Santa Teresa del Niño Jesús

 LA INFANCIA ESPIRITUAL DEL CRISTIANO

 

                                                                             * Por el P. Antonio Royo Marín

 

   Todos los misterios de la vida de Cristo son para nosotros fuente de vida y de santidad. En un sentido mucho más real y verdadero de lo que a primera vista pudiera parecer, sus misterios son también nuestros misterios, nos pertenecen plenamente, y ello por tres razones principales:

 

a)      Porque Cristo los vivió para nosotros: <<Nos amó y se entregó por nosotros>> (Eph 5,2).

b)      Porque en todos ellos se muestra Cristo nuestro modelo: <<Aprended de mí…>>(Mt 11,29); <<Ejemplo os he dado para que hagáis lo que yo he hecho>>(Io 13,15)

c)      Porque Cristo en sus misterios se hace uno con nosotros en su condición de cabeza de la Iglesia: <<Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?>> 8Act 9,4)

 

   Cualquiera de sus misterios tiene eficacia sobreabundante para santificar al mundo entero. Hemos de aprovecharnos de todos ellos, sin excluir ninguno; pero cada alma ha de esforzarse en reproducir con la mayor perfección que pudiere el que más le impresione o mejor se adapte a las condiciones en que se desenvuelve su propia vida.

   Uno de los más fáciles, sencillos y encantadores, que tiene, además, la ventaja de estar al alcance de todo el mundo, incluso de las almas más débiles e impotentes, es, sin duda alguna, el de la infancia espiritual, que tiene por objeto y finalidad imitar a Jesús Niño haciéndose pequeñuelo como Él para atraerse la mirada amorosa y complacida del Padre. Este camino de la infancia espiritual, de corte netamente evangélico (Mt 18, 1-6), lo ha recordado Dios al mundo en nuestra época moderna a través principalmente de Santa Teresita del Niño Jesús y de la Santa Faz.

   Expondremos brevemente el fundamento evangélico del camino de la infancia espiritual y los rasgos fundamentales del mismo tal como los entendió y practicó la gran santa de Lisieux.

 

I. FUNDAMENTO EVANGÉLICO

 

   Hay en el santo Evangelio un pasaje clarísimo en el que el mismo Cristo propone a todos sus discípulos el espíritu de infancia como condición indispensable para entrar en el reino de los cielos:

 

   <<En aquél momento se acercaron los discípulos a Jesús, diciendo: ¿Quién será el más grande en el reino de los cielos? Él, llamando a sí s un niño, le puso en medio de ellos y dijo: En verdad os digo, si no os mudáis haciéndoos como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Pues el que se humillare hasta hacerse como un niño de éstos, ése será el más grande en el reino de los cielos>> ( Mt 18, 1-4)

    A pesar de la divina transparencia de este pasaje evangélico, son poquísimas las almas que aciertan a comprenderlo en toda su grandeza y profundidad. Hace falta una particular gracia de Dios para caer en la cuenta de que ese pasaje simplificador encierra el secreto de la más alta y sublime santidad evangélica. Sobre Santa Teresita del Niño Jesús parece haber recaído una particularísima predestinación para comprender ese secreto y revelarlo al mundo en la hora escogida por Dios desde toda la eternidad.

   Recogemos a continuación los rasgos fundamentales del caminito de la infancia espiritual tal como los vivió y enseñó la angelical carmelita de Lisieux.

 

 

II. RASGOS FUNDAMENTALES DEL CAMINO DE INFANCIA ESPIRITUAL 

   En realidad se reducen a uno solo: hacerse enteramente niño ante Dios y ante los hombres. No por un espíritu aniñado y enfermizo, sino por el amor, la humildad, la sencillez, el candor y la ausencia absoluta de toda clase de complicaciones en la vida espiritual.

   Estudiando los escritos encantadores de Santa Teresa de Lisieux y la interpretación de sus mejores comentaristas, nos parece que los rasgos fundamentales de su famoso caminito de infancia espiritual pueden dividirse en dos grupos, que se complementan mutuamente: uno negativo y otro positivo. El siguiente esquema muestra con toda claridad unos y otros:

 

                                               1) Ausencia de mortificaciones extraordinarias.

