroquia se define más
como una "comunidad de fieles" que como un territorio, y el párroco
aparece ante todo como un "pastor propio", cuya misión consiste
en la "cura pastoral" de esa comunidad "bajo la autoridad del obispo diocesano",
es decir, en depedencia y como cooperador principal del ministerio de éste
(cf. CDC, c. 519). Pero esa "comunidad de fieles" está constituida
en una Iglesia particular, es decir, pertenece junto con las demás
parroquias a una comunidad diocesana. Nos interesa fijarnos en estos dos
aspectos de carácter eclesiológico, la relación de
la parroquia con la Iglesia particular y la relación del párroco
con el ministerio del obispo.
2.1.1. La parroquia es Iglesia
El marco teológico
imprescindible para comprender la parroquia es la eclesiología de
comunión del Concilio Vaticano II. De acuerdo con ese marco, la
parroquia, confiada a un presbítero que hace las veces del obispo,
hace presente de alguna manera la Iglesia de Cristo establecida por todo
el orbe (cf. SC 42; LG 28). Tanto la parroquia territorial, en base a un
territorio o lugar, como la parroquia personal, formada atendiendo a la
homogeneidad sociológica de quienes la integran (cf. CDC, c. 518),
es una verdadera asamblea del Señor, signo visible de la Iglesia
universal (cf. LG 26; SC 42; AA 10), en un pueblo, barrio o sector de población.
En calidad de tal la parroquia evangeliza, engendra en la fe, convoca para
la oración, nutre en la vida cristiana y apoya la participación
de los laicos en las estructuras temporales.
El carácter "local"
o localizado de una parroquia, incluso la de tipo personal, facilita la
pertenencia a la Iglesia, al identificar la realidad misteriosa que la
constituye, es decir, "la caridad y la unidad del cuerpo místico
de Cristo sin la cual no puede haber salvación" (LG 26, cf. 1; 8;
etc.), con la imagen, el lugar e incluso el nombre de la parroquia. La
parroquia es una verdadera Iglesia con rostro, perfil e identidad humana,
además de evangélica y cristiana. No en vano se llama iglesia
al edificio destinado a la asamblea de los fieles, especialmente para las
celebraciones litúrgicas. Es a través de la parroquia como
la inmensa mayoría de la gente entra en contacto con la Iglesia,
como se ha dicho antes.
En la parroquia están
presentes elementos esenciales de la Iglesia de Cristo: la Palabra de Dios,
la Eucaristía y los sacramentos, la comunión del Espíritu
Santo, el ministerio ordenado, la oración, etc. La parroquia es
verdaderamente Iglesia, o sea comunidad de fe, de celebración, de
caridad y de presencia misionera en la sociedad y en el mundo. El Concilio
Vaticano II llama una vez Iglesia local a la porción del pueblo
de Dios guiada por un presbítero, es decir, a la parroquia (cf.
PO 6), usando más frecuentemente expresiones como comunidad local
de fieles (cf. LG 28), comunidad de fieles (cf. PO 5; AG 15), comunidad
local (cf. LG 28; AA 30) o comunidad cristiana (cf. PO 6). De hecho toda
comunidad local de los fieles, y no sólo la parroquia, hace presente
a la Iglesia visible (cf. SC 42; LG 28) y se puede llamar Iglesia de Dios
(cf. LG 28). La especificidad de la Iglesia local viene dada, en el Concilio
Vaticano II, por el lugar. Otra cosa ocurre cuando habla de la Iglesia
particular, que identifica con la diócesis y con otras circunscripciones
que se definen no sólo por el territorio sino también por
otros factores como el rito, la tradición litúrgica y el
gobierno.
"Unificada por virtud y a
imagen de la Trinidad" (Misal Romano, prefacio VIII de los domingos del
T.O.), la asamblea o congregación de los fieles, cuando se reune
para celebrar la Eucaristía, constituye la "principal manifestación
de la Iglesia" (cf. SC 41-42; 106). La Eucaristía es, en efecto,
"fuente y culmen" de toda la vida de la Iglesia, por la que se significa
y se realiza la unidad del pueblo de Dios y se lleva a término la
edificación del cuerpo de Cristo (cf. SC 10; LG 11; PO 5; 6). Y
esto no se produce solamente en la liturgia presidida por el obispo, sino
también en las "parroquias distribuidas localmente bajo un pastor
que hace las veces del obispo, ya que de alguna manera representan a la
Iglesia visible establecida por todo el orbe" (SC 42).
De ahí la necesidad
de fomentar la vida litúrgica parroquial, como señalaba el
Concilio Vaticano II: "Hay que trabajar para que florezca el sentido comunitario
parroquial sobre todo en la celebración común de la Misa
dominical" (SC 42). Lo recordaba también el Papa Juan Pablo II en
la parroquia de Orcasitas, en Madrid, en 1982: "Sois parroquia porque estáis
unidos a Cristo gracias al memorial de su único sacrificio... Este
sacrificio eucarístico traza el constante ritmo de la vida de la
Iglesia, también de vuestra parroquia... Deseo recordaros la necesidad
de que participéis en la santa Misa los domingos y días festivos"
(Mensaje de Juan Pablo II a España, Madrid 1983, p. 109).
