Homilía pronunciada en uno de nuestros Monasterios: Miércoles de Ceniza 2014


Un año más llegamos a este tiempo eclesial de la Cuaresma motivados por el anhelo de la conversión, de que por fin podamos ponernos en camino para ser fieles y coherentes en nuestro seguimiento de Jesús.

Este anhelo de conversión lo expresamos con buenos deseos y buenos propósitos, porque no queremos continuar en la mediocridad, siempre a merced de nuestras propias voluntades. Queremos ser enteramente del Señor, porque hemos descubierto, intuimos y sabemos que sólo Jesús es nuestra Paz y nuestra Salvación.

Podríamos expresar de muchas y diversas formas lo que significa la metanoia. Una de ellas podría ser la siguiente: Ese estado personal en el cual, por fin, ya no soy yo el centro del universo -mi vida, personal, concreta deja de ser el centro del universo-, sino que el centro es real y verdaderamente Jesús. Por eso, mi propuesta para este tiempo de Cuaresma es comenzarla poniendo a Jesús en el centro de mi vida, ya, ahora, en la situación actual en la que me encuentro, y hacerlo incluso antes de proponernos seguir la senda que nos marcan nuestros buenos deseos y propósitos para conseguir ser enteramente del Señor.

¿En concreto, a qué me refiero? Jesús está ya enteramente presente en mi vida tal como es, está presente acogiéndome y amándome incondicionalmente en la mayor o menor tibieza de mi vida. Si mi anhelo de conversión, si el cambio que quiero que se produzca en mi vida no parte de este descubrimiento salvador, los buenos deseos que tenga y los fervorosos propósitos que me haga, pudieran no ser otra cosa que vías muy sutiles de escape de una situación personal de no-acogida, de no-aceptación y de no-amor a mí mismo.

Por eso os propongo al empezar esta Cuaresma, tiempo de Gracia y de Salvación, algo así como comenzar dando un paso atrás, suspendiendo los buenos deseos y propósitos. Sí, dar un paso atrás para poder estar a la escucha, para escrutar, para estar atentos, para estar a la caza, al acecho observando de dónde provienen mis deseos, mis propósitos, para ver si no son sino una compensación para no sufrir tanto, o si lo que pretendo es reparar la culpa que siento, o si lo hago para sentirme bueno, o simplemente para cumplir y tranquilizar mi conciencia haciendo unos pequeños cambios en el decorado de mi vida carente de sentido.

Es una invitación a descubrir el Amor incondicional de Jesús ya presente en mi vida, tal y como es, a permanecer en Su Amor –no porque seamos dignos y merecedores de Él-, permanecer en Su Amor siendo como somos, en nuestra situación real y actual, dejándonos envolver por el Amor de Dios -quien siempre nos amó, nos ama y nos amará- para que se vaya sanando nuestro interior, y nuestro corazón se vaya transformando en un corazón de carne, en un corazón iluminado desde la acogida paciente, desde la aceptación misericordiosa y desde el Amor incondicional.

Que el Espíritu del Señor nos ilumine para que nos pongamos a su entera disposición, y podamos caminar y llegar a la Pascua con ansias de alegría espiritual.