 

                                               2) Ausencia de carismas sobrenaturales.

Rasgos negativos…

                                               3) Ausencia de métodos de oración.

 

                                               4) Ausencia de obras múltiples.

 

 

                                               1) Primacía del amor.

 

                                               2) Confianza y filial abandono.

Rasgos positivos…

                                               3) Humildad y sencillez

 

          4) Fidelidad a lo pequeño

 

 

Vamos a exponer brevemente cada uno de esos rasgos en particular.

  

A. RASGOS NEGATIVOS

 

 1. Ausencia de mortificaciones extraordinarias

    Todavía hoy, después del mensaje de la gran santa de Lisieux, está arraigadísima entre el pueblo sencillo, y aun entre muchas personas consagradas a su santificación personal, la idea, enteramente equivocada, de que para llegar a la cumbre de la santidad es menester entregarse a las grandes penitencias y maceraciones que leemos en las vidas de muchos santos.

   Santa Teresa del Niño Jesús, a su entrada en el Carmelo, experimentó también el atractivo de las grandes penitencias. No contenta con las grandes austeridades y las disciplinas de la regla, que tomaba hasta derramar sangre, quiso llevar sobre su pecho una cruz armada de puntas de hierro. No pudo resistirla, y cayó muy pronto enferma. Entonces comprendió que las grandes corporales no eran para ella ni para las almas débiles como la suya.

 

   Pero guardémonos mucho de pensar que la mortificación no es necesaria para los que caminen por la vía de la infancia espiritual hacia la santidad. Al contrario, la perfecta abnegación de sí mismo hasta en los menores detalles –que es el substitutivo de aquellas grandes penitencias- es absolutamente indispensable para todos. Los que no tengan ánimo para crucificarse con gruesos clavos a la cruz de Cristo tendrán que sufrir <<un martirio a alfilerazos>> -según la afortunada expresión de la propia Santa Teresita-, so pena de incapacitarse en absoluto para la perfecta unión con Dios. Sin el vencimiento propio y la perfecta abnegación de sí mismo, nadie se ha santificado ni se santificará jamás, cualquiera que sea el método o sistema de santificación que haya emprendido.

 

2. Ausencia de carismas sobrenaturales

    Está fuera de toda duda que Santa Teresa de Lisieux fue un alma eminentemente mística en toda la extensión de la palabra, puesto que su alma estuvo enteramente gobernada por el Espíritu Santo a través de sus preciosísimos dones, cuya actuación frecuente e intensa introduce al alma en el estado místico.

   Pero una cosa es la mística y otra muy distinta los fenómenos carismáticos que a veces la acompañan, tales como visiones, revelaciones, estigmas, intervenciones milagrosas, etc. Estos fenómenos se reducen al género de las gracias gratis dadas, que no se ordenan de suyo a la propia santificación del que las recibe –al menos necesariamente-, sino más bien al provecho de los demás. En absoluto no requieren ni siquiera el estado de gracia santificante, y por lo mismo, podría recibirlas un alma en pecado mortal. Otras veces, sin embargo, prestan al alma que las recibe un gran servicio en orden a su propia santificación. Todo depende del libre beneplácito del Espíritu Santo, que reparte sus gracias a quien quiere y como quiere (cf. I Cor 12, 11).

   En el caminito de la infancia espiritual, tal como lo vivió la santa de Lisieux, apenas hubo manifestación alguna de estos fenómenos extraordinarios. Todo fue sencillo y normal, hasta el punto de que su heroica santidad pasó casi del todo desapercibida para las mismas religiosas que convivieron con ella. El Espíritu Santo es muy libre de conceder alguno de estos favores a un alma que ande por el camino de la infancia espiritual; pero no es necesario para vivirlo en toda su plenitud y alcanzar por él la cumbre de la perfección cristiana.

