PUBLICACIONES


 

PALABRAS DE VIDA

 

 

 

25-09-2005

“Acompañar a las familias” (Sal. 77, 3-4)

El Obispado de Tortosa elabora cada cierto tiempo un Plan de Pastoral, una guía para el trabajo en nuestras parroquias. El Plan de Pastoral para los próximos años se centra en la atención a las familias. Propone a las comunidades parroquiales y movimientos laicales acompañar a las familias. Porque la pastoral familiar constituye una tarea que afecta al conjunto de la acción pastoral de la Iglesia, este plan de trabajo quiere suscitar acciones para la participación de las familias en la vida eclesial.

Acompañar a las familias en la realización de su vocación supone una tarea permanente para la Iglesia. Sin embargo, nuestra sociedad dificulta un proyecto de vida basado en el desarrollo de las relaciones. A pesar de todo, el ser humano posee una fuerza fundamental para convivir, compartir proyectos, amar a lo largo del tiempo. La comunidad cristiana da testimonio de la acción de Dios en todos los ámbitos de la vida. Testimonio que, en la hora presente, está llamado a centrarse en la proclamación del Evangelio de la familia.

Acompañar a las familias supone estar atentos a sus posibilidades y ofrecer el anuncio del Evangelio acompañado de un testimonio de proximidad, teniendo en cuenta las situaciones concretas de cada familia. Promover una formación adecuada, frente a la pluralidad de concepciones del matrimonio y la ignorancia que en muchos casos hay del significado y alcance del matrimonio cristiano. Acompañar a los matrimonios en su camino, de manera que la parroquia sea para la familia como el seno materno, donde se nace y se crece como cristiano, y ámbito de comunión donde se escucha la palabra de Dios, se celebra la Eucaristía, se vive la caridad y se promueven distintas acciones para vivir la vocación matrimonial y familiar. Concientizar a la familia de su papel como escuela del humanismo más rico; lugar privilegiado y santuario en que se desarrolla toda la aventura, grande e íntima, de cada persona; marco prioritario para la educación y esencia de una propuesta que educa anunciando el Evangelio y anuncia el Evangelio educando. Ofrecer el apoyo necesario a las familias con enfermos y ancianos, etapas en que de forma particular se ponen de manifiesto los vínculos afectivos, y donde la familia manifiesta sus cualidades como hogar de humanidad y de acompañamiento.

Invito, pues, a todos las parroquias, asociaciones y movimientos, a participar en este proyecto que quiere situar a la familia en el centro de acción, promoviendo una pastoral para ella y con ella, de acompañamiento en todas las etapas y situaciones de su camino en pareja y en la transmisión de la vida y educación de los hijos.

 

† Javier Salinas Viñals, Obispo de Tortosa

 

 

 

18-09-2005

“No rehuyas al que está enfermo” (Si. 7,35)

La experiencia cotidiana nos dice que la familia es el mejor ámbito para el desarrollo de toda persona. En momentos de grandes crisis sociales, tal como se ha podido comprobar en tiempos difíciles, de precariedad laboral, desamparo social, etc, la familia ha desempeñado un papel fundamental de apoyo. Lo mismo podríamos decir cuando se viven situaciones marcadas por la ancianidad o la enfermedad. Son las familias las que, en general, suelen acoger en su seno a aquellos de sus miembros que se encuentran limitados por la falta de salud o por los achaques propios de la edad.

Una enfermedad especialmente vinculada a la vida familiar, pues la condiciona especialmente, al tiempo que encuentra en ella un apoyo fundamental, es el Alzheimer. Una enfermedad del cerebro y de la persona, que se convierte en una enfermedad del núcleo familiar y, por tanto, de la comunidad. Una persona con Alzheimer requiere una atención individualizada y continua desde el momento en que se establece el diagnóstico. En poco tiempo, un miembro de la familia ha de dedicarse de manera prácticamente exclusiva a su cuidado y supervisión. Esto requiere un gran esfuerzo por parte de las familias, que necesitan de asistencia sociosanitaria y de recursos humanos y económicos suficientes.

Se trata pues, de una enfermedad que pone a prueba la vida misma de la familia, y que requiere el apoyo de la sociedad, pues implica una sobrecarga que muchas veces resulta imposible sin la ayuda de otros. Necesita también de una formación que ayude a los familiares a conocer la enfermedad, su desarrollo y sus distintas manifestaciones. De esta manera se logra una adecuada asistencia que tiene como fin mantener al enfermo el mayor tiempo posible en el entorno familiar, pues es ahí donde puede encontrar el mejor ambiente en esta situación tan delicada de su vida.

La familia, una vez más, se muestra como ámbito de solidaridad fundamental. Los mensajes y propuestas que dan respuesta a necesidades que viven las personas en nuestra sociedad, quedarían en nada si no existiera el apoyo de las familias. Nuestra sociedad de la comunicación tiende a hacer grandes proclamaciones, a ofrecer imágenes impactantes, pero en realidad pasan por alto que la ayuda, la asistencia a los enfermos, el apoyo a los ancianos, se realiza en la vida cotidiana y discreta de la familia. Es necesario que valoremos esta realidad, pues sin este ámbito de vida fundado en la confianza mutua y en una solidaridad sin condiciones, es imposible dar respuesta a situaciones que a veces parecen insostenibles, o tan difíciles como las que generan enfermedades como el Alzheimer.

 

† Javier Salinas Viñals, Obispo de Tortosa

 

 

 

 

11-09-2005

“Lo que nuestros padres nos contaron, no lo ocultaremos a nuestros hijos” (Sal. 77, 3-4)

            La actual situación de la educación pide de los padres un compromiso más directo y decidido, sobre todo en el ámbito de la formación ética y religiosa. Responsabilidad que se concreta de una forma más intensa a través de la catequesis parroquial. Hoy muchos padres se limitan a secundar la decisión de sus hijos en lo que respecta a la educación de la fe. Una forma de proceder que, sin embargo, no siguen en otras dimensiones de la vida. Una de las metas en la educación de un niño debe ser la capacitación para elegir libremente. Llegar ahí es un largo camino en el que la palabra, el ejemplo y la constancia de los padres son decisivos.

Algunos padres no valoran la formación religiosa, piensan que la catequesis parroquial no es necesaria para sus hijos y no la proponen, salvo que ellos mismos lo pidan. Lo mismo podríamos decir de la enseñanza religiosa en la escuela. En los últimos años crece una manera de pensar neutra en temas morales y religiosos. Pero los padres no deberían olvidar que el vacío que ellos dejan en ciertos aspectos de la formación de sus hijos, lo llenan otros; que la educación que el niño no recibe en su familia la recibe en otros ambientes. Por distintas causas, muchas familias han dejado de transmitir la fe que recibieron de sus padres. Pero cada vez son más las familias que quieren hacerlo, porque quieren para sus hijos una formación integral, o sea, completa, sin vacíos; porque quieren formar a sus hijos para la libertad, y eso no es posible en la ignorancia.

Cuando los padres asumen la responsabilidad de llevar a sus hijos a la catequesis, manifiestan que Dios tiene un lugar -aunque sea pequeño- en la vida de su familia. Es importante caminar con los hijos en el crecimiento de su fe; interesarse en lo que hacen en la catequesis, al igual que hacemos con la escuela; hablar sobre los temas que dan. Los niños tienen una lógica que les permite detectar lo que es valioso o no para los adultos. No comprenderán que sus padres los inscriban en la catequesis y no les ayudan a respetar las orientaciones que ésta les ofrece, o lo que significa preparar una Primera Comunión si no los llevan nunca a Misa.

La necesidad espiritual del niño exige adoptar posturas activas en la propuesta de la fe y de los valores morales. Quien reconozca que el recién nacido es confiado a los padres en su totalidad, quien comprenda que la fe o su ausencia marca la personalidad, no podrá  inhibirse de la tarea de acompañar a los hijos en el pleno desarrollo de su personalidad. Una responsabilidad que lleva tanto a participar en la catequesis de sus hijos como en la elección de un determinado ideario educativo en la escuela. En todo esto, la aportación de los padres es decisiva, y apoyarlos en su misión, es un compromiso eclesial.

 

† Javier Salinas Viñals, Obispo de Tortosa

 

 

 

04-09-2005

“Las familias salen a la calle, quieren ser escuchadas”

Conforme pasa el tiempo, la manifestación del pasado mes de junio en Madrid a favor de la familia –que no en contra de nada ni de nadie como se ha presentado en los medios de comunicación-, revela el inicio de un cambio en la manera de actuar de las familias en lo que respecta a las decisiones legislativas que inciden en su vida. Algunos han querido reducir el significado de esta manifestación a la participación de más o menos Obispos, pero la realidad es otra. Por primera vez las familias, en cuanto tales, han salido a la calle para manifestarse, en tono festivo, y proclamar que “la familia sí importa”, que las acciones de gobierno y las leyes deben tener en cuenta sus legítimos derechos, pues el bien de la familia esta íntimamente unido al bien la sociedad entera.

La Iglesia siempre ha valorado a la familia. Y ha sido a partir del Concilio Vaticano II, y de forma particular durante pontificado de Juan Pablo II, cuando la familia, fundada en alianza de hombre y mujer, ha cobrado más fuerza en la vida eclesial y social. Dicho Concilio nos propone un texto de gran valor para comprender el ser y la misión de la familia: “El Creador  de todas las cosas estableció la sociedad conyugal como punto de partida y fundamento de la sociedad humana, y con su gracia la convirtió en sacramento grande en Cristo y en la Iglesia (Cf. Ef. 5,32). Por ello, el apostolado de los esposos y de las familias tiene singular importancia tanto para la Iglesia como para la sociedad civil… La misión de ser la célula primera y vital de la sociedad la ha recibido la familia directamente de Dios” (AA. 11).

La familia lleva a cabo su misión de muchas maneras, pero hay una de particular alcance: participar más decididamente en la sociedad y en la política en todo lo referente a la promoción y salvaguarda de los derechos fundamentales de las personas. Porque la familia debe ser una realidad abierta, es decir, no cerrada sólo al ámbito de la vida afectiva y privada. Y para ejercer “su función social y política en la construcción de la sociedad” ( FC 46), debe hacerse escuchar, dialogar, y exigir si es necesario.

La sociedad democrática ofrece múltiples oportunidades en la búsqueda y la realización del bien común. Sin embargo llama la atención la frecuencia con que los poderes públicos no tienen en cuenta los derechos de las familias. Uno de esos derechos que se ignoran es de la libertad de enseñanza. Las leyes tienen un papel muy importante en la promoción de una mentalidad y unas costumbres. Por ello, cuando las leyes ponen en peligro la identidad de algún sector de la sociedad, es lógica la dinámica de protesta, que quienes gobiernan no deberían ignorar.

 

+ Javier Salinas Viñals, Obispo de Tortosa

 

 

 

28-08-2005

“Nuestro corazón está inquieto hasta que repose en Ti, Señor” (San Agustín)

Celebramos este domingo la fiesta de San Agustín, testigo de la inquietud que habita el corazón humano, que le lleva a preguntarse por Dios. El deseo de ver a Dios está inscrito en cada uno, muchas veces como una nostalgia que nos hace invocarlo como nos dice el salmista: “tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro” (Sal.27,8). Pero junto a esta inquietud existen también sentimientos y circunstancias que pueden apagarla. Ninguna imagen que nos podamos hacer de Dios es suficiente. Es necesario ir más lejos. La Biblia nos habla de Dios, santo y misericordioso, a través de múltiples imágenes y símbolos: Dios es como luz, agua, fuego, roca…

En el camino del encuentro con Dios San Agustín se manifiesta como un gran maestro al que acompaña, no sólo su sabiduría sino, sobre todo, su propia experiencia. Decía a su comunidad en una de sus predicaciones: “destruid los ídolos que hay en vuestro corazón”. No hacía referencia a las imágenes de Dios de los paganos sino a las de los propios cristianos. “Hay quien se representa al Dios creador como un gran artesano que da forma y disposición, ensambla, pule, repasa: ¡es un ídolo de Dios!. Hay otros que lo representan como un gran monarca sentado en su trono. Es otro ídolo de Dios”. Por esto San Agustín nos da esta clave fundamental: si lo entiendes, no es Dios; Él siempre es mayor que toda representación o sentimiento. 

Hay un texto que nos muestra este camino. En él San Agustín hace hablar a las criaturas: “Pregunté a la tierra y me dijo: no soy yo. Pregunté a la mar y a las profundidades, a los seres que allí se arrastran, y todos me respondieron: no somos tu Dios. ¡Búscalo por encima de nosotros!”. Este Dios que supera todo conocimiento ha querido venir a nosotros, nos ha ofrecido la mayor de las sorpresas: ha revelado su rostro en Jesucristo. Por ello todo buscador de Dios no es sólo un caminante sino que está invitado a sentarse y guardar silencio, a disponerse a acoger a Aquel que viene a nuestro encuentro, como cuando esperamos a un amigo. El cristianismo no es simplemente una doctrina sino un encuentro en la fe con Dios que se ha hecho presente en nuestra historia, en Jesús, su Hijo hecho Hombre.

Hoy más que en otras épocas experimentamos un gran silencio sobre Dios. Organizamos nuestra vida como si Dios no existiera. Pero si Él realmente no cuenta, todo es insignificante, todo se mueve en el vacío. Únicamente permanece la lucha de intereses, la búsqueda de nosotros mismos. El encuentro con Dios a partir del encuentro con Cristo presente en la Iglesia nos lleva de nuevo a la verdad que ilumina nuestra vida y nos permite acogerla en toda su dignidad, y esforzarnos en llevarla a su plenitud.

