25-09-2005
El Obispado de Tortosa elabora
cada cierto tiempo un Plan de Pastoral, una guía para el trabajo en nuestras
parroquias. El Plan de Pastoral para los próximos años se centra en la atención
a las familias. Propone a las comunidades parroquiales y movimientos laicales acompañar a las familias. Porque la
pastoral familiar constituye una tarea
que afecta al conjunto de la
acción pastoral de la Iglesia, este plan de trabajo quiere suscitar acciones
para la participación de las familias en la vida eclesial.
Acompañar a las familias en la realización de su vocación supone una
tarea permanente para la Iglesia. Sin embargo, nuestra sociedad dificulta un
proyecto de vida basado en el desarrollo de las relaciones. A pesar de todo, el
ser humano posee una fuerza fundamental para convivir, compartir proyectos,
amar a lo largo del tiempo. La comunidad cristiana da testimonio de la acción
de Dios en todos los ámbitos de la vida. Testimonio que, en la hora presente,
está llamado a centrarse en la proclamación del Evangelio de la familia.
Acompañar a las familias supone estar
atentos a sus posibilidades y ofrecer el anuncio del Evangelio acompañado de un
testimonio de proximidad, teniendo en cuenta las situaciones concretas de cada
familia. Promover una formación adecuada, frente a la pluralidad de
concepciones del matrimonio y la ignorancia que en muchos casos hay del
significado y alcance del matrimonio cristiano. Acompañar a los matrimonios en
su camino, de manera que la parroquia sea para la familia como el seno materno,
donde se nace y se crece como cristiano, y ámbito de comunión donde se escucha
la palabra de Dios, se celebra la Eucaristía, se vive la caridad y se promueven
distintas acciones para vivir la vocación matrimonial y familiar. Concientizar
a la familia de su papel como escuela del humanismo más rico; lugar
privilegiado y santuario en que se desarrolla toda la aventura, grande e
íntima, de cada persona; marco prioritario
para la educación y esencia de una propuesta que educa anunciando el Evangelio
y anuncia el Evangelio educando. Ofrecer el apoyo necesario a las
familias con enfermos y ancianos, etapas en
que de forma particular se ponen de manifiesto los vínculos afectivos, y donde
la familia manifiesta sus cualidades como hogar de humanidad y de
acompañamiento.
Invito, pues, a todos las parroquias, asociaciones y movimientos, a participar en este proyecto que quiere situar a la familia en el centro de acción, promoviendo una pastoral para ella y con ella, de acompañamiento en todas las etapas y situaciones de su camino en pareja y en la transmisión de la vida y educación de los hijos.
† Javier Salinas Viñals, Obispo
de Tortosa
18-09-2005
La experiencia cotidiana nos dice que la familia es el mejor ámbito
para el desarrollo de toda persona. En momentos de grandes crisis sociales, tal
como se ha podido comprobar en tiempos difíciles, de precariedad laboral,
desamparo social, etc, la familia ha desempeñado un papel fundamental de apoyo.
Lo mismo podríamos decir cuando se viven situaciones marcadas por la ancianidad
o la enfermedad. Son las familias las que, en general, suelen acoger en su seno
a aquellos de sus miembros que se encuentran limitados por la falta de salud o
por los achaques propios de la edad. 
Una enfermedad especialmente vinculada a la vida familiar, pues la condiciona especialmente, al tiempo que encuentra en ella un apoyo fundamental, es el Alzheimer. Una enfermedad del cerebro y de la persona, que se convierte en una enfermedad del núcleo familiar y, por tanto, de la comunidad. Una persona con Alzheimer requiere una atención individualizada y continua desde el momento en que se establece el diagnóstico. En poco tiempo, un miembro de la familia ha de dedicarse de manera prácticamente exclusiva a su cuidado y supervisión. Esto requiere un gran esfuerzo por parte de las familias, que necesitan de asistencia sociosanitaria y de recursos humanos y económicos suficientes.
Se trata pues, de una enfermedad que pone a prueba la vida misma de la familia, y que requiere el apoyo de la sociedad, pues implica una sobrecarga que muchas veces resulta imposible sin la ayuda de otros. Necesita también de una formación que ayude a los familiares a conocer la enfermedad, su desarrollo y sus distintas manifestaciones. De esta manera se logra una adecuada asistencia que tiene como fin mantener al enfermo el mayor tiempo posible en el entorno familiar, pues es ahí donde puede encontrar el mejor ambiente en esta situación tan delicada de su vida.
La familia, una vez más, se muestra como ámbito de solidaridad fundamental. Los mensajes y propuestas que dan respuesta a necesidades que viven las personas en nuestra sociedad, quedarían en nada si no existiera el apoyo de las familias. Nuestra sociedad de la comunicación tiende a hacer grandes proclamaciones, a ofrecer imágenes impactantes, pero en realidad pasan por alto que la ayuda, la asistencia a los enfermos, el apoyo a los ancianos, se realiza en la vida cotidiana y discreta de la familia. Es necesario que valoremos esta realidad, pues sin este ámbito de vida fundado en la confianza mutua y en una solidaridad sin condiciones, es imposible dar respuesta a situaciones que a veces parecen insostenibles, o tan difíciles como las que generan enfermedades como el Alzheimer.
† Javier Salinas Viñals, Obispo de Tortosa
11-09-2005
La
actual situación de la educación pide de los padres un compromiso más directo y
decidido, sobre todo en el ámbito de la formación ética y religiosa.
Responsabilidad que se concreta de una forma más intensa a través de la
catequesis parroquial. Hoy muchos padres se limitan a secundar la decisión de
sus hijos en lo que respecta a la educación de la fe. Una forma de proceder que,
sin embargo, no siguen en otras dimensiones de la vida. Una de las metas en la
educación de un niño debe ser la capacitación para elegir libremente. Llegar
ahí es un largo camino en el que la palabra, el ejemplo y la constancia de los
padres son decisivos.
Algunos padres no valoran la formación religiosa, piensan que la
catequesis parroquial no es necesaria para sus hijos y no la proponen, salvo
que ellos mismos lo pidan. Lo mismo podríamos decir de la enseñanza religiosa
en la escuela. En los últimos años crece una manera de pensar neutra en temas
morales y religiosos. Pero los padres no deberían olvidar que el vacío que
ellos dejan en ciertos aspectos de la formación de sus hijos, lo llenan otros;
que la educación que el niño no recibe en su familia la recibe en otros
ambientes. Por distintas causas, muchas familias han dejado de transmitir la fe
que recibieron de sus padres. Pero cada vez son más las familias que quieren
hacerlo, porque quieren para sus hijos una formación integral, o sea, completa,
sin vacíos; porque quieren formar a sus hijos para la libertad, y eso no es
posible en la ignorancia.
Cuando los
padres asumen la responsabilidad de llevar a sus hijos a la catequesis,
manifiestan que Dios tiene un lugar -aunque sea pequeño- en la vida de su
familia. Es importante caminar con los hijos en el crecimiento de su fe;
interesarse en lo que hacen en la catequesis, al igual que hacemos con la
escuela; hablar sobre los temas que dan. Los niños tienen una lógica que les
permite detectar lo que es valioso o no para los adultos. No comprenderán que
sus padres los inscriban en la catequesis y no les ayudan a respetar las
orientaciones que ésta les ofrece, o lo que significa preparar una Primera
Comunión si no los llevan nunca a Misa.
La necesidad espiritual del niño exige adoptar posturas activas en la propuesta de la fe y de los valores morales. Quien reconozca que el recién nacido es confiado a los padres en su totalidad, quien comprenda que la fe o su ausencia marca la personalidad, no podrá inhibirse de la tarea de acompañar a los hijos en el pleno desarrollo de su personalidad. Una responsabilidad que lleva tanto a participar en la catequesis de sus hijos como en la elección de un determinado ideario educativo en la escuela. En todo esto, la aportación de los padres es decisiva, y apoyarlos en su misión, es un compromiso eclesial.
† Javier Salinas Viñals, Obispo de Tortosa
04-09-2005
Conforme
pasa el tiempo, la manifestación del pasado mes de junio en Madrid a favor de
la familia –que no en contra de nada ni de nadie como se ha presentado en los
medios de comunicación-, revela el inicio de un cambio en la manera de actuar
de las familias en lo que respecta a las decisiones legislativas que inciden en
su vida. Algunos han querido reducir el significado de esta manifestación a la
participación de más o menos Obispos, pero la realidad es otra. Por primera vez
las familias, en cuanto tales, han salido a la calle para manifestarse, en tono
festivo, y proclamar que “la familia sí importa”, que las acciones de gobierno
y las leyes deben tener en cuenta sus legítimos derechos, pues el bien de la
familia esta íntimamente unido al bien la sociedad entera.
La Iglesia siempre ha valorado a
la familia. Y ha sido a partir del Concilio Vaticano II, y de forma particular
durante pontificado de Juan Pablo II, cuando la familia, fundada en alianza de
hombre y mujer, ha cobrado más fuerza en la vida eclesial y social. Dicho
Concilio nos propone un texto de gran valor para comprender el ser y la misión
de la familia: “El Creador de todas las
cosas estableció la sociedad conyugal como punto de partida y fundamento de la
sociedad humana, y con su gracia la convirtió en sacramento grande en Cristo y
en la Iglesia (Cf. Ef. 5,32). Por ello, el apostolado de los esposos y de las
familias tiene singular importancia tanto para la Iglesia como para la sociedad
civil… La misión de ser la célula primera y vital de la sociedad la ha recibido
la familia directamente de Dios” (AA. 11).
La familia lleva a cabo su
misión de muchas maneras, pero hay una de particular alcance: participar más
decididamente en la sociedad y en la política en todo lo referente a la
promoción y salvaguarda de los derechos fundamentales de las personas. Porque
la familia debe ser una realidad abierta, es decir, no cerrada sólo al ámbito
de la vida afectiva y privada. Y para ejercer “su función social y política en
la construcción de la sociedad” ( FC 46), debe hacerse
escuchar, dialogar, y exigir si es necesario.
La sociedad democrática ofrece múltiples oportunidades en la búsqueda y la realización del bien común. Sin embargo llama la atención la frecuencia con que los poderes públicos no tienen en cuenta los derechos de las familias. Uno de esos derechos que se ignoran es de la libertad de enseñanza. Las leyes tienen un papel muy importante en la promoción de una mentalidad y unas costumbres. Por ello, cuando las leyes ponen en peligro la identidad de algún sector de la sociedad, es lógica la dinámica de protesta, que quienes gobiernan no deberían ignorar.
+ Javier Salinas Viñals, Obispo de Tortosa
28-08-2005
Celebramos este domingo la fiesta de San Agustín, testigo de la inquietud que habita el corazón humano, que le lleva a preguntarse por Dios. El deseo de ver a Dios está inscrito en cada uno, muchas veces como una nostalgia que nos hace invocarlo como nos dice el salmista: “tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro” (Sal.27,8). Pero junto a esta inquietud existen también sentimientos y circunstancias que pueden apagarla. Ninguna imagen que nos podamos hacer de Dios es suficiente. Es necesario ir más lejos. La Biblia nos habla de Dios, santo y misericordioso, a través de múltiples imágenes y símbolos: Dios es como luz, agua, fuego, roca…
En
el camino del encuentro con Dios San Agustín se manifiesta como un gran maestro
al que acompaña, no sólo su sabiduría sino, sobre todo, su propia experiencia.
Decía a su comunidad en una de sus predicaciones: “destruid los ídolos que hay
en vuestro corazón”. No hacía referencia a las imágenes de Dios de los paganos
sino a las de los propios cristianos. “Hay quien se representa al Dios creador
como un gran artesano que da forma y disposición, ensambla, pule, repasa: ¡es
un ídolo de Dios!. Hay otros que lo representan como
un gran monarca sentado en su trono. Es otro ídolo de Dios”. Por esto San
Agustín nos da esta clave fundamental: si lo entiendes, no es Dios; Él siempre
es mayor que toda representación o sentimiento.
