NOTA PASTORAL ANTE LOS INCENDIOS FORESTALES
Todos los años, al llegar los meses del verano, se viene produciendo un
hecho que llena de inquietud a la ciudadanía en general, a las autoridades y
muy especialmente a los pueblos situados junto a grandes masas de vegetación.
Me refiero a los incendios forestales, unas veces fortuitos y otras provocados
por el hombre, en parte por descuidos y en parte de forma intencionada. En las
pasadas semanas se ha visto afectada por varios incendios la zona de la Ribera,
en nuestra Diócesis, con elevados daños materiales.
Invariablemente todos los años se toman las medidas oportunas de
prevención de los incendios, invitando a extremar la prudencia. Pero el hecho
está ahí, como los accidentes de tráfico en los fines de semana. Sin entrar
en aspectos que están fuera de mi misión pastoral, siento el deber de decir
una palabra desde el punto de vista moral, orientadora de las conciencias de los
fieles cristianos y de las personas de buena voluntad.
Nadie puede permanecer indiferente ante episodios que causan daños y pérdidas
tan cuantiosas en la riqueza del país, en los bienes de los municipios y aun en
las propiedades de las personas. La protección de la naturaleza es un deber que
atañe a todos los seres humanos, pues el Creador la puso bajo nuestro cuidado
para el bien común de la humanidad cuando dijo a los primeros padres: "Creced,
multiplicaos, llenad la tierra y sometedla... " (Gn 1,28-31). La ecología
es para los creyentes un imperativo que tiene connotaciones religiosas y
morales.
En este sentido los incendios forestales provocados por una conducta
descuidada y sobre todo los causados directa e intencionadamente llevan
emparejada una grave responsabilidad ética y moral, independientemente de los
aspectos penales desde el punto de vista de la ley civil. El grado de la
culpabilidad moral, supuesta la responsabilidad personal, viene dado por la
gravedad del daño causado. En el caso de los incendios forestales directamente
provocados, aunque no se lesione el derecho de personas particulares, el daño
grave causado a la naturaleza o al patrimonio comunal o del Estado implica
siempre una desobediencia grave a la voluntad divina, es decir, lo que llamamos
un pecado mortal que rompe la comunión con Dios además de constituir una
ofensa a la humanidad en un bien que necesita para subsistir. La protección de
la naturaleza, como habitat de la vida, forma parte no sólo de las leyes
biológicas sino también morales, cuya transgresión no queda impune (Juan
Pablo II, Encíclica "Evangelium Vitae", n. 5).
Expresando a los pueblos y zonas de nuestra Diócesis mi pesar y mi
solidaridad ante los desastres padecidos, invito a todos los fieles cristianos a
tomar conciencia del deber moral de proteger la naturaleza y de usarla y
disfrutar de ella rectamente, contribuyendo con la palabra y la conducta a la
defensa de la vida y del medio ambiente.
Ciudad
Rodrigo, 11 de agosto de 2001
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Julián, Obispo de Ciudad Rodrigo