2.1.2. La parroquia es "célula
de la diócesis"
Ahora bien, aunque la parroquia
es Iglesia, no es todavía la Iglesia en plenitud. El Concilio Vaticano
II llama a la parroquia "célula de la diócesis" o de la Iglesia
particular, lo cual quiere decir que no es la forma completa de la Iglesia
ni la estructura esencial, sino una estructura derivada, dependiente de
factores históricos y sociológicos. La parroquia tiene muchos
elementos que la definen como Iglesia, pero no los tiene todos. Sí
los tiene, en cambio, la Iglesia particular "confiada a un obispo para
que la apaciente con la cooperación del presbiterio" (CD 11; cf.
CDC, c. 369). Es precisamente el ministerio del obispo, al que está
unido el ministerio de los presbíteros, el que determina, dando
vida y crecimiento, a una Iglesia particular.
El obispo es principio visible
y fundamento de la unidad de la Iglesia particular (cf. LG 23) y de él
depende el ejercicio de los restantes ministerios y funciones eclesiales.
Por otra parte el obispo es también el vínculo de la comunión
jerárquica de la Iglesia particular con la Iglesia universal, es
decir, el garante de la fe apostólica de su Iglesia y el que la
representa en el seno de la comunión con las otras Iglesias y con
el Sucesor de Pedro (cf. LG 22). Por eso la Eucaristía, que edifica
la Iglesia, sólo puede ser presidida legítimamente por el
obispo o por un presbítero en comunión con él. De
ahí la importancia de la mención del nombre del Papa y del
obispo en la plegaria eucarística.
El ministerio del obispo y
de los presbíteros en la Iglesia particular integra en la comunión
eclesial las comunidades locales de los fieles y, al mismo tiempo, las
abre a todas las dimensiones de la misión de la Iglesia.
2.1.3. El ministerio del párroco
en relación con el obispo
Todo esto no resta valor a
la parroquia sino que la sitúa en su justo lugar en el conjunto
de la comunión con toda la Iglesia y en la referencia a la tradición
y a la vinculación de las Iglesias particulares dentro de la sucesión
apostólica. Por tanto puede decirse que la Iglesia particular o
diócesis vive y se desarrolla en las parroquias y éstas,
a su vez, dan vida y crecimiento a aquella. Es esta inserción fecunda
de la parroquia en la diócesis donde se revela también en
toda su riqueza el ministerio del párroco. A los párrocos
se les aplica preferentemente lo que dice el Vaticano II de los presbíteros
en general: "En cada una de las congregaciones locales de los fieles representan
al obispo, con el que están confiada y animosamente unidos, y toman
sobre sí una parte de la carga y de la solicitud pastoral y la ejercen
en el diario trabajo. Ellos, bajo la autoridad del obispo, santifican y
rigen la porción del Señor a ellos encomendada, hacen visible
en cada lugar a la Iglesia universal y prestan ayuda eficaz a la edificiación
de todo el cuerpo de Cristo (cf. Ef 4,12)" (LG 28; cf. SC 42).
El párroco, por tanto,
no es un ejecutivo o un representante territorial de una empresa de amplia
implantación, en este caso la diócesis. Tampoco es un mero
delegado del obispo al que se le confía una función subsidiaria.
La relación del párroco con el obispo, aunque tiene una dimensión
jurídica y un puesto en el ordenamiento canónico de la Iglesia
-de nuevo encontramos la huella de la configuración histórica
del servicio al pueblo de Dios-, se basa en la naturaleza sacramental de
los vínculos que unen a todo presbítero con el obispo diocesano.
El párroco, como "pastor propio" de la comunidad que le ha sido
confiada, ejerce su misión en cuanto participante con el obispo
diocesano y bajo su autoridad del ministerio de Cristo. Esta participación
la recibe el presbítero en el sacramento del Orden, que le confiere
también las funciones de enseñar, santificar y regir (cf.
LG 28; CD 30; PO 4-6). Como ocurría ya en los primeros siglos de
la Iglesia, la relación del párroco con el obispo y con los
demás presbíteros es una relación de corresponsabilidad
colegial y de comunión ministerial que debe ponerse de manifiesto
a todos los niveles. Aquí radica la colaboración de los presbíteros
en las tareas de ámbito arciprestal o de zona y de ámbito
diocesano.
El Papa Juan Pablo II ha señalado
las profundas implicaciones espirituales que lleva consigo la pertenencia
y la dedicación de los presbíteros a la Iglesia particular
(cf. Exhort. postsinodal Pastores dabo vobis, de 25-III-1992, nn. 31-32;
véase también el Directorio para el ministerio y la vida
de los presbíteros, de 31-I-1994, nn. 25-26).
2.2. Características
de la parroquia
Después de esta exposición
de los fundamentos eclesiológico y sacramental de la parroquia y
del ministerio del párroco, se puede entrar en el análisis
de algunas notas de esta "célula viva de la Iglesia particular".
Las características que deseo destacar tienen una incidencia especial
en la misión evangelizadora de la Iglesia particular y, por consiguiente,
de la parroquia. Me refiero a la globalidad de la misión, a la territorialidad
y a la maternidad de la Iglesia. De estas características trató
ampliamente la II Ponencia del Congreso Parroquia evangelizadora (cf. volumen
Congreso, cit., pp. 110 ss.).
