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«...Mas era muy viejo cuando le vine a conocer, y tan extrema
su flaqueza, que no parecía sino hecho de raíces de
árboles. Con toda esta santidad era muy afable, aunque de
pocas palabras si no era con preguntarle. En éstas era muy
sabroso, porque tenía muy lindo entendimiento», escribe
de él Santa Teresa en su Autobiografía (cap. 27).
Había
nacido en 1499 en Alcántara, hijo de Alonso
Garavito y de María Vilela de Sanabria, quienes en su bautismo
le pusieron el nombre de Juan. Alcántara está en la
raya de las dos Extremaduras, española y portuguesa, tierra
dura, sin suavidades, que forja a sus hombres en barro recocido,
más recio que el bronce, tierra de «conquistadores».
Pero Juan de Sanabria no se fue con ellos. Después de estudiar
en Salamanca se hizo franciscano, cambiando su nombre por el de
Pedro: Fray Pedro de Alcántara. Era otra la «conquista»,
no menos heroica ni menos gloriosa que la de sus paisanos, a la
que le invitaba una misteriosa llamada.
Estamos
en una de las épocas más llenas de vida de la historia
de España, y en la que se concentra mucho de lo que los españoles
han aportado a la historia universal. Edad de oro de la
espiritualidad española, que hizo posible una impresionante
cosecha de magníficas realidades: un deseo ardiente de reforma;
una búsqueda viva e inquieta de vida interior, un interés
generalizado por la oración, que deja de ser patrimonio de
una elite monástico-religiosa, y pasa del convento a la calle,
sin distinguir clases, edades o sexos, porque -como escribe Fray
Pedro a Teresa de Jesús -, en temas de vida espiritual y
perfección evangélica «no se dio más
a hombres que a mujeres». Va a irrumpir en todo su esplendor
la gran «furia» española, una de cuyas cumbres,
en el aspecto espiritual, será precisamente San Pedro de
Alcántara.
Su andadura
como franciscano inicia el año 1515 en el convento
de San Francisco de los Majarretes, junto a Valencia de
Alcantara. Pertenecía éste a la Custodia franciscana
de Extremadura, luego Provincia de San Gabriel, que acogía
entonces a algunos de los espíritus mas inquietos y más
deseosos de retorno a la primitiva observancia de la Regla de San
Francisco de Asís. Allí forja Fray Pedro su espíritu,
en la contemplación, la penitencia y la pobreza, el retiro
y el compromiso evangelizador. Durante los ocho años siguientes
continúa su formación humanista, teológica
y franciscana. En 1524 es ordenado sacerdote.
Pronto
es superior de algunos conventos y, más tarde, en
1538, Superior Provincial de su Provincia Franciscana.
Fray Pedro va y viene desarrollando un amplio apostolado, fundando
nuevos conventos, visitando a sus hermanos, alentando en ellos el
deseo de reforma. Fruto de ello van a ser las nuevas «Ordenaciones»
que da a su Provincia Franciscana.
En
1541, al terminar su mandato viaja a Portugal, reclamado
por un grupo de franciscanos que, con apoyo de la nobleza,
inicia un movimiento de reforma. Él mismo es uno
de los fundadores de la Custodia de La Arrábida, que se constituye
en Portugal según el estilo y el talante de las reformas
franciscanas extremeñas. En Portugal se hace íntimo
amigo de las personas de la Corte (Juan II, la reina Doña
Catalina de Austria, infantes, nobles,...), con quienes mantiene
una amplia correspondencia de amistad, consejo y dirección
espiritual.
Allí
es, durante algunos años, maestro de novicios.
Tal vez surgen entonces, en su iniciación a éstos
en la práctica de la oración, los primeros apuntes
de lo que será más tarde su «Tratado de
la oración y meditación». Escrito con el
propósito de acercar a los cristianos de a pie la práctica
de la oración, y editado sin cesar, es uno de los libritos
que más ha contribuido a divulgar el ejercicio de la oración
y meditación en España y en el extranjero.
Vuelve
a España, reclamado por su Provincia. Crecen en él
los deseos de mayor austeridad, soledad de vida y oración.
En 1554 consigue de sus superiores autorización para retirarse,
con un compañero, a un eremitorio en Santa Cruz de Paniagua
(Cáceres). Su exquisita sensibilidad pone una nota de humanidad
y de ternura en el marco de su pobre desierto: el pequeño
huertecillo había de estar siempre sembrado de perejil «para
que estuviese siempre verde».
