Mons. Klaus Gamber

Gran liturgista del siglo XX
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"Gamber, con la vigilancia de un auténtico clarividente
y con la intrepidez de un verdadero testigo, se opuso a la falsificación
de la liturgia y nos ha transmitido incansablemente la plenitud viviente
de una liturgia verdadera". |
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Cardenal Joseph RATZINGER (Papa Benedicto XVI) |
¡VUELTOS HACIA EL SEÑOR!
Estudio sobre la
orientación del altar
Prólogo a la edición francesa
Después de habernos entregado una edición francesa de "Die
Reform der Rómischen Liturgie", los monjes de Barroux publican ahora en
francés una segunda obra del gran liturgista alemán Klaus Gamber, "Zum Herrn
hin", sobre la orientación de la Iglesia y del Altar. Los argumentos
históricos aportados por el autor, se fundamentan en un profundo estudio de
las fuentes, que él mismo efectuó; concuerdan con los resultados de grandes
sabios, como F. J. Dólger, J. Braun, J. A. Jungmann, Erik Peterson, Cyrille
Vogel, el Rev. Padre Bouyer, por citar tan sólo algunos nombres eminentes.
Pero lo que da importancia a este libro es sobre todo el
substrato teológico, puesto al día por estos sabios investigadores. La
orientación de la oración común a sacerdotes y fieles (cuya forma simbólica
era generalmente en dirección al este, es decir, al sol que se eleva), era
concebida como una mirada hacia el Señor, hacia el verdadero sol. Hay en la
liturgia una anticipación de su regreso; sacerdotes y fieles van a su
encuentro. Esta orientación de la oración expresa el carácter teocéntrico de
la liturgia; obedece a la monición: "Volvámonos hacia el Señor".
Esta llamada se dirige a todos nosotros, y muestra, por encima
de su aspecto litúrgico, cómo hace falta que toda la Iglesia viva y actúe para
corresponder al mensaje del Señor.
Roma 18 de noviembre de 1992
Joseph Cardenal Ratzinger
PROLOGO
La edificación de las iglesias y la oración hacia el Oriente
"Tenemos un altar, del que no pueden comer los que
sirven en el tabernáculo" (Heb. 13,10).
El altar se refiere siempre a un sacrificio ofrecido por un
sacerdote. Altar, sacerdote y sacrificio van al unísono, como lo decía San
Juan Crisóstomo: "Nadie puede ser sacerdote sin sacrificio" [1]. Como los
protestantes rechazan expresamente el sacrificio de la misa y el sacerdocio
del presbítero, no tienen tampoco necesidad propiamente hablando de altar.
En todas las religiones antiguas, el sacerdote, como
sacrificador, escogido entre los hombres (Cf. Hebr. 5,1), se sitúa delante del
altar y delante del santuario (que es la representación de Dios). De igual
forma, los que asisten a la celebración del sacrificio, se acercan al altar, a
fin de estar en comunión con éste, por mano del sacerdote sacrificador, como
escribió San Pablo: "¿Los que comen de las víctimas no están en
comunión con el altar?" (1 Cor. 10,8).
En el transcurso de estos últimos veinte años, se ha operado un
cambio en nuestra concepción del sacrificio. Personalmente, creo que la
introducción de altares cara al pueblo y la celebración orientada hacia éste,
es mucho más grave y engendradora de problemas para la evolución futura, que
el nuevo misal. Porque en la base de esta nueva colocación del sacerdote con
respecto al altar ‑(y sin duda alguna, se
trata aquí de una innovación, no de un retorno a una costumbre de la Iglesia
primitiva)‑ hay una nueva concepción de la
misa, que hace de ella una "comunidad del banquete eucarístico".
Todo lo que primaba hasta ahora, la veneración cultual y la
adoración a Dios, así como el carácter sacrificial de la celebración,
considerada como representación mística y actualización de la muerte y
resurrección del Señor, pasa a segundo plano. Lo mismo la relación entre el
sacrificio de Cristo y nuestro sacrificio de pan y vino apenas aparece. En
nuestro opúsculo "Das opfer der Kirche " (El sacrificio de la Iglesia) trató
en detalle esta cuestión.
No soy de los que piensan que las formas del altar, tal como se
habían constituido en el curso de los últimos siglos, y se habían conservado
hasta el Concilio Vaticano II, no se puedan modificar. Al contrario, me
gustaría que se volviese a formas simples, tal como las que habitualmente
estaban en uso en el primer milenio, tanto en la Iglesia de Oriente, como en
la de Occidente (y aún hoy día en Oriente), formas que ponían muy en relieve
el carácter del altar cristiano, lugar del sacrificio del Nuevo Testamento.
La necesidad de exponer en detalle, pero de forma comprensible
para todos, el problema que plantean los modernos altares cara al pueblo, así
como el celebrante vuelto a la asamblea, me surgió leyendo las numerosas
cartas de los lectores publicadas el pasado año, durante muchos meses, en el
Deutsche Tagespost. Estas cartas prueban que en lo que concierne a la
evolución histórica del altar, muchas cosas quedan confusas; y que muchos
errores, sobre todo referentes a los primeros tiempos de la Iglesia, parecen
que se han anclado en el espíritu de las gentes. Por todo esto he decidido con
toda intención tener en cuenta las preguntas propuestas por los lectores en
sus cartas.
Klaus Gamber - Pentecostés 1987
EL ALTAR Y EL SANTUARIO AYER Y HOY
"¡Cómo te contemplaba en tu santuario viendo tu
fuerza y tu gloria!" (Ps. 62,3).
"Desde que me despierto, sólo tu mirada me llena de
alegría" (Ps. 16,15).
Estas palabras del salmista dicen bien lo que era la
participación interior de los fieles del Antiguo Testamento entrando en el
Templo de Jerusalem; en definitiva no son otra cosa que la oración de Moisés
pidiendo a Dios poder contemplar su faz (cf. Ex. 33,11‑23).
Pero, así como Moisés sólo vio a Yahweh por detrás; igualmente el israelita
creyente no veía más que el santuario de Dios; y si no pertenecía a la casta
sacerdotal, sólo su exterior.
El visitante de la casa de Dios (Domus Dei) cristiana, debía
expresar el mismo deseo que el salmista, el de ver "la gloria" de Dios y
sentir su "poder", tal como aparece en el curso de la misa, a través de los
ritos y las representaciones. Contemplamos al Señor oculto bajo las especies
eucarísticas, pues en esta tierra no nos está permitido admirar la faz de Dios
sin morir (cf. Ex. 33,20).
Orígenes nos recuerda que: "Es seguro que los poderes angélicos
toman parte en la asamblea de los fieles, y que la virtud de nuestro Señor y
Salvador está allí presente, así como los espíritus de los santos" [2]. Y el
poeta sirio BalaY declara: "A fin de que sobre la tierra se pueda encontrar
(al Señor), Él se ha construido una casa entre los mortales y ha edificado
altares... para que la Iglesia obtenga la vida. Que nadie se equivoque: ¡es el
Rey quien habita aquí!, acerquémonos al Templo a contemplarlo! [3].
A fin de ver un poco el "poder y la gloria" de Dios y para
vivirla en la liturgia, los hombres en el transcurso de los pasados siglos,
han edificado iglesias y catedrales y las han dotado lo mejor que podían. Han
aceptado que sus templos, en cuanto morada de Dios, sean suntuosos, aunque
ellos mismos viviesen a menudo en la mayor miseria. ¿Acaso no era su
santuario? Por ello era su bien común.
Jamás se habían construido tantas iglesias nuevas como los años
que siguieron a la segunda guerra mundial. La mayoría de ellas son
construcciones puramente utilitarias, en las que se ha renunciado
voluntariamente a hacer obra de arte; aunque frecuentemente hayan costado
millones. Desde el punto de vista técnico, no les falta de nada: se benefician
de una excelente acústica y de perfecta ventilación; bien iluminadas y
fácilmente calentables. Se puede ver el altar desde todos los lados.
Sin embargo, esas Iglesias no son casas de Dios en sentido
propio, no son un espacio sagrado, un templo del Señor donde se guste ir para
adorar a Dios y expresarle nuestras necesidades. Son salas de reunión a donde
no se va fuera de los momentos dedicados a los oficios. Como hacen juego con
los "silos de habitaciones" o los "almacenes para humanos", cuales son los
edificios de los barrios periféricos; a estas iglesias, en el lenguaje
popular, a veces, se les llama "silos de almas" o "almacenes del pater noster".
Otras iglesias han sido expresamente concebidas como obras de
arte; su modelo es la capilla de peregrinos de Ronchamp. El célebre arquitecto
Le Corbusier, que era agnóstico, consiguió una obra maestra de la
arquitectura. Pero no una Iglesia. Puede que sea un lugar de oración que
predisponga a la meditación, pero no más.
Desde entonces, el modelo de la capilla de Ronchamp fue imitado
y la construcción de Iglesias se convirtió en un terreno de experimentación,
donde se desfogaba el subjetivismo de los arquitectos. Esto se volvió cada vez
más fácil cuando se impuso el principio según el cual ya no existiría un
"espacio sagrado" en oposición al "mundo profano".
Los nuevos edificios se convirtieron así en símbolos de
nuestros tiempos, e igualmente en el signo de la descomposición de las normas
existentes y en la imagen de todo lo que es caótico en el universo
contemporáneo. Ahora bien, un lugar dedicado al culto tiene sus propias leyes,
que no se someten ni a la moda ni a los cambios de los tiempos. Como en el
Templo de Jerusalem, Dios habita en él de forma particular. Y aquí es donde se
rinde culto a Dios.
A esto hay que añadir igualmente lo siguiente: hoy, las bases
espirituales y teológicas fallan. La vida pública, en su mayor parte, se ha
secularizado. Las Iglesias cristianas no constituyen ya, desgraciadamente, la
fuerza principal de la sociedad occidental. Sin embargo, los arquitectos
construyen hoy como si nada hubiese cambiado, mientras no falte el dinero. Los
gigantescos centros parroquiales que se edifican en los barrios periféricos
darán la impresión que la iglesia continua siendo el gran imán que atrae a los
hombres.
En el futuro esto llevará a la construcción de edificios
simples, relativamente limitados, que si no se distinguen en nada por su
aspecto exterior, presentarán en su interior un acondicionamiento de buena
calidad, enteramente orientados hacia su fin cultural. De manera análoga, la
basílica de la Iglesia primitiva apenas se distinguía, en cuanto a
construcción, del resto de los edificios de la calle; sin embargo, por la
suntuosidad de sus cortinas y lámparas, y sobre todo por la rica ornamentación
del altar y del santuario, el interior constituía un marco digno del misterio
que en ella tenía lugar.
En las nuevas iglesias, la disposición del santuario ha sido
objeto de diferentes soluciones. Mientras que en las Iglesias construidas
entre las dos guerras, existían varios escalones para subir al altar, que
aparecía en una plataforma más elevada; hoy se le coloca sobre un podium
aislado (en alemán, "Altarinsel" o islote del altar) dispuesto lo más cercano
posible a los fieles.
El centro de este podium está constituido por una mesa de altar
(mensa), generalmente de grandes dimensiones y desprovista de toda
ornamentación. Al lado se encuentra un ambón, de piedra como el altar, y
detrás tres sillas o más (acolchadas) para el celebrante y sus asistentes. Por
último, solo, en alguna parte del muro desnudo del ábside, el sagrario. El
crucifijo, hacia el cual se dirigían hasta ahora las miradas de los que
rezaban, falta casi siempre, o bien se encuentra de tamaño pequeño, encima del
altar. Este último lleva, al lado del inevitable ramo de flores, algunos
candeleros reunidos en manojo, o bien si se trata de los de gran tamaño, se
les coloca directamente en el suelo alrededor del altar.
Por el contrario las iglesias ortodoxas de Oriente se
construyen hoy de la misma manera que se hacía hace más de mil años, y se las
adorna con pinturas e iconos. Se trata aquí de un arte típico, al que tanto el
arquitecto, como el artista están ligados al "typos " o modelo tradicional,
sin que esto sea siempre uniforme.
En Occidente también, según la tradición en común con Oriente,
era esencial que el santuario estuviera separado del espacio reservado a los
fieles, como antaño en Jerusalem el santuario del resto de los edificios del
Templo. El tan traído principio de nuestros días, según el cual "el altar debe
ser el centro ", es falso en lo referente a su localización.
El altar es el centro de la acción sagrada: sobre él, en el
curso de la celebración de la misa, reposa "el cordero sacrificado " del
Apocalpsis (5,6). Por eso Santa Hildebranda de Bingen llama al altar "la mesa
dispensadora de vida" y añade: "Cuando el sacerdote ... se acerca al altar
para celebrar los santos misterios, un destello de luz aparece de pronto en el
cielo. Los ángeles descienden, la luz rodea el altar ... y los espíritus
celestes se inclinan a la vista del servicio divino " [4].
La separación estricta entre el santuario y la nave apareció en
la época en la que las muchedumbres empezaron a adherirse en masa a la
Iglesia; por consiguiente lo más tarde alrededor del año 300. Entonces se
edificaron barreras alrededor del coro y se colocaron cortinas, una rodeando
el baldaquino del altar, otra en la pérgola de las barandillas del coro,
pérgola que en las iglesias pequeñas, se reducía a un simple travesaño de
madera (cf. fig. 1). Todo esto porque se pensaba que el misterio celebrado en
el altar, debía ser preservado, no exponiéndolo directamente a las miradas de
los hombres.
El iconostasio bizantino no es otra cosa que una extensión de
esta barreras del coro (cancelli) de la Iglesia primitiva. El iconostasio
tiene habitualmente tres puertas, como las cancelas construidas en tiempos del
emperador Justiniano (]'565) en la iglesia de Santa Sofía de Constantinopla,
dotada ya, como en general en los siglos siguientes, de representaciones de
Cristo o de María, ángeles, profetas y apóstoles. El célebre icono de Cristo,
en el monasterio del monte Sinaí, data de la misma época; debe provenir,
teniendo en cuenta sus dimensiones ‑84
centímetros de alto‑, de uno de estos
antiguos iconostasios. Los iconos se colocaban, y se colocan todavía, parte
entre las columnas de la pérgola y parte encima de éstas como en el caso de la
"deisis" (Cristo entre María y Juan Bautista).