† Javier Salinas Viñals, Obispo de Tortosa

 

 

 

 

 

21-08-2005

“Venimos a adorarlo” (Mt. 2,2)

Como es tradicional desde el pontificado de Juan Pablo II, los jóvenes peregrinan a distintos lugares del mundo para encontrarse con el Papa, y, unidos, aproximarse más a Cristo, manantial de toda vida. Cuando se mira a los jóvenes, con sus problemas y fragilidades, se da una tendencia al pesimismo. Sin embargo en estos encuentros mundiales se revelan sus deseos más profundos de hermandad, de sentido de la vida, de vinculación a Cristo.  Este año los jóvenes están invitados a peregrinar a Colonia, Alemania. Ellos se ponen en camino al encuentro de Jesús para adorarlo, como hicieron los Magos de Oriente al ver salir la estrella.

Esta gran peregrinación tendrá la novedad de contar con la presencia del nuevo Papa, Benedicto XVI, que ha querido seguir los pasos de su antecesor y proponer su mismo mensaje: invitar a los jóvenes al encuentro con Jesús, presente en la Eucaristía. En este sentido, tienen un gran valor estas palabras de Juan Pablo II: “queridos amigos, si aprendéis a descubrir a Jesús en la Eucaristía, lo sabréis descubrir también en los hermanos y hermanas… La Eucaristía recibida con amor y adorada con fervor es escuela de libertad y de caridad para realizar el sacramento del amor. Jesús nos habla el lenguaje maravilloso del don de si mismo y del amor hasta el sacrificio de la propia vida. ¿Es un discurso fácil?. Bien sabéis que no. El olvido de sí no es fácil porque amar no es sólo un sentimiento; es un acto de voluntad que consiste en preferir de manera constante, incluso por encima del propio bien, el bien de los demás: “nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn.15,13)”.

En el corazón de Europa, los jóvenes están llamados a experimentar la presencia de Cristo en la Iglesia, especialmente en la celebración de la Eucaristía, y, con ello, a ponerse en camino para servir a los hermanos, para convertirse en instrumentos del amor, en impulsores de una sociedad sin exclusiones. Para ello es necesario superar la superficialidad que a veces envuelve nuestra vida. Urge vivir desde lo más profundo de nuestro ser. Como expresaba la Madre Teresa de Calcuta en su tarjeta de visita, en la que estaba escrito: “fruto del silencio es la oración; fruto de la oración, la fe; fruto de la fe, el amor; fruto del amor, el servicio; fruto del servicio, la paz”. Este es el camino de encuentro con Jesús que, una vez más, se propondrá a los jóvenes este año en el encuentro mundial, del que también muchos participarán a través de los medios de comunicación. Quiera Dios que sea un estímulo en su camino, que les ayude una vez más a descubrir que Cristo es el secreto de la verdadera libertad y de la alegría más profunda, que es el amigo supremo y a la vez el educador de toda amistad auténtica.

† Javier Salinas Viñals, Obispo de Tortosa

 

 

 

 

 

14-08-2005

“Familia = futuro” 

Ahora que estamos en el corazón del verano, cuando muchas familias vuelven a sus pueblos de origen a visitar a sus familiares o disfrutar de las fiestas patronales, es un buen momento para pararse a pensar en el alcance de algo tan cotidiano pero tan fundamental como es la familia. Una reflexión innecesaria por ser en ámbito connatural al ser humano, hasta ahora. Hoy se habla hasta la saciedad de modelos de familia y de libertades personales. Se habla de la familia como realidad que ha perdido consistencia en cuanto ámbito de transmisión de vida, de educación, de convivencia, de despertar religioso y moral. Se habla continuamente de crisis en referencia a ella. Puede ser una manera de desviar la atención, porque, en realidad, la familia está atravesando una crisis en referencia a unas leyes que dificultarán su futuro, precisamente por parte de quienes tienen mayor obligación y deber de protegerla. Las dificultades en la convivencia familiar existen desde que existe el ser humano. Y también su capacidad de impulsar nuevos caminos, de anteponer el amor y ser capaces de generar la gran experiencia de sentirse tan vinculado a otros que “dice siempre nosotros, incluso si dice yo”.

Hay que atreverse a vivirlo. Los grandes valores no son principios teóricos sino que generan actitudes ante la vida. La familia no es una realidad para teorizar sino para vivirla. Y precisamente este tiempo de verano ofrece posibilidades para convivir de forma gratuita, para dejar hablar al corazón tantas veces acallado por la fatiga diaria. Es la hora de valorar los detalles, las pequeñas cosas. A veces tenemos el peligro de soñar e idealizar nuestra vida, y nos perdemos lo más interesante y necesario: la realidad concreta de las personas que nos rodean. Para no caer en ello es necesario aceptar como punto de partida a aquellos con los que estamos tejiendo el gran proyecto del nosotros: hombre y mujer, hijos, hermanos, abuelos, tíos. Cuántas posibilidades si sabemos acercarnos a ellos, si nos dejamos querer y queremos, si estamos dispuestos al intercambio de la ayuda mutua, de la escucha, del diálogo.

Las fiestas de los pueblos, especialmente aquellas que celebramos en honor de la Virgen, tienen sabor familiar. Sin duda Ella evoca en todos ese sentido de pertenencia, de mutua vinculación. Al mirar a María vemos el hilo conductor que nos une a tantos de nuestros familiares presentes y ausentes, pues todos hemos aprendido a invocarla con este dulce nombre. Las fiestas en honor de María nos invitan a cultivar aquellos sentimientos que nos unen a Ella y nos aproximan los unos a los otros, y que incluso hacen que nos sintamos miembros de otra gran familia: de nuestro pueblo, de nuestra comunidad parroquial.

† Javier Salinas Viñals, Obispo de Tortosa

 

 

 

 

07-08-2005

“No temas, pequeño rebaño…” (Lc. 12,32)

La familia es el ámbito natural donde nacemos a la vida y al amor. Pero, desde el punto de vista de la vida cristiana, toda familia se sitúa en una realidad más amplia: la comunidad parroquial. Nadie llega a ser cristiano en solitario. Nacemos a la vida cristiana en el seno maternal de la comunidad a través del Bautismo. Un nuevo origen que nos introduce en una nueva familia. Esta dimensión comunitaria es fundamental a la experiencia de la fe cristiana. Como dice un himno de la liturgia, “allí donde va un cristiano no hay soledad, sino amor, pues lleva toda la Iglesia dentro de su corazón. Y dice siempre nosotros, incluso si dice yo”. A través de la comunidad hemos recibido el Evangelio. En ella y por medio de ella Jesús sigue haciéndose visible hoy, y viene al encuentro de los hombres.

A veces tendemos a valorar la Iglesia por los que en ella tienen una misión de gobierno. Se ha llegado incluso a identificar la Iglesia sólo con las personas de vida consagrada -sacerdotes y religiosos-. Por eso, cuando escasean las vocaciones o éstos tienen que compartir sus responsabilidades entre distintas comunidades, se habla de crisis en la Iglesia. A algunos, el hecho de que en cada pueblo no haya un sacerdote les lleva a pensar que estamos viviendo una crisis muy grave. Ciertamente, los sacerdotes siempre serán necesarios en la Iglesia, pero también podemos decir que la Iglesia no existiría si no existieran comunidades, si no existieran cristianos. Se habla mucho de la falta de sacerdotes, pero a veces da la sensación de que es una manera de eludir una cuestión fundamental: el valor insustituible de cada comunidad.

En estos últimos tiempos se está dando una nueva manera de atender las parroquias. Son muchos los sacerdotes que acompañan a varias comunidades, pero ellos no pueden llevar adelante su misión si estas comunidades no asumen cada vez más su responsabilidad con una nueva conciencia de su propia misión: hacer presente a Cristo a través del testimonio, de la Palabra, de las obras de cada día y, especialmente, de la participación en la asamblea dominical. Esta última es uno de los momentos fundamentales de la vida de la comunidad, cuyo centro es la celebración de la Eucaristía. Pero para ello es necesario que los cristianos asuman responsabilidades en su comunidad, que preparen la mesa del Señor, que se esfuercen en ser signos de su presencia en la vida de nuestros pueblos. Los sacerdotes cambian de una parroquia a otra, pero las comunidades parroquiales permanecen. Y éstas, aunque sean reducidas, son fundamentales, pues en ellas el Señor cumple su promesa: “No temas, pequeño rebaño; porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el Reino” (Lc. 12,32).

† Javier Salinas Viñals, Obispo de Tortosa

 

 

 

 

 

31-07-2005

“Piedras vivas del templo de Dios” (Cf.1Pe.2,4-9)

El verano es un tiempo propicio para el descanso y el cambio de ambiente. Cada vez más personas aprovechan sus vacaciones para viajar. Crece el interés por conocer nuestros monumentos, nuestros pueblos. Y también otros países, otras culturas, cuando se trata de viajes lejanos. Todas las comunidades humanas dejan huellas de su presencia en el paisaje. En muchos lugares podemos descubrir testimonios de otros tiempos, de otras experiencias. Pero es necesaria la capacidad para hacer “hablar a las piedras” para entender la historia. No basta con ir aquí o allá, hay que llegar a descubrir el significado de las cosas.

La Generalitat Valenciana, junto con el Obispado de Tortosa, ha organizado a través de la Fundación “La Luz de las Imágenes” una exposición que, con el título de “Paisajes sagrados”, muestra algunos de los monumentos de nuestra historia religiosa en el conjunto del territorio diocesano. San Mateo, ciudad con gran resonancia civil y eclesial; de encrucijada y de reconciliación eclesial, pues en ella terminó un tiempo oscuro de la historia de la iglesia medieval: el cisma de occidente. Ella y otras poblaciones y santuarios de la zona sur de nuestra Diócesis son los escogidos para esta ruta de expresiones de la fe a través del tiempo: elementos arquitectónicos, pictóricos y de orfebrería, junto con la memoria de las distintas romerías y manifestaciones de la religiosidad popular que se vive en esta zona del norte de la provincia Castellón.

Para todos los pobladores de la Diócesis de Tortosa esta es una oportunidad para conocer mejor la riqueza que constituye esta comunidad diocesana de tantos siglos y de tantas sensibilidades. Deberíamos hacer un esfuerzo para visitar esta exposición, con el corazón abierto a dejarnos iluminar por estos testimonios; entrando en contacto con otras comunidades cristianas que, con nosotros, han ido tejiendo a lo largo de casi veinte siglos la historia de nuestra Diócesis.

El verano nos invita a conocer nuevos lugares, nuevos ambientes y nuevos amigos. Durante los días de vacaciones cambiamos el trabajo por la serenidad, por la convivencia familiar, por la compañía de los amigos. Si tenemos la oportunidad de viajar, intentemos ampliar nuestros horizontes. Pero no olvidemos que todo el arte del mundo, todos los monumentos que podamos contemplar son, en último término, testimonio de la vida de los hombres. Y el arte cristiano es testimonio de la Palabra que se ha hecho Carne, de la vida de los cristianos que son las piedras vivas del Templo de Dios.

† Javier Salinas Viñals, Obispo de Tortosa

 

 

 

 

24-07-2005

“Os anunciamos la Palabra de la Vida” (Cf. 1Jn.1,4)

En la vida de los cristianos, lo primero que salta a la vista es su compromiso a favor de la justicia, del amor y de la paz. Cuando vemos en algún medio de comunicación una entrevista a un misionero, lo primero que se pone de relieve es su obra de promoción humana, sus iniciativas a favor de los derechos de las personas. Ciertamente, una de las señales del cristiano es el amor, porque en él se manifiestan las consecuencias concretas de la fe en Dios, que nos ha dado nueva vida en su Hijo Jesucristo.

Sin embargo, ¿no estamos corriendo el peligro de reducir la fe cristiana a una ética social, a un programa de promoción humana? Uno de los grandes problemas que vive el cristianismo en la hora presente consiste en separar lo que debe permanecer unido. Se trata de mantener la unión de lo que parece opuesto: por una parte, la experiencia de relación con Dios que nos lleva a trascender este mundo, a buscar el origen y la meta más allá de nuestra experiencia humana, en la escucha de la Palabra, en la celebración de los sacramentos, en la oración; y por otra parte el compromiso con la transformación de nuestro mundo, pues el Reino que Cristo nos ha traído, aunque tendrá su culminación más allá de cuanto podamos imaginar, ya empieza a realizarse entre nosotros como una pequeña semilla que crece hacia la plenitud. En una y otra dimensión nuestra participación es fundamental, pues estamos llamados a acoger la Palabra de vida y, al mismo tiempo, hacer posible la vida nueva. Una participación que sólo se alcanza por la gracia de Dios, por el don de la  fe, la esperanza y la caridad.

Al igual que en la primera hora de la Iglesia, siempre hay quienes buscan algún signo que justifique la fe cristiana. Unos reclaman una nueva sabiduría; otros ver obras convincentes. Los cristianos, como Pablo, sabemos que no hay otro signo que Cristo crucificado (Cf.1Co.1,23). La fe es un nuevo arte de vivir, pero lo fundamental es la adhesión a Cristo mismo. Por ello lo más urgente, ahora y siempre, es conocerle y amarle.