Hay un texto que nos muestra este camino. En él San Agustín hace hablar a las criaturas: “Pregunté a la tierra y me dijo: no soy yo. Pregunté a la mar y a las profundidades, a los seres que allí se arrastran, y todos me respondieron: no somos tu Dios. ¡Búscalo por encima de nosotros!”. Este Dios que supera todo conocimiento ha querido venir a nosotros, nos ha ofrecido la mayor de las sorpresas: ha revelado su rostro en Jesucristo. Por ello todo buscador de Dios no es sólo un caminante sino que está invitado a sentarse y guardar silencio, a disponerse a acoger a Aquel que viene a nuestro encuentro, como cuando esperamos a un amigo. El cristianismo no es simplemente una doctrina sino un encuentro en la fe con Dios que se ha hecho presente en nuestra historia, en Jesús, su Hijo hecho Hombre.
Hoy más que en otras épocas experimentamos un gran silencio sobre Dios. Organizamos nuestra vida como si Dios no existiera. Pero si Él realmente no cuenta, todo es insignificante, todo se mueve en el vacío. Únicamente permanece la lucha de intereses, la búsqueda de nosotros mismos. El encuentro con Dios a partir del encuentro con Cristo presente en la Iglesia nos lleva de nuevo a la verdad que ilumina nuestra vida y nos permite acogerla en toda su dignidad, y esforzarnos en llevarla a su plenitud.
† Javier Salinas Viñals, Obispo de Tortosa
21-08-2005
Como es
tradicional desde el pontificado de Juan Pablo II, los jóvenes peregrinan a
distintos lugares del mundo para encontrarse con el Papa, y, unidos,
aproximarse más a Cristo, manantial de toda vida. Cuando se mira a los jóvenes,
con sus problemas y fragilidades, se da una tendencia al pesimismo. Sin embargo
en estos encuentros mundiales se revelan sus deseos más profundos de hermandad,
de sentido de la vida, de vinculación a Cristo.
Este año los jóvenes están invitados a peregrinar a Colonia, Alemania.
Ellos se ponen en camino al encuentro de Jesús para adorarlo, como hicieron los
Magos de Oriente al ver salir la estrella.
Esta gran peregrinación tendrá la novedad de contar con la presencia del nuevo Papa, Benedicto XVI, que ha querido seguir los pasos de su antecesor y proponer su mismo mensaje: invitar a los jóvenes al encuentro con Jesús, presente en la Eucaristía. En este sentido, tienen un gran valor estas palabras de Juan Pablo II: “queridos amigos, si aprendéis a descubrir a Jesús en la Eucaristía, lo sabréis descubrir también en los hermanos y hermanas… La Eucaristía recibida con amor y adorada con fervor es escuela de libertad y de caridad para realizar el sacramento del amor. Jesús nos habla el lenguaje maravilloso del don de si mismo y del amor hasta el sacrificio de la propia vida. ¿Es un discurso fácil?. Bien sabéis que no. El olvido de sí no es fácil porque amar no es sólo un sentimiento; es un acto de voluntad que consiste en preferir de manera constante, incluso por encima del propio bien, el bien de los demás: “nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn.15,13)”.
En el corazón de Europa, los jóvenes están llamados a experimentar la presencia de Cristo en la Iglesia, especialmente en la celebración de la Eucaristía, y, con ello, a ponerse en camino para servir a los hermanos, para convertirse en instrumentos del amor, en impulsores de una sociedad sin exclusiones. Para ello es necesario superar la superficialidad que a veces envuelve nuestra vida. Urge vivir desde lo más profundo de nuestro ser. Como expresaba la Madre Teresa de Calcuta en su tarjeta de visita, en la que estaba escrito: “fruto del silencio es la oración; fruto de la oración, la fe; fruto de la fe, el amor; fruto del amor, el servicio; fruto del servicio, la paz”. Este es el camino de encuentro con Jesús que, una vez más, se propondrá a los jóvenes este año en el encuentro mundial, del que también muchos participarán a través de los medios de comunicación. Quiera Dios que sea un estímulo en su camino, que les ayude una vez más a descubrir que Cristo es el secreto de la verdadera libertad y de la alegría más profunda, que es el amigo supremo y a la vez el educador de toda amistad auténtica.
† Javier Salinas Viñals, Obispo de Tortosa
14-08-2005
Ahora que estamos en el corazón del verano, cuando muchas familias vuelven a sus pueblos de origen a visitar a sus familiares o disfrutar de las fiestas patronales, es un buen momento para pararse a pensar en el alcance de algo tan cotidiano pero tan fundamental como es la familia. Una reflexión innecesaria por ser en ámbito connatural al ser humano, hasta ahora. Hoy se habla hasta la saciedad de modelos de familia y de libertades personales. Se habla de la familia como realidad que ha perdido consistencia en cuanto ámbito de transmisión de vida, de educación, de convivencia, de despertar religioso y moral. Se habla continuamente de crisis en referencia a ella. Puede ser una manera de desviar la atención, porque, en realidad, la familia está atravesando una crisis en referencia a unas leyes que dificultarán su futuro, precisamente por parte de quienes tienen mayor obligación y deber de protegerla. Las dificultades en la convivencia familiar existen desde que existe el ser humano. Y también su capacidad de impulsar nuevos caminos, de anteponer el amor y ser capaces de generar la gran experiencia de sentirse tan vinculado a otros que “dice siempre nosotros, incluso si dice yo”.
Hay
que atreverse a vivirlo. Los grandes valores no son principios teóricos sino
que generan actitudes ante la vida. La familia no es una realidad para teorizar
sino para vivirla. Y precisamente este tiempo de verano ofrece posibilidades
para convivir de forma gratuita, para dejar hablar al corazón tantas veces
acallado por la fatiga diaria. Es la hora de valorar los detalles, las pequeñas
cosas. A veces tenemos el peligro de soñar e idealizar nuestra vida, y nos
perdemos lo más interesante y necesario: la realidad concreta de las personas
que nos rodean. Para no caer en ello es necesario aceptar como punto de partida
a aquellos con los que estamos tejiendo el gran proyecto del nosotros: hombre y mujer, hijos,
hermanos, abuelos, tíos. Cuántas posibilidades si sabemos acercarnos a ellos,
si nos dejamos querer y queremos, si estamos dispuestos al intercambio de la
ayuda mutua, de la escucha, del diálogo.
Las fiestas de los pueblos, especialmente aquellas que celebramos en honor de la Virgen, tienen sabor familiar. Sin duda Ella evoca en todos ese sentido de pertenencia, de mutua vinculación. Al mirar a María vemos el hilo conductor que nos une a tantos de nuestros familiares presentes y ausentes, pues todos hemos aprendido a invocarla con este dulce nombre. Las fiestas en honor de María nos invitan a cultivar aquellos sentimientos que nos unen a Ella y nos aproximan los unos a los otros, y que incluso hacen que nos sintamos miembros de otra gran familia: de nuestro pueblo, de nuestra comunidad parroquial.
† Javier Salinas Viñals, Obispo de Tortosa
07-08-2005
La familia
es el ámbito natural donde nacemos a la vida y al amor. Pero, desde el punto de
vista de la vida cristiana, toda familia se sitúa en una realidad más amplia:
la comunidad parroquial. Nadie llega a ser cristiano en solitario. Nacemos a la
vida cristiana en el seno maternal de la comunidad a través del Bautismo. Un
nuevo origen que nos introduce en una nueva familia. Esta dimensión comunitaria
es fundamental a la experiencia de la fe cristiana. Como dice un himno de la
liturgia, “allí donde va un cristiano no hay soledad, sino amor, pues lleva
toda la Iglesia dentro de su corazón. Y dice siempre nosotros, incluso si dice yo”.
A través de la comunidad hemos recibido el Evangelio. En ella y por medio de
ella Jesús sigue haciéndose visible hoy, y viene al encuentro de los hombres.
A veces tendemos a valorar la Iglesia por los que en ella tienen una misión de gobierno. Se ha llegado incluso a identificar la Iglesia sólo con las personas de vida consagrada -sacerdotes y religiosos-. Por eso, cuando escasean las vocaciones o éstos tienen que compartir sus responsabilidades entre distintas comunidades, se habla de crisis en la Iglesia. A algunos, el hecho de que en cada pueblo no haya un sacerdote les lleva a pensar que estamos viviendo una crisis muy grave. Ciertamente, los sacerdotes siempre serán necesarios en la Iglesia, pero también podemos decir que la Iglesia no existiría si no existieran comunidades, si no existieran cristianos. Se habla mucho de la falta de sacerdotes, pero a veces da la sensación de que es una manera de eludir una cuestión fundamental: el valor insustituible de cada comunidad.
En estos últimos tiempos se está dando una nueva manera de atender las parroquias. Son muchos los sacerdotes que acompañan a varias comunidades, pero ellos no pueden llevar adelante su misión si estas comunidades no asumen cada vez más su responsabilidad con una nueva conciencia de su propia misión: hacer presente a Cristo a través del testimonio, de la Palabra, de las obras de cada día y, especialmente, de la participación en la asamblea dominical. Esta última es uno de los momentos fundamentales de la vida de la comunidad, cuyo centro es la celebración de la Eucaristía. Pero para ello es necesario que los cristianos asuman responsabilidades en su comunidad, que preparen la mesa del Señor, que se esfuercen en ser signos de su presencia en la vida de nuestros pueblos. Los sacerdotes cambian de una parroquia a otra, pero las comunidades parroquiales permanecen. Y éstas, aunque sean reducidas, son fundamentales, pues en ellas el Señor cumple su promesa: “No temas, pequeño rebaño; porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el Reino” (Lc. 12,32).
† Javier Salinas Viñals, Obispo de Tortosa
31-07-2005
El verano
es un tiempo propicio para el descanso y el cambio de ambiente. Cada vez más
personas aprovechan sus vacaciones para viajar. Crece el interés por conocer
nuestros monumentos, nuestros pueblos. Y también otros países, otras culturas,
cuando se trata de viajes lejanos. Todas las comunidades humanas dejan huellas
de su presencia en el paisaje. En muchos lugares podemos descubrir testimonios
de otros tiempos, de otras experiencias. Pero es necesaria la
capacidad
para hacer “hablar a las piedras” para entender la historia. No basta con ir
aquí o allá, hay que llegar a descubrir el significado de las cosas.
La Generalitat Valenciana, junto con el Obispado de Tortosa, ha organizado a través de la Fundación “La Luz de las Imágenes” una exposición que, con el título de “Paisajes sagrados”, muestra algunos de los monumentos de nuestra historia religiosa en el conjunto del territorio diocesano. San Mateo, ciudad con gran resonancia civil y eclesial; de encrucijada y de reconciliación eclesial, pues en ella terminó un tiempo oscuro de la historia de la iglesia medieval: el cisma de occidente. Ella y otras poblaciones y santuarios de la zona sur de nuestra Diócesis son los escogidos para esta ruta de expresiones de la fe a través del tiempo: elementos arquitectónicos, pictóricos y de orfebrería, junto con la memoria de las distintas romerías y manifestaciones de la religiosidad popular que se vive en esta zona del norte de la provincia Castellón.
Para todos los pobladores de la Diócesis de Tortosa esta es una oportunidad para conocer mejor la riqueza que constituye esta comunidad diocesana de tantos siglos y de tantas sensibilidades. Deberíamos hacer un esfuerzo para visitar esta exposición, con el corazón abierto a dejarnos iluminar por estos testimonios; entrando en contacto con otras comunidades cristianas que, con nosotros, han ido tejiendo a lo largo de casi veinte siglos la historia de nuestra Diócesis.
El verano nos invita a conocer nuevos lugares, nuevos ambientes y nuevos amigos. Durante los días de vacaciones cambiamos el trabajo por la serenidad, por la convivencia familiar, por la compañía de los amigos. Si tenemos la oportunidad de viajar, intentemos ampliar nuestros horizontes. Pero no olvidemos que todo el arte del mundo, todos los monumentos que podamos contemplar son, en último término, testimonio de la vida de los hombres. Y el arte cristiano es testimonio de la Palabra que se ha hecho Carne, de la vida de los cristianos que son las piedras vivas del Templo de Dios.
† Javier Salinas Viñals, Obispo de Tortosa
24-07-2005
En la vida
de los cristianos, lo primero que salta a la vista es su compromiso a favor de
la justicia, del amor y de la paz. Cuando vemos en algún medio de comunicación
una entrevista a un misionero, lo primero que se pone de relieve es su obra de
promoción humana, sus iniciativas a favor de los derechos de las personas.