Al cabo
de dos años marcha al pueblo cacereño de Pedroso de
Acim, donde Rodrigo de Chaves, dirigido suyo, le cede una pequeña
casa, junto a la fuente de El Palancar. Allí
se hace levantar Fray Pedro, en una superficie de unos 70 metros
cuadrados, el «convento más pequeño del
mundo». Este será su conventito de predilección.
En El Palancar vive Fray Pedro su proverbial ascetismo,
hecho de pobreza franciscana y de una austeridad de vida y penitencia
tales que asombró a sus mismos contemporáneos, acostumbrados
a formas de vida austeras y penitentes para nosotros casi impensables.
Pero allí, sobre toda otra cosa, descuella su oración
y contemplación.
Desde El Palancar despliega una extensa
labor apostólica por toda Extremadura y se relaciona
con los personajes más importantes de la España de
entonces: Carlos V, que le llama a Yuste para hablarle de su alma;
la princesa Doña Juana; el obispo de Coria, Don Diego Enríquez;
los condes de Oropesa; y San Francisco de Borja que, de paso hacia
Yuste y Portugal, escribe a nuestro santo: «Fuera yo de
muy buena gana a su ermita de Vuestra Reverencia, y tuviérala
por un paraíso en la tierra. . . A la vuelta espero en el
Señor que nos veremos y trataremos particularmente.»
Y así fue.
Al Palancar llegan los innumerables mendigos de
la región, con quienes Fray Pedro comparte con generosidad
extrema su pobre mesa; allí acuden también los niños
del entorno, y el santo, gustosa y entrañablemente, les enseña
las primeras letras y la «doctrina cristiana».
Por dificultades surgidas en su Provincia de San
Gabriel, Fray Pedro sale de ella en 1558, y su conventito pasa enseguida
a formar parte de la nueva Custodia descalza de San José.
Pocos años le quedan de vida al santo, pero serán
maravillosamente activos: va y viene a Roma como Comisario de los
franciscanos reformados de España; funda sin cesar más
y más conventos (San Juan Bautista en Deleitosa, El Rosarito
en Oropesa, San José en Elche, San Antonio en Aspe, y la
Magdalena en Aldea del Palo); y, erige en Provincia la Custodia
de San José, y le da las «Ordenaciones»,
exponente impresionante de su espiritualidad: contemplación
altísima, pobreza extrema en la construcción de los
conventos, austeridad extraordinaria, e inquietud misionera llameante.
Maravillosamente activo y a la vez sumido en altísima
contemplación de Dios, pasa como una llama y los prodigios
caen de sus manos a su paso. En Herradón de Pinares saca
vivo a un niño ahogado en un pozo; en el puerto de El Pico
la nieve queda protegiéndole una noche como si fuese una
cueva caliente; son continuos sus éxtasis en la oración;
se mantiene en el aire orando ante la cruz; cura enfermos y convierte
pecadores.
En el verano de 1560 Fray Pedro está en
Ávila para tratar con Doña Guiomar de Ulloa, antigua
dirigida suya, de una nueva fundación en el pueblo zamorano
de Aldea del Palo. Durante su estancia en Ávila tiene lugar
el encuentro del santo con Teresa de Jesús,
turbada porque no logra hacer luz en su experiencia espiritual.
Este encuentro había de marcar profundamente la vida de la
santa, como ella misma afirma en su autobiografía (cap. 30):
«casi a los principios vi que me entendía por experiencia,
que era todo lo que yo había menester... Este santo hombre
me dio luz en todo, y me lo declaró, y dijo que no tuviese
pena, sino que alabase a Dios, y estuviese tan cierta que era espíritu
suyo, que si no era la fe, cosa más verdadera no podía
haber, ni que tanto pudiese creer».
Pedro de Alcántara tranquiliza y asegura
el espíritu de Teresa de Jesús, y entre ambos santos
surge una profunda y sincera amistad: en adelante, él es
el consejero fiel de la Santa y quien le orienta
y da el impulso definitivo para iniciar la reforma del Carmelo con
la fundación del convento de San José de Avila; y
Fray Pedro abre su corazón a la Madre Teresa, que será
su primer biógrafo dedicándole tres capítulos
de su Autobiografía, en los que, a decir de un cronista de
la época «le deja eternizado y por ellos como canonizado
en el mundo».