Los cristianos estamos llamados a esta relación con Cristo. Lo más importante no son nuestras buenas obras sino darle a conocer y hacerle presente. Esta es la tarea fundamental de toda la Iglesia. Toda ella está llamada a ser misionera, a anunciar la Palabra de la Vida. Si nos faltara esto, la Iglesia sólo sería una sociedad humanitaria como cualquier otra; y el Evangelio, una sabiduría marcada por nuestros propios límites.

† Javier Salinas Viñals, Obispo de Tortosa

 

 

 

 

 

17-07-2005

“David danzaba ante el Señor con todo entusiasmo” (2Sa. 6,14)

Una de las experiencias más intensas que viven hoy los jóvenes es la música y el baile. Para los jóvenes y los adolescentes la música no es algo que simplemente se escucha. Es un descubrimiento, una aventura y también un refugio; una manera de escaparse de la monotonía y las dificultades que conlleva esa etapa de la vida. Lo más importante es que suene fuerte, pues se trata de sentirla, no sólo con el oído, sino con todo el cuerpo. En los grandes conciertos, en las discotecas, la música no suena para acariciar los oídos sino para provocar emociones que alcanzan a la totalidad del cuerpo.

Pero, ¿por qué los jóvenes se sienten tan atraídos por la música estridente?. Ciertamente, la música siempre ha formado parte de la experiencia fundamental de todos los pueblos. Es un camino que genera solidaridad y contacto más allá de limitaciones físicas o de personalidad. Normalmente, cuando miramos a otra persona, salimos de nosotros. Sin embargo cuando escuchamos a alguien, el sonido entra en nosotros hasta llegar a tocar nuestro propio cuerpo. Como dijo un estudioso, “los ojos sitúan a la persona en el mundo, los oídos llevan el mundo al interior de la persona”. La música es capaz de producir respuestas semejantes entre personas que pertenecen a mundos muy distintos. Es un lenguaje que supera las diferencias sociales. Y, gracias a esta capacidad de resonar, genera una experiencia nueva de grupo, de compañía. Cuántos jóvenes han encontrado en momentos de soledad, de dificultad, una canción que les ha ayudado a orientarse, que ha alimentado sus sentimientos.

En la experiencia de la fe también la música es un lenguaje fundamental. En el Antiguo Testamento leemos aquel texto del libro de las Crónicas que relata cómo David danzaba con todas sus fuerzas delante de Dios, mientras el arca del Señor entraba en la ciudad. David baila con todas sus fuerzas. El sonido de la música hace de su cuerpo una danza. Es un lenguaje contagioso que alcanza también a los demás. Y es que la música y la danza generan euforia, cercanía, nos llevan a sentirnos próximos, despiertan esa solidaridad que no podemos llegar a alcanzar con las palabras. La música en las celebraciones de la fe tiene un gran valor. Es como el hilo de oro que va tejiendo sentimientos y permite generar la unión en la fe, sentirnos familia de Dios.

Lo importante son los valores y experiencias que la música suscita. En nuestra sociedad de consumo, la música se convierte a veces en algo meramente físico que no tiene más sentido de ser que provocar movimiento. Pero la música que transforma el corazón humano y permanece en el tiempo, es aquella que nos ayuda a expresar los grandes sentimientos y convicciones que ennoblecen al ser humano: la paz, el amor, la fe…

† Javier Salinas Viñals, Obispo de Tortosa

 

 

 

 

 

10-07-2005

“Fui peregrino y me acogisteis” (Mt. 25,35)

La fiesta de San Benito de Nursia, Patrón de Europa, que celebramos el próximo lunes día 11, pone de nuevo en primer plano el tema de las raíces cristianas de la sociedad europea. Por mucho que se quiera ocultar, por mucho que se quieran tener otras consideraciones, es innegable que la presencia del cristianismo ha configurado la historia de Europa. Y, en ella, la aportación de la obra de San Benito ha sido decisiva. Él desencadenó todo un movimiento que adquirió con el tiempo distintas formas. Se plasmó en pequeñas comunidades dedicadas a la oración y al trabajo, que fueron tejiendo, como nudos de una gran red, el conjunto de la sociedad europea occidental.

Entre las características que aportaron los monjes seguidores de San Benito, hay una que cabe resaltar de forma especial: su decisión de acoger, especialmente a quienes peregrinan de un sitio a otro, a quienes necesitan del apoyo de los hermanos. En la regla de San Benito se lee: “a todos los huéspedes que llegan al monasterio recíbaseles como al mismo Cristo, pues Él ha de decir: “huésped fui y me recibisteis”. Y tribútesele a todos el honor debido, en especial a nuestros hermanos en la fe y a los peregrinos”(Regla, cap. 53).

Esta manera de proceder es una de las señas de la experiencia cristiana, siempre abierta al encuentro y al servicio. Una forma de actuar que, sin renunciar a la propia identidad -recordemos que los monjes oraban y trabajaban-, les hace próximos a aquellos que tocan a su puerta. Una manera de actuar que hoy tiene un gran valor, cuando tantos esfuerzos se hacen para intentar acoger a aquellos que vienen de lejos, o a quienes no encuentran un hogar donde crecer y desarrollar sus vidas.

Pero en la acogida no olvidemos una regla de oro: acoger desde el respeto al otro y a nosotros mismos. Se trata de intentar actuar, no buscando acomodarnos simplemente al recién llegado para hacerle más fácil la adaptación, sino de aceptarlo tal como es ofreciéndonos tal como somos. En los últimos años parece que el diálogo entre las distintas culturas y religiones consiste en llevar a cabo una rebaja de los valores, buscando un punto de encuentro que, en realidad, ninguno de los interlocutores está viviendo. Si existe amor y respeto por el otro, también será posible mostrarnos con nuestros valores y convicciones, y reconocer las suyas propias. Sólo desde ahí es posible la construcción de algo nuevo, como intentaron San Benito y sus seguidores a través de la gran red de monasterios. Las comunidades cristianas, ¿no deberemos esforzarnos más en acoger a todos y ser un testimonio del Dios vivo y del valor sagrado de la persona en una Europa en crecimiento?

† Javier Salinas Viñals, Obispo de Tortosa

 

 

 

 

 

03-07-2005

“María se puso en camino…” (Lc. 1,39)

En estos días el santuario de Nuestra Señora de Lourdes se convierte, una vez más, el corazón de la Diócesis de Tortosa. Enfermos, ancianos, voluntarios, jóvenes, familias y sacerdotes. Una buena representación de nuestra Diócesis se ha puesto en camino siguiendo la llamada de la Hospitalidad. Es un encuentro festivo marcado por la oración, en el que se puede experimentar la cercanía y, a la vez, la conciencia de la limitación humana, la fuerza de la fe y el peso de la enfermedad crónica. Es un encuentro que brilla por la presencia de tantos jóvenes que se exponen a romper con su dinámica habitual para hacer espacio a personas marcadas por las dificultades. Toda una invitación a ampliar los horizontes y a experimentar aquella virtud fundamental que nos permite aproximarnos a los demás: la compasión, la capacidad de dejarse afectar y conmover por el dolor ajeno, el valor para no huir ante la limitación.

Pero en esta gran experiencia tan humana y cristiana destaca sobre todo la alegría, porque en Lourdes todo respira la presencia de María, la que es feliz porque ha creído. En realidad, la fe, cuando es auténtica, genera gozo, paz, e impulsa a mirar todos los acontecimientos, no como algo absurdo y pesado, sino como una invitación a dar una respuesta, pues Alguien sostiene nuestra vida. La Virgen María es testigo insuperable de la alegría de quien se sabe amada por Dios, porque ha mirado “la humildad de su esclava”(Lc.1,48).

Este año, en nuestra peregrinación todos estamos llamados a unir nuestra oración a la Virgen, quien, precisamente por su compasión, acompañó a Jesús hasta la Cruz, y por eso es mujer de alegrías y de dolores. A Ella queremos encomendarle nuestros sufrimientos, para que nos una más y más a su Hijo Jesús, para que podamos experimentar la invitación de su Hijo: “venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y Yo os aliviaré” (Mt.11,28). En nuestra oración recordaremos también a todos aquellos que se esfuerzan por aliviar el dolor y por curar, a los investigadores y a los médicos, a todo el personal sanitario de tantos hospitales, y, sobre todo, a las familias que tan de cerca viven la enfermedad de los suyos. En la gruta donde Bernardette fue testigo de la presencia de María pediremos de forma particular por todas las mujeres, recordando las palabras que Juan Pablo II dirigió a ellas en aquel mismo lugar: “Sed en nuestra sociedad testigos de los valores esenciales que sólo se perciben con los ojos del corazón. A vosotras, las mujeres, corresponde ser centinelas del Invisible”.

† Javier Salinas Viñals, Obispo de Tortosa

 

 

 

 

26-06-2005

“Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” (Mt. 16,18)

La fiesta de los apóstoles Pedro y Pablo proclama la raíz apostólica de la fe cristiana. Los apóstoles, elegidos por Jesús, vieron al Resucitado y recibieron del Señor el encargo de ser testigos de su resurrección; la promesa de que Él estaría con ellos hasta el fin del mundo; y también unos poderes que los hicieron embajadores de Cristo.  Ellos son testigos de la resurrección y fundamentos de la Iglesia. La misión de los apóstoles se ha transmitido hasta nuestros días a través de los obispos y del Papa, sucesor del apóstol Pedro.

Desde sus orígenes hasta hoy, la fe y la misión de los apóstoles se ha mantenido íntegra y viva a través de esta sucesión apostólica de los obispos, asistida por el Espíritu Santo. Un texto antiguo de la tradición de la Iglesia resume esta realidad: “los apóstoles salieron al orbe entero a predicar la misma doctrina de la misma fe a todas las naciones. En cada ciudad fundaron Iglesias, que vinieron a ser como las semillas de la fe y de la doctrina para las demás iglesias de entonces y de ahora. Por eso, nuestras Iglesias deben ser consideradas como brotes de las apostólicas. Y aun siendo tantas las Iglesias no forman más que una sola que procede de los apóstoles”(Tertuliano, s. III).

Entre los apóstoles y sus sucesores, los obispos, destaca uno de forma particular: Pedro. A él se le encomendó el servicio de la unidad, de confirmar a sus hermanos en la fe. Un encargo que viene del Señor y que se hace a alguien que ha experimentado en su propia vida la debilidad. Hoy, “ese servicio a la unidad, basado en la obra de la misericordia, es confiado, dentro del mismo colegio de los obispos, a uno de aquellos que han recibido del Espíritu el encargo, no de ejercer el poder sobre el pueblo –como hacen los jefes de las naciones y los poderosos (Cf. Mt. 20,25)-, sino de guiarlo para que pueda encaminarse hacia pastos tranquilos. Este encargo puede exigir el ofrecer la propia vida. (Cf. Jn. 10,11-18). El Obispo de Roma, el Papa, es en quien hoy se hace realidad visible este servicio de unidad que Cristo encomendó al apóstol Pedro. El Papa Benedicto XVI ha expresado el significado y alcance de este servicio: “ el ministerio del Papa es garantía de la obediencia a Cristo y a su Palabra. No ha de proclamar sus propias ideas sino vincularse constantemente y vincular a la Iglesia a la obediencia a la Palabra de Dios, ante los intentos de reducirla o diluirla”. Es, pues, una misión de fidelidad al único Pastor de la Iglesia, Jesucristo. En la fiesta de San Pedro y San Pablo, renovemos nuestros vínculos con los sucesores de los apóstoles, los obispos, y especialmente con aquel que hoy nos preside en el amor, el Papa Benedicto XVI.

              Javier Salinas Viñals, Obispo de Tortosa

 

 

 

 

19-06-2005

“La familia, don para la sociedad”

Vivimos en una sociedad marcada por grandes cambios. Algunos son consecuencia de la evolución de las tecnologías; otros vienen impuestos por decisiones de quienes tienen responsabilidad en la vida pública. En todo caso, el tema de la familia se ha convertido en una bandera discutida, en una cuestión que requiere la atención de todos, pues está en juego una institución tan antigua como la humanidad y necesaria para su futuro.

Entre las distintas dimensiones de la vida familiar existe una que es preciso subrayar en este momento en que tendemos a valorar las cosas por sus consecuencias prácticas. La familia es un don para la sociedad, pues en ella no sólo nacemos a la vida sino también a la vida comunitaria. “La familia es la célula original de la vida social. Es la sociedad natural en que el hombre y la mujer son llamados al don de sí mismos en el amor… La familia es la comunidad en la que, desde la infancia, se pueden aprender los valores morales, se comienza a honrar a Dios y a usar bien de la libertad. La vida de familia es iniciación a la vida en sociedad”(CIC,2207). Por esto, aunque el hecho familiar tiene que ver con la intimidad de las personas, también tiene consecuencias sociales decisivas. Muchas veces el fracaso en la vida personal tiene que ver con unas carencias familiares que la educación posterior ha sido incapaz de superar.

Una tendencia constante en nuestro mundo es reducir la familia al ámbito de lo privado. Sería como el contrapunto a la experiencia social que se vive en el mundo del trabajo, de la política, de la economía. Frente a la dureza de la vida social y laboral, la familia aparecería como aquel ámbito íntimo en el que cada uno puede organizar su vida como quiera y en donde el afecto es lo único necesario. Esta visión de la familia lleva a pensar que cada uno puede fabricársela a su medida. Se olvida la dimensión social de toda relación humana y, de forma particular, de la familia como ámbito en el que se viven el conjunto de virtudes que configuran la existencia humana, especialmente en su dimensión social.

