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San Juan Bautista de la Salle
EL ESPÍRITU DE FE
* Por el P. Royo Marín
I. En qué consiste el espíritu de fe
El espíritu de fe consiste en tener una convicción tan viva y profunda de las verdades reveladas por Dios, que nos haga vivir continuamente en una atmósfera sobrenatural, haciéndonos perder, por decirlo así, el instinto de lo humano para guiarnos en todo por el instinto de lo divino. Así como nuestra alma es el principio vital de nuestro cuerpo, el espíritu de fe es el principio que informa todas las actividades del alma que lo posee.
El espíritu de fe no se traduce tan sólo en algunos actos pasajeros, aunque sean muy frecuentes; consagra todo el conjunto de la vida del cristiano, haciendo circular el espíritu de Jesucristo en todos sus pensamientos, palabras, acciones y afectos, apoderándose de todo su ser, penetrándolo y transformándolo. Cuando nos dejamos llevar y dirigir por este soplo divino, somos verdaderamente hijos de Dios, según el oráculo de San Pablo: <<Los que son movidos por el Espíritu de Dios, ésos son hijos de Dios>> (Rom 8,14). El hombre de fe, el hombre justo, el hijo de Dios, está animado por el Espíritu Santo, que es el espíritu de Jesucristo. Ya no es el hombre quien vive, es Cristo quien vive en él ( cf. Gal 2,20 ). Es el mismo Cristo el que piensa, habla y obra en él. ¡Qué dignidad, qué mérito, qué santidad la del hombre de fe! Separada del espíritu que la vivifica y la hace obrar santamente, la fe es un cuerpo sin alma, una fe muerta, como repite con insistencia el Apóstol Santiago (Iac 2,17.20.26).
Vivir de fe significa mirar todas las cosas naturales y sobrenaturales como las ve el mismo Dios, desde el punto de vista de Dios, que nos es conocido por la divina revelación. Es considerar los honores y los oprobios, la pobreza y las riquezas, los placeres y los sufrimientos, etc., no a la luz de nuestra pobre razón ni de las falsas máximas del mundo, sino a la luz infalible de la verdad revelada, que nos hace ver y juzgar todas las cosas como las ve y las juzga el mismo Dios. De donde hay que concluir que, si la simple posesión de la fe es común entre cristianos, el espíritu de fe es desgraciadamente muy raro aun entre religiosos. S i no tuviéramos fe, nada haríamos en orden a nuestra santificación; pero si tuviéramos una fe viva, ¿haríamos tan poco como hacemos? Si no tuviéramos fe, no nos acercaríamos nunca a comulgar; pero si tuviéramos una fe viva, ¿serían tan frías y distraídas nuestras comuniones en medio de las llamas del corazón de Cristo?
El espíritu de fe nos santifica interiormente, poniendo la verdad en nuestros pensamientos, la santidad en nuestros afectos y el mérito en nuestras acciones por muy insignificantes que sean en sí mismas.
a) PONE LA VERDAD EN NUESTROS PENSAMIENTOS
San Pedro compara la fea una <<lámpara que luce en un lugar tenebroso hasta que luzca el día y el lucero se levante en nuestros corazones>> (2Petr 1,19). Cuando amanezca el gran día de la eternidad, su luz resplandeciente absorberá la luz de la fe, porque es de menor intensidad; pero hasta que ese día llegue permanecemos en las tinieblas. ¿Qué le pasaría a un hombre que tuviera que caminar en plena noche sin luz alguna por un camino bordeado de precipicios? Unas veces tomaría las sombras por realidades, temblando donde nada había que temer, y otras avanzaría tranquilo y confiado al borde de un abismo, precipitándose en él cuando creía poner el pie en lugar firme y seguro. He aquí la triste imagen de un gran número de cristianos y de religiosos imperfectos, cuya fe vacilante apenas irradia algunos pálidos reflejos sobre el camino que pisan. Nada tiene de extraño que sufra tantas caídas y vivan con tanta ceguera espiritual. Algunos llegan a considerar como un bien lo que en realidad es un mal, y se regocijan cuando debieran llorar. ¡Qué distintos a aquellos que llevan siempre en las manos la antorcha de la fe y se dirigen por su claridad divina! Están al abrigo de todo error en materia de salvación. Aprecian todas las cosas en lo que en realidad valen y las ven tal como en realidad son, porque las ven a la luz divina y, por decirlo así, con los ojos mismos de Dios.