En la iglesia de Occidente, las cortinas (vela), que se
utilizaban desde los orígenes en la ornamentación del altar y las barreras del
coro, no han cesado de ser utilizadas en las iglesias hasta la época barroca,
donde todo estaba organizado para la vista y la claridad. Así encontramos en
el sacramentario de Angulema (hacia el 800), al final de las fórmulas de
consagración para una iglesia, la siguiente rúbrica: "Después se recubren los
altares (con los manteles) y se cuelgan las cortinas del templo (vela templi)"
[5]. Lo mismo, en el rito de consagración de las iglesias del sacramentario de
Drogón (siglo IX) se habla de un "velum "suspendido entre la nave y el altar
(ínter aedem et apare) [5]. Pero lo que importa, es que volvamos a tener
respeto por el altar.
Tanto en la Iglesia de Oriente como en la de Occidente, existe
la costumbre de que el sacerdote que se acerca al altar se incline
profundamente ante él; y en el libro del Exodo (29,37) se lee a propósito del
altar del tabernáculo: "todo lo que le toque será santificado ". El mismo
Jesús declara "¡Ciegos!, ¿que es más, la ofrenda o el altar, que santifica la
ofrenda?" (cf. Mt. 23,18), y que no se debe depositar en el altar ninguna
ofrenda sino después de haberse reconciliado con el hermano (cf. Mt. 5,23).
La ofrenda del sacrificio del Nuevo Testamento ha hecho que el
altar se convierta en el Trono de Dios. Por lo que San Juan Crisóstomo
advierte a sus lectores: "Piensa en el que va hacer su entrada aquí. Tiembla
de antemano. Porque aquel que sólo apercibe el trono (¡vacío!) del Rey, se
estremece en su corazón cuando espera la llegada del Rey" [6].
En la Iglesia primitiva, y más tarde también, pendía del
baldaquino del altar, además de la lámpara circular, un recipiente de oro y
plata, generalmente en forma de paloma, donde se guardaba la eucaristía (para
la comunión de los enfermos). Para este fin, a menudo se empleaba también un
cofre que, como el Arca de la Alianza del Antiguo Testamento (arca), estaba
hecho de madera de acacia recubierta de pan de oro o plata (cf. Ex. 37,1‑9).
Se conserva en Coire un bello ejemplar del siglo VIII. El copón dorado del
emperador Arnoul, antiguamente en San Emmeran de Ratisbona y actualmente en
Munich, data del siglo IX. Con sus cuatro columnitas se asemeja mucho al "artophorión
" (tabernáculo) que hoy se encuentra sobre el altar de las iglesias
bizantinas.
Estos receptáculos estaban siempre colocados sobre el altar o
en un nicho colocado en su parte posterior. El tabernáculo metálico de la
época moderna salió de aquí. En el siglo XIII, Guillaume Durand en su "Rational
" o "Manual para los divinos oficios", habla de la instalación de un arca
(tabernáculo) encima del altar, dentro del cual "se depositan conjuntamente el
cuerpo del Señor y las reliquias de los santos" [7]. Por el contrario la
conservación del pan eucarístico en un tabernáculo, situado en la pared
izquierda del coro, es más reciente y era habitual sobre todo en la época
gótica. La conservación sobre el altar es en todo caso muy atinada. Nada se
puede objetar a la conservación de la santa eucaristía en otro lugar de la
iglesia, con tal de que sea digno.
En el ábside, donde se encontraba el trono del obispo y las
sedes de los sacerdotes, en su parte superior no se representó hasta el siglo
V ‑como atestigua Nil d'Ancyre (t430) [8]‑
nada más que la cruz o bien ‑como todavía
se puede ver en algún mosaico romano además de la cruz, Cristo enseñante
rodeado de los Apóstoles; después, más tarde, hasta la época gótica, en casi
todo el Occidente, Cristo, sentado en su trono, dentro de una mandona, sobre
el arco iris, rodeado de los cuatro animales del Apocalipsis (4,8) y de
ángeles; en la parte inferior, la Madre de Dios, los Apóstoles y otros santos,
representando la asamblea celestial.
Durante la celebración de la Eucaristía, los fieles al
contemplar la imagen de Cristo sobre su trono del cielo, lo sentían así
igualmente entre ellos. No basta con recordar las palabras del Señor: "Donde
hay dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos " (Mt.
18,20); es necesario expresarlo de manera sensible, precisamente por la
imagen.
Un muro de ábside totalmente desnudo, como se encuentra en
muchas iglesias modernas, era en otro tiempo algo inconcebible. Cuando se
terminaba una nueva construcción, precisamente este muro era lo primero que se
decoraba con mosaicos o pinturas, y sólo después se hacía con los otros muros.
Recuérdense aquí los magníficos mosaicos de la basílica de Ravena y los de las
catedrales de Venecia, Torcello y Parenzo. Mientras que las pinturas del
ábside tenían ante todo un carácter cultual, pues evocaban la presencia del
Señor, sentado en su trono, dominando la asamblea; las pinturas de la nave,
con sus escenas extraídas del Antiguo y Nuevo Testamento tenían como primer
efecto según el pensamiento occidental, un fin didáctico. Estaban destinadas a
enseñar a los fieles las realidades divinas.
Por el contrario el Oriente bizantino ve ante todo en estas
representaciones una actualización de los misterios de la salvación; lo mismo
que los numerosos retratos de Santos, a lo largo de los pilares y de los muros
laterales, simbolizan la presencia de la asamblea celeste o el hecho de unirse
a ellos (cf. Heb. 12,22).
Por esto el interior de la iglesia ortodoxa se convierte en el
lugar, donde se juntan el pasado, el presente y el futuro; donde la eternidad
‑(el "hodie", el "hoy", palabra por la que
comienzan numerosos cantos solemnes)‑
aparece; donde el cielo y la tierra se unen.
En las iglesias de Occidente, ya lo hemos visto, la mirada de
los participantes se dirigía hacia la representación del Hijo de Dios
transfigurado, así como hacia la cruz, signo de nuestra salvación. La cruz se
consideraba sobre todo signo de victoria, el signo del Hijo del Hombre,
regresando al fin de los tiempos (Mt. 24,30) y, por esto se la adornaba con
oro y piedras preciosas. Se colocaba tras el altar; y, hasta la época romana,
no llevaba el cuerpo de Cristo.
Sólo más tarde se impuso la costumbre de pintar en la Cruz la
imagen del Crucificado o de fijarla en forma de representación sobre esmalte;
pero aún entonces no como un Cristo de dolor o muriendo entre atroces
sufrimientos, sino como el que ha vencido a la muerte o como sumo sacerdote.
La representación plástica de un cuerpo martirizado, tal como ha llegado a ser
habitual en Occidente, por principio se rechaza en Oriente, porque se piensa
que resalta demasiado el aspecto físico o humano.
Como, según la concepción tradicional, la representación en el
ábside del Hijo de Dios en gloria y la cruz sobre o encima del altar son
elementos esenciales de la decoración del santuario, jamás se puso en duda que
la mirada del sacerdote celebrante debía dirigirse, durante la ofrenda del
sacrificio, hacia el Oriente, hacia la cruz y la representación de Cristo
transfigurado, y no hacia los fieles que asistían a la celebración, como
actualmente es el caso en la celebración versus populum (cara al pueblo).
Sin embargo, pocas iglesias modernas tienen tal punto de
referencia; parece que en general los artistas modernos temen introducir obras
plásticas en las iglesias. Esto se debe a los conflictos interiores que
desgarran al hombre moderno y que le impiden crear un arte sacro. En
definitiva lo que falta es la tradición que, en las iglesias de Oriente, no ha
cesado de impregnar hasta nuestros días el desarrollo del culto, la
arquitectura de las iglesias y el arte litúrgico.
En la ortodoxia, el artista tiene por misión principal,
representar el misterio de la salvación, tal como se describe en las Sagradas
Escrituras y ha sido trasmitido por la Tradición, delimitación que le preserva
de las arbitrariedades, con frecuencia tremendas, que podemos encontrar en el
arte sacro contemporáneo, sin que por ello le limiten demasiado en su
realización artística.
Mientras que en Occidente (al contrario de lo que ha ocurrido
en Oriente), la disposición del santuario y de los altares ha sufrido en
diversas ocasiones cambios a lo largo de los siglos, (al fin de la época
románica, y sobre todo en la época gótica, se dotó a los altares de retablos,
lo que finalmente trajo la aparición de los altares barrocos, tan típicos por
su altura), no se puede negar que en nuestros días se ha producido en este
aspecto un nuevo cambio, de orden fundamental, después del concilio Vaticano
II.
Así, después del concilio, en muchos lugares, se ha suprimido
el reclinatorio de la comunión, que quedaba de la antigua clausura del coro; y
se ha colocado, delante del altar mayor, otro altar destinado a la
celebración, cara al pueblo. ¡Y por todas partes micrófonos!, micrófonos en el
altar, micrófonos en los sitiales, micrófonos en el ambón. En cuanto al
antiguo púlpito, ya no se utiliza más.
Se ha procedido a esta nueva disposición del santuario con una
unanimidad extraordinaria en casi todo el mundo. Mientras que en las antiguas
iglesias el (nuevo) altar cara al pueblo, los sitiales y el ambón se han
concebido como objetos movibles, pudiendo en todo momento ser trasladados; en
los edificios renovados o de nueva construcción esta disposición es definitiva
en función de esta nueva organización que se cree "moderna".
Se conserva la eucaristía en un tabernáculo mural (en medio de
la pared del fondo o en la pared lateral izquierda). El nuevo altar cara al
pueblo suele ser de piedra, su disposición muchas veces sólo permite la
celebración versus populum, los sitiales son también de piedra así como el
ambón; todo con una apariencia de mole y de un estilo con frecuencia dudoso y,
en todo caso, sin ninguna relación con la tradición.
Ahora bien, indagando en los siglos pasados tendríamos
verdaderamente bastantes modelos capaces de aportarnos ideas para esta
organización, en particular del altar.
E. A. Lengeling ha expuesto las "Tendencias de la construcción
de iglesias católicas en Alemania según las decisiones del concilio Vaticano
II" (Tendenzen des deutschen Katholischen kirchenbaus aufgrund der Beschlüsse
des II. hatikanischen Konzils) en un artículo aparecido bajo este título en el
Litusgisches Jahrbuch de 1967. Las tendencias que allí se exponían han sido
entre tanto impuestas de forma casi unánime. Pero no se ha tratado seriamente
de fundamentar históricamente esta nueva disposición, salvo el estudio de Otto
Nussbaum, del cual hablaremos más adelante.
Para terminar, una palabra más sobre las celebraciones
eucarísticas de masas al aire libre. En estas manifestaciones muchos sienten
una verdadera pesadilla, sobre todo en lo relativo a la forma en que se
distribuye la comunión a la gente.
No lo olvidemos; es verdad que Jesucristo predica a grandes
multitudes, que a menudo alcanzaban miles de personas (cf. Mt. 14,21); sin
embargo no instituyó la Santa Eucaristía en presencia de masas humanas sino en
el círculo restringido de sus apóstoles.
Fue parecer de toda la cristiandad, que la misa, ese sacrificio
que une el cielo y la tierra, no podía celebrarse sino en locales sagrados
preparados al efecto. Se recordará que el cordero pascual judío también sólo
podía ser consumido bajo techo y no al aire libre (cf. Ex. 12,46).
Es necesario pensar además en el hecho de que la preparación y
la consagración de las hostias necesarias para la comunión de varios miles y a
menudo hasta un millón de personas, ocasiona enormes dificultades.
Parece que, por razones de principio, no se quiera renunciar a
una participación de los fieles en la comunión ‑aunque
esto hubiera sido la solución más simple‑
porque, partiendo del carácter de cena propio de la misa, se piensa, sin
razón, que la recepción de la Comunión es necesaria para poder participar en
cualquier misa.
Pero lo que es del todo incomprensible que se celebren misas al
aire libre, cuando se dispone de iglesias amplias. Va en contra de una
tradición de la iglesia de casi 2.000 años y además en contra de la misma
naturaleza de la santa misa, que ha sido siempre considerada como un
sacrificio y la realización de un misterio. Para celebrar el "misterio de la
Fe", deberíamos resguardarnos en los muros de nuestras iglesias, protectores
del misterio. La santidad del lugar incitará a tomar la buena actitud, cara a
lo sagrado, que sólo se desvela a aquél que se acerca con respeto.
EL ALTAR CARA AL PUEBLO
Preguntas y respuestas
"Llegó otro ángel y púsose en pie junto al altar con un
incensario de oro, y fuéronle dados muchos perfumes para unirlos a las
oraciones de todos los santos sobre el altar de oro que está delante del trono".
(Ap. 8,3)
Según la concepción de la epístola a los Hebreos, el templo
terrestre de Jerusalem y su altar son la imagen del santuario que está en los
cielos y en el que Cristo, eterno y sumo sacerdote ha entrado (ef. Heb. 9,24).
La liturgia celeste y la terrestre no son más que una. Según el
pasaje del Apocalipsis citado en el encabezamiento, un ángel se encuentra
delante del altar de oro del cielo, con un incensario de oro en las manos,
para ofrecer las oraciones de los fieles ante la faz de Dios. Nuestra ofrenda
terrenal no es tampoco totalmente aceptable delante de Dios, sino "llevada de
la mano del ángel hasta el altar del cielo", como se dice en el canon de la
misa romana.
La idea según la cual el altar terrenal era una imagen del
arquetipo celestial ante el trono de Dios, ha determinado su disposición y la
posición del sacerdote ante él: el ángel con el incensario de oro está
situado, como hemos leído, ante el altar. Además las prescripciones que Dios
dio a Moisés (cf. Ex. 30,1‑8) han jugado
también un importante papel.
Eran necesarias estas observaciones preliminares para hacer
comprender cuánto han cambiado las actuales concepciones relativas al altar.