Es probablemente con ocasión de este viaje,
de paso para Ávila, cuando Pedro de Alcántara conoce
en Arenas la Ermita de San Andrés del Monte,
a poco más de dos kilómetros de la villa. Levantada
en el primer tercio del siglo XVI, era ésta una pequeña
edificación de poco más de treinta metros cuadrados,
de estilo gótico isabelino. La cofradía arenense de
San Andrés se la ofrece para la fundación de un nuevo
convento de su reforma. Cuentan las crónicas que tanto agradó
al santo el lugar, que exclamó: «Dios tiene grandes
designios sobre este lugar».
El nuevo conventito se edifica según las
«Ordenaciones» de la Provincia de San José, aprobadas
en 1561: «Item, ordenamos que las casas que de aquí
en adelante se tomaren, sean pobres y pequeñas, conforme
a la traza de este Capítulo. Y en el edificio donde han de
morar los frailes resplandezca toda vileza y pobreza. . . Y las
celdas sean de siete palmos de vara, y la que más de siete
pies. . . Y la casa tenga a lo menos 45 pies, y a lo más
50... Y cada año vayan los frailes al señor de la
casa con las llaves de ella, y le den gracias por el tiempo que
les ha dejado morar en su casa y le pidan dejarlos morar en ella
por el tiempo que él quisiere». En la ladera del
monte se construyen varias pequeñas ermitas para retiro temporal
alternativo del puñado de hermanos que han de formar la fraternidad
conventual.
De ahora en adelante Arenas y su comarca experimentan las riquezas
del apostolado y el ejemplo de la vida de Fray Pedro, que fija su
residencia en Arenas en la primavera de 1562. En el verano se recrudece
la enfermedad que lo acompaña desde hace algunos años,
a la que se une ahora una llaga profunda en una pierna. Pero esto
no le impide continuar su apostolado itinerante y las gestiones
para nuevas fundaciones. Aún puede ver y bendecir, en agosto,
el convento teresiano de San José, a la espera de su próxima
inauguración.
A la vuelta de Ávila se establece en Arenas
en una casa que Fray Pedro acepta para residencia temporal de sus
hermanos mientras se ultima su conventito. De aquí sale el
13 de septiembre para presidir el Capítulo Provincial en
el convento de San Juan Bautista en Deleitosa. Finalizado el Capítulo
va a ver a los condes de Oropesa, mecenas y patronos de algunas
de sus fundaciones, con quienes le une una gran amistad. Se hospeda
en su palacio. Aunque necesitado de cuidados, Fray Pedro no acepta
otra habitación que una diminuta dependencia, de angosto
acceso, en el entresuelo. Ante el agravarse de su enfermedad, el
12 de octubre se hace llevar a Arenas, donde quiere recibir la muerte
rodeado de sus hermanos. En el amanecer del 18 de octubre, alegre
de verse ya de partida para la gloria, después de pedir
perdón a su cuerpo por las asperezas y rigores con
que le había tratado todo el tiempo de su vida, comenzó
a rezar el salmo «miserere», quedándose absorto
en la contemplación de la Trinidad y de la Virgen María.
Vuelto en sí, y diciendo «¡Qué alegría
cuando me dijeron, vamos a la casa del Señor»,
entregaba su espíritu.
«Llevóselo el Señor a descansar»,
dirá la santa abulense. Podía descansar en paz; paz
para su cuerpo agotado por los viajes, fatigas y mortificaciones;
paz para su alma siempre en tensión, deseosa de encontrarse
con Jesucristo.
La noticia de su muerte se difundió inmediatamente
por toda la comarca. Las gentes de Arenas y sus alrededores acudieron
en masa a dar su último adiós a aquel de cuya compañía,
amistad, favores espirituales y testimonio de vida habían
gozado, y al que todos consideraban santo. Allí estaban todos,
al día siguiente, en su entierro a los pies del altar en
la ermita de San Andrés.
La fama de su santidad hizo que
su sepulcro se convirtiera enseguida en meta de peregrinación
de innumerables devotos que, sin distinción de clase ni condición,
reconocían su santidad e invocaban su intercesión.
En 1591 sus restos fueron colocados en un nicho al lado del evangelio
en la ermita de San Andrés, ampliada pocas fechas antes.
