Catequesis cuaresmal de la Liturgia


A lo largo de toda la catequesis cuaresmal, se nos va a presentar a Jesús como una oferta de humanidad, como un modelo de hombre, que irá tratando de responder a las cuestiones más profundas que los seres humanos nos hacemos en la vida.

En la liturgia de la Palabra de los domingos 3º, 4º y 5º de Cuaresma del ciclo A, que son también de libre elección en el resto de los ciclos, se nos proclaman 3 evangelios muy significativos en este sentido.

En el domingo 3º, en el evangelio de la samaritana, se nos presentará a Jesús como agua viva, dando respuesta a todo el complejo mundo de los deseos humanos, a la insatisfacción, a este deambular de un lado para otro en busca de sentido, de plenitud. Jesús es el agua que colma hasta la vida eterna, que se nos ofrece como la respuesta a nuestra sed profunda.

En el domingo 4º, en el evangelio del ciego de nacimiento, se nos presentará a Jesús como luz, respondiendo a la falta de horizontes de la mayor parte de la población mundial, a la noche de tantas situaciones humanas, a la necesidad de ver la bondad de la creación, de poder percibir un rayo de esperanza en medio de las tinieblas. Necesidad y deseo de luz cuando nos vemos ciegos y faltos de claridad.

Con la resucitación de Lázaro, en el evangelio del 5º domingo de Cuaresma, Jesús se manifestará como vida. Y no tanto como vida inmortal que se prolonga indefinidamente, sino más bien como respuesta al anhelo radical de una vida plena y definitiva. Esa vida es la que buscamos cuando la vida habitual no nos satisface. No es simplemente vivir, sino vivir bien, una vida de calidad.

¡Qué sorprendente resulta este desvelamiento del misterio de Dios en el misterio del hombre! ¡Es asombroso experimentar lo bien que Dios nos conoce como para poder ofrecernos una alternativa de vida humana en su Hijo amado! Este Padre Bueno está a nuestro lado con el único deseo de que seamos hombres felices, con una alegría desbordante que nos llene eternamente.

Cuando tenemos a Jesús delante como agua viva, como luz y como vida, le reconocemos sin dificultades como la oferta amorosa que Dios nos hace. Queremos incluso plantar definitivamente ahí nuestra tienda para quedarnos en la cresta de la ola, tal como se nos dice en el 2º domingo de Cuaresma. Pero hay que seguir caminando a Jerusalén., porque el destino de este hombre será muy distinto a lo que podríamos imaginar. Va a descolocarnos, frustrando nuestras expectativas. El desenlace de su vida, el curso que irán tomando los acontecimientos, su final, no es el naturalmente esperado. Nos va a desconcertar y nos va a escandalizar. Toda una catequesis acerca de una oferta de humanidad nueva que acaba en el patíbulo de la cruz, con todo lo que esto significa y conlleva. Realmente no estamos preparados para ello. Ni siquiera la catequesis resulta válida cuando las cosas se tornan del revés. ¿Cómo reconocer el amor de Dios en un hombre que parece cualquier cosa menos un modelo de humanidad? Y por si fuera poco, ¿cómo vamos a poder reconocer a Jesús como nuestro Señor, despojado como está de todo atributo divino, haciéndose un hombre sin atractivos humanos, si nosotros pretendemos revestirnos de atributos humanos y divinos para relacionarnos con Dios? Hemos dicho antes que Jesús se nos oferta como luz, pero no como una luz que deslumbra, sino como una luz que nos ilumina. La luz que deslumbra ciega, la luz que ilumina da claridad. No deslumbra porque ha renunciado y se ha despojado de los atributos del poder, y ha renunciado al prestigio y a la dominación. Éste es el mensaje del 1º domingo de Cuaresma. He aquí el gran misterio: Dios manifiesta su amor, su gloria, en el hombre despojado de caretas, desnudado de ropajes, cuya apariencia es la de un desecho humano. Es como si Dios mismo nos invitase a experimentar su amor, el amor que nos tiene siempre y en todo momento, en la desnudez de nuestro ser, en aquello que nos resulta menos atractivo, menos aparente, cuando no tenemos a qué agarrarnos.

En el domingo de Ramos con “los niños hebreos, llevaremos ramos de olivo, y saldremos al encuentro del Señor aclamando: ¡Hosanna en el cielo!”, vitoreándolo en su humildad y abajamiento. El hombre despojado de atributos, destaca sólo por su humanidad. Y creo que los niños tienen una intuición especial para captar esto: reconocer la autenticidad de un hombre que se apoya simplemente en su ser de hombre. Alguien así se muestra libre, sin pretensiones de demostrar nada. Y sin embargo, él en sí mismo ya es una palabra comunicativa de verdad que sale de las tripas, icono del amor auténtico que conecta a nivel de sentimientos, de corazón a corazón.

¿Por qué andamos preocupados de tener o no autoridad, de ser buenos ejemplos para los demás? ¿Por qué nos angustia, como se dice coloquialmente, que nos traten "por el pito de un sereno"? ¿Por qué tenemos un miedo visceral a ser trasparentes, a no ser aceptados, a adentrarnos en las aguas turbias de nuestro ser para adquirir comprensión? Podríamos contestar a estas cuestiones diciendo sencillamente que porque dudamos de que alguien pueda amarnos incondicionalmente, incluso Dios mismo.

Pero en este hombre, que en la Semana Santa se nos recordará que fue objeto de burla, que quedó desfigurado por los ultrajes y salivazos, que por nosotros se sometió a la muerte, y una muerte infamante, de cruz, podemos encontrar la mirada incondicional que nunca juzga, que nunca domina, que nunca tiende a poseer o manipular. Su manera impresentable de presentarse a nosotros nos permite acercarnos a la realidad más difícil -la que puede provocar nuestros peores sentimientos de odio y de venganza-, con misericordia, comprensión y perdón.

Creo que es bueno que ya desde el comienzo de este tiempo de Cuaresma tengamos en el horizonte el triduo pascual. Y no sólo durante este tiempo de Cuaresma sino a lo largo de toda nuestra vida. Que su Presencia nos ilumine en todo momento para poder ir más allá de una mirada plana de la realidad, de lo que cotidianamente tenemos que vivir, para adquirir una perspectiva nueva, para que podamos encontrar sentido a todo lo que vivimos, especialmente las adversidades, el sufrimiento y el dolor. Tener siempre presente a este hombre, a nuestro Señor Jesús, al varón de dolores, desfigurado sin rostro humano, que se hace presente en los dolientes de nuestra tierra, en las víctimas de nuestros odios e injusticias. Que el Espíritu de la Cuaresma nos conceda la gracia de poder contemplar en nuestra vida a este Dios menor como un Dios siempre mayor, y contemplarle también y sobre todo en la ignominiosa historia de la mayor parte de la humanidad, contemplarle como el más bello de los hombres y así quedaremos radiantes.