b) SANTIFICA NUESTROS AFECTOS
Como la inteligencia es quien produce en el corazón los sentimientos- nadie desea lo desconocido-, si nuestros conocimientos, unidos por la fe a los de Dios, participan de su infalible verdad, nuestros sentimientos, brotando de la misma fuente que los suyos, participarán de su infinita santidad. Amaremos lo mismo que Él ama y precisamente porque lo ama; despreciaremos lo que Él desprecia, etc. Amor y odio, temor y deseos, todo estará en nosotros en perfecto orden. Por eso la fe purifica el corazón (Act 15,9) y lo santifica, al mismo tiempo que preserva al espíritu de todo error funesto. La fe nos descubre la nada de las criaturas, y aparta nuestro afecto de ellas; nos hace entrever el todo de Dios y nos aficiona a este Bien supremo, en lo cual consiste toda nuestra salud espiritual Podemos decir con el real profeta David en el más verdadero de los sentidos: <<El Señor es mi luz y mi salvación>> (Ps 26,1)
c) HACE MERITORIAS TODAS NUESTRAS ACCIONES
El espíritu de fe hace meritorias todas nuestras acciones, por pequeñas e insignificantes que sean en sí mismas. Porque las acciones son producidas por los pensamientos y los afectos y, por lo mismo, reciben todo su valor del principio de donde emanan: <<Si la raíz es santa, también las ramas>> (Rom 11,16)
San Pablo hace resaltar admirablemente la diferencia entre dos cristianos, uno de los cuales se guía por la fe en toda su conducta y el otro no sigue sino los movimientos de su naturaleza. El fundamento de sus obras, en cuanto cristianos, es el mismo, ya que <<nadie puede poner otro fundamento sino el que ya está puesto, que es Jesucristo>> (1 Cor 3,11). Pero mientras que el hombre de fe levanta su edificio sobre este fundamento divino a base de los más ricos materiales, oro, plata, piedras preciosas, el otro no emplea en su frágil construcción sino madera, heno y paja ligera. ¡Qué magnífica recompensa aguarda al primero y qué desoladora decepción espera al segundo! La justicia de Dios, como un fuego devorador, probará esas obras. Las de la fe y la caridad brillarán como el oro que ha pasado por el crisol; pero nada quedará de aquellas que no tuvieron otro motivo que la naturaleza y la vanidad:
<<En su día el fuego revelará y probará cuál fue la obra de cada uno. Aquél cuya obra subsista recibirá el premio, y aquel cuya obra sea consumida sufrirá el daño>> (1Cor 3,13-14).
Todo es meritorio en la vida del justo, precisamente porque vive de la fe. Si hace oración es en espíritu de fe; si habla, si lee, si escribe, es en espíritu de fe; si alimenta su cuerpo o concede algún descanso a su inteligencia, es siempre en espíritu de fe. Todos los acontecimientos de la vida, agradables o dolorosos: la salud, la enfermedad, el honor, el menosprecio…, todo es dirigido por él al término de la fe. Y así aumenta sin cesar el tesoro de sus merecimientos: todas sus obras son obras de santificación, precisamente porque todas ellas provienen de la fe.
