
Discurso del Cardenal Francis Arinze
Prefecto de la Congregación para el Culto divino y la disciplina de los Sacramentos
Conferencia litúrgica de Gateway
(St.
Louis, Misuri, 11 de noviembre de 2006)
1. La dignidad superior de la oración litúrgica
La Iglesia fundada por nuestro Dios y Salvador Jesucristo se esfuerza en reunir
a hombres y mujeres de cada raza, lengua, pueblo y nación (Cf. Ap. 5:9), para
que “todos reconozcan que Jesucristo es Señor para Dios Padre” (Fil. 2:11). En
el día de Pentecostés había hombres y mujeres" llegados desde todas las partes
del mundo” (Cf. Hch. 2:5), para escuchar a los Apóstoles que recordaban las
prodigiosas obras de Dios.
Esta Iglesia, este nuevo pueblo de Dios, este cuerpo místico de Cristo, reza. Su
oración pública es la voz de Cristo y la Iglesia su esposa; cabeza y miembros.
La liturgia es un ejercicio del magisterio sacerdotal de Jesucristo. En
ella, el culto público se realiza a través de toda la Iglesia, o sea, Cristo que
asocia a él sus miembros. “Con razón, pues, se considera la Liturgia como el
ejercicio del sacerdocio de Jesucristo. En ella los signos sensibles significan
y, cada uno a su manera, realizan la santificación del hombre, y así el Cuerpo
Místico de Jesucristo, es decir, la Cabeza y sus miembros, ejerce el culto
público íntegro. En consecuencia, toda celebración litúrgica, por ser obra de
Cristo sacerdotes y de su Cuerpo, que es la Iglesia, es acción sagrada por
excelencia, cuya eficacia, con el mismo título y en el mismo grado, no la iguala
ninguna otra acción de la Iglesia. (Sacrosanctum Concilium, 7). Del
sagrado manantial de la liturgia, todos nosotros que tenemos sed de las gracias
de la redención recogemos agua viva, (Cf. Jn 4:10).
La conciencia que Jesucristo es el sumo sacerdote en cada acto litúrgico debería
infundirnos una gran reverencia. Como afirma San Agustín: "Reza por nosotros,
reza en nosotros, y a quien nosotros rezamos; reza por nosotros como nuestro
sacerdote, reza en nosotros como nuestro jefe, y nosotros le rezamos a Él como a
nuestro Dios: reconozcamos, por lo tanto, en Él nuestra voz y en nosotros la
suya” (Enarratio in Psalmum, 85; CCL 39, 1176).
2. Distintos ritos en la Iglesia
En la sagrada liturgia, la Iglesia celebra los misterios de Cristo a través de
signos, símbolos, gestos, movimientos, elementos materiales y palabras. En
nuestra reflexión nos concentraremos en las palabras usadas en la adoración
divina de rito romano o latino. Los elementos claves de la liturgia sagrada, los
siete sacramentos, vienen de nuestro Señor: el mismo Jesús Cristo. A medida que
la Iglesia se difundía y crecía entre pueblos y culturas diferentes, se
desarrollaron distintas maneras para celebrar los misterios de Cristo. Podemos
localizar cuatro ritos originales: antioquiano, alejandrino, romano y galiciano.
Ellos dieron vida a nueve rituales principales en la actual Iglesia católica. En
la Iglesia latina domina el rito romano y entre las iglesias orientales
encontramos el rito bizantino, armenio, caldeo, copto, etíope, malabar, maronita
y sirio. Cada "rito" representa una mezcla de liturgia, teología, espiritualidad
y derecho canónico. Las características fundamentales de cada rito remontan a
los primeros siglos, los rasgos esenciales podrían pertenecer incluso a la época
de nuestro Señor.