 

3. Ausencia de métodos de oración

    Nada más ajeno al espíritu de infancia que la excesiva sistematización y metodología en cualquier aspecto de la vida espiritual. Principalmente la oración ha de ser como una respiración de amor, algo que brote del alma con toda naturalidad y sencillez.

Santa Teresa de Lisieux decía que la oración ha de ser un vuelo del corazón, <<una simple mirada al cielo, un grito de gratitud y de amor, así en medio de la prueba como en el seno del gozo. Es una cosa elevada, sobrenatural, que dilata el alma y la une con Dios>>. Y añade todavía: <<Hago como los niños que no saben leer: digo sencillamente a Dios lo que quiero decirle, y siempre me entiende>>. Es, sencillamente, el trato natural y espontáneo de un hijo con el mejor de los padres.

 

4. Ausencia de obras múltiples

    El camino de la infancia espiritual excluye la demasiada multiplicidad de obras y, sobre todo, el apresuramiento al realizarlas. Todo ha de hacerse con calma y sosiego, con pleno dominio de nosotros mismos, con la mirada puesta en Dios y como si en todo el día no tuviéramos que hacer otra cosa sino la que estamos realizando en ese momento. Nada más lejos del espíritu de infancia que el activismo excesivo, la inquietud y el desasosiego en querer realizar demasiadas cosas a la vez.

   Así lo practicaba la gran santa de Lisieux. A pesar de su temperamento despierto y ardiente, jamás se apresuraba en nada de cuanto hacía. Hacía todas las cosas con la máxima perfección posible, pero siempre con una calma y paz imperturbables. Ni se preocupaba tampoco de multiplicar excesivamente las ocupaciones exteriores en lo que de ella dependía. Había comprendido bien aquella seria advertencia de San Juan de la Cruz:

    <<Adviertan los que son muy activos, que piensan ceñir al mundo con sus predicaciones y obras exteriores, que mucho más provecho harían a la Iglesia y mucho más agradarían a Dios-dejando aparte el buen ejemplo que sí darían-si gastasen siquiera la mitad de ese tiempo en estarse con Dios en oración, aunque no hubiesen llegado a tan alta como esta. Cierto, entonces, harían más y con menos trabajo con una obra que con mil, mereciéndolo su oración y habiendo cobrado fuerzas espirituales en ella; porque de otra manera todo es martillar y hacer poco más que nada, y a veces nada, y aun a veces daño>>.

 

B. RASGOS POSITIVOS

 1. Primacía del amor

    La caridad es la reina de todas las virtudes, la más excelente forma de todas ellas. Todas las demás-incluso la fe y la esperanza-están al servicio de ella y tienen por misión defenderla y robustecerla. Pero, por eso mismo, la caridad no puede prescindir de ninguna de sus auxiliares. Primacía no quiere decir exclusivismo. Sería vana ilusión dedicarse únicamente a amar, descuidando la práctica de las demás virtudes en el desarrollo monótono y prosaico de las actividades de la vida diaria. Hay que ser prudente, practicar la justicia hasta en los menores detalles, cumplir el deber con fortaleza, ser sobrio y moderado en la satisfacción inevitable de nuestras necesidades corporales. La humildad, la abnegación de sí mismo, la mortificación de nuestros gustos y caprichos, la perfecta obediencia, etc.,etc, son requisitos y condiciones indispensables para que la caridad crezca más y más en nuestros corazones hasta alcanzar su pleno desarrollo y perfección en Cristo. La mística supone necesariamente la ascética.

   Pero siempre será verdad que la caridad-principalmente con relación a Dios- es el alma de todas las virtudes y la virtud santificadora por excelencia. San Juan de la Cruz no incurre en la menor exageración en el texto que hemos citado más arriba sobre la supremacía o importancia capital de la oración, que en su mentalidad no es otra cosa que el ejercicio del amor o caridad para con Dios.

   El amor es la mayor palanca de la vida espiritual, el procedimiento más rápido para llegar al heroísmo en todas las virtudes.

