EL MISTERIO DE LA ENCARNACIÓN DEL VERBO
Estamos todavía en el tiempo litúrgico de la Navidad. Nuestro centro de atención no debe ser otro que la contemplación del Santo Misterio de Belén: Dios se ha hecho hombre y ha nacido de la Virgen María.
En el Prefacio de la Misa de Navidad la Iglesia da gracias a Dios por ese misterio tan grande y expresa cómo por medio de la Encarnación del Verbo se ha manifestado a los ojos de nuestra alma un nuevo resplandor de la gloria de Dios.
Fijémonos bien en los términos empleados: “se ha manifestado a los ojos de nuestra alma”.
Si miramos con los ojos del cuerpo lo que vemos es solamente una estampa humana, muy enternecedora, pero solamente humana, al fin y al cabo. Un niño recién nacido, envuelto en pañales, rodeado de la ternura de su Madre y de la protección amorosa de su padre.
No hay nada que no se pueda ver en el mundo todos los días. A diario nacen niños por toda la tierra bajo las situaciones más diversas: ricos, modestos y pobres.
Sin embargo, la Iglesia emplea la expresión “ojos de nuestra alma”.
¿Qué es mirar con los ojos del alma?
En boca de la Iglesia “mirar con los ojos del alma” no puede ser otra cosa que ‘mirar con los ojos de la fe”.
Esta mirada de fe es más profunda y no se detiene en aquello que están viendo los ojos del cuerpo. Es una mirada más penetrante, capaz de descubrir lo que se esconde debajo de lo que aparece a primera vista.
La mirada de fe es la mirada propia del cristiano, capaz de descubrir la presencia y la acción de Dios escondida en los acontecimientos de la propia vida y de la historia.
La ‘mirada de fe’ espanta de nuestro lado la tentación de pensar que tanto nosotros como los acontecimientos de nuestra vida son mero fruto del destino y de la casualidad. Nos permite ver que es la Providencia amorosa de Dios la que rige el mundo y la que nos cuida con protección amorosa, velando interrumpidamente por cada uno de nosotros.
La estampa del misterio de Belén es, por lo tanto, muy distinta al ser mirada con “los ojos de nuestra alma”. Todo cambia radicalmente hasta el punto de descubrir un acontecimiento absolutamente distinto y diferente de lo que decíamos ser algo cotidiano y abundante a diario en el mundo entero.
El Niño de Belén es un niño absolutamente distinto a los demás. Es el Verbo de Dios, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, el Hijo eternamente engendrado por el Padre. Es Dios hecho hombre. Es Dios que ha asumido la naturaleza y la condición humana.
El resplandor de la gloria de Dios no se percibe con los ojos del cuerpo, pero sí con “los ojos de nuestra alma”, con ‘la mirada de fe’.
La Madre del Niño de Belén aparece también como una Madre única y singular. Es una Madre-Virgen. Concibió a su Hijo siendo virgen, lo alumbró virginalmente y permanece intacta su virginidad después del parto.
Todo sucedió tal y como el ángel del Señor le había dicho: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra, y por esto el hijo engendrado será santo, será llamado Hijo de Dios” (Lc 1, 35)
De igual modo la figura paterna de José aparece en su verdadera dimensión ante “los ojos de nuestra alma”. Es, verdaderamente, el Esposo de María, padre legal y de adopción del Hijo de Dios. Pero, sobre todo, es el ‘Custodio’ y ‘Guardián’ de la Sagrada Familia.
También las palabras del Ángel arrojan luz sobre el misterio que envuelve la figura de San José: “José, hijo de David, no temas recibir en tu casa a María, tu esposa, pues lo concebido en ella es obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús, porque salvará a su pueblo de sus pecados. Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que el Señor había anunciado por el profeta que dice: “He aquí que una virgen concebirá y dará a luz un hijo, y se le pondrá por nombre “Emmanuel”, que quiere decir “Dios con nosotros” (Mt1, 20-23)
Fijémonos, pues, que miradas tan distintas: la que se queda en la mera visión humana, en lo que sólo se ve con los ojos del cuerpo, y aquella otra forma de mirar con los “ojos del alma”, con ‘la mirada de fe’ que posibilita ver y juzgar las cosas y los acontecimientos como Dios los ve y los juzga. Saquemos de ello consecuencias para nuestra vida, pidiendo a Dios su gracia y su iluminación para que todo lo veamos, estimemos y juzguemos a la luz de la fe.
Aún hay otra cuestión en la que debemos reparar y detenernos.