2.2.1. Globalidad de la misión
de la parroquia
La globalidad viene a ser
la capacidad amplia y la facilidad de la parroquia para acoger a todos
los creyentes que desean vivir su pertenencia a la Iglesia. Frente a otras
formas de vida eclesial, comunidades o grupos más o menos homogéneos
y necesariamente selectivos -aunque no excluyentes- en razón de
un carisma o de una espiritualidad o de una actividad específica,
la parroquia no requiere otro presupuesto que la profesión de la
y el bautismo. El hecho mismo de la residencia dentro de un territorio
parroquial, unido al mencionado presupuesto, garantiza ya a los fieles
cristiano el acceso a todos los bienes de la Iglesia y, por consiguiente,
a todos los servicios que ésta puede ofrecerles.
La parroquia, en este sentido,
está abierta a todas las personas, sea cual sea su situación
religiosa o espiritual, sea cual sea la asociación, adscripción
o pequeña comunidad en la que quieran desarrollar su fe y su vocación
cristiana. Esto le permite a la parroquia acoger a todos los demás
grupos eclesiales que surjan por necesidades de los fieles o por conveniencia
pastoral, sean del tipo que sean. En la parroquia se ponen al alcance de
todos los fieles sin excepción los mismos elementos que la constituyen
como Iglesia de Cristo en el seno de la Iglesia particular o diócesis,
a saber, la Palabra de Dios, la Eucaristía y los sacramentos, la
comunión del Espíritu Santo, el ministerio ordenado, la oración,
etc.
2.2.2. Territorialidad
La territorialidad de la parroquia
conserva todavía hoy una gran importancia, aun con la flexibilidad
que requiere nuestra ápoca, caracterizada por una gran movilidad.
Esta cualidad de la parroquia debe estimarse de manera particular atendiendo
a la necesidad de que el anuncio del Evangelio y la respuesta de la fe,
deben tomar cuerpo y encarnarse en unos hombres concretos y en una cultura
determinada, o manera de vivir las relaciones con Dios, con los demás
y con el mundo. En este sentido la parroquia, constituida por los creyentes
y bautizados, es capaz también de mostrar el rostro encarnado de
la Iglesia de Cristo en cada lugar, porque su vocación es hacerse
presente en todos los pueblos para predicar el Evangelio y hacer discípulos
a todas las gentes (cf. Mt 28,19; Mc 16,15-16).
Ahora bien, territorialidad
no quiere decir limitación. Además de la gran movilidad de
hoy, existen grupos de personas que no se integran fácilmente en
un lugar, como por ejemplo los gitanos y los emigrantes en general. Las
dificultades de idiosincrasia, de lengua o de adaptación a las costumbres
se pueden acrecentar si la parroquia no es lo suficientemente abierta y
acogedora para estas personas, precisamente porque los que acuden a ella
lo hacen no pocas veces esperando que la caridad cristiana les ayude a
superar sus problemas. Las exigencias de la evangelización piden
hoy a las parroquias y los que trabajan en ellas una sensibilidad especial
ante estos hechos y la búsqueda de fórmulas y de soluciones
para que la parroquia sea centro y plataforma del anuncio de Jesucristo
y de la presencia de la Iglesia en la sociedad.
2.2.3. Maternidad de la parroquia
Se trata de una función
esencial de la Iglesia, confiada a la comunidad parroquial. En efecto,
la Iglesia "engendra" nuevos hijos de Dios y los nutre con la Palabra divina
y con los sacramentos de la fe. Esta función se realiza en todo
el conjunto de la Iniciación cristiana, es decir, en el proceso
que sigue hasta su plena integración en la comunidad cristiana el
que es admitido en la Iglesia. Este proceso, en analogía con las
primeras etapas de la vida humana, pone los fundamentos de toda la existencia
de los hijos de Dios. En el caso de los niños nacidos de padres
cristianos, el comienzo de la Iniciación cristiana es el Bautismo
en la fe de la Iglesia, al que siguen la catequesis y la celebración
de la Confirmación y de la Primera Eucaristía.
La catequesis y la celebración
de los sacramentos de la Iniciación no son dos itinerarios paralelos
sino un único camino a través del cual la Iglesia, como Esposa
de Cristo y Madre nutricia, incorpora a los hombres al misterio pascual.
Pero esta función maternal de la Iglesia no termina en la Iniciación
cristiana sino que se prolonga en el ministerio de la Palabra y en la celebración
de la Eucaristía dominical y en la Penitencia, y en los restantes
sacramentos.
Esta función de la
Iglesia, esencial y vital para ella, pertenece a comunidad eclesial plena,
es decir, a la Iglesia particular. Sin embargo, en cuanto tal función
está particularmente confiada a las parroquias. El motivo tiene
que ver con la primera característica que se ha apuntado de la parroquia,
es decir, con su carácter global y acogedor. En efecto, dar la vida
de la fe, engendrar y alimentar al cristiano, es algo primigenio, básico
y común, y no puede estar sujeto a ningún tipo de particularismos
o condiciones específicas para entrar en la Iglesia que vayan más
allá de la profesión de la fe en Cristo en el caso de los
adultos o, en el caso de los párvulos, la fe de los padres o la
confianza fundada en la futura educación cristiana.