Una religiosa dijo un día a San Francisco de Sales: <<-Quiero alcanzar el amor por la humildad. –Pues yo-repuso el santo-quiero alcanzar la humildad por el amor>>

   Santa Teresa de Lisieux escogió este último procedimiento. Su hermana Celina declaró en el proceso diocesano:

   <<Al contrario de otros místicos, que se ejercitan en la perfección para alcanzar el amor, sor Teresa del Niño Jesús tomó como camino de la perfección el amor mismo>>.

   Y la propia santa escribió a su prima María Guerin:

   <<Me pides un medio para llegar a la perfección: no conozco más que uno, el amor>>.

   Y en carta a su hermana sor Inés de Jesús escribía estas frases encendidas:

   <<¡Qué importan las obras! El amor puede suplir una larga vida. Jesús no mira al tiempo, porque es eterno. Sólo mira el amor. ¡Jesús! ¡Quisiera amarle tanto! Amarle como jamás ha sido amado. A cualquier precio quiero alcanzar la palma de Inés: si no es por el martirio de sangre, ha de ser por el del amor>>.

 

   Explicando esta primera característica positiva del camino de la infancia espiritual, escribe con acierto el P. Philipon:

   <<Según estas perspectivas, el amor se convierte en el centro de un alma. Nada, en su vida interior o en su actividad exterior, escapa a este impulso motor y universal del amor. La vida espiritual no es una búsqueda de la propia perfección, sino el deseo de una total transformación en Dios <<en alabanza de su gloria>> (Eph 1,14). El alma, magníficamente fiel y excediéndose a sí misma, atiende menos a la práctica minuciosa de cada virtud que a dejarse <<consumar en la unidad con Dios por el amor>>.

 

   El amor adquiere en el camino de la infancia espiritual unas características especiales, que permiten distinguirlo del ejercicio de la caridad desde otros ángulos o puntos de vista. Sus rasgos más representativos y esenciales son los siguientes:

 

    a) SU CARÁCTER ENTERAMENTE FILIAL E INFANTIL

   Más que una unión transformativa comparable a un desposorio espiritual con Dios, más que al título de esposa de Cristo, el alma aspira a dormirse en los brazos de Dios como un niño pequeño en el regazo de su madre. Y ello no por un egoísmo indolente y perezoso, sino por estar firmemente persuadida de que esta actitud llena de gozo y complacencia el corazón de Dios.

 

    b) COMPLACER A JESÚS

   Tal es, en efecto, su anhelo dominante y fundamental que llega con el tiempo a ser su preocupación exclusiva: dar gusto a Jesús, complacerle en todas sus acciones.

 

   <<Los grandes santos-escribe la santa carmelita-han trabajado por la gloria de Dios; mas yo, que soy un alma <<pequeñita>>, trabajo únicamente por complacerle, y sería feliz en soportar los mayores sufrimientos, aunque esto fuese para hacerle sonreír una sola vez>>.

 

   Es el amor de complacencia, el puro amor de Dios en su forma más impresionante e infalsificable.

 

    c) PERFECTO DESINTERÉS

   Amar es olvidarse enteramente de sí mismo, complacer al amado únicamente por darle gusto, sin poner jamás la mira en la recompensa o ventajas que con ello podamos obtener. No es que el alma prescinda de la esperanza cristiana; al contrario, desea ardientemente ser desatada de los lazos de la carne para volar al cielo. Pero lo que la atrae hacia la patria bienaventurada no es la felicidad embriagante que en ella experimentará, sino la dicha inefable de poder amar a Dios <<con todo su corazón, con toda su alma y con todas sus fuerzas>>,  sin descansar o interrumpir un solo instante este ejercicio del amor.

   Veamos algunos textos en los que la gran santa de Lisieux expresa de mano maestra estos íntimos y sublimes sentimientos:

   <<Jesús no me dice nada, y yo tampoco le digo nada a Él, sino que le amo más que a mí misma; y siento que es así, porque soy más suya que mía…Tendría vergüenza de que mi amor se pareciese al de las desposadas de la tierra, que siempre miran las manos de sus prometidos para ver si les traen algún presente, o bien su rostro para sorprender en él una sonrisa de amor que las encante>>.