Las palabras del Prefacio de la Misa dicen: “por el misterio de la Encarnación el Verbo se ha manifestado a los ojos de nuestra alma un nuevo resplandor de tu gloria”.
No hemos de pasar por alto que la Iglesia dice “se ha manifestado a los ojos de nuestra alma”.
Según esto, es Dios mismo quien hace posible que nosotros podamos percibir el resplandor de su gloria. No lo podemos ver por nosotros mismos. Es un don gratuito, es una gracia, es un regalo que Dios nos hace.
La ‘mirada de fe’ es un don que recibimos de Dios. El poder ver “con los ojos de nuestra alma” sólo es posible porque Dios ha infundido su luz en nosotros. Esa luz que nos capacita para “verle” y para creer en Él.
Ha sido en el santo bautismo cuando esa luz de Dios fue infundida en nuestras almas posibilitándonos, de ese modo, ver con los ojos de la fe.
A veces nos preguntamos por qué nosotros mismos no vemos de ese modo, no creemos lo suficiente. La razón está en que “bajamos de nivel”, “descendemos de plano”. Sin darnos cuenta juzgamos, valoramos y razonamos humanamente, impidiendo que la luz de Dios ilumine nuestra realidad y permita que “los ojos de nuestra alma” puedan ver correctamente.
El pecado nos priva de la luz de Dios, oscurece nuestra alma, atrofia “los ojos de nuestra alma” impidiéndoles ver con claridad. Es por eso que no vemos, que nos quedamos en la oscuridad.
¿Cómo esta persona que ha sido bautizada ya no cree, ya no juzga las cosas cristianamente? Porque se ha ido alejando de Dios, porque se ha entregado al pecado, porque vive alejado de las fuentes de la gracia.
Su fe se ha debilitado hasta el punto que ya no mira con los ojos del alma. Sólo sabe mirar con los ojos del cuerpo. Por ello se queda en la apariencia de las cosas, pero ya no es capaz de descubrir la presencia y la acción de Dios en su vida.
¿Y, por qué el pagano tampoco alcanza a ver el resplandor de la gloria de Dios? Porque no ha recibido la iluminación, la luz de Cristo.
Es muy importante que caigamos en la cuenta de lo valioso que es el don que hemos recibido y que lo valoremos.
Alejándonos de la fe nos alejamos de la luz. Cuanta menos fe menos luz interior para ver a Dios en nuestra vida.
Esa luz se va incrementando en la medida en que vamos correspondiendo cada vez más a Dios. Si nuestra generosidad con Dios es cada vez mayor, también será mayor la luz que ilumina nuestra alma.
Hemos de pedir constantemente a Dios con humildad, como hicieron los Apóstoles: “Señor, auméntanos la fe” para que podamos ver, para que podamos verte.
Quien no ve a Dios no le conoce, no puede descubrir su belleza, su bondad.
Quien ve a Dios con los ojos de su alma, gracias a la mirada de fe, queda prendado de su belleza y de su amor. Y no quiere perderle.
Quien se acostumbra a mirar con los ojos del alma ya no se siente satisfecho cuando mira sólo con los ojos del cuerpo.
“Señor, yo creo, pero aumenta mi fe”. Esta es la oración de un alma humilde que por la sinceridad y sencillez de su petición se hace agradable a Dios.
¡Cuántas veces acudimos a Dios para pedirle ayuda o para pedirle gracias y dones!
Quizás no somos perseverantes en darle gracias por el don de la fe y en pedirle con profunda humildad que aumente nuestra fe, que aumente la claridad de los ojos de nuestra alma.
Una simple mirada humana mira a un niño como un ser que viene a este mundo para continuar la cadena familiar y social de la humanidad. La mirada de fe nos permite descubrir en él una criatura creada por Dios a quien Él mira con amor y con bondad.
La mirada de fe nos permite ver la vida de ese pequeño como un proyecto en el que se debería desarrollar el plan y la voluntad de Dios que ha pensado en él desde toda la eternidad y que tiene para él una misión en el mundo.
No enseñamos a nuestros niños a que piensen y descubran qué quiere Dios para cada uno de ellos, para qué los ha creado, qué espera de cada uno.
Los dejamos que se pierdan en la masa, en el anonimato, en la rutina de la vida, en ser como los otros, en pensar como los otros, en hacer exactamente lo mismo que hacen los otros.
Y, sin embargo, Dios tiene un plan particular para cada uno. Un plan que, a menudo, ni siquiera llegan a descubrirlo, porque nadie les enseña a hacerlo.
Un jovencito no es un ser para colmar las expectativas de sus padres. Es un hijo que ha de llevar a cabo las expectativas que Dios, su Padre, tiene sobre él. Para eso lo ha llamado Dios a la existencia.
