|
|
San Benito de Nursia
"Creemos que Dios está presente en todas partes, y que en todo lugar miran los ojos del Señor a los buenos y a los malos; pero más particularmente debemos estar persuadidos de esto cuando asistimos al Oficio divino. Por tanto, nos hemos de acordar siempre de lo que dice el Profeta: Servid al Señor con temor: Y en otro lugar: Cantad sabiamente: y: En presencia de los ángeles te alabaré. Consideremos, pues, con qué respeto debemos estar delante de la majestad de Dios y de sus ángeles, y asistamos de tal modo a cantar que concuerde nuestra mente con nuestros labios".
* Regla Cap. XIX
EL OFICIO DIVINO
El fundamento último de su excelencia es el canto eterno del Verbo divino en el seno del Padre. El Verbo es el himno sublime que Dios se canta a sí mismo eternamente y que brota de los abismos insondables de su propia divinidad. Dios Padre se complace infinitamente en él, puesto que expresa exhaustivamente sus infinitas perfecciones. No tiene necesidad de ninguna otra alabanza, ya que es imposible añadir absolutamente nada a la glorificación infinita que el Padre recibe del Verbo en unión con el Espíritu Santo en el seno de la Trinidad Beatísima.
Pero <<el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros>> (Io 1, 14). Y desde ese momento, la creación entera quedó asociada al canto eterno del Verbo a través de la humanidad adorable de Cristo. Ya no sólo en el santuario inaccesible de la vida íntima de Dios, sino desde el fondo de la creación comenzó a elevarse hacia la Trinidad Beatísima un himno grandioso de alabanza de gloria: <<Por Cristo, con Cristo y en Cristo te es dado todo honor y gloria, Dios Padre omnipotente en unidad del Espíritu Santo>> (canon de la Misa).
Terminada su misión redentora en la tierra, Cristo dejó a su Iglesia -su amadísima Esposa- el encargo de perpetuar a través de los siglos aquella incesante <<alabanza de gloria>> comenzada por Él en la tierra y continuada en el cielo como Cabeza de su Cuerpo místico hasta el fin de los siglos (Cf. Hebre 7, 25). He aquí la liturgia, o sea, la alabanza de la Iglesia unida y apoyada en Cristo; mejor aún, la alabanza del mismo Cristo, Verbo encarnado, ofrecida a Dios por la Iglesia. Por eso el Opus Dei es la oración por excelencia; esta es la diferencia fundamental que lo distingue de las demás oraciones, este es su privilegio inalienable e incomunicable: el ser la obra de Dios, realizada juntamente con Cristo y en su nombre por la Iglesia, que es su amadísima Esposa. Es la <<voz de la Esposa>> -vox sponsae-que Dios escucha siempre con particular complacencia y que tiene, por lo mismo, una eficacia incomparable ante su divino acatamiento.
La Iglesia asocia a esta perpetua alabanza de la gloria de Dios a todos sus hijos; pero confía de manera espacialísima esa divina misión a un grupo escogido de almas selectas: son los sacerdotes y religiosos obligados al rezo de la horas canónicas. Al ejercer su augusta función, desempeñan el papel de embajadores de la Iglesia ante el trono del Altísimo. De esta manera el oficio divino, cantado con la boca y el corazón del hombre, viene a ser el himno de toda la Creación ante su supremo Hacedor.
El oficio divino, que es un homenaje especialísimo de fe, de esperanza y de caridad, alcanza su máxima perfección cuando va acompañado del sacrificio doloroso del que lo recita. Entonces se convierte en un verdadero sacrifico de alabanza -sacrificium laudis- que glorifica inmensamente a Dios por su unión íntima con el divino Mártir del Calvario.