La familia es reflejo de la sociedad y también impulso de la misma. No es una realidad que pueda vivir al margen de las relaciones sociales. Si la sociedad es autoritaria o democrática, así serán las familias que la configuran. Pero en todo ello se da una experiencia fundamental: la realidad de cada persona, la conciencia de los propios límites que generan el respeto mutuo, la posibilidad de una amor que lleva al sacrificio propio, la experiencia de la compañía gratuita y al mismo tiempo necesaria. I todo, gracias a la unión de un hombre i una mujer. Así, la diferencia da lugar a la gran posibilidad de generar vida i educarla, preparando hombres y mujeres para la sociedad del futuro.

 

† Javier Salinas Viñals, Obispo de Tortosa

 

 

 

 

12-06-2005

“Sé moderado en todo lo que hagas” (Eclo. 31,22)

Cada vez se divulgan menos noticias sobre las consecuencias negativas de las drogas. Y, sin embargo, en muchos de nuestros pueblos se dan casos de muerte por sobredosis u otras causas vinculadas a ellas, especialmente entre los jóvenes. Frente a esto, los medios de comunicación insisten en propuestas que presentan los beneficios de una distribución adecuada de algunas drogas. Propuestas que también intentan afrontar este problema a través de alguna forma de legalizar su distribución. Todo esto lleva a crear, sobre todo entre los adolescentes, una opinión positiva sobre el consumo de droga. Y lo cierto es que éste no disminuye sino que aumenta y se transforma en otro tipo de drogas cada vez más sofisticadas, que se utilizan en momentos puntuales pero sin calibrar las grandes consecuencias que tienen, tanto para su salud a largo plazo como para su vida inmediata. Un número importante de accidentes de circulación provocados por jóvenes están vinculados al consumo de algún tipo de droga.

Frente a esta situación no existe suficiente reacción social. Siempre se cargan las culpas en los distribuidores. Pero se está menos dispuesto a aceptar que es un tema relacionado con un contexto social, con unos valores que, de alguna manera, lo facilitan. Es inútil intentar señalar un culpable. El problema es mucho más hondo. Tiene que ver con el contexto de una sociedad de consumo y un estilo de vida en el que poseer y consumir cuenta mucho más que ser y amar. Preocuparse egoístamente de uno mismo y de la propia realización es el hilo conductor que lleva, consciente o inconscientemente, a ese tipo de dependencia.

En una sociedad que ofrece tantas posibilidades, es preciso impulsar una forma de vivir marcada por la moderación, por la capacidad de autolimitarse, por valorar los propios actos y sus consecuencias, por una educación que favorezca la propia responsabilidad ante el gran don de la vida. Resulta llamativo que en una cultura tan preocupada por la calidad de vida, a la vez se desperdicie de una forma tan radical. A veces, la gran oferta de soluciones farmacéuticas puede contribuir, indirectamente, a pensar que cualquier insatisfacción o dificultad, el deseo de felicidad, puede encontrar una solución en algún medicamento maravilloso.

La mejor manera de afrontar el tema de la droga entre los jóvenes es no darle la espalda dando la sensación de que no pasa nada o no es para tanto. A veces es la propia familia quien no quiere asumir este hecho. Es necesario cultivar una educación que lleve a prevenir. Y esto exige optar por la superación personal a través del esfuerzo; por la comunicación en la familia; por el sentido de la dignidad sagrada de la vida.

 

† Javier Salinas Viñals, Obispo de Tortosa

 

 

 

05-06-2005

“El que tenga oídos, que escuche lo que el Espíritu dice…” (Ap. 3,22)

Este sábado y domingo el Santuario de la Virgen de Montserrat se convierte en el corazón de las Diócesis de la Tarraconense para celebrar el 10º aniversario de la conclusión de su Concilio Provincial. Junto con los Obispos diocesanos, participarán en la celebración los Consejos Episcopales, los Secretariados de los Consejos de Presbiterio y de Pastoral, relatores y otros invitados. Este encuentro quiere hacer memoria agradecida del trabajo realizado, del camino recorrido en la escucha de lo que el Espíritu dijo a nuestras iglesias en el Concilio Tarraconense. En estos diez últimos años hemos intentado dar una respuesta concreta en lo específico de la fe cristiana, en la comunión entre todos los miembros de la Iglesia y en la misión que anuncia la fe y da un nuevo sentido a todas las realidades humanas.

La celebración de un Concilio es un acontecimiento en el que la comunidad cristiana se abre a la voz del Espíritu para escuchar su llamada en las distintas situaciones en que vive y desarrolla su misión. Fruto de ello son unos documentos en los que se expresan proyectos y orientaciones que intentan iluminar un camino de futuro. La realidad más radical de la Iglesia es su condición misionera, su voluntad de transmitir el Evangelio. Tarea que en estos años ha sido calificada con un título que se ha convertido en bandera, que agrupa iniciativas y suscita nuevos impulsos: la nueva evangelización. Nueva, no porque comunique otro Evangelio que no sea el de Cristo, sino porque, guiada por el Espíritu Santo, quiere acoger la novedad de la palabra de Dios en las actuales circunstancias que vive el hombre, mostrando a través del testimonio de los cristianos que el Evangelio es luz del mundo.

El Concilio Provincial propuso cuatro grandes tareas que deben iluminar la acción de las comunidades como testimonio personal de los cristianos: anunciar el Evangelio a nuestra sociedad, alimentarnos con la escucha de la Palabra y la celebración de los sacramentos, mostrar la solidaridad con los más pobres y marginados, y fortalecer la comunión eclesial y la coordinación de esfuerzos en la tarea pastoral. Con ello, el Concilio Provincial ha invitado a la Iglesia a volver al Evangelio, a promover la participación de todo el pueblo de Dios en la misión eclesial, y, sobre todo, a confiar en la acción de Dios, pues apoyados en Él podremos afrontar la dificultad e incluso la propia debilidad. Los diez años recorridos dan testimonio del esfuerzo para llevar a la vida las principales propuestas del Concilio. Aún queda mucho por recorrer, pues la verdadera renovación de la Iglesia siempre pasa por la conversión de los cristianos. Como nos recuerda San Pablo: “renovaros en la mente y en el espíritu y revestiros del hombre nuevo creado a imagen de Dios: justicia y santidad verdaderas” (Ef. 4,23-24).

 

† Javier Salinas Viñals, Obispo de Tortosa

 

 

 

 

 

29-05-2005

“¡Dios está aquí! ¡Venid a adorarlo!”

Este domingo toda la Iglesia celebra la fiesta del Corpus Christi. Nuestras calles serán testigo, una vez más, de una procesión cargada de sencillez y de misterio, cuyo centro es el Cuerpo del Señor, presente en el Pan consagrado en la celebración de la Eucaristía. Toda la comunidad parroquial está invitada a acompañar al Señor, realmente presente en el signo del Pan; a adorar a Cristo Redentor; a “cantar al Amor de los amores”

La presencia real de Cristo en la Eucaristía nos recuerda que el Dios de nuestra fe no es un ser lejano sino muy próximo. Es un Padre que nos envía a su Hijo para que tengamos vida en abundancia (Cf. Jn.10,10). Hijo de Dios y Hermano nuestro, que con su encarnación se ha hecho verdaderamente hombre, sin dejar de ser Dios, y ha querido quedarse entre nosotros “hasta el fin del mundo”(Mt.28,20). Por eso nuestra fe confiesa que “en su presencia eucarística, Cristo, permanece misteriosamente en medio de nosotros como quien nos amó y se entregó por nosotros, y se queda bajo los signos que expresan y comunican este amor”(CIC, nº1380). Esta presencia no se conoce por los sentidos, como nos recuerda Santo Tomás de Aquino, sino sólo por la fe, la cual se apoya en la autoridad de Dios.

Desde el comienzo del pasado milenio la Iglesia ha ido creciendo más intensamente en su conciencia respecto de la presencia del Señor en la Eucaristía. De ahí han nacido formas de culto eucarístico como son la procesión de Corpus Christi, la oración que sostienen asociaciones como la Adoración Nocturna, y la visita al Santísimo de muchos fieles de nuestras parroquias. En este año en que toda la Iglesia está invitada a centrar su fe en la Eucaristía, debemos acrecentar toda forma de oración eucarística. Recordemos estas palabras de Juan Pablo II: “la Iglesia y el mundo tienen una gran necesidad del culto eucarístico. Jesús nos espera en este sacramento del Amor. No escatimemos tiempo para ir a encontrarlo en la adoración, en la contemplación llena de fe y abierta a reparar las graves faltas del mundo. No cese nunca nuestra adoración (Dominicae Cenae, nº 3).

En este día de Corpus Christi, que la oración ante el Santísimo Sacramento nos lleve a una nueva mirada sobre nuestra vida. Que todos nosotros podamos decir: Señor, queremos amar como tú, que das la vida y te comunicas con todo lo que eres. Queremos aprender a estar con quien “sabemos nos ama”, porque con tan buen amigo presente todo se puede sufrir. En ti aprendemos a unirnos a la voluntad del Padre, porque en la oración, “el amor es el que habla” (Santa Teresa).

 

† Javier Salinas Viñals, Obispo de Tortosa

 

22-05-2005

“Peregrinar al Pilar de Zaragoza”

Este domingo todas las diócesis de España peregrinan al santuario de la Virgen del Pilar, a quien invocamos como “la columna que guia al pueblo”(Cf. Ex.13,21). Será un encuentro de familia, porque la Virgen María suscita sentimientos de cercanía y confianza. Queremos orar junto a María para pedirle que nos fortalezca en la fe, que asegure nuestra esperanza y que nos impulse a vivir la caridad con todas sus consecuencias. Queremos orar junto a María en el año que celebramos el 150 aniversario de su proclamación como Madre Inmaculada, llena de la gracia del Espíritu Santo y libre de todo pecado desde su concepción. Un tiempo de gracia en que el Señor nos invita a renovar la confianza en su misericordia, en su amor sin medida.

En medio de la historia de los hombres, marcada por una dimensión oscura en la que se manifiesta el poder del mal con todas sus consecuencias en la vida personal y social, la Inmaculada es Aurora de salvación. Con Ella, Dios Padre quiere hacerlo todo nuevo. María se fió siempre de Dios; creyó en las palabras del ángel. Acompañó a su Hijo desde el nacimiento hasta la Cruz y guardó fielmente en su corazón todo lo que Jesús decía. De esta manera, en una mujer del pueblo de Israel, humilde y llena de fe en el Dios que hace obras grandes, surge la novedad que llevará nuestro mundo a un cambio que nadie puede imaginar. Los cristianos de todos los tiempos miramos a María, pues Ella es quien con más fidelidad cumplió los mandatos de Jesús. Por eso acudimos a María pidiéndole que nos ayude a caminar con su Hijo; a participar de la nueva vida que Él nos trae; a mostrar que la fe en Dios es fuente de alegría y fraternidad, motivo para renovar nuestro mundo, para que todos se seamos hermanos.

El momento culminante de nuestra peregrinación será la celebración de la Eucaristía. Apoyados en el Pilar, nos introduciremos una vez más en el sacramento de la fe que nos ofrece el mayor bien espiritual de toda la Iglesia: a Cristo, muerto y resucitado. La Virgen del Pilar nos guiará hacia el Santísimo Sacramento. Su maternidad espiritual nos acerca a Jesús, presente en la Eucaristía. Qué oportuno este comentario del Papa Juan Pablo II: “Con la solicitud materna que muestra en las bodas de Caná, María parece decirnos: “no dudéis, fiaros de la Palabra de mi Hijo. Él, que fue capaz de transformar el agua en vino es igualmente capaz de hacer del pan y del vino su Cuerpo y su Sangre, entregando a los creyentes en este misterio la memoria viva de su Pascua, para hacerse así Pan de vida” (Cf. Ecclesia de Eucharistia, nº 54).

† Javier Salinas viñals, Obispo de Tortosa

 

 

15-05-2005

“Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar” (Hch. 2,4)

El acontecimiento de Pentecostés constituye el punto de partida de la manifestación pública de la Iglesia. Los apóstoles, movidos por el Espíritu Santo, que arranca de sus corazones toda cobardía, salen a anunciar la buena nueva de la Resurrección de Jesús. Viven una nueva audacia que les hace más libres para mostrar la novedad que espera siempre el corazón del hombre, y que parece imposible: la vida nueva, más fuerte que la muerte. El Crucificado vive para siempre, ha Resucitado. Su camino lleva a la vida.

A la luz de Pentecostés aparece de una forma muy directa que la fe cristiana tiene capacidad para configurar la vida humana, con todas sus consecuencias en la sociedad. La fe para un cristiano no queda al margen de su experiencia profesional, familiar y social; no se reduce a un sentimiento que se guarda cuidadosamente en la intimidad personal o de oración comunitaria. El cristiano está llamado a interesarse por todo lo humano y, por tanto, a hacer que el Evangelio de Cristo impregne el conjunto de su vida y se manifieste en todas las realidades. Se comprende la invitación constante de la Iglesia a hacer presente el Evangelio en el quehacer cotidiano, a aportar la salvación de Cristo a todas las realidades que afectan a la comunidad humana.