Ciertamente, una de las señales del cristiano es el amor, porque en él se
manifiestan las consecuencias concretas de la fe en Dios, que nos ha dado nueva
vida en su Hijo Jesucristo.
Sin embargo, ¿no estamos corriendo el peligro de reducir la fe cristiana a una ética social, a un programa de promoción humana? Uno de los grandes problemas que vive el cristianismo en la hora presente consiste en separar lo que debe permanecer unido. Se trata de mantener la unión de lo que parece opuesto: por una parte, la experiencia de relación con Dios que nos lleva a trascender este mundo, a buscar el origen y la meta más allá de nuestra experiencia humana, en la escucha de la Palabra, en la celebración de los sacramentos, en la oración; y por otra parte el compromiso con la transformación de nuestro mundo, pues el Reino que Cristo nos ha traído, aunque tendrá su culminación más allá de cuanto podamos imaginar, ya empieza a realizarse entre nosotros como una pequeña semilla que crece hacia la plenitud. En una y otra dimensión nuestra participación es fundamental, pues estamos llamados a acoger la Palabra de vida y, al mismo tiempo, hacer posible la vida nueva. Una participación que sólo se alcanza por la gracia de Dios, por el don de la fe, la esperanza y la caridad.
Al igual que en la primera hora de la Iglesia, siempre hay quienes buscan algún signo que justifique la fe cristiana. Unos reclaman una nueva sabiduría; otros ver obras convincentes. Los cristianos, como Pablo, sabemos que no hay otro signo que Cristo crucificado (Cf.1Co.1,23). La fe es un nuevo arte de vivir, pero lo fundamental es la adhesión a Cristo mismo. Por ello lo más urgente, ahora y siempre, es conocerle y amarle.
Los cristianos estamos llamados a esta relación con Cristo. Lo más importante no son nuestras buenas obras sino darle a conocer y hacerle presente. Esta es la tarea fundamental de toda la Iglesia. Toda ella está llamada a ser misionera, a anunciar la Palabra de la Vida. Si nos faltara esto, la Iglesia sólo sería una sociedad humanitaria como cualquier otra; y el Evangelio, una sabiduría marcada por nuestros propios límites.
† Javier Salinas Viñals, Obispo de Tortosa
17-07-2005
Una de las experiencias más intensas que viven hoy los jóvenes es la música y el baile. Para los jóvenes y los adolescentes la música no es algo que simplemente se escucha. Es un descubrimiento, una aventura y también un refugio; una manera de escaparse de la monotonía y las dificultades que conlleva esa etapa de la vida. Lo más importante es que suene fuerte, pues se trata de sentirla, no sólo con el oído, sino con todo el cuerpo. En los grandes conciertos, en las discotecas, la música no suena para acariciar los oídos sino para provocar emociones que alcanzan a la totalidad del cuerpo.
Pero,
¿por qué los jóvenes se sienten tan atraídos por la música estridente?. Ciertamente, la música siempre ha formado parte de la
experiencia fundamental de todos los pueblos. Es un camino que genera
solidaridad y contacto más allá de limitaciones físicas o de personalidad.
Normalmente, cuando miramos a otra persona, salimos de nosotros. Sin embargo
cuando escuchamos a alguien, el sonido entra en nosotros hasta llegar a tocar
nuestro propio cuerpo. Como dijo un estudioso, “los ojos sitúan a la persona en
el mundo, los oídos llevan el mundo al interior de la persona”. La música es
capaz de producir respuestas semejantes entre personas que pertenecen a mundos
muy distintos. Es un lenguaje que supera las diferencias sociales. Y, gracias a
esta capacidad de resonar, genera una experiencia nueva de grupo, de compañía.
Cuántos jóvenes han encontrado en momentos de soledad, de dificultad, una
canción que les ha ayudado a orientarse, que ha alimentado sus sentimientos.
En la experiencia de la fe también la música es un lenguaje fundamental. En el Antiguo Testamento leemos aquel texto del libro de las Crónicas que relata cómo David danzaba con todas sus fuerzas delante de Dios, mientras el arca del Señor entraba en la ciudad. David baila con todas sus fuerzas. El sonido de la música hace de su cuerpo una danza. Es un lenguaje contagioso que alcanza también a los demás. Y es que la música y la danza generan euforia, cercanía, nos llevan a sentirnos próximos, despiertan esa solidaridad que no podemos llegar a alcanzar con las palabras. La música en las celebraciones de la fe tiene un gran valor. Es como el hilo de oro que va tejiendo sentimientos y permite generar la unión en la fe, sentirnos familia de Dios.
Lo importante son los valores y experiencias que la música suscita. En nuestra sociedad de consumo, la música se convierte a veces en algo meramente físico que no tiene más sentido de ser que provocar movimiento. Pero la música que transforma el corazón humano y permanece en el tiempo, es aquella que nos ayuda a expresar los grandes sentimientos y convicciones que ennoblecen al ser humano: la paz, el amor, la fe…
† Javier Salinas Viñals, Obispo de Tortosa
10-07-2005
La fiesta
de San Benito de Nursia, Patrón de Europa, que celebramos el próximo lunes día
11, pone de nuevo en primer plano el tema de las raíces cristianas de la
sociedad europea. Por mucho que se quiera ocultar, por mucho que se quieran
tener otras consideraciones, es innegable que la presencia del cristianismo ha
configurado la historia de Europa. Y, en ella, la aportación de la obra de San
Benito ha sido decisiva. Él desencadenó todo un movimiento que adquirió con el
tiempo distintas formas. Se plasmó en pequeñas comunidades dedicadas a la
oración y al trabajo, que fueron tejiendo, como nudos de una gran red, el
conjunto de la sociedad europea occidental.
Entre las características que aportaron los monjes seguidores de San Benito, hay una que cabe resaltar de forma especial: su decisión de acoger, especialmente a quienes peregrinan de un sitio a otro, a quienes necesitan del apoyo de los hermanos. En la regla de San Benito se lee: “a todos los huéspedes que llegan al monasterio recíbaseles como al mismo Cristo, pues Él ha de decir: “huésped fui y me recibisteis”. Y tribútesele a todos el honor debido, en especial a nuestros hermanos en la fe y a los peregrinos”(Regla, cap. 53).
Esta manera de proceder es una de las señas de la experiencia cristiana, siempre abierta al encuentro y al servicio. Una forma de actuar que, sin renunciar a la propia identidad -recordemos que los monjes oraban y trabajaban-, les hace próximos a aquellos que tocan a su puerta. Una manera de actuar que hoy tiene un gran valor, cuando tantos esfuerzos se hacen para intentar acoger a aquellos que vienen de lejos, o a quienes no encuentran un hogar donde crecer y desarrollar sus vidas.
Pero en la acogida no olvidemos una regla de oro: acoger desde el respeto al otro y a nosotros mismos. Se trata de intentar actuar, no buscando acomodarnos simplemente al recién llegado para hacerle más fácil la adaptación, sino de aceptarlo tal como es ofreciéndonos tal como somos. En los últimos años parece que el diálogo entre las distintas culturas y religiones consiste en llevar a cabo una rebaja de los valores, buscando un punto de encuentro que, en realidad, ninguno de los interlocutores está viviendo. Si existe amor y respeto por el otro, también será posible mostrarnos con nuestros valores y convicciones, y reconocer las suyas propias. Sólo desde ahí es posible la construcción de algo nuevo, como intentaron San Benito y sus seguidores a través de la gran red de monasterios. Las comunidades cristianas, ¿no deberemos esforzarnos más en acoger a todos y ser un testimonio del Dios vivo y del valor sagrado de la persona en una Europa en crecimiento?
† Javier Salinas Viñals, Obispo de Tortosa
03-07-2005
En estos días el santuario de Nuestra Señora de Lourdes se convierte, una vez más, el corazón de la Diócesis de Tortosa. Enfermos, ancianos, voluntarios, jóvenes, familias y sacerdotes. Una buena representación de nuestra Diócesis se ha puesto en camino siguiendo la llamada de la Hospitalidad. Es un encuentro festivo marcado por la oración, en el que se puede experimentar la cercanía y, a la vez, la conciencia de la limitación humana, la fuerza de la fe y el peso de la enfermedad crónica. Es un encuentro que brilla por la presencia de tantos jóvenes que se exponen a romper con su dinámica habitual para hacer espacio a personas marcadas por las dificultades. Toda una invitación a ampliar los horizontes y a experimentar aquella virtud fundamental que nos permite aproximarnos a los demás: la compasión, la capacidad de dejarse afectar y conmover por el dolor ajeno, el valor para no huir ante la limitación.
Pero
en esta gran experiencia tan humana y cristiana destaca sobre todo la alegría,
porque en Lourdes todo respira la presencia de María, la que es feliz porque ha
creído. En realidad, la fe, cuando es auténtica, genera gozo, paz, e impulsa a
mirar todos los acontecimientos, no como algo absurdo y pesado, sino como una
invitación a dar una respuesta, pues Alguien sostiene nuestra vida. La Virgen
María es testigo insuperable de la alegría de quien se sabe amada por Dios, porque
ha mirado “la humildad de su esclava”(Lc.1,48).
Este año, en nuestra peregrinación todos estamos llamados a unir nuestra oración a la Virgen, quien, precisamente por su compasión, acompañó a Jesús hasta la Cruz, y por eso es mujer de alegrías y de dolores. A Ella queremos encomendarle nuestros sufrimientos, para que nos una más y más a su Hijo Jesús, para que podamos experimentar la invitación de su Hijo: “venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y Yo os aliviaré” (Mt.11,28). En nuestra oración recordaremos también a todos aquellos que se esfuerzan por aliviar el dolor y por curar, a los investigadores y a los médicos, a todo el personal sanitario de tantos hospitales, y, sobre todo, a las familias que tan de cerca viven la enfermedad de los suyos. En la gruta donde Bernardette fue testigo de la presencia de María pediremos de forma particular por todas las mujeres, recordando las palabras que Juan Pablo II dirigió a ellas en aquel mismo lugar: “Sed en nuestra sociedad testigos de los valores esenciales que sólo se perciben con los ojos del corazón. A vosotras, las mujeres, corresponde ser centinelas del Invisible”.
† Javier Salinas Viñals, Obispo de Tortosa
26-06-2005
La fiesta de los apóstoles Pedro y Pablo proclama la raíz apostólica de
la fe cristiana. Los apóstoles, elegidos por Jesús, vieron al Resucitado y
recibieron del Señor el encargo de ser testigos de su resurrección; la promesa
de que Él estaría con ellos hasta el fin del mundo; y también unos poderes que
los hicieron embajadores de Cristo.
Ellos son testigos de la resurrección y fundamentos de la Iglesia. La
misión de los apóstoles se ha transmitido hasta nuestros días a través de los
obispos y del Papa, sucesor del apóstol Pedro. 
Desde sus orígenes hasta hoy, la fe y la misión de los apóstoles se ha mantenido íntegra y viva a través de esta sucesión apostólica de los obispos, asistida por el Espíritu Santo. Un texto antiguo de la tradición de la Iglesia resume esta realidad: “los apóstoles salieron al orbe entero a predicar la misma doctrina de la misma fe a todas las naciones. En cada ciudad fundaron Iglesias, que vinieron a ser como las semillas de la fe y de la doctrina para las demás iglesias de entonces y de ahora. Por eso, nuestras Iglesias deben ser consideradas como brotes de las apostólicas. Y aun siendo tantas las Iglesias no forman más que una sola que procede de los apóstoles”(Tertuliano, s. III).
Entre los apóstoles y sus sucesores, los obispos, destaca uno de forma particular: Pedro. A él se le encomendó el servicio de la unidad, de confirmar a sus hermanos en la fe. Un encargo que viene del Señor y que se hace a alguien que ha experimentado en su propia vida la debilidad. Hoy, “ese servicio a la unidad, basado en la obra de la misericordia, es confiado, dentro del mismo colegio de los obispos, a uno de aquellos que han recibido del Espíritu el encargo, no de ejercer el poder sobre el pueblo –como hacen los jefes de las naciones y los poderosos (Cf. Mt. 20,25)-, sino de guiarlo para que pueda encaminarse hacia pastos tranquilos. Este encargo puede exigir el ofrecer la propia vida. (Cf. Jn. 10,11-18). El Obispo de Roma, el Papa, es en quien hoy se hace realidad visible este servicio de unidad que Cristo encomendó al apóstol Pedro. El Papa Benedicto XVI ha expresado el significado y alcance de este servicio: “ el ministerio del Papa es garantía de la obediencia a Cristo y a su Palabra. No ha de proclamar sus propias ideas sino vincularse constantemente y vincular a la Iglesia a la obediencia a la Palabra de Dios, ante los intentos de reducirla o diluirla”. Es, pues, una misión de fidelidad al único Pastor de la Iglesia, Jesucristo. En la fiesta de San Pedro y San Pablo, renovemos nuestros vínculos con los sucesores de los apóstoles, los obispos, y especialmente con aquel que hoy nos preside en el amor, el Papa Benedicto XVI.