El rito romano, que es objeto de nuestra reflexión, en su época moderna, como
hemos dicho, es la expresión litúrgica predominante de la cultura eclesiástica
llamada por nosotros rito latino. Como sabréis, dentro de la archidiócesis de
Milán está en uso un "rito hermano" que toma el nombre de San Ambrosio, el gran
Obispo de Milán: el ritual "ambrosiano". En algunos sitios y en ciertas
ocasiones especiales en España, la liturgia se celebra según un antiguo rito
hispánico o mozárabe. Éstos representan dos venerables excepciones de las cuales
no nos ocuparemos en esta sede.
La Iglesia de Roma utilizó desde el inicio el ritual griego. Sólo gradualmente
se introdujo el rito latino hasta que, en el siglo IV, la Iglesia de Roma fue
latinizada definitivamente (Cf. A. G. Martimort y.; La Iglesia en Oración,
Collegeville, 1992, LOS, p. 161-165.)
El rito romano se difundió ampliamente en la que hoy llamamos Europa occidental
y en los continentes evangelizados principalmente por misioneros europeos en
Asia, África, América y Oceanía. Hoy, debido a la mayor facilidad de
movilización de las personas, hay católicos de otros ritos (generalmente
llamadas Iglesias orientales), en todos estos continentes.
La mayor parte de estos ritos posee una lengua original, que da también
a cada rito la propia identidad histórica. El rito romano tiene el latín como
lengua oficial. Las ediciones típicas de sus libros litúrgicos siempre han sido
publicadas en latín hasta la actualidad.
Un fenómeno importante es el hecho que muchas religiones del mundo o sus
principales ramificaciones, adopten una lengua preferida. No podemos pensar en
la religión hebrea sin pensar en la lengua hebrea. El Islam tiene al árabe como
lengua sagrada en el Corán. El hinduismo clásico considera el sánscrito como
lengua oficial, el Budismo tiene sus propios textos sagrados en Pali.
Sería superficial de nuestra parte considerar esta tendencia como algo
esotérico, extraño o fuera de moda, viejo o medieval. Significaría ignorar un
sutil elemento de la psicología humana. En las cuestiones religiosas, las
personas tienden a conservar lo que han recibido en sus orígenes, el modo en que
sus predecesores han articulado la misma religión y rezado. Las palabras y las
fórmulas usadas por las primeras generaciones son queridas por los que hoy las
heredan. Si bien es cierto que no se puede identificar una religión por
una lengua, la manera con la cual ésta se expresa puede representar una unión
afectiva con una particular expresión lingüística en uso en su clásico período
de crecimiento.
3. Ventajas del latín en la liturgia romana
Como anteriormente dicho, en el siglo IV, el latín ya había sustituido el griego
como lengua oficial de la Iglesia de Roma. Entre los Padres latinos más
importantes de la Iglesia que escribieron de manera extensiva y bella en latín
están San Ambrosio (339-397), San Agustín de Hipona (354-430), San León Magno (+
461) y el Papa Gregorio Magno (540-604). Papa Gregorio en particular, llevó el
latín a los máximos resplandores en la liturgia sagrada, en sus sermones y en el
empleo general de la Iglesia.
La Iglesia de rito romano mostró un excepcional dinamismo misionero. Esto
explica porque gran parte del mundo fue evangelizada por los heraldos del rito
latino. Muchas lenguas europeas que hoy consideramos modernas tienen sus propias
raíces en la lengua latina, algunas más que otras. Ejemplos son el italiano, el
español, el rumano, el portugués y el francés. Pero también el inglés y el
alemán poseen muchos elementos de latín.
Los papas y la Iglesia romana encontraron el latín muy apropiado por
muchas razones. Es la lengua justa para una Iglesia que es universal, una
Iglesia en la cual todos los pueblos, lenguas y culturas deberían sentirse en
casa, y nadie sea considerado extranjero. Además, la lengua latina tiene una
cierta estabilidad, respecto a las lenguas habladas cotidianamente, en las
cuales las palabras cambian matices de sentido, no apropiado. Un
ejemplo es la traducción del latín "propagare". La Congregación para la
evangelización de los Pueblos, cuando fue fundada en el 1627 fue llamada
"Sagrada Congregación de Propaganda Fide". Pero a la época del Concilio Vaticano II muchas lenguas modernas usaron el término "propaganda" en el sentido en que
nosotros entendemos la "propaganda política". Por tanto en la Iglesia se
prefiere hoy evitar la expresión de “propaganda fide", a favor de la
“Evangelización de los pueblos”. El latín tiene la característica de poseer
palabras y expresiones que mantienen su sentido de generación en generación.