Aunque la acción evangelizadora
y la educación en la fe en todas sus modalidades, así como
la celebración de la Eucaristía y de la Penitencia, pueden
y deben realizarse en todas las comunidades eclesiales, sin embargo la
catequesis general, la preparación y la celebración de los
sacramentos de la Iniciación cristiana han de tener como marco de
referencia y como lugar habitual la parroquia. Las excepciones a esta práctica
han de contar con razones muy poderosas.
2.3. La parroquia, plataforma
pastoral básica
Las características
apuntadas de la parroquia la convierten en una verdadera unidad pastoral
básica, junto a otras instancias y servicios pastorales que, junto
a ella, tienen un carácter complementario. Entre éstos se
encuentran el arciprestazgo, las delegaciones pastorales y otros organismos
de alcance diocesano, e incluso los supradiocesanos que canalizan diversos
objetivos y acciones como, entre nosotros, la secretaría pastoral
"Iglesia en Castilla" y los planes de la Conferencia Episcopal Española.
Conviene decir también una palabra sobre cada una de estas instancias
y servicios.
2.3.1. La parroquia, "modelo
de apostolado comunitario"
El Vaticano II, cuando invita
a los fieles laicos a participar en la vida y en la acción de la
Iglesia como expresión de su vinculación a Cristo profeta,
sacerdote y rey, afirma: "La parroquia presenta el modelo clarísimo
del apostolado comunitario, reduciendo a unidad todas las diversidades
humanas que en ella se encuentran e insertándolas en la Iglesia
universal" (AA 10). Esto quiere decir que la parroquia es una plataforma
ideal para que pastores, religiosos y fieles laicos se encuentren en unas
tareas eclesiales básicas como son las que la Iglesia particular
o diocesana ha confiado a la parroquia. Más aún, a través
del trabajo pastoral en la parroquia se pasa más fácilmente
al servicio de la Iglesia particular, sujeto último y realización
plena de la misión confiada por Cristo a sus discípulos.
Naturalmente que esto no quiere decir que se minusvaloren otras acciones
de carácter diocesano y aun supradiocesano, necesarias también
y con las que es preciso colaborar.
Ahora bien, las instituciones,
incluidas las de la Iglesia, las configuran y determinan las personas.
De poco sirve contar con una organización parroquial espléndida
si no hay detrás una verdadera comunidad cristiana que confiesa
la fe, celebra los misterios de Cristo y vive la caridad fraterna proyectando
también su acción en la sociedad en la que se asienta. En
otras palabras, no basta la estructura parroquial, ni los servicios de
todo tipo, ni todos los proyectos pastorales juntos, aunque todo esto es
muy conveniente, si falta el sentido comunitario y eclesial o éste
resulta tan irrelevante que la parroquia parece más una empresa
humana que un medio que conduce a los hombres a Cristo y los convierte
individual y socialmente en una señal de su presencia salvífica
en el mundo.
Por esto la primera preocupación
de todo párroco y de cada colaborador en la acción pastoral
de la parroquia será fomentar y consolidar la comunión personal
de cada fiel cristiano con Cristo y de todos los fieles entre sí.
Cristo es la piedra angular sobre la que se levanta el templo espiritual
de cada uno de los fieles y el templo del Espíritu que es todo el
cuerpo de Cristo (cf. 1 Cor 3,16-17; 6,19; 1 Pe 2,5). El sentido comunitario
no es sólo una conjunción de objetivos y de acciones, sino
también una vivencia fraterna que nace de la participación
en la vida del Dios Trinitario. De otra manera la parroquia no reflejará
las notas de la Iglesia ni realizará una tarea eficaz de evangelización.
La misma celebración eucarística, de donde dimana toda la
fuerza de la comunidad cristiana (cf. SC 10), forma parte absolutamente
indispensable de la búsqueda del espíritu comunitario de
la parroquia (cf. PO 5).
2.3.2. En comunión con
las otras parroquias del arciprestazgo
Tampoco aquí se trata
solamente de la necesaria coordinación de metas y de proyectos,
buscando una mayor operatividad pastoral o una presencia más insistente
en unos potenciales destinatarios. Es cierto que la sociedad actual y la
forma de vida, dirigida por los poderosos medios de comunicación,
reclaman unidad de discernimiento, de opciones y de esfuerzos también
en el campo apostólico. Sin embargo en la Iglesia tenemos motivos
mucho más profundos y estimulantes para trabajar todos en una misma
dirección. Se trata de la comunión eclesial y presbiteral,
que nace respectivamente de los sacramentos del Bautismo y del Orden y
que conduce a poner todos los carismas, funciones y ministerios al servicio
de la edificación de la Iglesia (cf. Ef 4,1-13). El amor de Dios
revelado en Cristo y comunicado por su Espíritu a todos los miembros
de la Iglesia debe traducirse en un testimonio de unidad "para que el mundo
crea" (cf. Jn 17,21).
Por otra parte la urgencia
de la evangelización exige también compartir lo que se es
y lo que se tiene: "La parroquia actual sólo podrá realizar
su función evangelizadora, si se complementa con la acción
evangelizadora promovida desde una pastoral supraparroquial de la Iglesia
particular (arciprestazgo, zona, servicios de los departamentos diocesanos).
