Homilía pronunciada en uno de nuestros Monasterios: San José 2014


Alguien ha dicho que es un placer escuchar el silencio de San José. Es el santo del silencio activo y fecundo, que es plenitud y sencillez. Su silencio es misterio y revelación. Y desde el silencio descubre el misterio que va a cumplirse en María, su mujer. Y en su silencio decide este hombre bueno y justo retirarse del lado de María. Y en el silencio de la noche y del sueño Dios le revela, a través del ángel, cuál va a ser su misión de padre legal de Jesús. Y en silencio José acoge esta revelación y hace lo que le había mandado el ángel del Señor.

El silencio es el alimento indispensable de nuestra fe. El ayuda a aceptar lo que puede resultar incomprensible a los ojos de los demás.

En su alabanza a la Virgen María, San Bernardo establece un sorprendente paralelo entre Tomás y José: "Así como Tomás, al dudar y al tocar con sus manos, se convirtió en el más seguro testigo de la Resurrección del Señor, así José, al comprometerse con María y al contemplar atentamente su manera de vivir durante el tiempo en que estuvo confiada a su protección, se convirtió en el testigo más fiel de su castidad". Sí, en efecto, testigo fiel, discreto, silencioso, obediente en todo.

La anunciación a San José alcanza su punto culminante, a semejanza de María, que conservaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón, en el mandato del ángel: "tú le pondrás por nombre Jesús". Poner nombre era una función jurídica específica del padre y un hecho fundamental para el hijo. Aquí se desvela la fecundidad del silencio de José. El nombre para el semita era el destino y la función de una persona en la historia.

Por eso San José es el primer precursor y profeta que anuncia al mundo el destino y realidad profunda del hijo de su esposa María, del "Dios con nosotros".

Pero San José cumple igualmente, en silencio, esta tarea, ligada a su persona, a su carne y sangre. San José es, según la presentación evangélica, un descendiente de la línea dinástica de David, la genealogía de la presencia de Dios, el signo de la esperanza mesiánica: "Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo".

Ante San José todos los cristianos debemos decir que sólo el silencio es grande, todo lo demás es debilidad. San José nos enseña a crear en nuestro interior un oasis espiritual, en el que sea posible encontrar a Dios, dialogar con él y descubrir el sentido de nuestro destino.

San José es también el signo de la presencia de Dios en las coordenadas sociales, históricas y legales de la humanidad. Al dar el nombre a Jesús anuncia al mundo la salvación y manifiesta la alegría y el amor de Dios presente en Cristo.

Hermanos: Puesto que la Cuaresma es el tiempo del cambio en el que intuimos que lo que parece imposible puede realizarse, pidamos al Señor, por la intercesión de San José, la gracia de amar el silencio, el verdadero silencio, el que nos lleva adherir a Dios de una manera firme y constante, con tesón suficiente para levantarnos en la hora de la prueba.

No queremos adorar el silencio; queremos amarlo, puesto que nos ha sido dado como compañero de nuestras vidas.