Cuando esto no se ve ni se vive así, es porque no hay mirada de fe, es porque no se mira con los ojos del alma, sino tan sólo con los ojos de la cara. Y la existencia se empobrece. La vida se hace raquítica y vulgar.
La juventud propia, vista tan sólo con mirada humana, se juzga como un período de vigor corporal que posibilita disfrutar de todo, a menudo sin medida. También como un período de simple preparación para luego poder desarrollar una existencia de triunfo, de la mayor comodidad posible, de ser rico, de tener cosas, de vivir con los menores problemas posibles.
La juventud personal, vista con la mirada de los ojos del alma, con la ‘luz de la fe’ es vista como una riqueza que se ha de poner al servicio de Dios y al servicio de los demás, según la vocación que Dios haya dado a cada uno. Un tiempo para crecer como persona y como hijo de Dios. Para adquirir ricos y abundantes valores humanos y cristianos.
Una enfermedad humanamente es una desgracia, pero vista con ojos de fe es una oportunidad para asociarse, para unirse a Jesús crucificado y ofrecerse con Él en un acto de amor al Padre y por la salvación de los demás.
Son dos maneras muy distintas de ver las cosas. Son dos maneras muy distintas de vivir. Pero, todo depende de cómo se mire. Todo depende de la luz que cada uno tenga en su alma y en su corazón.
Por eso, podemos decir que hay mucha gente que cree ver, sin embargo está ciega, porque le falta la luz de Dios. Y, contrariamente, hay ciegos que no pueden ver con los ojos de su cuerpo, pero tienen el alma inundada de luz porque brilla en ellos la claridad de la fe.
Esto nos enseña que las cosas no son lo que aparecen. Se equivoca totalmente quién sólo sabe mirar con los ojos de la carne.
El Prefacio de la Santa Misa continúa diciendo: “Para que reconociéndolo por nuestro Dios, aunque revestido de una forma visible, seamos atraídos por él al amor de las cosas invisibles”.
Es un verdadero milagro el que se produce en nosotros cada vez que mirando al Niño de Belén descubrimos en Él, no a una simple criatura, sino al mismo Dios que se ha hecho hombre para compartir nuestra condición humana, para salvarnos, para redimirnos y para darnos ejemplo de vida.
“Quien me ha visto a Mí ha visto al Padre”, nos dice Jesús.
Él se ha hecho visible a los ojos de nuestro cuerpo, pero no para engañarnos y dejarnos como estábamos, sino para descubrirnos y atraernos hacia las cosas invisibles, que son las verdaderas, las auténticas, las que dan explicación y consistencia a nuestro mundo y a la vida de cada uno de nosotros.
Son las realidades invisibles las que encierran el secreto de la creación, de nuestra vida, de los sufrimientos, de la felicidad, de la muerte y del más allá.
Quien desconoce las cosas invisibles lo desconoce todo, aunque crea saberlo todo.
Es por ello, que sin el conocimiento de lo invisible no hay esperanza y todo se agota en sí mismo, todo se acaba en sí mismo, todo se disuelve y se esfuma en la oscuridad de la muerte.
La ‘mirada de fe’ nos ayuda, entonces, a descubrir un mundo insospechado que nunca podríamos imaginar si no fuera porque Nuestro Señor Jesucristo nos lo ha mostrado y manifestado.
La ‘mirada de fe’, el ver “con los ojos de nuestra alma” nos permite amar y entregarnos a Dios invisible que es el Sumo Bien, la Suma felicidad, el que único que puede hacer que se cumplan nuestros anhelos de vivir y de ser felices por toda la eternidad.
Es también por ello que la Santísima Virgen es nuestra Madre, verdadera Madre, porque por medio de Ella nos ha venido la vida: Jesucristo, fruto bendito de su vientre.
Ella es el árbol de la vida plantado en medio del mundo, para que quien se acerca a comer de su fruto tenga vida en abundancia y no muera más.
Examen particular
¿Tengo una visión humana de las cosas y de mi vida o procuro mirarlo todo a la luz de la fe?
¿Soy consciente y medito a diario en la Providencia amorosa de Dios que rige mi vida?
¿Agradezco a Dios suficientemente el don de la fe?
¿Pido diariamente al Señor con humildad que aumente mi fe?
¿Tengo puesta mi esperanza en Dios o en las cosas de este mundo: amigos, trabajo, dinero…?
¿Encuentro en Dios mi mayor felicidad o todavía sólo se gozar de las cosas terrenas?