Estos cambios no se han efectuado bruscamente sino poco a poco; todo empezó
muchos años antes que el Concilio Vaticano II.
En los Richtlinien für die Gestaltung des Gotteshauses aus dem
Geist der rómischen Liturgie (Instrucciones para la disposición de las
Iglesias en el espíritu de la liturgia romana) de 1949, Theodor Klauser
adelanta que: "Ciertas señales hacen entrever que, en las Iglesias del futuro,
el sacerdote se colocará como antaño tras el altar y celebrará cara al pueblo,
como aún se hace hoy en ciertas basílicas romanas; el deseo, que se percibe
por doquier, de ver más claramente expresada la comunidad de la mesa
eucarística, parece exigir esta solución" (n° 8).
Lo que Klauser presentaba entonces como deseable, ha llegado a
ser, como sabemos, la norma en casi todas partes. Se piensa que se ha
recuperado una costumbre de la primitiva cristiandad; pero como demostrarán
claramente las explicaciones siguientes, se puede probar con certeza que jamás
ha habido ni en la Iglesia de Oriente ni en la de Occidente celebraciones
versus populum (cara al pueblo) sino que siempre todos se volvían hacia el
oriente para rezar, ad dominum (hacia el Señor).
La idea de un cara a cara entre el sacerdote y la asamblea en
la misa se remonta a Martin Lutero que hacia notar en su opúsculo Deutsche
Messe und Ordnung des Gottesdienstes (La misa alemana y el orden del culto
divino) de 1526, al comienzo del capítulo de "El Domingo para los laicos ":
"Conservaremos los ornamentos sacerdotales, el altar y los velas hasta el
agotamiento, o hasta que nos convenga cambiarlos. Sin embargo dejaremos hacer
a los que quieran hacer otras cosas. Pero en la verdadera misa, entre
verdaderos cristianos, será necesario que el altar no quede como está y que el
sacerdote se vuelva siempre hacia el pueblo, como sin duda lo hizo Cristo
durante la cena. Pero esto puede esperar".
Y he aquí que el momento esperado ha llegado ......
Para justificar el cambio de posición del celebrante en
relación con el altar, el Reformador se refería a la situación de Cristo
durante la última Cena. En efecto, tenía ante sus ojos las habituales
representaciones de la época: Jesús está de pie o sentado en medio de una gran
mesa y los Apóstoles lo rodean, a su derecha y a su izquierda.
¿Pero, efectivamente, ocupaba Jesús esta posición?
Ciertamente no, pues hubiera contravenido las costumbres
domésticas de la época. En tiempo de Jesús, y aún siglos más tarde, se
empleaba o una mesa redonda o una mesa en forma de sigma (en semicírculo). La
parte delantera quedaba libre para permitir servir los distintos platos. Los
convidados estaban sentados o acostados detrás de la mesa semicircular. A este
efecto utilizaban divanes o un banco, en forma de sigma. El sitio de honor no
estaba, como pudiera pensarse, en el centro, sino a la derecha (in cornu
dextro). El segundo sitio de honor estaba enfrente.
Esta disposición de los asientos se encuentra constantemente en
las más antiguas representaciones de la Cena de Jesús y permanece hasta el
corazón de la edad media. El señor está siempre, sentado o recostado, en el
lado derecho de la mesa (cf. fig. 4). Hacia el siglo XIII comenzó a imponerse
otro tipo de representación: colocan a Jesús detrás de la mesa y en medio de
los Apóstoles, que le rodean. Esta es la imagen que tenía Lutero ante sus
ojos.
Esta representación tiene en efecto toda la apariencia de una
celebración versus populum. Pero en realidad no tiene nada de parecido, puesto
que el "pueblo", hacia el que el Señor hubiera debido volverse estaba ausente,
como se sabe, de la sala de la cena. Lo que quita todo valor a la
argumentación de Lutero. Por otra parte, en cuanto sabemos, éste jamás exigió
que se celebrase vueltos hacia la asamblea; entre las comunidades
protestantes, solamente los Reformados adoptaron la costumbre de hacerlo.
PRIMERA PREGUNTA
¿Cuál era la situación en la primitiva Iglesia? ¿No estaban los
fieles con el presidente sentados a la "mesa del Señor"?
Aquí es conveniente distinguir bien entre la celebración del
AGAPE (comida fraternal) y la de la EUCARISTÍA, que primitivamente se hacia a
continuación del ágape, y más tarde la precedió. Esta cuestión la he tratado
en detalle en mi libro "Beracha".
En los primeros siglos, cuando el número de miembros de la
comunidad era aún restringido, se conservó la misma disposición de los
asientos de la última Cena, tanto más cuanto que ella correspondía a las
costumbre de la época. Muchas iglesias domésticas de la Iglesia primitiva,
cuyos restos se han encontrado en las regiones alpinas, lo prueban claramente.
En el centro de una habitación relativamente pequeña (poco más de 5 x 12,5 m)
se encuentra un banco de piedra semicircular capaz para quince o veinte
personas [9].
En los pueblos, en que el número de fieles era más elevado,
había que añadir mesas suplementarias. El obispo y los presbíteros se sentaban
en una de ellas, los fieles en otras, separados hombres y mujeres. En la
epístola a los Gálatas (2,11‑12), el
apóstol Pablo reprocha al apóstol Pedro el sentarse con los judíos
convertidos, separado de los paganos convertidos.
Mientras que para la cena común, el ágape, estaban sentados en
las mesas, para la celebración eucarística se levantaban y se colocaban detrás
del celebrante que permanecía ante el altar, como lo prescribe expresamente la
Didascalia de los Apóstoles, una instrucción de los siglos II‑III,
que exige que se vuelvan estrictamente hacia el Oriente [10].
En el estadio siguiente, una vez suprimida la comida fraternal
(hacia el siglo IV) desaparecen las mesas. En lo sucesivo los fieles se
sentaran en bancos dispuestos a lo largo de los muros de la Iglesia. La mesa
del altar, que antes era de madera, se convierte en un altar de piedra.
SEGUNDA PREGUNTA
¿Cómo podemos oponernos a los modernos altares cara al pueblo,
cuando han sido prescritos por el Concilio y prácticamente se han introducido
en el mundo entero?
En vano se buscará, en la Constitución sobre la liturgia,
promulgada por el Concilio Vaticano II, una prescripción que exija celebrar la
santa misa de cara al pueblo. Aún en 1947, el Papa Pío XII resaltaba en su
encíclica Mediator Dei (n° 49), cuánto se equivocaba aquel que quisiera dar al
altar su antigua forma de "mensa" (mesa). Hasta el concilio la celebración
cara al pueblo no estaba autorizada (1 Ver más adelante pág. 26 y siguientes,
con respecto al caso particular de ciertas basílicas romanas); estaba sin
embargo tolerada tácitamente por algunos obispos, sobre todo para misas de
jóvenes.
Entre nosotros, en Alemania, la nueva posición del sacerdote
hizo su aparición con la Jugendbewegung (Movimiento de la Juventud) en los
años veinte, cuando se empezaron las celebraciones eucarísticas en pequeños
grupos, jugando un papel de precursor Romano Guardini con sus misas en el
Castillo de Rothenfels. El movimiento litúrgico difundió esta costumbre,
principalmente Pius Parsch, que acondicionó, en este sentido para su
"parroquia litúrgica", una pequeña iglesia románica (Santa Gertrudis) en
Klosterneuburg, cerca de Viena.
Finalmente, estos esfuerzos fueron aprobados por la instrucción
de la Congregación de Ritos Inter oecumenici de 1964, que en consecuencia
inspiró el nuevo misal. Allí se prescribe (para las nuevas construcciones):
"Es aceptable construir el altar mayor separado del muro para que se facilite
la vuelta y que se pueda celebrar cara al pueblo; y se colocará en el edificio
sagrado de forma que sea verdaderamente el centro hacia el cual se vuelva
espontáneamente la atención de la asamblea de fieles" (n° 91).
Desgraciadamente es exacto que los nuevos altares cara al
pueblo se han instalado por todo el mundo, al menos esta parece ser la
corriente que existe en la Iglesia católica romana. Sin embargo, propiamente
hablando no puede decirse que estén prescritos.
En las Iglesias ortodoxas de Oriente, donde hoy existen
millones de cristianos, se ha continuado respetando la costumbre de la Iglesia
primitiva, según la cual el sacerdote, que celebra el Santo Sacrificio, está
vuelto, con los fieles, hacia el ábside. Esta actitud vale tanto para las
Iglesias de rito bizantino (griegas, rusas, búlgaras, serbias, etc.) como para
las llamadas de rito oriental antiguo (armenia, siriaca, copta).
Que el altar deba estar separado del muro "para que se le pueda
dar fácilmente la vuelta" es otra cuestión. Esta exigencia de la Congregación
de Ritos está totalmente de acuerdo con la tradición" (El pontifical romano
tradicional, en el capítulo "Sobre la dedicación de las iglesias", exige
expresamente que el altar no esté adosado al muro, para que se le pueda dar la
vuelta por todos lados a fin de poder cumplir convenientemente los ritos de
consagración. El "misal de San Pío V" (edición de 1962), por otro lado indica
la manera de proceder a la incensación de este tipo de altares. En contra de
lo que a menudo se cree, el altar así dispuesto esta perfectamente de acuerdo
con la tradición, aunque a partir de la baja edad media, se prefirió a menudo
adosarlo al muro)
Durante más de diez siglos, como hasta en nuestros días en las
iglesias ortodoxas de Oriente, el altar ha permanecido desprovisto de
superestructuras. Un cambio se produjo en la época gótica con la aparición de
los retablos. Estos tenían en parte la misma misión que las pinturas del
ábside y los muros de la iglesia, representando las diferentes etapas de la
salvación, desde la Anunciación del Ángel hasta la Ascensión del Señor.
Mientras que en las iglesias pequeñas los altares estaban
adosados al muro del ábside, en las grandes, como se ha visto, frecuentemente
estaban colocados, hasta la época gótica, en medio del santuario. Entonces se
podía dar la vuelta alrededor cuando se incensaba, como se dice en el salmo
25: "Yo lavaré mis manos en la inocencia / y andaré en derredor de tu altar, ¡oh
Yave! Haciendo resonar cantos de alabanza / ensalzando todos tus prodigios ".
Para resaltar la santidad del altar, por lo menos en las
iglesias mayores, éste tenía sobrepuesto un baldaquín precioso sostenido por
cuatro columnas. Se fijaban cortinas en los cuatro lados. Indudablemente
hacían referencias a las cortinas del Templo de Jerusalem, que separaban el
Santo de los Santos (Sancta Santorum) del santuario, tal como Dios se lo había
prescrito a Moisés: "Harás un velo de púrpura violeta y escarlata ...Lo
suspenderás de cuatro columnas de madera de acacia recubiertas de oro
...Colgarás el velo en corchetes, y allí, detrás del velo pondrás el arca de
la alianza. El velo servirá para separar el santo de los santos del santuario"
(Ex. 26,31‑33).
En el rito bizantino, como hemos visto, el Iconostasio sirve
para hacer esta separación; pero según la concepción ortodoxa, éste con sus
iconos representa también la Ecclesia caelestis (la Iglesia del Cielo), que
celebra acorde con los fieles; si bien no debe ser considerado solamente como
un objeto de separación sino de contemplación, para aquellos que participen en
la celebración.
En otros ritos orientales no bizantinos, el Iconostasio no se
emplea. En su lugar, como en el rito Armenio, encontramos dos cortinas: una
pequeña ante el altar y una grande escondiendo todo el coro a los ojos de los
fieles durante determinados momentos de la liturgia de la misa. Por ello San
Juan Crisostomo dice: "Cuando veas correr las cortinas, piensa que entonces el
cielo se abre en las alturas y que los ángeles descienden" [ 11].
Según el testimonio de Guillaume Durand, estas cortinas se
utilizaron igualmente en occidente hasta la mitad de la edad media. Habla de
tres velos: uno recibe las ofrendas del sacrificio, el segundo rodea el altar
y el tercer velum está suspendido delante del coro [12].
Mientras que en sus principios la Iglesia, dentro de lo
posible, ocultaba el altar, rodeándolo de telas preciosas y de tapices; he
aquí que hoy este altar se encuentra, desnudo, en medio de la nave, expuesto a
todas las miradas. ¿Acaso su santidad, como lugar donde se ofrece el
sacrificio, está más resaltada de esta forma? Seguramente no. A menos que se
quiera ‑contra toda tradición‑
considerarlo como una mesa de comedor y ponerlo así de manifiesto.
Entonces, ciertamente, no me queda más que aceptarlo ....
Pero en este caso, no se trataría de hacer presente aquí en la
tierra el mundo celestial; se trataría del hombre y de su universo. El
universo de Dios, de sus ángeles y santos, se convierte en marginal, pues
apenas toca el nuestro. ¡Puede ser que, a pesar de todo, se interesen por un
hombre llamado Jesús y de ciertos pasajes cuidadosamente escogidos de su
Evangelio!
TERCERA PREGUNTA
¿En la edad media no había un altar destinado al pueblo, además
del Altar mayor, como hoy día?
Esto es exacto en la medida en que en las iglesias Catedrales y
en los monasterios había, por regla general, desde el fin de la época
románica, un altar destinado al pueblo, colocado delante de la verja: era una
especie de clausura del coro, pero un poco más alto que el de las iglesias
primitivas, con dos entradas, que daban al coro de los canónigos o de los
monjes; los cuales se encontraban así separados del resto de la iglesia. A
causa de la cruz colocada encima de este altar o más exactamente en la verja,
se conocía este altar como "el altar de la cruz".
Sobre este altar, en estas iglesias, se celebraba la misa para
el "pueblo" (Pero "de espaldas al pueblo"); así toda misa destinada a una
asistencia numerosa, como las misas solemnes de funerales o, en una iglesia
catedral, la misa de coronación de un soberano. La predicación se hacía desde
el púlpito. Sólo las misas conventuales (solemnes) se celebraban en el altar
mayor, en el coro.
