Homilía pronunciada en uno de nuestros Monasterios el Domingo de Ramos


Domingo de Ramos: Pasión y muerte del Señor de la Vida. Entramos en la Semana Santa, semana en la que los misterios de nuestra fe se hacen cercanía, en el amor incondicional que se entrega por nuestra salvación.

A veintiún siglos de los acontecimientos, el dolor de Jesús en su pasión lo hemos divinizado tanto que apenas nos dice algo. Lo normal,lo lógico, así nos parece, es ver a Jesús en la Cruz. De signo de ignominia, la Cruz se ha convertido en signo de gloria, de victoria, de poder. No se nos ocurriría condecorar a nadie con la cruz del mérito si la considerásemos una ignominia, una humillación, un descrédito. La Cruz de Jesús, en la que padeció su muerte redentora no fue un instrumento glorioso, victorioso, fue todo lo contrario. Como todo sufrimiento humano, lleva en su núcleo poder de alienación, raíces de rebeldía, cauces de desesperación, de angustia, de oscurecimiento de la fe. El dolor de los hombres y mujeres de todos los tiempos y el dolor de Jesús junto al de ellos, cubre como un manto la superficie de la tierra.

Volver a escuchar de nuevo la Pasión del Señor es una nueva oportunidad para “espabilar el oído” del corazón y prestar atención a lo que este año nos dice esta palabra proclamada para nosotros. Oímos, leemos y hablamos del sufrimiento y del dolor de la humanidad y casi siempre relacionamos el sufrimiento y el dolor con Dios. “Dios lo quiere, Dios lo permite” son expresiones que brotan espontáneas ante el sufrimiento propio y ajeno. ¿Puede Dios querer el sufrimiento de alguien? Cuando algo nos resulta inexplicable lo envolvemos en el misterio de la voluntad de Dios. ¿No será este modo de proceder una manera de eludir, al menos en parte, nuestra responsabilidad ante el sufrimiento de la humanidad?

La Pasión y la Muerte de Jesús fueron la consecuencia de un conflicto entre el poder, el fundamentalismo religioso y la denuncia profética. Ayer, como hoy, los sufrimientos más atroces no son los que surgen de las limitaciones de la condición humana, esos sufrimientos que hacen relación a procesos vitales: nacemos, crecemos y morimos. Esto comporta un sufrimiento, un desgaste, un deterioro.

Hay otro sufrimiento, del que hoy hablamos, del que nos habla la celebración de la Pasión del Señor, es el sufrimiento infligido a los demás con la única finalidad de mantener un prestigio, un “'status', unos privilegios, un dominio tiránico sobre los demás. De ese sufrimiento es del que hoy nos hablan las lecturas que hemos escuchado. De este sufrimiento somos todos responsables. El hambre en el mundo, las guerras, las desigualdades sociales, la explotación, las violaciones y malos tratos de las mujeres, los niños soldados, los abusos sexuales... un sin fin de sufrimientos físicos.

¿Y qué decir de los sufrimientos morales y psicológicos? Chantajes, detracciones, larvada manipulación de los débiles, tráfico de vidas con fines esclavizantes... Estos sufrimientos son obra de nuestras manos. Somos nosotros, en más o menos grado, los que creamos esas situaciones que deterioran la dignidad de nuestros semejantes. Todos, todos sin excepción, tomamos parte en esta “espiral del dolor” Cuando oímos el relato de la Pasión del Señor surgen en nosotros sentimientos de compasión, “dolor con Cristo dolorido, quebranto y pena interna” que diría S. Ignacio. Pero ya no podemos hacer nada. La Pasión de Jesús como hecho histórico ya pasó. Nuestra tarea es para hoy. Nuestro empeño estará en crear situaciones vitales en las que sea imposible el sufrimiento, el dolor, la opresión, la esclavitud. Si es verdad que la Pasión del Señor es un hecho del pasado, la pasión del hombre y de la mujer es un acontecimiento de hoy. Y donde hay un sufrimiento hay una prolongación de la Pasión de Cristo.

Nuestro compromiso no puede quedar en un lamento pasajero, en un recuerdo anual, en una piadosa reflexión. El Señor sigue padeciendo en sus miembros y somos nosotros, cada uno en su situación y en su contexto, los que infligimos ese dolor a los débiles miembros del cuerpo de Cristo. En nuestra familia, en nuestra comunidad, en nuestro trabajo, en nuestras relaciones sociales... Cristo padece, sufre en cada sufrimiento humano. Es verdad que hay sufrimientos y sufrimientos, pero también es verdad que si no somos capaces de evitar lo pequeño, difícilmente evitaremos lo mayor.

Domingo de Ramos en la Pasión del Señor, en el que palpamos el dolor de una humanidad rota y humillada por ese cúmulo de egoísmos e intereses que impiden a muchos nacer, crecer y morir con la dignidad que todo ser humano se merece. La Pasión del Señor es una nueva llamada al compromiso con el Amor.