Ésta es una ventaja cuando se trata de articular nuestra fe católica y preparar
documentos papales u otros textos de la Iglesia. También las modernas
universidades aprecian esta característica y algunos de sus títulos solemnes
están en latín.
El Beato Papa Juan XXIII en su Constitución Apostólica, Veterum Sapientia,
publicada el 22 de febrero de 1962, da estas dos razones y provee una tercera.
La lengua latina tiene una nobleza y una dignidad no irrelevante,
Cf. Veterum Sapientia, 5, 6, 7. Podemos añadir que el latín es conciso, preciso
y poéticamente mesurado. ¿No es admirable que personas, especialmente clérigos,
bien formados puedan encontrarse en reuniones internacionales y ser capaces
de comunicar entre ellos al menos en latín? Lo que es más importante, es quizás
que poco más de un millón de jóvenes se haya podido encontrar el Día Mundial de
la Juventud en Roma en el 2000, en Toronto en el 2002 y en Colonia en el 2005, y
cantar partes de la Misa, y especialmente el Credo, en latín. Los teólogos
pueden estudiar los textos originales de los primeros Padres latinos y de los
escolásticos sin demasiadas dificultades porque estos textos han sido escritos
en latín.
Es verdad que encontramos la tendencia, sea dentro de la Iglesia como en el mundo
en general, a prestar más atención a las lenguas modernas como el inglés, el
francés y el español, que pueden ayudarnos a encontrar más velozmente un trabajo
en el moderno mercado del trabajo o al Ministerio de los Asuntos Exteriores de
un país. Pero la exhortación del Papa Benedicto XVI a los estudiantes de la
facultad de letras clásicas y cristianas de la Pontificia Universidad Salesiana
de Roma, al final de la audiencia general del miércoles del 22 de febrero de
2006, mantiene su validez y relevancia. ¡Y la pronunció en latín! Seguidamente
daré una traducción libre en inglés: “justamente nuestros predecesores
insistieron sobre el estudio de la gran lengua latina de modo que se pudiera
aprender mejor la doctrina salvadora que se encuentra en las disciplinas
eclesiásticas y humanísticas. De la misma manera os invitamos a cultivar esta
actividad de modo que el mayor número de personas posible pueda tener acceso a
este tesoro y apreciar su importancia" (Cf. Osservatore Romano, 45, 23
feb. 2006, p.5).
"La acción litúrgica reviste una forma más noble cuando los oficios
divinos se celebran solemnemente con canto” (Sacrosanctum Concilium
113). Hay un viejo dicho: bis orat qui bene cantat, que quiere decir, "el que
canta (bien) reza dos veces." Esto porque la intensidad que el rezo adquiere
cuando es cantado, aumenta su ardor y multiplica su eficacia (Cf. Paulo VI:
Discurso a la Schola Cantorum italiana el 25 sept. 1977, Notitiae 136 (nov.
1997), p. 475.
La buena música ayuda a promover la oración, a elevar los ánimos de los fieles a
Dios y a dar a las personas una prueba de la bondad de Dios.
En el rito latino aquello que se conoce como canto gregoriano siempre ha
sido tradicional. Un canto litúrgico característico existió en realidad en Roma
antes de San Gregorio Magno (+ 604). Pero ha sido éste gran pontífice quien ha dado a
este canto la más grande prominencia. Después de San Gregorio esta tradición del
canto continuó desarrollándose y enriqueciéndose hasta los acontecimientos que
pusieron punto final a la Edad Media. Los monasterios, especialmente los de la
orden benedictina, han hecho mucho para preservar esta herencia.