Hoy se difunde la opinión que insiste en reducir el hecho de la fe al ámbito de lo privado. Se argumenta que es necesario separa radicalmente la fe de la política, del compromiso social, de las decisiones que construyen nuestra vida cotidiana. Se trataría de vivir como si Dios no contara. Quien intenta llevar el Evangelio al campo de la familia, de la profesión, del compromiso social y político, es señalado por los demás como alguien que no actúa adecuadamente. Quizá la resonancia religiosa del terrorismo islamista o la presentación del cristianismo desde la perspectiva de los momentos oscuros de su historia, lleva a promover una visión negativa de la religión, una realidad que embrutece al hombre y no ayuda a promover una convivencia abierta y tolerante. Cuando, en realidad, es todo lo contrario. El seguimiento de Jesús vivido a fondo lleva a descubrir en todo hombre a un hermano al que respetar y ayudar.

Nada más alejado de la experiencia cristiana que reducirla al mundo privado, tal como pretende la llamada “propuesta laicista”, tan de moda en este momento. La historia del cristianismo está tejida por múltiples iniciativas a favor de los derechos humanos, obras de asistencia a los enfermos y pobres, instituciones educativas, por una presencia en la política y de la cultura, que sin confundirse con ningún partido ni agotarse en ningún comportamiento concreto, ha tratado de mostrar que Cristo lleva al ser humano a su plenitud.

† Javier Salinas Viñals, Obispo de Tortosa

 

08-05-2005

“Yo estoy con vosotros todos los dias” (Mt. 28,20)

Los medios de comunicación constituyen una de las dimensiones más características de la vida de nuestro mundo. Han alcanzado tal importancia que se han convertido, para muchos, en la principal fuente de información, orientación e inspiración. Pero los medios de comunicación no son realidades neutras sino instrumento de valores y contravalores que alcanza todas las realidades de la vida humana. También a la experiencia religiosa y al testimonio de la comunidad eclesial.

Gracias a los medios de comunicación, los hechos acontecidos en el Vaticano en este último mes, tanto la muerte del último Papa como la elección del nuevo, han llegado a multitud de hogares, pueblos y culturas. Otra cuestión es preguntarse sobre la calidad de las informaciones. Que se hable mucho no significa que no se pase de la superficialidad. Y esto ocurre con frecuencia. Es como si fuera muy difícil entrar en el fondo de las cuestiones, sobre todo cuando se trata de la realidad más íntima de la Iglesia, de los hechos de la fe cristiana y los efectos que ésta provoca en la vida de las personas. Entonces, todo se queda en sugerencias, conjeturas y anécdotas mejor cuanto más espectaculares. A pesar de todo, es innegable el valor de los medios de comunicación en la vida de la Iglesia. Una realidad joven que necesitará su tiempo, pero que, en cuanto realidad humana, está llamada a participar de la dignidad de todo cuanto intentamos promover respecto de los hechos que afectan a las personas.

La transmisión de los hechos que se han producido en torno a la muerte del Papa Juan Pablo II ha sido para muchos un nuevo encuentro con quien ha visitado tantas ciudades del mundo para anunciar el Evangelio. Y esto con un valor añadido: el testimonio de tantas personas que han manifestado sus sentimientos y sus puntos de vista al respecto. Son muchas las aportaciones que nos han permitido aproximarnos de una forma más real a la densidad de la vida y del mensaje de Juan Pablo II. También hemos escuchado voces críticas, algunas inspiradas más en el cinismo o el resentimiento que en una valoración moral e intelectual de su pontificado. En todo caso, los medios de comunicación se han mostrado una vez más como instrumento fundamental en nuestra cultura, y, por tanto, también en la vida de la Iglesia y de los cristianos. Cierto que traslucen los intereses y valores de quienes los promueven, pero también es verdad que participan de la excelencia de una gran obra que es instrumento de encuentro entre los hombres. “Demos gracias a Dios por la existencia de estos medios que, si los creyentes usan con el genio de la fe, y con docilidad a la luz del Espíritu Santo, pueden facilitar la difusión del Evangelio, y hacer más eficaces los vínculos de comunión entre las comunidades eclesiales”(Juan Pablo II).

† Javier Salinas Viñals, Obispo de Tortosa

 

01-05-2005

“Curó a muchos enfermos de diversos males ” (Mc. 1,34)

El quinto domingo de Pascua la Iglesia celebra el Día Mundial del enfermo. Una jornada que este año nos invita a unirnos a los profesionales de la salud. Las familias sostienen de forma muy directa a sus enfermos, pero ¿qué sería de ellas sin la ayuda de aquellos que tienen como misión retornar la salud y reducir el sufrimiento?. Los profesionales dedicados al cuidado de la salud constituyen una realidad fundamental en el desarrollo de la vida de los hombres y en su lucha por superar el sufrimiento.

La predicación del Señor fue siempre acompañada de signos y milagros que tenían como efecto la salud de los enfermos, su incorporación a la vida de la comunidad, el restablecimiento de su dignidad. La Iglesia entiende su misión evangelizadora unida a este servicio esencial. De ahí la gran cantidad de iniciativas que han llevado a muchos cristianos a consagrar su vida al servicio de los enfermos.

La actividad sanitaria se ha endurecido y complicado. Los profesionales cada día tienen que superar la frustración e impotencia ante la enfermedad, a través de una entrega mayor. De entre ellos, los creyentes descubren nuevos motivos para avanzar en su trabajo, y, así, la generosidad hace fuerte su debilidad; la compasión multiplica los recursos disponibles; la fe impulsa a ver en el que sufre a un ser humano con toda su dignidad, alguien en quien se hace presente Dios que en él quiere ser amado y servido.

La fe es necesaria para una sociedad despersonalizada y desorientada, la prueba de ellos es que, cuando se deja de creer en Dios, se cree en cualquier cosa –adivinos, videntes, mediums, parapsicologia…-. La fe sigue siendo capaz, y lo será siempre, de transformar de forma pacífica la vida de las personas y, con ellas, las sociedades. Por esto, manifestarla y vivirla públicamente es un bien común, convencidos de que la misma fe es fuente de salud, pues orienta, consuela y compromete.

La Iglesia ha heredado de Jesucristo la gran misión de presencia entre los enfermos. Es importante el diálogo ente las diferentes situaciones de vida y el mensaje de la fe que anuncia y celebra la Iglesia. Las comunidades parroquiales tienen en este campo, por su proximidad a la vida de tantas personas, un papel propio. Teniendo en cuenta las dimensiones de nuestra Diócesis, esta acción a favor de los enfermos no puede desvincularse de aquella que se lleva a cabo a través de diferentes instancias eclesiales, como son la Hospitalidad de Ntra Sra de Lourdes, Cáritas diocesana y, de forma particular, los distintos institutos de vida religiosa que prestan sus servicios en el campo de la atención a los enfermos y ancianos.

† Javier Salinas Viñals, Obispo de Tortosa

 

 

 

24-04-2005

“Nos encontramos en apuros, pero no desesperados” (2Co. 4,8)

En el mensaje que el Papa Juan Pablo II dirigió al primer grupo de obispos españoles en su última visita a Roma, les decía que “en el contexto social actual están creciendo las nuevas generaciones influenciadas por la indiferencia religiosa, la ignorancia de la tradición cristiana con su rico patrimonio espiritual, y expuestas a la tentación de un permisivismo moral”. Son tres características que marcan la dimensión religiosa y moral en la que vivimos, tanto los adultos como los jóvenes cristianos. La indiferencia religiosa significa vivir sin contar con el Evangelio en las decisiones de la vida. La ignorancia de la tradición cristiana lleva a entenderla como una realidad caduca, perteneciente a otros tiempos y sin vigencia para el momento presente. El permisivismo moral es considerar que la medida de nuestra conducta está en nosotros mismos.

Una radiografía realista pero insuficiente para inspirar una propuesta de la fe a las jóvenes generaciones. En realidad, el Evangelio siempre se ha vivido y transmitido unido a grandes dificultades, a veces motivadas por circunstancias o personas contrarias a la fe cristiana, a veces por la fragilidad de los propios cristianos. Soñar en una transmisión de la fe sin dificultades es una quimera, un imposible que genera desaliento y puede llegar a paralizar.

La transmisión de la fe siempre pasará por el a veces débil testimonio de los cristianos. Un testimonio que crece en la libertad, no en la imposición, y que necesita ser acogido. Cómo extrañarnos de las dificultades que se dan en la vida de la fe de los jóvenes. Es necesario dar tiempo a la maduración personal, confiando en la confianza en la fuerza de la gracia de Dios y en la respuesta que cada uno está llamado a dar. El éxito de la propuesta cristiana siempre será un don del Señor, algo indisponible para nosotros, por mucho que tengamos y debamos empeñarnos en proponerla.

Como Pablo, podemos decir: “nos acosan por todas partes, pero no estamos abatidos; nos encontramos en apuros, pero no desesperados… nos derriban, pero no llegan a rematarnos”(2Co.4,8-9). Sin embargo, como Pablo, también nosotros queremos responder a la llamada del Señor a hacerle presente entre los jóvenes. La razón es la fuerza misma del Evangelio y el don de la vida que el Señor ha depositado en ellos. Una realidad que hay que hacer visible a través del estar, del compartir sus inquietudes y aspiraciones, del acompañarles -incluso llevándoles la contraria- en su camino de respuesta a de Jesús, que les llama a trabajar en su Reino.

† Javier Salinas Viñals, Obispo de Tortosa

 

17-04-2005

Llamados a remar mar adentro

En estos tiempos, en que todos somos tan sensibles a las dificultades para vivir la fe, el mensaje de la Iglesia, como siempre, es de esperanza. No podemos cerrar los ojos ante la confusión en la fe de muchos cristianos, pero no podemos olvidar a tantos otros que, de una forma discreta pero constante, mantienen una fidelidad al Evangelio y están haciendo posible la renovación de la Iglesia. En esta línea, la llamada del Papa a “remar mar adentro” siguiendo la invitación de Jesús (Lc.5,2), constituye una clave para interpretar los acontecimientos de la vida cristiana, y también para descubrir qué actitudes es necesario desarrollar para suscitar y educar las vocaciones.

Esta tarea está marcada por la esperanza, pues el Señor no está dormido en la barca de la Iglesia sino que la guía y la impulsa a través de la fuerza de su Espíritu. De ahí surge la necesidad de cultivar la oración como experiencia que nos abre a la llamada del Señor. En este año, el Papa Juan Pablo II, en su mensaje para la Jornada mundial de oración por las vocaciones, nos invita a todos a cultivar la oración como camino que nos une a Cristo y nos descubre su llamada en el corazón de la vida y de la Iglesia.

El Papa nos recuerda que “quien abre el corazón a Cristo, no sólo comprende el misterio de la propia existencia, sino también el de la propia vocación, y recoge espléndidos frutos”. Sí, “quien abre el corazón a Cristo” sintonizará con Jesús, con sus intereses y sus grandes opciones. Descubrirá el valor de su exhortación: “sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto”(Mt.5,48). Se esforzará por encontrar caminos de servicio a los hermanos, de acompañamiento en sus dificultades y alegrías, de testimonio para comunicarles la buena noticia del amor salvador de Dios. Entonces, quien abra el corazón a Cristo percibirá la urgencia de la respuesta personal que cada uno está llamado a dar: la vocación a la que Él le invita.

A pesar del materialismo que nos rodea, en el corazón de todo ser humano se oculta el fuego de una plenitud de vida. Son muchos los jóvenes que desean encontrar el profundo sentido de su vida, que desean ofrecer una respuesta a este mundo nuestro necesitado, no de discursos, sino de testimonios vivos y convincentes. La Jornada de oración por las vocaciones es una invitación a la comunidad cristiana a ampliar sus horizontes y a vivir la audacia de proponer la vida cristiana a los jóvenes, con la riqueza de sus múltiples respuestas. Misión imposible sin la oración viva, porque en ella se fragua el deseo de seguir a Jesús, se experimenta su consuelo, se percibe la inquietud que sólo podrá colmarse en el encuentro con Él a través del desarrollo de la propia vocación.

 

† Javier Salinas Viñals, Obispo de Tortosa

 

 

 

10-04-2005

De fiesta con Jesús

Los niños son nuestro futuro ya presente. De ahí los múltiples esfuerzos de las familias, la sociedad y la Iglesia, en su crecimiento. Esta etapa de la vida es decisiva. Muchas de las grandes experiencias que vivimos en la vida adulta tienen su raíz, su posibilidad o dificultad, en aquellas que han constituido la propia infancia. La Iglesia siempre ha considerado a los niños como destinatarios privilegiados de su acción formativa. Ha seguido las enseñanzas de Jesús, quien tantas veces señaló a los niños como aquellos que mejor ilustran la actitud fundamental para acogerle a Él. “Si no volvéis a ser como niños, no entraréis en el Reino de los Cielos”(Mt.18,3).

Este domingo el Seminario diocesano será lugar de encuentro de muchos niños procedentes de las distintas parroquias de la Diócesis. Es la Jornada del MID (Movimiento Infantil Diocesano). Ellos, como toda la Iglesia en este año, fijan su mirada en el corazón de nuestra fe: la Eucaristía. Los niños han preparado durante meses esta Jornada en torno al tema de la Eucaristía. Y hoy, están “de fiesta con Jesús”.

