Homilía pronunciada en uno de nuestros Monasterios: Ascención 2012


San Bernardo, en uno de sus sermones en la Ascensión –la fiesta que hoy celebramos–, exhorta: hermanos, perseverad en la disciplina que abrazasteis y subid por la pequeñez a la grandeza: es el único camino. Quien elige otro desciende, no asciende, porque únicamente la humildad encumbra y sólo ella nos lleva a la vida. Cristo (...) vio que la humildad es el medio de elevarse, y vino a encarnarse, padecer y morir, para que nosotros no cayéramos en la muerte; por eso Dios lo glorificó, lo resucitó, lo ensalzó y lo sentó a su derecha. Anda, haz tú lo mismo. Si quieres ascender, desciende... Resuena en estas palabras de Bernardo el capítulo VII, sobre la humildad, de la Regla de S. Benito; alusión a la escala que se le apareció en sueños a Jacob, la escala que se sube por la humildad: cuando el corazón se abaja, el Señor lo levanta hasta el cielo, dice Benito. La humildad a que estamos llamados es vivir desde lo que efectivamente somos y no de las fantasías que continuamente nos creamos. Mucho de nuestro sufrimiento surge de nuestros sueños de perfección. Cuánto nos cuesta perder la manía de las cosas perfectas, cuánto nos cuesta curarnos de ese impulso que nos exilia en el conforto de las idealizaciones, cuánto nos cuesta vencer el vicio de sobreponer a la realidad un cortejo de falsas imágenes. No hay peor infierno que un falso cielo, porque ahí se generan y se alimentan: orgullo, autosuficiencia, autojustificación, aislamiento, violencia, el delirio del poder.

S. Bernardo, en el Tratado de los grados de humildad y soberbia, nos invita: Mira a la tierra, para que te conozcas a ti mismo. Ella te mostrará tu realidad, porque eres tierra y a la tierra volverás. Nuestro cielo está en la tierra, en la tierra que somos, esa tierra que tanto nos cuesta amar, tan sólo porque no corresponde a las creencias que interiorizamos a lo largo de la vida. La humildad es la aceptación incondicional y gozosa de lo que efectivamente somos. Bajar a la tierra, una y otra vez, acoger lo contradictorio, lo sombrío, lo que nos duele, sin desaliento y con ternura; siempre con ternura, porque estamos tocando nuestro mejor tesoro. Cuando abrimos así el corazón, caen los miedos, la libertad gana otra amplitud, aprendemos a mirar los otros con compasión y vamos experimentando que Dios vive y respira en nosotros. Cuanto más bajamos a nuestra tierra, más nos volvemos transparencia del Misterio de Dios. ¡Nuestra tierra es nuestro cielo! Experimentarlo es pura gracia.

Termino con un texto de Thomas Merton: El Cristo que realmente descubrimos en nosotros mismos es muy distinto de aquel que nos esforzamos, en vano, por admirar e idolatrar en nosotros. Es todo lo contrario: Él quiso identificarse con aquello que no amamos en nosotros mismos, porque Él tomó sobre si nuestra miseria y nuestro sufrimiento, nuestra pobreza y nuestros pecados... Jamás encontraremos paz si nos mantenemos en la ceguera que nos dice que el conflicto está superado. Sólo tendremos paz si somos capaces de escuchar y abrazar la danza contradictoria que agita nuestra sangre... Es ahí que mejor se escuchan los ecos de la victoria del Resucitado.