La función de la verja no era, pues, en primer lugar, ser una
barrera entre el clero y el pueblo ‑y no
se la debe comparar por esto con el iconostasio bizantino‑
sino más bien estaba destinada a crear para los canónigos o los monjes un
espacio donde se pudiesen desarrollar, sin ser perturbadas, las funciones
litúrgicas del coro (liturgia de las Horas y misa conventual). Por razones,
tanto litúrgicas como arquitectónicas, fue totalmente irracional hacer
desaparecer la verja y el altar de la cruz. Tal fue el caso de Alemania casi
por todas partes, en la época de la Ilustración, siguiendo órdenes de las
autoridades seculares [13].
Lo mismo que entonces se procedió a importantes modificaciones
arquitectónicas en el interior de las iglesias ‑era
necesario que los fieles tuvieran visión directa sobre el altar mayor‑
de la misma manera hoy, después del concilio, casi todas las antiguas iglesias
han sido retocadas por los trabajos de "renovación".
Quien recorre hoy el mundo y visita las iglesias, descubre las
soluciones más singulares en la disposición del santuario. En Italia sobre
todo, cuando esto fue posible, los altares barrocos fueron despojados de su
mesa, reemplazándola por los sitiales del celebrante y de sus asistentes.
Pensamos que es la menos feliz de las soluciones, puesto que el retablo pierde
así su antigua referencia al sacrificio eucarístico y se ve "degradado" hasta
el punto de servir de respaldo a los asientos de los sacerdotes.
En la mayor parte de los casos, el antiguo altar mayor con su
tabernáculo sólo sirve para conservar el Santísimo. Es necesario resignarse a
que el sacerdote que se encuentra en el altar, dando cara al pueblo, vuelva
constantemente la espalda al tabernáculo, hacia el cual, hasta hace poco, se
dirigían los ojos de los fieles, cuando rezaban. En otras ocasiones, el coro
parroquial se instala en las gradas del altar mayor, dando los cantores la
espalda al tabernáculo y sirviéndose de la mesa de altar para depositar en
ella sus diversos accesorios.
Por la misma razón, cuando las consideraciones artísticas lo
permitían, se ha suprimido totalmente el altar mayor para conservar el
Santísimo en un tabernáculo lateral, dentro del muro. Inmediatamente se
planteó la pregunta, cómo ocupar el espacio del ábside que se había dejado
vacío. A esto se han dado diferentes soluciones. Con frecuencia se ha
instalado el órgano y su caja decorativa, o bien, la mayor parte de las veces,
el coro parroquial, o simplemente se ha suspendido del muro del ábside el
antiguo retablo del altar o un tapiz valioso, a manera de ornamento.
En definitiva ninguna de estas soluciones es satisfactoria,
pues al instalar un nuevo altar, a este exceso de pura apariencia, se añade el
hacer desaparecer el centro de gravedad espacial que constituía el altar mayor
a los ojos del arquitecto que concibió la iglesia. Sin duda ninguna, A.
Lorenzer, tiene razón cuando escribe: "El significado del altar forma parte
integrante de la iglesia, ... el desplazamiento de este centro de gravedad
espacial obligaría a una distribución totalmente nueva" [14].
Esto se hace de una evidencia impresionante en las grandes
iglesias, como por ejemplo en la catedral de Spire, donde las miradas de los
que entraban se dirigían inmediatamente al antiguo altar mayor, coronado por
su baldaquino. Hoy vaga en el vacío. La nueva mesa de altar, instalada en el
coro, no obstante sus dimensiones y estar colocada en alto, apenas se hace
visible y el altar cara al pueblo, unos escalones más abajo, no constituye de
ninguna manera "centro de gravedad espacial ".
CUARTA PREGUNTA
En el "Manual de liturgia para el púlpito, la escuela y la
casa" (Handbuch der Liturgie für Kanzel, Schule und Haus) del P. Alfons
Neugart (1926), se lee: "En las basílicas de la primitiva Iglesia, el altar
estaba colocado en medio del ábside del coro y el sacerdote celebrante se
colocaba detrás de éste, con la cara vuelta hacia el pueblo. No había sobre el
altar ni cruz, ni velas. Los sitiales para el obispo y eclesiásticos estaban
colocados rodeándolo a lo largo del muro. Posteriormente el altar se adosó al
muro, tal y como lo encontramos en nuestros días". ¿Es esto exacto?
Lo que es exacto es que, durante los primeros siglos, los
sitiales del obispo y los sacerdotes se colocaban a lo largo del muro del
ábside y no a sus lados. En los territorios griegos, con frecuencia estaban
recargados de varias gradas, a fin de que el Obispo, sentado en su trono,
pudiese ser visto de todos y ser mejor oído cuando pronunciaba su sermón desde
su sede. La sede central se reservaba siempre para el Obispo, como todavía hoy
en Oriente.
También es cierto que originariamente no se ponían en el altar
ni cruces, ni velas, ni atril para el misal, solamente el cáliz y la patena
con las ofrendas. Esto lo podemos comprobar en las pinturas y miniaturas
medievales de la misa. Pero sí existía, hasta una época reciente, la costumbre
de adornar con flores el suelo de la iglesia; jamás se adornaba con flores el
altar.
Por regla general los altares eran pequeños, con una superficie
que raramente sobrepasaba el metro cuadrado. En el claustro de la catedral de
Ratisbonne existe, por ejemplo, un pequeño altar de piedra maciza, que se
remonta a una época muy antigua; pero se encuentra también en "la antigua
catedral" un enorme altar (de dos metros diez por un metro cuarenta) que
posiblemente data del siglo V, representando una "confesión", lo que quiere
decir que formaba parte del sepulcro de un mártir. De aquí su enorme tamaño.
La pequeña superficie, de la mayoría de los altares, sólo dejaba espacio para
las ofrendas del pan y del vino; precisamente esta característica servía para
resaltar el carácter sacrificial de la misa; lo mismo que en los sacrificios
de judíos y de paganos, sólo las ofrendas propiamente dichas tenían sitio
sobre el altar.
Los altares en forma de mesas de grandes dimensiones eran raros
en la antigüedad. Sin embargo igual que los altares que hemos citado, eran
también profusamente adornados con telas preciosas, que colgaban hasta el
suelo por los cuatro lados, aunque la mesa que recubrían no aparecía como tal
mesa. Más tarde, en muchos lugares, se puso en la cara anterior de los
altares, una alfombra de tela, madera o metal, ricamente adornada. Pero no se
puede afirmar que el carácter de cena de la misa se pusiese de manifiesto por
los altares en forma de mesa.
Más adelante hablaremos con detalle de la posición del
sacerdote en el altar en tiempos de la Iglesia primitiva. Solamente citaremos
aquí lo que escribió en la revista Der Seelsorger, en 1967, poco después del
fin del Concilio Vaticano II, el P. Josef A. Jungmann, autor de la conocida
obra Missarum sollemnia: "La afirmación, tan a menudo repetida, de que el
altar de la iglesia primitiva suponía siempre que el sacerdote estaba vuelto
al pueblo, se comprueba que es una leyenda".
Jungman además nos advierte contra el peligro, si se preconiza
el altar cara al pueblo, de "hacer de esto una exigencia absoluta y,
finalmente, una moda a la que nos sometemos sin reflexionar". Según él, la
principal razón de esta recomendación de celebrar cara al pueblo es la
siguiente: "Existe en nuestros días la tendencia de cargar el acento
exclusivamente en el carácter de cena de la eucaristía".
Por su parte el propio Cardenal Ratzinger, en estos últimos
años, nos llama la atención cada vez con más frecuencia contra el peligro de
considerar la liturgia sólo bajo el aspecto de "comida fraternal" [16].
QUINTA PREGUNTA
¿No celebra el Papa desde tiempo inmemorial vuelto hacia al
pueblo; y no existe en San Pedro de Roma un altar aislado elevado sobre un
podium, como en la mayor parte de las Iglesias modernas?
Parecería exacto que la idea de un altar central, aislado sobre
un podium estuviese en cierta forma preconfigurada en la iglesia barroca de
San Pedro (pero no en la iglesia constantiniana que le precedió): el altar
papal, ligeramente elevado, se encuentra aislado en medio de la iglesia, justo
bajo cúpula central, suspendida sobre la "confesión" y la tumba del Príncipe
de los Apóstoles; fácilmente visible desde todos los lados, es decir, desde la
nave como desde los dos brazos del transepto.
Los que anteriormente hubiesen presenciado una misa papal se
habrían dado cuenta que el Papa no se colocaba delante del altar, como en el
resto de la cristiandad, sino detrás de éste. Algunos liturgistas sacaron
inconsideradamente la conclusión de que aquí se había conservado la posición
cara al pueblo, que el celebrante había tenido en la iglesia primitiva.
Pero, como lo vamos a demostrar, se trata de la orientación de
la plegaria, pues la iglesia de San Pedro no tiene el ábside orientado al
este, sino hacia el oeste, como la mayoría de las antiguas iglesias.
Sin embargo, como lo muestran las fotografías tomadas antes del
advenimiento de Pablo VI, que luego emprendió la transformación del altar
papal, los fieles presentes apenas podían percibir la figura del papa, debido
a las enormes dimensiones de la cruz y de los candelabros del altar. Por ello
no puede hablarse de una celebración versus populum propiamente dicha. No se
trata tampoco de un privilegio del Papa, como se ha afirmado. Existen, en
efecto, otras iglesias en Roma, en las que el ábside está orientado a
occidente y donde el celebrante está igualmente colocado detrás del altar.
En las modernas iglesias, construidas después del Concilio
Vaticano II, a menudo se encuentra, como en San Pedro de Roma, un altar
aislado sobre un podium, pero en el que falta el baldaquino que lo corona.
Como se trata de un podium aislado en medio de la iglesia, desprovisto de
cualquier orientación, normalmente rodeado de bancos para los fieles, es
difícil encontrar un lugar adecuado para la cruz del altar, de la cual ya
hemos expuesto más arriba la función de punto de referencia, cruz que es
siempre exigida por las nuevas reglas litúrgicas. En la Institutio generalis
del nuevo misal se puede leer: "Por ello, sobre el altar o en su proximidad,
se colocará una cruz, bien visible por la asamblea" (n° 270).
Este era el caso del "altar de la cruz" medieval (Colocado
delante de la reja, que separaba el coro del antecoro); pero ya no lo es; por
lo que para satisfacer de una forma u otra esta prescripción, se cuelga o
coloca sobre el altar una crucecita.
SEXTA PREGUNTA
¿Se puede decir que estaba bien que el sacerdote rezara
vuelto hacia una pared? ¿no parece mejor que lo haga vuelto hacia la asamblea?
En cuanto se coloca ante el altar, el sacerdote no reza en
dirección a una pared, sino que todos los que están allí presentes lo hacen
conjuntamente en dirección al Señor, tanto más cuanto que hasta ahora lo que
importaba, no era formar una comunidad, sino rendir culto a Dios por
intermedio del sacerdote, representante de los participantes y unido a ellos.
Por esto, hablando de la dirección de la oración, San Agustín,
obispo de Hipona, escribe: "Cuando nos levantamos para orar, nos volvemos
hacia el Oriente (ad orientem convertimur) desde donde el cielo se eleva. No
que Dios sólo se encuentre allí, o que haya abandonado las otras regiones de
la tierra... sino para exhortar al espíritu a volverse hacia una naturaleza
superior, es decir, hacia Dios" [17].
Esto explica porque los fieles, después del sermón, se
levantaban de sus asientos para la plegaria, que a continuación se hacía y se
volvían hacia el oriente. San Agustín les invitaba a ello frecuentemente al
terminar sus sermones, empleando, a manera de frase ya consagrada, las
palabras: "Conversi ad Dominum " (vueltos hacia el señor).
Se puede evocar aquí una palabra de San Pablo. Consciente de
que "El tiempo que pasamos en nuestro cuerpo es un exilio lejos del Señor,
porque caminamos en la fe, no en la visión ", él desea estar "ausente de su
cuerpo y presente cerca del Señor " (ad Dominum) (2 Cor. 5,6‑8).
Así pues, volverse hacia el Señor y mirar hacia el Oriente,
para la Iglesia primitiva era una misma y sola cosa.
En su obra fundamental Sol Salutis (1920), Joseph Dólger dice
que está convencido de que la respuesta de la asamblea "Habemus ad Dominum "
(Nos volvemos hacia el Señor) a la apelación del sacerdote "Sursum corda"
(¡Elevemos los corazones!), significaba que se volvían hacia el Oriente, hacia
el Señor (pág. 256).
A este respecto Dólger observa que ciertas liturgias orientales
proceden expresamente a esta invitación por una llamada del diácono antes de
la plegaria eucarística (pág. 251). Este es el caso de la anáfora copta de San
Basilio que comienza así: "¡Aproximaos, vosotros los hombres, levantaos con
respeto y mirad hacia el Oriente"; y de la anáfora de San Marcos, donde una
exhortación análoga ("¡Mirad hacia el Oriente!") se dice en medio de la
plegaria eucarística, justo antes de la transición que lleva al Santus.
En la breve descripción litúrgica del segundo libro de las
Constituciones apostólicas, que son unas instrucciones del Siglo IV, se
menciona igualmente que hay que ponerse de pie para rezar y volverse hacia el
Oriente [18]. El libro octavo nos aporta la apelación del diácono: "¡Poneos de
pie hacia el Señor!" [19]. Como se ve, aquí también hay un paralelismo entre
el hecho de mirar hacia el Oriente y el de volverse hacia el Señor.
La costumbre de rezar en dirección al sol naciente es
inmemorial, como igualmente lo ha demostrado Dólger; se la encuentra tanto
entre los judíos como entre los romanos. Por ello el romano Vitruvio, en su
tratado sobre arquitectura, escribe: "Los templos de los dioses deben estar
orientados de tal forma que ... la imagen que se encuentre dentro del templo
mire hacia el ocaso, para que los que vayan a hacer sacrificios estén vueltos
hacia el Oriente y hacia la imagen; y así al hacer sus oraciones vean todo el
conjunto, el templo y la parte del cielo que está a levante, y que las
estatuas parezcan levantarse con el sol para mirar a los que rezan durante los
sacrificios".