Celebrar la Eucaristía constituye un encuentro decisivo con el Señor, presente en la Iglesia. No podemos vivir sin el domingo, cuyo centro es la celebración eucarística. Tradicionalmente, los niños participan en la Eucaristía dominical. Sin embargo, hoy cada vez están más ausentes. Los motivos son diversos. Quizá habría que preguntarse si tiene que ver con una debilidad en la transmisión de la fe, no sólo en la familia sino también en la propia comunidad parroquial. A veces, a la celebración del domingo le falta aquel tono que ayuda a descubrir la presencia salvadora del Señor y su llamada a vivir como hermanos.

Si queremos que los niños participen en la Eucaristía, será necesario ayudarles a despertar a la presencia de Dios en ellos, en la vida, en la Iglesia; a ver en las cosas cotidianas una referencia a Jesucristo, Maestro y Amigo; educarles en el conjunto de actitudes que acompañan toda celebración, como es saber escuchar, admirarse, dar gracias, obrar comunitariamente, guardar silencio… Hay que hacer un esfuerzo, porque en el camino de la fe todos crecemos a través del mutuo testimonio. Los niños necesitan de adultos que les acompañen en la experiencia de la fe y, en particular, en la celebración de la Eucaristía. Qué importante es que la familia participe en la Eucaristía. Cuando esto no es posible, habrá que encontrar otras formas, ya sea a través del grupo de niños de la parroquia o a través de algún joven o adulto que les acompañe, con quien se encuentren para la celebración eucarística. Sin el testimonio personal y comunitario no es posible vivir la Eucaristía, y menos para un niño.

† Javier Salinas Viñals, Obispo de Tortosa

 

03-04-2005

“Al resucitar, nos dio nueva vida”

No podemos ser ni vivir como cristianos sin la Pascua. Ella es el corazón del camino de Jesús que revela que ni el sufrimiento, ni la injusticia, ni el miedo, ni la muerte, tienen la última palabra. Dios Padre ha querido hacerlo todo nuevo. En la resurrección de Jesús nos ofrece una vida más allá de cuanto podamos imaginar: la vida misma de Jesús resucitado. “La muerte ha sido absorvida en la victoria… demos gracias a Dios, que nos da la victoria por nuestro Señor Jesucristo”(1Co.15,55-57). Desde el día de nuestro Bautismo, por el que participamos de la Pascua de Jesús, podemos vivir de una forma nueva. En los momentos de tristeza y de gozo; en la enfermedad y en la salud; cuando nos desprecian y cuando nos aman; cuando ofendemos y somos perdonados; cuando pecamos y sentimos que Dios Padre nos acoge con misericordia.

La Pascua nos introduce en la experiencia de salvación, de liberación, que Jesucristo ha traído. Recordemos la narración simbólica del jardín del Edén, en los primeros capítulos de la Biblia. Adán y Eva tienen miedo, han pecado, se esconden de Dios. Jesús, con su muerte y resurrección, nos ha salvado radicalmente de este miedo original (Cf.Rm.8,15). Ahora podemos llamar a Dios con toda confianza “Padre nuestro”. Ante el miedo a la cruz y a la muerte, podemos experimentar la confianza, pues gracias al Resucitado creemos que la muerte no tiene la última palabra.

La salvación del Resucitado nos hace libres para luchar contra el mal. Unidos a Cristo por nuestro Bautismo hemos pasado de la muerte a la vida. Ahora comprendemos que hemos sido liberados para vencer el mal a fuerza de bien, es decir, a fuerza de seguir el camino que conduce a la vida, la dignifica y la lleva a plenitud. Es el camino que nos ha mostrado Jesús, y cuya plenitud es su muerte y resurrección. Si nos dejamos guiar por el Resucitado, si somos dóciles a la presencia de su Espíritu, entonces todo puede cambiar, nada está definitivamente perdido, tendremos la luz y la fuerza para ir superando aquellos egoísmos, violencias e injusticias que amargan y hieren.

La Pascua nos ha hecho libres para afrontar la muerte. En realidad, la muerte de Jesús nos lleva a preguntarnos sobre nuestra muerte. Si un hombre no puede dar sentido a su muerte tampoco puede vivir con plenitud. Unidos al Resucitado, que viene a nuestro encuentro en la Eucaristía, en el Pan de la vida eterna, podemos vivir y morir desde la confianza. Más aún, para un cristiano morir es abandonarse totalmente en manos de Aquel que nos ha llamado a la vida, nos ha renovado y nos espera. Podemos entrever el significado de aquellas palabras de Jesús a Natanael: “has de ver cosas mayores”(Jn. 1,50).

† Javier Salinas Viñals, Obispo de Tortosa

 

 

27-03-2005

“Este es el dia en que actuó el Señor” (Sal. 118,24)

Cristo ha resucitado. Es Pascua, centro y el fundamento de nuestra fe. “Dios, el que hizo el cielo y la tierra; el que liberó a Israel de Egipto; el que sacó a su pueblo del cautiverio, es presentado en el Nuevo Testamento como “el Dios que ha resucitado a Jesús de entre los muertos”” (Esta es nuestra fe, pág. 154). Esta proclamación de fe tiene grandes consecuencias para nosotros. Anuncia que también nosotros estamos llamados a resucitar, a dejar atrás este mundo viejo marcado por la injusticia y la muerte. Con Cristo estamos llamados a una vida nueva que ya empieza a hacerse realidad entre nosotros, porque nos ha dado su Espíritu, que nos hace libres para amar.

Una afirmación como esta resulta extraña e increíble hoy en día. Hoy pocos se atreven a hacer ciertas afirmaciones; molestan según qué certezas. Se considera como verdadero aquello que resulta útil o produce el disfrute inmediato, dejando lo demás como secundario o sucedáneo. Por esto, en algunos círculos sociales, entre un determinado tipo de personas, se intenta expulsar todo lo que no sea lucha por el poder, por los negocios. Una vida centrada, ante todo, en el bienestar personal, que arrincona para lo íntimo de la conciencia las razones últimas para vivir y esperar.

La Pascua pone ante nosotros el fundamento para la esperanza. Una vida nueva que se hace ya presente en Jesús resucitado, pero que también nos alcanza a nosotros. Se trata de una novedad que no podemos controlar, que recibimos como un regalo. En ella encontramos nuevos motivos para vivir, para mejorar nuestro entorno, para entregarnos a los demás e, incluso, para dar la vida. Los cristianos somos herederos de esta novedad y quisiéramos darla a conocer a todos, pero sólo podemos proclamar con nuestras palabras y nuestras obras el hecho de la resurrección de Cristo. No imponemos nada, pues bien sabemos que Dios quiere y espera la respuesta libre a su amor.

En este domingo de Pascua, el primero entre los domingos, toda la Iglesia se reúne para aclamar con gozo: “este es el día en que actuó el Señor” (Sal. 118,24). Un actuar que se concreta aquí y ahora, por la celebración de la Eucaristía en la que nos alcanza la muerte y la resurrección de Cristo, de manera que también nosotros participamos en su Pascua, en su paso de la muerte a la vida. Creemos que el Crucificado es el Resucitado. Por esto, afrontamos el dolor y el sufrimiento, las dificultades del camino, los grandes trabajos por un mundo más justo y fraterno, pues sabemos que el amor es más fuerte que la muerte, más real que todos nuestros odios e injusticias.

Si somos instrumentos de la esperanza que la resurrección de Cristo ha sembrado en nuestro mundo, entonces, ningún esfuerzo quedará sin fruto. ¡Feliz Pascua!.

† Javier Salinas Viñals, Obispo de Tortosa

 

20-03-2005

“Tanto amó Dios al mundo” (Jn. 3,16)

La celebración del domingo de Ramos nos introduce en la Semana Santa, que culmina con la fiesta de las fiestas: la Pascua. Durante esta semana, los desfiles procesionales hacen presentes en nuestras calles los momentos más importantes de la pasión y muerte de Jesús. Toda una presentación plástica de la narración de los Evangelios que constituyen el corazón del testimonio cristiano.

Durante muchos años, estas procesiones han constituido una forma de religiosidad popular que alimentaba la memoria de la pasión del Señor y suscitaba, en todo aquel que la contemplaba, el reconocimiento de las heridas que afligen a tantos hombres. Al ver a Jesús crucificado nadie ignoraba la cercanía de Dios, pues Él lo había llenado todo con su presencia, incluso nuestro sufrimiento y nuestra muerte. Sin embargo hoy, al contemplar una procesión de Semana Santa, ¿qué sucede en el corazón de las personas?; ¿habremos convertido esta expresión de fe en un espectáculo?; ¿inspira simple curiosidad una representación que, por sus formas, parece que se aleja de nuestra vida cotidiana?. ¿Llegaremos realmente a comprender la realidad que expresan?.

Si la fe cristiana no quiere disolverse y desaparecer, tiene que proteger con su verdad y su fuerza la realidad del mensaje de la Cruz. Sin duda, Jesús fue condenado a muerte por el odio que suscitó su predicación y su conducta. Para unos era un blasfemo, pues puso a Dios de parte de los pecadores y marginados. Para otros un rebelde, una amenaza al poder político. Pero, en todo caso, fue un inocente condenado a muerte. Cuando leemos la Sagrada Escritura, cuando acogemos el testimonio de los apóstoles que la Iglesia ha transmitido a través de los tiempos, comprendemos que en este inocente Dios se entregó a sí mismo a la muerte, en su propio Hijo, por nosotros. “Lejos de escatimar a su propio Hijo, lo entregó a la muerte por nosotros…” (Rm.8,32). Dios mismo, a través del Crucificado, entró en nuestro mundo y se expuso al choque de nuestros odios e injusticias. Hasta el extremo, hasta la muerte. De este modo, no hay situación humana, por desesperada que sea, que no tenga cercano a Dios y no pueda contar con la promesa de la resurrección y la vida.

Dios no se contentó con mandarnos desde lejos un remedio, ni siquiera un mensajero, quiso Él mismo asumir nuestro sufrimiento. Porque nos quiso apasionadamente, en sí mismo quiso vencer el mal a fuerza de bien, de su mucho amor. En este domingo de Ramos la narración de la pasión del Señor continúa siendo la mejor manera de introducirnos a las procesiones que veremos por nuestras calles.

† Javier Salinas Viñals, Obispo de Tortosa

 

13-03-2005

“Generosos y entregados… como María”

Con la celebración del día del Seminario diocesano, un año más queremos recordaros la existencia de una comunidad de jóvenes en camino de formación, dispuestos a reconocer la llamada del Señor para ser sacerdotes de su Iglesia. El Seminario diocesano siempre ha sido un punto de referencia fundamental en la vida pastoral de nuestra Diócesis. Todas las comunidades parroquiales han contribuido con la oración, esfuerzo económico y testimonio, a lo largo de su medio siglo de existencia.

En este año toda la Iglesia celebra la memoria del 150 aniversario del dogma de la Inmaculada. Un año marcado por la acción de gracias a Dios, pues nos ha dado a María como Madre de Jesús y Madre nuestra. Su testimonio de entrega es el espejo de toda vida cristiana y de toda vocación. En esta jornada en la que el Seminario diocesano Nuestra Señora de la Asunción está en el centro de nuestra oración, miramos a María para descubrir en ella el significado de toda vocación cristiana, de forma particular, la de quienes se preparan para ser pastores en medio del pueblo de Dios.

Para hacer una presentación resumida de la Virgen sólo es necesaria esta breve expresión: “se entregó con generosidad a Dios y a su proyecto de salvación”. Qué mejor testimonio para despertar a una forma de vivir que quiere ser don para los demás. Siempre, en los momentos de renovación eclesial, el Señor ha suscitado múltiples vocaciones en la Iglesia, pero en todas hay una referencia común: la memoria de María. En Ella se centra la novedad: nos ha dado a Jesús, y nos lo da continuamente en la medida en que nos identificamos con sus actitudes; en la medida en que también nosotros, impulsados por el Espíritu, llegamos a decir de corazón: “aquí está la esclava del Señor. Hágase en mí según tu palabra”(Lc.1,28).

Nuestra forma de vivir tiene muchos valores, pero algunos de ellos tal vez quedan en la penumbra: el amor sin cálculo; la generosidad confiada; la disponibilidad para una aventura cuyo resultado va más allá de nuestras posibilidades. La vocación al sacerdocio requiere de todo esto. Y, aunque este deseo reside en el corazón de muchos jóvenes, quizá nuestra forma de vivir no les ayuda a convertirlo en realidad. En el día del seminario todos debemos pedir al Señor que suscite vocaciones al sacerdocio, sin olvidar que la oración por las vocaciones debe convertirse en oración por todos los cristianos, especialmente por las familias y los jóvenes, para que vivan a fondo su  camino según el Evangelio de Jesús, con corazón generoso y entregado. Y desde ahí todo será posible. También la vocación sacerdotal.

† Javier Salinas Viñals, Obispo de Tortosa

 

 

06-03-2005

“Ya es hora de despertaros del sueño…” (Rm. 13,11)

De nuevo, las autoridades escolares llaman a la puerta de los hogares para que los padres inscriban a sus hijos para el próximo curso. La escuela es un servicio público, una institución abierta a todos y para el bien de todos, que responde al derecho a la educación -artículo 26 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos-, estrechamente ligado al derecho de los padres a elegir el tipo de enseñanza, de acuerdo con sus creencias y convicciones. Y ambos garantizados por la Constitución Española.