En esta pastoral, la parroquia deberá coordinarse con otras parroquias
y comunidades religiosas y laicales, así como con los servicios,
asociaciones y movimientos de una pastoral especializada y de una pastoral
de ambientes" (Concl. 19 de la ponencia III: Congreso, cit., p. 305).
Complemento y coordinación son una consecuencia de la comunión
eclesial dentro de la comunidad diocesana y del presbiterio.
En la Diócesis Civitatense
se viene trabajando con mucho interés en hacer del arciprestazgo
"hogar, escuela y taller", especialmente para los presbíteros, y
a esta finalidad se han dedicado algunas convivencias (cf. BOO de abril
1992, pp. 290-292). Este es un objetivo que todos debemos apoyar. El arciprestazgo
aparece hoy más como una ayuda a las parroquias y a la acción
pastoral que como una instancia intermedia entre los párrocos y
la diócesis. En este sentido merece ser potenciado en todo aquello
que signifique una mayor comunión y cooperación no sólo
entre los presbíteros, sino también entre todos los que prestan
su concurso a la pastoral de la Iglesia, como las religiosas, los catequistas
y los laicos más comprometidos.
A nivel arciprestal es posible
muchas veces poner en marcha algunas actividades, por ejemplo de tipo formativo,
que una parroquia sola no puede abordar.
2.3.3. Comunión con
las demás Iglesias dentro de la Región
La parroquia, "célula
de la Iglesia particular", vive la comunión con toda la Iglesia
visible de Cristo extendida por toda la tierra, a través de la comunidad
diocesana presidida por el obispo con la cooperación del presbiterio,
como se dicho más arriba. Esta comunión conduce también
a la participación en aquellas orientaciones, objetivos pastorales,
propuestas de acción y obras que son siempre de la Iglesia, aunque
estén impulsadas en instancias y organismos de carácter regional,
nacional y universal.
En las diócesis de
la Provincia Eclesiástica de Valladolid, a la que pertenece Ciudad
Rodrigo, y en algunas otras diócesis de lo que hoy es la Región
castellano-leonesa se viene trabajando conjuntamente desde hace 25 años
a través de una Secretaría pastoral denominada primero "Región
pastoral del Duero" y más tarde "Iglesia en Castilla" (véase
la Memoria para la Esperanza. XXV aniversario de la Secretaría pastoral
-1968-1993, en Iglesia en Castilla, XIV Encuentro de Arciprestes, Familia
e Iglesia en Castilla hoy, Salamanca 1994, pp. 147-212). Con el agradecimiento
al Señor y a quienes han dedicado y dedican tiempo, ilusión
y energías a esta realidad, debemos mantener el propósito
de seguir colaborando en lo que, además de ser un servicio eficaz
a nuestras diócesis en diversas funciones y en varios sectores eclesiales,
constituye también un modo de hacer presente a la Iglesia en nuestro
pueblo.
2.3.4. Comunión con
las demás Iglesias de España
A nivel de la Conferencia
Episcopal Española se confeccionan planes pastorales por trienios,
con el fin de orientar el trabajo de las Comisiones y demás organismos
de la Conferencia y las asambleas plenarias. Con respeto a la autonomía
de las diócesis, estos planes trienales se proyectan en cada una
de ellas, pues no en vano los obispos, al aprobarlos, tienen en cuenta
la respectiva realidad diocesana y la comunión que les une como
miembros del Colegio episcopal, entre sí y con el Santo Padre Juan
Pablo II. En el presente trienio el plan pastoral lleva por título
"Para que el mundo crea" (Jn 17,21). Plan pastoral para la Conferencia
Episcopal (1994-1997) (EDICE 1974) y ofrece algunas consideraciones sobre
la nueva evangelización y unos objetivos comunes en torno a la preocupación
evangelizadora. Estos objetivos son: 1. Impulsar una pastoral de evangelización;
2. intensificar la comunión eclesial; y 3. dedicar especial atención
a la formación integral de los agentes de la acción pastoral
evangelizadora.
Las parroquias pueden asumir
perfectamente alguno de estos objetivos, adaptándolo a su medida
y señalando las oportunas acciones. El primero de los tres señalados
viene a coincidir de hecho con el que se ha propuesto a nivel diocesano
para este curso apostólico.
2.3.5. Comunión con
la Iglesia Universal
Puede parecer ingenuo que
una pequeña parroquia trate de sintonizar en su acción pastoral
con las grandes líneas que el Papa o la Santa Sede proponen en un
momento determinado. Sin embargo no es así, ya que el fundamento
de la fidelidad al magisterio del Sucesor de Pedro que le debemos todos
los hijos de la Iglesia se encuentra no sólo en la universalidad
de su misión apostólica sino también en los vínculos
que brotan de la comunión eclesial. Toda parroquia o comunidad local,
se ha indicado antes, es Iglesia en la medida en que está inmersa
en la Iglesia particular y realiza su comunión con el obispo y con
el Papa, a través del ministerio del presbítero al que está
confiada.