El canto gregoriano se caracteriza por una cadencia meditativa emocionante. Toca
la profundidad del ánimo. Traduce alegría, pena, arrepentimiento, súplica,
esperanza, alabanza o agradecimiento, como puede asimismo indicar una fiesta
particular, parte de la Misa u otro ruego. Da vivacidad a los Salmos. Posee un
atractivo universal que lo adapta a todas las culturas y a todos los pueblos. Es
apreciado en Roma, Solesmes, Lagos, Toronto y Caracas. Resuena en las
catedrales, en los seminarios, en los santuarios, en los centros de
peregrinación y en las parroquias tradicionales.
El Santo Papa Pío X celebró el canto gregoriano en el 1904 (Tra le Sollecitudini,
3). El Concilio Vaticano II lo exaltó en el 1963: La Iglesia reconoce el
canto gregoriano como el propio de la liturgia romana; en igualdad de
circunstancias, por tanto, hay que darle el primer lugar en las acciones
litúrgicas. (Sacrosanctum Concilium) 116. El Siervo de Dios, Juan Pablo
II repitió esta alabanza en el 2003 (Cf. Quirógrafo por el centenario de Tra le
Sollecitudini, 4-7; en Cong. para el culto divino y la disciplina del
sacramento: Spiritus et Sponsa, 2003, p. 130). El Papa Benedicto XVI animó la
asociación internacional de los Pueri Cantores en ocasión del encuentro en Roma
a fines del 2005, que asigna un lugar privilegiado al canto gregoriano. En Roma
y en todo el mundo la Iglesia es bendecida con muchos coros importantes, sean
profesionales como amateurs, interpretan en modo bellísimo el canto, y por ello
comunican su entusiasmo.
No es verdad que los fieles laicos no quieren cantar el canto
gregoriano. Lo que desean es que los sacerdotes, los monjes y las religiosas
compartan este tesoro con ellos. Los CD producidos por los monjes
benedictinos de Silos, desde su casa general hasta Solesmes y de muchas otras
comunidades son muy vendidos entre los jóvenes. Los monasterios son visitados
por personas que quieren cantar laudes y especialmente vísperas. En el curso de
una ceremonia de la ordenación de once sacerdotes que he celebrado en Nigeria el
pasado julio, unos 150 sacerdotes han cantado la primera plegaria eucarística en
latín. Ha sido muy bonito. Los fieles presentes, aunque no fueron escolásticos
latinos, la han apreciado muchísimo. Debería ser normal que en las parroquias
dónde hay cuatro o cinco misas el domingo una de estas misas sea cantada en
latín.
5. ¿El Vaticano ha desanimado el utilizo del latín?
Algunos piensan, o tienen la impresión que el Concilio Vaticano II haya
desanimado el utilizo del latín en la liturgia. No es así.
Poco antes de abrir el concilio, el beato papa Juan XXIII en el 1962 escribió
una Constitución apostólica, para insistir sobre el empleo del latín en la
Iglesia. El concilio Vaticano II, aunque haya admitido una cierta introducción
de la lengua vulgar, insistió sobre la importancia del latín: “Se conservará el
uso de la lengua latina en los ritos latinos, salvo derecho particular” (Sacrosanctum
Concilum) 36. El Concilio también les solicitó a los seminaristas que
"(…) deben además adquirir tal conocimiento de la lengua latina que puedan
entender y usar las fuentes de muchas ciencias y los documentos de la Iglesia"
(Optatam Totius 13). El código de Derecho Canónico publicado en el 1983
decreta: "La celebración eucarística hágase en lengua latina, o en otra lengua
con tal que los textos litúrgicos hayan sido legítimamente aprobados” (Canon
928).
Por lo tanto, aquellos que quieren dar la impresión de que la Iglesia haya
querido sacar el latín de la liturgia se equivocan. Una manifestación de la
aceptación de la liturgia latina bien celebrada por parte de las personas se ha
tenido a nivel mundial en abril del 2005, cuando millones de personas siguieron
en televisión las exequias de Papa Juan Pablo II y, dos semanas después, la misa
de entronización del Papa Benedicto XVI.
