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Homilía pronunciada en uno de nuestros Monasterios en la Vigilia Pascual
¡Qué noche tan dichosa! ¡Qué asombroso beneficio de tu amor por nosotros! ¡Qué incomparable
ternura y caridad! ¡Jesús ha resucitado!
Jesús Resucitado es la fuente de la sabiduría. Su presencia hace sabia nuestra vida. Su energía
pascual nos invita a llevar hacia el sendero de la vida todo aquello con lo que nos encontramos.
Este camino tiene una característica distintiva: no está prefabricado, no existe todavía. El
sendero no está dibujado. Viene a la existencia momento a momento, y al mismo tiempo desaparece
detrás de nosotros. Es como ir sentados en un tren mirando hacia atrás. No podemos ver hacia dónde
vamos, sólo vemos dónde hemos estado.
La sabiduría tiene que ver con lo que nos pasa hoy. La fuente de la sabiduría se manifiesta a
través de cualquier cosa que nos pase en este mismo instante. Podemos estar en un estado anímico
concreto o en una especie de bruma; sea cual sea nuestro estado de ánimo, ése es el camino.
Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre.
Cuando algo nos duele en la vida no solemos pensar que por ahí discurra nuestro camino y se
manifieste la fuente de nuestra sabiduría. Si hay alguna posibilidad de recibir la iluminación,
es justamente ahora, no en cualquier momento futuro. El momento es ahora. El único tiempo que
existe es el ahora. Nuestra forma de relacionarnos con él crea el futuro. Ahora mismo estamos
creando nuestro futuro.
¡Qué noche tan dichosa en que se une el cielo con la tierra, lo humano y lo divino!
La sabiduría es el resultado de haber sido lo suficientemente valiente para estar plenamente vivo
y despierto en cada momento de la vida, incluyendo los momentos tristes, los tiempos oscuros,
todas las ocasiones en que las nubes cubrían el cielo. Es estar dispuesto a relacionarse
directamente con lo que está ocurriendo, con precisión y delicadeza. Esto es lo que crea una
buena calidad de vida. Cuando nos damos cuenta de que la meta es el camino, entonces podemos
considerar todo lo que ocurre en nuestra vida como la meta, como lo más importante de nuestra vida.
Podemos dejar que las circunstancias aparentemente indeseables de la vida nos muestren dónde
estamos y que nos recuerden que todo sin excepción favorece la precisión, la delicadeza y el amor
bondadoso en cada momento. Cuando vivimos así, nos sentimos como en un cruce de caminos, sin saber
nunca qué tenemos por delante. Esta forma de vivir es insegura. No debemos tratar de resolver el
problema, sino preguntarnos cómo hacer que esa misma situación nos despierte todavía más en lugar
de acunarnos en la ignorancia. Podemos usar cualquier situación difícil para animarnos a dar el
salto, para dar el paso que nos ponga en disposición de adquirir sabiduría.
Y esto es aplicable incluso a las situaciones más horrendas que la vida pueda depararnos. Esta es
nuestra elección a cada momento: ¿nos relacionamos con nuestras circunstancias con amargura o con
apertura? Por eso, cualquier cosa que nos pase puede ser considerada parte del camino y todas las
cosas, y no sólo algunas, son oportunidades para crecer en sabiduría, y entonar el canto jubiloso
del Aleluya.
Que en esta Noche Santa, la luz de Cristo, que resucita glorioso, disipe las tinieblas del
corazón y del espíritu. El cirio encendido en nuestro interior, consagrado a su nombre, arda sin
apagarse. Y el Lucero que no conoce el ocaso brille sereno para el linaje humano, y goce el
Universo inundado de tanta claridad, por los siglos de los siglos.
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