Por tanto la parroquia como
tal, en su programación pastoral, puede y debe recoger las enseñanzas
y las orientaciones pontificias e intensificar su colaboración con
las obras y actividades propuestas por la Santa Sede. Es muy importante
tomar conciencia de que la llamada a la evangelización tiene hoy
alcance verdaderamente universal gracias al Sínodo de los Obispos
y, muy especialmente, a la convocatoria incansable que viene haciendo el
Santo Padre Juan Pablo II prodigándose en sus viajes por todo el
mundo. El obispo y los presbíteros en primer lugar, debemos tener
una sensibilidad especial para cuanto nos llega de quien tiene la misión,
recibida del Señor, de "confirmar a sus hermanos" (Lc 22,32).
III. SUGERENCIAS DE CARA AL
OBJETIVO DIOCESANO DE 1994-1995
Aunque en la exposición
de los dos apartados anteriores han aparecido ya algunas ideas prácticas
u operativas, es conveniente completar esta reflexión con algunas
sugerencias si bien de tipo general. Estas sugerencias se refieren al aspecto
comunitario de la acción pastoral parroquial, a la renovación
de la parroquia y a los medios para la evangelización.
3.1. Dimensión comunitaria
de la pastoral parroquial
La parroquia se define hoy
como "comunidad de fieles", como se ha visto antes, en la perspectiva de
la eclesiología de comunión propuesta por el Concilio Vaticano
II. Comunidad, en efecto, habla de comunión dentro del pueblo de
Dios y de contribución de todos al bien común de este pueblo,
al que se pertenece por el Bautismo. Esto hace que tanto el párroco,
aunque representa al obispo y es el vínculo con la Iglesia particular,
sea también hermano de los demás cristianos. Es cierto que
la parroquia no es la única comunidad, pero es la más estable
y la de más fácil pertenencia. "La parroquia, enseña
el Papa en la Exhortación Christifideles laici, no es principalmente
una estructura, un territorio, un edificio; ella es la 'familia de Dios,
como una fraternidad animada por el Espíritu de unidad', es 'una
casa de familia, fraterna y acogedora', es la 'comunidad de los fieles'"
(Christifideles laici, de 30-XII-1988, n. 26).
De esta realidad debe brotar
el afán de los miembros de la parroquia de poner al servicio de
la totalidad sus carismas, sus aptitudes y su preparación personal,
su tiempo y hasta los bienes materiales. Pero será necesario fomentar
y educar para que florezca el sentido comunitario parroquial en todos
los campos de la acción pastoral, desde la catequesis y la educación
de la fe hasta la asistencia social y la comunicación de bienes,
pasando por la participación consciente y plena en la vida litúrgica.
En la parroquia se deberá
conservar con esmero la apertura al entero pueblo de Dios, no privilegiando
ninguna experiencia sobre otra, sino favoreciendo en todos los bautizados
la conciencia de formar parte viva de la Iglesia y de su camino de fe.
No obstante la parroquia estará abierta a las iniciativas de los
grupos eclesiales o de los movimientos apostólicos o de espiritualidad,
acogiendo, coordinando y acompañando a los miembros de éstos
con espíritu de comunión eclesial. Cuando estos movimientos
se pueden integrar fácilmente en la parroquia, se debe fomentar
esta integración para una mayor eficacia pastoral. Cuando su ámbito
de acción sea interparroquial o diocesano, se debe respetar esta
característica y desde la parroquia se debe apoyar lo que no es
sino una presencia de la Iglesia en ambientes a los que la parroquia no
puede llegar a veces, como los campos cultural, social, profesional, educativo,
etc.
Dentro del ámbito comunitario
parroquial es muy importante la búsqueda de una progresiva integración
de los fieles laicos en las actividades de la parroquia. Aun en las parroquias
más pequeñas hay personas que pueden ser consultadas e invitadas
a prestar algún tipo de concurso. El párroco, aunque en un
primer momento no logre esa colaboración, no debe desanimarse, porque
terminará sintiéndose más solo. No se trata solamente
de la Junta económica o del Consejo pastoral, dos realidades que
no deben asustar a ningún pastor y que se pueden ir creando lentamente,
contando primero con una persona tras otra. Se trata también de
llamar y de invitar para otras tareas de tipo catequético, litúrgico,
asistencial, formativo, festivo, etc. y dejar hacer a los que han sido
llamados, una vez enterados y dispuestos. En muchas parroquias hay personas
que se turnan en algunos servicios como la oración por los difuntos
o la limpieza de la iglesia. Es preciso valorar esta práctica y
darle un significado de servicio a toda la comunidad parroquial.
Acerca de la vocación
y de la misión de los laicos en nuestra Iglesia Civitatense Mons.
Ceballos escribió la Exhortación pastoral previa al objetivo
diocesano del curso 1992-1993. En ella tenemos ideas y sugerencias suficientes
para avanzar por este camino de la integración de los seglares en
la vida de la parroquia y en la diócesis.