2. Eficacia del espíritu de fe
a) OMNIPOTENCIA SOBRE EL CORAZÓN DE DIOS
La fe viva es capaz de trasladar las montañas y obtener de Dios cualquier gracia que se le pida, por grande e imposible que parezca; con tal, naturalmente, que sea para mayor gloria de Dios y bien de las almas.
b) OMNIPOTENCIA SOBRE EL CORAZÓN DEL HOMBRE
Porque ella, en efecto obra con tanta fuerza sobre nuestra voluntad, que nos eleva por encima de nosotros mismos y nos hace rebasar, en cierto modo, las fronteras de lo imposible. ¿Qué puede haber de más fascinador que los motivos que la fe viva nos presenta? Unas veces nos arrastra por el temor, y sus amenazas son tan terribles, que bastan para sojuzgar y encadenar nuestras pasiones. Un Dios enemigo, un Dios vengador, una muerte de réprobo, un infierno eterno: ¿cómo no temblar de espanto? Y para escapar a un destino tan espantoso, ¿cómo no encontrar dulces las penas de la vida virtuosa, las austeridades de la penitencia? Otras veces la fe viva nos alienta y estimula con la esperanza cristiana, a cuya certeza nada falta, como tampoco la magnificencia de sus promesas. Torrentes de delicias, un reino de gloria, una felicidad que nada dejará que desear, nada que temer. A la vista de tamaña perspectiva, el corazón se inflama y nos olvidamos por completo de los trabajos y penalidades del camino, para poner nuestra atención únicamente en el dichoso término.
3. Obstáculos contra el espíritu de fe
a) LA IRREFLEXIÓN
La Sagrada Escritura compara la fe a un escudo o coraza y a una espada (Eph 6,16-17). Pero el escudo o coraza no protege más que al que se cubre con él, y la espada para nada serviría si no la sacáramos de la funda para rechazar al enemigo. No es la virtud misma de la fe en cuanto hábito, sino su ejercicio y puesta en acción quien le proporciona toda su fuerza y su mérito. Pero, ordinariamente, lo que impulsa a la fe a traducirse en obras es la reflexión. Todo cristiano cree en la eternidad, pero sólo el cristiano reflexivo se pregunta continuamente: <<¿Qué aprovecha esto para la eternidad?>>
b) EL ESPÍRITU DEL MUNDO
Todos sufrimos su influencia, quizá sin darnos cuenta de ello. La razón y el bienestar temporal: he ahí los ídolos de nuestro siglo. El racionalismo y la molicie han logrado introducirse hasta en la piedad de nuestros días. A menos de recordar sin cesar los juicios de Jesucristo, en contraste radical con los del mundo, nos sorprenderemos con frecuencia adoptando los pensamientos del mundo y su mismo lenguaje sobre las riquezas y la pobreza, el honor y el menosprecio, los diversos acontecimientos felices o desgraciados.
c) LAS INCLINACIONES NATURALES
¿Qué hace, pues, el hombre interior, el hombre libre, dueño de sí mismo, que gobierna sus acciones y no se deja arrastrar por ellas? En cualquier momento y circunstancia comienza por interrogar a su fe con el fin de guiarse y conducirse por lo que ella le indique. Esto es, en efecto, lo que debe hacerse; porque si dejamos a la naturaleza tomar la iniciativa, con su habilidad extraordinaria para salirse con la suya complicará las cuestiones más sencillas y atraerá hacia ella, engañándolas, a las potencias del alma; y cuando la fe se presente para interponer su autoridad, encontrará al entendimiento prevenido y a la voluntad vencida o vacilante, con lo que difícilmente podrá reconquistar su imperio. Es importantísimo velar diligentemente sobre nuestro propio corazón y sus primeras impresiones, para dirigir todos sus movimientos a la luz de la antorcha de la fe. Es utilísimo hacer que preceda a todas nuestras obras y determinaciones una palabra de fe, un oráculo divino, según la advertencia misma del Espíritu Santo: <<A toda empresa preceda el consejo>> (Eccli 37,20).