† Javier Salinas Viñals, Obispo de Tortosa
19-06-2005
Vivimos en una sociedad marcada por grandes cambios. Algunos son consecuencia de la evolución de las tecnologías; otros vienen impuestos por decisiones de quienes tienen responsabilidad en la vida pública. En todo caso, el tema de la familia se ha convertido en una bandera discutida, en una cuestión que requiere la atención de todos, pues está en juego una institución tan antigua como la humanidad y necesaria para su futuro.
Entre
las distintas dimensiones de la vida familiar existe una que es preciso
subrayar en este momento en que tendemos a valorar las cosas por sus
consecuencias prácticas. La familia es un don para la sociedad, pues en ella no
sólo nacemos a la vida sino también a la vida comunitaria. “La familia es la
célula original de la vida social. Es la sociedad natural en que el hombre y la
mujer son llamados al don de sí mismos en el amor… La familia es la comunidad
en la que, desde la infancia, se pueden aprender los valores morales, se
comienza a honrar a Dios y a usar bien de la libertad. La vida de familia es
iniciación a la vida en sociedad”(CIC,2207). Por esto,
aunque el hecho familiar tiene que ver con la intimidad de las personas,
también tiene consecuencias sociales decisivas. Muchas veces el fracaso en la
vida personal tiene que ver con unas carencias familiares que la educación
posterior ha sido incapaz de superar.
Una tendencia constante en nuestro mundo es reducir la familia al ámbito de lo privado. Sería como el contrapunto a la experiencia social que se vive en el mundo del trabajo, de la política, de la economía. Frente a la dureza de la vida social y laboral, la familia aparecería como aquel ámbito íntimo en el que cada uno puede organizar su vida como quiera y en donde el afecto es lo único necesario. Esta visión de la familia lleva a pensar que cada uno puede fabricársela a su medida. Se olvida la dimensión social de toda relación humana y, de forma particular, de la familia como ámbito en el que se viven el conjunto de virtudes que configuran la existencia humana, especialmente en su dimensión social.
La
familia es reflejo de la sociedad y también impulso de la misma. No es una
realidad que pueda vivir al margen de las relaciones sociales. Si la sociedad
es autoritaria o democrática, así serán las familias que la configuran. Pero en
todo ello se da una experiencia fundamental: la realidad de cada persona, la
conciencia de los propios límites que generan el respeto mutuo, la posibilidad
de una amor que lleva al sacrificio propio, la
experiencia de la compañía gratuita y al mismo tiempo necesaria. I todo,
gracias a la unión de un hombre i una mujer. Así, la diferencia da lugar a la
gran posibilidad de generar vida i educarla, preparando hombres y mujeres para
la sociedad del futuro.
† Javier Salinas Viñals, Obispo de
Tortosa
12-06-2005
Cada vez se divulgan menos noticias sobre las consecuencias negativas
de las drogas. Y, sin embargo, en muchos de nuestros pueblos se dan casos de
muerte por sobredosis u otras causas vinculadas a ellas, especialmente entre
los jóvenes. Frente a esto, los medios de comunicación insisten en propuestas
que presentan los beneficios de una distribución adecuada de algunas drogas.
Propuestas que también intentan afrontar este problema a través de alguna forma
de legalizar su distribución. Todo esto lleva a crear, sobre todo entre los
adolescentes, una opinión positiva sobre el consumo de droga. Y lo cierto es
que éste no disminuye sino que aumenta y se transforma en otro tipo de drogas
cada vez más sofisticadas, que se utilizan en momentos puntuales pero sin
calibrar las grandes consecuencias que tienen, tanto para su salud a largo
plazo como para su vida inmediata. Un número importante de accidentes de
circulación provocados por jóvenes están vinculados al consumo de algún tipo de
droga. 
Frente a esta situación no existe suficiente reacción social. Siempre se cargan las culpas en los distribuidores. Pero se está menos dispuesto a aceptar que es un tema relacionado con un contexto social, con unos valores que, de alguna manera, lo facilitan. Es inútil intentar señalar un culpable. El problema es mucho más hondo. Tiene que ver con el contexto de una sociedad de consumo y un estilo de vida en el que poseer y consumir cuenta mucho más que ser y amar. Preocuparse egoístamente de uno mismo y de la propia realización es el hilo conductor que lleva, consciente o inconscientemente, a ese tipo de dependencia.
En una sociedad que ofrece tantas posibilidades, es preciso impulsar una forma de vivir marcada por la moderación, por la capacidad de autolimitarse, por valorar los propios actos y sus consecuencias, por una educación que favorezca la propia responsabilidad ante el gran don de la vida. Resulta llamativo que en una cultura tan preocupada por la calidad de vida, a la vez se desperdicie de una forma tan radical. A veces, la gran oferta de soluciones farmacéuticas puede contribuir, indirectamente, a pensar que cualquier insatisfacción o dificultad, el deseo de felicidad, puede encontrar una solución en algún medicamento maravilloso.
La mejor manera de afrontar el tema de la droga entre los jóvenes es no darle la espalda dando la sensación de que no pasa nada o no es para tanto. A veces es la propia familia quien no quiere asumir este hecho. Es necesario cultivar una educación que lleve a prevenir. Y esto exige optar por la superación personal a través del esfuerzo; por la comunicación en la familia; por el sentido de la dignidad sagrada de la vida.
† Javier Salinas Viñals, Obispo de Tortosa
05-06-2005
Este sábado y domingo el Santuario de la Virgen de Montserrat se convierte en el corazón de las Diócesis de la Tarraconense para celebrar el 10º aniversario de la conclusión de su Concilio Provincial. Junto con los Obispos diocesanos, participarán en la celebración los Consejos Episcopales, los Secretariados de los Consejos de Presbiterio y de Pastoral, relatores y otros invitados. Este encuentro quiere hacer memoria agradecida del trabajo realizado, del camino recorrido en la escucha de lo que el Espíritu dijo a nuestras iglesias en el Concilio Tarraconense. En estos diez últimos años hemos intentado dar una respuesta concreta en lo específico de la fe cristiana, en la comunión entre todos los miembros de la Iglesia y en la misión que anuncia la fe y da un nuevo sentido a todas las realidades humanas.
La celebración de un Concilio es un acontecimiento en el que la comunidad cristiana se abre a la voz del Espíritu para escuchar su llamada en las distintas situaciones en que vive y desarrolla su misión. Fruto de ello son unos documentos en los que se expresan proyectos y orientaciones que intentan iluminar un camino de futuro. La realidad más radical de la Iglesia es su condición misionera, su voluntad de transmitir el Evangelio. Tarea que en estos años ha sido calificada con un título que se ha convertido en bandera, que agrupa iniciativas y suscita nuevos impulsos: la nueva evangelización. Nueva, no porque comunique otro Evangelio que no sea el de Cristo, sino porque, guiada por el Espíritu Santo, quiere acoger la novedad de la palabra de Dios en las actuales circunstancias que vive el hombre, mostrando a través del testimonio de los cristianos que el Evangelio es luz del mundo.
El Concilio Provincial propuso
cuatro grandes tareas que deben iluminar la acción de las comunidades como
testimonio personal de los cristianos: anunciar el Evangelio a nuestra
sociedad, alimentarnos con la escucha de la Palabra y la celebración de los
sacramentos, mostrar la solidaridad con los más pobres y marginados, y
fortalecer la comunión eclesial y la coordinación de esfuerzos en la tarea
pastoral. Con ello, el Concilio Provincial ha invitado a la Iglesia a volver al
Evangelio, a promover la participación de todo el pueblo de Dios en la misión
eclesial, y, sobre todo, a confiar en la acción de Dios, pues apoyados en Él
podremos afrontar la dificultad e incluso la propia debilidad. Los diez años
recorridos dan testimonio del esfuerzo para llevar a la vida las principales
propuestas del Concilio. Aún queda mucho por recorrer, pues la verdadera
renovación de la Iglesia siempre pasa por la conversión de los cristianos. Como
nos recuerda San Pablo: “renovaros en la mente y en el espíritu y revestiros
del hombre nuevo creado a imagen de Dios: justicia y santidad verdaderas” (Ef.
4,23-24).
† Javier Salinas Viñals, Obispo
de Tortosa
29-05-2005
Este domingo toda la Iglesia
celebra la fiesta del Corpus Christi. Nuestras calles serán testigo, una vez más,
de una procesión cargada de sencillez y de misterio, cuyo centro es el Cuerpo
del Señor, presente en el Pan consagrado en la celebración de la Eucaristía.
Toda la comunidad parroquial está invitada a acompañar al Señor, realmente
presente en el signo del Pan; a adorar a Cristo Redentor; a “cantar al Amor de
los amores”
La presencia real de Cristo en
la Eucaristía nos recuerda que el Dios de nuestra fe no es un ser lejano sino
muy próximo. Es un Padre que nos envía a
su Hijo para que tengamos vida
en abundancia (Cf. Jn.10,10). Hijo de Dios y Hermano
nuestro, que con su encarnación se ha hecho verdaderamente hombre, sin dejar de
ser Dios, y ha querido quedarse entre nosotros “hasta el fin del mundo”(Mt.28,20). Por eso nuestra fe confiesa que “en su presencia
eucarística, Cristo, permanece misteriosamente en medio de nosotros como quien
nos amó y se entregó por nosotros, y se queda bajo los signos que expresan y
comunican este amor”(CIC, nº1380). Esta presencia no se conoce por los
sentidos, como nos recuerda Santo Tomás de Aquino, sino sólo por la fe, la cual
se apoya en la autoridad de Dios.
Desde el comienzo del pasado
milenio la Iglesia ha ido creciendo más intensamente en su conciencia respecto
de la presencia del Señor en la Eucaristía. De ahí han nacido formas de culto
eucarístico como son la procesión de Corpus Christi, la oración que sostienen
asociaciones como la Adoración Nocturna, y la visita al Santísimo de muchos
fieles de nuestras parroquias. En este año en que toda la Iglesia está invitada
a centrar su fe en la Eucaristía, debemos acrecentar toda forma de oración
eucarística. Recordemos estas palabras de Juan Pablo II: “la Iglesia y el mundo
tienen una gran necesidad del culto eucarístico. Jesús nos espera en este
sacramento del Amor. No escatimemos tiempo para ir a encontrarlo en la
adoración, en la contemplación llena de fe y abierta a reparar las graves
faltas del mundo. No cese nunca nuestra adoración (Dominicae Cenae, nº 3).
En este día de Corpus Christi,
que la oración ante el Santísimo Sacramento nos lleve a una nueva mirada sobre
nuestra vida. Que todos nosotros podamos decir: Señor, queremos amar como tú,
que das la vida y te comunicas con todo lo que eres. Queremos aprender a estar
con quien “sabemos nos ama”, porque con tan buen amigo presente todo se puede
sufrir. En ti aprendemos a unirnos a la voluntad del Padre, porque en la
oración, “el amor es el que habla” (Santa Teresa).
† Javier Salinas Viñals, Obispo de Tortosa
22-05-2005
Este
domingo todas las diócesis de España peregrinan al santuario de la Virgen del
Pilar, a quien invocamos como “la columna que guia al pueblo”(Cf.
Ex.13,21). Será un encuentro de familia, porque la Virgen María suscita
sentimientos de cercanía y confianza. Queremos orar junto a María para pedirle
que nos fortalezca en la fe, que asegure nuestra esperanza y que nos impulse a
vivir la caridad con todas sus consecuencias. Queremos orar junto a María en el
año que celebramos el 150 aniversario de su proclamación como Madre Inmaculada,
llena de la gracia del Espíritu Santo y libre de todo pecado desde su
concepción. Un tiempo de gracia en que el Señor nos invita a renovar la
confianza en su misericordia, en su amor sin medida.
