Doctrina sobre el Santísimo
Sacrificio de la Misa
Pío IV, 1559-1565. - Concilio de Trento,
1545-1563
SESIÓN XXII (17 de septiembre de 1562)
Doctrina... acerca del santísimo sacrificio de
la Misa
El sacrosanto, ecuménico y universal Concilio de Trento, legítimamente
reunido en el Espíritu Santo, presidiendo en él los mismos legados de la
Sede Apostólica, a fin de que la antigua, absoluta y de todo punto perfecta
fe y doctrina acerca del grande misterio de la Eucaristía, se mantenga en la
santa Iglesia Católica y, rechazados los errores y herejías, se conserve en
su pureza ; enseñado por la ilustración del Espíritu Santo, enseña, declara
y manda que sea predicado a los pueblos acerca de aquélla, en cuanto es
verdadero y singular sacrificio, lo que sigue
Cap. 1. [De la institución del sacrosanto
sacrificio de la Misa]
Como quiera que en el primer Testamento, según testimonio del 938 Apóstol
Pablo, a causa de la impotencia del sacerdocio levítico no se daba la
consumación, fué necesario, por disponerlo así Dios, Padre de las
misericordias, que surgiera otro sacerdote según el orden de Melquisedec
[Gen. 14, 18; Ps. 109, 4; Hebr. 7, 11], nuestro Señor Jesucristo, que
pudiera consumar y, llevar a perfección a todos los que habían de ser
santificados [Hebr. 10, 14]. Así, pues, el Dios y Señor nuestro, aunque
había de ofrecerse una sola vez a sí mismo a Dios Padre en el altar de la
cruz, con la interposición de la muerte, a fin de realizar para ellos [v.
l.: allí] la eterna redención ; como, sin embargo, no había de extinguirse
su sacerdocio por la muerte [Hebr. 7, 24 y 27], en la última Cena, la noche
que era entregado, para dejar a su esposa amada, la Iglesia, un sacrificio
visible, como exige la naturaleza de los hombres [Can. 1], por el que se
representara aquel suyo sangriento que había una sola vez de consumarse en
la cruz, y su memoria permaneciera hasta el fin de los siglos [1 Cor. 11, 23
ss], y su eficacia saludable se aplicara para la remisión de los pecados que
diariamente cometemos, declarándose a sí mismo constituido para siempre
sacerdote según el orden de Melquisedec [Ps. 109, 4], ofreció a Dios Padre
su cuerpo y su sangre bajo las especies de pan y de vino y bajo los símbolos
de esas mismas cosas, los entregó, para que los tomaran, a sus Apóstoles, a
quienes entonces constituía sacerdotes del Nuevo Testamento, y a ellos y a
sus sucesores en el sacerdocio, les mandó con estas palabras : Haced esto en
memoria mía, etc. [Le. 22, 19; 1 Cor. 11, 24] que los ofrecieran. Así lo
entendió y enseñó siempre la Iglesia [Can. 2]. Porque celebrada la antigua
Pascua, que la muchedumbre de los hijos de Israel inmolaba en memoria de la
salida de Egipto [Ex. 12, 1 ss], instituyó una Pascua nueva, que era Él
mismo, que había de ser inmolado por la Iglesia por ministerio de los
sacerdotes bajo signos visibles, en memoria de su tránsito de este mundo al
Padre, cuando nos redimió por el derramamiento de su sangre, y nos arrancó
del poder de las tinieblas y nos trasladó a su reino [Col. 1, 13].
Y esta es ciertamente aquella oblación pura, que no puede mancharse por
indignidad o malicia alguna de los oferentes, que el Señor predijo por
Malaquías [1, 11] había de ofrecerse en todo "lugar, pura, a su nombre, que
había de ser grande entre las naciones, y a la que no oscuramente alude el
Apóstol Pablo escribiendo a los corintios, cuando dice, que no es posible
que aquellos que están manchados por la participación de la mesa de los
demonios, entren a la parte en la mesa del Señor [1 Cor. 10, 21],
entendiendo en ambos pasos por mesa el altar. Esta es, en fin, aquella que
estaba figurada por las varias semejanzas de los sacrificios, en el tiempo
de la naturaleza y de la ley [Gen. 4, 4 ; 8, 20; 12, 8 ; 22 ; Ex. passim],
pues abraza los bienes todos por aquéllos significados, como la consumación
y perfección de todos.