Para Tertuliano (hacia el 200 D.C.) la oración hacia Oriente es
cosa evidente. En su librito "Apologética ", menciona que los cristianos
"rezan en dirección al sol naciente" (c.16). Esta orientación de la plegaria
se señaló muy pronto en las casas por medio de una cruz en el muro. Se ha
encontrado una cruz en la parte superior de una casa de Herculanum, sepultada
cuando la erupción del Vesuvio, el 79 D.C. [21].
SÉPTIMA PREGUNTA
Hay sin embargo estudios, como el muy conocido del profesor
Otto Nussbaum, en los cuales se ha demostrado científicamente, que desde los
tiempos más remotos, hubo celebraciones cara al pueblo, y que estas
celebraciones eran hasta más antiguas
En su estudio de gran amplitud Der Standort des Liturgen am
christlichen Altar (El Lugar del celebrante en el altar cristiano), publicado
en 1965, Nussbaum escribe: "Cuando aparecieron los edificios dedicados al
culto propiamente dicho, no había ninguna regla estricta que fijara de qué
lado del altar debía colocarse el celebrante. Podía situarse bien delante del
altar o detrás" (P.408). El piensa que la celebración cara al pueblo fue la
preferida hasta el siglo VI.
No obstante Nussbaum no distingue suficientemente entre las
iglesias que tienen el ábside al este con las que lo tienen al oeste, y por
consiguiente la entrada al este. Son casi exclusivamente las basílicas del
siglo IV las que presentan esta última orientación, y especialmente aquellas
que fueron construidas por el emperador Constantino y Elena, su madre, como
por ejemplo la iglesia de San Pedro de Roma.
Pero desde el comienzo del siglo V, San Paulino de Nola indica
que lo habitual (usitatior) es el ábside al este [22]. De hecho, hay basílicas
que tienen su entrada al este, sobre todo en Roma y en Africa del Norte,
mientras que en Oriente son relativamente raras (en Tiro y en Antioquía).
La entrada hacia el Oriente (basílicas constantinianas)
imitaban la disposición del Templo de Jerusalem (Cf. Ez. 8,16) así como
algunos templos de la antigüedad, cuyas puertas abiertas dejaban penetrar la
luz del sol naciente, que hacía resplandecer en el interior la estatua del
dios.
En las basílicas cristianas que tenían su entrada al este, el
celebrante estaba obligado, normalmente, a colocarse delante de la cara
"posterior" del altar a fin de estar vuelto hacia el Oriente en el momento de
la ofrenda del Santo Sacrificio, mientras que, en las iglesias que tenían el
ábside al este, se colocaba "delante" del altar (ante apare) dando por
consiguiente la espalda a la asamblea.
Del hecho de que en algunas de estas últimas basílicas hubiera
sitio detrás del altar para el celebrante, a veces se ha deducido que éste se
colocaba en ese lugar y que por consiguiente estaba vuelto hacia el pueblo,
sobre todo cuando existía además en el fondo del ábside un banco para los
sacerdotes, con un sitial para el obispo.
Ahora bien, esta es una conclusión manifiestamente errónea
‑que Nussbaum, por otra parte, ha adoptado‑,
como se puede demostrar de manera irrefutable con la ayuda de los resultados
de las excavaciones arqueológicas [23]. ¿Si no por qué se habrían construido
estas iglesias exactamente en dirección del Este?
OCTAVA PREGUNTA
Cuando el sacerdote se colocaba "detrás" del altar en las
iglesias, que tienen su ábside en dirección al occidente, como San Pedro de
Roma, ¿no tenía lugar una celebración "cara al pueblo"?
¡No! En efecto, durante la plegaria eucarística (canon misae),
no sólo el celebrante sino también los fieles se volvían hacia el Oriente.
Como lo hizo observar San Juan Crisostomo [24] en los primeros tiempos los
fieles extendían sus manos para rezar a la vez que el sacerdote (Cf. fig. 9).
Todos miraban en dirección a las puertas abiertas de la
iglesia, por donde penetraba la luz del sol naciente, símbolo de Cristo
resucitado, que vuelve. A parte de la veneración particular que el constructor
de estas Basílicas, el emperador Constantino, tenía por el Sol naciente, un
pasaje del profeta Ezequiel (43, 1) influyó también de manera especial: "El me
ha conducido al pórtico oriental; y he aquí que la gloria del Dios de Israel
llega del Oriente". Así estando abiertas las puertas de la Basílica hacia el
oriente, se esperaba que Cristo viniese a participar en la celebración de la
Eucaristía, de la misma manera que después de su resurrección él se apareció
varias veces a sus discípulos mientras comían (Luc. 24, 36‑49;
In. 21; Act. 1,4).
Originariamente los fieles, separadas las mujeres de los
hombres, permanecían no en la nave central, sino en las naves laterales (Esta
afirmación, que corre el riesgo de sorprender al lector no avisado, sin
embargo está totalmente fundada. A título de ejemplo reproducimos un croquis
de la iglesia de San Clemente de Roma. El espacio central ante el altar estaba
ocupado por la schola cantorum (recinto reservado a los chantres o cantores),
los fieles se colocaban en las naves laterales. Esta disposición está
atestiguada por numerosos documentos. Notemos sin embargo, una hipótesis
diferente debida al profesor Cyrile Vogel, que en el caso de una basílica, en
la que los fieles estuvieran de hecho en la nave central, piensa que "en Roma,
hacia la mitad del siglo V, la conversio ad orientem (volverse hacia el
oriente) implicaba una aversio a mensa (dar la espalda al altar), no era o
dejo de ser costumbre entre los fieles". ("La Orientación hacia el este del
celebrante y de los fieles, durante la celebración eucarística" publicado en
L'Orient syrien, vol. IX, 1964, pág. 29).; que en las grandes basílicas podían
ser hasta seis (las de San Juan de Letrán y San Pedro de Roma sólo tienen
cuatro). La colocación en las naves laterales corresponde a la costumbre de
sentarse a lo largo de los muros laterales en las iglesias pequeñas de la
cristiandad primitiva. Esta costumbre pervive aún en las iglesias de Oriente;
la nave o el espacio central bajo la cúpula queda libre para las funciones del
culto. Los fieles de más edad se situaban en los asientos (stasidien) a lo
largo de los muros de la Iglesia; y en las naves laterales, el resto de los
asistentes al oficio, de pie. En Oriente, la posición de pie y no de rodillas,
como antes entre nosotros, es la actitud corporal más conveniente a la
participación litúrgica, actitud que además exige una gran disciplina física,
sobre todo durante los largos oficios religiosos.
Como lo muestran ciertas excavaciones y las representaciones en
las basílicas constantinianas y norteafricanas el altar estaba cerca del
centro de la nave. Se le rodeaba por los cuatro costados con una verja y, por
regla general, se le cubría con un baldaquino que se han encontrado en ellas,
(Según el diccionario de arqueología y liturgia cristiana, de Dom Cabrol y Dom
Leclercq, IV, 2, p. entre col. 2232-2233, artículo iglesia). El altar está en
medio de la nave).
El coro (schola cantorum) se colocaba cara al celebrante. En
las iglesias de Rávena, todas ellas orientadas en dirección al este, se
conservó durante mucho tiempo esta posición del altar y de la schola en medio
de la nave central y de ello existen testimonios hasta el siglo VIII [25].
(Siempre a título de ejemplo, reproducimos el plano de la iglesia de Sabratha,
en Libia. El celebrante, vuelto hacia el este, se coloca de espaldas al ábside
y de cara a las puertas de la iglesia. Los fieles no están colocados delante
del sacerdote (se ve que tampoco tenían sitio), sino más bien en las naves
laterales. Ellos, al igual que el celebrante, no tienen dificultad en volverse
hacia el este).
En la iglesia constantiniana de San Pedro de Roma el altar no
se encontraba encima de la tumba del Apóstol, en contra de lo que se pudiera
creer, sino un poco más al centro de la nave. Sobre el lugar en que estaba
enterrado el Príncipe de los Apóstoles, había una "memoria" sin altar, un
baldaquino sostenido por columnas, como lo muestra la antiquísima
representación del cofrecillo de marfil de Pola. La suposición con frecuencia
aducida que habría habido en otro tiempo un altar mayor amovible allí por
donde entraban y salían los peregrinos que visitaban la tumba del Apóstol no
ha podido ser probada.
Puesto que en las basílicas, que tenían su ábside en dirección
al Occidente y el altar en medio de la nave, los fieles, como hemos visto, se
colocaban en las naves laterales (entre las columnas de las cuales colgaban
tapices, que se abrían durante la misa), no volvían la espalda al altar. Cosa
en todo caso impensable, por el respeto que se tenía a la santidad del altar.
Sin embargo, podían volverse sin dificultad hacia el Oriente (en dirección a
la entrada) con una ligera rotación del cuerpo.
Aún en el caso inverosímil de que, durante la plegaria
eucarística, los fieles no hubiesen mirando hacia la entrada sino hacia el
altar, no hubiese existido sin embargo un cara a cara con el sacerdote, pues
el altar, como hemos dicho, estaba en la antigüedad oculto por las cortinas,
durante este período de la misma.
A partir de la edad media, el altar de estas basílicas fue
desplazado hacia el ábside. En la iglesia de San Pedro esto se hizo, como se
sabe hacia el 600, bajo el Papa San Gregorio el Grande, quien al mismo tiempo
emprendió importantes modificaciones en el coro e instaló una cripta circular,
con objeto de que los peregrinos pudiesen llegar libremente a la tumba del
Apóstol, sin tener que penetrar en el presbiterio.
Más adelante, poco a poco, el pueblo se colocó en la nave
central. En una época (imposible hoy de determinar) cuando en las basílicas
constantinianas, los asistentes dejaron de volverse hacia Oriente, para
permanecer vueltos hacia el altar, se llegó a una especie de celebración "cara
al pueblo".
BIBLIOGRAFÍA
[1] PG (Migne, Patrología Griega) 63, 111.
[2] La plegaria, 31, n° 5; traducción de A. G. HAMMAN (DDB,
1977), pág. 120.
[3] Biblioteca de la Kirchenváter, pág. 64.
[4] "Scivias ",11, visión 6.
[5] Mons. DUCHESNE, "Orígenes del culto cristiano", 3a edición,
págs. 485 y 488.
[61 PG 61, 313.
[7] 1,2 "Del altar", n° 5.
[8] PG 79. 577‑580.
[9] Cf. K. GAMBER, "Das Patriarchat Aquileja und bairische
Kirche" (El patriarcado de Aquielea y la Iglesia Bávara), págs. 25 a 55.
[10] 11, 57, 2‑58, 6 (Paderborn,
1906) edición de Funk.
[11] PG 62,29.
[12] "Racional", 1, 3 n° 35.
[13] Cf. sobre este tema el artículo de K. GAMBER en el
periódico "Das Münster ", 1985.
[14] "Das Konzil der Buchhalter" (El Concilio de los
contables), pág. 200.
[15] Cf. K. GAMBER, "Ecclesia Reginensis ", págs. 49 a 66.
[16] CE "Entretiens sur la foi ", Fayard, 1975, pág. 158.
[17] PL (Migne, Patrología Griega) 34, 1277.
[181 Capítulo 57, 14; edición de Funk, pág. 165.
[19] Capítulo 12, 2; edición de Funk, pág. 494.
[20] 1, libro 4, capítulo 5, edición de E. Tardieu & A. Cousin
hijos, pág. 173.
[21] Cf. E. C. CONTÉ CORTI "Vida, muerte y resurrección de
Herculano y Pompeya ", págs. 16 a 18.
[221 Ep. 32, 13. (PL 61, 337).
[23] Cf. K. GAMBER, "Liturgie und Kirchenbau" (Liturgia y
construcción de iglesias) págs. 16 a 18.
NOVENA PREGUNTA
¿Cuál era la posición del sacerdote y de los fieles en las
iglesias en las que el ábside estaba en dirección a Oriente, iglesias que como
se sabe constituían la mayoría de los antiguos santuarios?
En las basílicas que tenían varias naves laterales y con el
ábside en dirección al oriente, los asistentes a la misa se situaban al
principio en las naves laterales, así como en la parte trasera de la nave
central. Formaban una especie de semicírculo abierto hacia Oriente y en el
punto de convergencia se colocaba el celebrante (en el centro del círculo
entero virtual).
En cambio, en las basílicas que tenían el ábside en dirección
al occidente, el sacerdote, así como los clérigos y cantores que le rodeaban,
se colocaban en el punto central de este semicírculo.
Cuando posteriormente, los fieles empezaron a ocupar la nave
central y se colocaron así dispuestos como en una especie de columna militar,
algo dinámico apareció que asemejaba a la columna del pueblo de Dios en marcha
a través del desierto hacia la tierra prometida. Su posición hacia el este,
indicaba el objetivo de la columna, el Paraíso perdido que siempre se buscaba
hacia Oriente (Cf. Gen. 2,8) El celebrante y sus asistentes formaban la cabeza
de esta columna.
La disposición inicial, que consistía en un semicírculo
abierto, resultaba al contrario de un principio estático: la espera del Señor,
que había subido a los cielos hacia el este (cf. Ps. 67,34; Zac. 14,4) y de
allí regresaría (cf. Mat. 24,27, Ac. l,ll). Cuando se espera a una
personalidad importante, se rompen las filas para formar un semicírculo, a fin
de acoger al huésped de honor en su centro. San Juan Damasceno escribe: "En su
Ascensión, se elevó hacia el Oriente y de esta forma fue adorado por sus
Apóstoles, y así regresará, de la misma manera que le vieron subir al cielo,
como el mismo Señor lo ha dicho: "como el relámpago que salta del oriente y
brilla hasta el occidente, así será la venida del Hijo del hombre (Mat.
24,27). Porque le esperamos, le adoramos vueltos hacia el oriente". He aquí
una tradición no escrita de los apóstoles" [26].