En medio de la historia de los hombres, marcada por una dimensión oscura en la que se manifiesta el poder del mal con todas sus consecuencias en la vida personal y social, la Inmaculada es Aurora de salvación. Con Ella, Dios Padre quiere hacerlo todo nuevo. María se fió siempre de Dios; creyó en las palabras del ángel. Acompañó a su Hijo desde el nacimiento hasta la Cruz y guardó fielmente en su corazón todo lo que Jesús decía. De esta manera, en una mujer del pueblo de Israel, humilde y llena de fe en el Dios que hace obras grandes, surge la novedad que llevará nuestro mundo a un cambio que nadie puede imaginar. Los cristianos de todos los tiempos miramos a María, pues Ella es quien con más fidelidad cumplió los mandatos de Jesús. Por eso acudimos a María pidiéndole que nos ayude a caminar con su Hijo; a participar de la nueva vida que Él nos trae; a mostrar que la fe en Dios es fuente de alegría y fraternidad, motivo para renovar nuestro mundo, para que todos se seamos hermanos.
El momento culminante de nuestra peregrinación será la celebración de la Eucaristía. Apoyados en el Pilar, nos introduciremos una vez más en el sacramento de la fe que nos ofrece el mayor bien espiritual de toda la Iglesia: a Cristo, muerto y resucitado. La Virgen del Pilar nos guiará hacia el Santísimo Sacramento. Su maternidad espiritual nos acerca a Jesús, presente en la Eucaristía. Qué oportuno este comentario del Papa Juan Pablo II: “Con la solicitud materna que muestra en las bodas de Caná, María parece decirnos: “no dudéis, fiaros de la Palabra de mi Hijo. Él, que fue capaz de transformar el agua en vino es igualmente capaz de hacer del pan y del vino su Cuerpo y su Sangre, entregando a los creyentes en este misterio la memoria viva de su Pascua, para hacerse así Pan de vida” (Cf. Ecclesia de Eucharistia, nº 54).
† Javier Salinas viñals, Obispo de Tortosa
15-05-2005
El acontecimiento de Pentecostés constituye el punto de partida de la manifestación pública de la Iglesia. Los apóstoles, movidos por el Espíritu Santo, que arranca de sus corazones toda cobardía, salen a anunciar la buena nueva de la Resurrección de Jesús. Viven una nueva audacia que les hace más libres para mostrar la novedad que espera siempre el corazón del hombre, y que parece imposible: la vida nueva, más fuerte que la muerte. El Crucificado vive para siempre, ha Resucitado. Su camino lleva a la vida.
A
la luz de Pentecostés aparece de una forma muy directa que la fe cristiana
tiene capacidad para configurar la vida humana, con todas sus consecuencias en
la sociedad. La fe para un cristiano no queda al margen de su experiencia
profesional, familiar y social; no se reduce a un sentimiento que se guarda
cuidadosamente en la intimidad personal o de oración comunitaria. El cristiano
está llamado a interesarse por todo lo humano y, por tanto, a hacer que el
Evangelio de Cristo impregne el conjunto de su vida y se manifieste en todas
las realidades. Se comprende la invitación constante de la Iglesia a hacer
presente el Evangelio en el quehacer cotidiano, a aportar la salvación de
Cristo a todas las realidades que afectan a la comunidad humana.
Hoy se difunde la opinión que insiste en reducir el hecho de la fe al ámbito de lo privado. Se argumenta que es necesario separa radicalmente la fe de la política, del compromiso social, de las decisiones que construyen nuestra vida cotidiana. Se trataría de vivir como si Dios no contara. Quien intenta llevar el Evangelio al campo de la familia, de la profesión, del compromiso social y político, es señalado por los demás como alguien que no actúa adecuadamente. Quizá la resonancia religiosa del terrorismo islamista o la presentación del cristianismo desde la perspectiva de los momentos oscuros de su historia, lleva a promover una visión negativa de la religión, una realidad que embrutece al hombre y no ayuda a promover una convivencia abierta y tolerante. Cuando, en realidad, es todo lo contrario. El seguimiento de Jesús vivido a fondo lleva a descubrir en todo hombre a un hermano al que respetar y ayudar.
Nada más alejado de la experiencia cristiana que reducirla al mundo privado, tal como pretende la llamada “propuesta laicista”, tan de moda en este momento. La historia del cristianismo está tejida por múltiples iniciativas a favor de los derechos humanos, obras de asistencia a los enfermos y pobres, instituciones educativas, por una presencia en la política y de la cultura, que sin confundirse con ningún partido ni agotarse en ningún comportamiento concreto, ha tratado de mostrar que Cristo lleva al ser humano a su plenitud.
† Javier Salinas Viñals, Obispo de Tortosa
08-05-2005
Los medios
de comunicación constituyen una de las dimensiones más características de la
vida de nuestro mundo. Han alcanzado tal importancia que se han convertido,
para muchos, en la principal fuente de información, orientación e inspiración.
Pero los medios de comunicación no son realidades neutras sino instrumento de
valores y contravalores que alcanza todas las realidades de la vida humana.
También a la experiencia religiosa y al testimonio de la comunidad eclesial.
Gracias a los medios de comunicación, los hechos acontecidos en el Vaticano en este último mes, tanto la muerte del último Papa como la elección del nuevo, han llegado a multitud de hogares, pueblos y culturas. Otra cuestión es preguntarse sobre la calidad de las informaciones. Que se hable mucho no significa que no se pase de la superficialidad. Y esto ocurre con frecuencia. Es como si fuera muy difícil entrar en el fondo de las cuestiones, sobre todo cuando se trata de la realidad más íntima de la Iglesia, de los hechos de la fe cristiana y los efectos que ésta provoca en la vida de las personas. Entonces, todo se queda en sugerencias, conjeturas y anécdotas mejor cuanto más espectaculares. A pesar de todo, es innegable el valor de los medios de comunicación en la vida de la Iglesia. Una realidad joven que necesitará su tiempo, pero que, en cuanto realidad humana, está llamada a participar de la dignidad de todo cuanto intentamos promover respecto de los hechos que afectan a las personas.
La transmisión de los hechos que se han producido en torno a la muerte del Papa Juan Pablo II ha sido para muchos un nuevo encuentro con quien ha visitado tantas ciudades del mundo para anunciar el Evangelio. Y esto con un valor añadido: el testimonio de tantas personas que han manifestado sus sentimientos y sus puntos de vista al respecto. Son muchas las aportaciones que nos han permitido aproximarnos de una forma más real a la densidad de la vida y del mensaje de Juan Pablo II. También hemos escuchado voces críticas, algunas inspiradas más en el cinismo o el resentimiento que en una valoración moral e intelectual de su pontificado. En todo caso, los medios de comunicación se han mostrado una vez más como instrumento fundamental en nuestra cultura, y, por tanto, también en la vida de la Iglesia y de los cristianos. Cierto que traslucen los intereses y valores de quienes los promueven, pero también es verdad que participan de la excelencia de una gran obra que es instrumento de encuentro entre los hombres. “Demos gracias a Dios por la existencia de estos medios que, si los creyentes usan con el genio de la fe, y con docilidad a la luz del Espíritu Santo, pueden facilitar la difusión del Evangelio, y hacer más eficaces los vínculos de comunión entre las comunidades eclesiales”(Juan Pablo II).
† Javier Salinas Viñals, Obispo de Tortosa
01-05-2005
El quinto domingo de Pascua la Iglesia celebra el Día Mundial del enfermo. Una jornada que este año nos invita a unirnos a los profesionales de la salud. Las familias sostienen de forma muy directa a sus enfermos, pero ¿qué sería de ellas sin la ayuda de aquellos que tienen como misión retornar la salud y reducir el sufrimiento?. Los profesionales dedicados al cuidado de la salud constituyen una realidad fundamental en el desarrollo de la vida de los hombres y en su lucha por superar el sufrimiento.
La
predicación del Señor fue siempre acompañada de signos y milagros que tenían
como efecto la salud de los enfermos, su incorporación a la vida de la
comunidad, el restablecimiento de su dignidad. La Iglesia entiende su misión
evangelizadora unida a este servicio esencial. De ahí la gran cantidad de
iniciativas que han llevado a muchos cristianos a consagrar su vida al servicio
de los enfermos.
La actividad sanitaria se ha endurecido y complicado. Los profesionales cada día tienen que superar la frustración e impotencia ante la enfermedad, a través de una entrega mayor. De entre ellos, los creyentes descubren nuevos motivos para avanzar en su trabajo, y, así, la generosidad hace fuerte su debilidad; la compasión multiplica los recursos disponibles; la fe impulsa a ver en el que sufre a un ser humano con toda su dignidad, alguien en quien se hace presente Dios que en él quiere ser amado y servido.
La fe es necesaria para una sociedad despersonalizada y desorientada, la prueba de ellos es que, cuando se deja de creer en Dios, se cree en cualquier cosa –adivinos, videntes, mediums, parapsicologia…-. La fe sigue siendo capaz, y lo será siempre, de transformar de forma pacífica la vida de las personas y, con ellas, las sociedades. Por esto, manifestarla y vivirla públicamente es un bien común, convencidos de que la misma fe es fuente de salud, pues orienta, consuela y compromete.
La Iglesia ha heredado de Jesucristo la gran misión de presencia entre los enfermos. Es importante el diálogo ente las diferentes situaciones de vida y el mensaje de la fe que anuncia y celebra la Iglesia. Las comunidades parroquiales tienen en este campo, por su proximidad a la vida de tantas personas, un papel propio. Teniendo en cuenta las dimensiones de nuestra Diócesis, esta acción a favor de los enfermos no puede desvincularse de aquella que se lleva a cabo a través de diferentes instancias eclesiales, como son la Hospitalidad de Ntra Sra de Lourdes, Cáritas diocesana y, de forma particular, los distintos institutos de vida religiosa que prestan sus servicios en el campo de la atención a los enfermos y ancianos.
† Javier Salinas Viñals, Obispo de Tortosa
24-04-2005
En el mensaje
que el Papa Juan Pablo II dirigió al primer grupo de obispos españoles en su
última visita a Roma, les decía que “en el contexto social actual están
creciendo las nuevas generaciones influenciadas por la indiferencia religiosa,
la ignorancia de la tradición cristiana con su rico patrimonio espiritual, y
expuestas a la tentación de un permisivismo moral”. Son tres características
que marcan la dimensión religiosa y moral en la que vivimos, tanto los adultos
como los jóvenes cristianos. La indiferencia religiosa significa vivir sin
contar con el Evangelio en las decisiones de la vida. La ignorancia de la
tradición cristiana lleva a entenderla como una realidad caduca, perteneciente
a otros tiempos y sin vigencia para el momento presente. El permisivismo moral
es considerar que la medida de nuestra conducta está en nosotros mismos. 
Una radiografía realista pero insuficiente para inspirar una propuesta de la fe a las jóvenes generaciones. En realidad, el Evangelio siempre se ha vivido y transmitido unido a grandes dificultades, a veces motivadas por circunstancias o personas contrarias a la fe cristiana, a veces por la fragilidad de los propios cristianos. Soñar en una transmisión de la fe sin dificultades es una quimera, un imposible que genera desaliento y puede llegar a paralizar.
La transmisión de la fe siempre pasará por el a veces débil testimonio de los cristianos. Un testimonio que crece en la libertad, no en la imposición, y que necesita ser acogido. Cómo extrañarnos de las dificultades que se dan en la vida de la fe de los jóvenes. Es necesario dar tiempo a la maduración personal, confiando en la confianza en la fuerza de la gracia de Dios y en la respuesta que cada uno está llamado a dar. El éxito de la propuesta cristiana siempre será un don del Señor, algo indisponible para nosotros, por mucho que tengamos y debamos empeñarnos en proponerla.
Como Pablo, podemos decir: “nos acosan por todas partes, pero no estamos abatidos; nos encontramos en apuros, pero no desesperados… nos derriban, pero no llegan a rematarnos”(2Co.4,8-9). Sin embargo, como Pablo, también nosotros queremos responder a la llamada del Señor a hacerle presente entre los jóvenes. La razón es la fuerza misma del Evangelio y el don de la vida que el Señor ha depositado en ellos. Una realidad que hay que hacer visible a través del estar, del compartir sus inquietudes y aspiraciones, del acompañarles -incluso llevándoles la contraria- en su camino de respuesta a de Jesús, que les llama a trabajar en su Reino.
