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REFLEXIÓN SOBRE LA CUARESMA Mis queridos hermanos y hermanas:
Durante mi juventud en un país católico, no era raro que en medio de una plática alguien te preguntara casualmente, al aproximarse la
temporada de la Cuaresma: "¿Qué vas a hacer para la Cuaresma?" Y la respuesta podría ser: "Voy a dejar de comer golosinas", o "voy a dejar
de fumar", o "de ir al cine", y tal vez hasta "voy a ir a misa todos los días." Pero siempre se trataba de renunciar a algo. Y no sólo eso,
sino que la práctica que uno abrazaba parecía tomar una existencia propia, y que lo principal era aferrarse a lo que habías dicho que harías o
no harías hasta la Pascua. Llegada ésta, tendrías la sensación de haber logrado algo grande, y a la vez disfrutarías del alivio de poder
regresar a una vida normal... Por ahí en el trasfondo, pero nunca de manera explícita, rondaba el sentimiento de sufrir por Jesús, de hacer
penitencia por él, de compartir la experiencia de Jesús en el desierto; pero la conexión de esto con la Pascua y la participación en el
Misterio Pascual era, cuando más, bien tenue, y a menudo totalmente ajena.
No obstante esta mejora en la enseñanza sobre la Cuaresma y su íntima e intrínseca relación con la Pascua, todavía existe la tendencia, aun en
el monasterio, de ver la Cuaresma como un tiempo de restricciones y privaciones que tenemos que atravesar a la fuerza, y no como un tiempo
para prepararnos a la celebración de la Pascua. Sin embargo, me parece que si consultamos lo que dice la Regla de San Benito sobre la Cuaresma,
veremos ahí una manera de entender la Cuaresma que daría gran alegría a quienes formularon la doctrina del Vaticano II. En lo concreto, esto significa lo siguiente:
Esto es decir que, durante la temporada de la Cuaresma, la comunidad debe de llevar un régimen (conversatio) que es diferente al del resto del año, un régimen en el cual todos participan. Este régimen requiere, en primer lugar, el no pecar (la lista de qué se debe hacer y no hacer se encuentra en RB 4). Sigue la práctica de nutrirse la vida en el Espíritu por medio de la oración profunda, la lectura (con períodos especiales y un libro especial para esta temporada). Más que nada, todo esto debe hacerse con un espíritu que exprese un verdadero reconocimiento de los propios fallos como ofensas a Dios, y un deseo genuino de enmendar el comportamiento. Y, como tema final, el régimen cuaresmal implica nuestro cuerpo humano a través de la práctica de la abstinencia de comer y beber. Más allá de este régimen comunitario, se le hace a cada uno un llamado a que ofrezca algo a Dios espontáneamente, "en el gozo del Espíritu Santo". Lo que se sugiere es que "se le niegue al cuerpo" algo de comida, bebida, sueño, pláticas innecesarias o descuidadas, para así anticipar la santa Pascua con el gozo de un deseo espiritual. Pienso que en estas directivas de San Benito topamos con un ejemplo excelente de los mismos principios que descubrimos en la Constitución sobre la Liturgia respecto a la observancia de la Cuaresma:
Vemos aquí una sana combinación de actividades físicas y espirituales, y así se reduce el peligro de enfocarse sobre los medios en vez de los fines. Es demasiado fácil que ciertas prácticas exteriores, como el ayuno y la abstinencia sobre todo si se asumen espontáneamente se conviertan en ocasión de competencia, de egolatría, y de todo tipo de preocupaciones consigo mismo, en vez de que sean un medio para llegar al olvido de sí mismo por el amor del Otro y de los otros. La memoria de nuestro Bautismo es el recuerdo del hecho que Jesús murió una vez, que murió por todos, que vive por siempre, que compartimos su vida, y que su Espíritu nos llama y nos capacita para vivir como él vivió. Nuestra lectura y escucha de la Palabra permite que estas verdades se adentren en nosotros y nutran nuestra oración y nuestra comunión con el Señor: él es nuestra verdadera vida, y quien nos asegura que todo lo que vivimos como seres humanos no es en vano y sí tiene valor cuando es vivido y hecho con amor. La penitencia, ya sea interior e individual o exterior y social, nos ayuda a darnos cuenta, sin temor, de nuestras debilidades, defectos y pecados. Nos da la esperanza del perdón y la sanación, y nos capacita para vivir humildemente y agradecidos por la misericordia que se nos ha mostrado. La penitencia, digo, nos saca de nuestra "zona de confort" mental, aviva nuestra conciencia espiritual, y nos alerta a la propia capacidad de pecar como también al llamado a que demos más de lo que se nos pide. Vivida de esta manera, la Cuaresma nos dará la edificación espiritual y el corazón receptivo que harán de la Pascua una celebración llena de gozo y esperanza, un misterio de fe que nos ofrece verdadera vida no sólo a nosotros sino al mundo entero. Avanzando de este modo en esta temporada cuaresmal y en la fe, "corramos en el camino de los mandamientos divinos, con corazones que desbordan el deleite inefable del amor". Fraternalmente en Cristo, f. Eamon |