LAS PALABRAS DE LA DOCTRINA por don Nicola Bux y don
Salvatore Vitiello -
“La liturgia, relación total de la Iglesia con
Jesucristo Mediator Dei”
Ciudad del Vaticano (Agencia Fides)
Como es sabido, el
incipit de la Encíclica del Siervo de Dios, Papa Pío XII, es el pronunciamiento
más orgánico del Magisterio de la Iglesia sobre la liturgia que hasta el día de
hoy haya sido producido. La misma Constitución litúrgica del Concilio Vaticano
II se funda sobre sus principios doctrinales y recorre su estructura
ampliándola. La sorpresa al leer un documento de hace sesenta años es la de
descubrir su actualidad: está inspirado en la iniciativa pastoral, habiendo
abierto el camino a la ‘pastoral litúrgica’, como lo demostraron las
“instaurationes” o reformas que se siguieron en la década sucesiva, la más
célebre es aquella del Ordo de la Semana Santa (1955), inaugurada en 1951, con
la restauración de la Vigilia Pascual en toda su antigüedad. La preocupación
pastoral está documentada también en el método que se sigue: no imponer
improvisadamente una disposición que cambie la totalidad de la ‘unidad
litúrgica’ (Misa, Oficio, Calendario…), sino proponer una restauración gradual
de las partes más antiguas, sin eliminar los avances, dado que la liturgia, como
el cuerpo eclesial, es un organismo viviente: no se pueden amputar partes sólo
porque no hayan estado desde el nacimiento. Es como el método que se aplica en
las obras de arte. Algunos estudios han puesto en evidencia los principios que
guiaron a aquél gran Pontífice: especialmente el de la innovación en la
continuidad, bien diverso del arqueologismo y del creativismo (Cf.
especialmente: C. Braga, La riforma liturgica di Pio XII. Documenti-1.La
‘Memoria sulla riforma liturgica’, Roma 2003, CLV, BEL 128; N.Giampietro, Il
Card.Ferdinando Antonelli e gli sviluppi della riforma liturgica dal 1948 al
1970, SA, Roma 1978.). Juan XXIII y Pablo VI buscaron seguir los pasos y el
método de Pío XII, como lo demuestran las ediciones del Misal Romano de 1962 y
de 1965. Ahora el Motu proprio de Benedicto XVI se encuentra en el camino de
dicha impostación tradicional y al mismo tiempo innovadora. Es conocida la
afirmación de Dostoevskj en los “Hermanos Karamazov”: “Si alguno pudiera
demostrarme que la verdad se encuentra fuera de Cristo, yo preferiría permanecer
con Cristo antes que con esa verdad”. Probablemente no es teológicamente
correcto, pero expresa lo esencial para el cristiano: la irreductibilidad entre
la Iglesia y el mundo, como entra la sal y aquello a lo que le debe dar
sustancia. El mundo podrá aceptar la tradición, el pensamiento, el arte, los
valores del Cristianismo, y hasta el ejemplo moral de Cristo: pero el espíritu
del mundo no aceptará jamás el dejarse poseer por el espíritu de Cristo, porque
aspira continuamente a la autonomía. Mientras la Iglesia está en una relación
total con Cristo: ya no sería Iglesia si dejase de estarlo.
El culto o liturgia de la Iglesia
manifiesta totalmente tal relación, como al inicio afirma la Encíclica Mediator
Dei. De otro modo, se crea algo parecido al culto cristiano, pero sin Cristo. O
un culto alejado de la gloria que se debe dar a Dios y de la salvación que se
debe dar al hombre, ocupado en celebrarse a sí mismo, a la comunidad, al
sacerdote, o si no un culto relegado en una evanescente dimensión ‘espiritual’,
en la que la conciencia y la experiencia pierden valor, a cambio de una
satisfacción puramente estética. En uno y en otro se ha negado el método
esencial del Cristianismo, el de una comunión a la que nos debemos adherir y a
la que se debe obedecer, que es el presupuesto necesario para que el hombre
primero se acerque y después participe en el culto.
Un Obispo italiano entre los más atentos a la liturgia, escribe también: “El
pelagianismo, en sus varios grados, es siempre un peligro para la vida de la
Iglesia (incluso cuando casi nunca se habla de la Gracia, o cuando no se conoce
para nada el contenido en el cual ha nacido y cuya manifestación ha sido muy
aguda). Si la mentalidad pelagiana se aplica a la liturgia, se llega al punto de
insistir cada vez más y dar cada vez mayor importancia a la acción exterior que
el hombre realiza, que a aquello que Cristo realiza por medio de la acción
ministerial instrumental de quien ha sido por Él hecho capaz de actuar ‘in
persona Christi et Ecclesiae’, mediante la Palabra que es anunciada, por medio
de los signos realizados. Se llega a olvidar que aquello que cuenta es la acción
divina, del Espíritu, de la Gracia, no la del hombre, sea este el fiel, la
comunidad o el mismo Ministro” (Mons. Mario Oliveri, La Divina Liturgia, Albenga
2007, p 7).
La presunción de crear una nueva
liturgia y la debilidad existencial y cultural de la Iglesia, han contribuido al
clima en el cual se han dado los abusos, signos de rebelión y desobediencia, tan
opuestos a la obediencia de Cristo hasta la muerte en la cruz, que la liturgia
esencialmente debe anunciar. De este modo, como alguien ha dicho, los que
tendrían que haber entrado en la Iglesia con la reforma litúrgica al final se
han quedado fuera. No sabemos que cosa nos depara el futuro, pero nosotros
cristianos tenemos la responsabilidad de testimoniar que el nihilismo y el
relativismo que han entrado en la liturgia no pueden vencer, porque ya han sido
vencidos por Aquel que continuamente hace “nuevas todas las cosas” (Ap. 21,5).
Si todo esto hubiese sido tomado
consideración en el momento de realizar la reforma litúrgica post conciliar, se
hubieran evitado traumas y contraposiciones. Ahora se da inicio a una estación
en la que debe prevalecer el diálogo franco y tranquilo de las ideas, porque
nadie representa en cuanto individuo a toda la Iglesia, excepto el Obispo de
Roma; no debe faltar el auxilio de beneméritas instituciones litúrgicas, en
primer lugar las guiadas por los Benedictinos, bajo la guía de la Congregación
para el Culto Divino, suprema autoridad moderante de la liturgia “para conservar
o conquistar la reconciliación y la unidad” (Carta de Benedicto XVI a los
Obispos, que acompaña el Motu propio Summorum Pontificum). (Agencia Fides
6/12/2007; líneas 61, palabras 882)