Es importante el hecho de que los jóvenes acepten con gusto la Misa celebrada a
veces en latín. Ciertamente los problemas no faltan. También hay malentendidos o
enfoques equivocados de parte de los sacerdotes sobre el empleo del latín. Pero
para centrar mejor la cuestión, es necesario antes examinar hoy el empleo del
idioma vernáculo en la liturgia del rito romano.
6. La lengua vulgar. Introducción. Difusión. Condiciones.
La introducción de las lenguas locales en la sagrada liturgia de rito latino no
fue un fenómeno que se desarrolló de modo repentino. Después de la parcial
experiencia adquirida en algunos países en los años precedentes, ya el 5 y el 6
de diciembre de 1962, después de largos debates a veces muy encendidos, los
Padres del Concilio Vaticano II adoptaron el principio según el cual el empleo
de la lengua madre, en la Misa o en otras partes de la liturgia, a menudo podía
ser una ventaja para las personas. El año siguiente el Concilio votó la
aplicación de este principio a la Misa, al ritual y a la Liturgia de las Horas
(Cf.. Sacrosanctum Concilium, 36, 54, 63, B0, 76, 78, 101).
Luego, siguió un empleo más extenso del idioma vernáculo. Pero como si los
Padres del Concilio hubieran previsto la posibilidad que el latín perdiera cada
vez más terreno, insistieron para que se mantenga la lengua latina.
Como ya citado, el artículo 36 de la Constitución de la Sagrada Liturgia empieza
con decretar que "El empleo de la lengua latina, salvo derechos particulares, se
conserve en los ritos latinos. El artículo 54 dictó los pasos a seguir para
“permitir a los fieles de recitar o cantar juntos, también en lengua latina, las
partes de la misa que le corresponden". En la celebración de la Liturgia de las
Horas, según la tradición secular del rito latino, se pide a los clérigos de
mantener la lengua latina." (SC, 101.)
Pero incluso estableciendo límites, los Padres del Concilio adelantaron la
posibilidad de un empleo más extenso del vulgar. Efectivamente el artículo 54
añade: “Si en algún sitio parece oportuno el uso más amplio de la lengua
vernácula, cúmplase lo prescrito en el artículo 40 de esta Constitución”. El
artículo 40 da normas sobre el papel de las conferencias episcopales y la Sede
Apostólica sobre una materia tan delicada. El vernáculo había sido introducido.
El resto es historia. Los desarrollos fueron tan rápidos que hoy algunos
clérigos, religiosos y fieles laicos no son conscientes del hecho que el
Concilio Vaticano II no introdujo la lengua vulgar en todas las partes de la
liturgia.
Pedidos y extensiones del empleo del idioma vernáculo no se hicieron esperar.
Sobre esta urgente solicitud de algunas conferencias episcopales, el Papa Pablo VI primero autorizó la celebración del Prefacio de la Misa en vernáculo (Cf.
Carta del Cardenal Secretario de Estado, 27 de abril de 1965), luego del Canon
entero y de las oraciones de ordenación en 1967. Por fin, el 14 de junio de
1971, la Congregación para el Culto Divino mandó una comunicación en la cual se
afirmaba que las Conferencias Episcopales podrían autorizar el empleo del idioma
vernáculo en todos los textos de la misa, y cada ordinario podía dar la misma
autorización para la celebración coral o privada de la Liturgia de las Horas
(sobre todo el desarrollo ver A. G. Martimort: El diálogo entre Dios y su
pueblo, en A.G. Martimort: La Iglesia en oración, I.p. p.166).
Las razones de la introducción de la lengua madre no son difíciles de buscar.
Ella promueve una mejor comprensión de lo que reza la Iglesia, ya que es
ardiente deseo de la madre Iglesia que todos los fieles sean formados a aquella
plena, consciente y activa participación a las celebraciones litúrgicas, que es
solicitada por la naturaleza misma de la liturgia…. (y a la cual) el pueblo
cristiano tiene derecho y deber en fuerza del bautismo (SC 14).