 

   <<Si, por un imposible, Dios no viese mis buenas acciones, no me apenaría por ello. Le amo tanto, que quisiera poderle agradar con mi amor y pequeños sacrificios y darle contento sin que supiera que le viene de mí. Sabiéndolo y viéndolo, está como obligado de algún modo a corresponder…, y quisiera evitarle esa molestia>>.

 

   <<Una noche, no sabiendo como testificar a Jesús que le amaba y cuán vivos eran mis deseos de que fuera servido y glorificado por doquier, me sobrecogió el pensamiento triste de que nunca jamás, desde el abismo del infierno, le llegaría un solo acto de amor. Entonces le dije que con gusto consentiría verme abismada en aquel lugar de tormentos y de blasfemias para que también allí fuera amado eternamente. No podía glorificarle así, ya que Él no desea sino nuestra bienaventuranza; pero cuando se ama, se ve uno forzado a decir mil locuras.

 

    d) INQUIETUD APOSTÓLICA

   Un poderoso espíritu misionero anima la senda luminosa de la infancia espiritual, Se ha hecho célebre en el mundo entero este párrafo sublime de la Patrona de las misiones:

 

   <<Quisiera iluminar a las almas como los profetas y los doctores. Quisiera, ¡oh Amado mío!, recorrer la tierra, predicar vuestro nombre y sembrar sobre el suelo infiel vuestra cruz gloriosa. Pero una sola misión no me bastaría; desearía anunciar a un mismo tiempo el Evangelio en todas las partes del mundo y en las islas más remotas. Quisiera ser misionera no sólo durante algunos años, sino haberlo sido desde la creación del mundo y continuar siéndolo hasta la consumación de los siglos>>.

 

   Estas ansias incontenibles de hacer amar al Amor quedaron plenamente saciadas en Santa Teresa de Lisieux cuando descubrió que el amor encierra todas las vocaciones, que el amor lo es todo, puesto que es eterno y abarca todos los tiempos y lugares:

 

   <<Entonces, en el exceso de mi gozo delirante, exclamé: ¡Oh Jesús, amor mío!, mi vocación…al fin la he encontrado: mi vocación es el amor. Sí, he encontrado mi lugar en el seno de la Iglesia, y sois Vos, Dios mío, quien que lo habéis dado; en el corazón de la Iglesia, mi madre, seré el amor…, y así lo seré todo>>.

 

2. Confianza y filial abandono

    La confianza omnímoda en el amor misericordioso de Dios y el abandono tranquilo y filial en sus manos providentes como un niño en el regazo de su madre es otro de los rasgos más característicos del camino de la infancia espiritual. Esa confianza a toda prueba es el acto supremo de la virtud de la esperanza bajo el impulso de la caridad. Es, pues, eminentemente teologal.

   Santa Teresa de Lisieux practicó esta confianza en grado heroico:

   <<Encargada de la formación de las novicias- escribe el P. Philipon- la joven maestra tuvo el máximo interés por desenvolver en torno suyo una confianza sin límites a la misericordia divina. <<Me parece que es imposible, decía una de ellas, llevar más lejos la confianza en Dios>>. Gustaba de repetirnos esta máxima de San Juan de la Cruz: <<Se obtiene de Dios todo cuanto de Él se espera>>. Me decía sor Teresa que sentía en sí deseos infinitos de amar a Dios, de glorificarle, de hacerle amar, y que esperaba firmemente verlos realizados y superados; que era desconocer la bondad infinita de Dios restringir estos deseos y estas esperanzas>>.

    En sus escritos se encuentran a cada paso expresiones admirables que reflejan este espíritu de confianza y de filial abandono:

 <<Dios todo lo ve. Me abandono a Él>>.

<<Una sola cosa deseo: la voluntad de Dios>>.

<<Con tal que Él esté contento, me siento en el colmo de la felicidad>>.

<<Quiero todo lo que Dios me da>>.

<<No quiero entrar en el cielo un minuto antes de su propia voluntad>>.

<<No prefiero una cosa a otra. Lo que Dios prefiere y escoge por mí, eso es lo que más me gusta>>.