† Javier
Salinas Viñals, Obispo de Tortosa
17-04-2005
En estos tiempos, en que todos somos tan
sensibles a las dificultades para vivir la fe, el mensaje de la Iglesia, como
siempre, es de esperanza. No podemos cerrar los ojos ante la confusión en la fe
de muchos cristianos, pero no podemos olvidar a tantos otros que, de una forma
discreta pero constante, mantienen una fidelidad al Evangelio y están haciendo
posible la renovación de la Iglesia. En esta línea, la llamada del Papa a
“remar mar adentro” siguiendo la invitación de Jesús (Lc.5,2),
constituye una clave para interpretar los acontecimientos de la vida cristiana,
y también para descubrir qué actitudes es necesario desarrollar para suscitar y
educar las vocaciones.
Esta tarea está marcada por la esperanza, pues el
Señor no está dormido en la barca de la Iglesia sino que la guía y la impulsa a
través de la fuerza de su Espíritu. De ahí surge la necesidad de cultivar la
oración como experiencia que nos abre a la llamada del Señor. En este año, el Papa
Juan Pablo II, en su mensaje para la Jornada mundial de oración por las
vocaciones, nos invita a todos a cultivar la oración como camino que nos une a
Cristo y nos descubre su llamada en el corazón de la vida y de la Iglesia.
El Papa nos recuerda que “quien abre el corazón a
Cristo, no sólo comprende el misterio de la propia existencia, sino también el
de la propia vocación, y recoge espléndidos frutos”. Sí, “quien abre el corazón
a Cristo” sintonizará con Jesús, con sus intereses y sus grandes opciones.
Descubrirá el valor de su exhortación: “sed perfectos como vuestro Padre
celestial es perfecto”(Mt.5,48). Se esforzará por
encontrar caminos de servicio a los hermanos, de acompañamiento en sus
dificultades y alegrías, de testimonio para comunicarles la buena noticia del
amor salvador de Dios. Entonces, quien abra el corazón a Cristo percibirá la
urgencia de la respuesta personal que cada uno está llamado a dar: la vocación
a la que Él le invita.
A pesar del materialismo que nos rodea, en el
corazón de todo ser humano se oculta el fuego de una plenitud de vida. Son
muchos los jóvenes que desean encontrar el profundo sentido de su vida, que
desean ofrecer una respuesta a este mundo nuestro necesitado, no de discursos,
sino de testimonios vivos y convincentes. La Jornada de oración por las
vocaciones es una invitación a la comunidad cristiana a ampliar sus horizontes
y a vivir la audacia de proponer la vida cristiana a los jóvenes, con la
riqueza de sus múltiples respuestas. Misión imposible sin la oración viva,
porque en ella se fragua el deseo de seguir a Jesús, se experimenta su
consuelo, se percibe la inquietud que sólo podrá colmarse en el encuentro con
Él a través del desarrollo de la propia vocación.
† Javier Salinas Viñals, Obispo de Tortosa
10-04-2005
Los niños son nuestro futuro ya presente. De ahí
los múltiples esfuerzos de las familias, la sociedad y la Iglesia, en su
crecimiento. Esta etapa de la vida es decisiva. Muchas de las grandes
experiencias que vivimos en la vida adulta tienen su raíz, su posibilidad o
dificultad, en aquellas que han constituido la propia infancia. La Iglesia
siempre ha considerado a los niños como destinatarios privilegiados de su
acción formativa. Ha seguido las enseñanzas de Jesús, quien tantas veces señaló
a los niños como aquellos que mejor ilustran la actitud fundamental para
acogerle a Él. “Si no volvéis a ser como niños, no entraréis en el Reino de los
Cielos”(Mt.18,3).
Este domingo el Seminario diocesano será lugar de
encuentro de muchos niños procedentes de las distintas parroquias de la
Diócesis. Es la Jornada del MID (Movimiento Infantil Diocesano). Ellos, como
toda la Iglesia en este año, fijan su mirada en el corazón de nuestra fe: la
Eucaristía. Los niños han preparado durante meses esta Jornada en torno al tema
de la Eucaristía. Y hoy, están “de fiesta con Jesús”. 
Celebrar la Eucaristía constituye un encuentro
decisivo con el Señor, presente en la Iglesia. No podemos vivir sin el domingo,
cuyo centro es la celebración eucarística. Tradicionalmente, los niños
participan en la Eucaristía dominical. Sin embargo, hoy cada vez están más
ausentes. Los motivos son diversos. Quizá habría que preguntarse si tiene que
ver con una debilidad en la transmisión de la fe, no sólo en la familia sino también
en la propia comunidad parroquial. A veces, a la celebración del domingo le
falta aquel tono que ayuda a descubrir la presencia salvadora del Señor y su
llamada a vivir como hermanos.
Si queremos que los niños participen en la
Eucaristía, será necesario ayudarles a despertar a la presencia de Dios en
ellos, en la vida, en la Iglesia; a ver en las cosas cotidianas una referencia
a Jesucristo, Maestro y Amigo; educarles en el conjunto de actitudes que
acompañan toda celebración, como es saber escuchar, admirarse, dar gracias,
obrar comunitariamente, guardar silencio… Hay que hacer un esfuerzo, porque en
el camino de la fe todos crecemos a través del mutuo testimonio. Los niños
necesitan de adultos que les acompañen en la experiencia de la fe y, en particular,
en la celebración de la Eucaristía. Qué importante es que la familia participe
en la Eucaristía. Cuando esto no es posible, habrá que encontrar otras formas,
ya sea a través del grupo de niños de la parroquia o a través de algún joven o
adulto que les acompañe, con quien se encuentren para la celebración
eucarística. Sin el testimonio personal y comunitario no es posible vivir la
Eucaristía, y menos para un niño.
† Javier Salinas Viñals, Obispo de Tortosa
03-04-2005
No podemos ser ni vivir como cristianos sin la
Pascua. Ella es el corazón del camino de Jesús que revela que ni el
sufrimiento, ni la injusticia, ni el miedo, ni la muerte, tienen la última
palabra. Dios Padre ha querido hacerlo todo nuevo. En la resurrección de Jesús
nos ofrece una vida más allá de cuanto podamos imaginar: la vida misma de Jesús
resucitado. “La muerte ha sido absorvida en la victoria… demos gracias a Dios,
que nos da la victoria por nuestro Señor Jesucristo”(1Co.15,55-57).
Desde el día de nuestro Bautismo, por el que participamos de la Pascua de
Jesús, podemos vivir de una forma nueva. En los momentos de tristeza y de gozo;
en la enfermedad y en la salud; cuando nos desprecian y cuando nos aman; cuando
ofendemos y somos perdonados; cuando pecamos y sentimos que Dios Padre nos
acoge con misericordia.
La Pascua nos introduce en la experiencia de
salvación, de liberación, que Jesucristo ha traído. Recordemos la narración
simbólica del jardín del Edén, en los primeros capítulos de la Biblia. Adán y
Eva tienen miedo, han pecado, se esconden de Dios. Jesús, con su muerte y
resurrección, nos ha salvado radicalmente de este miedo original (Cf.Rm.8,15). Ahora podemos llamar a Dios con toda confianza “Padre
nuestro”. Ante el miedo a la cruz y a la muerte, podemos experimentar la
confianza, pues gracias al Resucitado creemos que la muerte no tiene la última
palabra.
La salvación del Resucitado nos hace libres para
luchar contra el mal. Unidos a Cristo por nuestro Bautismo hemos pasado de la
muerte a la vida. Ahora comprendemos que hemos sido liberados para vencer el
mal a fuerza de bien, es decir, a fuerza de seguir el camino que conduce a la
vida, la dignifica y la lleva a plenitud. Es el camino que nos ha mostrado
Jesús, y cuya plenitud es su muerte y resurrección. Si nos dejamos guiar por el
Resucitado, si somos dóciles a la presencia de su Espíritu, entonces todo puede
cambiar, nada está definitivamente perdido, tendremos la luz y la fuerza para
ir superando aquellos egoísmos, violencias e injusticias que amargan y hieren.
La Pascua nos ha hecho libres para afrontar la
muerte. En realidad, la muerte de Jesús nos lleva a preguntarnos sobre nuestra
muerte. Si un hombre no puede dar sentido a su muerte tampoco puede vivir con
plenitud. Unidos al Resucitado, que viene a nuestro encuentro en la Eucaristía,
en el Pan de la vida eterna, podemos vivir y morir desde la confianza. Más aún,
para un cristiano morir es abandonarse totalmente en manos de Aquel que nos ha
llamado a la vida, nos ha renovado y nos espera. Podemos entrever el
significado de aquellas palabras de Jesús a Natanael: “has de ver cosas mayores”(Jn. 1,50).
† Javier Salinas Viñals, Obispo de Tortosa
27-03-2005
Cristo ha resucitado.
Es Pascua, centro y el fundamento de nuestra fe. “Dios, el que hizo el cielo y
la tierra; el que liberó a Israel de Egipto; el que sacó a su pueblo del
cautiverio, es presentado en el Nuevo Testamento como “el Dios que ha
resucitado a Jesús de entre los muertos”” (Esta es nuestra fe, pág. 154). Esta
proclamación de fe tiene grandes consecuencias para nosotros. Anuncia que
también nosotros estamos llamados a resucitar, a dejar atrás este mundo viejo
marcado por la injusticia y la muerte. Con Cristo estamos llamados a una vida
nueva que ya empieza a hacerse realidad entre nosotros, porque nos ha dado su
Espíritu, que nos hace libres para amar.
Una afirmación como esta resulta extraña e increíble hoy en día. Hoy pocos se atreven a hacer ciertas afirmaciones; molestan según qué certezas. Se considera como verdadero aquello que resulta útil o produce el disfrute inmediato, dejando lo demás como secundario o sucedáneo. Por esto, en algunos círculos sociales, entre un determinado tipo de personas, se intenta expulsar todo lo que no sea lucha por el poder, por los negocios. Una vida centrada, ante todo, en el bienestar personal, que arrincona para lo íntimo de la conciencia las razones últimas para vivir y esperar.
En este
domingo de Pascua, el primero entre los domingos, toda
Si somos instrumentos de la esperanza que la resurrección de Cristo ha sembrado en nuestro mundo, entonces, ningún esfuerzo quedará sin fruto. ¡Feliz Pascua!.
† Javier Salinas Viñals, Obispo de Tortosa
20-03-2005
La
celebración del domingo de Ramos nos introduce en
Durante
muchos años, estas procesiones han constituido una forma de religiosidad
popular que alimentaba la memoria de la pasión del Señor y suscitaba, en todo
aquel que la contemplaba, el reconocimiento de las heridas que afligen a tantos
hombres. Al ver a Jesús crucificado nadie ignoraba la cercanía de Dios, pues Él
lo había llenado todo con su presencia, incluso nuestro sufrimiento y nuestra
muerte. Sin embargo hoy, al contemplar una procesión de Semana Santa, ¿qué
sucede en el corazón de las personas?; ¿habremos convertido esta expresión de
fe en un espectáculo?; ¿inspira simple curiosidad una representación que, por sus
formas, parece que se aleja de nuestra vida cotidiana?.
¿Llegaremos realmente a comprender la realidad que expresan?.
Si la fe
cristiana no quiere disolverse y desaparecer, tiene que proteger con su verdad
y su fuerza la realidad del mensaje de
Dios no se contentó con mandarnos desde lejos un remedio, ni siquiera un mensajero, quiso Él mismo asumir nuestro sufrimiento. Porque nos quiso apasionadamente, en sí mismo quiso vencer el mal a fuerza de bien, de su mucho amor. En este domingo de Ramos la narración de la pasión del Señor continúa siendo la mejor manera de introducirnos a las procesiones que veremos por nuestras calles.
† Javier Salinas Viñals, Obispo de Tortosa
13-03-2005
Con la
celebración del día del Seminario diocesano, un año más queremos recordaros la existencia
de una comunidad de jóvenes en camino de formación, dispuestos a reconocer la
llamada del Señor para ser sacerdotes de su Iglesia. El Seminario diocesano
siempre ha sido un punto de referencia fundamental en la vida pastoral de
nuestra Diócesis. Todas las comunidades parroquiales han contribuido con la
oración, esfuerzo económico y testimonio, a lo largo de su medio siglo de
existencia.