Al mismo tiempo, no es difícil imaginar cuan complicado y delicado es el trabajo
de traducción. Aún más difícil es la cuestión de la adaptación y inculturación,
especialmente cuando pensamos en el carácter sagrado de los rituales
sacramentales, la tradición secular del rito latino y la estrecha unión entre fe
y culto verificable en la antigua fórmula: lex orandi lex credendi.
Pasamos ahora a la espinosa cuestión de las traducciones en vernáculo de la
liturgia.
7. Las traducciones en lengua vernácula
La traducción de textos litúrgicos del original latino en las distintas lenguas
vernáculas es un elemento muy importante en la vida de oración de la Iglesia. No
es una cuestión de oración privada, sino de oración pública ofrecida por la
Santa Madre Iglesia, que tiene su Cabeza en Cristo. Los textos latinos han sido
preparados con gran cuidado por la doctrina, una exacta dicción "libre de
cualquier influencia ideológica y que posee aquellas cualidades por las cuales
los sagrados misterios de la salvación y la indefectible fe de la Iglesia son
transmitidas eficazmente a través del lenguaje humano de la oración, y la digna
adoración ofrecida al Altísimo (Liturgiam Authenticam) 3. Las palabras usadas en
la sagrada liturgia manifiestan la fe de la Iglesia y son conducidas por ella.
La Iglesia por lo tanto necesita tener mucho cuidado en dirigir, preparar y
aprobar las traducciones, de modo que ninguna palabra impropia de la liturgia, o
palabra puesta por un individuo que busque un objetivo propio o que
sencillamente no sea consciente de la seriedad de los rituales sea introducida.
Por lo tanto las traducciones deberían ser fieles al texto original latino. No
deberían ser libres composiciones. Como lo remarca la Liturgiam Authenticam el
principal documento de la Santa Sede, que provee normas sobre las traducciones:
la traducción de los textos litúrgicos de la liturgia romana no es un
trabajo de innovación creativa sino que se trata sobre todo de traducir los textos
originales con fidelidad y esmero a las lenguas vulgares", n. 20.
El genio del rito latino debería ser respetado. La triple repetición es una de
sus características. Algunos ejemplos son: "mea culpa, mea culpa, mea maxima
culpa"; Kirie Eleison, Christe eleison, Kirie eleison", "Agnus Dei qui tollis…",
tres veces. Un atento estudio del "Gloria in Excelsis Deo” hace asimismo ver
trilogías. Las traducciones no deberían eliminar o disminuir tal característica.
La liturgia latina expresa no solo hechos sino también sentimientos,
sensaciones, por ejemplo, frente a la trascendencia de Dios, a su majestad, su
misericordia y amor infinito (cf. Liturgiam Authenticam), 25.
Expresiones como “Te igitur, clementissime Pater", "Supplices te rogamus", "Propitius
esto", "Veneremur cernui", "Omnipotens et misericors Dominus", "Nos sirves tui",
no deberían ser ahuecadas o democratizadas por una traducción iconoclasta.
Algunas de estas expresiones latinas son difíciles de traducir. Se
necesitan los mejores expertos de liturgia, clásicos, patrología, teología,
espiritualidad, música y literatura en modo tal que se elaboren traducciones que
resulten bellas sobre los labios de la santa Madre Iglesia. Las traducciones
deberían reflejar reverencia, gratitud y adoración ante la majestad
trascendental de Dios, ante el hambre hacia Dios de parte del hombre que en los
textos latinos son muy claras. El papa Benedicto XVI en su Mensaje a la reunión
del comité inglés del "Vox Clara" el 9 de noviembre de 2005, habla de
traducciones que "lograrán transmitir los tesoros de la fe y la tradición
litúrgica en el contexto específico de una celebración eucarística devota y
reverente" (In Notitiae, 471-472, nov-dic 2005, p. 557.)
Muchos textos litúrgicos son ricos de expresiones bíblicas, señales y símbolos.
Ellos poseen modelos de oración que remontan a los Salmos. El traductor no puede
ignorar esto.