<<Me gusta tanto la noche como el día>>.

 

   Uno de los rasgos más característicos de este espíritu de confianza y de filial abandono es la santificación del momento presente, sin pensar para nada en el pasado ni en el porvenir. El primero no está ya en nuestras manos y el segundo está en las manos de Dios. ¿A qué preocuparse por uno y otro? <<Bástale a cada día su propio afán>>, nos dice el Señor en el Evangelio (Mt 6,34). Toda la vida del cristiano que aspire a la perfección ha de ser un continuo identificarse con la voluntad de Dios, un sí pronto y alegre a todo cuanto Él disponga, un vivir su vida minuto por minuto en actitud de fiat permanente. Ahí está el secreto de la más encumbrada santidad y la norma simplificadora por excelencia. Escuchamos a la gran maestra de Lisieux viviendo y enseñando estos principios:

 

   <<No sufro sino de instante en instante. Es porque se piensa en el pasado y en el porvenir por lo que uno se desalienta y desespera>>.

   <<Padezco de minuto en minuto>>.

   <<Él me da en cada momento lo que puedo soportar, y no más>>.

   <<Dios me da valor en proporción de mis sufrimientos. Siento que de momento no podría soportar más; pero no tengo miedo, puesto que, si los sufrimientos aumentan, Dios aumentará al mismo tiempo mi valor>>.

 

3. Humildad y sencillez

 

   Según el Doctor Angélico, la humildad constituye el fundamento negativo-eliminando los obstáculos-de todo el edificio sobrenatural. Sin ella todas las demás virtudes carecen de base y fundamento, y es imposible agradar a Dios. Juntamente con la sencillez-de la que es prima hermana-constituye uno de los rasgos más característicos del camino de infancia espiritual.

   La humildad consiste en reconocer la propia nada ante Dios y ante los hombres, en regocijarse de verse pequeño e impotente, para que brille únicamente en nosotros la misericordia de Dios, en apasionarse por el silencio y el olvido, en llevar una vida escondida con Cristo en Dios, sin tener para nada en cuenta la opinión de las criaturas. Sencillez, modestia, alegría, naturalidad en el trato con los demás, pero no para hacernos simpáticos, sino únicamente para agradar a Dios.

   La humildad y sencillez de Santa Teresita fue tan grande, que su heroica virtud-<<la santa más grande de los tiempos modernos>>, en frase de San Pío X-pasó enteramente desapercibida a las mismas religiosas que convivían con ella. A todas sorprendió el <<huracán de gloria>> que envolvió la figura de la santa apenas vieron la luz pública sus escritos celestiales.

   La única ambición del que quiere caminar con paso firme y seguro por la senda de la infancia espiritual ha de ser la de aquella humilde violeta que pedía <<un poquito de hierba que me oculte>>.

 

4. Fidelidad a las cosas pequeñas

 

   El Señor nos dice en el Evangelio: <<El que es fiel en lo poco, también lo es en lo mucho; y el que en lo poco es infiel, también es infiel en lo mucho>>(Lc 16,10). La fidelidad a las cosas pequeñas por amor es uno de los rasgos más característicos del espíritu de infancia espiritual y, a la vez, señal distintiva de un espíritu gigante. <<Lo que es pequeño es pequeño-decía San Agustín-; pero ser fiel a lo pequeño es una cosa muy grande>>.

   En Santa Teresita llegaba este aspecto a detalles de filigrana, como en aquella ocasión en que depositó por la noche a la puerta de su celda un cortaplumas, por ser objeto que no se permite tener en la celda y no poder devolverlo a su sitio en aquella hora de silencio profundo. El heroísmo de la pequeñez es tan sublime ante Dios como el heroísmo de la grandeza.

   Pero es el amor lo único que da valor y excelencia soberana a estos actos insignificantes. <<Un alfiler recogido del suelo por amor puede convertir un alma>>, escribió la propia Santa Teresa de Lisieux. La caridad es el alma de toda la vida sobrenatural y la que convierte en oro de ley los más insignificantes actos de virtud.