A partir de esta idea se ha representado en numerosas iglesias,
desde aproximadamente el siglo VI ‑piénsese
en las pinturas de esta época en Bawit (Egipto)‑
la Ascensión del Señor bajo la bóveda principal del Abside: en la parte
superior de la imagen, Cristo glorioso llevado por ángeles; en la parte
inferior María representando a la Iglesia, en actitud orante con las manos
extendidas hacia el cielo y a su izquierda y a su derecha, los Apóstoles. Esta
pintura representaba a la vez la Glorificación de Jesús en el cielo y su
segunda parusia según la palabra de los ángeles a los apóstoles cuando la
ascensión: " ... Ese Jesús que ha sido llevado de entre vosotros al cielo
vendrá así como le habéis visto ir al cielo" (Hec. 1,11) [27].
Más tarde, en las pinturas de ábsides occidentales, Cristo en
su trono fue sacado de esta composición y se convirtió en Majestas Domini
rodeado de los símbolos de los cuatro evangelistas, en la pintura del ábside
típico del arte románico. En el Oriente bizantino o se ha pintado al Señor en
su gloria como Pantocrator bajo la bóveda principal del ábside o se ha
colocado el conjunto de la Ascensión, bajo la cúpula superior del altar. En
casi todos los casos, se prescinde de la Madre de Dios en estas composiciones,
reservándola para la ornamentación del ábside (cf. fig. 2, pág. 19).
Un pasaje del Apocalipsis debió influir para determinar el
lugar central del ábside, que se le asigna a María: "El templo de Dios se
abrió en el cielo, y dejose ver en su interior el Arca de la alianza
(destinada como hemos visto a guardar la eucaristía sobre el altar) ... y
enseguida apareció en el cielo una señal grande: una mujer vestida del sol,
con la luna debajo de sus pies, y sobre la cabeza una corona de doce
estrellas" (Ap. 11,19‑12, l).
Nótese aquí la relación entre María‑Iglesia
y Arca de la Alianza; pero también el hecho de que el velo del templo
‑es decir, del santuario que éste recubre‑
sólo se abría en determinadas circunstancias. El misterio, el tremendum, exige
‑algo que hoy se olvida fácilmente‑
estar oculto, de donde nacía el deseo de verlo descubrirse.
El apóstol San Pablo escribe: "Ahora vemos por un espejo y
obscuramente, entonces veremos cara a cara" (1 Cor. 13,12). Mirar hacia el
este, no sólo significaba mirar hacia el Señor transfigurado en los cielos y
regresando al fin de los tiempos, sino también el deseo de la última
manifestación, de la revelación de la gloria futura.
DÉCIMA PREGUNTA
El hecho de que en las basílicas romanas más antiguas, el
altar y el ábside se pueden encontrar prácticamente orientados en todas las
direcciones, ¿no está en contradicción con la afirmación de que en los
comienzos se rezaba siempre hacia oriente y en consecuencia, las iglesias se
hacían con el ábside y el altar mirando al oriente? ¿Cómo explicarlo?
Se trata de iglesias edificadas sobre materiales de
construcciones que ya existían en la antigüedad; o las que debido a las
condiciones locales no permitían una exacta orientación este‑oeste.
Lo cual no impedía que tanto el sacerdote como los fieles se volvieran al
Oriente para la oración y el sacrificio, como era costumbre habitual entre los
cristianos.
Así, por ejemplo, la célebre iglesia de San Clemente de Roma,
que fue edificada sobre antiguas construcciones, tiene la entrada al sudeste.
Esta es la razón por la que el celebrante tiene su sitio detrás del altar.
Además, celebrar delante de él no sería posible debido a la disposición de los
espacios. Para mirar hacia el Oriente durante el Santo Sacrificio es
suficiente que el sacerdote gire ligeramente el cuerpo en esa dirección.
Ocurre lo mismo para los fieles situados en los laterales. En San Clemente se
utiliza la nave para la "schola", en ella se pueden ver dos ambones para la
lectura de la epístola, el gradual y el evangelio.
En su libro "El rito y el hombre", Louis Bouyer escribe: "La
idea de que la basílica romana era la forma ideal de una iglesia cristiana,
porque permitía una celebración donde sacerdotes y fieles estuviesen cara a
cara, es un completo contrasentido. Sería lo último en que hubiesen pensado
nuestros antepasados". (pág. 241).
De cualquier manera, como hemos visto, la estricta orientación
de las iglesias, tal como se encuentra a partir de los siglos IV y V, no
hubiera tenido sentido, si no hubiera estado en correlación con la orientación
de la plegaria.
Para corroborar la opinión según la cual el altar propiamente
dicho (y la cruz que está sobre él) sería el punto de referencia hacia el que
se volverían los fieles y al que de forma ideal, deberían rodear; se cita a
manera de ejemplo, la expresión del memento de vivos del canon de la misa: "et
omnium circumstantium " (y de todos los que nos rodean). Es preciso aclarar,
en lo que respecta a la significación filológica de esta expresión, que
circunstantes designa globalmente "las personas presentes" y no solamente
"aquellos que forman un círculo alrededor de algo"; y de hecho, en los
escritos de la época, no se conoce ningún ejemplo en que los fieles hiciesen
un círculo alrededor del altar durante la celebración de la misa. De cualquier
forma no se hubiera podido hacer, ya que en aquella época, como hoy día entre
los orientales, los laicos no tenían derecho a entrar en el santuario.
El respeto no se desarrolla sino donde está animado por
actitudes externas y si es necesario por prohibiciones destinadas a evitar
profanaciones. Por ejemplo, si un sacristán puede apoyar sin escrúpulos sobre
el altar una silla o una escalerilla para colocar en alto detrás del altar,
candelabros o flores, la santidad del altar se profana groseramente. Estas
actitudes son inimaginables en las iglesias de Oriente.
Por el contrario, la expresión "et omnium circumstantium "
puede inducir a los fieles a tomar una actitud respetuosa durante la ofrenda
del Santo Sacrificio: a saber, de pie, llenos de respeto. Pero hoy en día
estas personas "presentes" se transforman fácilmente en "personas sedentes"
(confortablemente) sobre sus asientos, a lo que contribuye la actual presencia
de simples sillas en las iglesias, que incitan a ponernos cómodos. Ciertamente
cambiar la manera moderna de ver este aspecto, no será fácil. Pero no se
olvide que la actitud de pie, es la actitud litúrgica por excelencia, que
además favorece el espíritu comunitario.
UNDÉCIMA PREGUNTA
Todo esto es muy hermoso, pero ¿no hay que contar con el
hecho de que el hombre moderno es incapaz de comprender, que sea necesario
volverse al oriente para rezar?
El sol naciente no tiene para el hombre actual la fuerza
simbólica que tenía para el hombre de la antigüedad y que aún hoy día tiene
para los mediterráneos, que perciben el sol con más intensidad que los
"hombres del norte". Para los cristianos de hoy lo que prima es la comunidad
de la mesa eucarística.
Si el hombre moderno no presta gran atención a la dirección
exacta en la que reza ‑lo que continúan
los musulmanes que se vuelven hacia la Meca, y los judíos que se orientan
hacia Jerusalem‑ debería sin embargo
comprender la significación que reviste el hecho de que el sacerdote y la
asamblea recen juntamente en la misma dirección. De cualquier forma, la
costumbre de que todos los presentes estén orientados, todos juntos, "hacia el
Señor", es intemporal y tiene todavía hoy todo su sentido.
Junto al aspecto teológico del cara a cara del sacerdote y la
asamblea durante la celebración del sacrificio eucarístico, conviene evocar
aquí igualmente los problemas de orden sociológico, que se han puesto en
evidencia en la "comunidad de la mesa eucarística ".
El profesor W. Sieble, en un opúsculo titulado "Liturgie als
Angebot" (La liturgia a subasta) piensa que al sacerdote cara al pueblo se le
puede considerar como "el símbolo más perfecto del nuevo espíritu de la
liturgia". Y añade: "la costumbre en uso hasta hace poco hacía aparecer al
sacerdote como jefe y representante de la comunidad, que habla a Dios en
nombre de ella, como Moisés en el Sinaí: la comunidad dirige a Dios un mensaje
(oración, adoración, sacrificio) y el sacerdote, como jefe, trasmite este
mensaje y Dios lo recibe".
Con la práctica moderna, continua Siebel, el sacerdote mirando
al pueblo "prácticamente ya no aparece como representante de la comunidad,
sino más bien como un actor que, ‑en todo
caso en la parte central de la misa‑
representa el papel de Dios, un poco como ó en Oberammergau u otras
representaciones de la Pasión. Y concluye: "Pero si en esta nueva manera, el
sacerdote se convierte en un actor, encargado de interpretar a Cristo en el
escenario, entonces Cristo y el sacerdote parecen, a causa de esta restitución
teatral de la cena, identificarse el uno con el otro de manera por momentos
inaceptable".
Sibel explica así la buena voluntad con la que casi todos los
sacerdotes han adoptado la celebración "versus populum ": "La desorientación
considerable y la soledad de los sacerdotes les ha hecho buscar nuevos motivos
donde apoyar su comportamiento. Entre estos el soporte emocional, que procura
al sacerdote la comunidad reunida delante de él. Pero inmediatamente brota de
ahí una nueva dependencia: la del actor vis a vis de su público".
Lo mismo, K. G. Rey en su estudio "Pubertütserscheinungen in
der katholischen Kirche" [105] declara: "hasta ahora el sacerdote ofrecía el
sacrifico como intermediario anónimo, como cabeza de la comunidad, vuelto
hacia Dios y no hacia el pueblo, en nombre de todos y con todos; las oraciones
que recitaba le estaban prescritas, ... hoy día este sacerdote viene a nuestro
encuentro como un hombre, con sus particularidades humanas, su estilo de vida
personal y la mirada vuelta a nosotros. Para muchos sacerdotes es una
tentación, contra la cual no son capaces de luchar o de vender cara su
personalidad. Algunos saben, con mayor o menor astucia, explotar la situación
en su provecho. Sus actitudes, su mímica, sus gestos, todo su comportamiento
atrae las miradas sobre ellos por sus repetidas observaciones, directivas y
también por sus palabras de acogida o de despedida ... El éxito que así
consiguen constituye para ellos la medida de sus poderes y en consecuencia, la
norma de su seguridad".
En su obra "Liturgie als Angebot" [106], Siebel declara
todavía, a propósito del deseo de Klauser citado más arriba, de ver "más
claramente expresada la comunidad de la mesa eucarística" por la celebración
"versus populum": "La reunión de la asamblea alrededor de la mesa de la Cena,
deseada (por Klauser) apenas puede contribuir a reforzar la conciencia
comunitaria. En efecto, sólo el sacerdote se encuentra ante la mesa y además
de pie. Los otros participantes al ágape están sentados más o menos lejos en
la sala del espectáculo".
Más aún, según Siebel: "Como regla general, la mesa está
colocada lejos de los fieles, sobre un estrado; de manera que no es posible
hacer revivir los estrechos lazos que existían en la sala donde se desarrolló
la Cena. El sacerdote que interpreta su papel vuelto al pueblo, difícilmente
puede evitar dar la impresión de representar un personaje que, con toda
cortesía, tuviera algo que proponeros. Para disminuir esta impresión se ha
tratado de colocar el altar en medio de la asamblea. Entonces no se tiene
necesidad de ver sólo al sacerdote, pues así se pueden ver a los asistentes
sentados a sus lados o frente a él. Pero al colocar el altar en medio de los
fieles desaparece la distancia entre el espacio sagrado y la asamblea. El
recogimiento que antes nacía de la presencia de Dios en la iglesia se
transforma en un pálido sentimiento que en nada se diferencia de lo
cotidiano".
Colocándose detrás del altar, la mirada vuelta hacia el pueblo,
el sacerdote se convierte, desde el punto de vista sociológico, en un actor,
que depende totalmente de su público y en un vendedor que tiene algo que
vender.
En su libro ya citado, Das Konzil der Buchhalter, Alfred
Lorenzer evoca todavía otros puntos de vista, particularmente de orden
estético: "El micrófono no sólo revela cada respiración, cada ruido
inadvertido, sino que la escena empieza a parecerse más a los recetarios de
cocina de televisión, que a formas litúrgicas de las Iglesias Reformadas. Si
estas últimas han marginado la acción sagrada ‑a
más simplicidad y brevedad en la reforma litúrgica esta acción permanece: se
la despoja de sus gestos ornamentales, pero conservada minuciosamente en toda
la complejidad de su desarrollo, y desde ahora presentada a los ojos de todos
en una pseudo‑transparencia que confunde
la percepción sensible de las manipulaciones con la transparencia del mito,
manipulaciones ejecutadas de una manera que exhibe en todo caso
indiscretamente cada detalle de este ritual alimentario. Se ve a un hombre
romper con dificultad una hostia, que se resiste y cómo la introduce en su
boca. Nos convertimos en testigos de las costumbres personales de masticar, no
siempre muy estéticas, de las de tragar el pan seco y de la técnica utilizada
para hacer girar el cáliz para purificarlo y la manera más o menos hábil de
limpiarlo" (pág. 192).
Esto en relación con el aspecto sociológico de la posición del
celebrante cara a la asamblea. Otra cosa es cuando se trata de proclamar la
palabra de Dios. Esta acción supone un cara a cara del sacerdote y del pueblo;
lo mismo que el predicador se volvía al pueblo, y el diácono cuando cantaba el
evangelio.
Pero como lo hemos dicho ya, las cosas son totalmente de otra
manera en la celebración del sacrificio eucarístico propiamente dicho. Aquí la
liturgia no es una "oferta" como en la liturgia de la Palabra; es un
acontecimiento sagrado, en el curso del cual el cielo y la tierra se unen y
donde el Dios de bondad se inclina hacia nosotros. Sólo en el momento de la
distribución de la comunión, del banquete propiamente dicho, se llega a un
cara a cara entre el sacerdote y los comulgantes.
Precisamente, estos cambios en la posición del sacerdote en el
altar durante la misa, tienen una significación simbólica y sociológica
cierta. Cuando el celebrante reza y sacrifica tienen, igual que los fieles,
los ojos fijos en Dios, mientras que cuando predica o distribuye la comunión,
se vuelve al pueblo.