En este año
toda
Para hacer
una presentación resumida de
Nuestra forma de vivir tiene muchos valores, pero algunos de ellos tal vez quedan en la penumbra: el amor sin cálculo; la generosidad confiada; la disponibilidad para una aventura cuyo resultado va más allá de nuestras posibilidades. La vocación al sacerdocio requiere de todo esto. Y, aunque este deseo reside en el corazón de muchos jóvenes, quizá nuestra forma de vivir no les ayuda a convertirlo en realidad. En el día del seminario todos debemos pedir al Señor que suscite vocaciones al sacerdocio, sin olvidar que la oración por las vocaciones debe convertirse en oración por todos los cristianos, especialmente por las familias y los jóvenes, para que vivan a fondo su camino según el Evangelio de Jesús, con corazón generoso y entregado. Y desde ahí todo será posible. También la vocación sacerdotal.
† Javier Salinas Viñals, Obispo de Tortosa
06-03-2005
De nuevo, las autoridades
escolares llaman a la puerta de los hogares para que los padres inscriban a sus
hijos para el próximo curso. La escuela es un servicio público, una institución
abierta a todos y para el bien de todos, que responde al derecho a la educación
-artículo 26 de
Nuestra sociedad está marcada
por el pluralismo. La libertad constituye un elemento fundamental que lleva a
las personas a asociarse para alcanzar aquellas metas que considera más
significativas. De aquí nace la libertad para constituir empresas, asociaciones
culturales o entidades de solidaridad. El derecho a asociarse es una
característica fundamental de nuestro mundo. Es impensable, pues, que en algo
tan importante como es la educación de los hijos, los padres no tengan
suficiente libertad para ejercer su derecho a elegir el sistema educativo que
más se ajuste a sus creencias y valores. Resulta muy extraño que, ante la gran
libertad de elección en tantos campos de la vida social, en algo tan primordial
no sólo no haya suficiente libertad sino que incluso se pretende dirigir la
enseñanza de tal manera que peligra este derecho de los padres.
El pluralismo de nuestra
sociedad manifiesta también la diversidad de creencias y orientaciones morales
de las personas que la configuran. Al hablar de una sociedad laica se hace
referencia a una forma de vivir en la que Dios no cuenta. Pero hay muchas
personas para quienes Dios está presente y orienta sus decisiones, y no quieren
dejarlo, por ejemplo, a la puerta de la escuela.
La administración pública debe
favorecer a todos los ciudadanos. Y, ante la realidad plural existente en
nuestra sociedad, no debe inclinarse sólo por un tipo de escuela sino que debe
favorecer que la enseñanza se corresponda con las aspiraciones y convicciones
de sus ciudadanos. Es función del Estado moderno responder a esas expectativas
dentro de los límites del bien común. Ignorar esta diversidad y las legítimas
exigencias de las personas, de los diferentes grupos, sería negar a muchas
personas algunos de sus derechos fundamentales. Que el Estado acapare, sólo él,
el servicio de la sociedad responde a otros tiempos en los que no se tenían en
cuenta las iniciativas de la sociedad civil. Hoy los ciudadanos son conscientes
de sus derechos y deberes. Los padres saben que tienen derecho a elegir un
determinado tipo de educación.
† Javier Salinas Viñals, Obispo
de Tortosa
27-02-2005
La
Biblia nos presenta al anciano como el símbolo de la persona rica en sabiduría
y llena de respeto a Dios. En este sentido, el don del anciano podría calificarse
como el de ser, en la Iglesia y en la sociedad, el testigo de la tradición de
fe, el maestro de vida, el que obra con caridad. Es necesario que también
nosotros hoy lleguemos a comprender la función de los mayores en la sociedad.
Asistimos a una prolongación de la vida humana con su consiguiente incremento
de personas ancianas.
La ancianidad pide una respuesta de los más jóvenes, pues su futuro está vinculado a su capacidad de respeto hacia los ancianos. Quien no es capaz de acoger sus propias raíces, quien no está dispuesto a respetar a sus mayores en sus limitaciones, y sobre todo, quien cae en la tentación de querer eliminarlos en función de un equivocado concepto de vida digna, está truncando su propio futuro. El cuarto mandamiento nos recuerda que honrar padre y madre constituye la mejor manera de expresar el don de la vida, recibido a través de ellos. Los hijos recogen los valores que transmiten los padres.
Es necesario que todos crezcamos en una nueva conciencia respecto a la misión de los ancianos. Y lleguemos a hechos concretos. Por parte de los gobiernos, creando políticas económicas y sociales que les ayuden a vivir con dignidad. Por parte de sus familias, demostrando su amor a través de la acogida y el acompañamiento; y beneficiarse, así, de su aportación de sabiduría y presencia. Qué importante es para cualquier familia el recíproco enriquecimiento –que repercute en la sociedad- entre las distintas generaciones. Esta Cuaresma busquemos caminos para que todo esto sea posible.
† Javier Salinas Viñals, Obispo de Tortosa
20-02-2005

Nuestro Dios nos invita a la universalidad desde la fidelidad a lo concreto. Al llegar a Roma se ora y se visita al Papa. Con él se habla de la situación de la Diócesis, en nuestro caso, de la de Tortosa. La Visita "ad límina" consta también de distintos tipos de encuentros con aquellos colaboradores más directos en el gobierno de la Iglesia, la llamada Curia Romana. Ella es punto de referencia, pues al disponer de información de tan diferentes situaciones y múltiples experiencias pastorales en todo el mundo, posee criterios suficientes para el gobierno de la Iglesia universal. Esto constituye una gran riqueza. Ir a Roma es una forma más de unirnos al conjunto de toda la Iglesia, de hacer visible que la Iglesia es una familia de hermanos que integra pueblos de culturas y lenguas diferentes.
Pero la Visita "ad
limina" también es una ocasión para que la iglesia diocesana tome
conciencia de su situación pastoral. Nuestra Diócesis, en estos últimos siete
años ha vivido la gran experiencia de la preparación y celebración del Jubileo
del año 2000. Una oportunidad para reafirmar los vínculos que nos unen y
celebrar la presencia de Cristo entre nosotros, con todas sus consecuencias
humanizadoras. Durante estos años también hemos intentado responder a
cuestiones centrales que configuran nuestro momento actual: la necesidad de
hacer visible la realidad comunitaria de la Iglesia, impulsando la celebración
del domingo; la urgencia de una nueva evangelización, sobre todo en referencia
a la familia y a los jóvenes, a través de los sacramentos de la iniciación
cristiana y la catequesis que los acompaña; la necesidad de mostrar que el
Evangelio transforma la vida y nos hace más atentos y solidarios a través de
una pastoral caritativa y social; y la exigencia de avivar la pertenencia y
participación eclesial, a través de una nueva aproximación a la comunión
eclesial que nace de Dios mismo, que es amor.
Todos ellos temas fundamentales
para nuestra vida, pero nada será posible sin un compromiso de todos los
bautizados en su camino de santidad, es decir, de seguimiento de Jesucristo y
de respuesta a la vocación a la que Él nos llama. Por esto, la formación del
laicado y la pastoral vocacional son dos exigencias de nuestro futuro eclesial.
† Javier Salinas Viñals, Obispo
de Tortosa
13-02-2005
¿Hacia
una nueva Europa?
Desde el año 1986 España
participa, como miembro de pleno derecho de la Comunidad Eiropea, cuyo fruto es
la actual Unión Europea. Durante estos año se han
agrandado nuestros horizontes; nos hemos beneficiado de la ayuda de la Unión;
hemos crecido en muchas dimensiones. Ahora, después de este largo recorrido, se
nos llama a las urnas para que refrendemos o no, con nuestro voto, el Tratado
por el se estable la Constitución Europea. Una cuestión de gran alcance y
complejidad, que se somete al parecer de los ciudadanos.
Desde
un punto de vista histórico la actual Unión Europea nos ha traído un fruto
inestimable, acrecentando las posibilidades de paz y todos los bienes que la
acompañan: la verdad, la justicia, libertad y el amor. Vivimos en un Estado de
Derecho que intenta crecer cada día en la igualdad de todos sus miembros ante
la ley, y en una economía cada vez más acorde con la dignidad de la persona.
Junto a esto, existen limitaciones, entre las que cabe destacar la creciente
sensación de que las decisiones están en manos de unos pocos que no siempre
sintonizan con los intereses y necesidades concretas de los pueblos que configuran
Europa. Una muestra de esto es la manera en cómo se ha elaborado el actual
Tratado de la Unión que se presenta a referéndum.
Sin embargo estamos recorriendo
un camino. Ahora lo importante es tomarse en serio que somos ciudadanos de una
Unión de veinticinco países. Necesitaremos mayor información, diálogo honesto,
negociaciones y acuerdos, sabedores de que todo no se puede conseguir, de que
algo tendremos que ceder unos y otros. Sin duda la cuestión fundamental para el
logro de una unión duradera y eficaz es la calidad de los valores y decisiones
morales. En esta línea la Iglesia tiene un papel propio como experta en
humanidad y portadora del testimonio humaniazador del Evangelio, cuyo criterio
es fundamental para el logro del bien común de los ciudadanos.
En los últimos años el tema de
la Unión Europea ha ocupado un lugar preferente en la reflexión y en las
propuestas de la Iglesia. Recordemos los Sínodos Especiales convocados para
tratar el tema de la Iglesia en Europa. El Papa Juan Pablo II nos impulsa a
abrir nuestras comunidades eclesiales a la realidad europea y descubrir el
papel que tenemos como testigos de esperanza. La aportación de los cristianos
laicos es decisiva. Así la expresaba hace años Pablo VI: “Lo que es el alma
para el cuerpo, eso son los cristianos en el mundo, en este mundo de Europa… si
su levadura lleva la humildad del Evangelio, tendrá también su vigor, será
portadora de salvación para todo el conjunto”.
† Javier Salinas Viñals, Obispo
de Tortosa
06-02-2005
“Venid
a mí todos los que sufrís” (Cf. Mt. 11,28)
Este domingo el Seminario
Diocesano acoge la fiesta de Nuestra Señora de Lourdes, que reúne a enfermos,
familiares y colaboradores de la Hospitalidad Diocesana. Un encuentro que anuncia la próxima
peregrinación diocesana -a finales del mes de junio-, pero quiere ser una
oportunidad para avivar los vínculos entre quienes participamos de la
experiencia de fe y ayuda mutua que se genera entorno al Santuario de la
Virgen.
herido y abandonado.30-01-2005
“Dichosos los que construyen la paz” (Mt. 5,9)
A finales del mes de enero se celebra el aniversario de la muerte de Mahatma Gandhi, testigo de una nueva manera de afrontar los problemas sociales y políticos, que actualiza la palabra de Jesús: “bienaventurados los que construyen la paz, porque ellos se llamarán hijos de Dios”(Mt. 5,9). Sin duda, la paz constituye la gran tarea del futuro de un mundo cada vez más globalizado y, por tanto, más consciente de la mutua interrelación entre personas y pueblos. Es antigua, pero nueva, esta invitación de Erasmo de Rotterdam: “convoco a todos los que se llaman cristianos para que unan toda su fuerza y esfuerzos en el combate contra la guerra”(Lamento de la paz).
Hoy ha
crecido en nuestra sociedad la conciencia de la necesidad de la paz. Sin
embargo muchos la consideran, o un sueño imposible, o una realidad que
únicamente se alcanzará con la fuerza. De hecho, hemos asistido a
intervenciones bélicas de dudable resultado, que se han querido justificar como
acciones que trataban de prevenir males mayores. Se sabe cuándo comienza una
guerra, pero nunca cuándo terminará, y, sobre todo, qué heridas dejará y qué
posibilidades de reconciliación.
Para un cristiano, en el origen de toda la realidad no está el conflicto, el mal, el caos. En el principio Dios creó el mundo y vio que todo era bueno. Ciertamente, como reconoce también la fe cristiana, desde el principio el hombre se apartó de Dios e intentó construir un mundo de espaldas a Él; apareció el dolor y la violencia, el enfrentamiento entre hermanos. También desde sus comienzos, la fe cristiana proclama que Dios no abandonó a los hombres sino que continuó impulsando en ellos el deseo de paz, de justicia y amor, y prometió acompañarles siempre. Así, en el principio está el amor, que es Dios mismo. La guerra, la violencia, no pertenecen a la verdadera vocación del ser humano, a la que Dios le llama.