El arca que contenía los restos de Fray Pedro se tabicó,
al no estar autorizado su culto; pero, como memoria de la presencia
allí de tan preciado tesoro, en la pared se pintó
una imagen suya, que es hoy el primer testimonio iconográfico
alcantarino. Años más tarde, en 1616, ya bastante
avanzado el proceso de beatificación, se hizo una pequeña
capilla al lado derecho del altar, a la que se trasladaron de nuevo
los restos del santo, autorizado ya su culto público.
Respondiendo a la reiterada petición de
cardenales, obispos, reyes, nobles y pueblo sencillo. que escriben
al Papa solicitando la gloria de los altares para Fray Pedro, Gregorio
XV lo beatificó el 18 de abril de 1622.
Con este motivo Arenas lo declaraba patrón perpetuo de la
villa e hizo voto de tener por día de fiesta perpetuamente
el 19 de octubre de cada año, fiesta litúrgica del
nuevo beato. Su canonización por Clemente IX, el
28 de Abril de 1669, universalizó su historia personal,
su santidad y su culto.
En 1674 era nombrado patrono de la diócesis
de Coria-Cáceres; en 1752 se colocaba en la Basílica
Vaticana, en Roma, una gran estatua de San Pedro de Alcántara,
obra de Francisco de Vergara, privilegio reservado a los grandes
fundadores de Órdenes religiosas, concedido a él y
a Teresa de Jesús; en 1757 se puso la primera piedra de la
capilla que había de acoger definitivamente sus restos en
su convento de Arenas, obra del arquitecto real Ventura Rodríguez,
y en la que dejaron muestra de su buen hacer algunos de los artistas
más renombrados del momento: Francisco Gutiérrez,
Francisco Bayeu, Francisco Sabatini, y José Antonio Giardoni,
entre otros. En 1826 fue declarado patrono del Brasil, y
en 1962 lo era de Extremadura, compartiendo patronazgo con la Virgen
de Guadalupe.
De la
difusión de su santidad y su culto se harán
cargo reyes, príncipes, nobles, y pueblo llano, pero tendrá
como principales protagonistas a los frailes de su reforma franciscana.
De la Provincia de San José surgieron otras Provincias en
España y tierras de ultramar, hasta llegar a un total de
veintiuna entidades. Los alcantarinos españoles se dirigieron
hacia Méjico y Extremo Oriente, mientras los portugueses
se orientaron hacia India y Brasil. Las franciscanas alcantarinas,
fundadas en el siglo XIX, y extendidas por Europa, África
y América, llevan hoy por el mundo el nombre alcantarino,
como signo de identidad.
Signo
de su proyección mundial es también
la enorme difusión de la imagen de San Pedro de Alcántara
en el arte, siendo uno de los santos franciscanos mayormente representados,
no sólo en España, Portugal e Italia, sino también
en Hispanoamérica y en Extremo Oriente. A él dedicaron
su arte: Martínez Montañés, Alonso Cano, Pedro
de Mena, Salzillo, Francisco de Vergara, Zurbarán, Lucas
Jordán, Claudio Coello, Tiépolo,...; y en nuestros
días lo han hecho, entre otros: Juan de Ávalos, Navarro
Gabaldón, Venancio Blanco, Antonio de Oteiza, Miguel Ángel
Sáinz y Santiago de Santiago. Pero ¡fue una lástima
que El Greco no le conociera y pintara!, que con sus grises, amarillos,
rojos, esmeraldas, y ocres no nos haya podido dejar el retrato delirante
de la llama -el alma- en el haz de sarmientos -el cuerpo- de Fray
Pedro de Alcántara, una figura egregia de singular grandeza
humana y espiritual, el hombre que expresa y sintetiza, de manera
abrupta si se quiere, toda la riqueza interior, mística y
contemplativa, toda la ascética, y toda la proyección
apostólica y misionera de la España del siglo XVI.
Su vuelo, que, por ser de un ayer que pasó y tan atrevido,
en algunos aspectos sólo podemos admirar, constituye todo
un poema de humanidad, de incondicionalidad en la fe, de vida evangélica
y santidad, óptimo correctivo para la timidez de nuestra
cultura y vida.
Baldomero J. Duque-Julio Herranz, ofm
PARA
MAYOR INFORMACIÓN:
Rafael Sanz (edit.),
Vida y escritos de San Pedro de Alcántara, BAC,
Madrid, 1996.
San Pedro de Alcántara, hombre del Espíritu,
Publicaciones Vidicam, Ávila, 1998.
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