Una lengua hablada hoy por millones de personas tendrá sin duda muchos matices y
variaciones. Hay una diferencia entre el inglés utilizado en la Constitución de
un país, aquel hablado por el Presidente de una República, la lengua
convencional de los trabajadores de puerto o aquel de los estudiantes o la
conversación entre padres y niños. El modo de expresarse no puede ser el mismo
en todas estas situaciones, aunque todas usan el inglés. ¿Qué forma
deberían adoptar las traducciones litúrgicas? Sin duda el vernáculo litúrgico
debería ser inteligible, fácil de proclamar y de entender. Al mismo tiempo
debería ser decoroso, sobrio, estable y no sujeto a cambios frecuentes. No
tendría que dudar en emplear algunas palabras no usadas habitualmente en el
lenguaje cotidiano o palabras que son asociadas con la fe y al culto católico.
Pues debería decir cáliz y no sencillamente copa, patena y no plato, tabernáculo
y no recipiente, sacerdote y no celebrante, hostia sagrada y no pan consagrado,
hábito y no vestido. Por lo tanto la Liturgiam Authenticam afirma:
mientras la traducción tiene que transmitir el tesoro perenne de oraciones a
través de un lenguaje comprensible en el contexto cultural por la cual ella se
entiende, … no debería sorprender que tal lengua difiera en alguna manera del
modo de hablar cotidiano", (n. 47).
La inteligibilidad no debería querer decir que cada palabra tiene que ser
entendida inmediatamente por todos. Miremos atentamente al Credo. Es un
"símbolo, una declaración solemne que resume nuestra fe. La Iglesia ha tenido
que convocar algunos Consejos Generales para una exacta articulación de algunos
artículos de nuestra fe. No todos los católicos en misa entienden enseguida y
completamente algunas formas litúrgicas católicas como la encarnación, la
Creación, Pasión, Resurrección, de la misma sustancia del Padre, que procede del
Padre y del Hijo, transustanciación, presencia real y Dios omnipotente. Esto no es
una cuestión de inglés, francés, italiano, hindú o suahili.
Los traductores no deberían volverse unos iconoclastas que destruyen o
perjudican a medida que traducen. No todo puede ser explicado durante la
liturgia. La liturgia no agota la entera acción de la Iglesia. (Cf.
Sacrosanctum Concilium, 9.). Se necesita también teología, catequesis y
predicación. Y también cuando se ofrece una buena catequesis, un misterio de
nuestra fe permanece un misterio.
En realidad podemos decir que la cosa más importante en el culto divino
no es entender cada palabra o concepto. No. La consideración más importante es
que nos encontramos en una actitud de reverencia y temor frente a Dios, que
adoramos, alabamos y agradecemos. Lo sagrado, las cosas de Dios, se deben
afrontar sin ideas preconcebidas.
En la oración, la lengua es ante todo un contacto con Dios. Sin duda la lengua
también sirve para una comunicación inteligible entre seres humanos. Pero el
contacto con Dios tiene la prioridad. En la mística, tal contacto con Dios se
acerca y a veces alcanza lo inefable, el silencio místico dónde cesa el
lenguaje.
No sorprende pues que el lenguaje litúrgico difiera de algún modo de
nuestro lenguaje cotidiano. El lenguaje litúrgico trata de expresar la oración
cristiana en la que se celebran los misterios de Cristo.
Para que se puedan reunir estos distintos elementos necesarios para producir
buenas traducciones litúrgicas, permitidme citar el discurso del Papa Juan Pablo
II a los obispos americanos procedentes de California, Nevada y Hawai durante la
visita que realizaron a Roma en 1993. El papa les pedía de preservar toda la
integridad doctrinal y la belleza de los textos originales. Una de
nuestras responsabilidades en relación a esto es tener disponibles traducciones
adaptadas de los libros litúrgicos oficiales de modo que, en consecuencia de la
revisión y la confirmación por parte de la Santa Sede, puedan ser instrumentos y
garantías de una participación auténtica en el misterio de Cristo y la Iglesia.