La tarea de la paz es la más noble, la que mejor expresa la realidad del Evangelio de Jesucristo, la que mejor realiza la dignidad del hombre nuevo. Hoy como ayer, la podemos vivir como el mayor de los dones y el compromiso más exigente. La paz nace de Dios y transforma la vida de quienes le acogen. Entonces, se comprende que no existe otro medio para la construcción de la paz que la renovación de la humanidad, de cada uno de nosotros. Nuestro tiempo no es muy dado a valorar el trabajo a largo plazo. Se planta hoy y se quiere recoger inmediatamente. La educación para la paz es una tarea de largo plazo incluida en toda la acción evangelizadora de la Iglesia. Dar a conocer a Jesucristo, ofrecer su testimonio y el de quienes le han seguido más de cerca, los santos, constituye un patrimonio fundamental en la educación para la paz, que se reflejará en la convivencia, en el trabajo, en la distribución de la riqueza, en la vida de la Iglesia.
† Javier Salinas Viñals, Obispo de Tortosa
23-01-2005
“No ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del mal” (Jn. 17,15)
Estamos
viviendo nuevos tiempos en la relación entre la Iglesia y el Estado. Se propone
el laicismo como un valor fundamental para la convivencia de nuestra sociedad.
Con ello, se intenta afrontar de una forma nueva cómo debe ser la relación
entre la comunidad eclesial y la sociedad. Sin duda, hace ya muchos años que
vivimos en un estado aconfesional, pero parece que en los últimos tiempos no
basta con ello, se tiene la impresión de que la forma de situarse ante la
Iglesia constituye un signo de identidad política, una manera de relegar la
religión en el ámbito exclusivo de la conciencia.
Desgraciadamente, no se viven estas tendencias desde actitudes de diálogo y respeto mutuo. De golpe, se han abierto todos los frentes posibles que puedan configurar la relación de la Iglesia con el Estado: la clase de religión, la financiación de la Iglesia, la identidad del matrimonio y de la familia… A pesar de todo, también crece la postura de quienes abogan por un diálogo razonable y por la necesidad de una colaboración para el logro del bien común. Pero, sin duda, nuestro tiempo ofrece a todos los cristianos la posibilidad de vivir con más responsabilidad nuestra identidad, y ofrecer aquellas aportaciones que pueden contribuir a encontrar soluciones adecuadas. Aunque muchas veces las críticas y las expectativas se concentran en lo que dicen y hacen los obispos, la Iglesia es mucho más. En tiempos de dificultad, de búsqueda, es el Espíritu Santo, que siempre mueve y guía a la Iglesia, quien suscita testigos de la fe en medio de su pueblo.
En los últimos meses hemos visto cómo distintos grupos de cristianos se organizan, promueven campañas, intentan que su voz llegue a la opinión pública. Hay quienes promueven el derecho a la vida en todas sus dimensiones; otros, el derecho a la libertad de educación para los hijos; otros, la promoción de políticas familiares dignas… Un conjunto de iniciativas que tratan de mostrar, no una ideología política, sino una postura ante los temas fundamentales que afectan a la vida de las personas. Un comportamiento que nos recuerda la manera de hacer de los primeros cristianos, pues “no se distinguen de los demás hombres, ni por su tierra, ni por su habla, ni por sus costumbres… adaptándose en vestido, comida, y demás género de vida a los usos y costumbres de cada país, dan muestras de un estilo de conducta admirable y, según opinión de todos, sorprendente” (Carta a Diogneto, siglo III). El momento presente ¿no es una posibilidad para reproducir esta conducta admirable, sorprendente?. Se trata de no huir sino adentrarnos en las alegrías y dificultades de nuestro mundo, pues en él el Reino de Dios ya está creciendo. No olvidemos la oración de Jesús: “Padre, no ruego que los retires del mundo sino que los guardes del mal” (Jn. 17,15).
† Javier Salinas Viñals, Obispo de Tortosa
16-01-2005
“Abre tus ojos
a la misión”
Jornada de la Infancia Misionera
Los niños son el futuro ya presente en medio de nosotros. Por esto, es necesario ofrecerles las mejores posibilidades para que aprendan a ser libres, a buscar la verdad, a distinguir el bien del mal, a amar a los demás. La educación de los niños siempre ha constituido una de las tareas privilegiadas en la acción pastoral de la Iglesia. Anunciarles el Evangelio implica acogerlos y educarlos, despertar en ellos el deseo de crecer y de vivir en paz, mostrarles la riqueza de la cultura, de la sabiduría humana, darles a conocer el testimonio de Jesús que nos narran los Evangelios y que se hace presente de tantas maneras en la vida de la comunidad cristiana.
Pero los
niños no sólo deben ser objeto de nuestra atención. Para que vayan aprendiendo
a ser libres y a responder por sí mismos; es necesario estimular, poco a poco,
sus respuestas; educarlos a la responsabilidad, especialmente en el ámbito de
la familia. En la comunidad cristiana también los niños tienen un lugar
fundamental. Jesús los acogió y los bendijo. Con este gesto nos mostró que
deben estar presentes en la comunidad eclesial a pesar de su inmadurez y
limitaciones. Quizá porque para Dios siempre estamos en crecimiento, y la
madurez es un don que se nos concede unido a nuestro propio esfuerzo.
Cuando los niños ven por la televisión lo que sucede en lo amplio del planeta; y, sobre todo, cuando reciben la visita de un misionero que les habla de países lejanos, también ellos despiertan al deseo de ser más universales, se sienten amigos de esos niños de quienes oyen hablar y con los que comparten un mismo deseo de compañerismo y un mismo camino de fe. Hoy se da una experiencia muy bonita; son muchos los niños que se comunican por medio de cartas con niños de otros países, de otras comunidades cristianas. También la experiencia del apadrinamiento de niños de países en vías de desarrollo es una oportunidad para educar a los pequeños en esta fraternidad universal.
Este domingo la Iglesia nos invita a celebrar la Jornada de la Infancia Misionera. Se trata de convocar a los niños a vivir, a su manera, la vocación más radical de los cristianos: ser testigos de Cristo, ser misioneros. Una vocación que lleva a ampliar la mirada a toda la realidad que nos rodea; a ser más solidarios; a desear compartir con los demás las alegrías y la fe. El lema de la Jornada de este año quiere destacar, sobre todo, esta actitud fundamental para vivir y para ser cristiano: “Abre tus ojos a la misión”. Un lema que nos recuerda la necesidad de ampliar nuestros horizontes. Una propuesta en la que también los niños están llamados a ser protagonistas.
† Javier Salinas Viñals, Obispo de Tortosa
09-01-2005
“El Bautismo: nacer a una nueva vida”
La celebración de la solemnidad del Bautismo del Señor nos hace presente nuestro propio Bautismo. Todos nacemos a la vida cristiana el día que nos bautizan. Tal como nos recuerda el Apóstol S. Pablo, “Por el Bautismo fuimos sepultados con Él en la muerte, para que, así como Cristo fue resucitado de entre los muertos para la gloria del Padre, así nosotros también andemos en una vida nueva” (Rm.6,4-5). De esta manera se pone de manifiesto que el ser cristiano supone un nuevo nacimiento; una nueva posibilidad que quiere hacer de nuestra vida una imagen de Jesucristo; un don de Dios, que siempre nos ama primero, por el que nos hace partícipes de su vida.
Nuestra
forma de pensar nos lleva a destacar lo que podemos hacer con nuestros medios.
Si hablamos de la personalidad pensamos en aquel camino que cada uno tiene que
recorrer para alcanzar su propio desarrollo. Siempre pendientes de nuestras
posibilidades: lo que podemos disponer, concretar, realizar. Sin embargo,
cuando hablamos del Bautismo nos referimos a una realidad distinta. No es lo
que nosotros podemos hacer sino lo que Dios hace en nosotros; no es la dinámica
del resultado final sino el nuevo nacimiento que configura nuestra vida: hijos
de Dios a imagen de Jesús.
Hoy el Bautizo de niños es un tema debatido en la conciencia de muchas personas. ¿Por qué bautizar en la infancia?. El hecho de bautizar a un niño no supone una privación de su libertad, pues son los padres -que le han traído a la vida, que le enseñarán a hablar- quienes deciden que sus hijos entren a formar parte de su propia comunidad de fe. La Iglesia hace cristianos a los niños que todavía no pueden tener ni expresar una fe personal, apoyándose en la fe que proclama la comunidad cristiana junto con los padres y padrinos. Es un modo sorprendente de actuar, porque destaca la acción amorosa de Dios antes de la posible respuesta por parte del niño. De hecho, nadie se bautiza sino que es bautizado. Señal de que la vida nueva nos viene de Dios a través de un gesto que realiza alguien –la Iglesia- en su nombre.
Pero no basta con recibir un don. No basta con haber nacido, hay que dar una respuesta, el sí con el que cada uno se responsabiliza del don recibido. Sea cual sea la edad en que se reciba el Bautismo, el bautizado debe asumir el don de ser hijo de Dios, vivir como Jesús nos ha enseñado. Por esto, siempre será necesario un tiempo de formación para que la realidad del Bautismo vaya transformando la vida de quienes siguen a Jesucristo. Sin una respuesta libremente realizada, sin una formación que lleve a conocer y amar a Jesucristo, a servirle en los demás, el Bautismo quedará como una semilla sin fruto.
† Javier Salinas Viñals, Obispo de Tortosa
02-01-2005
“No te dejes
vencer por el mal, vence al mal a
fuerza de bien” (Rm. 12,21)
Como es tradicional, la Iglesia comienza el año nuevo con una invitación a la paz. Ningún bien más deseable que la paz y, sin embargo, parece a veces una meta verdaderamente inalcanzable. Los grandes conflictos que se viven hoy en Oriente o en África son la manifestación más visible y dura de la ambición que anida en algunos corazones, y que genera relaciones de injusticia de todo tipo.
También
entre nosotros la violencia tiene sus manifestaciones. Se trata de conflictos
entre hombre y mujer, del desprecio de la vida, de la marginación de los menos
afortunados. No obstante, no podemos resignarnos. En el corazón de cada uno de
nosotros existe la huella de paz para la cual Dios nos ha creado. Trabajar por
la paz constituye una tarea ineludible para realizar nuestra vocación, a pesar
de todos los fracasos y fragilidades. Una tarea que pasa necesariamente por una
de las experiencias más fundamentales del ser humano: la vida en familia. Pues
es ahí donde todos hemos nacido a la vida y al amor y donde aprendemos a
reconocernos como hermanos, a vivir la solidaridad, a compartir alegrías y
dificultades. Pero cuando la familia deja de ser un ámbito de vida y formación
de personas, entonces, se hace más difícil vivir en paz. Hoy vemos con gran
preocupación cómo se dan comportamientos de violencia en la familia, y también
la falta de compromiso en la educación de los hijos. Mucho se
habla de
la familia, pero, realmente, los valores que prevalecen en nuestra sociedad,
¿la favorecen?.
Vivimos en una sociedad que promueve de forma particular los derechos individuales, que defiende que cada uno pueda hacer de su vida lo que crea conveniente. Llevado al extremo, parece que lo único que importa es la realización del yo. Sin embargo, aún siendo un valor, esto es algo que nos aleja no sólo de los valores propiamente familiares sino también de los valores sociales, pues sociedad implica convivencia. Vivir en familia es aprender a integrar nuestra propia personalidad en una comunidad de vida con otros; es aprender a ser libre amando a los demás, renunciando a algo de nosotros. Cuanto más se subrayan los derechos de cada uno, cuando más se antepone lo propio, más aumenta el riesgo de conflicto, pues la exigencia de lo que creemos que nos pertenece nos puede llevar al enfrentamiento. La vida en familia es un aprendizaje del compartir; del saber dar y recibir; del renunciar para que otro crezca; de intercambio mutuo. En la familia aprendemos la gran orientación de vida que construye la paz: vencer el mal, la propia ambición, a fuerza de bien. Es decir, de donación, de capacidad para caminar juntos a pesar de todo.
† Javier Salinas Viñals, Obispo de Tortosa