José Antonio Cruz Rebolledo.
Hace casi 20 años, cayó en mis manos un libro que marcó de forma definitiva mi labor como educador: “Carta a una maestra” de Lorenzo Milani, sacerdote italiano que defendía que lo más importante era hacer que el niño pensara, reflexionara sobre todo lo que aprendía, conocer, comprender, amar, todo era una cadena definitiva que como consecuencia nos llevaría a evitar el fracaso del menor y a su “felicidad”.
A la par que comencé a trabajar en la escuela pública en un barrio del sur de Madrid, impartiendo clases de religión, una escolapia, Madre Rosa Blanco me propuso, nos propuso a unos cuantos jóvenes educadores comenzar a desarrollar el proyecto “doposcuola” en el barrio, adaptar la teoría, las enseñanzas de Milani… Aquello supuso para mí un enorme crecimiento profesional y personal, era el descubrimiento de una metodología diferente, alumno-profesor-lazo afectivo, lazo afectivo porque con él, el proceso educativo estaba condenado al éxito.

En primer lugar debemos ganar la confianza del menor, integrarnos en su vida, ser algo útil para él, algo agradable. Juego, complicidad, comprensión… Comienza el respeto mutuo, la valoración de las dos partes, compromiso, sentido de ayuda. Desde ahí construimos el aprendizaje. En primer lugar descubrimos por observación, “la práctica”, motivamos al conocimiento de mundos diferentes, de contextos bien diferenciados al que vive el menor en su situación de vecino de un barrio marginal. Descubrimos los medios de comunicación, la prensa: Qué dice, quién dice, cómo lo dice, por qué lo dice… el espíritu crítico del menor se desarrolla, empezamos a vacunar contra posibles futuros problemas (droga, marginación, violencia).
En mi querida asignatura, en la escuela, busqué la mezcla entre la educación formal y la no formal, al fin, la situación era bien parecida a la que encontraba en el proyecto doposcuola, los niños acuden a clase de religión de forma libre, son sus padres los que deciden, no hay obligatoriedad, pensé que el lazo afectivo debía ser prioritario.
Quince años después, una de mis primeras alumnas, hoy con 25 años, es la madrina de mi segundo hijo. Muchos de aquellos niños me llevan a pescar y algunos maltratan mi coche en su taller, eso sí, de forma gratuita.

La clase más esperada por esos niños (que continuamente eran expulsados por mal comportamiento del centro) era la clase de reli, hablaban de Jesús, razonando sus enseñanzas, fe, la Iglesia. Conocieron al bueno de Rafa, el sacerdote de la parroquia “San simón y San Judas”, aquel descubrimiento sorprendió y a la vez supuso algo increíble: aquellos chavales que no hacían más que apedrear los coches aparcados junto a la iglesia, hacer fogatas o pintar sus paredes, se interesaron por conocer el interior, por escuchar a Rafael… (Hoy con más de 70 años este impresionante sacerdote camina varios km. al día entre poblados en Guatemala. Continúa su misión.)
Los problemas de disciplina parecen inevitables en chavales que deben convivir muchas veces con un mal e injusto comportamiento de sus padres, eso duele, porque el educador motiva, el educador protege, pero al final del horario escolar se siente débil, el niño parte a su infierno.
Muchos pretextos me llevaron a conocer el interior de los hogares de mis chavales: Juan acudía amoratado con regularidad al cole. Un día, en clase, busqué uno de esos pretextos y acompañé al crío a su casa. Era un líder nato, la tarde la pasaba dando vueltas por el barrio con su pandilla, conociendo sus rincones, sus drogas… Juan me presentó a sus padres con miedo, creía que le iba a machacar delante de ellos por su comportamiento en la escuela. Todo lo contrario, quise ofrecer a aquella mujer, a aquel hombre la mejor versión de Juan, nos brillaron los ojos, fue un momento digno de pintar, orgullo, fe y valor circularon por las venas de todos. Juan creció como ser humano más que en toda su vida. Era importante que aquella familia tuviese un seguimiento por parte de los servicios sociales del distrito, lo comprendieron… Hace unos meses Juan ya con 22 años vino a mi casa vestido de policía Municipal, estrenaba uniforme tras aprobar oposiciones, creo que nunca he respirado tan profundo…y emocionado.
El maestro debe conocer la parte social del alumno, su contexto, va a resultar de gran ayuda, nos puede llevar a proteger, defender al menor, a no ser impotentes cuando el niño sale del aula.
La asignatura de religión pienso debe complementar la formación del chaval, descubrir, analizar, sentir, formar parte de una experiencia diferente, más real, como la figura de Jesús, cercana. La comprensión de los textos evangélicos contextualizados en el presente que vive el menor, en sus familias, en sus vidas, en sus problemas.
La figura del profesor de religión, como educador que salta las barreras y dota de herramientas al niño para construir una vida digna ,completa y en la fe cristiana, debe ir más allá del ámbito escolar, a casa del menor, a su barrio, a sus miedos.
No hay muchas definiciones de “educación de calle”, busco un término medio entre ese doposcuola de Milani, explorador de calle y el maestro que busca antes de nada el lazo afectivo.
Encuentro varios alumnos robando un vehículo, no les regaño de primeras, no puedo estar frente a ellos pues desaparecerán, entro desde un ala y poco a poco intento modificar sus conductas, intento mediante el razonamiento y, a medio plazo, que dejen de hacerlo por convencimiento, no por miedo. Claro, mientras, el educador está en una frontera peligrosa pero, poco a poco, los resultados aparecen, cambiamos calle, delincuencia por biblioteca, por museo, aunque al principio debamos ser auténticos especialistas en sujetar desde el trapecio valiosísimas estatuas que caen al suelo. Aún así, algunas se rompen, en esos momentos debemos acompañar, dar calor, motivar, ilusionar, hacer reír…
Desarrollar un buen lazo afectivo es lo que más resultados positivos genera, lo que más hace crecer el proceso educativo y lo que sin dudas a los educadores nos genera más satisfacciones inmediatas, a medio plazo y años después.

