Homilía pronunciada en uno de nuestros Monasterios: Epifanía del Señor 2013


Hoy, el niño nacido en un establo de Belén se ha manifestado esplendorosamente a todos los pueblos como el Cristo. Hace ya mucho tiempo, desde Oriente, siguiendo una estrella, vinieron unos Magos a Belén para adorar al recién nacido, Rey de los Judíos; encontraron al Niño con María, su madre y, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, como a rey soberano; incienso como a Dios verdadero; y mirra, como homenaje al que siendo Señor entregará la propia vida por amor a sus hermanos. Su constancia en la búsqueda, el reconocimien­to de su ignorancia y la apertura para recibir indicaciones sobre el acontecimiento profetizado, colmaron sus expectativas.

Nos encontramos con el viejo mito de los buscadores de Dios a quienes les es manifestado lo divino. En el Evangelio se les manifiesta a los Magos. Hoy se nos manifiesta a nosotros. Somos nosotros los astrólogos que han seguido la luz en el cielo. La Epifanía tiene lugar hoy en nosotros. La vida divina quiere manifestarse en nosotros. El mito de los sabios caracteriza nuestra vida aquí y ahora. Venimos andando desde muy lejos, desde la oscuridad del egocentrismo. El mundo tiene un aspecto muy diferente en esa oscuridad.

También nosotros nos dirigimos primeramente a Herodes y a muchos palacios de nuestra sociedad del bienestar hasta que nos damos cuenta de que allí no encontraremos lo que vamos buscando, lo divino. Se manifiesta en las cosas y en los acontecimientos sencillos de la vida, en el establo, en los pastores, en el aquí y ahora de la vida cotidiana. Igual que se les manifestó a los Magos en el niño del establo. Pero tiene que pasar mucho tiempo hasta que caigamos en la cuenta de que lo divino está en cada flor, en cada piedra, en todas y cada una de las personas. Cuando nuestros ojos se hayan vuelto clarividentes lo reconoceremos en todo. Tenemos que caer en la cuenta de que nada existe que no sea manifestación de la Unidad de Dios, que no existe nada que no sea la forma de Dios, que no hay nada que no sea su Epifanía.

En otras palabras, Dios se manifiesta en toda partícula, en cada una de las partículas subatómicas de la materia, en cada ser. Reluce para nosotros en cada ser humano cuando nuestro ojo interior se abre.

Se nos ha inculcado que lo importante en la religión son las obras y la moral, cuando lo más importante es la espiritualidad, es decir, el Ser y no el hacer. Se trata de la experiencia de lo divino, de la experiencia de lo divino en nosotros y en todo. Y esa experiencia es motivo de alegría y serenidad en todas las turbulencias de nuestra vida. Dicho de otra manera, vamos por el camino de la espiritualidad desde el silencio, con el fin de experimentar la Realidad auténtica. Darnos cuenta de ella es un proceso largo. Pero, una vez que hayamos caído en la cuenta, nuestra visión del mundo cambiará radicalmente.

Nuestra vida está poblada de estrellas, signos que nos invitan a ir más allá de la realidad observada. Estas señales, providencial-mente naturales, han jalonado la historia de la humanidad, despertando en el ser humano ansias de nuevas búsquedas. En la historia de los buscadores de Dios hay siempre una estrella, un signo, providencia y cercanía de Dios, que gratuitamente se nos ofrece para guiar nuestros pasos por los caminos de la paz. Es así como se van despejando las sombras llenándonos de alegría y de paz. Nos queda, como a los Magos, adorar al Niño de Belén haciéndole el ofrecimiento humilde de nuestra vida, que él acepta amorosamente.

El firmamento de nuestra propia vida está poblado de estrellas que nos señalan siempre uno de los posibles caminos que llevan a Dios. Todos tenemos la posibi¬lidad y la oportunidad, alguna vez en la vida, de abrir los ojos, de contemplar el resplandor de esas estrellas que pueblan nuestro mundo personal para, guiándonos por ellas, llegar hasta donde ellas nos conducen. Allí descubriremos su origen, su razón de ser, la fuente misma de donde brotan: el Amor de Dios hecho cercanía y donación incondicional, presente en todo y en todas las cosas.

Lo que estamos haciendo aquí, en esta vida, no es, pues, ningún capricho superfluo, sino el camino hacia la plenitud de nuestra condición de seres humanos. Se trata de volverse más divinos, es decir, más humanos. Por ello merece la pena llegar a alcanzar Su Epifanía en nosotros y en todo.

Que la presencia humilde y cercana de María, la Estrella del mar, nos anime a mirar más allá de nuestro propias realidades, haciéndonos entrar en comunión con tantos hombres y mujeres, que como nosotros, intentan cada día otear el horizonte para descubrir la luz de alguna nueva estrella que nos ayude a seguir caminando por los caminos de la vida, anunciando que el Dios-con-nosotros se nos ha manifestado.