Nuestra sociedad está marcada por el pluralismo. La libertad constituye un elemento fundamental que lleva a las personas a asociarse para alcanzar aquellas metas que considera más significativas. De aquí nace la libertad para constituir empresas, asociaciones culturales o entidades de solidaridad. El derecho a asociarse es una característica fundamental de nuestro mundo. Es impensable, pues, que en algo tan importante como es la educación de los hijos, los padres no tengan suficiente libertad para ejercer su derecho a elegir el sistema educativo que más se ajuste a sus creencias y valores. Resulta muy extraño que, ante la gran libertad de elección en tantos campos de la vida social, en algo tan primordial no sólo no haya suficiente libertad sino que incluso se pretende dirigir la enseñanza de tal manera que peligra este derecho de los padres.

El pluralismo de nuestra sociedad manifiesta también la diversidad de creencias y orientaciones morales de las personas que la configuran. Al hablar de una sociedad laica se hace referencia a una forma de vivir en la que Dios no cuenta. Pero hay muchas personas para quienes Dios está presente y orienta sus decisiones, y no quieren dejarlo, por ejemplo, a la puerta de la escuela.

La administración pública debe favorecer a todos los ciudadanos. Y, ante la realidad plural existente en nuestra sociedad, no debe inclinarse sólo por un tipo de escuela sino que debe favorecer que la enseñanza se corresponda con las aspiraciones y convicciones de sus ciudadanos. Es función del Estado moderno responder a esas expectativas dentro de los límites del bien común. Ignorar esta diversidad y las legítimas exigencias de las personas, de los diferentes grupos, sería negar a muchas personas algunos de sus derechos fundamentales. Que el Estado acapare, sólo él, el servicio de la sociedad responde a otros tiempos en los que no se tenían en cuenta las iniciativas de la sociedad civil. Hoy los ciudadanos son conscientes de sus derechos y deberes. Los padres saben que tienen derecho a elegir un determinado tipo de educación. La Iglesia, por medio de su oferta educativa, intenta dar respuesta a este derecho fundamental.

 

† Javier Salinas Viñals, Obispo de Tortosa

 

27-02-2005

“En él está tu vida, así como la prolongación de tus días” (Dt. 30,20)

La Cuaresma nos invita, un año más, a iniciar el camino para prepararnos a revivir el gran misterio de la muerte y resurrección de Jesucristo, mediante la escucha de la Palabra, la práctica de la caridad y el esfuerzo constante para hacer de nuestra vida un instrumento capaz de transformar la búsqueda de nuestros propios deseos en capacidad de amar. Como ya es costumbre, el mensaje del Santo Padre nos ayuda a vivir cada Cuaresma de una forma particular. Este año quiere que nos centremos en la aportación de los ancianos, que descubramos el significado de estas palabras del libro del Deuteronomio: “En él está tu vida, así como la prolongación de tus días” (Dt. 30,20). En ellas se nos indica que la fe en Dios nos permite contemplar la ancianidad no sólo como fuente de serenidad y sabiduría sino como un don divino.

La Biblia nos presenta al anciano como el símbolo de la persona rica en sabiduría y llena de respeto a Dios. En este sentido, el don del anciano podría calificarse como el de ser, en la Iglesia y en la sociedad, el testigo de la tradición de fe, el maestro de vida, el que obra con caridad. Es necesario que también nosotros hoy lleguemos a comprender la función de los mayores en la sociedad. Asistimos a una prolongación de la vida humana con su consiguiente incremento de personas ancianas.

La ancianidad pide una respuesta de los más jóvenes, pues su futuro está vinculado a su capacidad de respeto hacia los ancianos. Quien no es capaz de acoger sus propias raíces, quien no está dispuesto a respetar a sus mayores en sus limitaciones, y sobre todo, quien cae en la tentación de querer eliminarlos en función de un equivocado concepto de vida digna, está truncando su propio futuro. El cuarto mandamiento nos recuerda que honrar padre y madre constituye la mejor manera de expresar el don de la vida, recibido a través de ellos. Los hijos recogen los valores que transmiten los padres.

Es necesario que todos crezcamos en una nueva conciencia respecto a la misión de los ancianos. Y lleguemos a hechos concretos. Por parte de los gobiernos, creando políticas económicas y sociales que les ayuden a vivir con dignidad. Por parte de sus familias, demostrando su amor a través de la acogida y el acompañamiento; y beneficiarse, así, de su aportación de sabiduría y presencia. Qué importante es para cualquier familia el recíproco enriquecimiento –que repercute en la sociedad- entre las distintas generaciones. Esta Cuaresma busquemos caminos para que todo esto sea posible.

 

† Javier Salinas Viñals, Obispo de Tortosa

 

20-02-2005

Y tú… da firmeza a tus hermanos(Lc.22.32)

Todos los obispos estamos invitados a hacer una visita a Roma cada cinco años, para honrar los sepulcros de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo y encontrarnos con el sucesor de Pedro, el Obispo de Roma, hoy el Papa Juan Pablo II. Es la llamada Visita "ad limina". Este domingo, los obispos de la Tarraconense iniciamos esta visita. Seremos fortalecidos en la fe por el sucesor de Pedro. Así se actualizará la palabra de Jesús dirigida al primero de los apóstoles: “Y tú… da firmeza a tus hermanos” (Lc.22,32).

Nuestro Dios nos invita a la universalidad desde la fidelidad a lo concreto. Al llegar a Roma se ora y se visita al Papa. Con él se habla de la situación de la Diócesis, en nuestro caso, de la de Tortosa. La Visita "ad límina" consta también de distintos tipos de encuentros con aquellos colaboradores más directos en el gobierno de la Iglesia, la llamada Curia Romana. Ella es punto de referencia, pues al disponer de información de tan diferentes situaciones y múltiples experiencias pastorales en todo el mundo, posee criterios suficientes para el gobierno de la Iglesia universal. Esto constituye una gran riqueza. Ir a Roma es una forma más de unirnos al conjunto de toda la Iglesia, de hacer visible que la Iglesia es una familia de hermanos que integra pueblos de culturas y lenguas diferentes.

Pero la Visita "ad limina" también es una ocasión para que la iglesia diocesana tome conciencia de su situación pastoral. Nuestra Diócesis, en estos últimos siete años ha vivido la gran experiencia de la preparación y celebración del Jubileo del año 2000. Una oportunidad para reafirmar los vínculos que nos unen y celebrar la presencia de Cristo entre nosotros, con todas sus consecuencias humanizadoras. Durante estos años también hemos intentado responder a cuestiones centrales que configuran nuestro momento actual: la necesidad de hacer visible la realidad comunitaria de la Iglesia, impulsando la celebración del domingo; la urgencia de una nueva evangelización, sobre todo en referencia a la familia y a los jóvenes, a través de los sacramentos de la iniciación cristiana y la catequesis que los acompaña; la necesidad de mostrar que el Evangelio transforma la vida y nos hace más atentos y solidarios a través de una pastoral caritativa y social; y la exigencia de avivar la pertenencia y participación eclesial, a través de una nueva aproximación a la comunión eclesial que nace de Dios mismo, que es amor.

Todos ellos temas fundamentales para nuestra vida, pero nada será posible sin un compromiso de todos los bautizados en su camino de santidad, es decir, de seguimiento de Jesucristo y de respuesta a la vocación a la que Él nos llama. Por esto, la formación del laicado y la pastoral vocacional son dos exigencias de nuestro futuro eclesial.

 

† Javier Salinas Viñals, Obispo de Tortosa

 

 

13-02-2005

¿Hacia una nueva Europa?

 

Desde el año 1986 España participa, como miembro de pleno derecho de la Comunidad Eiropea, cuyo fruto es la actual Unión Europea. Durante estos año se han agrandado nuestros horizontes; nos hemos beneficiado de la ayuda de la Unión; hemos crecido en muchas dimensiones. Ahora, después de este largo recorrido, se nos llama a las urnas para que refrendemos o no, con nuestro voto, el Tratado por el se estable la Constitución Europea. Una cuestión de gran alcance y complejidad, que se somete al parecer de los ciudadanos.

Desde un punto de vista histórico la actual Unión Europea nos ha traído un fruto inestimable, acrecentando las posibilidades de paz y todos los bienes que la acompañan: la verdad, la justicia, libertad y el amor. Vivimos en un Estado de Derecho que intenta crecer cada día en la igualdad de todos sus miembros ante la ley, y en una economía cada vez más acorde con la dignidad de la persona. Junto a esto, existen limitaciones, entre las que cabe destacar la creciente sensación de que las decisiones están en manos de unos pocos que no siempre sintonizan con los intereses y necesidades concretas de los pueblos que configuran Europa. Una muestra de esto es la manera en cómo se ha elaborado el actual Tratado de la Unión que se presenta a referéndum.

Sin embargo estamos recorriendo un camino. Ahora lo importante es tomarse en serio que somos ciudadanos de una Unión de veinticinco países. Necesitaremos mayor información, diálogo honesto, negociaciones y acuerdos, sabedores de que todo no se puede conseguir, de que algo tendremos que ceder unos y otros. Sin duda la cuestión fundamental para el logro de una unión duradera y eficaz es la calidad de los valores y decisiones morales. En esta línea la Iglesia tiene un papel propio como experta en humanidad y portadora del testimonio humaniazador del Evangelio, cuyo criterio es fundamental para el logro del bien común de los ciudadanos.

En los últimos años el tema de la Unión Europea ha ocupado un lugar preferente en la reflexión y en las propuestas de la Iglesia. Recordemos los Sínodos Especiales convocados para tratar el tema de la Iglesia en Europa. El Papa Juan Pablo II nos impulsa a abrir nuestras comunidades eclesiales a la realidad europea y descubrir el papel que tenemos como testigos de esperanza. La aportación de los cristianos laicos es decisiva. Así la expresaba hace años Pablo VI: “Lo que es el alma para el cuerpo, eso son los cristianos en el mundo, en este mundo de Europa… si su levadura lleva la humildad del Evangelio, tendrá también su vigor, será portadora de salvación para todo el conjunto”.

 

† Javier Salinas Viñals, Obispo de Tortosa

 

 

06-02-2005

“Venid a mí todos los que sufrís” (Cf. Mt. 11,28)

 

Este domingo el Seminario Diocesano acoge la fiesta de Nuestra Señora de Lourdes, que reúne a enfermos, familiares y colaboradores de la Hospitalidad Diocesana. Un  encuentro que anuncia la próxima peregrinación diocesana -a finales del mes de junio-, pero quiere ser una oportunidad para avivar los vínculos entre quienes participamos de la experiencia de fe y ayuda mutua que se genera entorno al Santuario de la Virgen.

En los últimos años, en cada uno de ellos, se nos ha propuesto un mismo tema para orientar la oración y la peregrinación. El tema que se nos propone este año invita a responder a la llamada de Jesús desde la experiencia del sufrimiento, como enfermo, como familiar que comparte el dolor, o como hospitalario que acompaña; a salir del aislamiento para apoyarnos en alguien que nos conoce, no ama, nos espera, y se atreve a decirnos “Venid a mí todos los que sufrís”(Cf. Mt.11,28). Una invitación sorprendente, pues sabemos cuánto nos cuesta aceptar y acoger el sufrimiento de otros. Sin embargo Jesús “cargó con nuestras enfermedades”(Mt.8,17), es el Buen Samaritano que salta libremente todas las barreras para acercase al  hombre herido y abandonado.

Hoy son muchos los que se preguntan por qué vamos a Lourdes, por qué peregrinar a un lugar donde se concentran tantos enfermos, donde se manifiesta una dimensión de la vida que hoy se intenta disimular. Olvidan que la enfermedad y el sufrimiento son parte de la vida y, aunque hay que luchar para superarlas, necesitamos descubrir la dignidad de los valores que aportan. La enfermedad pone al descubierto, tanto a los enfermos como y a los sanos, la necesidad que tenemos de los demás. Devuelve a todos la conciencia de la limitación, y ofrece la oportunidad de demostrar el amor y la solidaridad. Son situaciones en que podemos hacer realidad esta invitación tan humana y tan cristiana: “Ayudaos unos a otros a llevar las cargas” (Ga.6,2). La Hospitalidad de Nuestra Señora de Lourdes es un valioso instrumento que lleva a toda la comunidad cristiana a vivir el sufrimiento que genera la enfermedad como camino de fraternidad y de fe, en compañía de la Virgen que intercede por nosotros y nos ayuda a vivir confiar en su Hijo, Jesús.

Para afrontar la enfermedad es primordial la actitud del enfermo. Si éste vive desde la fe en Dios tiene nuevas energías para afrontar su futuro. Un dato del que muchos han dado testimonio de experiencia. El camino de fe junto a la Virgen de Lourdes nos hace presente esta realidad de diversas maneras. También en el encuentro diocesano de este domingo resplandecerá la confianza, el amor, y la alegría de tantas personas marcadas por el sufrimiento

† Javier Salinas Viñals, Obispo de Tortosa

 

 

 30-01-2005

 

“Dichosos los que construyen la paz” (Mt. 5,9)

 

     A finales del mes de enero se celebra el aniversario de la muerte de Mahatma Gandhi, testigo de una nueva manera de afrontar los problemas sociales y políticos, que actualiza la palabra de Jesús: “bienaventurados los que construyen la paz, porque ellos se llamarán hijos de Dios”(Mt. 5,9). Sin duda, la paz constituye la gran tarea del futuro de un mundo cada vez más globalizado y, por tanto, más consciente de la mutua interrelación entre personas y pueblos. Es antigua, pero nueva, esta invitación de Erasmo de Rotterdam: “convoco a todos los que se llaman cristianos para que unan toda su fuerza y esfuerzos en el combate contra la guerra”(Lamento de la paz).