Como hemos visto, el volverse hacia el este es tan antiguo como
la Iglesia y constituye por ello una costumbre que no puede modificarse. "Se
busca" constantemente "con los ojos el lugar donde se encuentra el señor" (J.
Kunstmann) o como dice Orígenes en su libro sobre la oración (c.32), hay aquí
"un símbolo, el del alma mirando cómo se eleva la verdadera luz", "atenta a la
bienaventurada esperanza y a la gloriosa manifestación de nuestro gran Dios y
Salvador Jesucristo" (Tit. 2,13).
DUODÉCIMA PREGUNTA
¿Por qué el carácter sacrificial de la misa, se manifiesta
menos claramente si, como se afirma, el sacerdote está vuelto cara al pueblo?
Cuestión inversa: Si entre los especialistas se sabe
perfectamente que al preconizar "el altar cara al pueblo" no se puede apelar a
una práctica de la iglesia primitiva ¿por qué no se saca la consecuencia que
se impone? ¿por qué no se suprimen "las mesas para un banquete", erigidas con
sorprendente unanimidad en el mundo entero?
Muy probablemente porque este tipo de mesas responden más a la
nueva concepción de la misa y de la eucaristía, que a la práctica antigua.
Bien claro está que se querría evitar hoy dar la impresión de
que la "santa mesa" (como se denomina en Oriente al altar) pueda ser un altar
del sacrificio. Sin duda es también la razón por la que casi en todas partes
sólo se pone en el altar un solo ramo de flores, como si fuese la mesa de una
comida de familia, así como dos o tres velas, que generalmente se colocan al
lado izquierdo de la mesa, mientras que el jarro con flores se pone al otro
lado.
Se busca la ausencia de simetría, y ya no es necesario tener un
punto central de referencia, como el que existía hasta hace poco en la cruz
con los candelabros colocados a derecha e izquierda de ella; sólo se quiere
una mesa para la comida y no un altar.
El sacerdote se coloca delante del altar del sacrificio, no
detrás. Lo mismo hacia el sacerdote, entre los paganos. En el santuario, su
mirada se dirigía hacia la representación de la divinidad, a quien se ofrecía
el sacrificio. Lo mismo en el Templo de Jerusalem, donde el sacerdote
encargado de ofrecer la víctima se colocaba delante de "la mesa del Señor" (cf.
Mal 1,12), como se llamaba al gran altar de los Holocaustos situado en el
centro del Templo, cara al templo interior, que guardaba el arca de la alianza
en el Santo de los Santos, lugar donde habita el Altísimo (cf. Ps. 16,15).
Una comida se desarrolla bajo la presidencia del padre de
familia en medio del círculo familiar; en cambio en todas las religiones
existe una liturgia determinada para llevar a cabo el sacrificio, que se
desarrolla en o delante de un santuario (que puede ser también un árbol
sagrado). El oficiante está separado de la muchedumbre y se pone delante de
ésta, ante el altar y vuelto hacia la divinidad. De siempre, las personas que
ofrecen un sacrificio están vueltas hacia aquel a quien se destina el
sacrificio y, en absoluto, hacia los que participan en la ceremonia.
En su comentario del libro de los Números (10,2), Orígenes se
hace interprete de la concepción de la Iglesia primitiva: "El que está delante
del altar muestra por este hecho que es él quien cumple las funciones
sacerdotales. Ahora bien, la misión del sacerdote consiste en interceder por
los pecados del pueblo". En nuestros días, en que el sentido del pecado
desaparece poco a poco, es una idea que parece ampliamente perdida.
Como sabemos, Lutero negó el carácter sacrifical de la misa: no
veía en ella más que la proclamación de la palabra de Dios, a la que seguía la
celebración de la Cena. De aquí su exigencia, ya mencionada, de que el
celebrante estuviera vuelto hacia la asamblea.
Ciertos modernos teólogos católicos no niegan directamente el
carácter sacrifical de la misa, pero les gustaría hacerlo pasar a un segundo
plano a fin de poder resaltar mejor el carácter de cena de la celebración. La
mayoría de las veces por consideraciones ecuménicas en favor de los
protestantes; pero descuidando en su ecumenismo a las Iglesias orientales
ortodoxas para las que el carácter sacrifical de la divina liturgia es un
hecho indiscutible.
Sólo la eliminación de "mesa de comida" y la vuelta a la
celebración en el "altar mayor" podrán llevarnos a cambios en la concepción de
la misa y de la eucaristía, es decir, a la misa entendida como acto de
adoración y de veneración a Dios, como acto de acción de gracias por sus
beneficios, por nuestra salvación y nuestra vocación al reino de los cielos, y
como representación mística del sacrificio de la cruz del Señor. (Os
destaques são nossos).
No obstante, como ya hemos visto, esto no excluye que la
liturgia de la palabra se celebre no en el altar sino en la sede o ambón, como
anteriormente se hacia en la misa episcopal. Pero las oraciones deben decirse
todas hacia el oriente, es decir, hacia la imagen de Cristo en el ábside y
hacia la cruz en el altar.
Dado que durante nuestra peregrinación en la tierra no nos es
posible contemplar toda la grandeza del misterio celebrado y menos aún al
propio Cristo, ni la "asamblea celeste", no basta hablar continuamente de todo
lo que el sacrificio de la misa tiene de sublime; es necesario más bien hacer
todo lo posible para poner en evidencia a los ojos de los hombres la grandeza
de este sacrificio a través de la misma celebración, a través de una artística
disposición de la casa del Señor y especialmente del altar.
Se puede aplicar tanto al desarrollo litúrgico como a las
imágenes lo que de los "velos sagrados" dice el Pseudo Dionisio el Aeropagíta
en su libro Sobre los nombre sagrados (1,4): esos velos "que (aún ahora)
esconden lo espiritual en el universo sensible, y lo supra‑terrestre
en lo terrestre, que confieren forma e imagen a lo que no tiene forma ni
imagen .... Pero llegará un día en que habiéndonos convertidos en
imperecederos e inmortales, y alcanzando la paz bienaventurada junto a Cristo
estaremos, como dice la Escritura, cerca del Señor (cf. Tess 4,17) colmados de
la contemplación de su presencia visible".
CONCLUSIÓN
Esperamos haber claramente establecido que antes de Martín
Lutero, en parte alguna se encuentra la idea del sacerdote vuelto hacia la
asamblea durante la celebración de la Santa Misa, ni tampoco a favor de esta
manera de ver se puede invocar ningún descubrimiento arqueológico.
El término específico versus populum (hacia el pueblo) aparece
por primera vez en el Ritus servandus in celebratione Missae (Rito a observar
en la celebración de la misa) del Missale Romanum redactado en 1570 por el
Papa San Pío V a petición del Concilio de Trento. En la sección V, 3,
específicamente se trata el caso en que "el altar esté orientado al este [no
hacia el ábside sino] hacia el pueblo" (altare sit ad orientem versus populum),
lo que se aplica a algunas antiguas iglesias de Roma.
Pero el acento se pone aquí en ad Orientem (lo que
voluntariamente se omite), mientras que el versus populum no es más que una
añadidura en vistas a la indicación que sigue inmediatamente, a saber que al
Dominus vobiscum el celebrante no tiene que volverse hacia el pueblo al que
tiene que saludar diciendo Dominus vobiscum. Esta posición del sacerdote
"detrás del altar" en algunas basílicas romanas hizo nacer, como hemos visto
en las Jugendbewegung de los años veinte, la errónea concepción según la cual
en Roma se había conservado así una costumbre de la primitiva iglesia.
Lo mismo que en la Iglesia de Occidente, jamás se usó en las
Iglesias de Oriente la celebración versus populum, donde por añadidura el
término correspondiente no existe. Es de notar que, durante la concelebración,
habitual entre los ortodoxos, el celebrante principal da siempre la espalda a
la asamblea, aunque los sacerdotes concelebrantes se colocan detrás de él.
No se puede sin embargo callar que hubo
‑y aun hoy existe‑
en las Iglesias de Oriente también tentativas esporádicas de celebrar la
liturgia cara al pueblo o al menos de colocar el altar delante del
iconostasio. En 1921, el patriarca Tikhon de Moscú se apercibió claramente de
los riesgos que, para la correcta celebración del culto divino, traerían las
novedades preconizadas y practicadas por algunos sacerdotes, consecuencia de
la Revolución Rusa, por lo que hizo una llamada a todos los obispos del país:
"Todo esto se está haciendo so pretexto de adaptar la liturgia a las
exigencias de los nuevos tiempos, de aportar al culto divino la animación
necesaria para incitar a los fieles a ir a la iglesia. No, no bendecimos
ninguna de estas violaciones, ni ninguna de estas arbitrarias acciones
individuales durante la celebración litúrgica, puesto que no lo podemos hacer.
La divina belleza de nuestra liturgia, tal como se ha fijado en los libros
rituales, las rúbricas y las prescripciones, debe permanecer intangible en la
Iglesia Ortodoxa Rusa, porque éste es el don supremo más sagrado".
La posterior evolución dio la razón al patriarca. Gracias al
hecho de haber fielmente guardado y cultivado su liturgia tradicional hoy en
día la Iglesia Ortodoxa rusa permanece viva y próspera.
Lo que es decisivo para la colocación del sacerdote en el
altar, como hemos insistido, es el carácter sacrifical de la misa. El
sacrificador se vuelve hacia aquél a quien se ofrece el sacrificio, por eso se
coloca ante el altar ad dominum, hacia el Señor. (Os destaques são nossos)
Además, si se quiere resaltar el carácter de cena de la
celebración eucarística, el simple hecho de celebrar versus populum no sería
suficiente para dar este carácter tan aparente como se le imagina y que tan a
menudo se desea. Pues sólo el "presidente de la cena" se coloca en la mesa. El
resto de los "participantes a la cena" se colocan en la nave, como en una
"sala de espectáculo", sin relación directa con la "mesa de la cena". Esta es
la razón por la que, en los pequeños grupos, hoy se tiende a colocar a los
asistentes rodeando el altar; lo que, en adelante, traerá como consecuencia
borrar completamente el carácter sacrifical de la misa. No se hará justicia a
este sacrificio, sino es haciendo lo que siempre se ha hecho, volvernos con el
sacerdote "hacia el Señor", por consiguiente, todos en la misma dirección.
Según la concepción católica, la misa es algo más que una
comunidad reunida para celebrar una cena en memoria de Jesús de Nazareth. Lo
importante no es la constitución de una comunidad, ni lo que ella vive
‑aunque esto no deba subestimarse (cf. Cor.
10,17)sino sobre todo el culto que se rinde a Dios.
No es el hombre sino Dios quien debe ser siempre el punto de
referencia. De aquí que desde los orígenes todos se orientaban hacia El y no
un cara a cara entre sacerdote y asamblea. Es necesario sacar la consecuencia
y reconocer francamente que la celebración versus populum es un error. Porque
ella es en definitiva una orientación hacia el hombre y no hacia Dios.
BIBLIOGRAFÍA
[24] PG 62, 204.
[25] Cf. K. GAMBER, "Liturgie und Kirchenbau" (Liturgia y
construcción de iglesias) págs. 132 a 136.
[261 PG 94, 1136.
[27] Cf. K. GAMBER, "sancta sanctorum ", págs. 31 a 34.
[28] Cf. BEISSEL,"Geschichte der Evangelienbücher",pág.
258.[29] Cf. K. GAMBER, "EcclesiaReginensis", págs. 176 a 183.
[30] PL 115, 677.
[31] Cf. K. GAMBER, "Ecclesia Reginensis ", págs. 184 a 198.
[32] "De eccl. off " 11, 8 (PL 83,789).
EPILOGO
Pienso que todos aquellos liturgistas, que no sean simples
comediantes, estarán de acuerdo sobre el conjunto de las observaciones de
Monseñor Gamber. No veo apenas más que un punto en el que sus observaciones
son tal vez insuficientes fundadas; la idea que, en la antigüedad, los fieles
sólo ocupan las naves laterales de la iglesia. Pero esto es algo totalemnte
secundario.
En cambio, me siento obligado a ser aún más severo sobre la
absurda sustitución contemporánea de una idéa de la Eucaristía como cena,
totalmente opuesta a la idea de la Eucaristía como sacrificio.
Esto exactamente no quiere decir nada ... por la simple razón
que en ninguna religión, ha existido un sacrificio que no fuese además una
"cena", pero una cena "sagrada" que envuelve el misterio de una especial
presencia y comunicación divina... En cuanto a la idea de que la Eucaristía,
para ser una cena, debería implicar un cara a cara de los participantes con el
sacerdote, es una ingenuidad de los modernos. En todos los banquetes de la
antigüedad, tanto judíos, como paganos, nunca se daban la cara ... por la
sencilla razón de que todos los participantes estaban instalados en el lado
convexo de una mesa en forma de sigma, reservándose el lado cóncavo para el va
y viene de los que servían.
De todo ello resulta que la denominada misa "cara al pueblo" no
es más que un total contrasentido o más bien un puro sin sentido. El sacerdote
no es una especie de brujo o prestidigitador que hace sus trucos ante un
público de bobalicones, sino el guía de una acción común, que nos conduce a la
participación en algo que hizo de una vez para siempre Aquel a quién el
sacerdote representa simplemente y ante cuya personalidad la suya debe
esfumarse totalmente.
¿Qué decir ahora de este nuevo tipo de sacerdote‑actor
que pretende atraer toda la atención sobre sí y perora como un tendero tras su
mostrador, para beneficio de una masa pasiva. Nada está más en contra, no sólo
de "toda" la auténtica tradición cristiana... sino también del "nuevo misal"
si es que se toman tiempo para leer sus rúbricas. ¿No se prescribe que el
sacerdote "se vuelva a los fieles ", cada vez que se dirija a ellos y no a
Dios, en la plegaría común? Lo que no tendría sentido, en el caso de que el
sacerdote esté vuelto a los fieles.
Una cierta moda de altar "cara al pueblo" se podía entender
cuando se leían en el altar las lecturas (lo que suponía una misa sin
asistencia excepto del monaguillo). Pero esto actualmente, con el nuevo misal
más que con el antiguo, es un auténtico contrasentido.