Sin duda se podría
decir algo más acerca del sentido comunitario parroquial, pero no
es cuestión solamente de hacer más o menos cosas, sino de
formar poco a poco a los miembros de la comunidad en el amor y en el interés
por la parroquia, en el sentir como propio todo lo que afecta a cada uno
de los fieles, en el impregnar todos los actos relacionados con la vida
parroquial de la conciencia de pertenecer a la Iglesia, etc. La pastoral
en clave evangelizadora requiere también la presencia de un testimonio
constante de comunión y de fraternidad cristiana y de atención
a los problemas humanos del pueblo, de los sectores más deprimidos,
etc. "Los pobres son evangelizados" (cf. Mt 11,6) constituye siempre una
de las señales del Reino de Dios.
3.2. Renovación de la
parroquia
La vigencia actual de la parroquia,
como se decía al principio, lleva consigo la necesidad de una revitalización
y de una renovación. No me refiero a los intentos de las últimas
décadas de transformar la institución parroquial, a los que
he aludido al principio de esta Exhortación, sino a las actitudes
que contribuyen a renovar esa "comunidad de fieles" que es la parroquia.
De nada sirve cambiar las estructuras externas o la organización
parroquial si los miembros de la parroquia no viven en una permanente búsqueda
de perfección y de fidelidad a su condición de hijos de Dios
y de la Iglesia.
Estamos, pues, ante la raíz
y el fundamento de toda renovación eclesial. Renovación,
desde el punto de vista evangélico, es lo mismo que conversión
y para asegurar una adecuada revitalización de nuestras parroquias,
primero hemos de procurar la conversión a Dios de las personas,
pastores y fieles. No en vano la Iglesia nos invita continuamente a una
escucha más atenta de la Palabra divina y a una oración más
constante, para adaptar nuestra mentalidad y nuestros caminos a la voluntad
del Señor. El año litúrgico, con sus tiempos de esperanza
y de alegría, de penitencia y de gozo, va introduciendo a lo largo
de nuestra existencia unas actitudes de búsqueda del rostro de Dios
y de relativización de lo que es contingente y material, para centrarnos
en lo fundamental. La misma práctica del sacramento de la Reconciliación
se centra hoy no sólo en la dimensión personal, insustituible
siempre, sino también en la dimensión eclesial del perdón
de Dios y aún del retorno a la Iglesia, a la que se daña
también con el pecado. La Eucaristía, centro, fuente y culmen
de la Iglesia local, reclama coherencia de vida con el misterio que se
hace presente y que se prolongue en la existencia cotidiana, a lo largo
de la semana o del día, cuanto se ha vivido en la celebración.
Renovar las celebraciones
litúrgicas, procurando que los que asisten a ellas participen consciente,
activa y fructuosamente, de manera interna y externa, es una exigencia
ineludible para revitalizar nuestras comunidades. Y lo mismo cabe decir
de los ejercicios y de los actos de la piedad popular, tan queridos por
el pueblo. Con respeto y con esmero, inspirándose en la liturgia,
estos ejercicios contribuyen también a educar el sentido religioso
y a impregnarlo de valores evangélicos.
El modo mismo de ayudar a
los demás y de poner en práctica el amor fraterno, sin cambiar
un ápice en los motivos de fondo, puede ser hoy diferente a como
lo ha sido en otros tiempos. La caridad cristiana exige aunar esfuerzos
en orden a la promoción social y cultural de los pueblos, estimular
iniciativas de desarrollo, apoyar a los jóvenes y a la mujer en
la búsqueda de su lugar en la sociedad, infundir esperanza en nuestro
mundo campesino y rural, sensibilizando a personas dispuestas a colaborar
con su competencia, con su tiempo o con su aportación económica.
También por aquí pasa la renovación de nuestras parroquias,
no en el sentido de que se conviertan en instancias promotoras de empleo
o de desarrollo comunitario -no es ésta su misión- sino en
cuanto han de estar atentas a la situación humana y socioeconómica
del pueblo para apoyar y amparar la acción de sus miembros en este
terreno e incluso, en la medida de sus posibilidades, para sostener las
obras y secundar las campañas que realizan Caritas y otras instituciones
de la Iglesia.
Por último la estructura
y los servicios que ofrece la parroquia, aun la más pequeña,
pueden mejorarse siempre y adoptar, según el tamaño y las
necesidades, todos los medios técnicos al servicio de la misión
parroquial, ya sea para la catequesis y la formación en la fe de
los adultos, ya sea para mejorar la comunicación en las celebraciones
litúrgicas y las condiciones de acogida y de comodidad en la iglesia,
ya sea para atender mejor el despacho parroquial y la visita a las familias
o a los enfermos, etc.
3.3. Los medios para la evangelización
La evangelización no
sólo es un denominador común de toda función, tarea
o institución eclesial, y por consiguiente de la parroquia. Es también
una acción pastoral concreta, que aparece en casi todos los objetivos
diocesanos de los últimos años, especialmente en el de 1991-92:
"Conocer el Evangelio para una nueva evangelización en nuestra Iglesia
Civitatense", y en el de 1993-94: "Promover, potenciar e instaurar una
catequesis de adultos evangelizadora en nuestras comunidades parroquiales
civitatenses".
"Aquí, en esta tierra
castellana, donde parece que la historia se paraliza y la vida se acaba,
el Señor ha sembrado la buena semilla y comienzan ya a despuntar
los brotes de la primavera. Ha sido amada esta tierra. Ha sido amada esta
Iglesia. Han sido amados los pobres. Estos pueblos y esta tierra necesitan
hermanos que les repartan el pan del Evangelio" (Carta pastoral de Mons.