Cap. 2. [El sacrificio visible es
propiciatorio por los vivos y por los difuntos]
Y porque en este divino sacrificio, que en la Misa se realiza, se contiene e
incruentamente se inmola aquel mismo Cristo que una sola vez se ofreció Él
mismo cruentamente en el altar de la cruz [Hebr. 9, 27] ; enseña el santo
Concilio que este sacrificio es verdaderamente propiciatorio [Can. 3], y que
por él sé cumple que, si con corazón verdadero y recta fe, con temor y
reverencia, contritos y penitentes nos acercamos a Dios, conseguimos
misericordia y hallamos gracia en el auxilio oportuno [Hebr. 4, 16]. Pues
aplacado el Señor por la oblación de este sacrificio, concediendo la gracia
y el don de la penitencia, perdona los crímenes y pecados, por grandes que
sean. Una sola y la misma es, en efecto, la víctima, y el que ahora se
ofrece por el ministerio de los sacerdotes, es el mismo que entonces se
ofreció a sí mismo en la cruz, siendo sólo distinta la manera de ofrecerse.
Los frutos de esta oblación suya (de la cruenta, decimos), ubérrimamente se
perciben por medio de esta incruenta: tan lejos está que a aquélla se
menoscabe por ésta en manera alguna [Can. 4]. Por eso, no sólo se ofrece
legítimamente, conforme a la tradición de los Apóstoles, por los pecados,
penas, satisfacciones y otras necesidades de los fieles vivos, sino también
por los difuntos en Cristo, no purgados todavía plenamente [Can. 3].
Cap. 3. [De las Misas en honor de los Santos]
Y si bien es cierto que la Iglesia a veces acostumbra celebrar algunas Misas
en honor y memoria de los Santos; sin embargo, no enseña que a ellos se
ofrezca el sacrificio, sino a Dios solo que los ha coronado [Can. 5]. De ahí
que «tampoco el sacerdote suele decir: Te ofrezco a ti el sacrificio, Pedro
y Pablo» 1, sino que, dando gracias a Dios por las victorias de ellos,
implora su patrocinio, para que aquellos se dignen interceder por nosotros
en el cielo, cuya memoria celebramos en la tierra [Misal].
Cap, 4. [Del Canon de la Misa]
Y puesto que las cosas santas santamente conviene que sean 942
administradas, y este sacrificio es la más santa de todas; a fin
de que digna y reverentemente fuera ofrecido y recibido, la Iglesia Católica
instituyó muchos siglos antes el sagrado Canon, de tal suerte puro de todo
error [Can. 6], que nada se contiene en él que no sepa sobremanera a cierta
santidad y piedad y no levante a Dios la mente de los que ofrecen. Consta
él, en efecto, ora de las palabras mismas del Señor, ora de tradiciones de
los Apóstoles, y también de piadosas instituciones de santos Pontífices.
Cap. 5. [De las ceremonias solemnes del
sacrificio de la Misa]
Y como la naturaleza humana es tal que sin los apoyos externos no puede
fácilmente levantarse a la meditación de las cosas divinas, por eso fa
piadosa madre Iglesia instituyó determinados ritos, como, por ejemplo, que
unos pasos se pronuncien en la Misa en voz baja [Can. 9], y otros en voz
algo más elevada; e igualmente empleó ceremonias [Can. 7], como misteriosas
bendiciones, luces, inciensos, vestiduras y muchas otras cosas a este tenor,
tomadas de la disciplina y tradición apostólica, con el fin de encarecer la
majestad de tan grande sacrificio y excitar las mentes de los fieles, por
estos signos visibles de religión y piedad, a la contemplación de las
altísimas realidades que en este sacrificio están ocultas.
Cap. 6. [De la misa en que sólo comulga el
sacerdote]
Desearía ciertamente el sacrosanto Concilio que en cada una de las Misas
comulgaran los fieles asistentes, no sólo por espiritual afecto, sino
también por la recepción sacramental de la Eucaristía, a fin de que llegara
más abundante a ellos el fruto de este sacrificio; sin embargo, si no
siempre eso sucede, tampoco condena como privadas e ilícitas las Misas en
que sólo el sacerdote comulga sacramentalmente [Can. 8], sino que las
aprueba y hasta las recomienda, como quiera que también esas Misas deben ser
consideradas como verdaderamente públicas, parte porque en ellas comulga el
pueblo espiritualmente, y parte porqué se celebran por público ministro de
la Iglesia, no sólo para sí, sino para todos los fieles que pertenecen al
Cuerpo de Cristo.