Lex orandi, lex credendi. La tarea ardua de la traducción tiene que lograr
mantener la plena integridad doctrinal y, según el genio de cada lengua, la
belleza de los textos originales. De modo tal que cuando muchas personas están
sedientas del Dios viviente, cuya majestad y misericordia están en el corazón de
la oración litúrgica, la Iglesia tiene que responder con una lengua de alabanza
y culto que exalte el respeto y la gratitud por la grandeza de Dios, su
compasión y su poder. Cuando los fieles se reúnen para celebrar la obra de
nuestro Redentor, el lenguaje de la oración, libre de ambigüedades doctrinales o
de influencias teológicas, debería exaltar la dignidad y la belleza de la
celebración misma, expresando fielmente la fe de la Iglesia y la unidad.
(En Enseñanzas de Juan Paolo II, XVI, 2 (1993) p. 1399-1400.)
De estas consideraciones, se deriva que la Iglesia tiene que ejercer una atenta
autoridad sobre las traducciones litúrgicas. La responsabilidad por la
traducción de los textos corresponde a la Conferencia episcopal que somete las
traducciones a la Santa Sede para el necesario recognitio (Cf. SC 36; C.I.C.
Canon 838; Lit. Authenticam, 80).
Se sigue que ningún individuo, ni siquiera un sacerdote o un diácono, tienen la
autoridad para cambiar la traducción aprobada en la liturgia sagrada.
Esto es también sentido común. Pero a veces notamos que el sentido común no es
muy difuso. Por lo tanto el Decreto Redemptionis Sacramentum ha tenido que decir
expresamente que "Cese la práctica reprobable de que sacerdotes, o
diáconos, o bien fieles laicos, que cambian y varían a su propio arbitrio, aquí
o allí, los textos de la sagrada Liturgia que ellos pronuncian. Cuando hacen
esto, convierten en inestable la celebración de la sagrada Liturgia y no
raramente adulteran el sentido auténtico de la Liturgia" Red.
Sacramentum, 59; Cf. también Instrucción General sobre el Misal Romano n. 24).
8. ¿Qué se espera de nosotros?
Para concluir estas reflexiones, podemos preguntarnos qué se espera de nosotros.
Tendríamos que poner lo mejor de nosotros para apreciar la lengua que la Iglesia
usa en la liturgia y unir nuestros corazones y nuestras voces, siguiendo las
indicaciones de cada rito litúrgico. No todos saben el latín, pero los
fieles laicos pueden al menos aprender las respuestas más simples en latín. Los
sacerdotes tendrían que prestar más atención al latín, celebrar de vez en cuando
una misa en latín. En las grandes iglesias donde se celebran muchas misas el
domingo o en los días festivos, ¿por qué no celebrar una de estas misas en
latín? En las parroquias rurales una misa latina tendría que ser posible,
digamos una vez al mes. En las asambleas internacionales, el latín se pone aún
más urgente. De ello se deriva que los seminarios deberían prestar atención en
preparar y formar a los sacerdotes también al latín (Cf. Octubre 2005
Sínodo de los Obispos, Prop. 36.)
Todos los responsables de las traducciones en lengua vulgar deberían esforzarse
de proveer lo mejor, siguiendo la guía de los documentos de la Iglesia,
especialmente el Liturgiam Authenticam. La experiencia enseña que no es
superfluo observar que los sacerdotes, los diáconos y todos los que proclaman
los textos litúrgicos, deberían leerlos con claridad y con la debida reverencia.
La lengua no es todo. Pero es uno de los elementos más importantes que necesitan
atención para realizar buenas celebraciones que sean bellas y ricas de fe.
Es un honor para nosotros ser parte de la voz de la Iglesia en la oración
pública. Qué la Bienaventurada Virgen María, Madre del Verbo hecho carne cuyos
misterios celebramos en la sagrada liturgia, consiga para todos nosotros la
gracia de poner nuestra parte para participar con el canto en las alabanzas al
Señor sea en latín como en vernáculo.