Ceballos, de 15-VIII-1991, en Boletín Oficial de agosto-septiembre
de 1991, pp. 591-592). Estas palabras, que sin duda os habrán conmovido
tanto como a mí, definen perfectamente la urgencia de la hora presente,
la hora de Dios, como la llamó el Papa Juan Pablo II el año
pasado en su Visita Apostólica a España: "La hora presente
debe ser la hora del anuncio gozoso del Evangelio, la hora del renacimiento
moral y espiritual... Ha llegado el momento de desplegar la acción
pastoral de la Iglesia en toda su plenitud, con unidad interna, solidez
espiritual y audacia apostólica. La nueva evangelización
necesita nuevos testigos, personas que hayan experimentado la transformación
real de su vida en contacto con Jesucristo y sean capaces de transmitir
esa experiencia a otros. Esta es la hora de Dios, la hora de la esperanza
que no defrauda. Esta es la hora de renovar la vida interior de vuestras
comunidades eclesiales y de emprender una fuerte acción pastoral
y evangelizadora en el conjunto de la sociedad española" (Discurso
a los miembros de la Conferencia Episcopal, en Juan Pablo II en España
-Año 1993-. Texto completo de sus discursos, EDICE 1993, p. 51).
Nuestra querida Diócesis
Civitatense y todas nuestras parroquias y comunidades están llamadas
a anunciar explícitamente a Jesucristo a los que están cerca
y a los que se han alejado, a los creyentes para que crezcan y maduren
en la fe y a los no creyentes para que conozcan al Dios verdadero y a su
enviado Jesucristo (cf. Jn 17,3). Ya no es tiempo de "ir tirando" o realizando
una pastoral de "puro mantenimiento". Sin duda las características
de nuestra Iglesia han de condicionar en buena medida los medios de la
evangelización. Sin embargo, en lo que atañe a las parroquias
como comunidades evangelizadas y evangelizadoras, los medios de la evangelización
han de tener muy en cuenta las tres acciones pastorales básicas
a través de las cuales se construye la Iglesia local: la catequesis
y la educación en la fe, la celebración de la Eucaristía
y de los sacramentos, juntamente con la oración litúrgica
y la piedad popular, y el servicio cristiano impulsado por la caridad.
Estas tres acciones han de tener como denominador común y como talante
o estilo la preocupación misionera y evangelizadora.
Además habrá
que crear o instaurar cauces para reevangelizar a los bautizados con ocasión
de los ciclos del año litúrgico, en una verdadera y propia
catequesis de adultos. No se podrá olvidar la importancia de la
homilía dominical y festiva para exponer los contenidos evangélicos
que se van desgranando siguiendo el Leccionario de la Palabra de Dios,
y la preparación de los sacramentos, especialmente del Bautismo
de los niños, de la Confirmación y del Matrimonio. Los cursillos
o los catecumenados que se preparan con este fin han de estar imbuidos
de afán evangelizador. La enfermedad es también una ocasión
para mostrar la cercanía de Cristo, Buena Noticia de salvación
para el que sufre.
La formación de una
comunidad parroquial capaz de evangelizar a los pobres y a los pequeños
pasa también por la presencia solidaria del pastor y de los agentes
de pastoral junto a los menos favorecidos, junto a los ancianos, junto
a los marginados y los marginales. Implica también austeridad de
vida, y gestos de amor y de solicitud hacia todas las personas sin distinción.
¡Qué mayor gesto que el de tantos presbíteros que siguen
viviendo y trabajando en la aldea que todos quieren abandonar!.
IV. A MODO DE CONCLUSION
Queridos hermanos y amigos:
Sin duda el tema es inagotable y aún habría que decir muchas
cosas. Pero lo importante es asimilarlas y vivirlas con espíritu
de fe y de confianza en la acción invisible del Espíritu
del Señor que no abandona nunca a su Iglesia.
Quiero terminar poniendo el
objetivo pastoral diocesano en las manos de Santa María, a la que
sé que amáis entrañablemente y es invocada en toda
la diócesis con títulos y nombres a cada cual más
hermoso. Ella nos precedió presurosa y llena de júbilo como
mensajera del Evangelio cuando fue a la montaña, a casa de Isabel
(cf. Lc 1,39 ss.). Ella había recibido la Palabra de parte de Dios,
había creido y dado su consentimiento pleno, y la Palabra se había
hecho carne en ella (cf. Lc 1,38; Jn 1,14). Por eso mereció ser
alabada por Isabel y por su propio Hijo (cf. Lc 1,45; 11,28). Ella, "evangelizada
y evangelizadora", imagen y figura de la Iglesia, es la mejor referencia
para la comunidad parroquial que quiere ser, como ella y con ella, portadora
de la Buena Noticia de la salvación para los hombres.
Salió el sembrador
a sembrar. El surco está ya abierto esperando la semilla buena arrojada
a manos llenas.
En Ciudad Rodrigo, a 25 de
septiembre de 1994, al término de la ordenación episcopal
que me ha consagrado a vuestro servicio.
Os saluda a todos y os bendice
de corazón:
+ Julián,
obispo de Ciudad Rodrigo
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