Cap. 7. [Del agua que ha de mezclarse al vino
en el cáliz que debe ser ofrecido]
Avisa seguidamente el santo Concilio que la Iglesia ha preceptuado a sus
sacerdotes que mezclen agua en el vino en el cáliz que debe ser ofrecido
[Can. 9], ora porque así se cree haberlo hecho Cristo Señor, ora también
porque de su costado salió agua juntamente con sangre [Ioh. 19, 34],
misterio que se recuerda con esta mixtión. Y como en el Apocalipsis del
bienaventurado Juan los pueblos son llamados aguas [Apoc. 17, 1 y 15], [así]
se representa la unión del mismo pueblo fiel con su cabeza Cristo.
Cap. 8. [Que de ordinario no debe celebrarse la Misa en lengua vulgar y que
sus misterios han de explicarse al pueblo]
Aún cuando la Misa contiene una grande instrucción del pueblo fiel; no ha
parecido, sin embargo, a los Padres que conviniera celebrarla de ordinario
en lengua vulgar [Can. 9]. Por eso, mantenido en todas partes el rito
antiguo de cada Iglesia y aprobado por la Santa Iglesia Romana, madre y
maestra de todas las Iglesias, a fin de que las ovejas de Cristo no sufran
hambre ni los pequeñuelos pidan pan y no haya quien se lo parta [cf. Thr. 4,
4], manda el santo Concilio a los pastores y a cada uno de los que tienen
cura de almas, que frecuentemente, durante la celebración de las Misas, por
sí o por otro, expongan algo de lo que en la Misa se lee, y entre otras
cosas, declaren algún misterio de este santísimo sacrificio, señaladamente
los domingos y días festivos.
Cap. 9. [Prolegómeno de los cánones
siguientes]
Mas, porque contra esta antigua fe, fundada en el sacrosanto Evangelio, en
las tradiciones de los Apóstoles y en la doctrina de los Santos Padres, se
han diseminado en este tiempo muchos errores, y muchas cosas por muchos se
enseñan y disputan, el sacrosanto Concilio, después de muchas y graves
deliberaciones habidas maduramente sobre estas materias, por unánime
consentimiento de todos los Padres, determinó condenar y eliminar de la
santa Iglesia, por medio de los cánones que siguen, cuanto se opone a esta
fe purísima y sagrada doctrina.
Cánones sobre el Santísimo Sacrificio de la Misa
Can. 1. Si alguno dijere que
en el sacrificio de la Misa no se ofrece a Dios un verdadero y propio
sacrificio, o que el ofrecerlo no es otra cosa que dársenos a comer Cristo,
sea anatema [cf. 938].
Can. 2. Si alguno dijere que
con las palabras: Haced esto en 949 memoria mía [Le. 22; 19; 1 Cor. 11, 24],
Cristo no instituyó sacerdotes a sus Apóstoles, o que no les ordenó que
ellos y los otros sacerdotes ofrecieran su cuerpo y su sangre, sea anatema [cf.
938].
Can. 3. Si alguno dijere que
el sacrificio de la Misa sólo 950 es de alabanza y de acción de gracias, o
mera conmemoración del sacrificio cumplido en la cruz, pero no
propiciatorio; o que sólo aprovecha al que lo recibe; y que no debe ser
ofrecido por los vivos y los difuntos, por los pecados, penas,
satisfacciones y otras necesidades, sea anatema [cf. 940].
Can. 4. Si alguno dijere que
por el sacrificio de la Misa se infiere una blasfemia al santísimo
sacrificio de Cristo cumplido en la cruz, o que éste sufre menoscabo por
aquél, sea anatema [cf. 940].
Can. 5. Si alguno dijere ser
una impostura que las Misas se 952 celebren en honor de los santos y para
obtener su intervención delante de Dios, como es intención de la Iglesia,
sea anatema [cf. 941].
Can. 6. Si alguno dijere que
el canon de la Misa contiene error 953 y que, por tanto, debe ser abrogado,
sea anatema [cf. 942].
Can. 7. Si alguno dijere que
las ceremonias, vestiduras y signos externos de que usa la Iglesia Católica
son más bien provocaciones a la impiedad que no oficios de piedad, sea
anatema [cf. 943].
Can. 8. Si alguno dijere que
las Misas en que sólo el sacerdote comulga sacramentalmente son ilícitas y
deben ser abolidas, sea anatema [cf. 944].
Can. 9. Si alguno dijere que
el rito de la Iglesia Romana por 956 el que parte del canon y las palabras
de la consagración se pronuncian en voz baja, debe ser condenado; o que sólo
debe celebrarse la Misa en lengua vulgar, o que no debe mezclarse agua con
el vino en el cáliz que ha de ofrecerse, por razón de ser contra la
institución de Cristo, sea anatema [cf. 943 y 945 s].