LAS
FIESTAS PATRONALES
(15
de agosto de 2001)
Queridos diocesanos:
Recibid un cordial saludo con mis mejores deseos de que el
verano esté transcurriendo para todos con paz y alegría en los corazones, en
las familias y en los pueblos, gozando del merecido descanso y disfrutando del
reencuentro con los familiares y amigos que retornan en estos meses del verano.
Vaya también para los que han vuelto mi afectuosa bienvenida. Pero no puedo
olvidar que en muchos lugares se está pasando un mal momento. Recuerdo por
ejemplo a los pueblos de la Ribera que se han visto afectados por un incendio
forestal que ha calcinado 2.130 hectáreas con graves pérdidas. Vaya para ellos
la solidaridad y el ofrecimiento de la Iglesia diocesana si en algo podemos
ayudar.
Pero no es éste el tema central de esta carta, sino el de las
innumerables fiestas patronales de estos meses. Fiestas casi todas ellas en
torno a advocaciones de la Santísima Virgen o de algún Santo, llevando la
palma la solemnidad de la Asunción de Nuestra Señora, titular de nuestra santa
Iglesia Catedral y de numerosas parroquias, el día 15 de agosto. Las fiestas
patronales suelen ser las fiestas más completas desde el punto de vista humano
y religioso, y que integran tanto la necesidad de romper el ritmo del trabajo y
el paso de los días, como el sentido de acción de gracias a Dios por los
bienes de la tierra y la petición de nuevas bendiciones. En efecto la fiesta
con su alegría y su contraste con el tiempo vulgar y corriente, es un modo de
afirmar la vida y los valores de la amistad y la libertad entre los hombres, y
la dependencia agradecida respecto de Dios Padre Creador de todas las cosas. De
ahí que el componente religioso sea esencial a la fiesta.
Sin embargo este componente se está desdibujando hoy en la
conciencia de mucha gente. Junto a la desaparición progresiva de la cultura
rural en cuanto manera de entender la vida y las relaciones con Dios (el culto),
con los demás y con la naturaleza (la agricultura), por más que se mantengan
las manifestaciones externas del folclore, estamos asistiendo a una promoción
de todo lo popular casi exclusivamente desde el punto de vista de la exhibición
turística y de la utilidad económica y hasta política. En este contexto las
celebraciones religiosas, en lugar de ser el componente principal y la
justificación de los restantes aspectos de las fiestas populares, están
convirtiéndose en un número más del programa con injerencias incluso de los
encargados de organizar los festejos.
Como pastor diocesano me preocupa el vaciamiento del sentido
religioso de las fiestas patronales y por este motivo pido a los fieles
cristianos que velen por la dignidad y el decoro de los actos litúrgicos y
devocionales, y colaboren con los sacerdotes para que estos actos sean
verdaderamente un momento de encuentro con Dios y de veneración de la Santísima
Virgen, que tengan hondura religiosa, autenticidad, respeto y espíritu de fe.
Estoy seguro de que en nuestros pueblos susbsisten todavía estos valores, que
todos debemos estimar y fomentar porque pertenecen a lo más granado de la
tradición popular y sin los cuales las nuevas generaciones terminarán
arrinconando lo específico de nuestra tierra para adoptar únicamente los modos
y maneras anodinos, despersonalizadores y gregarios que se ven en todas partes:
vida nocturna, abuso del alcohol, diversión desaforada, etc. Así no sólo se
destruye el alma de las fiestas populares sino que se ponen en peligro también
las personas. Cordialmente.