Hoy ha crecido en nuestra sociedad la conciencia de la necesidad de la paz. Sin embargo muchos la consideran, o un sueño imposible, o una realidad que únicamente se alcanzará con la fuerza. De hecho, hemos asistido a intervenciones bélicas de dudable resultado, que se han querido justificar como acciones que trataban de prevenir males mayores. Se sabe cuándo comienza una guerra, pero nunca cuándo terminará, y, sobre todo, qué heridas dejará y qué posibilidades de reconciliación.

Para un cristiano, en el origen de toda la realidad no está el conflicto, el mal, el caos. En el principio Dios creó el mundo y vio que todo era bueno. Ciertamente, como reconoce también la fe cristiana, desde el principio el hombre se apartó de Dios e intentó construir un mundo de espaldas a Él; apareció el dolor y la violencia, el enfrentamiento entre hermanos. También desde sus comienzos, la fe cristiana proclama que Dios no abandonó a los hombres sino que continuó impulsando en ellos el deseo de paz, de justicia y amor, y prometió acompañarles siempre. Así, en el principio está el amor, que es Dios mismo. La guerra, la violencia, no pertenecen a la verdadera vocación del ser humano, a la que Dios le llama.  

La tarea de la paz es la más noble, la que mejor expresa la realidad del Evangelio de Jesucristo, la que mejor realiza la dignidad del hombre nuevo. Hoy como ayer, la podemos vivir como el mayor de los dones y el compromiso más exigente. La paz nace de Dios y transforma la vida de quienes le acogen. Entonces, se comprende que no existe otro medio para la construcción de la paz que la renovación de la humanidad, de cada uno de nosotros. Nuestro tiempo no es muy dado a valorar el trabajo a largo plazo. Se planta hoy y se quiere recoger inmediatamente. La educación para la paz es una tarea de largo plazo incluida en toda la acción evangelizadora de la Iglesia. Dar a conocer a Jesucristo, ofrecer su testimonio y el de quienes le han seguido más de cerca, los santos, constituye un patrimonio fundamental en la educación para la paz, que se reflejará en la convivencia, en el trabajo, en la distribución de la riqueza, en la vida de la Iglesia.

 

† Javier Salinas Viñals, Obispo de Tortosa

 

 

 23-01-2005

 

“No ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del mal” (Jn. 17,15)

 

Estamos viviendo nuevos tiempos en la relación entre la Iglesia y el Estado. Se propone el laicismo como un valor fundamental para la convivencia de nuestra sociedad. Con ello, se intenta afrontar de una forma nueva cómo debe ser la relación entre la comunidad eclesial y la sociedad. Sin duda, hace ya muchos años que vivimos en un estado aconfesional, pero parece que en los últimos tiempos no basta con ello, se tiene la impresión de que la forma de situarse ante la Iglesia constituye un signo de identidad política, una manera de relegar la religión en el ámbito exclusivo de la conciencia.

Desgraciadamente, no se viven estas tendencias desde actitudes de diálogo y respeto mutuo. De golpe, se han abierto todos los frentes posibles que puedan configurar la relación de la Iglesia con el Estado: la clase de religión, la financiación de la Iglesia, la identidad del matrimonio y de la familia… A pesar de todo, también crece la postura de quienes abogan por un diálogo razonable y por la necesidad de una colaboración para el logro del bien común. Pero, sin duda, nuestro tiempo ofrece a todos los cristianos la posibilidad de vivir con más responsabilidad nuestra identidad, y ofrecer aquellas aportaciones que pueden contribuir a encontrar soluciones adecuadas. Aunque muchas veces las críticas y las expectativas se concentran en lo que dicen y hacen los obispos, la Iglesia es mucho más. En tiempos de dificultad, de búsqueda, es el Espíritu Santo, que siempre mueve y guía a la Iglesia, quien suscita testigos de la fe en medio de su pueblo.

En los últimos meses hemos visto cómo distintos grupos de cristianos se organizan, promueven campañas, intentan que su voz llegue a la opinión pública. Hay quienes promueven el derecho a la vida en todas sus dimensiones; otros, el derecho a la libertad de educación para los hijos; otros, la promoción de políticas familiares dignas… Un conjunto de iniciativas que tratan de mostrar, no una ideología política, sino una postura ante los temas fundamentales que afectan a la vida de las personas. Un comportamiento que nos recuerda la manera de hacer de los primeros cristianos, pues “no se distinguen de los demás hombres, ni por su tierra, ni por su habla, ni por sus costumbres… adaptándose en vestido, comida, y demás género de vida a los usos y costumbres de cada país, dan muestras de un estilo de conducta admirable y, según opinión de todos, sorprendente” (Carta a Diogneto, siglo III). El momento presente ¿no es una posibilidad para reproducir esta conducta admirable, sorprendente?. Se trata de no huir sino adentrarnos en las alegrías y dificultades de nuestro mundo, pues en él el Reino de Dios ya está creciendo. No olvidemos la oración de Jesús: “Padre, no ruego que los retires del mundo sino que los guardes del mal” (Jn. 17,15).

 

† Javier Salinas Viñals, Obispo de Tortosa

 

 

 16-01-2005

“Abre tus ojos a la misión”

Jornada de la Infancia Misionera

 

Los niños son el futuro ya presente en medio de nosotros. Por esto, es necesario ofrecerles las mejores posibilidades para que aprendan a ser libres, a buscar la verdad, a distinguir el bien del mal, a amar a los demás. La educación de los niños siempre ha constituido una de las tareas privilegiadas en la acción pastoral de la Iglesia. Anunciarles el Evangelio implica acogerlos y educarlos, despertar en ellos el deseo de crecer y de vivir en paz, mostrarles la riqueza de la cultura, de la sabiduría humana, darles a conocer el testimonio de Jesús que nos narran los Evangelios y que se hace presente de tantas maneras en la vida de la comunidad cristiana.

Pero los niños no sólo deben ser objeto de nuestra atención. Para que vayan aprendiendo a ser libres y a responder por sí mismos; es necesario estimular, poco a poco, sus respuestas; educarlos a la responsabilidad, especialmente en el ámbito de la familia. En la comunidad cristiana también los niños tienen un lugar fundamental. Jesús los acogió y los bendijo. Con este gesto nos mostró que deben estar presentes en la comunidad eclesial a pesar de su inmadurez y limitaciones. Quizá porque para Dios siempre estamos en crecimiento, y la madurez es un don que se nos concede unido a nuestro propio esfuerzo.

Cuando los niños ven por la televisión lo que sucede en lo amplio del planeta; y, sobre todo, cuando reciben la visita de un misionero que les habla de países lejanos, también ellos despiertan al deseo de ser más universales, se sienten amigos de esos niños de quienes oyen hablar y con los que comparten un mismo deseo de compañerismo y un mismo camino de fe. Hoy se da una experiencia muy bonita; son muchos los niños que se comunican por medio de cartas con niños de otros países, de otras comunidades cristianas. También la experiencia del apadrinamiento de niños de países en vías de desarrollo es una oportunidad para educar a los pequeños en esta fraternidad universal.

Este domingo la Iglesia nos invita a celebrar la Jornada de la Infancia Misionera. Se trata de convocar a los niños a vivir, a su manera, la vocación más radical de los cristianos: ser testigos de Cristo, ser misioneros. Una vocación que lleva a ampliar la mirada a toda la realidad que nos rodea; a ser más solidarios; a desear compartir con los demás las alegrías y la fe. El lema de la Jornada de este año quiere destacar, sobre todo, esta actitud fundamental para vivir y para ser cristiano: “Abre tus ojos a la misión”. Un lema que nos recuerda la necesidad de ampliar nuestros horizontes. Una propuesta en la que también los niños están llamados a ser protagonistas.

 

† Javier Salinas Viñals, Obispo de Tortosa

 

 09-01-2005

El Bautismo: nacer a una nueva vida”

 

La celebración de la solemnidad del Bautismo del Señor nos hace presente nuestro propio Bautismo. Todos nacemos a la vida cristiana el día que nos bautizan. Tal como nos recuerda el Apóstol S. Pablo, “Por el Bautismo fuimos sepultados con Él en la muerte, para que, así como Cristo fue resucitado de entre los muertos para la gloria del Padre, así nosotros también andemos en una vida nueva” (Rm.6,4-5). De esta manera se pone de manifiesto que el ser cristiano supone un nuevo nacimiento; una nueva posibilidad que quiere hacer de nuestra vida una imagen de Jesucristo; un don de Dios, que siempre nos ama primero, por el que nos hace partícipes de su vida.

Nuestra forma de pensar nos lleva a destacar lo que podemos hacer con nuestros medios. Si hablamos de la personalidad pensamos en aquel camino que cada uno tiene que recorrer para alcanzar su propio desarrollo. Siempre pendientes de nuestras posibilidades: lo que podemos disponer, concretar, realizar. Sin embargo, cuando hablamos del Bautismo nos referimos a una realidad distinta. No es lo que nosotros podemos hacer sino lo que Dios hace en nosotros; no es la dinámica del resultado final sino el nuevo nacimiento que configura nuestra vida: hijos de Dios a imagen de Jesús.

Hoy el Bautizo de niños es un tema debatido en la conciencia de muchas personas. ¿Por qué bautizar en la infancia?. El hecho de bautizar a un niño no supone una privación de su libertad, pues son los padres -que le han traído a la vida, que le enseñarán a hablar- quienes deciden que sus hijos entren a formar parte de su propia comunidad de fe. La Iglesia hace cristianos a los niños que todavía no pueden tener ni expresar una fe personal, apoyándose en la fe que proclama la comunidad cristiana junto con los padres y padrinos. Es un modo sorprendente de actuar, porque destaca la acción amorosa de Dios antes de la posible respuesta por parte del niño. De hecho, nadie se bautiza sino que es bautizado. Señal de que la vida nueva nos viene de Dios a través de un gesto que realiza alguien –la Iglesia- en su nombre.

Pero no basta con recibir un don. No basta con haber nacido, hay que dar una respuesta, el sí con el que cada uno se responsabiliza del don recibido. Sea cual sea la edad en que se reciba el Bautismo, el bautizado debe asumir el don de ser hijo de Dios, vivir como Jesús nos ha enseñado. Por esto, siempre será necesario un tiempo de formación para que la realidad del Bautismo vaya transformando la vida de quienes siguen a Jesucristo. Sin una respuesta libremente realizada, sin una formación que lleve a conocer y amar a Jesucristo, a servirle en los demás, el Bautismo quedará como una semilla sin fruto.

 

† Javier Salinas Viñals, Obispo de Tortosa

 

 02-01-2005

“No te dejes vencer por el mal, vence al mal a fuerza de bien” (Rm. 12,21)

 

     Como es tradicional, la Iglesia comienza el año nuevo con una invitación a la paz. Ningún bien más deseable que la paz y, sin embargo, parece a veces una meta verdaderamente inalcanzable. Los grandes conflictos que se viven hoy en Oriente o en África son la manifestación más visible y dura de la ambición que anida en algunos corazones, y que genera relaciones de injusticia de todo tipo.

También entre nosotros la violencia tiene sus manifestaciones. Se trata de conflictos entre hombre y mujer, del desprecio de la vida, de la marginación de los menos afortunados. No obstante, no podemos resignarnos. En el corazón de cada uno de nosotros existe la huella de paz para la cual Dios nos ha creado. Trabajar por la paz constituye una tarea ineludible para realizar nuestra vocación, a pesar de todos los fracasos y fragilidades. Una tarea que pasa necesariamente por una de las experiencias más fundamentales del ser humano: la vida en familia. Pues es ahí donde todos hemos nacido a la vida y al amor y donde aprendemos a reconocernos como hermanos, a vivir la solidaridad, a compartir alegrías y dificultades. Pero cuando la familia deja de ser un ámbito de vida y formación de personas, entonces, se hace más difícil vivir en paz. Hoy vemos con gran preocupación cómo se dan comportamientos de violencia en la familia, y también la falta de compromiso en la educación de los hijos. Mucho se habla de la familia, pero, realmente, los valores que prevalecen en nuestra sociedad, ¿la favorecen?.

Vivimos en una sociedad que promueve de forma particular los derechos individuales, que defiende que cada uno pueda hacer de su vida lo que crea conveniente. Llevado al extremo, parece que lo único que importa es la realización del yo. Sin embargo, aún siendo un valor, esto es algo que nos aleja no sólo de los valores propiamente familiares sino también de los valores sociales, pues sociedad implica convivencia. Vivir en familia es aprender a integrar nuestra propia personalidad en una comunidad de vida con otros; es aprender a ser libre amando a los demás, renunciando a algo de nosotros. Cuanto más se subrayan los derechos de cada uno, cuando más se antepone lo propio, más aumenta el riesgo de conflicto, pues la exigencia de lo que creemos que nos pertenece nos puede llevar al enfrentamiento. La vida en familia es un aprendizaje del compartir; del saber dar y recibir; del renunciar para que otro crezca; de intercambio mutuo. En la familia aprendemos la gran orientación de vida que construye la paz: vencer el mal, la propia ambición, a fuerza de bien. Es decir, de donación, de capacidad para caminar juntos a pesar de todo.

† Javier Salinas Viñals, Obispo de Tortosa