Lois Bouyer, del Oratorio
EN MEMORIA DE KLAUS GAMBER
Para quien considere el imponente conjunto de escritos sobre
liturgia de Monseñor Klaus Gamber, no tendrá la menor duda de que se trata de
una ciencia practicada, no por sí misma, sino al servicio del "mysterium fidei
" de la Iglesia, ese "misterio de fe " que todo cristiano, y especialmente
todo sacerdote, tiene por misión celebrar y transmitir. Precisamente, a partir
de aquí, de la obra científica de Gamber se liberan impulsos fecundos para la
celebración de la santa liturgia. Klaus Gamber ha mostrado claramente que la
liturgia jamás ha nacido de las prisas de un momento, sino que siempre es
necesario referirse a la enorme tradición litúrgica de toda la Iglesia.
Por lo cual su obra puede constituir hoy para todos los que se
ocupan de liturgia y en especial para el sacerdote y el diácono, que la
celebran y la proclaman, una incitación directa a celebrar con el pueblo el
"misterio de fe " en espíritu de adoración.
Joachim Cardenal Meisner, Arzobispo
de Colonia.
II.
Mons. Klaus Gamber fue llamado a la presencia de Dios el 2 de
junio de 1989, poco después de su 70 aniversario. Las reseñas publicadas en su
memoria son la ocasión, que gustosamente aprovecho, para saludar su recuerdo y
expresarle mi reconocimiento.
Desde hace años, he seguido con atención la aparición de obras
escritas o editadas por él en el cuadro de sus actividades en el Instituto
litúrgico de Ratisbona.
Sus ediciones han permitido a los especialistas aprovechar
mejor el tesoro de la historia de la liturgia. El gran mérito de Mons. Gamber
es el de haber introducido en las ciencias litúrgicas una creciente
perspectiva histórica.
No se limitó sin embargo al simple estudio del pasado, a una
actividad en cierto sentido puramente arqueológica, sino que supo sacar de
ella conclusiones precisas, útiles para resolver los problemas actuales y
estimular las discusiones entre especialistas.
Gracias a sus importantes y sólidos estudios de la historia de
la liturgia, Gamber ha podido analizar en estos últimos años ciertas
evoluciones equívocas en la concepción de la misa, y mostrar por medio de sus
investigaciones el camino a seguir para llegar a una comprensión más profunda
de la liturgia. Sus vastos conocimientos le han proporcionado los fundamentos
seguros para alcanzarlo con la competencia y la madurez espiritual que el caso
requería.
Más aún, en cuanto autor, no temió, a partir de sus análisis de
situaciones críticas, tomar claramente posición frente a los fenómenos
inquietantes que habían surgido en la vida de la iglesia. Ciertamente,
declaraciones de este género difícilmente se granjean el favor de la "opinión
pública".
El vivo interés que mostró por la ortodoxia oriental y sus
liturgias ha constituido también uná particularidad de los trabajos de Mons.
Gamber. Sus escritos han sido para muchos una iniciación en la espiritualidad
de las Iglesias de Oriente y han hecho resurgir su importancia para la Iglesia
católica romana. Su obra "Kraft aus dem Ursprung für den Weg der Kirche in die
Zukunft" (La fidelidad a los orígenes, camino de futuro para la Iglesia) en
1988, proporcionó una prueba impresionante basada en los datos de la ciencia
litúrgica. Para este estudio, como para muchas de sus otras obras, ha bebido
en las antiguas fuentes ortodoxas, enriqueciendo así nuestra concepción
occidental de la liturgia, sobre todo en lo relativo al carácter teofánico de
la liturgia, donde la gloria de Dios debe ser percibida y sentida. También ha
marcado claramente los límites de un pensamiento litúrgico solamente orientado
hacia lo utilitario y ha contribuido, con ayuda de las concepciones de las
Iglesias Orientales, a que mejor aparezca en nuestra Iglesia toda la fuerza
que irradia de la celebración litúrgica.
Guardo al venerado difunto una profunda gratitud por su obra
tan variada y constructiva, al servicio de la teología y de la proclamación.
Espero con sus amigos que los trabajos que ha dejado detrás de sí continuaran
a reforzar y fecundar nuestro amor a los Padres de la Iglesia y a las diversas
tradiciones litúrgicas de Oriente y Occidente*.
Mons. Karl Braun, Obispo de Eichstátt
* Los dos textos arriba transcritos son extractos de Simandron.
Der Wachklopfer. Gedenkshrift für Klaus Gamber. Luthe‑Verlag
Kóln 1989. Se han traducido y reproducido aquí con la debida autorización.
PARA UN MAYOR CONOCIMIENTO
El Cardenal Ratzinger menciona en su prefacio, los estudios de
muchos sabios que se adhieren a las mismas conclusiones de Klaus Gamber. Para
una información más amplia recomendamos al lector la consulta de los siguiente
títulos:
En primer lugar, en Celebración de la Fe (Tequi, 1985, págs.
131‑137), el mismo Cardenal nos da un buen
resumen sobre esta cuestión y la problemática actual que provoca.
La obra fundamental y exhaustiva es sin duda el libro de F. J.
Dólger Sol Salutis (2a edic. Munster, 1925) desgraciadamente no traducida al
español.
Siguiendo con libros publicados en alemán, y referente a la
orientación del altar, existe un libro de J. Braun muy consultado desde el
punto de vista arqueológico: Der Christliche Altar (Munich, 1932). Tras un
minucioso estudio de ciento cincuenta altares, que al norte de los Alpes se
encuentran aún en su posición primera y que se pueden datar con total certeza
en el primer milenio de la era cristiana, el autor llega a esta conclusión
indiscutible, que ninguno de ellos salvo uno o dos, jamás han podido
utilizarse para una celebración "cara al pueblo".
J. A. Jungman adquirió justo renombre en la posguerra por la
publicación de su obra maestra "Missarum sollemnia ". Hay edición española,
publicada en la BAC con el título "El sacrificio de la misa". La edición
francesa en tres tomos (Auber, París, 1951‑54)
lleva el subtítulo de "Estudio genético de la misa romana". La tabla
analítica, al final del tercer tomo, da las referencias de distintos pasajes
en que el autor trata el tema de la orientación de altares. "Editions du CerP'
publicó del mismo autor en 1962 (Colección Lex Orandi) "La Liturgia de los
primeros siglos". En ella, Jungman dedica diecisiete páginas a la cuestión de
la orientación y concluye tras haber evocado el caso de ciertas iglesias de
Roma, donde por estar el ábside al oeste, el celebrante de hecho se encuentra
"cara al pueblo": "A propósito de la actual insistencia sobre esta posición
del altar, como factor de una mayor unión entre el celebrante y la asamblea,
sería bueno hacer ver claramente que este precedente histórico en favor de la
orientación del altar, es una gran exageración. Los diversos ritos orientales
jamás han favorecido la celebración litúrgica en esta posición (...) El motivo
principal en favor de esta manera de colocar el altar, como ya lo hemos
indicado, hay que buscarlo en la regla general de la orientación para la
oración". (pág. 214).
Erik Peterson, que fue profesor de literatura cristiana antigua
en el Instituto Pontificio de Arqueología Cristiana en Roma, da cuenta en un
artículo muy bien documentado, de sus investigaciones sobre las estrechas
relaciones entre la oración hacia la cruz y hacia el Oriente, símbolos ambos
de la venida de Cristo al fin de los tiempos. Así, en la misa, sacerdote y
fieles rezan en dirección al Oriente y a la cruz, que domina el altar y la
asamblea. ("Ephemerides liturgicae" 49,1945, págs.52‑68;"La
cruz y la plegaria hacia oriente ").
El estudio magistral del Profesor Cyrille Vogel "Versus ad
Orientem " (La Maison‑Dieu, n° 70, 1962,
págs. 67-99) corregido y aumentado en "Sol Aequinoctialis " (Revue des
Sciencies religieuses, 36, 1962, págs. 175‑2119
y en "La orientación hacia el este del celebrante y los fieles durante la
celebración eucarística " (L'Orient Syrien, vol. IX, 1964, págs. 3‑37)
tiene la enorme ventaja de facilitar una bibliografía exhaustiva sobre la
cuestión. Aquí también la misma conclusión se impone: "... el problema de una
celebración cara al pueblo (con vista de hacerle participar más completamente
en la "Actio " eucarística) es un problema ajeno a la antigüedad cristiana,
pues la celebración hacia el Oriente es una de las grandes constantes del
culto" (nota 54, en "La orientación hacia el ... op., cit. pág. 29). Del mismo
autor en Navidad, Epifanía, regreso a Cristo" (Paris, Cerf, 1967, colección
Lex Orandi, n° 41) se puede leer, págs. 85‑108,
"La Cruz escatológica", donde el Profesor Vogel vuelve y profundiza el estudio
de Erik Peterson mencionado anteriormente.
Del Padre Louis Bouyer, además de la obra citada por Mons.
Gamber, página 30 ("El rito y el hombre ", París, Cerf, 1962, colección Lex
Orandi, n° 32), se puede leer con provecho "Arquitectura y liturgia" (París,Cerf,
1967, colección Foi Vivante, 1991) obra que dará al lector precisiones muy
interesantes sobre la liturgia de la Sinagoga y sobre todas las primitivas
iglesias sirias, que testimonian una vez más la importancia de la orientación
en la historia del culto. Conclusión del último capítulo, titulado "Tradición
y renovación" (pág. 96): "En la mayor parte de los casos, sobre todo el
término medio de las iglesias parroquiales, desde el punto de vista de la
restauración de una verdadera celebración comunitaria, es necesario decir
francamente que colocar al sacerdote del mismo lado que los fieles durante la
oración eucarística, en cuanto jefe visible de todo el grupo, nos parece la
mejor solución".
En "Iglesia de Lyon ", de 5 de mayo de 1992, el Cardenal
Decourtray llama la atención de sus diocesanos sobre las dos desviaciones
actuales: "La segunda, ligada a la primera (el desarrollo dentro de la propia
Iglesia de una moral laicista) no es otra, que el olvido práctico del Misterio
de la infinita santidad de Dios, manifestada por excelencia en la liturgia.
Estamos de tal manera vueltos hacia la asamblea, que hemos olvidado con
frecuencia volvernos conjuntamente, pueblo y ministros, hacia Dios". Ahora
bien, sin esta orientación esencial, la celebración carece de todo sentido
cristiano. "¡Elevemos nuestro corazón!". ¡Lo volvemos hacia el Señor! La
Constitución conciliar sobre la "Santa Liturgia" lo dice admirablemente.
"¿Hemos sido bastantes fieles a sus enseñanzas?" (23 de abril de 1992).
En el transcurso de una entrevista concedida al diario "Kleine
Zeitung" el 13 de enero de 1989, el nuevo obispo de Salzbourg Monsr. George
Eder, respondía a dos preguntas sobre la orientación al altar:
-"VS. celebra siempre de espaldas al pueblo y V. S. no
tiene, en vuestra iglesia parroquial, ningún altar cara al pueblo ¿por qué? ".
-"Mire Vd., el Concilio no ha pedido en ningún texto que haya
en cada iglesia un altar cara al pueblo. Aún en el nuevo código de Derecho
Canónico nada hay a este-respecto. El Concilio ha dejado libertad en este
terreno. Pero una nueva moda ha aparecido, ¡y después se señala con el dedo a
los que no tienen el altar cara al pueblo! Igual pasa con el latín.
Desde el principio, yo he luchado por el bilingüismo en la
Iglesia; es la buena solución. Si se canta en inglés, todos contentos, pero si
se dicen tres palabras en latín... ¡se es anticonciliar! Por eso me quiero
servir en el futuro de esta libertad que el Concilio ha dejado para la lengua
y para el altar ".
-"¿Entonces, utilizará V. S. esta libertad de ponerse de
espaldas al pueblo? ".
-"¿Por qué presentar las cosas de esa forma? Ninguna persona
sensata puede pensar que el hecho de dar al altar un giro de 180 grados no
tenga consecuencias. La teología de la Eucaristía ha sufrido un deslizamiento;
de un sacrificio se ha pasado a una cena ". (Os destaques são nossos)
De la pluma del P. Joseph Gélineau, innovador si los hay, la
misma constatación cuanto al aspecto tradicional de la oración hacia el
Oriente ("El santuario y su complejidad", en la Maisón Dieu, 63,1960, págs.
53-68): "El sacerdote, que llega hasta el altar para celebrar la eucaristía,
¿no lo debería hacer cara al pueblo? Es necesario observar que el problema del
altar "versus populum ", tal como hoy se plantea, es relativamente nuevo en la
historia de la liturgia. Durante un período bastante largo y por una buena
parte de la cristiandad, la cuestión dominante, al decir de muchos
historiadores, no fue la recíproca posición del celebrante y los fieles, sino
la de la orientación en sentido estricto, es decir, de colocarse hacia Oriente
para la oración. El Oriente simbolizaba entonces la dirección de la ascensión
y la venida de Cristo" (pág. 60).
En su "Léxico de los símbolos " (Edic. Zodiaque, 1969) en la
palabra "Orientación ", Oliver Beigeder hace notar: "La orientación de la
iglesia hacia Oriente es un hecho regular como mínimo, desde el siglo V... Es
chocante notar cómo el respeto a la orientación ha estado a veces en contra de
la belleza del lugar. Basta ver, en Lyon, las riberas del Saona, la catedral
de San Juan y la Iglesia de Fourviere, para constatar que no se contó con la
estética, por lo que se edificaron estas iglesias con la parte posterior hacia
el río" (pág. 338). Signo de la considerable importancia que, nuestros mayores
en la fe, daban a la orientación de las iglesias y la plegaria.
Señalemos finalmente el excelente trabajo de Jean Fournée "La
misa cara a Dios" (París, 1976, colección Una Voce, n° 5), que en cuarenta
páginas da una excelente síntesis de la cuestión.
Nota relativa a las llamadas
- Un numero, a la derecha de un vocablo y entre corchetes [ ],
indica una referencia bibliográfica, que podrá encontrar al final de la obra.
- Un número a manera de exponente a la derecha de un vocablo,
corresponde a notas a pie de página de la edición original.
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